sábado, 8 de octubre de 2016

Una historia de Napoleón (XXV): Waterloo, triste llanura



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De todas las batallas libradas por Napoleón, la más célebre es la que perdió. Waterloo trae a su historia la catástrofe, que es el acontecimiento último y principal de las tragedias. Un desastre súbito, total, resonante; tantas victorias, tantas hazañas estratégicas que terminan en un hundimiento militar... Un elemento de epopeya y de leyenda que faltaba añadir a la vida de Bonaparte. Esta se superará aún por el martirio, y el martirio no se hará esperar.

Waterloo e historia de Napoleon Bonaparte

Rehaciendo mentalmente la batalla de Waterloo, mil historiadores, el primero el emperador, han demostrado que podía haber sido ganada, que debía haberlo sido, sin preguntarse qué habría ocurrido al día siguiente. Napoleón, vencido, se derrumbó de un golpe. Con Wellington y Blucher en retirada, la guerra hubiera continuado, la misma guerra que venía durante desde hacía veintitrés años. Y el emperador arriesgaba una vez más en esta llanura belga, aquella partida, cuya principal puerta había sido Bélgica. Venía a terminar con la ola agonizante de la Revolución belicosa, cerca de Fleurus y de Jemmapes, a las puertas de Bruselas, por los lugares que la República había conquistado y que se había empeñado en conservar, pese a Europa, hasta renegar de sí misma. El desenlace se encuentra en el punto de partida. Aparte el resultado final y la explicación de aventuras inauditas, y, sin embargo, estrechamente enlazadas. La lúgubre resonancia de Waterloo no estriba sólo en la caída de un hombre, sino que significa para los franceses el despertar de un sueño por un duro choque con el mundo exterior. Es el principio de un renunciamiento y de un repliegue sobre sí mismos; para decirlo todo, de una humillación más cruel que la batalla, perdida, al menos, con honor y con brillantez.

Napoleón, volviendo sin tregua sobre las horas funestas del Monte-San-Juan, no se cansaba tampoco de acusar a todo y a todos: Grouchy, Ney, Soult, la fatalidad. Sabía, sin embargo, que en la guerra, el azar, que no hace triunfar nada, no es tampoco bastante a explicar el fracaso. Estaba vencido en sí mismo antes de encontrar a Wellington, y sus soldados lo estaban también. La confianza no moraba ya en sus espíritus; el recuerdo de 1814 pesaba en los corazones. Esta breve campaña de Bélgica –siete días– la llama Carnot "una serie de faltas indignas del genio de Napoleón". Estas faltas, que pueden contarse, son las de un Jefe que ha perdido la fe. Es demasiado brutalmente realista para creer que los éxitos retornen después de lo que ha visto el año antes en Fontainebleau, de lo que acaba aún de ver en Francia y en París. Y la convicción que le falta, ¿cómo la iba él a comunicar a sus tropas y a sus lugartenientes? No tiene al Ejército en la mano; y un renacimiento del entusiasmo, un afán de desquite, no surgen de una disciplina inexistente. Una distribución de cartuchos en la que el soldado encuentra salvado en lugar de pólvora; un general, Bourmont, tibiamente adepto, opuesto al Acto Adicional, que abandona su cuerpo en el momento de franquear la frontera, son hechos suficientes para que suena la palabra traición. Es también muy fácil contar los que faltan, los militares destacados que no se han incorporado a sus banderas y los que, incluso mariscales, han seguido a Luis XVIII en Gante. Otros han llevado la cocarda blanca antes de adoptar nuevamente la tricolor: han cantado dos veces la palinodia. Son sospechosos. El emperador no ha aceptado los servicios de Murat. Ha prescindido de este intrépido, cuyo ejemplo, después de sus defecciones, desmoralizaría, tal vez, a más hombres de los que pudiera arrastrar. En cuanto a Ney, que tiene un mando, ¿no es él, quizás, el más comprometido? Su "jaula de hierro" le estorba todavía para la acción. Todo puede ser puesto en tela de juicio. Napoleón, sin Berthier, su viejo intérprete, lamentaba no haber tenido por Jefe del Estado Mayor a Suchet en lugar de Soult. Ni Suchet ni Berthier hubieran podido suplir la unidad y el aliento que faltaba. De Grouchy; que no acude al combate, se dirá que había sido una elección política, una mala elección. Resultó cómodo hacer culpable al destino y a Grouchy. Pero ya, en Ligny, d'Erlon perdió todo el día, permaneció inactivo, falto de órdenes precisas o reiteradas.

Decisión escasa, ninguna actividad, pérdidas de tiempo, retrasos, negligencias, ese espíritu vacilante y perplejo que la enormidad del riesgo y la inquietud agravan en Napoleón, su "fiebre de dudas", que se traduce en una funesta lentitud, en indolencia, en una especie de apatía, son las observaciones que se levantan a cada uno de sus pasos. Cuando da instrucciones capaces de asegurar la victoria, no se siguen. En Ligny, el 16 de junio, los prusianos deberían ser aplastados. Napoleón se queja de que el Príncipe de la Moskowa, no comprenda su pensamiento o resulte indeciso en la ejecución. "Ney –habrá de decir– no es ya el mismo"; y Ney, que contra su modo de ser, se ha vuelto tan extrañamente circunspecto, podría haber dicho lo mismo de Napoleón, a quien los incidentes de esta batalla dejan sorprendido, turbado; que, la víspera, a fuerza de reflexionar, pierde la mañana, hasta el punto de que Gérard se queja "de incomprensibles, de irremediables lentitudes". Cuando el emperador se decide a atacar al ejército inglés, éste deberá ser "destruido en un instante", si aún está en Quatre-Bras. No está allí ya; ha aprovechado, para escapar a la destrucción, el respiro que se le ha dejado.

Estos hombres, que han tomado parte en tantos combates, que han recurrido toda Europa guerreando, que han fatigado a la fama con el brillo de sus hazañas, se diría de lejos que han envejecido, que rayan en decadencia senil. Páginas tan rellenas dan la impresión de una larga duración cuando, en realidad, su rasgo más extraordinario es la brevedad. El emperador, muy por bajo de sí mismo y de su reputación, por bajo de su claridad y nitidez, con el rayo moribundo en sus manos, son cosas que desconciertan y cuyas razones se buscan aún en la edad, en el agotamiento físico, en la enfermedad. No se piensa lo bastante que Napoleón no tiene todavía los cuarenta y seis años, que ninguno de sus generales llega a los cincuenta; que Wellington sólo le lleva algunos meses, y que el viejo, el patriarca –setenta y seis años– es Blucher. Se pretende que la energía, la llama del genio, estaban extintas en Napoleón; que ya el cáncer le roía, que se duerme en mitad de la acción. No se explica por otras razones el oscurecimiento de su genio. Sin embargo, Ligny, los Quatre-Bras, son aún ideas de un genio de las batallas; pero de un genio que duda. Sus propias inspiraciones no le iluminan ya. No las sigue, requerido, obsesionado por otras preocupaciones que las de la guerra. El 17 de junio, mientras los ingleses se le escapan, habla con sus generales de la opinión de París, de las Cámaras, de Fouché. En la noche del 17 al 18, en la granja Caillou, dicta para el día siguiente el plan de batalla, de la grande y funesta batalla, y también dicta cartas "necesarias –dice Davout–, a causa de los inconvenientes y obstáculos que le oponía la Cámara de Representantes", en donde la víspera hubo una mala sesión. La retaguardia le preocupa demasiado; su voluntad es, por ello, menos firme, menos claro su pensamiento. Las causas inmediatas del desastre de Waterloo, se encuentran en una serie de contratiempos, efecto de olvidos y de distracciones increíbles, de órdenes mal transmitidas, insuficientes u oscuras. La causa general era, en el Jefe, un pensamiento vacilante, una secreta desesperación.

Y esta desesperación se convierte en mala consejera de Napoleón. La víspera y la antevíspera del 18 de junio, deja pasar momentos preciosos. Aquella misma mañana retrasa la hora del ataque para esperar que el suelo, empapado por una violenta lluvia, se seque. Después, se apodera de él la prisa. De súbito, se apresura. Quiere llegar en seguida al resultado, a la batalla decisiva de todo o nada, en su ansia de acabar. A sus incertidumbres demasiado largas sucede una temeraria seguridad. Soult, que conoce el terreno, que en 1794 se batió ya en la meseta de Monte-San-Juan, hace observar que Grouchy tiene bastante gente, que sería bueno pedirle una parte de sus tropas, que nunca serán demasiadas. El emperador responde que no hay que hacer tanto caso de los ingleses, que existe un noventa por ciento de probabilidades de vencerlos, que será "cuestión de un almuerzo". Reille insiste en el mismo sentido que Soult. El estuvo en España y conoce la infantería británica, mientras que Napoleón no se ha medido jamás con Wellington. La misma respuesta: "Si se ejecutan bien mis órdenes, esta noche dormiremos en Bruselas". Se advierte al emperador que los prusianos deben establecer contacto con los ingleses a la entrada del bosque de Soignes. También ha descuidado él bastante el servicio de información. Los informes que le traen los califica de fábulas. Afirma que Blucher no puede llegar antes de dos días, y que Grouchy está, por otra parte, encargado de perseguirle. Cuando el Cuerpo de Zieten aparece en el campo de batalla, Napoleón se niega todavía a creer que sean los prusianos. Sólo después habrá de acusar a Grouchy, que quedará para siempre calificado de general que no acude al peligro, al que se espera y no llega, del que Houssaye dice, con justicia, que actúa a ciegas, pero a quien Napoleón nada hizo por darle luz.

Waterloo es la batalla sobre la cual se disertará hasta lo infinito, y que de antemano estaba perdida. Nada sale bien, porque nada podía salir bien. La misma prudencia resulta funesta. Si la acción hubiera empezado más temprano, Wellington habría podido ser vencido antes de que Blucher se le uniera. Pero, ¿y si los caballos y los cañones se atascaban en el fango? Se pierde el tiempo en tomar Hougoumont, con gran sacrificio de hombres. Pero es que hay que economizar municiones de artillería. El emperador, siguiendo su costumbre, niega su guardia, cuando tal vez su empleo hubiera podido trocar el resultado de la jornada. La utiliza demasiado tarde. Y, demasiado pronto, no quedaría nada para la suprema resistencia. A las siete de la tarde, cuando los prusianos desembocan en el campo de batalla, ¿por qué no ordena la retirada? Pero ésta habría de ser azarosa, confuso ya como estaba el campo de batalla; y, sobre todo, desde aquel momento, retirada o derrota, lo mismo da. El pensamiento que domina a Napoleón es que el 1814 se repetirá, si es que ya lo que empieza no es peor. Ney, en el último esfuerzo, grita lo que Napoleón y todos piensan: "D'Erlon, si salimos de ésta, seremos ahorcados los dos".

Los que en la mañana de Waterloo vieron a Napoleón, se decían impresionados por su palidez, por aquella "cara de cera", de la cual dedujeron malos augurios. Los ingleses, por su parte, quedaron bajo la impresión de los soldados franceses, sobre todo de los coraceros y de sus cargas desesperadas, diciendo que no se habían encontrado nunca ante figuras de tal hostilidad, "tan rigurosamente militares". Persistente en las imaginaciones y en la historia, destinado al lirismo que se nutre de desastres, el efecto de conjunto es sepulcral; el grito: "son demasiados"; el "sálvese quien pueda", los últimos cuadros de la guardia, Cambronne, el crepúsculo heroico, la derrota y la retirada nocturna del emperador, a quien se vio llorar.

Abandonó el campo de batalla con lentitud, con pesar. Luego deja atrás Bélgica, la frontera y el ejército. Fue una huída que le ha sido duramente reprochada. Siempre el militar que hace política. Como en Egipto, como en Rusia, abandona a sus soldados, que no están de tal modo vencidos que un jefe no pueda reagruparlos, para cortar el camino a la invasión. Pero a todo lo que se le dice, responde que ya no hay ejército, que no hay ya más que fugitivos; se mete con Ney, con D'Erlon, con Grouchy; "en un caso de ideas", dice uno, y "con la cabeza extraviada, fluctuando de proyecto en proyecto, haciendo de su desastre un cuadro más espantoso todavía que la realidad", dice otro. En su corazón desanimado, el desastre era un hecho desde el regreso de la isla de Elba. En medio de su desvarío, tal vez simulado, Napoleón tenía, sin embargo, una idea fija. Desde el momento en que midió la derrota, estaba tomada su resolución. Le perseguían el recuerdo, la experiencia de 1814. ¿Permanecer con el ejército para recibir allí las intimaciones de los mariscales, en tanto que los diputados pronunciasen en París su caída en desgracia; ofrecer la continuación de la guerra nacional para oírse decir que no se le obedecería más? Persuadido de que cuanto le había ocurrido el año que precedió a Fontainebleau era debido a haber permanecido demasiado tiempo fuera de la capital; inquieto, por otra parte, respecto de la opinión pública, de las Cámaras, de sus ministros, de sus hermanos, de la calle, llega de un tirón a París después de anunciar que se detendría de Laon.

Ante Las Cases decía: "Me equivoqué en 1814, creyendo que Francia, a la vista de sus peligros, iba a hacerse una sola cosa conmigo; pero en 1815, al regreso de Waterloo", no me equivoqué. El error habría sido difícil y la ilusión, si tuvo la de recoger el poder al entrar en el Elíseo, no llegó a durar ni un día. El 21 de junio, por la mañana, deshecho, cansado, está de regreso en París, donde le ha precedido la noticia de la catástrofe. Se excusó con su cansancio, con que no había comido nada en tres días, de no haber ido en seguida a la Cámara, de uniforme, las botas cubiertas de barro. Pero cuando Gourgaud le decía que su aparición habría hecho cambiar los ánimos y electrizado a los representantes, respondía sin disimulo: "¡Ah, querido! Estaba vencido, nada podía esperar". Verdaderamente juzgaba su situación con una claridad abrumadora, que le quitaba las ganas de todo. No es ya el hombre que apenas ha llegado, después de un Moscú, cogía las riendas del gobierno. Pierde tiempo en el baño, hace esperar a sus ministros, celebra, al fin, un consejo que delibera sin decidir nada, en el que él mismo se embriaga de palabras, dejando pasar las horas mientras la Cámara de los Representantes se reúne, y a propuesta de La Fayette, se declara en sesión permanente, añadiendo que quienquiera que intentara disolverla sería culpable de alta traición. Napoleón queda derrocado por La Fayette, que le derriba con una moción y un discurso.

Es el desquite de Saint-Cloud, y cuando Luciano quiere repetir la escena de la Orangerie, ganar la Asamblea a la causa de su hermano, se da cuenta de que jornadas como aquélla no se repiten. Aconsejaba a Napoleón que hiciese un llamamiento al pueblo, que recurriese a la fuerza, que aplastara a los Representantes. "Atreveos", le decía. Y el emperador le respondía: "No he hecho otra cosa que atreverme demasiado". Sólo el Presidente del 18 brumario resurgía. "El general ya no estaba allí", o más bien, estaba igual que estuvo después de su momento de desfallecimiento, cuando salió enloquecido del salón de los Quinientos; como se le habría visto aquel día sin granaderos, sin Murat, sin el gordo Gardanne, ni Sieyès que le animaba, ni las circunstancias que le eran propicias. Después de la derrota de Waterloo, Napoleón sufría una derrota parlamentaria. Confiará a Gourgaud que la actitud de las Cámaras le había sorprendido, que todo habría pasado de otro modo si se hubiera ahorcado a siete u ocho diputados y a Fouché el primero. No pensó siquiera en ello. Para su Memorial, habrá querido retirarse como monarca amigo de la libertad, a quien repugnaron la sangre, las ejecuciones, la guerra civil. En verdad, tímido siempre para castigar, débil ante los hombres, asustadizo ante las resistencias, tiene menos que nunca la energía bastante para correr un riesgo político. La Valette le encuentra incapaz de decir otra cosa que unos "¡Ah! ¡Mon Dieu!", levantando los ojos al cielo con una risa epiléptica, pavorosa. Henry Houssaye le pinta la noche de aquel 21 de junio con el exacto parecido de su carácter reflejado en el desorden en que la catástrofe le sumía: "Su fluctuante pensamiento parecía incapaz de fijarse para tomar una decisión cualquiera; tan pronto se declaraba dispuesto a hacer uso de sus derechos constitucionales contra la Cámara insurrecta, como hablaba de terminar inmediatamente con una segunda abdicación". Al día siguiente se dejó llevar a esto último, tras algunas veleidades de disolver las Cámaras, de apelar al Ejército, al pueblo, a los federados. Hubiera sido ponerse a la cabeza de una revolución, caer en la anarquía. "Los recuerdos de mi juventud me asustaron", confesó.

Quedó inerte. Durante el día 22 los Representantes le dieron una hora para decidir. A fin de evitar la destitución pura y simple, salvando, por lo menos, su carácter de soberano y el principio dinástico, se resignó.

Abdicaba. ¡Y en qué condiciones! Todo estaba peor que el año anterior en Fontainebleau, donde trataba todavía de potencia a potencia con los soberanos aliados, estipulando sobre el lugar de su retiro, una soberanía, una pensión. Ahora se encuentra solo y desamparado. No tiene para su protección ni a su suegro ni a Alejandro. Los obreros y los soldados que le aclaman le comprometen. El Gobierno provisional está impaciente por su marcha y nadie se interesa por su suerte. Napoleón renuncia al trono a favor de su hijo y sabe, como el primero, que Napoleón II no reinará, que todo ha concluido. Nada, siquiera, de adiós al ejército, de banderas que abrazar. Todo transcurre entre órdenes del día, votos, cambio de opiniones entre las Comisiones. A este proceder quiso darle, al menos, un acento, un tono noble. El acto por la que cedía, no ya ante los reyes coaligados, ni siquiera a Fouché, sino a La Fayette, a Lanjuinais, a los liberales, a los parlamentarios, la dictó con sangre fría, atento, según Gaudin, "a cuidar las frases y a escoger las expresiones". La releyó varias veces, la corrigió, y cuando estuvo contento del texto, la hizo llevar a las Cámaras. Su poder no existe ya más que en el estilo, en el arte de esculpir fórmulas.

Y ahora, habiendo renunciado a todo, liquidada la aventura de estos Cien Días, tal vez, como Carnot creyó discernir, satisfecho de verse descargado de toda responsabilidad, el emperador caído, ya no es en París más que un estorbo. Hay prisa por verle fuera. Se retrasa en el Elíseo reclamando garantías, un salvoconducto para marcha a América. Como en Fontainebleau, será un militar, Davout, quien irá a significarle fríamente que estorba, que se vaya a esperar en otra parte sus papeles. Entre tanto, para los aliados que se acercan, no es más que un prisionero evadido, un convicto a disposición de quien quiera apoderarse de él. De esta situación, desesperada, humillante, habrá todavía de levantarse.

Se había refugiado en la Malmaison, morada de recuerdos, dejando hacer al destino, no esperando ya nada más que del azar. Hortensia, que está allí en su casa, que vive con él estas últimas jornadas, se encuentra espantada de su inacción, de su apatía. Para embarcarse, ganar América, seguir siendo libre, pierde un tiempo irreparable. Repasa su vida, transcurrida como un sueño. Piensa en los días de otros tiempos, en la muerta: "Siempre me parece verla salir de una avenida de éstas. ¡Pobre Josefina!". Recibe todavía a María Walewska, a su hijo y a su otro hijo natural, el "Conde León", que se parece tanto al rey de Roma, que habla de ello toda una mañana. Y cuánto triste recuerdo: "¡Qué hermosa es la Malmaison! ¿No es verdad, Hortensia, que sería una dicha poderse quedar aquí?". Por un momento admite la idea de un retiro en los Estados Unidos; encarga libros, proyecta consagrar el fin de su vida a la ciencia y consulta a Monge sobre esta intención. Luego resuelve de nuevo contra la idea de dejarlo todo, de reducirse a la nada. Los ejércitos aliados avanzan sobre París. Ofrece su espada al Gobierno provisional, prometiendo marcharse en cuanto los haya rechazado. Los prusianos no estaban ya lejos de la Malmaison. Se temía, sobre todo, que pudiera Napoleón ser apresado, tal vez fusilado, según había anunciado Blucher que tenía tal propósito, "para hacer un servicio a la humanidad". Lejos de acoger la proposición del emperador, se le rogó, el 29 de junio, que partiera en su coche.

No había ya, esta vez, cerca de él, comisarios extranjeros. Quien le vigilaba era el general Beker, un militar liberal, en desgracia hacía algunos años, representante del pueblo en los Cien Días. Este salió airoso de su misión, comportándose como hombre correcto. En su relato, vemos al emperador abandonado a sus incertidumbres. A veces, locuaz, Napoleón lo explica todo: por qué ha abandonado al ejército después de Waterloo, donde, "empezando por mí, nadie ha cumplido con su deber"; cómo no ha querido "nacionalizar la guerra"; por qué siempre ha tenido aversión a las guerras civiles y a la anarquía; cómo se ha dado cuenta de que todo está "desgastado, desmoralizado". Después, taciturno, no cambiando con sus compañeros sino unas frases entrecortadas, retrasándose en el camino, y cuando, al paso por los pueblos se le reconoce y se le aclama, renaciendo a la esperanza de que no se le abandonará, de que van a correr tras él para llamarse de nuevo.

Efímeras ilusiones. En su interior ha concebido ya el fin, el único fin que responde al sentido que tiene de lo sublime. El regreso de la isla de Elba ha borrado el viaje de Provenza, el penoso recuerdo de los disfraces, de las lágrimas, de las debilidades. Ahora tiene que borrar la huida de Waterloo y una abdicación sin gloria. ¿Qué sería este refugio en los Estados Unidos que se le aconseja? Un fin trivial, un retiro burgués. Le hace falta un último acto digno del resto; un epílogo que no sea una salida en falso. El interés superior de su destino, el sentido artístico de su gloria, el instinto de lo grandioso, le empujaban, para que su "novela" acabara en alta tragedia, a entregarse a Inglaterra. Pedir asilo a su suegro, escribir al emperador Alejandro, no quería hacerlo. Desde el 24 de junio, había dicho a Caulaincourt: "Para Austria, nunca. Me han tocado el corazón reteniendo a mi mujer y a mi hijo. Por lo que hace a Rusia, es entregarse a un hombre. Y por lo que se refiere a Inglaterra, al menos, será entregarse a una Nación". Una frase. Aquello era lo que había que hacer. Había en ello una faceta histórica que le fascinaba. Entregarse a su enemigo como Temístocles, cuyo nombre pronunció en un sueño, un poco antes de Waterloo, era una idea grande y bella, una visión de la leyenda concebida por el hombres de letras que en él había. Sin duda calculaba los riesgos. Por un momento aún, la pena de dejarlo todo al dejar Francia, la esperanza de un acontecimiento milagroso, el deseo de permanecer en libertad, el temor respecto de la suerte que le estaba reservada, luchaban, como lucha el cuerpo con el espíritu, contra el partido que había decidido tomar.

Pasó cuatro días en Rochefort, siempre apático, "en un estado de perplejidad y de inacción". Escuchaba a los que le proponían el medio de transportarle a América, huyendo de la vigilancia de los buques ingleses. Todos estos proyectos, que rechazaba, y cuya ejecución remitía siempre al día siguiente, no servían más que para mantener su irresolución. Fue preciso salir de Rochefort ante los apremios que llegaban de París. Fouché y el Gobierno provisional estaban ansioso de saber la partida. Luis XVIII aún más. Materialmente empujado, Napoleón se dirigió a la isla de Aix, para perder en ella unos días más. En vano José, que está a su lado, le suplica que tome un partido, que le siga a Burdeos y embarque en su lugar. Había marinos, un capitán danés sobre todo, que estaban seguros de forzar los pasos y ganar alta mar. En el último momento, Napoleón lo rechazó todo. Fue el "autor único de su perdición, por su vacilaciones e incertidumbres", dice el relato del general Beker. A decir verdad, los Estados Unidos, Méjico, donde se ofrecía conducirle, le desagradaban. Le repugnaba esconderse a bordo de un navío extranjero, escaparse como un banquero en quiebra o un fracasado. ¿Y si la evasión fracasaba, si los ingleses encontraban al fugitivo en el fondo de una bodega detrás de unos toneles? Cuanto más pensaba en ello, más el designio que meditaba desde su abdicación le parecía el más conforme con la majestad imperial, el único digno de él. Precisamente porque era peligrosa, esta solución era la más noble. Todas las demás le empequeñecían.

Antes de entregarse a los ingleses, ¿conseguiría, al menos, discutir las condiciones en que habría de entregarles su espada? Rovigo, Las Cases, el general Lallemand, se habían trasladado como parlamentarios al Bellérophon, el principal navío inglés que cruzaba ante la isla de Aix. El comandante, Maitland, no les dio ninguna garantía. No tenía salvoconducto para Bonaparte, y su única misión era conducirle a Inglaterra. Todo lo más dejó entender, quizá para mejor comprometer al emperador a embarcarse, que la hospitalidad sería generosa. Cuando Napoleón tomó, por fin, su partido, se entregó sin condiciones a su mayor adversario, a aquel a quien no había podido vencer ni conciliar.

Comprendía que lo único que le preocupaba en lo sucesivo, su figura histórica, dependía de la forma en que diera este último paso. Rodeó su rendición de la solemnidad que permitían las circunstancias. Primero, la carta al príncipe regente, en estilo memorable: "... vengo, como Temístocles, a sentarme en el hogar del pueblo británico. Me pongo bajo la protección de sus leyes, que reclamo de Vuestra Alteza Real como del más poderoso, del más constante y del más generoso de mis enemigos". El 15 de julio, por la mañana, embarcó en el brick L'Epervier, vestido, esta vez, no con el atuendo imperial que había llevado en el Teatro del Campo de Mayo para una representación silbada, sino con la casaca verde de los cazadores de la Guardia, con los atributos legendarios: la legión de honor, la espada al costado, el sombrerete. Los adioses de Napoleón a Francia bajo el sol naciente, cerca de la bandera tricolor, los marineros llorando, un último grito de "¡Viva el emperador!"... Todo esto, ¡qué bien hecho, qué bien agrupado, qué bien pintado! Y qué bien dicha al general Beker, cuando éste le pregunta si debe acompañarle hasta el Bellorophon, la respuesta en algunas frases, que bastará abreviar un poco para hacer de ellas el dicho histórico: "No, general. Es preciso que no pueda decirse que Francia me ha entregado a los ingleses". Un actor. Pero un actor que no trabaja más que en el género alto.

El comandante Maitland vio llegar a su barco a un hombre corpulento, de pequeño pie, bella mano, ojos de color gris pálido. El que había hecho temblar a Europa era su presa, en adelante prisionero de por vida. Los ingleses le observaban cuidadosamente. Uno de ellos escribe que tenía "más bien la cara de un generoso monje español o portugués que de un héroe de los tiempos modernos". Se le encontraba pesado, inclinado al sueño, de humor variable, tan pronto de escasa energía moral como probando su dominio de sí mismo. Sus compañeros hacían escenas, dramas, sostenían disputas. El día en que la deportación a Santa Elena le fue notificada, no se alteró nada el semblante de Napoleón, emocionado sólo al marcharse los que no podían acompañarle en el destierro. En seguida comprendió su papel y se entregó a él. En adelante será una víctima. Contra el Gobierno británico, que ha traicionado la confianza del vencido, larga una protesta a los reyes, a los pueblos, al universo. En Plymouth ha visto la rada cubierta de embarcaciones de los que intentan acercarse, poderle ver. Si no lo hubiera sabido ya, aprendería ahora que alrededor de su persona, de su nombre, existe, prenda de inmortalidad, una curiosidad inmensa. Alimentar el interés y la piedad: ésa será la ocupación y el consuelo de Santa Elena.

En estos crueles momentos, las ideas que ocupaban su espíritu eran imprevistas y extrañas. Era como si toda una parte de sus recuerdos, la más reciente, desapareciera. Prisionero de Inglaterra, se volvía a ver, más que emperador de los franceses, joven general, ante San Juan de Acre, puesto en jaque por Sidney Smith. "Sin vosotros, ingleses, decía a Maitland, yo hubiera sido emperador de Oriente". Y cuando, tras una larga travesía en el Northumberland, el 15 de octubre de 1815, se halla a la vista de la isla que será su prisión, decía todavía a Gourgoud: "No es una bonita residencia. Mejor hubiera hecho quedándome en Egipto: sería ahora emperador de todo el Oriente". ¿Habría sido aquello más fabuloso que lo que llegó a ser? Poeta de su vida, sacerdote de su propia memoria, va, sobre su roca, a terminar su fábula, a crear imágenes aún más fuertes, a servir a los humanos un poderoso pasto. En rigor, ya ha salido de este mundo. Inglaterra, eligiendo como lugar de su cautiverio la isla inaccesible, le ha elevado a la región ideal desde la cual arrojará todos sus rayos.

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 533 - 547.