jueves, 13 de octubre de 2016

Una historia de Napoleón (XXVII): la transfiguración



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El incomparable meteoro había terminado su trayectoria por la tierra. Había tomado sus medidas para que aquella carrera no se interrumpiera. Muerto, Napoleón se anima con nueva vida. Tras tantas metamorfosis, he aquí que se convierte en imagen e idea.

Napoleon Bonaparte a caballo

Maravillosos acontecimientos se habían acumulado sobre la única cabeza que fuera bastante fuerte para sostenerlos y capaz de servirse de ellos. Humildes comienzos, triunfos y desastres, componían la iluminación de sus vivos colores. Ni siquiera faltaba la adversidad. Una constante buena suerte, su estrella, celosamente empeñada en empujar hasta la perfección a una vida heroica, hacían ganar a Bonaparte el gran premio de la gloria. Y esa misma gloria le premiaba el que no hubiera amado verdaderamente más que a ella. Siempre había picado alto, calculando en grande. He aquí lo que le ha deparado la mayor parte de su presencia póstuma, de la inmortalidad subjetiva que un hombre pueda obtener.

La inmensa popularidad de Napoleón, cuyas causas es fácil percibir, no es menos sorprendente en ciertos respectos. Ante todo, es un intelectual, una especie de literato politécnico, un hombre formado por los libros. No cree en la intuición, salvo en aquella que se adquiere por el estudio y el saber. Nada de esto es pueblo ni propio para seducir al pueblo. Eterno razonador, astrónomo político y militar, filósofo desdeñoso, déspota no poco oriental, devorador de hombres, no se ven en él las dotes que enajenan los corazones. No ama a las masas; las teme. Se le vio alguna vez palidecer ante la palabra "revuelta", y su Versalles estuvo en Saint Cloud, alejado del turbulento París. Reinando, obtuvo más prestigio que amor. A la hora de su caída pudo contar las verdaderas adhesiones. La magia de su nombre, que había hecho portentos, no hizo una Vendée bonapartista. Puede ser que haya perecido por la duda de los hombres de buen sentido. Desde hacía varios años, no era ya, para la opinión media, más que un megalómano delirante. Un día, durante la campaña de Francia, como flanqueara un barranco, medio dormido en su silla, un oficial le advirtió que no había pretil. Se estremeció; no habiendo oído más que la última palabra (1), la repitió como si hubiera creído oír la usual injuria, lo que le hacía ser hablilla de los políticos y los diplomáticos, los financieros y los comerciantes, los burgueses y hasta los militares.

Sin embargo, la vuelta de la isla de Elba le había ya demostrado cómo el horror de la guerra, el odio al reclutamiento, la repugnancia de las empresas desmesuradas, podía ceder ante la llamada del recuerdo. Poco tiempo después de Waterloo se empezó a sentir la humillación de la derrota. Ella realzó el brillo de las pasadas victorias. Días áureos del Consulado, días gloriosos del Imperio; "no se miraba más que un aspecto de los tiempos". Con Napoleón parecía extinguirse un sol. Y además no se había confiado en vano a la literatura. Esta le devolvía centuplicadas la materia, los elementos que él le había proporcionado. Verso, prosa, novela, teatro: el "hombre del siglo" lo invadía todo. Entretanto, gran parte de los que habían tomado parte en su aventura le habían dedicado un escrito. Que se habían visto cosas increíbles e inmortales, se sabía hasta el punto de que los oficiales de tropa y hasta los sargentos, hasta Roustan el mameluco, contaban sus campañas. Ya fuera el secretario Méneval, ya el ayuda de cámara Constant, quienquiera que tuviese recuerdos los confiaba al papel. Los libreros solicitaban a los autores de memorias, ponían escribientes a disposición de los menos letrados. Era en comercio, una industria de rara prosperidad. La biblioteca napoleónica crecía. Estaba destinada a convertirse en montaña. El emperador se elevaba cada día más sobre un pedestal de impresos.

¿Era así también respecto a la propaganda oral? El "Napoleón del pueblo" vivía en la granja en que Balzac hace contar toda la leyenda por un viejo soldado. Vivía en los cuentos de la abuela, según la canción de Beranger. Humilde literatura, más poderosa que el lirismo elevado, por la cual el emperador seguía viviendo en los espíritus.

La Restauración se agotó luchando contra ese fantasma. Luis Felipe quiso exorcizarlo. Se hizo en SAnta Elena, bajo el sauce, en la cañada solitaria, desenterrar al mago. El retorno de las cenizas apareció como un pensamiento político, una satisfacción dada al honor nacional, un apaciguamiento. El rey de Roma, rehén de Austria convertido en duque de Reichstadt, había muerto. ¿Qué descendiente de Napoleón podía temerse? El día 15 de diciembre de 1840 vio los funerales del emperador. Se le llevó con gran pompa a los Inválidos, entre las glorias militares de Francia, cabe las orillas del Sena, como para expresar que su deseo supremo quedaba cumplido, que todo había acabado. Continuó viviendo en su sarcófago.

Vino el sobrino, el hijo de Luis y de Hortensia, que de niño había asistido al Campo de Mayo. Conspirador bajo la Monarquía de Julio, elegido por el pueblo bajo la República, brumario renace y hele ya emperador. La obra de Santa Elena ha tenido éxito. La leyenda se materializa. Los que en prosa o en verso han contribuido a difundirla, sin creer ellos mismos que la literatura tuviera tanto poder, quedan estupefactos. Sin embargo, los hombres discretos, sensatos, que se habían reído de Luis Napoleón Bonaparte, quedan cubiertos de vergüenza. Lo que declararon absurdo e imposible se ha cumplido. ¿Tienen, pues, las palabras tal poder? Allá en su roca, el que sus antiguos soldados llamaban tan pronto el Hombre como el Otro, lo sabía bien. Con el memorial, el testamento, las palabra bien rimadas, restauró su Monarquía.

El segundo Imperio es repetición del primero, sin el genio, y se hunde, como aquél, por la invasión. Sedán no dejó mal a Austerlitz, ni aun a Waterloo. La invectiva que viene a cebarse en Napoleón el Pequeño, se nutra todavía de Napoleón el Grande.

Se reprueba el cesarismo. La figura del César, vencido y derrocado por tercera vez en su pálido heredero, no hizo más que resplandecer mejor. En adelante su poder es espiritual. Se convierte en profesor de guerra, profesor de energía. Se le piden lecciones, ejemplos, una doctrina. Todo lo da. Y, aun cuando sus discípulos sean vencidos, no es suya la culpa, no lo es de su escuela, es de ellos.

Europa libra batallas que reducen las suyas a mediocres proporciones. Se sospecha que para estas masas armadas, para estos frentes gigantescos, su genio hubiese sido el mismo. Y nada impide decir: "Si él hubiera estado allí...". A esta guerra suceden trastornos inauditos. Se piensa aún en Napoleón. ¿No ha sido ya este azote de Dios el instrumento de las grandes transformaciones de Europa?, ¿no era ya a él a quien se hacía responsable de los efectos de que sus guerras habían sido causa? La guerra es una revolución como las revoluciones son la guerra. Sesenta batallas sucesivas libradas por Bonaparte han dejado tras sí un mundo nuevo. Entonces aparece el padre de una sociedad de la cual no ha sido más que el portero. Y el trabajo de Santa Elena fructifica. Todo pueblo le mira a un tiempo como su tirano y su liberador. Aparece como una de las más grandes fuerzas revolucionarias de la historia, como un primun movens de la humanidad. Otro tema de libros, de discusiones. El recuerdo napoleónico toma nuevo aliento por la sociología.

En el fondo, lo mismo que sus soldados amaban en él su gloria y sus sufrimientos, los hombres se admiran en Napoleón. Sin fijarse ni en los acontecimientos que le habían permitido llegar a tal altura, ni en la ciencia consumada con la que había sabido captar las circunstancias, se asombran de que un mortal haya conseguido tal ascensión. Si no fuera más que el soldado que llega a rey, sería uno entre mil. El Imperio romano, el mundo asiático, rebosan de casos como el suyo. Pero el suyo es único en los tiempos modernos y en nuestro clima. Un oficial de artillería que en unos cuantos años adquiere mayor poderío que Luis XIV y se ciñe la corona de Carlomagno, en tales etapas apuradas a toda velocidad, era un fenómeno que aparecía, como justificadamente prodigioso, en el siglo de las luces, en Francia sobre todo, donde los comienzos de las otras "razas" habían sido lentos, modestos, difíciles; y donde las antiguas dinastías habían empleado varias generaciones en fundarse. Los contemporáneos de Napoleón no se vieron menos deslumbrados por la rapidez que por la altura de su ascensión. Lo estamos nosotros todavía. El mismo, al pensar en ello, se maravillaba un poco burguésmente, cuando decía a Las Cases que se precisarían "miles de siglos" antes que se reprodujera "el mismo espectáculo".

Un espectáculo que también él contempló cuando tuvo tiempo. No sentía la vanidad de ser un gran capitán. La guerra –"un arte inmenso que comprende todos los demás"– la sabía hacer como se sabe jugar al ajedrez: "un don singular que he recibido al nacer"; y se envanecía de que no fuera ésta su única facultad. Amó el poder; pero "como artista" (se acoge a la palabra que tan bien le definía), y añadía: "lo amo, pero como un músico ama a su violín". Lo más extraño es que se pregunta aún lo que, en su tiempo, "la escuela de lo posible" le reprochaba ya que no diera. ¿Por qué no se moderó? Se ha formado y se persiste en formarse de Napoleón una idea tan sobrehumana, que se cree que dependía de él detener al sol, suspender el espectáculo y al espectador cuando mejor pareciese.

El mismo, ¿qué ha sido? Hombre, pronto desengañado de todo, al que la vida le ha dado todo, fuera de toda medida, para martirizarlo sin contemplaciones. La primera mujer no le fue fiel; la segunda le abandonó. Se vio separado de su hijo. Sus hermanos y sus hermanas le decepcionaron siempre. Los que más le debían le traicionaron. De un hombre normal se diría que había sido muy desgraciado. No hay nada que no haya gastado muy precozmente, incluso su voluntad. Pero, sobre todo, ¿cuántos días, en su época más brillante, pudo sustraerse a aquella preocupación constante que le perseguía, a la sensación de que todo aquello era frágil y que no le estaba concedido más que un poco de tiempo? "Te engrandeces sin gusto", le dice admirablemente Lamartine. Siempre presuroso, devorando el futuro, el razonamiento le lleva derecho a los escollos que su imaginación le representa y corre delante de su ruina con ansia de acabar.

Su reinado, lo sabía, era precario. No concibió otro refugio seguro que el de un primer puesto en la historia, figura sin igual entre los grandes hombres. Cuando analizaba las causas de su caída, volvía siempre al mismo punto: "Y sobre todo –decía– una dinastía no lo bastante antigua". Era cosa sobre la que nada podía. Dudando de conservar aquel trono prodigioso, sin omitir nada para darle solidez, entregaba su pensamiento a otras imágenes. Daru no admitía que su vasta inteligencia se hubiera hecho ilusiones: "no me ha parecido nunca que haya tenido otro fin que el de reunir, durante su rápida y ardorosa carrera sobre la tierra, más gloria, más grandeza y más poderío que ningún hombre hubiera podido nunca recoger". Madame de Rémusat confirma, por lo que concierne al sentido religioso, lo que Daru dice respecto al sentido práctico: "Me atrevería a decir que la inmortalidad de su nombre le parecía de una importancia bien distinta que la de su alma".

Se han hecho de Napoleón mil retratos psicológicos, intelectuales, morales, que contienen otros tantos juicios sobre él. Se escapa siempre por algunas líneas de las páginas en que se le quiere encerrar. Es inabarcable no porque sea infinito, sino porque ha variado, como variaban las situaciones en que la suerte le fue colocando. Fue tan poco estable como sus sucesivas posiciones. Su espíritu, que era vasto, era sobre todo flexible y plástico. Tenía límites, sin embargo. Tal vez no se repara bastante en que, fecundo en profecías, por otra parte contradictorias, Napoleón no previó ni las máquinas ni el maquinismo. Sus predicciones no tienen en cuenta en lo más mínimo el desarrollo de las ciencias aplicadas. Para la guerra misma, no pensó en nuevos artefactos; la hizo con los medios de Gribeauval y Suffren. Ni el barco de vapor de Jouffroy ni el de Fulton llamaron su atención. Gran lector de Ossian, amante de las tragedias y del Discurso sobre la Historia Universal, con la memoria ornada de versos, que se aplica a sí mismo en las ocasiones patéticas, hacedor de frases sobre el amor de que se honrarían Chamfort y Rivarol, su inclinación espiritual puede ser ante todo literaria y, por ello, un poco neroniana. Sin embargo, se entrega, como nadie, al detalle de las cosas. Contable meticuloso, sabe el número de las cajas que tiene en sus parques de artillería, como sabe el valor de la plata. Es un maniático del control y de la estadística que tiende, ante todo, a la exactitud. Pero testigos serios cuentan que aseguraban fácilmente cifras gratuitas. Así, cada uno de sus retratos resulta falso por algún lado, y podemos hacerle decir todo porque lo dijo casi todo. Se le ha llamado Júpiter-Scapin; se ha repetido hasta la sociedad lo de "comediante-tragediante". Pero decía él de sí mismo que no va mucho de lo sublime a lo ridículo y si queremos abarcarle por entero no es tampoco por ese lado. Tampoco por sus orígenes italianos o corsos. Si hizo con el duque de Enghien su vendetta, no la hizo con Fouché ni con tantos otros, aunque fueran Borbones. Si admitimos que, según las costumbres de su isla natal, fuera esclavo del clan, no se comprende tampoco cómo hizo excepción de Luciano y de Luis, ni que Luciano y Luis, amamantados por el mismo pecho que su hermano, se hubieran separado de la tribu. En fin, si tantas explicaciones se han propuesto de Napoleón, si existen tantas plausibles, si nos es permitido concebirle de tantas maneras es porque la movilidad y la diversidad de su espíritu han sido iguales a la variedad, acaso sin precedentes, delas circunstancias de su vida.

Salvo para la gloria, salvo para "el arte", hubiera valido más que no hubiera existido. Bien pesado todo, su reinado, que viene, según la frase de Thiers, a continuar la Revolución, termina en un espantoso fracaso. Su genio prolongó a toda costa una partida perdida de antemano. Tantas victorias, tantas conquistas (que él no había comenzado), ¿para qué? Para volver más atrás del punto de partida de la República belicosa, en el que Luis XVI había dejado a Francia; para abandonar las fronteras nacionales, archivadas en el museo de las doctrinas muertas. No valía la pena de agitarse tanto, a menos de que fuera para legar cuadros hermosos a la Historia. Y el orden que Bonaparte restableció ¿vale el desorden que él esparció por Europa, las fuerzas que levantó y que cayeron de nuevo sobre los franceses? En cuanto al Estado napoleónico, que ha perdurado a través de cuatro regímenes, que parecía hecho de bronce, está ahora en decadencia. Sus leyes se rompen en pedazos. Pronto estaremos tan lejos del Código Napoleón como Napoleón lo estaba de Justiniano y de la Instituta, y se acerca el día en que, al empuje de las nuevas ideas, la obra de legislador habrá fenecido.

Imaginativo, poderoso creador de imágenes, poeta, sentía esta fuga de los siglos. Las Cases le preguntaba por qué con el despertador de Potsdam no había llevado consigo a Santa Elena la espada de Federico. "Tenía la mía", respondió pellizcando la oreja de su biógrafo, con aquella sonrisa que sabía hacer tan seductora. Sabía que había eclipsado al gran Federico en la imaginación de los pueblos, que su historia se repetiría, que se verían sus retratos en las paredes, su nombre en las banderas, hasta que fuera reemplazado por otro héroe. Este héroe no ha llegado. El aventurero legendario, el emperador de máscara romana, el dios de las batallas, el hombre que enseña a los hombres que todo puede ocurrir y que las posibilidades son indefinidas, el demiurgo político y guerrero, sigue siendo único en su género. Para el desarrollo de la humanidad, quizá, en el correr de los tiempos, Ampére cuente mucho más que él. Tal vez la era napoleónica no sea más que un breve episodio de la edad que se llamará de la electricidad. Acaso, en fin, aparecido en una isla del Levante para extinguirse en una de Poniente, Napoleón no sea más que una de las figuras del mito solar. Casi en seguida de su muerte se entregaron a esta hipótesis y a estos juegos. Nadie ni nada escapa al polvo, y Napoleón Bonaparte no está protegido contra el del olvido. En todo caso, después de más de cien años, el prestigio de su nombre está intacto y su capacidad de supervivencia es tan extraordinaria como lo fue su aptitud para reinar. Cuando salió de la Malmaison para Rochefort antes de entregarse a sus enemigos, abandonó lentamente, con pesar, sus recuerdos y el escenario del mundo. No habrá de apartarse de las humanas memorias, sino con la misma lentitud, y todavía se oyen, a través de los años, a través de las revoluciones, a través de rumores extraños, los pasos del emperador que desciende del otro confín de la tierra y gana nuevos horizontes.

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(1) Alude a garde-fou (parapeto o pretil), expresión de la que Bonaparte no oyó más que la última palabra, creyendo que le llamaban loco.

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 564 - 573.