martes, 4 de octubre de 2016

Una historia de Napoleón (XXIII): las botas de 1793 y la insurrección de los generales



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En adelante, la historia de Bonaparte es un drama que se precipita. El tiempo, que siempre le ha sido tasado, le ahoga. De regreso a Saint-Cloud el 9 de noviembre de 1813, abdicará el 7 de abril. Cinco meses solamente. Y después cien días. ¡Plazos de gracia, pero cuán llenos!

Estatua de Napoleon e historia

Al hombre extraordinario, es así, en la adversidad y en la prueba, cuando se le conoce. Si concluye bien la "novela de su vida", si le da un giro épico, es porque, superior al resto de los mortales, los aventaja sobre todo por un sentido infalible de su destino. ¿Qué otro en este hundimiento no hubiera cedido? No basta tener voluntad, fuerza de carácter. El emperador tiene una visión histórica de su propia situación. Llega hoy lo que hubiera podido llegar el primer día del Consulado, riesgo de una sola y misma guerra que él ha tenido la misión de proseguir hasta un fin victorioso como delegado de la revolución para la conservación de las fronteras. En modo alguno bastardeará ese mandato. Antes bien, perecerá con el sueño de la nación francesa en su último atrincheramiento, el del "territorio sagrado", razón de todo cuanto ha hecho.

La invasión amenaza. Un brumariano que ha sido diputado en los Estados generales de 1789, uno de los hombres que ligan el Imperio a los orígenes de la era nueva, Regnaud de Saint-Jean d'Angely, evoca en el Cuerpo legislativo a la patria en peligro, a la leva en masa y Valmy, al año VII y Zurich, al año VIII y la batalla de Marengo. Se trata de reanudar la cadena, de sacar fuerzas de estos recuerdos. El círculo se cierra y el mismo Bonaparte ha dado en las ideas políticas esa vuelta completa. Militar jacobino a los veinticinco años, no tiene más que cuarenta y cuatro. Investido desde su matrimonio del papel de soberano legítimo, no está muy lejos de los tiempos en que ametrallaba, al servicio de la República, en las gradas de San Roque, a los monárquicos. Ha obedecido a las circunstancias y cambiado con ellas. ¿Por qué no cambiar otra vez, puesto que vuelven a presentarse como fueron? No tiene más que mirar a su alrededor. Todo ha sido tan breve, que sus mayores siguen aún en la carrera y los personajes del drama están casi completos. Barras está en el destierro: se da orden de dejar entrar al antiguo director. Augereau, el Augereau de Castiglione y de fructidor, sigue estando en servicio, mariscal y duque. Bonaparte le escribe: "Es preciso volver a las botas y a la resolución del 93". Augereau, en el ejército, arbolará de los primeros la escarapela blanca, mientras en el Senado Sieyès votará el llamamiento de los Borbones.

Es que no basta con volver a las botas y al lenguaje de 1793. Sería preciso encontrar otra vez el impulso, y el resorte está roto. Cuando la Revolución guerrera se entregó a un general que prometía la paz que ella no había podido conseguir, sentía ya el agotamiento de los ardores. Tras los esfuerzos que Napoleón había pedido a Francia, se sentía algo más que fatiga: se sentía desgana. Thiers, acordándose de los comentarios que había oído en su infancia, escribe esto que es elocuente: "El horror que se había sentido antes por la guillotina se sentía hoy por la guerra". Reclutas de dieciocho años, refractarios por todas partes, espíritu detestable en todas las ciudades, no son precisamente los elementos de un Valmy, aunque Napoleón hubiera creído en la victoria espontánea, en el entusiasmo irrefrenable, en el milagro militar; y para él, Valmy no había sido más que "la retirada ridícula del ejército prusiano ante nuestras legiones sin organizar". Batirá a Blucher y Blucher no se irá como Brunswick.

El invasor, a fines de 1813, no es ya solamente Brunswick, sino 600.000 enemigos que se agolpan sobre el Rin, en las puertas de los Pirineos; Europa coaligada para volver a meter a Francia en sus antiguos límites. En conjunto y en detalle, Napoleón ve el problema con lucidez. "Toda Europa iba con nosotros hace un año. Toda Europa marcha hoy contra nosotros", decía en el Senado. Desde ahora la elección está entre las antiguas fronteras y él; es decir, entre Luis XVIII y Napoleón. A los Borbones, la masa les ha olvidado casi. Los aliados no piensan gran cosa en ellos. Con más certidumbre que el más fiel monárquico, el emperador prevé su retorno. El o ellos. ¿O, si no, qué, puesto que todo se habrá ensayado? Se trata de saber si Francia quiere defenderse con el emperador, que por el juramento de la consagración ha jurado "mantener la integridad del territorio de la República". El prefecto Bararte, testigo del estado interior del país, dice bien que, caído Bonaparte, "la Francia de la Revolución no tenía un punto de apoyo". ¿Ofrecería un punto de apoyo a Napoleón?

Tantea la experiencia que de nuevo ha de intentar en los Cien días. Busca el apoyo de la opinión pública. Acusa a su ministro Maret de empujarle a la intransigencia por servilismo. Reemplaza a Maret por Caulaincourt, es decir, por la escuela de Talleyrand, de los sacrificios necesarios, de la mesura y, puesto que se cree en ello, de lo "posible". Se reprocha al emperador no haber tratado cuando era hora, no haber sabido concluir la paz en Praga. Hay asambleas que representan al país. Las hace conocer los expedientes de las negociaciones. Es preciso que el mensaje del Cuerpo legislativo al soberano parezca redactado por cortesanos. La comisión del mensaje estará compuesta por hombres conocidos por su independencia. Sólo que, en esta Cámara, tanto tiempo servil, a la que se devuelve el uso de la palabra, el resultado es una moción liberal, quejas contra el Poder absoluto y el reclutamiento, la petición de una paz inmediata, el informe votado por una mayoría considerable, una oposición que se manifiesta abiertamente, "un acta de acusación dirigida contra el único que podía salvar al Estado". Al conceder la palabra a las asambleas el emperador no recogía más que amonestaciones y "ellas le desacreditaban a los ojos de Europa y de la nación a la que trataba de llamar a las armas al ser invadido su territorio". La experiencia ha fracasado, la actuación del Cuerpo legislativo será aplazada. Por la salud pública, Napoleón volverá a desempeñar el papel de dictador. Y el 1.º de enero de 1814 será la fecha mordaces de brumario: "¿Qué hace falta a Francia en este momento? No es una asamblea, no son oradores, es un general. ¿Hay alguno entre vosotros?... ¿Qué es el trono? Cuatro pedazos de madera cubiertos por un trozo de terciopelo: pero en el lenguaje monárquico el trono soy yo". Para acabar acusa: "Habéis sido arrastrados por gentes entregadas a Inglaterra y M. Laîné, vuestro informador, es una mala persona que mantiene correspondencia con los Borbones". Una escena más; palabra fulminante, nada de rigores. Se despide a los diputados para sus departamentos, donde más de uno se apresura realmente a trabajar por Luis XVIII, como lo hace en Burdeos Laîné. Lo que hace falta siempre a Bonaparte, en política, son cosas fáciles que tengan éxito por el prestigio de su nombre, por la autoridad, que se impone por sí misma. Y todo eso se aparta ahora de él, igual que ya, en su corte, se notan ausencias y las primeras señales de abandono.

El éxito será para la sutil maniobra de los aliados, premiados por su constancia, por la consecuencia en sus ideas, hábiles para discernir y halagar la disposición de los espíritus. Separar a Francia de su jefe, dar a entender que se está dispuesto a reconocer las fronteras naturales, pero manteniendo las ambigüedades, el equívoco, de tal modo que sea posible siempre retractarse: tal es el sistema de Praga que continúa, se desarrolla y se perfecciona. "Napoleón comprendería y diría: no; la opinión se engañaría y condenaría al emperador". Para los franceses, los aliados no podían ofrecer más que un retorno a los tratados de Lunéville y de Amiens. Se procuraba no disipar su ilusión. Se evitaba también presentar condiciones precisas. "Bases" de discusión, ni siquiera preliminares de paz –porque los aliados se guardaban bien de hablar de armisticio–, eso fueron en noviembre de 1813 las "oberturas" de Francfort. Negándose a dar explicaciones sobre lo principal, es decir, sobre la extensión del territorio que se dejaría a Francia –oscuridad voluntaria, puesto que todo dependería de los resultados de la guerra–, las pretendidas "bases" eran esencialmente móviles. Además, entre los coaligados, el pacto de 1805 volvía a cobrar vigor. El consentimiento de Inglaterra quedaba siempre reservado y las "oberturas" que se hacían a Francia por Rusia, Austria y Prusia seguían siendo "oficialmente desconocidas" para los ingleses. "Napoleón, dice Soult, había calado la finta de Metternich". Había querido garantías antes de discutir las bases que Austria misma llamaba "generales y sumarias". Tales cuales eran, se las recibía en Francia con entusiasmo. Se instaba al emperador para que dijera que sí en seguida. Fue como en Praga. Cuando hubo dicho sí, los aliados exigieron otra cosa. Metternich respondió que los soberanos tenían que consultar al gabinete de Londres, cuya opinión se atenía a esta instrucción de Castlereagh a Aberdeen: "Considerad que quitar Amberes a Francia es, por encima de todo otro objetivo, lo más esencial a los intereses británicos".

Así, la guerra, la invasión, adquiere todo su sentido. A fines de noviembre de 1813, Holanda, rebelde, llama al príncipe de Orange. Los aliados han franqueado el Rin, han violado la neutralidad de Suiza, escudándose en el motivo de que no van más que contra la preponderancia de Napoleón. Esta es la "finta". Alguien más que Bonaparte la ha calado. Carnot, altivo republicano, que ha permanecido voluntariamente apartado del Imperio triunfante, sale de su retiro y ofrece sus servicios al infortunado emperador. Retorno a los orígenes, a las causas madres. Con Carnot, el Comité de Salud Pública reconoció en Bonaparte a su sucesor. Y el "pequeño capitán" recuerda. Carnot, supremo artífice de la anexión de Bélgica, queda nombrado, sobre la marcha, gobernador de Amberes. He aquí el espíritu de 1793. Es, poco más o menos, el momento en que Napoleón dice a Caulaincourt: "¿Se quiere reducir a Francia a sus antiguos límites? Es envilecerla. Se equivocan los que creen que las desdichas de la guerra pueden hacer desear a la nación una tal paz. Ningún corazón francés dejaría de sentir el oprobio de ella al cabo de seis meses, ni de reprochárselo al gobierno que fuera lo bastante cobarde para firmarla". Idea fuerte, arraigada y añeja. Poco tiempo después de su regreso de Rusia había dicho ya a Molé que perdería la confianza de "esta nación tan cansada de la guerra" si la procurase la paz en condiciones de que tuviera "que sonrojarse personalmente", y añadía: "Veréis a los franceses que me han admirado tanto, que me han temido tanto tal vez burlarse de mí más que se han burlado de ninguno de sus gobiernos".

Reducido a "la rigurosa alternativa de someterse a todo o de arriesgarlo todo", lo arriesga todo. Por otra parte, sigue siendo el mismo, libre de espíritu, casi desprendido de las cosas que prepara hasta el último detalle, a la vista de la lucha, no abandonándose a la inacción, como si el éxito fuera seguro, no olvidando nada para obtenerlo, y dirigiendo sobre su propia situación una mirada tan fría como si juzgara la ajena. Saca las consecuencias. Liquida sus peores asuntos, despeja su situación como un especulador comprometido. Mantiene a guisa de compensaciones para el día en que se negocie las plazas del Elba y de Italia. Pero envía al Papa a Roma y a Fernando VII a España. Napoleón se libera del asunto español que le pesa desde hace cinco años, sin consultar siquiera a José que ahora le impacienta más que sus otros hermanos: "¿El mayor él? Para la viña de nuestro padre, ¡sin duda!". Si bien Austria sigue siendo para él una esperanza, la familia política no es mejor tratada que la propia. Hortensia relata una cena íntima, en la que el emperador, viendo a todo el mundo consternado porque se acaba de saber que los aliados han pasado el Rin, dice con extraña alegría a María Luisa: "No hemos olvidado nuestro oficio. Puedes estar tranquila; iremos todavía a Viena a azotar a papá Francisco". A los postres se trae al rey de Roma, y el emperador, riendo de corazón, hace repetir al niño: "Vamos a azotar a papá Francisco". Mollien le propone poner a salvo el tesoro al otro lado del Loira. Dándole golpecitos en el hombro, irónico y familiar: "Querido, si los cosacos llegasen ante París, no habría ya ni Imperio ni emperador". Y para Lavalette, en el momento en que marcha a reunirse con el ejército, tiene esta frase aguda: "Si acabo por ser muerto, mi sucesión no será conferida al rey de Roma. En el punto a que han llegado las cosas, no puede sucederme más que un Borbón".

El 25 de enero por la mañana sale de París. Ha quemado sus papeles más secretos y ha abrazado a su mujer y a su hijo por última vez. No volverá a verles. Deja las cosas en orden y en regla, cumple concienzudamente y sin confianza todas las formalidades: la regencia a María Luisa, José teniente general del Imperio. Es la decoración a la que sólo la victoria prestará realidad, si la victoria es aún posible ¡y Bonaparte tiene tan pocas ilusiones! "¡Mis tropas! ¡Mis tropas!, dice a Pasquier. ¿Es que se cree que todavía tengo un ejército?". Sobre los servicios que puede esperar de los suyos y sobre su fidelidad, no se engaña ya más. Conoce la defección de Murat, pasado a la coalición desde hace quince días y que cree salvar su trono, cuando lo que hace es caer en las redes de Metternich. Atacando a Eugenio, inmovilizando al ejército de Italia, que sería tan necesario en Francia, Murat contribuye a la derrota de Napoleón. Así se portan la hermana, el cuñado a quien "sacó de la nada", de quien ha hecho un rey... ¿en quién descansar? "Está en mi destino el verme constantemente traicionado por la espantosa ingratitud de los hombres a quienes más he colmado de beneficios". El fin que se acerca será feo. Pero hay un modo de abreviar, de librarse. Napoleón, que no tiene apego a las cosas, y ninguno a las gentes –salvo "un poco a su hijo", decía a Metternich algunos meses antes–, no lo tendrá tampoco, durante estas pocas semanas, a la vida. Cuando el 1.º de enero había terminado la altiva arenga a los diputados con estas palabras: "Antes de tres meses habré hecho la paz, los enemigos serán echados de nuestro territorio o habré muerto", apenas se le había escuchado. Una frase; estilo. Tenía, sin embargo, en el fondo de su alma el deseo de la gran evasión y la boca le sabía a ceniza. Esta campaña de Francia, tan admirada, bella por la audacia genial de la concepción, ¡qué feo reverso tiene! La va puntuando el estribillo de Napoleón. No se le ayuda, no se le sirve. Nadie tiene ni iniciativas ni ideas. Y ahora hasta se discuten sus órdenes, se ejecutan mal, se dispensan de ejecutarlas. "No se me obedece ya. Tenéis todos más espíritu que yo, y sin cesar se me opone resistencia objetándome con peros, con condicionales, con porqués". Sus más bellas combinaciones militares fracasarán por esta falta de buena voluntad que agrava la inferioridad del número, la inexperiencia del soldado, demasiado joven, de esos "María Luisa" de dieciocho años, muchos de los cuales no saben siquiera cargar su fusil por la desaparición, tras tantas campañas mortíferas, de aquellos oficiales subalternos que eran una de las fuerzas de la gran Grande Armée. Fracasarán, además, por el agotamiento del entusiasmo, el hastío de la guerra, la extinción de la confianza, por el sentimiento, en suma, de que todo es inútil, porque ha llegado el fin. El mismo Napoleón a quien se ve a cada instante buscar una muerte que no quiere nada con él, desanima sin saberlo. En Arcis-sur-Aube, Sebastiani retiene a Exelmans que quiere advertir del peligro a Napoleón: "Dejadle, pues, ¿no veis claramente que lo hace a propósito?; quiere acabar".

Lo quería, y después, siempre inquieto y perplejo, se entregaba otra vez a la esperanza. Vedle aquí primero en Brienne, vuelto a sus comienzos, a sus primeros pasos en Francia, a su antiguo colegio, volviendo a encontrar a uno de sus antiguos maestros, el P. Henriot, que ha llegado a ser párroco de Maizières, que le sirve de guía y le ofrece una cama. El combate ha sido feliz. Se diría que al religarse a aquel pasado ha vuelto a encontrar su estrella. Ha reconquistado a los prusianos una villa incendiada. Se duerme por la noche pensando en reedificar Brienne, en fundar en ella una gran escuela militar o una residencia imperial. A los dos días en Rothière, tendrá que batirse en retirada, replegarse sobre Troyes. Entonces está dispuesto a aceptar las condiciones de los aliados y da carta blanca a Caulaincourt para el congreso de Châtillon. Recobrada la victoria, le prohibirá que firme a toda costa. Espera "un milagro siempre". ¡Ha visto tantos, ha hecho tantos él mismo! "Un éxito más y el enemigo repasará el Rin más aprisa que lo ha pasado y me veré todavía en el Vístula", dice la noche de Champaubert. Y, al día siguiente, en Montmirail, después de una jornada brillante que hace pensar en sus antiguas victorias de Italia: "No saben los aliados que estoy más cerca de Munich y de Viena que lo están ellos de París". Tales son los movimientos alternativos que producen en él los resultados, unas veces favorables, adversos otras, de una estrategia inventiva, que renueva y persigue, en el sentir de los que le ven de lejos, "con un vigor increíble", reducido a veces a 10.000 hombres contra las fuerzas de la coalición y enseñando los restos de su vieja guardia como si fuera "la cabeza de Medusa".

Después de Champaubert, de Montmirail, de Vauchamps, donde parece como si hubiera recobrado su juventud, la tropa, las poblaciones renacen a la esperanza de rechazar al invasor. Son los jefes los que ya no esperan. El emperador "tiene de qué quejarse de los más bravos". Retrasos, negligencias, desfallecimientos, no han permitido explotar los éxitos. Entonces viene una escena violenta con Víctor, antiguo tambor llegado a mariscal y a duque de Bellune. Le quita el mando, amenazando a dos generales con consejo de guerra. Después Napoleón se ablanda con el viejo soldado, el viejo compañero de Italia –que pronto se pasará a Luis XVIII como los otros–. En este momento se atreve menos que nunca a ser riguroso. Quienes primero se le escapan, quienes ha temido siempre son los que, dentro de dos meses, le habrán derribado: los jefes militares. Después de Montereau, donde se ha expuesto una vez más al peligro, donde él mismo ha apuntado los cañones haciendo murmurar a los artilleros por su imprudencia, está sombrío, agitado, a pesar de que la jornada ha sido feliz y vuelve a decir por la noche, en el castillo de Surville, lo que tantas veces ha dicho: "¡Ya no se me obedece! ¡No se me teme ya! ¡Sería preciso que estuviese en todas partes!".

Estos hechos de guerra, estos esfuerzos sobrehumanos para rechazar una invasión que desde hace veinte años estaba sólo diferida, se conjugaban con negociaciones cuyo carácter verá claramente. Seguía dudando que los aliados obrasen de buena fe, y sobre todo que Inglaterra quisiera una paz tal que pudiese aceptarla. Castlereagh había llegado, y dirigía ahora los asuntos. Las condiciones de Châtillon no eran ya las de Francfort. Eran las fronteras de 1790, los antiguos límites, y cuando Berthier y Maret urgían a Napoleón que las aceptase, éste evocaba el juramento de la consagración, los republicanos del Senado: "¿Qué podré contestarles yo, cuando vuelvan a pedirme sus barreras del Rin?" Se le había reprochado tanto no haber firmado la paz a tiempo, notaba en Francia una prisa tal, que varias veces estuvo a punto de ceder, si bien estaba seguro de que todo aquello era "un antifaz". Si aceptaba los antiguos límites, tenía por cierto que se presentarían otras exigencias. Tendría que dar garantías y la primera sería, sin duda, que renunciase al trono. ¿El mismo Francisco II quería sinceramente salvar a su yerno, a su hija, a su nieto? Caulaincourt, el negociador, no lo creyó así. Se dio cuenta de que Austria había subordinado siempre la consideración de familia "a otras miras que no se atrevía entonces a confesar porque no podía aún envanecerse de verlas realizarse". En Châtillón, como en Francfort, "su moderación dependió menos de su conciencia y de su política que del éxito, que no se atrevía a creer tan fácil". El discípulo de Talleyrand se dio cuenta, por otra parte, de que el día que Napoleón se hubiera inclinado ante el principio de los antiguos límites, no sería ni siquiera seguro que Francia quedase admitida a entrar en el arreglo general. ¿Dispondrían los aliados sin ella de sus antiguas conquistas, sobre todo de Bélgica y de la orilla izquierda del Rin? Si Napoleón sufriese además eso, se humillaría tanto que su gobierno sería imposible. Si no se resignase a ello, sería una pretensión que haría fracasar la paz. Las cosas seguían dependiendo de los acontecimientos de la guerra. Pero si por un inaudito favor de la fortuna, Napoleón hubiera infligido a los aliados el gran desastre que buscaban sus combinaciones, ¿habría obtenido más que después de tantas otras victorias? ¿Habría conseguido algo mejor que tantas paces magníficas que no habían sido más que treguas?

Todo lo que un gran capitán puede imaginar, lo tentó todavía: coger al enemigo de flanco, de revés –la más alta escuela, sabias maniobras–. La más bella, el movimiento sobre el Aisne que debía completar la destrucción de Blucher, falló el 3 de mayo por la capitulación de Soissons. El furor de Napoleón fue indescriptible. Pidió que se le trajera inmediatamente al comandante de la plaza que se había rendido, que se fusilara al miserable. "A partir, sobre todo, de aquel día fatal" se vio en el emperador "una profunda tristeza", rasgos contraídos, sonrisas forzadas, la muerte que busca en los últimos combates y que se le niega. No existía más que un recurso: levantar a Francia contra el invasor, no solamente la decisión de 1793, sino la más feroz de España y de Rusia. Pensó en eso: "Cuando un campesino está arruinado y ve quemada su casa, no le queda nada mejor que hacer que coger un fusil". Intenciones tales, apenas conocidas, adivinadas, acrecientan el deseo de paz en las regiones que no estaban invadidas. Y el duque de Angulema iba a entrar en Burdeos.

Napoleón tuvo durante algunos días la ilusión de que la victoria era suya. El enemigo "creía verle en todas partes". Del 16 al 19 de mayo, por el retorno ofensivo sobre el Aube, obliga a los aliados a una retirada precipitada, les desordena, asustados ante la idea de que sus comunicaciones van a ser cortadas, de que la Argona, la Lorena y la Borgoña, van a insurreccionarse contra ellos. Por veinticuatro horas, Francisco II, "papa Francisco", no fue apresado. Pero el 20 de marzo, Augereau vuelve la espalda, evacua Lyon ante la aproximación de un cuerpo austriaco y se retira a Valence. El ejército del sur, con el que contaba el emperador para una diversión de flaco, se hace inútil. El duque de Castiglione ha hecho defección antes que el duque de Ragusa.

Entretanto los aliados vacilaban aún y el desenlace se retrasaba. Era necesaria, para traerlo, la intervención de un hombre, de un pensamiento, de un odio clarividente, y el destino debía hacer que este odio fuera corso, que una venganza de la isla se mezclase a esta gran historia. Por fuertes que se sintieran, los aliados tenían una especie de temor respetuoso a Napoleón, a los franceses que les habían vencido tan frecuentemente. No avanzaban más que con prudencia y circunspección. El París de la Revolución les daba miedo. Hubo alguien en su cuartel general que predicaba sin descanso, con más audacia que ningún otro, que había que marchar derechamente sobre París y que entonces todo se acabaría, todo se derrumbaría. Este hombre se llamaba Pozzo di Borgo. Tenía una vieja cuenta que saldar con aquel pequeño Bonaparte, de quien veinte años antes ya decía lo que los aliados repetían en sus proclamas: "Napoleón Bonaparte es la causa de todo". En los disturbios de Ajaccio, Pozzo había estado al lado de Paoli. Había echado de Córcega a Napoleón y a su familia antes de haber sido él arrojado con los ingleses y haberse puesto precio a su cabeza. Pasado al servicio de Rusia, "el más perfecto aventurero", Pozzo estaba iluminado por el espíritu de venganza. La idea, que no dejaba de sugerir a Alejandro y a través de él a los otros soberanos, todavía vacilantes, era mortal para su enemigo. Hace falta que Córcega, tan lejana, tan olvidada, venga con sus clanes, sus querellas, sus odios, a buscar y a encontrar de nuevo a Napoleón que, entre el Aisne y el Marne, empieza a no ser más que un jefe de guerrilleros, a sostenerse en el campo de Champagne por la Revolución conquistadora y guerrera, cuyo testamento recibió, y que está ya muy cerca de retornar a ser el aventurero de los tiempos de Ajaccio.

La marcha audaz y decidida del enemigo sobre la capital sumió a Napoleón en una perplejidad mortal. ¿Qué hacer? "Se abisma en sus pensamientos". Piensa en responder con una audacia mayor. Dejando a los aliados París, que les resistirá tal vez, les cortará la retirada y ayudándose de los recursos que le ofrece el Este patriota, les hará una guerra mortífera, les acorralará hasta la capitulación que ha creído por dos veces conseguir. Esta hubiera sido la guerra a ultranza, la idea de Gambetta en 1870. Aunque tomasen París, ¿no pueden los aliados encontrar en él su tumba como él encontró la suya en Moscú? Es un "extremo" y hace "todos los esfuerzos posibles para familiarizarse con las decisiones que lleva consigo", porque eso sería comprometerse sin remisión, jugarse el todo por el todo, no ser ya más que un hombre fuera de la ley si se decretase su destronamiento mientras él guerreaba en el campo: y esto es ciertamente lo que le amenaza desde que los aliados concluyeron ese pacto de Chaumont, el mismo en cuyo nombre le pasarán por encima al año siguiente. Y además, para intentar esta partida suprema, sería preciso que viera adhesiones a su alrededor, y los generales tienen menos ganas aún que el emperador de arriesgarlo todo y convertirse en chouans imperiales. El 23 de marzo, tras la ruptura de la conferencia de Châtillon, cuando Caulaincourt llega a Saint-Dixier, el descontento del Estado Mayor estalla. Al lado de la sala en que Napoleón se encierra, se pregunta en voz alta, con explosión de furores, adónde va, qué será de ellos, si se habrá de caer con él, si es que no está loco. Hace como que no oye, pero reflexiona, titubea, está dispuesto, para obtener la paz, a renuncia incluso a la orilla izquierda del Rin, cuando el 28 de marzo cae por azar en sus manos un prisionero de calidad, Weissenberg, diplomático austriaco. Le envía a su suegro con una misión confidencial, sin más resultado ni respuesta que el año anterior con Merfeldt. ¿Qué negociación puede ahora salvarle? Está perplejo acerca de su suerte. Entretanto, Ney y Berthier le insisten sobre el peligro que corre en París, sobre la situación imposible en que va a ponerse él mismo y a ponerles a ellos. No se le sigue, no es ya el amo, y su incertidumbre le presenta otras imágenes. Siempre inclinado a cambiar de humor, no piensa más que en París, que no puede perder sin perderlo todo, en lo que allí pasa, en las conspiraciones que se forman en él, en todo lo que tantas veces ha obsesionado espíritu; en el derrumbamiento de un poder que sabe frágil, tan frágil, que con su realismo brutal acaba de llamarlo "una monarquía de ocho días".

Mientras corre hacia París esperando salvar todavía su capital, organizar una resistencia, acontece lo que casi cada año podía haber sucedido a partir de Marengo. Napoleón había dicho, ciertamente, que el día en que los cosacos aparecieran ante París, no había ya ni Imperio ni emperador. El 30 de marzo está en Juvisy, por unas horas demasiado tarde. París ha capitulado. Hace dos días que María Luisa y el rey de Roma han partido. El niño, de quien su padre dirá que la suerte más triste es la de Astyanax, hubo de arrancarlo de las Tullerías, llorando, gritando: "No quiero irme, no quiero marcharme de mi casa". Diez berlinas verdes, que sesenta u ochenta curiosos han visto pasar en silencio: eso son los funerales del Imperio. Y José, el "teniente general", ha desaparecido, ha abandonado París con menos gloria todavía que Madrid.

El enemigo en Montmartre y en el faubourg Saint-Antoine, era en lo que Bonaparte pensaba desde los tiempos de Austerlitz y desde el fondo de la Moravia. La conclusión, con tanta frecuencia prevista, allí está. Al borde de la carretera, en una casa de postas, se entera de que todo ha desaparecido, más que por una catástrofe, por hundimiento. Como la muerte, los acontecimientos inevitables y necesarios no ofrecen jamás el semblante que se les ha atribuido. Este dejó a Napoleón en un gran desorden espiritual. Olvidando que él mismo había dejado instrucciones formales para la salida de la emperatriz, del rey de Roma y del gobierno, si París se veía amenazado, estalló en reproches, en cólera, en injurias de soldado para los que capitularon, para José sobre todo, "ese cochino de José". Y después, no pudiendo creer que todo haya acabado, inclinado sobre sus mapas, busca, por costumbre, lo que hay que hacer. "Cuatro días, y serán míos". La carretera de Fontainebleau estaba libre. La ocupa fraguando aún proyectos de operaciones, de maniobras, echando cuentas de las fuerzas que le quedan, redactando instrucciones para Berthir. El 2 de abril, en el momento en que el Senado vota su destitución, medita un golpe de mano sobre París con las divisiones de Marmont que se han replegado sobre Essones. El 3, arenga a su guardia, se hace aclamar. El soldado grita: "¡A París!" Por la noche recibía la visita de sus mariscales.

"¿Qué nos ha ocurrido que no ocurra a todos los hombres lanzados a una distancia infinita del curso ordinario de la vida?" Bonaparte podía repetir la frase del convencional Linder después de termidor. En vano ha "echado anclas" Bonaparte; en vano ha fundado instituciones, la Legión de honor, una aristocracia; en vano ha recurrido a la consagración, a las alianzas, al matrimonio. En unos cuantos días, todo esto no es ya nada. Ha salido, quince años antes, de la Revolución militar, y los militares de la Revolución vienen a buscarle. Unos han dicho: "Pronunciamiento", y otros: "Insurrección de las grandes charreteras". Para Sorel, es la repetición de fructidor y de brumario, la serie de las llamadas al soldado a las que los republicanos se habían resignado; una de esas "jornadas" en las que, durante diez años, primero las secciones, en seguida el ejército, habían decidido de la política.

Los visitantes que Bonaparte vio entrar en Fontainebleau, con Ney a su cabeza, ¡cuánto tiempo antes hubieran podido presentarse! Eran aquellos de quienes decía que habían estado siempre dispuestos a abrirle el vientre. Les ha convocado a fin de encontrar en ellos un apoyo. Le traen una conminación. El asunto de Bonaparte está fallado, concluso. Sacando las consecuencias, se hacen ellos los liquidadores. Ahora Napoleón no es ya más que un hombre que estorba. Se le adoptó para no tener a los Borbones, y él mismo ha dicho que sólo los Borbones podían sucederle, no sin que esta idea le halagase. Ha tenido su parte de grandeza y de poder. Que deje, pues, vivir a los demás, y, si es inevitable, acomodarse a Luis XVIII.

¿Qué ha hecho Napoleón, "aplastando" a estos hombres con honores y riquezas? Conservadores. Se lamentaba a Las Cases de que sus larguezas no hubieran servido para nada. "Es preciso que haya habido fatalidad por mi parte o vicio esencial en las personas elegidas". Hubiera querido "fundar grandes familias, verdaderos puntos de fusión, en una palabra, banderas para las grandes crisis nacionales". Están ante él, sus príncipes de Neuchâtel y de la Moscowa, sus duques de Dantzig, de Reggio, de Tarento, de Conegliano: y es para notificarle su licenciamiento. Hoy, lo que inspira más horror a estos soldados de la Revolución es la idea del desorden, de la guerra civil, de la anarquía. Si Augereau estuviera allí, el hombre de fructidor, hecho duque de Castiglione, no sería, de todos ellos, quien con menos aspereza exigiese la abdicación. En su orden del día al ejército de que acaba de privar al emperador, el jacobino, el "viejo mostacho" del ejército de Italia, de los primeros en adoptar la escarapela blanca, llegará hasta reprochar a "Bonaparte" no haber sabido morir como soldado.

En Fontainebleau, el 4 de abril, se desarrolla en realidad un 18 brumario al revés. Como en la cita de la calle de Chantereine, los mariscales han venido con sus Estados Mayores, toda una escolta de generales divisionarios y de oficiales que les acompañan, "para defenderlos si es preciso", y también para amenazar. Es la imagen del gobierno de los militares, el que Napoleón más temía, el que más despreciaba también, y del que decía en 1802 que "jamás arraigaría en Francia, a menos que la nación se embruteciese por cincuenta años de ignorancia". Con los generales se le ha visto, en todo tiempo, dice Chaptal, "observar la mayor reserva", mantenerlos a distancia, dirigiéndoles "apenas la palabra y sólo sobre cosas indiferentes". Y helos aquí, en su casa, hablando alto. Se le imponen con sus personas y con su voluntad. Ney, Lefebvre, Moncey, irrumpen en su despacho, y es Ney quien pide la abdicación, el que viene a "secuestrarlo", como ha prometido a los otros, a la masa de jfes que esperan en el patio. Nada de ruido, nada de drama; una resolución fría. Napoleón les habla. Es como si hablara "a estatuas". Macdonald, que escribió el acta de la conferencia, entra a su vez con Oudinot. Trae una carta de Beurnonville, antiguo revolucionario, combatiente de Valmy y de Jemmapes, miembro del Gobierno provisional de París, que ya en espíritu, está con los Borbones y que hace saber que los aliados se niegan a tratar con el emperador. Y, después de Ney, Macdonald declara, en nombre del ejército, que todo el mundo está cansado, que se está "muy resuelto a acabar", que no puede ser cuestión de marchar sobre París, y menos aún de tirar de espada contra franceses. "Hubiera creído que estallase", añadía Macdonald. Al contrario, Napoleón responde con calma y dulzura. Encuentra incluso amables palabras para el orador de los delegados, que interrumpe con un brutal: "Basta de cumplidos; se trata de tomar un partido". La carta de Beurmonville era el argumento, "bueno, señores, puesto que es así, abdicaré". No abdicaba todavía más que en favor del rey de Roma, entre las manos de sus mariscales, convertidos en comisionarios del ejército cerca del gobierno provisional.

Por la subitaneidad con que todo ello se hizo, Napoleón quedó como incrédulo. Veía, con su movible espíritu, una posibilidad suprema que intentar. Echándose sobre un canapé, golpeándose el muslo con la mano, dice de pronto con aire desentendido: "¡Bah!, señores, dejemos esto y marchemos mañana; les venceremos". Los mariscales, helados, repitieron que su decisión era irrevocable, y él no insistió más. Pero convinieron, por precaución, que se entregaría el mando a Berthier, que dio su palabra de no ejecutar ninguna orden de Napoleón. "El ejército no obedece más que a sus generales".

Ney acaba de decirlo ante el emperador destituido, en adelante impotente. Es ciertamente el poder militar quien le depone.

Toda la culpa, y hasta la vergüenza, se le ha echado a Marmont, que, en el mismo momento rendía las armas y firmaba una capitulación con Schwarzemberg. Por su defección. El duque de Ragusa privaba al emperador de la principal fuerza que le quedaba y le retiraba el último medio de resistencia. No hacía, sin embargo, más que aplicar en Essonnes la consigna de Fontainebleau.

Ante la insurrección de los altos mandos, ¿cómo no encontrar a Napoleón de nuevo, como ha estado siempre con los que le han servido mal o le han traicionado: tímido y atreviéndose menos que nunca a castigar? ¿Cómo en esta repentina caída, y cayendo de tan alto, no había de pasar aún por estados de ánimo tan rápidos que su espíritu parece incierto y fluctuante hasta la incoherencia? En el espacio de una hora, el 4 de abril, ha abdicado y ha propuesto marchar sobre París. El 5, después de haber hablado de nuevo de una retirada sobre el Loira, renuncia al Imperio con hastío. Es el filósofo que para morir se envuelve la cabeza en su capa. ¿Por qué había de asombrarse? ¿Qué ocurre que la experiencia no le haya enseñado? Su proclama al ejército es el adiós de un misántropo. "Si el emperador hubiera despreciado a los hombres, como se le ha reprochado, el mundo reconocería hoy que tuvo razones en que fundar su desprecio". No dice nada ya; se ha vuelto estoico. Amante de la tragedia, recita versos de Mitrídates que aplica a su situación. Y, con Caulaincourt, defensor de sus intereses cerca del zar, examina la residencia que le estará reservada. El trono "no es más que un pedazo de madera" al que no tiene apego. Cien luises al año le bastan. "A un soldado no le hace falta mucho sitio para morir". Un instante después, no se contentará con menos que la Toscana para vivir en ella dignamente con la emperatriz. Y luego, al día siguiente, en la tercera conferencia con los mariscales, todo cambia otra vez. Les propone ir a Italia y reanudar allí la guerra. "¿Se me quiere seguir todavía por una vez? Marchemos hacia los Alpes". Nadie contesta, y en este silencio se le ofrece otra imagen. Se ve jefe de guerrilleros, corriendo aventuras, y ésta es una encarnación que le repugna, porque no responde a ella su concepto de grandeza, que nunca le ha abandonado, que ha guiado su destino y que le salvará aún.

El 7 de abril todo ha concluido. No quedan ni emperador, ni dinastía, ni sucesión. Ni rey de Roma, ni regente. Los mariscales han exigido la abdicación pura y simple. Es ciertamente lo que había dicho Napoleón; sólo los Borbones podían sucederle, porque, para impedir su retorno, la República había hecho de él un cónsul y luego un emperador. Y todo esto terminaba según los cánones. Hacía falta incluso que el "gran acto" del 21 de enero, el regicidio, estuviera presente. La ley suprema de la Revolución, la que había enviado al duque de Enghien al foso de Vincennes, la observaban otra vez los reyes coaligados y victoriosos. No habían hecho la guerra para traer a Luis XVIII. Acabaron de decidirse por él, cuando se les hizo saber que en el Senado, los propios "votantes" de 1793 se habían adherido a los Borbones.

Hubiera sido demasiado pedir a Napoleón que gustara serenamente y hasta el final esta ironía de la historia. Entre la abdicación y la llegada a la isla de Elba, dominio y residencia que le eran asignadas con una dotación, y que aceptaba, tuvo sus horas de debilidad humana. A veces, ante las traiciones, en la soledad que se hacía en torno a él, sabía todavía mostrar su desdén. El 12 de abril, el día de la entrada del conde de Artois, Berthier pide permiso para ir a París. "No volverá", dice fríamente el emperador. Pensaba de aquél lo que pensaba de los demás. Tras el jefe del estado mayor, dos veces príncipes, el mameluco Rostan se iba. Y Constant, el ayuda de cámara, también. Los últimos abandonos eran los peores. En la noche del 12 al 13, Napoleón tuvo el lamento del calvario y su agonía. "La vida me es insoportable", decía a Caulaincourt. Quiso morir. Le quedaba veneno, que llevaba siempre consigo desde la retirada de Moscú. El saquito estaba aventado. La muerte se le negaba; su estrella le conservaba todavía un epílogo menos vulgar. Tuvo la sensación de que debía vivir, de que no era ésa la evasión que había que buscar.

Le quedan algunas escenas que añadir al séquito de su historia. La de los adioses de Fontainebleau, como preparada para el grabador, se verá por mucho tiempo en las paredes de las casas francesas. Es el Napoleón sentimental que surge; una estampa de seguro efecto. El hombre que tan bien sabía hablar a las imaginaciones, ha de superarse en este género. Pero esos veteranos que lloran, ese general y esa bandera que el héroe infortunado abraza, todo es perfecto para la emoción, compuesto por un artista, por un hombre de letras, que sabe que una de las tareas que le quedan por hacer es la de embellecer su tragedia y de infundir al recuerdo la magia de su nombre. "Si he consentido en sobrevivirme, ha sido para servir aún a vuestra gloria. Quiero escribir las grandes cosas que hemos hecho juntos". Escribir, es la palabra capital de estos adioses a la Grande Armée. Napoleón se siente entrar en la leyenda.

Y, sin embargo, tendrá en desfallecimiento espantoso. Derribado de este trono prodigioso, martirizado en su caída, el otro imperio, el que ejercerá sobre el espíritu de los humanos, no le exalta lo bastante para que la destitución no le resulte cruel. De Fontainebleau a Fréjus, el viaje del prisionero, conducido y vigilado por los comisarios extranjeros, será el primer martirio. Cerca de Valence, se encontró con Augereau, que le tuteó groseramente, y le reprochó su ambición que le condujo a aquel estado. El emperador soportó sin responder el ultraje del que le hizo defección en Lyon y recibió su abrazo. Había dicho: "No es al pueblo a quien le falta energía; son los hombres que he puesto a su cabeza que me traicionan". Perdió compostura y valor ante las injurias y amenazas del pueblo. No había visto aún de cerca la impopularidad. En Provenza, encontró odio, gritos de muerte, cuchillos levantados. En Orgon, la multitud le rodea y rompe los cristales de su coche. Ante la posada donde se detiene, se ve ahorcado en efigie: un maniquí a su imagen, embadurnado de sangre. Se escondió detrás del general Bertrand, rechazando el vino y la comida por miedo al veneno, y cuando se quedaba solo, se le encontraba llorando. No creyéndose seguro más que bajo un disfraz, se puso una escarapela blanca, montó un caballo de posta y galopó delante del cortejo como un correo. Después, cansado, siempre inquieto, rogó a los comisarios que cambiaran de traje con él, se puso el uniforme del austriaco, el capote del ruso. Este se prestó a ocupar el asiento de Napoleón, que para estar seguro de que no se le reconocería, subió a otro coche, se sentó a la izquierda y pidió que no se le dispensaran consideraciones. Un viaje humillante, peor que el de Varennes, en el que Bonaparte, como en la Orangerie el 18 brumario, no pudo evitar el contacto de la masa, los empellones, las cosas que siempre le horrorizaron, con sus nervios de intelectual. Olvida que era ayer emperador, pierde el respeto humano ante estos extranjeros que se han convertido en sus protectores. Uno de ellos, en un cruel relato, dice que les fatigaba con sus alarmas, y, lo que más ha extrañado a este prusiano, "con sus irresoluciones". En camino vio Napoleón a su hermana, la bella Paulina, que le avergonzó, negándose a abrazarle si no se quitaba el uniforme de Austria. Es una ruina, un desdichado.

El 4 de mayo desembarca de la fragata inglesa que le ha conducido a la isla de Elba. Toma posesión de su nuevo reino con una mueca primero, porque su nueva capital de Porto-Ferrajo se parece a uno de esos pequeños puertos de Córcega que conoce tan bien. El alcalde y el vicario general le presentan las llaves de la ciudad, le pasean bajo un palio de papel dorado, hasta la iglesia, para un tedéum solemne. Es una parodia de soberanía, con el discurso del trono pronunciado en el Ayuntamiento, y luego le presentan a los notables, habla a cada uno y se realiza el milagro de costumbre. Sabe todo lo del país mejor que sus habitantes. Conoce la historia, las costumbres, los productos, las particularidades administrativas y aun los últimos incidentes municipales. En Fontainebleau, desde que supo el lugar de su destierro, pidió a París la carpeta de la isla de Elba y los libros que existen sobre el asunto. Entre la abdicación, el envenenamiento y los adioses a la guardia; en medio de lo patético, se informa todavía. Ha leído, aprendido, retenido, por esa necesidad de saber y de interesarse por las cosas que sobrevive en él a la catástrofe. Bonaparte sigue siendo el que era, un monstruo de actividad. No será posible que acabe, a los cuarenta y cinco años, en el reposo burgués de una isla que es gemela de la isla de Sancho.

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- Una historia de Napoleón


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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 489 - 511.