domingo, 2 de octubre de 2016

Una historia de Napoleón (XXII): el reflujo y el desastre



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¿Cómo Bonaparte, que se ha dado siempre cuenta de la fragilidad de su poder, no había de sentir, al regreso de Rusia, el peligro de su situación? Ha echado anclas en su derredor. Ninguna aguantó. La alianza rusa era la base de la política, y el zar se ha convertido en un enemigo declarado. El nacimiento de su hijo debía terminar con la irritante cuestión del sucesor, y “Malet ha revelado un secreto fatal: el de la debilidad de la nueva dinastía”. Se admira uno de que piense tanto en este golpe de mano, en esta sorpresa de una mañana. “No se habla en todo París más que de lo sucedido en Rusia; a él parece no llamarle la atención más que lo que acaba de suceder en París”. Pero las dos cosas van juntas. Desde hace mucho tiempo ha previsto el caso de grandes reveses. Sobre un trono inseguro está a merced de una derrota en el mismo sitio que la víspera de Marengo. Se repite a sí mismo que no es un Borbón, un rey de antigua raza, y más tarde dirá: “Si yo hubiera sido mi nieto habría podido retroceder hasta los Pirineos”. Piensa, algunas veces en voz alta, en los que considera sus predecesores. Una noche de febrero de 1813 en las Tullerías, hablando con Barante y Fontanes, nombra a Luis XIV con admiración y envidia, “un soberano tan grave que tenía un sentido tan grande de su dignidad y de la de Francia, que tras hermosas victorias, supo resistir a toda Europa”. Toda Europa. ¿Qué ocurrirá si Napoleón llega a tenerla contra él?

Batalla de Leipzig y Napoleon Bonaparte

Y las cosas están mucho peor que en el momento en que montó en trineo con Caulaincourt. Había dejado a la Grande Armée en un estado espantoso. Tal como estaba, era todavía un ejército, capaz de la energía de la desesperación. Ido el emperador, sobreviene la desbandada, el sálvese quien pueda. Cada uno piensa en su salvación. Se deja de obedecer. La indisciplina aparece hasta en los jefes. Todo se desmoraliza y el espíritu de defección germina. A Murat, a quien se ha confiado el mando, no se le escucha, y él mismo no da buen ejemplo. En los barrizales de Lituania no piensa más que en su reino, en su corona comprometida, y un día trata en voz alta a su cuñado de insensato. Como él, tiene aquél prisa en volver a sus estados. Se quita de un medio tan pronto como puede. Por tanto, lo que llega a Koenigsberg son los restos, un fantasma de lo que fue la Grande Armée. El desastre, cuya noticia se esparce ya, lo ve Alemania con sus propios ojos y se sacan las consecuencias. Prusia es todavía aliada de Napoleón; en Berlín, Saint-Narsan, Narbonne, Augereau, están al lado del rey, cenan con él, cuando el 30 de diciembre de 1812, el general York, que manda el cuerpo auxiliar prusiano, firma por propia iniciativa un armisticio con los rusos. Primera traición que empieza por los prusianos, para continuar con los sajones de Leipzig, con los bávaros en Hanau. No se puede decir mejor que Albert Sorel: es la réplica de la retirada de Brunswick después de Valmy, “la nueva era” que se abre en sentido opuesto, el grito de “¡Viva la Nación!”, lanzado en el idioma de Fichte y Goethe, todo lo que se ha hecho en veinte años que va a deshacerse en quince meses. Federico-Guillermo, al principio “petrificado”, al enterarse de la desobediencia temeraria del general York, y que aún teme a Napoleón, se dejará llevar por los patriotas, por su pueblo, como en 1806, y a los dos meses renovará con Alemania la alianza que habían suspendido de común acuerdo para su propia conservación.

Así, Napoleón llegó hasta Moscú con la esperanza de hacer forzosa la amistad del zar, y vuelve a encontrarse en la misma situación que antes de Jena; a las manos con Prusia y con Rusia. ¿Qué política podrá intentar todavía? Una sola: la de su matrimonio. Le queda Austria; el padre de su mujer; el abuelo de su hijo. Antes de sostener la nueva guerra, que el desastre de Moscú hace inevitable, será al elemento y al recurso dinástico a los que pedirá una garantía. Pase lo que pase, cualesquiera que sean la suerte de las armas y los accidentes del campo de batalla, ya sea el emperador muerto, hecho prisionero o vencido, es preciso que el Imperio se sostenga, que nadie pueda decir que el Imperio está vacante. En todos sentidos importa interesar, ligar a Francisco II al porvenir de su hija y de su nieto, y, por tanto, Bonaparte busca protección en una nueva investidura.

Es la idea de un hombre inquieto, cuyo cerebro siempre en tensión, no ha agotado las invenciones para conseguir una seguridad que le falta. Esta vez pone por delante de él las faldas de María Luisa y los pañales del rey de Roma. Antes de partir otra vez para el ejército instituye una regencia y se la confía a la emperatriz. Además, el rey de Roma recibirá a su vez, niño como es, la unción de la consagración. Puesto que no se ha contestado a Malet: “El emperador ha muerto, viva el emperador”; como la antigua Francia decía: “El rey ha muerto, viva el rey”, una ceremonia simbólica afirmará que Napoleón sobrevive a sí mismo. La consagración, que no ha sido suficiente para el padre, será reiterada en el hijo. Después de ello, el emperador de Austria, ¿no sería un desnaturalizado, un sacrílego, si no protegiera al Imperio de su yerno con la regente y el heredero? Y como a Napoleón le gustan los precedentes, la historia, lo que le liga a las otras “razas”, hay que estudiar las regencias de las reinas-madres o esposas de los reyes de Francia, insistiendo en Blanca de Castilla. No está mal evocar un poco a San Luis. Se ordenan investigaciones sobre la coronación y juramento de los hijos primogénitos en vida de su padre, desde Carlomagno. De orden del emperador, se rebusca en polvorientos archivos, mientras personalmente dicta todos los días largas notas para la organización del ejército “que hace salir de la tierra”. También medita un golpe teatral: su reconciliación con Pío VII. Una noche de invierno, de improviso, el recluso, el prisionero de Fontainebleau, ve entrar en su mansión al emperador. Todo se acabará y se olvidará; se firmará la paz con parvas concesiones al pontífice, reanudándose el hilo de los días del Concordato. El Papa extenderá la consagración a María Luisa y al príncipe imperial. En el interior del Imperio cesará la desafección de los fieles. Las cortes católicas quedarán satisfechas. Es una operación de gran alcance, y el emperador tiene prisa en dar conocimiento a su suegro, que en Desde le había hablado del deplorable rapto de Savona, del éxito de la entrevista de Fontainebleau. La solemnidad, a la vez política y religiosa, de la segunda consagración, sellará la reconciliación. Así es como Napoleón que, por su matrimonio, ha querido ya el Imperio legítimo, se refugia en una especie de ultralegitimidad. Ha bastado ese Malet, ese cerebro caldeado, algunos funcionarios que han perdido la cabeza, para hacer volver al emperador a la idea fija de las conspiraciones, para que desee otra aplicación del óleo que hace inviolable, nuevas unciones que confirmen la garantía que ha buscado por su matrimonio, por su entrada en la familia de los reyes.

Pronto, ante las advertencias de sus cardenales, Pío VII se arrepiente de la debilidad que acaba otra vez de tener con Bonaparte y de la que jamás desistirá del todo puesto que mañana mismo intervendrá a favor del proscrito de Santa Elena. Pero, en fin, el Papa se retractó. Rechaza el nuevo Concordato. Hay que renunciar al doble coronamiento, reemplazar Notre-Dame y el trono levantado al lado del altar, por el juramento de la regente en un salón del Elíseo, ante los ministros, los dignatarios y la corte. Ya pasaron los tiempos en que todo salía bien, en que se hacía “galopar” al Pontífice. Napoleón tendrá que prescindir de la institución divina. Quedan los humanas. “El emperador apela a sus armas siempre victoriosas para confundir a sus enemigos y salvar a la Europa civilizada y a sus soberanos de la anarquía que les amenaza”. Así reza el primer discurso que pronuncia la regente. No es todo falso en él. Llevando con ellas el espíritu de la nacionalidad, las ideas de la Revolución, que asustan con frecuencia a Federico-Guillermo, son un germen creciente entre los alemanes. Napoleón necesita, en Francia, de reanimar el patriotismo revolucionario. Y es él quien se convierte en baluarte de los “soberanos”, más dinástico que los representantes de las viejas dinastías, sin haber agotado todavía sus metamorfosis y sus encarnaciones.

La reconciliación con el Papa ha fracasado, las “cuestiones de la cristiandad” no han sido “arregladas”, la pacificación religiosa, que sería tan importante, sobre todo en Bélgica, no se consigue. Hay algo, sin embargo, de que Napoleón no duda, de que no quiere dudar, de igual modo que no admitía un año antes que la alianza de Tilsit no hubiera de renacer: y es que puede contar con Austria, con aquellos vínculos de sangre que ligan a las dos casas imperiales. Como poco ha Rusia, ahora es Austria la base de su sistema. Cree, porque tiene necesidad de creer, “en la religión, en la piedad, en el honor” de su suegro. Desechando todo lo que le recuerda al espantoso desastre de Moscú, afecta una calma olímpica. “En este momento –dice Molé– se le veía gobernar, administrar, ocuparse de los menores detalles como si no hubiera tenido ni preocupación ni recuerdo”. Organiza y da confianza. Bajo veinte formas diversas repite lo que escribe a Lebrún: “En cuanto a Austria, no hay ninguna inquietud que tener: el príncipe Schwarzenberg llega hoy; las más íntimas relaciones existen entre las dos cortes”. Sin embargo, un mes después que York, Schwarzenberg ha firmado un armisticio con los rusos. Austria está menos en guerra todavía con Rusia, que Rusia en 1809 estaba en guerra con Austria. No es ya más la aliada de Francia. Es neutra y ¡qué sospechosa neutralidad la suya! Cuando prepara una mediación, que será una “mediación armada”, Napoleón quiere comprender que se pone a su disposición, que ofrece sus buenos oficios para procurarla la paz con Federico-Guillermo y Alejandro, una paz que conserve lo esencial, el Imperio. Será suficiente una victoria, un Austerlitz, un Jena –porque siempre está todo en tener que imitarse a sí mismo en situaciones siempre idénticas– y la mediación de Austria dará fin a todo... Si es que todo pudiera terminarse por una nueva victoria y si aún quedan a Napoleón medios de obtener otra cosa que éxitos de un día.

Sus ilusiones son en cierto modo voluntarias. Si en 1813 renueva 1805 y 1806; si dispersa la nueva coalición antes de que ésta concentre sus fuerzas, ¿habrá avanzado más que en 1807? La puesta de la partida, ¿no es siempre la misma? Lo sabe y lo dice: “Inglaterra pone por condición para la paz el desgarramiento de este Imperio..., el enemigo podría tener su cuartel general en el faubourg Saint Antoine, se lo repite a Schwarzenberg: “los ingleses creen que Francia está aplastada; me pedirán Bélgica”. Y pensando en alta voz ante aquel austriaco: “mi posición es difícil –dirá–. Si hiciese una paz deshonrosa, me perdería. Debo más miramientos a la opinión porque necesito de ella”. Bien sabe que Francia, extenuada, suspira por la paz. Si la hiciera a cualquier precio, no oiría primero más que gritos de alegría, y después, cuando se hubieran olvidado las fatigas, las penas, las inquietudes de la guerra, se le acusaría de haber perdido las conquistas de la Revolución. No olvida ni cómo llego al poder ni lo que le trajo a él. Lo ha dicho antes, entretanto y después. Bien necesita legitimarse, adquirir dignidad real; su poder no es más que “de opinión”; fuera, porque “el aparentar una confianza extrema en sus fuerzas” le resulta obligado, y dentro, porque está ligado a la misión que se le ha confiado, al deber de conservar a Francia las anexiones de la República.

Un partido –y ahora casi todo el mundo pertenece a él, incluso, y quizá sobre todo, los mariscales– sostiene que sería suficiente desear sinceramente la paz, que ésta siempre es posible. Para otro, no para él. El se ha ligado a Francia, y Francia se ha ligado a él por la guerra de las fronteras naturales. Francia y Napoleón no pueden desligarse más que por el triunfo o por la derrota. Siempre afecta creer en el triunfo. Pero aunque batiese a las potencias continentales, siempre quedarían los ingleses dueños del mar, y, entonces, el bloqueo, del cual los prusianos tras los rusos acaban de libertarse, tendría que rehacerse, habría que reconquistar a España, todo estaría por recomenzar para volver al punto de partida. Puede, sin duda, si lo quiere, renunciar a sus conquistas, devolver a Prusia y a Austria lo que les ha quitado. Pero se lo ha quitado para obligarlas a la paz, para que sean auxiliares. ¿Restituirá Italia a Austria? El tratado de Lunéville no se firmó por Austria, sino el día que fue expulsado de Italia. Federico-Guillermo acaba de hacer defección. Napoleón se reprocha haberle tratado bien; pero fue en Tilsit, fue por consideración a Alejandro. Prusia pone a Napoleón en el trance de elegir entre la línea del Elba y la guerra. Si renunciase a aquella línea, ¿conseguirá la paz por tan poco? En 1806 el rey de Prusia le conminó a evacuar a Alemania. Tras el desastre de Rusia ha retrocedido del Niemen al Vístula, del Vístula al Oder. ¿Será en el Elba donde los prusianos, por lo que a ellos toca, consentirán en detenerse? Está claro que se le impondrá la línea del Rin. Ahora bien, para protegerla es para lo que fue preciso franquearla y organizar la Confederación. Bastará anular los tratados de 1809, de 1807, de 1805 y se habrá vuelto a 1800 y después a 1792. Napoleón sabía que “en la derrota, sería siempre preciso retroceder como, en la victoria, había sido necesario avanzar siempre”. Sorel añade que el efecto sería el mismo si el emperador consistiese en retroceder sin combate. Al restablecer a Prusia y a Austria en su antigua potencia, les habría dado medios de combatirle, para volverle a quitar lo que hubiese retenido de ellas. Y explicaba muy bien en Santa Elena que al regresar de Moscú estaba decidido a hacer sacrificios. “Pero el momento de proclamarlos le parecía delicado. Una gestión en falso, una palabra pronunciada a destiempo, podría destruir por siempre todo prestigio”. Y vivía del prestigio de su nombre. Más valía servirse del temor reverente que imponía todavía, correr el azar de las batallas, no consentir en los sacrificios sino después de los éxitos y sirviéndose del mediador austriaco, en lugar de tratar bajo la impresión del desastre de Rusia, es decir, en vencido.

En este punto extremo de complicación, ¿cómo no habían de volver a fluctuar las ideas del emperador? No estaba más decidido acerca de las concesiones que podía consentir, que lo estaban los reyes coaligados sobre las que habrían de exigir; y es tan verdad que las exigencias de ellos habría de ir creciendo, como que las suyas hubieran también aumentado de haber él resultado vencedor. Todo lo fiaba a la mediación de su suegro. Sin embargo, su razón le ponía en guardia contra Austria. No ignoraba que los ingleses continuaban en guerra con él; que los reveses de Rusia y sus éxitos en España les habían determinado todavía más a proseguir la lucha hasta la liberación de Bélgica. No teniendo nada en prenda de Inglaterra, no le hacía entrar en sus cálculos. Acababa de confesarlo, en su conversación de las Tullerías con Barante y Fontanes: “Soy la obra de las circunstancias”. La obra al principio, ahora esclavo, y obedece a las circunstancias con una resignación más fatigada que fatalista. Marmont, durante la campaña de 1813, descubrirá en él lo que otros muchos tantas veces habían discernido: “una confianza caprichosa, una irresolución interminable, una movilidad que parecía debilidad”. En la última fase, esta tendencia a la incertidumbre se agrava con el alcance de cada una de las decisiones que hay que tomar a cada hora del día.

Prusia ha declarado la guerra, invadido Sajonia. Es la situación de 1806 que se reproduce. Dos días antes de rendirse al ejército de Alemania, Napoleón recibe a Schwarzenberg, que pronto será general en jefe de los coaligados, y le pide su concurso contra los rusos, de igual modo que esperó en 1809 el concurso de los rusos contra Austria. Desde ese momento Metternich y Francisco II están resueltos a pasarse al lado de la coalición, pero guardando las formas, enmascarándose. Comienza una sabia política, una política de ilusiones y de engaños, cuyos secretos no cala en su totalidad el propio Napoleón y que le mantiene mucho tiempo engañado. Después de su primera victoria en Lutzen escribe a su suegro: “Conociendo el interés que se toma Vuestra Majestad en todo lo que de bueno me sucede...”. Aunque la alianza austriaca no sea más que una careta, Napoleón prolonga la ficción como prolongo la de la alianza rusa.

Salido de Saint-Cloud el 15 de abril de 1813, está en 1.º de mayo en la llanura de Lutzen. La concepción es invariable, siempre fuerte. Es la de Jena, el trueno que desconcertará al enemigo. Sólo los recursos no serán los mismos; soldados demasiado jóvenes, una leva apresurada al lado de veteranos cansados, poca caballería, un ejército improvisado, el antepenúltimo esfuerzo de la nación. Napoleón lo sabe y se queda, durante la batalla, al lado de estas tropas novicias para animarlas con su presencia y su palabra, expuesto al fuego. ¿No es Lutzen el lugar donde Gustavo Adolfo pereció? Se saca la impresión de que en esta campaña Napoleón ha buscado con frecuencia la muerte, o que, por lo menos, ha estado despreocupado respecto de ella, como si fuere, para él, la manera de acabar y de hacer pasar, a través de la regencia de María-Luisa, la sucesión a su hijo sin convulsiones ni sacudidas. Sabe todo lo que va mal: las dificultades de la recluta, el creciente número de descontentos, sobre todo en Bélgica, los desórdenes en Holanda; que José, una vez más, ha salido de Madrid par ano volver a entrar jamás; que España está perdida y hecho ya el sacrificio de ello; que Alemania, odiándole, se subleva patrióticamente; en fin, que en Francia está la “confianza vacilante”, como se atreverá a decirle el más complaciente de todos los ministros, Maret.

Sin embargo, la noche Lutzen, Napoleón está radiante. ¿Dijo realmente, después de aquella jornada feliz: “Soy de nuevo el amo de Europa”? No podía, en todo caso, más que mediante éxitos militares restablecer su situación.

Pero Lutzen no es Jena y los rusos no estarán, como en 1806, al otro lado del Vístula. Ahora doblan el número de los regimientos prusianos. Veinte días después, en Bautzen, es necesario aún batir a esos aliados, con una de esas victorias en que el enemigo escapa a la destrucción y que se parecen demasiado a las que durante el verano precedente, desde Smolensko hasta el Moskowa, obtenía su emperador. Al final del segundo día, el de Wurschen siente a sus reclutas faltos de fuerzas. “¡Cómo! ¡Después de una carnicería semejante, ningún resultado, nada de prisioneros! ¡Esa gente no me dejará ni un clavo!” En aquel momento un cazador de la escolta es muerto. “Duroc, la fortuna nos quiere mal hoy”. Algunas horas más tarde, una bala hiere a Duroc, uno de sus muy pocos predilectos. Se le vio el resto de la noche, en medio del cuadro de la guardia, sentado ante su tienda, silencioso, “las manos juntas y la cabeza baja”, respondiendo a Drouot, que pide órdenes: “Todo para mañana”. Es una imagen para Raffet. “¡Pobre hombre!, dicen los granaderos. Ha perdido a uno de sus hijos”. Sin embargo, un mes más tarde, dirá: “Un hombre como yo se preocupa poco de la vida de un millón de...”. Metternich no se atrevió a repetir la expresión. Pero si bien el emperador se recobra después de haber cedido al enternecimiento, nada detiene ya el desaliento que crece. Oye decir, después de Bautzen: “¡Qué guerra! Todos nos quedaremos en ella”. Vuelve a ser brutal con sus generales: “Yo sé bien, señores, que no quieren ustedes hacer la guerra”. Este querrá cazar en Grosbois, aquel otro vivir en su hotel de París. Y la respuesta llega, irónica: “Convengo, sire, en ello; conozco bastante poco los placeres de la capital”.

Debe contar con este estado de espíritu. En adelante, importa al emperador “que no se dude del deseo que tiene de paz”. Da de ello pruebas, “a costa de sus más grandes intereses militares”, puesto que llegado de nuevo a la línea del Oder, se resolvió a una tregua de la cual, en Santa Elena, dirá: “Estoy convencido de que hice mal, pero esperaba arreglarme con Austria”. Todo su cálculo está ahí. El 17 de mayo, entre Lutzen y Bautzen, ha hecho saber a su suegro que está dipuesto a entrar en negociaciones con Rusia, Prusia, Inglaterra y hasta con los insurrectos de España. El 4 de junio detiene su macha hacia delante y firma el armisticio de Pleiswitz. No sin dudarlo mucho. Presiente que Austria se servirá de esta paralización de las hostilidades para aproximarse a Rusia y a Prusia después de terminar sus armamentos. Pero la idea, que le importa, de “no indisponerse con Austria”, la necesidad de aceptarla como mediadora para no darla pretexto a intervenir, la esperanza de conservar su alianza, todo ello se impone sobre las demás consideraciones. Su principio es no perder el contacto con la corte de Viena. Hasta aquí no ha tenido nunca ante él más que a los rusos y los austriacos, a los prusianos y los rusos, juntos. No ha tenido que combatir contra una coalición general. Por encima de todo, esto es lo que quisiera evitar, porque en el momento en que las fuerzas de Francia se agotan, siente que eso sería el fin.

Pero, de todos modos, llega el fin. Desde el momento que no ha podido, en este primer mes de campaña, obtener resultados decisivos, la entrada de Austria en las filas de sus enemigos es segura, firme o no firme el armisticio, acepte o no la mediación austriaca. Metternich urde ya su defección, como Alejandro, respecto al casamiento de su hermana, había urdido una negativa. Sabemos, por él mismo, que su partido estaba tomado y que Francisco II, que tenía “entrañas de Estado”, no entrañas de padre, no había de detenerse ni por su hija ni por su nieto. Ya había sacrificado a María Luisa a la política, casándola. La sacrificaría, sin duda, por segunda vez, al llegar la hora de borrar las derrotas, de abolir los tratados y de obligar a Francia a reducirse a los límites que había rebasado por la Revolución.

No llega todavía el desenlace, pero se acerca. Por rápidas etapas, volvemos a la situación de 1798; a la que dio lugar al llamamiento al soldado, a brumario, al consulado, al Imperio. Este reinado ha transcurrido como un torrente. Bonaparte se ve llevado, y con él Francia, a la misma situación existente a su regreso de Egipto. Europa le tuvo miedo. A veces pensó ella que duraría más tiempo del que había creído. Jamás creyó verdaderamente que durase para siempre, que hubiese abierto otra cosa que un paréntesis, que su esfuerzo prodigioso hubiera de asegurar a Francia la posesión eterna de los territorios que la Revolución había conquistado. Ahora los reyes enardecen. Se dicen que ha llegado la hora. “La alianza de 1813 mató a Napoleón porque no pudo nunca persuadirse de que una coalición pudiera mantener el espíritu de unión entre sus miembros y perseverar en el objeto de su acción”. Esta observación de Metternich es dos veces cierta. Primero, porque habiéndose formado la coalición, Napoleón se refugió en la esperanza de disolverla. Después, porque el emperador se había quedado atrás respecto de los acontecimientos, y con él, los franceses. Los reyes se veían empujados por sus pueblos a este retorno ofensivo contra la Revolución y contra su general coronado. Ahora las viejas monarquías recibían el impulso belicoso que veinte años animaba a la República. Y en tanto que los pueblos les daban impulso, estos gobiernos habían adquirido experiencia. En aquella larga escuela se habían formado entre ellos generales y hombres de Estado. Si, a partir del momento en que la coalición general se anudó, Napoleón sucumbe tan pronto, no es sólo ante el número de sus enemigos, o el de sus faltas, sino ante una política perfectamente calculada para preparar su caída. Tenía que combatir, con fuerzas mayores que las suyas, contra una idea a la cual nada podía ya oponer la fertilidad de su espíritu.

Idea sencilla, fundada en un conocimiento exacto de los franceses, de su carácter, de su estado moral, y que consiste en distinguir entre Francia y Napoleón, para separarla de Napoleón. Sutil y perniciosa, esta maniobra comienza desde el armisticio. A mediados del mes de junio Prusia y Rusia, que ya se han comprometido, por su convenio de Kalish, a no hacer la paz separadamente, firman con Inglaterra el tratado de Reichenbach, que estipula que la paz no podrá concluirse más que de común acuerdo entre los aliados. Ese había sido el convenio de 1805, el que Austerlitz rompió. Entra nuevamente en vigor. No han transcurrido más que ocho años, de 1805 a 1813, y se comprende que los coaligados se encuentren en las mismas disposiciones que recojan incluso los mismos textos, todavía frescos. En secreto, Austria, a su vez, prepara su adhesión al tratado de Reichenbach. El método, que se desarrollará con los éxitos militares de los aliados, se dibuja. Es preciso primero que Austria pase del estado de mediador al de beligerante. En el curso de las conversaciones que se han emprendido desde el armisticio, o Napoleón rechaza las condiciones de paz que se le presenten, y Austria tendrá fundamento para pronunciarse contra él; o acepta esas condiciones, e inmediatamente se le anunciarán otras para provocar la ruptura. Manteniendo el principio de que su mediación es una mediación armada, Austria justifica, por otra parte, sus preparativos militares, dando a Napoleón motivos de desconfianza, lo que conduce no menos derechamente a la ruptura. En lo sucesivo, a cada etapa no se tratará más que de aplicar este cañamazo diplomático. Se harán a Napoleón proposiciones de paz honrosas, moderadas, por los tres soberanos coaligados. Si las rechaza, se le acusará de obstinación, de orgullo, de locura. Aparecerá como rechazando las cláusulas de una paz definitiva, mientras que si acepta, ya no se trataría más que de unos preliminares complicados con artículos adicionales mantenidos en reserva, sin contar que el conjunto quedaría pendiente de la aprobación del gobierno británico. Se trata de hacer recaer sobre Napoleón todas las responsabilidades; de aislarlo, sugiriendo poco a poco a los franceses la idea de que su abdicación es el único medio de obtener la paz, una paz sólida, razonable, honrosa. El objetivo de los coaligados es, sin embargo, una Francia reducida a sus antiguos límites. Jamás han renunciado a ello más que por la derrota. Con la victoria vuelven a ello. Sólo que se guardan de decirlo, de volver a cometer la falta de Brunswick en 1792, de provocar a los franceses. La amenaza de privarles de las fronteras naturales traería el riesgo de rehacer la unión alrededor de su emperador. Entonces se hablará en términos imprecisos de fronteras legítimas, o bien del Rin, de los Alpes, de los Pirineos, y los franceses no dejarán de comprender que los aliados les dejan todo lo que queda a la izquierda del Rin. Era el “cebo”, en expresión de Metternich. Nadie vio más claro en ello que Napoleón; jamás disparo alguno le pareció tan dirigido contra él como la gran proclama de los aliados, la de Francfort. Dice al leerla: “Es preciso hacerse maestro en achaques de astucia”. La astucia se empleaba contra un pueblo cansado que era preciso, sin embargo, no “agriar”. Hasta tal punto tuvo éxito, que la historia ha estado engañada a causa de ella largo tiempo.

Las ocho semanas del armisticio son las últimas en que Napoleón, en el corazón de Alemania, parece todavía poderoso. El círculo se cierra ya alrededor de él. El 28 de junio, en Dresde, su larga y suprema conversación con Metternich, es la de un hombre acorralado. Que ha estado equivocado contando con la alianza austriaca, que la política de su matrimonio ha resultado tan vana como su obra de Tilsit, lo ve, lo sabe y estalla en reproches estériles: “He prometido al emperador Francisco seguir en paz con él mientras yo viva; me he casado con su hija; me decía entonces: haces una locura; pero hecha está; hoy la lamento”. Cólera, amenazas, el legendario sombrero tirado al suelo, que Metternich no recoge, son su primer respuesta a la presión que el mediador austriaco ejerce ahora sobre él. O Napoleón acepta en el futuro congreso “límites compatibles con el reposo común”, o Austria se unirá a la coalición. Francisco II está resuelto a ello. Ninguna consideración de familia le detendrá. No atenderá más que “al interés de sus pueblos”. Hace falta que Napoleón se someta al parecer de su suegro; si no, tendrá que combatir a un enemigo más. “Sí, lo que me decís no me sorprende; todo me confirma en la opinión de que he cometido una falta imperdonable. Casándome con una austriaca, he querido unir el presente con el pasado, los prejuicios góticos con las instituciones de mi siglo; me he equivocado y hoy me doy cuenta del alcance de mi error. Esto me costará tal vez mi trono, pero yo sepultaré al mundo bajo sus ruinas”. Y repite la idea, que le obsesiona, de que, “soldado advenedizo”, no es como esos soberanos nacidos en el trono que pueden ser veinte veces vencidos y volver a entrar en su capital. Penosas frases que Metternich acoge con frialdad. Y frase sin continuación, como de hombre que busca una salida sin encontrarla. “¿Pensáis derribarme por una coalición?... Mientras más numerosos seáis más tranquilo estaré. Acepto el desafío. En octubre próximo nos veremos en Viena”. Y después, volviendo al aire bonachón, concluirá: “¿Sabéis lo que ocurrirá? No me haréis la guerra?”.

Metternich se jacta de haber replicado a esta última frase: “Estáis perdido, sire”. Le había cogido. Había distinguido, como señalaba por su parte Marmont, que Napoleón “reconocía claramente la propensión de Austria a convertirse en enemiga, pero seguía negándose a creer que se decidiera”. En Dresde, el Estado Mayor del emperador había mostrado a Metternich caras largas; le había dirigido preguntas inquietas. El mismo Napoleón, negando que su ejército estuviera cansado, había confesado que sus generales querían la paz. La querían más de lo que podía suponer; a diario había, por parte de ellos, “cansancios”, reproches que el emperador leía en sus ojos, discusiones que se veía obligado a sostener. Conocida en Dresde, el 30 de junio, la noticia del desastre de Vitoria, de la evacuación y la pérdida de España, redoblaba estas murmuraciones, estos descontentos, estas solicitaciones, sin las cuales no se comprendería el abandono de Fontainebleau, ocho meses después. Ya Napoleón ha de rendir cuentas. “Tarde o temprano se reconocerá que yo tenía más interés que ningún otro en hacer la paz, y que si no la he hecho, es porque aparentemente no he podido”. Y explica, como encargará además a Las Cases que explique, que estaba “obligado a poner buena cara en una postura tan difícil”, de contestar con orgullo a los enemigos y a “contener” a sus propios lugartenientes, aquellos militares que se unían a los burgueses de París para reclamar a gritos la paz cuando el medio de obtenerla habría sido “empujarle ostensiblemente a la guerra”. Estaba muy claro que un desaliento tan manifiesto, unido al efecto producido por la victoria de Wellington en España, debía ser funesto a las negociaciones.

Napoleón se entrega a ellas no obstante, después de prolongar el armisticio, en parte por satisfacer a la necesidad de reposo que siente aumenta a su alrededor, en parte en la esperanza, a la que no renuncia, de conservar la alianza con Austria. Entretanto, el desorden que empieza a revelarse a su alrededor y en Francia, e refleja en su espíritu. La frontera de los Pirineos está amenazada. ¿Sería prudente replegarse sobre el rin, como se le aconseja, a fin de no encontrarse aislado y aventurado en Alemania si el armisticio se rompiera? Pero esto sería renunciar a lo que le permite negociar: sus prendas, su carta de guerra; eso sería conceder por anticipado a los aliados la primera serie de sus condiciones. Por un momento trata de entrar en contacto con Alejandro, actuar sobre Austria por medio de Rusia, no habiendo podido actuar sobre Rusia por medio de Austria. Después, vuelve al sistema austriaco, a la alianza de familia que ha sido el destino de este matrimonio, que, ante Metternich unos días antes, había calificado de tontería. Se envía a Maguncia a María Luisa. Y tal vez por ella, Francisco II vuelva a otros sentimientos. Todo lo que ha ensayado Napoleón, en esta situación extrema, cuyo peligro percibe, le tienta todavía. En unos días vuelve a pasar por la serie de combinaciones de seguridad contra la caída. Ya están agotadas. A los que le hacen ver que, en Dresde, su posición es peligrosa, les dice: “¿No me había aventurado en Marengo, en Austerlitz, en Jena, en Wagram?” Es el enfermo que, en una crisis, piensa en las que ya ha vencido, en los remedios que le han aliviado.

¡Y qué inútiles son todos! A su alrededor no se aspira más que la paz, lo antes posible y haciendo “la part du feu”. Caulaincourt en Praga, hace el mismo papel que Talleyrand en Erfurt. En interés del Imperio y del mismo emperador, el Duque de Vincence sugiere a Metternich que pida mucho, que sea exigente y duro. Al modo del Príncipe de Benevento, se figura que éste es el medio de hacer a Napoleón más moderado, de determinarle a concesiones que garanticen su salvación. Metternich no tenía necesidad de este consejo. Caulaincourt mantiene aún la ilusión de que Europa dejará a Francia las conquistas fundamentales de la República. Napoleón persiste en contar con el concurso de Austria en las negociaciones, a las cuales no será atraído sino para sacarle de su error. El partido de los aliados está tomado; su plan está decretado. Sean cualesquiera las respuestas de Napoleón, Austria le declarará la guerra, y se han arreglado las cosas, no para hacerle posible paz, sino para llevarle, en todo caso, a contestar algo equivalente a un “no”. Después de haberle presentado preliminares sobre tres puntos, se le presentan seis. Son condiciones variables, extensibles, en acordeón, cuya discusión, por otra parte, le está prohibida. Lo que se le exige es que abandone todo medio de hacer frente a los ingleses. Quería, por lo menos, últimos espasmos de su política, salvar a Trieste, a Hamburgo, a los grandes puertos sin los cuales no hay más que renunciar al bloqueo y confesarse vencido por la potencia de los mares. Cuando envía a Praga su aceptación en principio, reservándose el examen de los detalles, los aliados declaran que no admiten contraproyecto y que sus condiciones son un ultimátum. El 10 de agosto, a media noche, los rusos y los prusianos, con el reloj en la mano, anuncian que se ha acabado, que las hostilidades se reanudan. Al día siguiente, ante nuevas ofertas de concesiones, Austria responde, a su vez, que está comprometida, que no puede ya hacer nada. Es la guerra. El armisticio no ha sido más que una larga intriga. Austria pasa al campo enemigo después de haber aparentado ejercer una mediación bien intencionada y hace recaer sobre Napoleón el fracaso de las conversaciones. Gana con ello, por lo demás, tiempo para completar sus armamentos, habiendo recibido refuerzos los rusos y los prusianos, mientras que Bernadotte aporta sus suecos.

Es ya una clarinada de guerra. Los reyes, incluso el de más reciente fecha, el cuñado de José, se han dado ciertamente cita sobre la tumba de Bonaparte. Esta vez –y por vez primera–, no sólo la coalición es general, sino que tendrá mando único, el de Schwarzenberg, tendrá un plan; en lugar de hacerse batir en detalle, evitará medirse con Napoleón si no es para aniquilarlo bajo fuerzas superiores; atacar de preferencia a sus lugartenientes: “En todas partes donde no se encuentre, el éxito es seguro”. La coalición tiene incluso ideas; convocar a los pueblos a la lucha por la libertad, volver contra Francia el vocabulario y hasta los hombres de la Revolución. Moreau, el soldado de la República, está alistado en las filas de los liberadores. Por una transposición audaz, los dioses cambian de campo.

En el "gran juego de la guerra", Napoleón se vuelve a encontrar igual a sí mismo. Se diría que su virtuosismo se exalta en la lucha contra tantos enemigos a la vez. Si vence, será una de las cosas más difíciles, de las más sorprendentes que haya realizado. Desde el 23 de agosto, ha rechazado a Blucher en Silesia; la ruta de Berlín queda abierta a Davout y a Oudinot. El 26, está en Dresde para hacer cara a los doscientos mil hombres que han bajado de Bohemia con Schwarzenberg. Dos días de batalla en los que el emperador se expone personalmente, indiferente al peligro, en el fango y bajo la lluvia, como otra vez en Ulm, con los bordes de su sombrero, que es una pura gotera, cayéndole sobre los hombros. Cosas del oficio, con el cual cumple como en sus comienzos, porque él, como Francia, vuelven a verse en las mismas condiciones en que ya amenazaba la invasión. ¡Qué recuerdo del pasado! Durante este batalla, ¿no ha ido una bala francesa a herir a Moreau? ¡El vencedor de Hohenlinden, el rival de Bonaparte, Jorge, Pichegru, el complot, el proceso, todo eso, que parece tan lejano, es de ayer! Se vuelve a todo ello y aún habrá de volverse. No han desaparecido todos los actores del drama que se desarrolla desde hace veinte años, al que domina ahora la figura del emperador; drama que, sin él, habría terminado mucho antes y que no se desenlazará más que por él, que lo contempla, sin embargo, con una extraña serenidad. Cuando se dice a Napoleón que el enemigo, que la antevíspera había llegado hasta las puertas de Dresde, se bate en retirada por todas partes, el emperador, escribe un mayor sajón, testigo ocular, "recibe esta noticia con una cara tan tranquila como si fuera cuestión de una partida de ajedrez". Se le dice que los tiempos de Wagram y de Austerlitz han vuelto. Los que le "hostigaban" para que se replegara sobre el Rin, le felicitan por haber rechazado las condiciones de Praga y ya no quieren que firme la paz antes de haber rechazado a los rusos bien detrás de la línea del Vístula. Como todo lo demás, las palinodias le dejan indiferente. Se contenta con responder: "Esto no se ha acabado todavía".

El 30 de agosto, Vandamme, por imprudencia, resulta vencido y hecho prisionero en Kulm. Encargado de perseguir al enemigo en retirada, se ve abrumado en el mismo desfiladero donde debía destruir a los prusianos. Los resultados del esfuerzo de Dresde se extinguen; a partir de entonces, nada le saldrá bien a Napoleón. Tan fríamente como había conocido su victoria, se entera del desastre de Vandamme. De "una sola ojeada ve todas las consecuencias del desastre; las contempla con calma y hasta con una resignación estoica". Se diría que la única cosa que le importa es saber si él mismo, en relación con el arte militar, no ha cometido ninguna falta. Revisa sus minutas, las de Berthier. Vandamme es el único culpable. No ha seguido las instrucciones que había recibido. Entonces, cuenta Fain, el emperador se vuelve hacia Maret y le dice. "¡Bien!, he aquí la guerra; bien alto por la mañana y bien bajo por la tarde". Y con los ojos fijos en el mapa recita una mediocre tirada de la Muerte de César, de aquellos versos que en otros tiempos declamaba con José, lugares comunes de tragedia sobre el paso que separa el triunfo de la caída, sobre los accidentes de que depende la suerte de los Estados y el destino de los hombres. Se le creería espectador, como si fuera un héroe de teatro al que acontecía el suceso.

Desde entonces, se suceden calamidades y fatalidades. Uno tras otro, los lugartenientes del emperador han sido o son batidos: derrota de Macdonald en Silesia; de Oudinot en Gross-Beeren; de Ney en Dennewitz. No es ya cosa de ir sobre Berlín. Mal síntoma; en el combate, los auxiliares alemanes se relajan. Desde Dresde Napoleón marcha a todos los puntos amenazados, hace retroceder tan pronto a Blucher, como a Wittgenstein, que, fieles a la táctica de los aliados, rompen el contacto ante él y avanzan en cuanto está ocupado en otra parte. Todo va mal. Los austriacos atacan en Italia. Le anuncian defecciones en la confederación del Rin. De un día a otro Baviera pasará a la coalición. Los franceses no están ya seguros de una Alemania trabajada por las ligas patrióticas, las sociedades secretas, la Tugendbund. La inquietud, el desaliento, crecen alrededor del emperador; la confianza, la adhesión, se debilitan, hasta el respeto desaparece. Lo que los descontentos decían antaño a sus espaldas, se atreven a decirlo en su presencia, y los más amargados son los mariscales, esos hombres a quienes ha "abrumado de honores y riquezas". Hay querellas, escenas, injurias. Murat, que ha acudido, sin embargo, al llamamiento, piensa en garantizar sus reinos de Nápoles, por medio de Austria. "¡Traidor!", le grita su cuñado. Berthier interviene: "¡Viejo imbécil! ¿En qué os metéis? Callaos". Emperador, rey y príncipe vuelven al cuerpo de guardia. Al acercarse el fin, los héroes de la epopeya se encuentran tales como eran al comienzo.

Llega entonces a Napoleón lo que presentía también, lo que tantas veces había anunciado. Su autoridad no sobrevive a la derrota; son los militares los primeros en liberarse de ella. Conocía la "disposición facciosa" de algunos de los mejores, puesto que la había discernido en el "bravo entre los bravos". Moreau y Bernadotte y el oscuro Malet en persona, ¿no eran hombres y personas que hablaban muy alto? En París, los previsores toman sus medidas en vista de la catástrofe, si bien el armazón político del Imperio sigue resistiendo. En su masa, el pueblo, el soldado, le permanecen fieles, y Napoleón no deja de representar para ellos lo que representaba Napoleón. Los grandes jefes, ésos vuelven a ver a Bonaparte tras Napoleón. Vuelven también al consulado, y para ser lo que hubieran sido si el primer Cónsul hubiera resultado vencido en Marengo.

En verdad, el emperador no manda ya en su Estado Mayor. Ha concebido otro plan, singularmente atrevido, tal vez capaz de salvarlo todo: llevar la guerra entre el Elba y el Oder, marchar sobre Berlín, dando la mano a las guarniciones francesas que ocupan todavía las plazas de la Alemania del Norte. Al conocerse este proyecto, los mariscales claman al cielo. Los que andaban mohinos resisten abiertamente. Están cansados de estas combinaciones perpetuas; son, sobre todo, incrédulos. El emperador ya no logra convencer; se discuten sus ideas, se le hace frente, Ney, Berthier, impresionados por la defección de Baviera, se levantan con violencia contra la empresa aventurada, que llevaría al Ejército hacia Magdeburgo, cuando, mañana, la confederación del Rin entera puede pasarse al lado de los aliados. Insisten en acercarse a Francia, para dar la mano a los refuerzos que llegan. Tres días de discusión, al cabo de los cuales Napoleón cede, "contra su sentir íntimo", resignado, impotente.

Así es como volvió hacia la llanura de Leipzig, donde el enemigo se proponía envolverle para encerrarle en Dresde. Batalla que quería evitar marchando sobre Prusia, porque lo que decidirá allí es la suerte de Alemania. Vencidos, los franceses no tendrán más que hacer que retirarse detrás del Rin, si llegan a él, y, perdida Alemania, llegará ciertamente lo que entrevén los políticos en París: el principio del fin. Hace falta, todavía, que Napoleón conserve una línea de retirada, porque, si no, el fin llegará en seguida y sin atenuaciones.

En Leipzig, del 16 al 19 de octubre, se libra esta "batalla de las naciones", en la que, del lado francés, todo falta; el número, las municiones, la confianza. Se ha dicho mil veces, que no se había reconocido allí a Napoleón; que no había estado a la altura de sí mismo, enfermo, según unos, y, según otros, requerido por demasiados asuntos, distrayéndole y absorbiéndole los detalles del gobierno del Imperio en los momentos en que necesitaba no pensar más que en su "tablero de ajedrez". ¿No le falta a él mismo confianza, habiéndose dejado imponer lo que no hubiera querido? Sin embargo, el primer día surgió un rayo de esperanza, tal vez un presagio. Le llevan un prisionero, Merfeldt, el mismo general austriaco que se presentó con la bandera blanca en Léoben y que volvió como parlamentario después de Austerlitz. ¡Todo el mundo volvía a encontrarse; todo aquello era también al mismo tiempo de ayer y tan lejano! Pero cuanto de prodigioso se había realizado en el breve intervalo, ¿había fenecido? Napoleón no quiere creer todavía que su matrimonio y los lazos "indisolubles" no cuenten ya. En aquella hora de peligro, Austria es su suprema esperanza. Envía a Marfeldt a su imperial suegro con palabras de reconciliación, y el ofrecimiento de una paz razonable. Marfeldt no volvió.

¡Con qué rapidez van ahora a deshacerse las cosas! Este desastre de un ejército es el de un sistema; el hundimiento de lo que veinte años de esfuerzo habían levantado. Los sajones, que en medio de la batalla vuelven sus cañones contra los franceses, son la Alemania que se levanta, que derriba la confederación del Rin, la barrera de los reyes creados por Napoleón para proteger las fronteras conquistadas por la República. Jerónimo y su reino de Westfalia van a desaparecer en unos días. Alianzas de familia, casi tan altas como las del emperador, no habrán podido salvar al hermano menor. Y he aquí, después del cañón de los sajones, el de Bernadotte, soldado de la Revolución y rey electo. La batalla de Leipzig es una especie de juicio final en el cual se venga el pasado, en el que se mezclan los vivos y los muertos, en donde aparece lo que estaba oculto, la debilidad del Gran Imperio edificado sobre prestigio e ilusiones. "Frío, reflexivo, concentrado", Bonaparte se entera de las tristes noticias sin dejar apenas traslucir el desaliento en su semblante. Cien mil franceses, cuyas municiones están agotadas, ante trescientos mil enemigos. Ordena la retirada, y, como al regreso de Moscú, no terminan allí sus desdichas. El pánico empieza. Los zapadores hacen saltar el puente de Elster antes de que todo el ejército haya pasado y Poniatowski se ahoga, símbolo de la Polonia vanamente confiada y vanamente fiel. Ciertamente, el fin del Imperio data de esta fecha: 19 de octubre. Se deshace en sentido inverso el camino de la víspera; se desfila cerca de los lugares cuyos nombres recuerdan victorias extintas. Se vuelve por Erfurt, donde, hace cinco años, Napoleón y Alejandro, ante el parterre de los reyes, se abrazaban. En Hanav, para abrirse camino, hay que pasar por encima de los bávaros, aliados de ayer, que han cambiado de casaca, como los sajones. Nada extraña ya al emperador. Desde entonces, todo lo espera. A Macdonald, que señala el peligro y pide refuerzos, le contesta con indiferencia: "¿Qué queréis que haga? Doy órdenes y no se me escucha". Macdonald insiste, pregunta por qué la guardia no está ya en marcha. Por segunda vez replica fríamente: "No puedo hacer nada". La disciplina no es también más que un recuerdo. Mariscales, generales, no han sido jamás autómatas ni mudos adoradores del ídolo. Seguían hablando, pensando; conservaban su espíritu crítico. Descontentos tras los primeros reveses, se hacen insolentes después del desastre y su rebelión rumorea sordamente. Augereau, el compañero de guerra en Italia, el hombre que todo lo hizo en fructidor, convertido en duque de Castiglione, grita a todo el que llega: "¿Pero es que el c... sabe lo que hace? ¿No veis, pues, que ha perdido la cabeza? ¡Cobarde!... nos abandonaría". Los mejores le dedican crueles palabras. Un día que el Estado Mayor discute sus ideas, el emperador se vuelve hacia Drouot y, "para mendigar un voto al precio de un halago", dice que harían falta cien hombres como aquél. "Sire, os equivocáis; os harían falta cien mil". Los más leales le dan estas réplicas aplastantes, y si a veces Napoleón "declama" y se queja de la falta de celo, si conviene, aunque raramente, en que su posición es difícil, y en este caso "concluye siempre por esperar", de ordinario permanece "triste y silencioso" y finge no oír lo que se dice, no comprender lo que se prepara. El día en que Murat le deja, invocando las cartas que acaba de recibir y que le reclaman en Nápoles, Napoleón le acoge con humor, pero ya no le habla de traición. Incluso le abraza varias veces antes todo el mundo. ¿Es un cándido? ¿Cierra voluntariamente los ojos? ¡Tantas palabras que han resultado inútiles y tantas cosas se han consumado!

El 2 de noviembre Napoleón está en Maguncia. Se evacua Alemania, salvo las guarniciones que quedan en el Norte y que están destinadas a servir de moneda de cambio, si es que puede haber en adelante negociaciones entre partes iguales. A un ejército, que dentro del mismo año ha sido rechazado desde el Niemen hasta más acá del Rin, ¿no querrá rechazarlo el enemigo aún más atrás? Todo lo que Napoleón parece esperar aún, son aplazamientos; es que los aliados no se atrevan a enfrascarse en una campaña de invierno. En todo caso, no se encuentra ciego ante la catástrofe, ante lo que supone Alemania perdida, Italia invadida por los austriacos. Contempla fríamente el destino que se revela. "Me disgusta no estar en París", escribe desde Maguncia a Cambacérès; "se me vería más tranquilo y con más calma que en cualquier otra circunstancia de mi vida".

Con la catástrofe surge la verdadera figura de Napoleón. Es el hombre que comprende su propia historia, que la domina, que la abarca de una ojeada. Sabe que torna a los orígenes de estas guerras que, desde 1792, no son más que una sola y misma guerra, que Francia vuelve al punto en que le acogió para encargarle de una tarea imposible. Sabe que llega, después de tantos esfuerzos, de todo linaje, a lo que no podía evitarse. Daru, diciendo que tuvo, tal vez, más que nadie, modo de penetrar en el pensamiento de Napoleón, añadía: "Jamás he percibido en él la menor preocupación por levantar un edificio imperecedero". O más bien supo que todo aquello era efímero y debía perecer. Tiene poco apego a la existencia, a su trono menos aún; al placer del poder, a sus palacios, al dinero, nada en absoluto. Con qué compasión mira a sus hermanos aferrándose a sus títulos vacíos, que, sin Estados, se harán aún llamar "Rey José" o "Rey Jerónimo"; Eugenio, su hijo adoptivo, su preferido, al que inquieta el temor de perder el virreinato de Italia; a Murat, ¡que tienta la compra de su corona mediante una traición! Salvar la suya a toda costa, es idea que no se le ocurre a Bonaparte, porque sería inútil y porque la desdeña. Lo que ahora le interesa, como hombre de letras, como artista, es su propio destino, su nombre y su lugar en la historia. Y lo que crecerá en él, es la comprensión de su verdadera gloria. Habiendo reinado sobre los hombres y recurriendo siempre a la imaginación de los mismos, le queda, mediante otras imágenes, reinar sobre el porvenir. Uno de los secretos de su increíble ascensión es que siempre ha visto en grande. Por eso su fin no podrá ser pequeño y servirá, más que ninguna otra cosa, a su grandeza.

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 462 - 488.