lunes, 10 de octubre de 2016

Una historia de Napoleón (XXVI): Santa Elena, el martirio



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Prisionero, vivió Napoleón en Santa Elena cinco años, seis meses y dieciocho días, casi lo que separa la entrevista de Erfurt de la primera abdicación. Murió antes de expirar el año cincuenta y dos de su existencia. Pasó, pues, en el cautiverio para meditarla y modelarla a su guisa. La reclusión y el vacío de las horas, el aislamiento y la ociosidad, después de haber llenado el teatro del mundo, fueron un último beneficio de la fortuna. Obra perfecta de arte, su vida fue coronada por el sufrimiento y por el martirio. Para los héroes gigantescos hace falta la roca de Prometeo, la hoguera de Hércules y la de Juana de Arco; la religión napoleónica ha dicho que la cruz sobre el calvario.

Santa Elena y Napoleon Bonaparte

Aquí son una vez más las circunstancias las que contribuyen al renombre del emperador. Entregándose a sus enemigos había estado inspirado. Los ingleses, desterrándole a un extremo del mundo, trataban menos de vengarse que de desembarazarse de un personaje molesto, que no tenía puesto en ninguna parte. Estaban, sin duda, obligados a guardarle; nadie le reclamaba. Los demás gobiernos estaban bastante satisfechos de abandonar Napoleón a Inglaterra. Todas las soluciones tenían inconvenientes o peligros. El gabinete de Londres optó por la rápida relegación, sin ruido, sin escándalo, evitando sobre todo caer en el error de una acusación o de un juicio con gran pompa. Se secuestraba al "general Bonaparte" en una isla casi inaccesible, con consignas severas, y se organizaba el silencio en torno al cautivo. En cuanto a Napoleón, no conservaba más que un derecho, pero precioso: el de quejarse. Se había rendido sin condiciones, confiado en la generosidad del pueblo inglés, que le hacía sufrir un trato inhumano. Se convertía en una víctima. Su sistema fue juzgar según las leyes de la hospitalidad las medidas que se tomaban contra él, según las reglas de la vigilancia. El espíritu mezquino de sus carceleros hizo el resto. Una de las ocupaciones del prisionero de Santa Elena fue la de anotar sus faltas contra el decoro, exagerar sus agravios y tomar al mundo y a la posteridad por testigos de la crueldad de sus verdugos y de los ultrajes de que le colmaban.

Por lo demás, no le había abandonado toda esperanza. No se dirigía sólo a las generaciones futuras. Su solo nombre representaba una fuerza de opinión. La soledad lejana en que se le encerraba atestiguaba que aún se le tenía miedo. Es decir, que se le seguía teniendo en cuenta. No soñaba en modo alguno con evadirse, sabedor de que la ocasión, casi imposible, no presentaba probabilidades de éxito. Y, por otra parte, ¿qué habría hecho?, ¿dónde habría ido? Pero podrían producirse acontecimientos: un cambio de reinado o de mayoría en Inglaterra, una revolución en Francia, una gran guerra en Europa. No era inútil mantener el interés y excitar la piedad. Y si no había de salir jamás de aquella prisión, ¡qué bien estaría, ante la historia, qué prestigio granjearía al nombre de Napoleón aquel largo infortunio! Sería excesivo decir que el emperador caído tomaba siempre las cosas por el lado bueno. A veces comparaba su suerte a la de Fernando VII en Valençay y dejaba entender que no pediría más para Luis XVIII. Resignado o no, sacó de su cautiverio el partido que éste le ofrecía. Se añade incluso con admiración, no con ironía, que estuvo igual en esta situación que en las otras y, aún habida cuenta de ciertas impaciencias, de ciertas debilidades, estuvo perfecto en el papel de mártir. Es que, más aún que por el sentimiento de su dignidad, estuvo sostenido por la idea de lo grandioso. No es menos verdad que es preciso distinguir entre lo que fue su vida de destierro y la imagen que de ella ha legado; entre la figura que se dedicó a dejar de sí mismo y su plan de todos los días.

Nos imaginaremos primero la residencia que le asignaba la liberalidad del país al que se había confiado el nuevo Temístocles. De Longwood, lord Rosebery, que ha investigado la verdad por el honor de Inglaterra, lo dice todo en una frase: "Una aglomeración de barracas, construidas para servir de abrigo a los animales". Estos lugares sórdidos fueron acondicionados con prisas para recibir al desterrado. Pasa de los palacios reales y de los gloriosos vivaques a cuatro estrechas habitaciones infestadas de ratas, pronto atestadas de papeles y libros. Por adorno, algunos retratos; recuerdos de Josefina, del rey de Roma y de María Luisa; raros trofeos; el despertador del gran Federico; débiles muestras de antiguo esplendor; el servicio de mesa, el estuche de aseo. He aquí donde Napoleón terminará sus días. Se le guarda como a un malhechor peligroso; se abre su correspondencia; sus paseos son tan estrechamente vigilados, que renuncia a ellos. El paraje es desnudo, solitario, batido por el viento, expuesto a las tempestades. Para este decorado del último cuadro, se puede decir que el gobierno británico no ha omitido cuidado. Con torpeza insigne ha reunido las condiciones que despiertan simpatía hacia su prisionero. Éxito duradero. Napoleón en Santa Elena sigue en primer plano. Para que Longwood se convierta, a los ojos del mundo, en un lugar de tortura, el infortunado héroe no tendrá más que dar al cuadro una ligera pincelada.

Representémonos ahora al séquito del emperador amontonado en reductos y buhardillas, forzado a una exasperante convivencia. Los fieles del destierro forman una pequeña colonia destinada a amargarse, un medio favorable a la exageración de los motivos de queja. Ahí están Montholon y su mujer, la abnegación misma; él, muy francés viejo, "mundano correcto y cariñoso"; ella, que será el consuelo del emperador. Se verá a éste llorar cuando ella salga de la isla. Las Cases es un antiguo emigrado convertido en ferviente del culto napoleónico: gentilhombre chapado de hombre de letras, activo y sagaz, es el "biógrafo ideal" y el compañero preferido de Napoleón, con el que puede hablar de literatura. Parece, sin embargo, que Las Cases, que conciliaba la fidelidad con la publicidad y el reclamo, partió tan pronto recogió su cosecha y reunió los elementos de su libre. Gourgaud, antiguo artillero, ayudante del emperador desde 1811, se adhirió a Luis XVIII durante la primera Restauración; luego volvió cuando los Cien Días; un "buen muchacho", dotado de franqueza pero celoso, de un carácter detestable y que desafiará en duelo a Montholón. Su manía es recordar a Napoleón, que no se acuerda ya de ello, que en 1811, en Brienne, le salvó la vida. Bertrand, que ha sido ya "gran mariscal de palacio" en la isla de Elba, es un antiguo oficial de ingenieros, militar ante todo, dedicado al emperador y tímido ante su mujer. Esta es la corte. Tan fecunda en hechos e intrigas como si estuviera en las Tullerías. Piontkowski, un capitán polaco, llegará también. Por abajo estarán el primer ayuda de cámara, Marchand y los criados. Está también el médico irlandés O'Meara, al que sucederá el corso Antommarchi, enojosa elección del tío Fesch, que llegará cerca del fin, con dos sacerdotes mediocres, lo que hará decir al emperador: "Mi familia no me manda más que brutos".

Estos servidores de la adversidad que se condenaron a sí mismos a la deportación, constituyen el coro de la tragedia. Todos, salvo Bertrand, que no tenía la pluma fácil, llevaron su diario, borrajearon memorias, o, por lo menos, algunos recuerdos. Marchand, el primer ayuda de cámara, tenía también sus cuadernos y, a falta de cosa mejor, Saint Denis, el segundo ayuda de cámara, haría de copista. Se sabía, ciertamente, que no se estaba entrando en la inmortalidad y Napoleón no ignoraba que a su alrededor se tomaban notas. Se había servido de Las Cases, el más hábil en redacción dotado de un cierto talento en el género sensiblero y declamatorio, para esparcir lo que él quería que se creyese. Las Cases añadió luego lo que le pareció. De esta especie de colaboración salió el Memorial de Santa Elena, libro admirablemente hecho para emocionar y enternecer. Napoleón auguraba a Las Cases que le produciría mucho dinero. ¡Cuánta más gloria ha reportado el Memorial al emperador!

La abundancia de esta literatura del destierro, a la que Napoleón mismo se asoció probablemente con las Cartas del Cabo insertas en la Correspondencia, no aprovecha generalmente al conocimiento de la verdad. Ocurre que los relatos del cautiverio no concuerdan. Los hay cuya inexactitud es manifiesta. El de O'Meara es una agradable novela. Autommarchi, desvergonzadamente, cuenta lo que ni ha visto ni ha oído, ya que Napoleón, a quien horrorizaba, le tenía apartado. Pero dos cosas observa lord Rosebery con mucha finura. Ante todo, que los relatos publicados primero son los menos fidedignos. La veracidad de Montholón, cuyas memorias aparecieron en 1847, es mayor que la de Las Cases, cuyo Memorial se publicó en 1823. En cuanto a Gourgaud, cuyo diario no vio la luz hasta 1898, es el hombre que todo lo cuenta. Sin embargo, Las Cases salió de Santa Elena en noviembre de 1816, expulsado por las autoridades por haber intentado mantener correspondencia con Europa y tal vez secretamente deseoso de volver. Gourgaud, desavenido o fingiendo estarlo con Napoleón, se va, a su vez, en mayo de 1818. A partir de este momento, Montholón, demasiado ocupado, se torna cronista irregular, y del registro pasa a los recuerdos compuestos a raíz de acaecer los hechos. Sin contar las supresiones que se han hecho en los manuscritos por razones de familia, están ahí las causas de muchas incertidumbres. En definitiva, los tres últimos años del emperador son tan tristes como oscuros y mudos. Apenas si se le oye hablar. Se encuentra privado de la facundia de Las Cases, del espíritu contradictor de Gourgaud, que estimulaban su conversación. No escribe cartas, porque no acepta que las suyas sean leídas por el gobernador. Poco a poco, su voz decae. Según la sorprendente frase de Rosebery, es "el período de enmohecimiento". Sufre también el cruel mal de su padre. Se irá apagando lentamente, para extinguirse al fin en el silencio y en la noche.

Es preciso, pues, resignarse a no ver al emperador cautivo, más que a través de las brumas, y sobre todo según la versión ligeramente novelada que ha quedado de Santa Elena. Pero la fortuna no negó nada a Napoleón. Para dar a la tragedia su traza de melodrama popular, aportó al carcelero. Sir Hudson Lowe parece elegido por un decreto de la Providencia. Sin él hubiera faltado un elemento esencial en la quejumbre. El gobernador tenía un espíritu estrecho y formalista, y además débil. Estaba abrumado por sus responsabilidades, obsesionado por el temor de la evasión. El recuerdo de Campbell, regresando a la isla de Elba para hallarla vacía, le atormentaba. En vano Hudson Lowe había erizado de cañones y centinelas Santa Elena, prescribiendo las precauciones más severas. A veces se levantaba a media noche y galopaba hasta Longwood, para confirmar que su prisionero seguía estando allí. Desconfiado hasta el absurdo, no permitía a los comisarios de Francia, de Austria y de Rusia, que cumplieran su misión y se hicieran cargo por sí mismos de la presencia del cautivo. Hudson Lowe era un alucinado. A Napoleón no le costó gran trabajo volverle medio loco, en tanto que los cronistas de Longwood se dedicaban a presentarlo como su verdugo. Tuvieron en ello pleno éxito. El "sicario de la oligarquía británica" conserva su nombre inscrito entre los más crueles torturadores de que la historia pueda hacer mención, y a su regreso, sus propios compatriotas le volvieron la espalda.

Pero el gobernador no inventaba todos los días un nuevo suplicio, y si Napoleón trataba de calumniarlo, no era tan sólo con idea de que su propio infortunio pareciera más patético a los ojos de la posteridad. Hacia el final, sus relaciones con Hudson Lowe se hicieron menos tirantes, por cansancio recíproco y porque el emperador no tenía ya el mismo interés en los incidentes y conflictos. Había conseguido lo esencial, haciendo respetar su persona y su nombre. Un punto sobre el que jamás cedió era su título. Los ingleses pretendían llamarle el general Bonaparte. "La última vez que oí hablar de él fue en la batalla de las Pirámides y en la del Mont-Thábor", respondió de una vez para siempre. Era el emperador Napoleón, y continuó siéndolo. Su tesis invariable fue que su título imperial pertenecía a la nación y a la dinastía, que había sido consagrado por la voz del pueblo y por la Iglesia, entrando en el patrimonio de gloria de los franceses. Por consiguiente, el que lo había recibido no tenía derecho ni poder para desentenderse de él. Jamás en cuanto a sí mismo, se confesaría usurpador. Todo lo más, admitía el incógnito, como un soberano en viaje, y propuso que le llamaran Duroc o Muirón, nombres de los dos únicos hombres a quienes acaso amara. Los ingleses se negaron, por la misma razón que a él le hacía ofrecer esta fórmula. De ningún modo querían reconocer que había reinado, y Napoleón daba la mayor importancia a no ceder. Soportó mil disgustos de la vida cotidiana por mantener que él no era un simple "oficial distinguido", según la fórmula del almirante Cockburn, quien decía que nunca supo que un emperador se hubiera encontrado a bordo del Northumberland. Así la idea dinástica quedaba a salvo. Y tal vez no hubiéramos visto un segundo imperio si no se hubiera dado en Longwood la orden de no saberse tampoco que allí se encontraba un general Bonaparte.

Con la misma tenacidad, Napoleón defendía su puerta contra las visitas domiciliarias. Se encerró en su casa antes que dejarse seguir en sus paseos, reduciendo a Hudson Lowe a hacerle observar por espías. Un poco teatralmente puso a la venta su plata –de la que en seguida le fueron devueltas varias piezas– con objeto de que no se ignorase que Inglaterra le tasaba los medios de existencia. Un día, mandó hasta que le destrozaran su cama para hacer fuego. Sobre todo no cesaba de acusar a sus verdugos de haberle condenado a una muerte lenta, de estarle matando "a alfilerazos". Imputaba el estado de su salud al clima "mortífero", si bien tenía un tumor de píloro, el de su padre, y no lo ignoraba. El mal de hígado que reinaba en Santa Elena, le respetó, así como también a sus compañeros. Pero era necesario que los ingleses le asesinaran. "No hay más que mi martirio –decía– que pueda devolver la corona a mi dinastía".

Con este espíritu político es con el que Napoleón, servido a maravilla por Hudson Lowe y por los memorialistas de Santa Elena, exageró sufrimientos de los que el mayor era moral. Para el efecto que buscaba, era preciso que se le persiguiera, y la lucha que sostenía sobre los puntos en los que se mostraba irreductible agravaba la persecución. En todas las hipótesis, estaba bien calculado. Una sumisión resignaba le hubiera valido algunas comodidades, alguna dulcificación. ¡Cuánto no hubiera perdido entonces! Fuera que considerase que él mismo no era ajeno a las posibilidades de los acontecimientos; fuera que pensase en Napoleón II; fuera, en fin, en interés de su gloria, nunca sería bastante martirizado. Dos frases suyas aclaran sus designios: "Faltaba en mi carrera la adversidad", y "Mi hijo, si yo muero en la cruz y me sobrevive, llegará".

Con el martirio, su arma, están la palabra, el impreso, el libro. Había prometido escribir "las grandes cosas que hemos hecho juntos". Era la ocupación que reservaba para aquel "lugar perdido". Ya durante la travesía había empezado a dictar sus memorias, como Las Cases había empezado a llevar su diario. Santa Elena se convirtió en un activo centro, una fábrica de producción literaria, y el propio emperador acuciaba a todo el mundo a llenar cuaderno tras cuaderno. Decía a sus compañeros que en ello encontrarían un medio de hacer fortuna, y no se equivocaba. Las Cases poseía la pluma más hábil y su Memorial tuvo un inmenso éxito. Todo lo tenía. Falso o verdadero, todo lo que venía de Santa Elena era devorado en París y en Europa.

Hombres de letras, Napoleón había comprendido muy bien que tenía ocasión de componer su propia historia, y, por consiguiente, de imprimirle el carácter que le placiese. No sólo, como la mayoría de los autores de memorias, presentó su propia apología, sino que contando el pasado con espíritu maduro y experiencia de los hombres, dio a sus relatos un tono propio para actuar sobre las imaginaciones y que ha fijado los hechos en una forma difícilmente revocable. Dio a su vida, a su reinado, a sus guerras, un cierto tono. Incluso rehizo sus frases históricas. Las escribió tal como hubiera debido pronunciarlas y después se han repetido como las escribió. Es un autor que corrige las obras de su juventud cuando se encuentra en plena madurez de estilo. Así contribuye en gran parte a proyectar sobre su historia la nota épica, lo cual valía aún más para él que sus alegatos. El cuidado que puso en justificarse o en atribuir a otros las faltas, es demasiado natural para engañar a nadie. Es difícil borrar el acento de sus Comentarios y, por ejemplo, contar la campaña de Italia sin sentirse influido por la magnificencia de su propia versión.

El trazo dominante en esta literatura es el de pertenecer al género de la propaganda, género en que Napoleón había llegado a ser maestro. No era nada dirigirse a la sensibilidad de las gentes, pintando los sufrimientos del cautivo. El escritor apuntaba mucho más lejos. Trabajó para el futuro. En el curso de su reinado, de una rapidez torrencial, fue adoptando una tras otra todas las ideas, según las necesidades del momento, según aquellas circunstancias de que era esclavo. En pro y en contra, podría hacerse una colección de sus encontradas opiniones sobre casi todos los temas. No tuvo designo general. ¿Cuántas veces no había cambiado de plan? En Santa Elena medita. Descubre las transformaciones que ha producido en una Europa restituida a la paz, recorriéndola y agitándola durante diez años. Concibe entonces una doctrina. Se atribuye la intención de las cosas que ha hecho y reivindica los resultados. Había levantado en contra de Francia las pasiones nacionales. Se convierte en el padre del principio de las nacionalidades. Había levantado de propósito a los pueblos de su antiguo letargo. ¿Sus conquistas; sus anexiones? El había querido formar una sola Italia, una sola Alemania, sillares de la Europa futura y de una sociedad de naciones libres, en lugar de la Santa Alianza de los Reyes. Como estela de sus soldados, de sus administradores, de sus prefectos, las ideas de la Revolución se habían esparcido por fuera de Francia, para volverse por otra parte contra él. Se apropió de este efecto de sus guerras. Por ellas había llevado a todas partes el progreso, las luces, la libertad, la destrucción del abuso y del fanatismo. Recordaba que él había sido desde su primera juventud, republicano, autor de las Cartas sobre Córcega, gran servidor de los principios de 1789. No repetía ya que él hubiera "purificado" a la Revolución; la había "consagrado, infundido en las leyes" y salvado tres veces; en vendimiario, en fructidor, en los Cien Días. Le era consustancial; no podía ya separarse de él, "víctima del ostracismo de los reyes". ¿Cuánto tiempo había transcurrido ya desde aquel monólogo de Dresde en que, delante de Metternich, que le escuchaba helado, anunció que todos los tronos serían arrastrados en su caída? Un Napoleón demócrata, representante de las "ideas modernas", era el papel que ahora se le ofrecía. Lo tomó. Satisfecho del perfil que tomaba su figura histórica, a fuerza de corregirla por sus charlas destinadas a la publicidad, decía un día, como si hubiera contemplado su propio busto: "Cada día me despojo un poco más de mi piel de tirano". Esculpe un Napoleón humanitario, que encarna a un tiempo la patria y la gloria; una mezcla de poderosa seducción sobre los franceses del siglo, con su espiritualismo y sus profecías: "Luchamos aquí contra la opresión de los dioses, y los votos de las naciones están con nosotros". Es igualitario, nada clerical. Pero honró al valor, distinguió al mérito, como la mayoría de los franceses, incluso los reñidos con la Iglesia. En fin; dejará a Napoleón II una constitución liberal y sabios consejos de gobierno. El mismo no había sido dictador más que "por la fuerza de las circunstancias". No "había podido distender el arco". El "peligro" había sido "siempre el mismo, la lucha terrible y la crisis inminente"; ésta era su excusa... Esta simiente lanzaba sobre el porvenir, prenderá. El trono napoleónico no será restaurado para su hijo, el fundador de la dinastía habrá trabajado para su sobrino; pero al menos en Santa Elena nació el imperio de Napoleón III.

Michelet dice con indignación de este Bonaparte-Prometeo, cuyo nombre partía así para nuevos destinos: "Por una insigne torpeza, se le alojó en Santa Elena, de modo que de su tablado colocado tan alto, el bribón pudiera hacer un Cáucaso". Santa Elena fue un laboratorio de leyendas; en cierto modo un fábrica de falsedades. Se respira allí como "una atmósfera de mentiras". Lo que completa la figura de Napoleón es que de su lugar de destierro, supo hacer sin duda un Cáucaso y un pedestal también. Se vuelve profeta, anunciador de tiempos nuevos. Hasta a su roca animará con su espíritu. Es su última obra y la lleva a cabo por los mismos medios que ya han servido, tan poderosamente, a su política. Sigue siendo siempre el que actúa sobre la imaginación de los pueblos, porque él es en sí la imaginación misma. Se ha dicho que uno de los secretos de su gobierno fue el "despertar sin cesar la ambición, la curiosidad y la esperanza". Desde Santa Elena, alimentaba el sentimiento, hacía nacer la esperanza de un mundo más feliz. Fieles al testamento del emperador, los herederos de Napoleón resolverían todos los problemas del siglo. Se creerá al hijo de Luis y de Hortensia cuando llegue con la promesa de arreglar todos los problemas: el del orden, el del pauperismo, el de Europa. En cuanto a la curiosidad, la redoblaba aquella voz que desde el fondo del océano anunciaba un evangelio.

El mismo hombre, el mismo artista, siempre capaz de desdoblarse, que se había mirado a sí mismo en tantos papeles, se contemplaba una vez más en el de Mesías. Vaticinaba de vez en cuando. Se conservan de él escritos extraños: "Nuevo Prometeo, estoy clavado a una roca donde un buitre me roe. Sí; yo había robado al cielo su fuego para dárselo a Francia; el fuego subió de nuevo a su origen y heme aquí". Después volvía a hacerse natural y su natural era la contradicción. El diario de Gourgaud, de una crudeza tan perfecta, le muestra tal como se le ha visto en todos los tiempos: agrio conocedor de los hombres y de la vida, adoptando sucesivamente ideas contrarias, entregándose a opuestos sentimientos, sin que pueda afirmarse que no fuera sincero cada vez. Decía a Las Cases: "Me creeréis tal vez difícilmente, pero no echo nada de menos mis grandezas. Me veis escasamente sensible ante lo que he perdido". Es probable que aquel día fuera veraz. Pero también decía: "¡Ah! Qué bien entonces; cuando distribuía puestos"; y es demasiado humano para que no se crea a Gourgaud. Cuando llega a Santa Elena la noticia de la condena y ejecución de Ney, el emperador, según Montholón, declara que es un crimen, que los jueces se han teñido de sangre sagrada para Francia, que el bravo entre los bravos no había hecho traición, que Luis XVIII se ha deshonrado. Según Gourgaud, "Ney no ha tenido más que su merecido". Como Murat es "una pobre cabeza... El hombre más cobarde en la derrota..., es él el causante de que estemos aquí". Napoleón vuelva su corazón ante Gourgaud. Según Las Cases, se contenta con decir, incapaz de rencor, que su cuñado había hecho mucho daño.

¿Se trata de doctrina? Las opiniones del emperador no son menos variables. El programa oficial de Santa Elena, es el Imperio democrático y liberal, teñido de espíritu republicano. Pero Napoleón dirá también que la autoridad es la mayor de las venturas, que las asambleas deliberantes son una plaga, que Luis XVIII se dará cuenta; que las cortes inapelables y las ejecuciones valen más que la Carta para consolidar el trono. El Acta adicional es invocada como prueba de que el emperador no aspiraba a la dictadura. Pero a Gourgaud: "Era mi intención mandar a paseo a las Cámaras una vez que me hubiera visto vencedor y libre de dificultades". Y así en todo. Afirmaba la existencia de un Dios. Si se reprobaba ante él el ateísmo, respondía que los hombres más sabios del Instituto eran ateos. Creía en la inmortalidad del alma y otras veces sostenía que la anatomía no mostraba diferencia alguna entre el hombre y el becerro. Nada impide, sin embargo, pensar que a Gourgaud, bastante cínico, le hablara abriéndole su corazón, reservando la conservación elevada para Las Cases, que era un alma noble, y para Montholón, que llevaba el sentido de las conveniencias a un grado extremo. Se ve claramente que Las Cases y Montholón no han retenido de las conversaciones de Santa Elena, más que las palabras nobles y generosas, aquellas que debían engrandecer la memoria del emperador. No nos asombramos de encontrarle a través de Gourgaud, que nada esconde ni nada embellece, sin piedad para con la especie humana, duro para todos, sin estima para nadie, aplastando con una palabra a los más ilustres, encarnizándose con el personal del Imperio, incluso con sus hermanos y sus dos mujeres. De vuelta de todo bastante antes de 1814 y 1815, los días siniestros de las dos abdicaciones no le habían reconciliado con sus semejantes. Para los mismos pueblos ¡qué desprecio! Quiso ser enterrado en las orillas del Sena, en medio de aquel pueblo que tanto amó, y Francia "no es más que una nación deshonrada, cobarde", que "no ha encontrado más que su merecido", como Ney, como Murat. Napoleón cae en la misantropía. En Longwood hace la vida difícil hasta a los más abnegados. De su familia no quiere a nadie a su lado, ni a su madre ni a su hermana, y, acaso, para no enternecerse, no lee apenas las cartas que recibe.

Con la pequeña guerra cotidiana con Hudson Lowe, hablar, leer, escribir, fueron sus distracciones. Tal vez, sobre todo, leer. Como su juventud, su destierro fue un desordenado leer. Nunca eran bastantes periódicos y libros, y los ingleses le tasaban esto como todo lo demás. Uno de sus pesares fue no tener un Polybe. Por la noche cogía una tragedia, ejercicio temido de los que le rodeaban, recitaba versos como antes con José en la otra isla, comentaba, criticaba. Corregía de su propia mano el Mahomet de Voltaire, suprimía escenas, rehacía la pieza. Se ingeniaba para matar las horas mortales. Después, sucediéndose los días a los días, todo dicho ya, vino el aburrimiento, y con él el sufrimiento corporal. Tal vez el abatimiento de Santa Elena aceleró su muerte más seguramente que el clima, si es cierto que el cáncer incurable roe más la carne cuya alma está triste. Ahora, deforme, descuidado, olvidando ese respeto a la etiqueta al que se atuvo como a su título para guardar viva por el prestigio la idea imperial, permanece ocioso, postrado, o bien con un extravagante traje de podador, se ocupa del jardín. Quisiéramos creer a Antommarchi, ese hablador que le presta hasta el fin parrafadas y bellas palabras.

El cautivo se hacía invisible. Su mal se agravaba. Como última revista de las glorias de su reinado, dictó su testamento político, profético también. En frases cadenciosas, para confiadas a la memoria, dio sus recomendaciones supremas a su hijo y a los franceses; un llamamiento al porvenir vengador; el perdón para aquellos cuyas "traiciones" habían perdido al Imperio y a Francia: Marmont, Augereau, Talleyrand, La Fayette, a quienes nombraba también para que su memoria fuese execrada. María Luisa, "muy querida esposa", estaba allí en puesto de honor, como si "aquél polizón de Neipperg" no hubiera existido. Napoleón, en este acto solemne, quiso añadir que él y nadie más que él había hecho detener y juzgar al duque d'Enghien.

Murió el 5 de mayo de 1821. "Cabeza..., ejército..." fueron, se dice, las últimas palabras que pronunció. En la agonía, se echó fuera de su cama con terrible violencia. Al expirar, se había desencadenado sobre la isla una tempestad. El fiel Marchand le envolvió en la capa que llevaba en Marengo. Abandono, simplicidad, misterio; todo servía aún a la leyenda de Napoleón. Tuvo el fin más conveniente a su gloria. La misma muerte coronaba, con otro género de grandeza, la composición única de su vida.

Hudson Low lo hizo mejor que ella. Este estrecho funcionario llevaba el formalismo hasta extremos geniales. Montholón, Bertrand, querían que sobre la tumba del emperador se grabara sólo una palabra: Napoleón. El gobernador no quería saber más que de Napoleón Bonaparte. Se obstinó. Los franceses también. La losa quedó desnuda. "Aquí yace... ningún nombre". Un poeta se apoderó de la idea e hizo un hemistiquio elegíaco y sonoro. Así el aficionado a las tragedias, que había sido fiel a los gustos clásicos, entraba en el lirismo del siglo. Constantemente celosa de renovar los temas de su historia, su estrella le romantizaba por un favor supremo.

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 548 - 563.