jueves, 6 de octubre de 2016

Una historia de Napoleón (XXIV): emperador y aventurero



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Napoleón pasó diez meses de su vida en la isla de Elba. ¿Con intención de quedarse allí?, ¿de salir?, ¡qué sabía él! Como siempre, se remitía a las circunstancias. Tomaba con filosofía el nuevo capricho de la fortuna que le hacía soberano de un reino de seis leguas de largo. Cara a aquella Córcega donde había nacido, se encontraba con una pequeña ciudad que le recordaba Ajaccio y Bastia. No le era tan extraño todo. Se le vio pasar sin esfuerzo "de los reyes y reinas que se apretaban a su alrededor en Erfurt a los panaderos y comerciantes de aceite que bailaban en su granja de Porto-Ferrajo". En este escorzo se reconoce a Chateaubriand.

Napoleon Bonaparte mirando al mar

El emperador no había mentido al jactarse de que no le importaban las grandezas y de que no necesitaba tanto. Harto de todo y principalmente de los hombres, ¿qué le importaba vivir aquí o allá? Sólo que es un fastidio que sea tan joven, que esté tan lejos de la edad de retirarse, con esta costumbre y esta necesidad de ocuparse de algo que todavía no ha perdido. Una vez que la ha explorado y que ha dado órdenes para la construcción de residencias y fortificaciones, abrir caminos, mejorar las minas, reformar las finanzas y la administración de su Estado, suspira: "Mi isla es bien pequeña". El estilo mismo no ha cambiado. Las cartas son imperiosas, tan apremiantes como ayer, cuando gobernaba el gran Imperio. No es un hombre aniquilado. Con Bertrand, gran mariscal de palacio; Drovot, el fiel artillero; Cambronne, que manda los cuatrocientos hombres de la guardia; un teniente de navío por almirante de la flotilla, se entrega a un movimiento incesante. Para seguirle y obedecerle "sudan cada uno sangre y agua". Tras los días de tinieblas y agonía que ha vivido después de la abdicación, se expansiona, goza la seguridad.

La tristeza y el aburrimiento vendrán pronto, y la inquietud después. Josefina ha muerto el 29 de mayo. Se le vio llorar el pasado. Esperaba a María Luisa. Fue la tierna Walewska la que acudió con su hijo. No quiso retenerlos consigo, por miedo al escándalo en la isla y en Europa, donde no hubiera dejado de decirse que renunciaba a la emperatriz. Entretanto Francisco II aconsejaba a su hija que se consolara, y con Neipperg, le dio el consuelo. La privación de su mujer y del rey de Roma, el abandono, la soledad, un vacío que la llegada de la Señora Madre y de Paulina no hizo olvidar, entraron en las razones que Napoleón tuvo para tentar aún la suerte. Se arregló, en primer lugar, mentalmente, una existencia parecida a la de los archiduques sus parientes, a quienes había visto instalados en Florencia o en Wurzbourg. Si María Luisa hubiera ido a Porto-Ferrajo, él la hubiera visitado en Parma algo burguésmente principesco, inscrito aún el emperador honorario en la familia de los reyes. Poco tiempo después de tomar posesión de su nuevo Estado, asistió al baile que un buque de guerra inglés, en rada, daba el día del rey Jorge. No osaríamos decir que fuera ya para mejor ocultar sus designios. Fue más bien como hubiera ido a la corte de Buckingham.

En la evasión pensó, tal vez, a partir del mes de noviembre, cuando el Congreso de Viena quedó abierto. Se habló en él de poner a Bonaparte en un lugar más seguro, menos cercado a Italia y Francia; en las Azores, por ejemplo, o bien en una de las Antillas inglesas, o también en Santa Elena, isla cuyo nombre empieza a pronunciarse. Llegan avisos a Napoleón –que a menudo recibe visitantes y mensajes– de que los proyectos de traslado son serios, que puede de un día a otro ser raptado, si no asesinado. Se hace guardar: da la orden de que desde sus fuertes se tire contra los buques sospechosos que se acerquen. Al propio tiempo, falta el dinero: la pensión de dos millones que le ha sido prometida en Fontainebleau no se le paga. Campbell, el comisario inglés encargado de vigilar al emperador, observa las agitaciones e incertidumbres de su espíritu. Porque en todos los momentos de su vida en que ha tenido que tomar una gran decisión, se le ha visto irresoluto. Cuando se le dice que los franceses le echan de menos, responde: "Si tanto me aman, que vengan a buscarme". Se complace en repetir que ya no es nada, que es un hombre muerto. Y se pregona a través de Europa que ya estaba gastado, acabado, inofensivo, que se había vuelto ventrudo, incapaz de montar a caballo. Sin embargo, Fouché, Talleyrand, que le conocían, sentían desconfianza. Hyde de Neuville decía: "Muerto, aún será de temer". El temor que inspiraba era secuela de su prestigio, de la magia que su nombre conservaba.

Y el regreso dependió también de pequeñas cosas. En poco estuvo que no se le quitara el medio de volver a Francia. Un día al brick Inconstant, que formaba casi toda su marina, por poco lo destroza una tempestad. El emperador lo hizo reparar con prisa. En el mes de enero de 1815, ha tomado ya su partido. El hastío, la melancolía, las dificultades de la vida cotidiana, le han hecho insoportable su estancia en la isla. ¿Habrá de terminar su existencia aquí, en la ociosidad y la sordidez?, ¿es éste un fin digno de su historia? Chateaubriand, que ha comprendido a Bonaparte, odiándole, y que supo sentir el episodio, pregunta: "¿Podía aceptar él la soberanía de un huerto de legumbres, como Diocleciano en Salona?" Mil veces no. Y además no debe retrasarse. Con el tiempo, su recuerdo pasará, sus viejos soldados habrán desaparecido. Y los partidarios, los emisarios que vienen de Francia, le dicen que existe descontento, que los Borbones restaurados han sido torpes y, sobre todo, desbordados; que muchos oficiales y dignatarios, adheridos a Luis XVIII por necesidad o resignación, se unirán a las águilas si el emperador se presenta. Se le informa también de que se preparan conspiraciones militares y republicanas; que si no se da prisa, el gobierno puede caer en manos de Carnot, o de Fouché, o de un general, lo cual sería para él lo más sensible. En todo caso, existen síntomas de un movimiento. Napoleón quiso "absorberlo". Parece cierto que los informes que le llevó uno de sus antiguos funcionarios, Fleury de Chaboulón, determinaron la partida del emperador.

A todo riesgo, va hasta el fondo de su idea, una vez que sale de su irresolución. Olvidando sus rencores, concluye un acuerdo con Murat, que no ha traicionado en vano, puesto que su defección le ha permitido seguir siendo rey de Nápoles. La salida de la isla de Elba se prepara con tanto cuidado como una campaña de la Grande Armée, con tanto disimulo como el drama de Vincennes. El rey de Elba finge ocuparse de su isla como si nunca hubiera de salir de ella. Tres días antes de la evasión, ordena aún unos trabajos. "Serán necesarios tres pequeños puentes cerca de Capoliveri". Desde el 16 de febrero, Campbell está en Florencia para dar cuenta de lo que ocurre. No sabe nada; y, sin embargo, está inquieto. El subsecretario de Estado, Cook, que viene del Congreso de Viena, no quiere oír al comisario, y se ríe de sus alarmas. Por otra parte, nadie en Europa piensa en Napoleón... Cuando Campbell volvió, el rey de la isla de Elba había volado. Se comprende ahora Santa Elena, Hudson, Lowe, las incomodidades del segundo destierro. Napoleón será el forzado que se evadió, que ha vuelto a ser encerrado en el presidio, que obsesiona a sus guardianes.

En la noche del 25 de febrero llamó aparte a su madre y la confió su decisión. Si el relato que tenemos de su coloquio es verdadero, Leticia, después de haber reflexionado un instante y reprimido un momento de debilidad, comprendió, le aprobó, le dijo lo que su destino pregonaba: que no podía acabar así, morir allí, "en un descanso indigno de él". No había llegado para él su quinto acto. En Fontainebleau el telón había caído a destiempo.

En vano, para retener al emperador, el prudente Drouot había hecho todo lo que humanamente podía hacerse. Le representaba el peligro de la guerra civil, el de la invasión, las consecuencias incalculables de la aventura. No nos atreveríamos a jurar que Bonaparte no las viese, no le emocionasen. Cuando la suerte estuvo ya echada, se le oyó murmurar: "¡Ah! ¡Francia! ¡Francia!". Volver a ella, hacerse aclamar, no era lo más difícil. Se le había dicho, y no era falso, que bastaría con su sombrero plantado en la costa de Provenza. El sombrero y la bandera tricolor. La proclama que redactó e hizo imprimir en Porto-Ferrajo, muestra que estaba informado del estado moral del Ejército. Sugiere incluso que contaba con inteligencia, con concursos. Profetizaba: "El águila, con los colores nacionales, volará de campanario en campanario hasta los torres de Notre-Dame". Después sería cuando empezasen las dificultades. Según su costumbre, Napoleón se persuadía a sí mismo de aquello que le era necesario creer. Habiéndole Francia abierto los brazos, Europa, disgustada con los Borbones, no dudaría en reconocerle. Inglaterra, satisfecha de que Francia hubiera vuelto a sus antiguos límites, no le rechazaría más. Así, pues, deseaba vivamente que, ni en el momento de levar, ni durante la travesía, tuviera que cañonear a ningún buque inglés. El emperador de Austria se sentiría feliz de encontrarse de nuevo con su yerno y volver a ver a su hija sobre el más hermoso trono de Europa. En fin; Napoleón daría confianza a los reyes legítimos y sería más constitucional que los Borbones. Nunca había hecho un plan más quimérico. ¿Hubiera partido sin esta quimera?

El 26 de febrero, se hace a la mar con el Insconstant, seguido de seis jabeques pequeños. En conjunto, un millar de hombres, algunos cañones. La mejor arma que lleva son sus proclamas, imágenes, recuerdos de gloria, llamamientos a la imaginación del pueblo; un estilo, una literatura; y a sí mismo, idealizado por el alejamiento. Todavía queda pasar sin obstáculos, burlar a los cruceros. Como en el expedición y en el regreso de Egipto, el concurso de las circunstancias, su estrella, tampoco le abandonan. El viento del sur empuja la flotilla hacia Francia, mientras inmoviliza en Livorno a la fragata inglesa que ha de volver con Campbell.

Al desembarcar en el golfo de Jouan, uno de los primeros en hablar al emperador fue el alcalde de una aldea, que le dijo: "Empezábamos a estar felices y tranquilos; venís a perturbarlo todo". Y el emperador confió a Gourgaud: "No sabría expresar cuánto me conmovió esta frase ni el daño que me hizo". ¿Es este encuentro verdadero y esta frase ingenua? El hecho es que esta irrefrenable marcha sobre París, esta conquista de un país sin más que aparecer, lo que Chauteaubriand llama el prodigio de la invasión de un solo hombre, sumía al emperador en dudas. Esta ascensión triunfal, que hubiera embriagado a otro, se vio acompañada en Napoleón de una melancolía, de una falta de confianza, de un pesimismo, que le perseguirán a lo largo de los Cien días. El peligro que corría en esta calaverada, ni lo pensaba. Si un solo regimiento le detuviese, podía ser fusilado, como lo será pronto Murat al desembarcar siguiendo su ejemplo en el reino de Nápoles. Bonaparte prefería su gloria a su vida. Pero era demasiado inteligente para no comprender que para él, casi tanto como para los Borbones, los tiempos habían cambiado, que Francia no volvería ya a ser tal como la conociera antes de la derrota y la invasión, antes de la Carta de Luis XVIII, de la concesión de las libertades, de la repudiación del poder absoluto. No se trata, como al regresar de Egipto, de prometer el orden. No es lo que falta. La situación misma impone el lenguaje que hay que hablar ahora: el de la Revolución pura, y nada hay que menos embarace a Bonaparte, hecho a él como a los demás. Más difícil le será poner sus actos de acuerdo con sus palabras, y encontrar nuevas formas para el gobierno imperial. Pero lo que por encima de todo pesa sobre él son las impresiones de Fontainebleau, el recuerdo de las defecciones, la sensación de que el encanto está roto y de que las cosas no volverán a ser lo que fueron, cualquiera que sea el éxito que corone su audacia. Armado de los tres colores que lleva en su célebre sombrero, marcha a la conquista de Francia con corazón intrépido y espíritu receloso; seguro de cada momento, sin fe en el porvenir. Es un virtuoso de la popularidad que interpreta su última gran aria; un artista que añade a sus triunfos un esfuerzo inédito. Este regreso sin precedentes, esta representación única, con escenas hechas todas para el buril y la posteridad, son un elemento más que dota a la historia de Bonaparte de un aspecto legendario.

Sin embargo, fiel a su principio de que él por sí sólo no da a nada el éxito, no ha entregado al azar su regreso, ni aun el vuelo del águila. El millar de hombres de su escolta es lo que resulta necesario para sus primeros pasos, para no ser ignominiosamente detenido por los gendarmes. Y las palabras que pronunciará están calculadas como el camino que eligió. Con el rodeo por los Alpes se hurta a la Provenza realista, seguramente hostil, testigo de su humillación y se pone en seguida en contacto con poblaciones cuyos sentimientos conoce, con guarniciones donde tiene cómplices. Seguro de no encontrarse con tropas del gobierno real si sigue el camino de las montañas, lo está también de ser bien acogido en el Delfinado, en este país de Vizille, de donde partió el movimiento de 1789; en Grenoble, donde mantiene ciertas inteligencias, donde está seguro de que le serán abiertas las puertas y "estar en Grenoble, es estar en París". Al campesino, al obrero, es a quienes él llama a sí. Y no les halaga en sus más nobles pasiones. Habla menos de honor nacional y de gloria que de los derechos feudales y del diezmo, de los antiguos nobles opresores, de los privilegios, de reapoderarse de los bienes nacionales. Las botas de 1793 se las calza en serio. Ya no es el primer Cónsul conservador y conciliador, el emperador legítimo que antaño garantizaba los tronos. Vuelve como demagogo; halagando a la canalla, amenazando a los aristócratas: "Les enviaré a la horca". El prefecto del Ain, espantado, exclamaba: "Es una recaída en la Revolución".

Emperador y revolucionario, llamando a todos "ciudadanos", el pueblo es su verdadera guardia. Y más aún que la aparición del pequeño sombrero y de la levita gris, será el pueblo quien arrastrará al soldado. El único peligro que Napoleón corriera en esta marcha aventurada en la que estaba a merced del disparo de fusil de una tropa disciplinada, lo encontró ante la Mure, en el desfiladero de Laffrey. Es allí donde él se presenta, descubierto el pecho, al batallón del 5.º de línea: "¡Si entre vosotros hay alguno que quiera matar a su emperador, aquí estoy!". Nadie obedeció la orden de hacer fuego; pero Napoleón había tenido buen cuidado de repartir sus proclamas entre los tiradores que le cortan el camino, de enviarles dos de sus oficiales para conmoverles, y llevaba con él mil quinientos aldeanos que le aclamaban. En Grenoble, en Lyón, con creciente fuerza, fue igual. La masa intimidaba a los jefes y decidió al ejército. Por encima de todo, Napoleón había recomendado a los suyos, pasase lo que pasase, no tirar nunca los primeros, seguro de ser protegido por el sentimiento popular, por el recuerdo de las victorias y por el horror de derramar la sangre de antiguos compañeros de armas.

Desembarcado en el golfo Jouan el 1.º de marzo, el 10 está en Lyón, siempre acogido a los gritos de: "¡Abajo los curas!, ¡abajo los nobles!" y por la Marsellesa. Macdonald, decidido a no dejarle pasar, se vio reducido a la misma impotencia que el Comandante del batallón de la Mure. Los mariscales, los conjurados de Fontainebleau deben ser, y son, en efecto, los más vehementes en el deseo de impedir su regreso. El frío Macdonald no tuvo, sin embargo, más remedio que volver grupas.

Dueño de la segunda ciudad de Francia, Napoleón ha ganado la partida. "Mi señora y muy querida amiga, he vuelto a escalar mi trono", escribe a María Luisa. Con las guarniciones que ha ido recogiendo en su camino, ha formado ya un pequeño ejército, engrosado con oficiales retirados; 14.000 hombres, más de los que hacen falta para llegar a París sin accidente. En Lyón fecha sus primeros decretos imperiales, proclama la disolución de las Cámaras reales, obligándose, sin embargo, a demasiadas promesas que le estorbarán y que lamentará. Convoca para su llegada a París, y en prenda de su conversión al liberalismo, una gran asamblea nacional, llamada del Campo de Mayo, idea extravagante, novelesca, tomada de los guerreros francos, recuerdo de una lectura que le ha asaltado durante un tumulto. No pudiendo evocar ya a su tío Luis XVI se reconcilia con Pharamond en contubernio con la Convención y con el Comité de Salud Pública, sin olvidar, en todo caso, una precaución útil. Hace falta que no se diga que Napoleón es la guerra. Se hace correr la voz, hábilmente, de que las Potencias son favorables al restablecimiento del Imperio; que los ingleses han favorecido el regreso de la isla de Elba y dejado pasar a propósito a la flotilla; que el emperador de Austria protege a su yerno. En el mismo momento, las Potencias, en Viena, declaran que "Napoleón Bonaparte se ha puesto fuera de las relaciones civiles y sociales y que, como enemigo y perturbador de la tranquilidad del mundo, se ha entregado a la "vindicta pública".

Un hombre había jurado ser instrumento de esta vindicta. Era el jefe de los conjurados de Fontainebleau: era Ney. Habiendo contribuido más que los otros a derribar al que ahora llamaba la "bestia fiera", ponía en ello pasión, odio. Había jurado traer a Bonaparte en una jaula de hierro, lo que hacía decir a Luis XVIII, con prudente calma, que no se le pedía tanto, y le acompañaba Lecourbe, el general republicano de la conspiración de Moreau, que con tantos otros servía ahora al rey. En plena marcha, Ney anunciaba todavía que iba a verse "el desenlace de la Napoleonada". El emperador, al enterarse de que Ney se encargaba de marchar sobre él, se vio influido por dos sentimientos. Entre los militares que en todo tiempo supo él dispuestos a abrirle el vientre, tenía por el más violento al príncipe de la Moskowa, por el más capaz de no avenirse a nada, y también por el más sensible a las impresiones y el más sujeto a los cambios bruscos. Se representa a Ney cayendo en los brazos de su emperador. A decir verdad, varios emisarios, hábilmente escogidos, le pintaron la marcha triunfal del evadido, sus fuerzas de hora en hora crecientes, la certeza de su triunfo, la inutilidad de una lucha desigual en lo venidero. Ney, confuso, se recobra para decir que cogería un fusil y dispararía el primer tiro. Hubo de darse cuenta de que sus soldados no obedecerían ni a él ni al viejo republicano Lecourbe, como no habían obedecido a Macdonald. Bonaparte terminó todo escribiéndole que le acogería "como el día siguiente de la Moscowa". Ney cedió a la corriente, "a la tempestad", dijo durante su proceso. Estaba él en Lons-le-Saunier y Napoleón en Mâcon, cuando con turbación que a él también le perseguirá hasta Waterloo, se resignó a faltar a la palabra que había dado. Ney se unió al emperador en Auxerre y al llegar a él le envió una declaración en el estilo de Fontainebleau: "Soy vuestro prisionero mejor que vuestro partidario si continuáis gobernando tiránicamente". Napoleón rasgó el papel, y fingió decir alegremente que "el bravo Ney estaba loco". No era el entusiasmo, la efusión cordial, sino una sombra más sobre el júbilo del retorno.

Con fecha 20 de marzo el Moniteur daba esta noticia: "El Rey y los Príncipes salieron esta noche. S. M. el Emperador llegó esta tarde". Entrada mágica y portentosa en estas Tullerías en las que se lleva en triunfo a Napoleón, hombre no ya extraordinario, sobrenatural. "Creí asistir a la resurrección de Jesucristo" decía un testigo. Al día siguiente empezó el desencanto.

Hecha la cosa, alcanzado el éxito, Bonaparte no ve más que las dificultades de su situación. No esconde, siquiera, su decaimiento, su pesimismo, y todos los que se le acerquen quedan de ello impresionados. Al verse en París, se acuerda con insistencia de las defecciones, de la abdicación impuesta; cuenta todos los que faltan, y son tantos, que abandona en seguida, por el modesto palacio del Elíseo, estas Tullerías, ahora tan grandes, en las que ya no hay ni corte, ni emperatriz, ni embajadores. "Su prodigioso regreso, circunstancia acaso la más admirable de su vida, no le hacía ninguna ilusión y le dejaba pocas esperanzas. Así lo reconoció a M. Molé", dice Barante. Y a Mollien, que le felicita: "El momento de los cumplidos ha pasado; me han dejado llegar como han dejado marcharse a los otros". Luis XVIII ha sido tan traicionado como él, con frecuencia por los mismos, y ello no es como para acrecentar en Napoleón su aprecio de los hombres. Su caída de 1814 le ha martirizado; no le faltaba más que esta experiencia para inclinarle a un nihilismo que explicó en Santa Elena, colmado todavía de acres impresiones. "Ya no existía más en mí la sensación de un éxito definitivo; no era ya mi confianza primera. A mis propios ojos, en mi propia imaginación, lo maravilloso de mi carrera se encontraba embotado. Tenía en mí el instinto de un final infortunado". No es ya dueño de ocultar perplejidades de las que antaño sólo sus íntimos eran testigos. Carnot, ahora su ministro del Interior, está confundido: "No le reconozco ya: el audaz retorno de la isla de Elba parece haber agotado su savia enérgica; fluctúa, vacila: en vez de actuar, charla... pide consejos a todo el mundo...". Se le encuentra triste, distraído, soñoliento. Parece que no es ya el mismo, pues su tendencia a la incertidumbre y a las contradicciones no han hecho más que agravarse. ¿Cómo no le habrán de deprimir ahora la inestabilidad y la inseguridad que sufrió en sus más brillantes días? "Se diría que había perdido su capacidad de disimulo". Thiébault está en el Elíseo el día que llega la noticia de que Berthier ha muerto en Alemania, al caer por una ventana. Era uno de los más distinguidos entre los que le hicieron defección; emigró porque no osó aparecer ante Napoleón con su uniforme de capitán de guardias del rey. Y, sin embargo, al conocer el fin de su jefe de Estado Mayor, el emperador su puso sombrío. Se resiente de su soledad. No cuenta ya con fidelidades y busca con los ojos a los viejos servidores.

¡A qué contradicciones se abandona también! Después de Waterloo, exclamaba que mejor hubiera sido perecer en Rusia. Y como se le dijera que no hubiera existido el regreso triunfal de la isla de Elba: "Sí; bueno y malo", respondió. "Malo porque no hubo residencia. Estaría todavía en las Tullerías si hubiera habido derramamiento de sangre". No había querido que lo hubiera. Dejó marcharse, sin inquietarlas, a los Príncipes, incluso al duque de Angulema que ha intentado valerosamente organizar la resistencia. A las amenazas terroristas de Lyón ha sucedido una amnistía para los "crímenes de 1814", de la que sólo algunas personas, una doce, fueron exceptuadas. Conserva una parte –un buen cuarto– de los prefectos de Luis XVIII, que además son, en muchos casos, los suyos y que él había tomado en gran número entre los hombres del antiguo régimen. ¿Qué es él mismo ahora?, ¿qué especie de soberanía y de soberano representa él? No lo sabe, y le es imposible definirse. El Imperio es un espectro en un país cambiado ya por doce meses apenas de realeza parlamentaria. Bonaparte ha vuelto en liberal, casi en revolucionario. Siente "la necesidad de apoyarse en la opinión republicana" y la teme, la tranquiliza. Se golpea el obeso vientre y dice, parodiando una frase célebre: "¿Se puede ser ambicioso cuando se está tan gordo como yo?". Sin embargo, hay republicanos que se le adhieren. Bigonnet, que en Saint-Cloud, el 19 de brumario, le llamaba tirano y quería que se le pusiera fuera de la ley; Duchesne, hijo de uno de aquellos que, en el Tribunado, habían votado contra el Consulado vitalicio; Carnot, ya adherido en 1814, ahora ministro del Interior y provisto de un título de conde para imperializarlo. Con Fouché, de nuevo ministro de Policía, son dos los regicidas en los consejos de Napoleón. El personal que encuentra está compuesto, en gran parte, de mariscales, generales, senadores, funcionarios, que, "por egoísmo o fatalidad, se han manchado en menos de un año con una doble defección". Son también hombres que le aclaman porque tienen, con el odio a los Borbones, el de toda Monarquía y exigen garantías contra el despotismo. Entonces le es difícil a Napoleón hacer menos que Luis XVIII y su Carta, que en el fondo le estorba mucho. Thibaudeau observa con justicia que "el Imperio resucitaba más débil que cuando en 1814 sucumbió... El emperador se hacía liberal a su pesar, por fuerza: no importa, se mutilaba. Solicitado de un lado por sus exigencias, de otro por su naturaleza y sus costumbres, se hallaba debilitado, no era ya el mismo". ¿Se sabe siquiera qué título darle? El encabezamiento de sus decretos vacila entre "Napoleón emperador de los franceses" y "Napoleón, por la gracia de Dios y de las Constituciones, emperador". Algunas veces vuelve el "rey de Italia".

¿El Imperio que recomienza es el antiguo?, ¿es un régimen nuevo?, ¿sigue siendo Napoleón el autócrata de antes, soberano legítimo consagrado por la Iglesia?, ¿es monárquico constitucional o, menos que eso, "primer representante del pueblo", o dictador jacobino?

Titubea. Se ha comprometido más de lo que hubiera querido con sus proclamas, con sus promesas a los campesinos del Delfinado y a los obreros de Lyón, con la demagogia que ha tenido que hacer, y que ha hecho posible su prodigioso retorno; un despertar, decía ingenuamente Carnot, de las ideas que habían alumbrado los primeros días de la Revolución francesa. El riesgo ahora está en ser el emperador de la canalla, rey de unos amotinados; en asustar a los burgueses, a los conservadores, mientras que el Oeste y el Mediodía realistas se levantan ya. En París, el pueblo que le aclama, que le obliga a salir al balcón y saludar, es el de los gorros rojos y las picas. Napoleón va al faubourg Saint-Antoine y el gentío le acompaña hasta el Elíseo amenazando a los hoteles del faubourg Saint-Germain. La revista de los Federados recuerda demasiado los días de la Revolución. Son cosas que no gustan a Napoleón, que le tienen inquieto y confuso.

Ha avanzado demasiado para renegar de sus palabras y no dar una Constitución a los franceses. Han pasado los tiempos del Poder absoluto. Bonaparte se encuentra en la misma situación que Luis XVIII el año antes. Le imita sin darse cuenta. Como él, pretende que su reinado continúe y, como él, bajo el nombre de Acta adicional a las constituciones del Imperio, es una Carta lo que otorga. En fin; como es preciso desarmar a los adversarios, seducir a los enemigos, se dirige, para trazar el plan del Imperio liberal, al amigo de madame Stäel, al escritor que la víspera le llamaba "este hombre teñido en nuestra sangre", le comparaba a Atila y juraba que "no iría, miserable tránsfuga, a arrastrarse de un Poder a otro y balbucir palabras profanadas para comprarse una vida vergonzosa". Napoleón hizo de Benjamín Constant el caso que haría de los otros hombres. Necesitaba una Constitución. Pidió al teórico de la libertad política que se la proporcionara.

Y no hay más que expedientes. Entre el emperador y Francia, por lo menos la que se alegró de su retorno, existe un equívoco más grave que el que se refiere a la forma de gobierno. La dificultad de ser un Washington coronado no está precisamente para Bonaparte en renunciar a sus costumbres cesáreas, a sus repugnancias y a sus gustos, a sus "once años de reinado", a su pasado. Proviene de la otra promesa que ha tenido que hacer, que ha hecho de buena fe, sin duda, y que no está en su mano mantener. Sabe, ciertamente, que los franceses están cansados de la guerra, del reclutamiento. Al adueñarse de nuevo del Poder, ha anunciado la paz, ha asegurado que respetaría el tratado de París, que aceptaba sin segunda intención las fronteras, que no se volvería a tratar del gran Imperio. Ha dado por garantía de su acuerdo con Europa a María Luisa y al suegro imperial, al punto de hacer creer que la Corte de Austria ha sido cómplice de su evasión. El Acta adicional debe además probar que Napoleón es pacífico, y escribe a los soberanos aliados fraternalmente, envía una circular a las Potencias para informarlas de sus buenas intenciones, así como insta a María Luisa para que vuelva a París. Los soberanos no habrán de contestarle. Desde el 25 de marzo han renovado el pacto de Chaumont. Se han conjurado para no deponer las armas antes de haber derribado al enemigo de la tranquilidad pública. A las Potencias reunidas en Viena les ha sido fácil concertarse, y Napoleón sentía no haber esperado al final del Congreso de Viena para dejar la isla de Elba, olvidando que la había dejado, entre otras razones, porque había tenido miedo de que el Congreso le encerrara en otra parte. En cuanto a María Luisa, le hizo saber que no era ya libre. La hija había abdicado en manos de su padre. La mujer estaba en poder de su consolador.

La emperatriz que no vuelve; el príncipe imperial (porque Napoleón abandona el título de rey de Roma para mejor atestiguar su moderación), que sigue prisionero; la guerra segura; una Constitución que es la "Carta mejorada", pero que, asemejándose demasiado a la de Luis XVIII, no es bastante republicana para los hombres de la Revolución, mientras menoscaba, por otra parte, la autoridad del emperador ante el peligro; "gritos de libertad, cuando no hubiera debido pensarse más que en la defensa"; todo es decepción. Nadie cree en la perduración del Imperio restaurado por milagro, y Bonaparte, que ha juzgado en seguida el estado de Francia, menos que los otros. "La inquietud, el temor, el descontento, eran los sentimientos predominantes; no se mostraban apego ni afecto alguno hacia el Gobierno". Lo que Miot dice de esto se repite por todos los testigos; como todos, al observar a Napoleón, han subrayado las muestras de un espíritu receloso y desconfiado, de una mala moral, "con algo de incómodo y de incierto que no hacía augurar nada bueno para el porvenir". El mismo hace malos augurios y se disgusta en una situación más precaria que todas aquellas cuya fragilidad ya había sentido. La llegada de Luciano no despierta más que ideas de decadencia y desgracia. El emperador esperaba a María Luisa, la hija de los Césares, su garantía cerca de los reyes, escudo de enaguas, y no ve llegar más que al hermano malcasado y republicano, presto a servirle como si hubiera de recomenzarse un 18 brumario, o a imponerle un Gobierno a su talante.

No hay más que contradicciones, malas interpretaciones y cuanto se juntó, a la vuelta de Egipto, para hacer la posición de Bonaparte más fuerte, conspira a la vuelta de la isla de Elba para hacerla más débil. Francia desea la paz. Desde 1798, la ha deseado siempre. Ahora ya no cree que Napoleón pueda asegurarla con victorias. Entre sus promesas está la de no hacer la guerra. Y la coalición se ha reanudado ya. Por lo menos se guardará de ser el agresor. Pero he aquí que Murat, de nuevo su aliado, le traiciona por segunda vez, y de otro modo, lanzándose desde Nápoles a la conquista de Italia, atacando a los austriacos y, lo que es peor, dejándose aplastar en Tolentino. ¿Cómo sostener tras esto, ante los franceses, la fábula de la alianza de familia, responder de la Corte de Viena que habrá de detener a las otras Potencias si tienen el designio de atacar al emperador? Murat, vencido, viene a buscar un refugio en Francia, y su cuñado, exasperado, se niega a verle. Al versátil y aventurero rey de Nápoles le hará Napoleón responsable del desastre de 1815, como ya le ha hecho responsable del de 1814.

Y puesto que la guerra es inevitable, será preciso reavivar la llama de la Revolución. Esta murió en 1814. Si se reanima en 1815 es contra el despotismo. Napoleón no puede apoyarse más que en los hombres de espíritu republicano, que limitan sus poderes, cuando la salud pública lo que exigiría es la dictadura. Se encuentra cohibido por las trabas del Acta adicional. "Un oso amordazado a quien todavía se oía murmurar, pero al que conducían a su modo sus conductores", dirá Mme. de Stäel. Ha tenido, porque todo el mundo se lo aconsejó, que perdonar a Fouché, entregándole el Ministerio de Policía. Fouché, convencido de que todo habrá terminado tras dos o tres batallas, le traiciona con los Aliados, con Luis XVIII, en el exterior y en el interior. Lo menos grave son sus inteligencias en el extranjero y con el rey refugiado en Gante. Pero es Fouché quien hace elegir los diputados, viejos camaradas de la Convención, terroristas que salen de su ostracismo, hombres del 93, y lo que para Bonaparte vale todavía menos, hombres de 1789, el mismo La Fayette. La Cámara de Fouché reirá cuando un representante proponga conceder al emperador el título de salvador de la Patria. "Me traicionáis, señor duque de Otranzo; tengo las pruebas". En Consejo de Ministros Napoleón abruma a Fouché con palabras ultrajantes: "Debería haceros fusilar". Fouché alardea de haber respondido: "Sire, no soy de vuestro parecer". El emperador retendrá al insolente. Apenas se atrevía a castigar en tiempo de su poderío. Ahora todo lo remite al momento en que sea victorioso, si es que consigue una victoria decisiva. Para recobrar la autoridad, no puede ya contar más que con la fortuna de las armas, y ha perdido la fe, está agobiado de presentimientos.

Hace pensar en Luis XVI (a quien hace poco llamaba tío), durante aquella extraña ceremonia del Campo de Mayo que ha habido que retrasar hasta el 1.º de junio, pues tal como la había prometido, era irrealizable, pero de la cual no se desdice: tanto cree en la necesidad de fortalecerse en una manifestación popular, sobre todo, después del plebiscito ratificador, que no ha dado más que un millón trescientos mil votos, elevados con dificultad a un millón quinientos mil, ni siquiera la mitad de los plebiscitos de antes. El Acta adicional no satisface a nadie; decepciona a unos porque no es bastante liberal, y, porque lo es demasiado, consterna a los partidarios de la autoridad. El Campo de Mayo debía renovar la Fiesta de la Federación de 1790 y la distribución de las Aguilas de 1804. Fue a la vez lúgubre y fantástico; una parodia del Imperio por el emperador. Se vio aparecer a Napoleón en traje teatral, con un birrete de plumas, una capa bordada, que se abría con gesto remedado de Talma, una banda, unas medias de seda, zapatos con rosetas, y bajo este disfraz, una cara "preocupada, contraída, severa y neroniana", dice un testigo. Nunca había abandonado, dice otro, más inoportunamente su levita gris. No fue menor el asombro al ver junto a él a sus tres hermanos, vestidos de terciopelo blanco, color de los "candidatos imperiales". José Luciano, Jerónimo, bajo el "vestido español de príncipes francés", proseguían, por otra parte, entre reconciliaciones, sus rivalidades, sus ambiciones, sus querellas por un trono restablecido desde hacía dos meses y que sería derribado a las tres semanas, poco tiempo más, apenas, del necesario para demoler el tablado del Campo de Mayo.

Los trajes con que Napoleón se ha ataviado y con los que atavió a sus hermanos, son imagen de su incertidumbre y embarazo. Esta fiesta es civil y militar. Hace falta que no domine el militar, para no dar motivo a que se diga que Napoleón es belicoso. Es preciso también que al dirigirse a los "Señores electores" aparezca ante ellos como la majestad imperial, que no tiene apenas más que los accesorios para imponerse. "Emperador, Cónsul, Soldado, todo lo tengo por el pueblo". Pero deja entrever una revisión del Acta adicional, cuando la injusta agresión haya sido rechazada. Hay de todo en esta ceremonia que comienza por un arzobispo y una Misa, que continúa con la arenga del representante de los cuerpos electores, con un juramento, renovación del de la consagración, y que termina con las aclamaciones del ejército, con juramentos de ir a buscar a la emperatriz y a su hijo, y de morir por el trono y la patria.

El que en todo tiempo hemos visto entregado a las dudas y perplejidades, no hace más, durante los Cien días, que fluctuar de una idea a otra, hasta que, al fin, se decide a arriesgarlo todo. Ahora, por lo demás, su vigor físico ha disminuido, su salud está quebrantada; el veneno de Fontainebleau no dejó de alterarla. Mucho más enfermo está su espíritu. El derrumbamiento y las traiciones de 1814 le obsesionan. La certidumbre de que ni María Luisa ni el Rey de Roma volverán, le quita una gran parte de su valor. ¿Para qué restaurar una Monarquía cuyo heredero legítimo está prisionero?, ¿será preciso, contra una turba de enemigos, ir hasta Viena, o más lejos aún, para liberarlo? Napoleón sabe que la guerra es inevitable, puesto que ha sido proscrito de Europa; y la ha preparado en todos sus detalles, como siempre. Pero oye todos los consejos, examina todos los partidos, y pesando el pro y el contra, no adopta ninguno. Había quienes le aconsejaban entrar en seguida en guerra, partir "para Bruselas haciendo generala y haciéndola batir en toda Francia". Pero le había sido necesario prometer la paz, tranquilizar a Francia y a Europa, renunciar a las conquistas, incluso a la de la República; y, ¿cómo reanimar el entusiasmo revolucionario cuando se había declarado solemnemente que no se pensaba reconquistar ni Bélgica n la orilla derecha del Rin? Batir generala se decía pronto. Para movilizar medio millón de hombres en un patriótico tumulto, se precisaba tener armas y caballos que darles. Era necesario inspirar confianza a aquella guardia nacional, a aquellos obreros "federados" que se ofrecían al emperador, por quienes se dejaba llamar "el hombre de la nación", pero cuyo valor militar le parecía dudoso, y cuyo republicanismo le inquietaba; que sentían demasiado la Revolución y el motín. Allí estaba también Carnot, que vivía de recuerdos, que creía siempre que el 1792 podía repetirse. Este aconsejaba que se esperase al enemigo y su invasión. Entonces un movimiento general arrastraría a Francia, que se apretaría entera alrededor de su jefe. Napoleón juzgaba mejor de la opinión pública. La creía mala, hostil a la recluta de hombres, contraria a la movilización, y, si el territorio era invadido, creía más bien en una descomposición general que en un arrebato de energía. "Mi política requiere un golpe brillante", respondió a Carnot.

Había pensado, desde principios de mayo, en entrar en Bélgica, actuar por sorpresa, prevenirse contra los ingleses y prusianos. Se cursan las órdenes, y luego da en todo contraorden, ya porque tenga en cuenta los informes que le dicen que el enemigo no estará listo antes de julio, y que él no lo está bastante tampoco, ya porque no quiera ser el agresor y mantenga otra vez la esperanza de llegar a un acuerdo con la corte de Viena, incluso tal vez con Rusia; sea, quizás, porque quiera mantener sus promesas de Lyon, apartar toda sospecha de dictadura y esperar la aprobación de las Asambleas; sea, en fin, como algunos han creído, porque no se encuentra bien, sufriendo molestias que le hacen penoso estar mucho tiempo a caballo. Tal vez tuviera miedo de reanudar la guerra. El hecho es que no parte hasta después del Campo de Mayo y la apertura de las Cámaras. Poniendo fin a sus dudas, decide de pronto y se incorpora al ejército, dejando tras él un Parlamento cuyas malas disposiciones no son dudosas. Los pares (pues ha establecido también esa dignidad, como Luis XVIII) y los representantes le han puesto en guardia contra "las seducciones de la victoria". Se teme que, victorioso, retorne como déspota, y a eso responde con ironía: "No es precisamente la seducción de la prosperidad la que nos amenaza".

Abandona París el 11 de junio, muy temprano. La víspera, por última vez, oyó Misa en las Tullerías, concedió sus audiencias, fue emperador. Se le observa con ansiedad. ¡Qué distinto estaba! Ya no tiene la mirada poderosa, el perfil de bronce, el porte dominador de la cabeza, sino un tinte "verdoso", un pesado andar, los "gestor inciertos", un conjunto borroso. Por la noche ha cenado en familia, casi alegre o fingiendo alegría, "más hablador que de ordinario", dice Hortensia, y hablando de su tema preferido, la literatura, para la que, sin saberlo, ha trabajado tanto y que ha de enriquecer todavía hasta la conclusión perfecta de su historia, en la cual Waterloo pondrá la nota fúnebre. Terminada la velada, dirá, muy bajo, a Mme. Bertrand, la frase adecuada, la que la Señora Madre habría podido decir: "¡Con tal que no tengamos que echar de menos la isla de Elba!".

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 512 - 532.