Revolución Francesa

El comienzo de la revolución francesa coincidió con la apertura de muchos frentes de inquietud social en el interior de numerosos países europeos, como Bélgica, los Países Bajos, Hungría o Polonia. En todos ellos, el reformismo de los monarcas ilustrados había entrado en crisis después de haber combatido los intereses económicos y sociales de algunas clases sin haber proseguido hasta el final por el camino de la abolición de sus privilegios.


Revolucion francesa


Aunque la Ilustración había nacido en Francia, el estado francés en concreto había manifestado una gran resistencia a cualquier iniciativa reformista.

El desarrollo demográfico y económico que había caracterizado la década de 1760-1770 dio paso, en torno a 1785-1789, a un período marcado por el aumento vertiginoso de los precios. Ello perjudicó a las clases con sueldos fijos y benefició a los terratenientes y a la burguesía comercial y financiera.

El sistema político-social del Antiguo Régimen estaba constituido por una población dividida en tres clases: nobleza, clero y tercer estado. La nobleza y el alto claro gozaban de los mayores privilegios fiscales, mientras que las condiciones económicas del bajo clero eran por lo general muy difíciles. Al tercer estado pertenecía la burguesía, dividida a su vez en alta, media y pequeña, esta última particularmente sujeta a la oscilación económica vinculada a las variaciones del mercado y al aumento de los precios. La clase más numerosa era la de los campesinos, que no tardaron en compartir con la burguesía la lucha contra los privilegios feudales y contra la nobleza. Estas clases sociales, protagonistas de la inminente revolución, se vieron afectadas por la crisis financiera que sacudió Francia en 1781.

Tras la destitución de Turgot, el ministro de finanzas que había promovido una política inspirada en las teorías fisiocráticas Quesnay, Luis XVI (1774-1792) nombró en su lugar al banquero ginebrino Necker, que intentó en vano sanear el presupuesto del estado, desequilibrado por la participación en la guerra de independencia americana. Cuando Necker empezó a poner en práctica la primera reforma administrativa, con la intención de repartir más equitativamente los impuestos, fue obligado a dimitir, ya que sus reformas afectaban a la nobleza de toga y a la nobleza de corte y no contaron con el apoyo del rey. Su proyecto fue retomado por su sucesor, Calonne, quien sugirió la abolición de los tributos que regulaban el comercio de grano y de las gabelas sobre la sal.

En 1787 la asamblea de los notables, constituida por los exponentes de la nobleza y de la alta burguesía y que había sido convocada para aprobar las reformas, lo obligó a dimitir. En aquel momento, las cuentas del Estado registraban alrededor de ciento veinte millones de pasivo, por lo que el nuevo director de las finanzas, Lomenie de Brienne, al ver la gravedad de la situación, volvió a proponer las mismas reformas de su predecesor. Ello desencadenó la rebelión de la nobleza, que solicitó la convocatoria de los estados generales, el antiguo órgano representativo de la nación, que no había sido convocado desde 1614.

El rey tuvo que ceder una vez más a las presiones nobiliarias y, tras destituir al ministro, confió de nuevo el cargo a Necker.

1789


La convocatoria de los estados generales se fijó para la primavera de 1789. Pese a la oposición de la aristocracia, el rey cedió a las exigencias del tercer estado, que solicitaba el doble de representación en la asamblea, donde se votaba por clases y no por personas, motivo por el cual la nobleza y el clero resultaban siempre matemáticamente vencedores. Los meses que precedieron al inicio de la asamblea se caracterizaron por una intensa campaña publicitaria llevada a cabo por las asambleas provinciales encargadas de elegir a sus representantes. Éstas redactaron un documento (cahier de doléance) con las quejas y peticiones que querían someter a los estados generales. Tras la inauguración de la asamblea en Versalles (5 de mayo de 1789), los trabajos se vieron bloqueados por las exigencias del tercer estado que, queriendo imponer un criterio de votación basado en el número de diputados, pidió la verificación de los credenciales de los participantes en una sesión conjunta, en contra de la propuesta de la nobleza y el clero, que intentaban comenzar los trabajos separadamente.

El 20 de junio, cuando los diputados del tercer estado encontraron cerrada la sala de las reuniones, se trasladaron a la cercana sala del juego de la pelota y se proclamaron asamblea nacional constituyente, acogiendo también en su seno a los miembros progresistas de la nobleza y del clero. La postura del rey, contrario a los procedimientos de la asamblea, condujo a la destitución de Necker (11 de julio), que fue sustituido por un representante reaccionario, y puso en peligro la asamblea de los diputados del tercer estado, amenazada por las tropas regias.

Ante ello, la burguesía de París reaccionó de forma decisiva, gracias también al apoyo de las clases populares, en las que había hecho mella el descontento a causa del reciente aumento del precio del pan. El 14 de julio la multitud se apoderó de las armas que se guardaban en el Hôtel des Invalides y, dirigiéndose a la Bastilla, asaltó la fortaleza. El comité permanente instituido por el municipio entre el 12 y el 13 de julio para reclutar la milicia ciudadana, tras la toma de la Bastilla asumió la administración de la ciudad bajo el nombre de Comuna de París. El mando de la milicia, llamada guardia nacional, correspondió al general Lafayette. Frente al éxito de la revolución, el rey volvió a llamar a Necker, mientras que la nobleza empezaba a abandonar París.

La revolución en el campo


El eco de los sucesos de París se difundió rápidamente por todas las ciudades francesas, donde las autoridades municipales fueron derrocadas y sustituidas por gobiernos locales revolucionarios. Las repercusiones más amplias y profundas se dieron en el campo, donde los campesinos se sublevaron con el fin de abolir la feudalidad.

La revuelta se extendió con éxito desde la Champagne al resto del país. En agosto, y bajo la presión de la sublevación campesina, la asamblea nacional abolió los derechos feudales para poner fin a tanta violencia y evitar una reforma agraria que afectara a la propiedad privada.

Así, tras el éxito de las dos fases revolucionarias, la municipal y la campesina, se llegó a la proclamación solemne del final del Antiguo Régimen y a la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano (26 de agosto de 1789). En esta última se afirmaban los principios de la igualdad ante la ley, la libertad personal para todos los ciudadanos, la soberanía popular y el derecho a la propiedad privada. Cuando el rey se negó a reconocer los decretos antifeudales y la Declaración de los derechos del hombre, los constituyentes recurrieron de nuevo al apoyo del pueblo, que obligó por la fuerza al monarca a trasladarse a la capital con los diputados (5-6 de octubre de 1789).

El pueblo, los complots


París cobraba así la importancia que le correspondía. Su población, constituida por pequeños burgueses, artesanos y proletariados, iba a desempeñar en lo sucesivo un papel fundamental en la revolución democrática: la iniciativa pasaba de la asamblea constituyente al pueblo. Las relaciones entre ambos, sin embargo, no fueron idílicas. Por lo demás, el tratamiento dispensado al rey no agradó ni a los aristócratas ni a los burgueses moderados de la asamblea (los "anglófilos").

El clima político se hizo incandescente. Al debate entre las diversas corrientes de la asamblea constituyente se sumó el de las distintas facciones, que empezaron a enfrentarse en las páginas de los periódicos y en los clubes, sentando así las bases de los futuros partidos. Las asociaciones democráticas más importantes fueron la de los jacobinos, que se reunían en el convento dominico de San Jacobo, y la de los cordeliers, reunidos en el convento franciscano.

Mientras tanto, la misma institución monárquica, que ni siquiera los constituyentes pusieron en discusión, convirtiendo al rey en el primer funcionario del estado, detentor tan sólo del poder ejecutivo, se estaba extinguiendo, con la complicidad del propio soberano que, en su condición de rehén de los parisinos, no trató de actuar con la revolución. Por otra parte, la revuelta popular llevó a muchos aristócratas a emigrar, y entre los que permanecieron en la patria y los que la abandonaron se estableió una estrategia de complot.

La crisis religiosa


La situación empeoró con la crisis religiosa de 1790, que dividió al clero entre "constitucionales" y "refractarios" (rebeldes). Para evitar la bancarrota, la asamblea había decidido en 1789 la nacionalización de los bienes eclesiásticos, emitiendo papel moneda (los asignados). A cambio, se reembolsaban los gastos de culto y se garantizaba una pensión a los eclesiásticos, que se convertían así en funcionarios públicos. Simultáneamente, la división del territorio en diócesis se hacía coincidir con la organización administrativa. Se modificaba asimismo el nombramiento de los obispos y de los párrocos, que en el futuro serían elegidos por una parte de la asamblea, sin recurrir a la confirmación oficial de la Santa Sede.

Finalmente, los eclesiásticos debían jurar fidelidad a la nación, al rey y a la constitución. Nacía así la figura del "sacerdote patriota", que desde el púlpito explicaba a los fieles los principios de la revolución.

Con este modo de actuar se restablecieron en Francia los principios del galicanismo, si bien en versión revolucionaria. El silencio de Pío VI no impidió que entre los eclesiásticos franceses se multiplicaran los refractarios, de modo que cuando por fin el papa condenó la Constitución civil del clero (1791), se originó un verdadero cisma.

La huida del rey


La situación se precipitó cuando Luis XVI, en la noche del 20 de junio de 1791, huyó con la reina hacia la frontera con Bélgica.

Reconocido y arrestado en Varennes, fue devuelto a París con escolta. La asamblea lo suspendió entonces de sus funciones, asumiendo plenos poderes. Pero frente a las protestas de los republicanos, la propia asamblea, temiendo el estallido de la guerra civil, pensó en hacer pasar el intento de fuga del rey por un rapto, y acabó por restituir sus poderes al soberano. Esta decisión, sin embargo, no gustó a muchos parisinos. Concretamente, el club popular y democrático de los cordeliers invitó a miles de personas a manifestarse en el campo de Marte para solicitar la destitución del rey (17 de julio). En aquella ocasión, la asamblea constituyente decretó el estado de sitio y la guardia nacional abrió fuego contra los manifestantes. El club de los jacobinos se dividió: los burgueses moderados fundaron el club de los feuillants o fayetistas, mientras que el resto de los jacobinos, capitaneados por Robespierre (1758-1794), abogado de Arras y diputado democrático, se orientó hacia una evolución democrática del proceso revolucionario.

La asamblea constituyente, dominada por los feuillants, favoreció a la alta burguesía y elevó el umbral de la renta, dividiendo a los ciudadanos en activos y pasivos e impidiendo a una gran parte de la población elegir a los diputados. Al mismo tiempo prosiguió la labor de mediación con la monarquía iniciada por Mirabeau. Por lo demás, la propia constitución, aprobada a fines de 1791, atenuaba muchos de los principios de 1789 confiriendo plenos poderes a la asamblea y dejando al rey exclusivamente el derecho de veto. La tendencia moderada se vio confirmada por la ley Le Chapelier (14 de junio de 1791), que prohibía la huelga, anulando así el derecho de asociación entre obreros y campesinos. En este punto, la revolución parecía una especie de revancha burguesa que había permitido a los ciudadanos emprendedores y especuladores apropiarse de los bienes eclesiásticos nacionalizados. De hecho, el Estado, al dividir las propiedades eclesiásticas en lotes muy extensos de tierras, había excluido a los campesinos y a los pequeños propietarios, sin grandes posibilidades económicas, de la posibilidad de adquirir esas tierras.

La guerra


El 30 de septiembre de 1791, cuando el rey aprobó la Constitución, la asamblea se disolvió. Su carácter moderado había impedido la intervención militar de las naciones europeas, que se habían limitado a amenazar a Francia. En la asamblea legislativa elegida en octubre, entre los 745 diputados no había ninguno que hubiese participado en la fase constituyente. Junto a los grupos de feuillants y de jacobinos, había una gran mayoría de neutrales. Un papel particularmente significativo correspondió a Brissoy, representante de la burguesía mercantil, en torno a la cual se habían agrupado los afiliados al club de la Gironda.

El equilibrio interno de la asamblea se vio modificado el 20 de abril de 1792, cuando el gobierno girondino nombrado por Luis XVI declaró la guerra a Austria, bajo el impulso de la Gironda (decidida a declarar la guerra a todos aquellos que protegieran a los emigrantes traidores), y del propio soberano, que anhelaba acabar con la revolución. Sólo Robespierre y los demócratas Danton y Marat se manifestaron en contra de tal decisión. En Austria, el pacífico Leopoldo II, hermano de María Antonieta, a quien los nobles emigrados habían pedido en varias ocasiones que interviniera en favor de la monarquía francesa, fue sustituido por su hijo Francisco II (1792-1835). Éste, que era un enemigo acérrimo de la revolución, creó inmediatamente una coalición antifrancesa con Federico Guillermo II de Prusia.

En las primeras fases del conflicto, las indisciplinadas tropas francesas, carentes de jefes válidos, fueron derrotadas con facilidad. Los demócratas aprovecharon esta circunstancia para acusar de traidores a los aristócratas y a los generales. El temor a una invasión austro-prusiana impulsó a los girondinos y a los jacobinos a aliarse. Pero entonces el rey se opuso a una ley gubernativa que decretaba la deportación a un campo de la periferia de París de veinte mil nobles y sacerdotes refractarios, y destituyó a los ministros girondinos. Entre tanto, la acción moderada de Lafayette y de los feuillants intentaba llegar a un armisticio con la coalición antifrancesa.

El 20 de junio los barrios populares de París se sublevaron de nuevo mientras la asamblea decidía la confiscación de los bienes de los emigrados. Un comité insurreccional tomó posesión del municipio de París y pidió la abdicación de Luis XVI. La asamblea permaneció indecisa hasta que, el 10 de agosto, una multitud de federados y de parisinos en la que destacaban los sans-culottes (término derivado de la vestimenta típica de los provincianos, que no llevaban culotte, es decir, el calzón corto característico de la burguesía y la nobleza) invadió el palacio real de las Tullerías, arrestando al rey y encerrándolo en prisión. La asamblea reconoció a la Comuna de París, representante de las clases populares, y la decisión sobre la muerte del rey se confió a una nueva asamblea constituyente, la Convención.

Poco antes había sido nombrado un consejo ejecutivo provisional en el que tuvo un papel de gran protagonismo el demócrata Georges-Jacques Danton (1759-1794). Pero la iniciativa política estaba ya en manos de los sans-culotte y de la Comuna. Cuando Lafayette, tras la caída de la monarquía, se pasó al bando de los austríacos y se difundió la toma de Longwy y de Verdún, el país explotó de rabia por causa del complot aristocrático. Entre el 2 y el 5 de septiembre las prisiones parisinas fueron asaltadas por los sans-culotte, que asesinaron a más de dos mil personas.

El rey en el patíbulo


El 20 de septiembre de 1792 la Convención nacional ratificó el final de la monarquía. El mismo día, mientras el rey de Cerdeña sufría una dura derrota y eran ocupadas Niza y Saboya, las tropas francesas de Kellerman frenaban en Valmy el avance prusiano. El 6 de noviembre el general Dumoriez vencía a los austríacos en Jemappes, procediendo a la anexión de Bélgica. En política interior, la Convención, ocupada en gobernar el país y en redactar la nueva constitución, se dividía en tres bloques: el centro, la derecha y la izquierda.

El centro, políticamente moderado, reunía a la mayor parte de los delegados, a los cuales se iban uniendo progresivamente los dos bloques minoritarios. A la derecha, los girondinos, burgueses republicanos, representaban al suroeste de Francia y los intereses de los armadores de Burdeos y de los burgueses de las provincias; éstos se mostraban favorables al librecambismo, pero no al centralismo de la capital. En el bloque de izquierda se hallaba la Montaña de Danton y de Robespierre, que contaba con el apoyo popular, aunque no representaba ni a los sans-culotte ni a la burguesía.

El enfrentamiento más duro entre la Montaña y los girondinos se produjo durante el proceso de Luis XVI, acusado de haberse aliado con las potencias extranjeras contra Francia. Procesado por la Convención, el rey fue condenado a muerte. Los girondinos intentaron salvarlo hasta el último momento, pero el 21 de enero de 1793 el soberano fue guillotinado en la plaza de la revolución.

La coalición antifrancesa


La muerte del rey coincidió con la declaración de guerra de Francia contra Inglaterra, contraria a la ocupación de Bélgica. Se formó una alianza entre Austria, Rusia, Prusia, Portugal, España y una parte de los principados alemanes y de los estados italianos. Las tropas extranjeras derrotaron al ejército francés y Dumouriez se pasó al bando enemigo. La leva militar ordenada por la Convención provocó la sublevación campesina de la Vendée y la propaganda contrarrevolucionaria de la aristocracia.

Los enfrentamientos políticos entre los grupos de la Convención llevaron a la ruptura entre girondinos y jacobinos, apoyados por el centro y por los sans-culotte. El 31 de mayo de 1793 el pueblo de París se sublevó de nuevo, asediando la Convención y arrestando a los ministros y a los diputados de la Gironda. Desde junio de 1793 hasta julio de 1794, Francia estuvo bajo el mando de la Monarquía de Robespierre.

El gobierno de Robespierre, portavoz del movimiento jacobino, se empeñó en la defensa de los intereses populares, como ya había hecho antes la sublevación de la Vendée. Los cambios se concretaron en un nuevo texto constitucional que, aunque no llegó a llevarse a la práctica, era de clara orientación democrática. Incluía algunas modificaciones con respecto a la constitución anterior, como el derecho de todos los ciudadanos al trabajo, a la instrucción, a la asistencia y al voto, con independencia de su renta. También decretaba la abolición de la esclavitud en las colonias del otro lado del océano.

La obra legislativa de los jacobinos se vio frenada por el complot del clero "refractario" y de los aristócratas que habían permanecido en Francia.

Las vicisitudes de la guerra y la acción contrarrevolucionaria de los girondinos derrotados, los cuales hicieron estallar una revuelta federalista en sus departamentos amenazando con unirse a los vandeanos, contribuyeron a aumentar la tensión. Marsella, Lyon y Toulon se levantaron contra los jacobinos, llamando en su ayuda a los ejércitos de la coalición, hasta que, el 29 de agosto, una flota inglesa llegó al puerto de Toulon. Tras el asesinato de Marat (13 de julio), fue renovado el comité de salvación pública, órgano ejecutivo ya existente pero que fue reforzado a raíz del golpe de estado de junio. Entraron en él Danton, Carnot y, finalmente, Robespierre.

Una leva masiva, la contención de los precios y de los salarios, el racionamiento de los víveres y la reforma del ordenamiento militar permitieron frenar la revuelta vendeana.

El 10 de octubre de 1793, la Convención, mediante un informe de Saint-Just, proclamó que el gobierno del país seguiría siendo revolucionario hasta la firma de la paz, cuando entraría en vigor la nueva constitución. Bajo la presión popular, se puso en marcha la actividad del Tribunal revolucionario, que el 16 de octubre condenó a muerte a la reina María Antonieta y después a los enemigos girondinos. La dictadura (el Terror) era cada vez más un gobierno personal de Robespierre. Entre los procedimientos adoptados por el régimen, cabe recordar el calendario republicano y la institución del culto a la razón y a los mártires de la libertad. La crisis religiosa, abierta por los jacobinos, no se cerró hasta que los jefes del gobierno revolucionario, Danton y Robespierre, restablecieron la libertad de culto.

A la amenaza extranjera, el Terror respondió con la leva masiva, creando un ejército revolucionario del pueblo. Del encuentro entre militares y revolución surgió una nueva generación de oficiales, distintos por su sensibilidad y por su formación democrática. La represión jacobina se dirigía contra todos los posibles adversarios: los británicos fueron derrotados en Dunkerque, los austríacos en Wattigne (16 de octubre de 1793) y los españoles fueron expulsados del Rosellón.

El Terror


En el seno del grupo dirigente no tardaron en aparecer fracturas. Danton reunió en torno a sí a los llamados "indulgentes", o mejor, reyes de la corrupción. Políticamente moderados, censuraban los excesos del Terror, con el temor de una dictadura.

A la izquierda se situaban los representantes más radicales de la Montaña, que tenían como jefe a Hébert. Este grupo, presente también en el comité de salvación pública, se oponía a Robespierre considerándolo demasiado cauto en su obra revolucionaria.

Después de haber mantenido una especie de equilibrio entre las dos facciones opuesta, Robespierre optó por eliminar a sus adversarios. Los primeros en sufrir la persecución del comité de salvación pública fueron los seguidores de Hébert. Los indulgentes, por su parte, se encontraban en serias dificultades a causa del escándalo que había estallado en el interior de la Compañía de las Indias: su diputado Fabre d'Englantine se había dejado corromper y había falsificado el decreto de abolición. Robespierre se mostró contrario a la destitución de Danton y lo apoyó durante la lucha contra los hebertistas, que habían sido acusados de conspiración y de alianza con el enemigo. Los seguidores de Hébert fueron considerados culpables de esta acusación y condenados a la guillotina el 4 germinal (24 de marzo de 1794). Pero una vez eliminados sus adversarios de la izquierda, Robespierre decidió desembarazarse también de los demás. Cinco días después de la muerte de Hébert, Danton y sus compañeros fueron ajusticiados. La ejecución tuvo lugar el 16 germinal, es decir, el 5 de abril de 1794.