viernes, 23 de septiembre de 2016

Una historia de Napoleón (XIX): yerno de Césares



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Salvo después de Tilsit, quizá todos los regresos de Bonaparte a París, estuvieron llenos de inquietud. Más aún que los otros lo está el regreso de Wagram. Nada puede satisfacer al Emperador, y lo que ha visto, lo que le cuentan, lo que le dicen la razón y el instinto, todo le confirma en su idea de que si no se consolida, y esta vez fuertemente, la primera borrasca se llevará a él, a su corona y a su Imperio. Nunca se ha hecho ilusiones acerca de los hombres ni de su fidelidad. "Se me ha prestado adhesión sólo buscando seguridad; si mañana todo volviese a revisarse, se me abandonaría". Este es el momento de su célebre frase, la frase un hombre que posee el sentido brutal de la realidad. Preguntó a Ségur lo que se pensaría si muriese, y aquél se perdía en frases cortesano: "Nada de eso –respondió el Emperador–; se diría ¡Uf!". Sabe que ya se le soporta más que se le ama; que aquellos para quienes ha supuesto la fortuna, la separarían pronto de la suya si sobreviniera la adversidad, y que pocos encontraría que compartiesen con él, hasta el fin, los riesgos que corre. Los que le observan perciben en él, contra todo el mundo, "no se sabe qué oculta amargura", y en tanto que su madre mueve su cabeza dudando que esto dure, él busca los medios de perdurar, porque ha sentido temblar el suelo bajo sus pies y ha entrevisto el principio del fin.

Maria Luisa y Napoleon Bonaparte

Ante Cambacèrés, el primero a quien llama a partir de su regreso a Fontainebleau, habla con más libertad que ante ningún otro. Le manifiesta sus intenciones, una parte de sus inquietudes. La agresión de Austria, complicada con la insurrección de España, ha sido un golpe peligroso. En Essling se ha escapado al desastre por muy poco. La alianza rusa se ha roto. El mundo alemán fermenta, y Staaps ha producido efectos que ni siquiera sospecha el joven fanático. Ya no son sólo la bala perdida, el disparo hecho al azar los que amenazan la vida del Emperador. Esto se sabe, y hay hombres que lo quieren todo previsto. En París se hacen planes. Después de Murat, es en Eugenio en quien se piensa como posible sucesor. Eugenio, siquiera, sería menos malo. ¿Qué títulos tiene? ¿Quién le aceptaría? Napoleón, echando "una triste y profunda mirada sobre las miserias de su familia" no encontraba capaz de reemplazarle a ninguno de sus hermanos. Sabía que, muerto él, discutirían al heredero que hubiera designado. ¿Esperan siquiera a que Napoleón haya muerto? En Madrid, los que rodean a José hablan de la sucesión imperial como si estuviera abierta. No se consigue gobernar a España, y se tiene un programa para gobernar a Francia. José sueña como la lechera de la fábula. Se contempla Emperador. Bien visto por el Senado, hará liberal al Imperio. Sabrá ser listo, prudente, devolver las conquistas superfluas, contentar a Inglaterra y concluir la paz. Es ya un lugar común, que la Historia repetirá incansablemente, que con un poco de moderación todo se arreglaría, como si de Napoleón dependiera ser moderado.

Siente "agitado el Imperio". Justificando el divorcio, que se ha hecho "cosa indispensable", hace tiempo meditada, en adelante decretada en su espíritu, dirá a Hortensia: "La opinión se extravía". Para separarse de Josefina, el Emperador tiene dos razones, una y otra poderosas, que tienden ambas a su propia conservación.

"Sólo un hijo mío puede ponerlo todo de acuerdo". Tiene la ilusión de que, al asegurar su descendencia, asegurará su trono. Siente ahora la necesidad de un heredero de su sangre y de su carne, y Josefina lo ha comprendido desde hace tiempo, puesto que para no ser repudiada como mujer estéril se dice que le ha deslizado al oído la idea absurda de un hijo supuesto.

Cinco años antes, el derecho hereditario añadido a sus poderes, le había sido importuno. Ahora, ¿no se exageran tal vez las virtudes del principio hereditario? Igualmente se ha resistido largo tiempo al divorcio que deseaban, al que le empujaban todos los que sentían preocupación por la continuidad. Sin hablar de sus allegados, que no tienen otro móvil, en su estrecho espíritu, que su odio celoso de los Beauharnais, son las mentes políticas las que han querido una dinastía, para "quitar a los Borbones toda esperanza de retorno". Los pensamientos de 1804 renacen ante la sacudida, todavía ligera, del sistema napoleónico. ¿Qué es una dinastía sin heredero directo? Una poderosa razón de Estado había presidido la fundación del Imperio y la institución de la herencia imperial. Pero esa razón no había quedado satisfecha. ¿La adopción? Se la había olvidado y nadie había vuelto a hablar de ella desde que el primogénito de Luis y de Hortensia murió. Los hombres serios consideraban una calamidad que la corona pudiera recaer en alguno de los hermanos del emperador, "de una incapacidad irritante". Y Fouché se hacía intérprete de todo cuando, en octubre de 1807, soñando después de Tilsit con el matrimonio ruso, escribió a Napoleón que "los ingleses se veían animados, así en sus empresas contra el Emperador, como en sus negativas a hacer la paz, por la sola idea de que no teniendo hijo y, por tanto, sucesión, el Emperador arrastraría con su muerte, siempre posible, a todo el gobierno". Tanto como se teme su muerte, se desea la de Josefina, por los fríos calculadores: "Eso acabaría con muchas dificultades. Tarde o temprano será preciso que tome una mujer que le dé hijos". Se desea el divorcio en interés de todo lo que se ha dicho: "No hay ya en Francia un solo individuo que no esté convencido de que la duración y la prosperidad de la dinastía están ligadas a la fecundidad del matrimonio del Emperador". Desde hace cuatro años, Fouché renueva una y otra vez estos conceptos. Ha intentado incluso persuadir a Josefina. ¡Qué página tan hermosa en su vida, la de un tal sacrificio por el interés público! Cuando comprende que el Emperador ha decidido la separación, Fouché se alegra. Por fin, vamos a "tener una colonia de pequeños Napoleones". Y añadía con crueldad que no condenarían el divorcio, fuera de los devotos y de los conspiradores, "más que las mujeres de cuarenta a cincuenta años".

¿Tanto costaba a Napoleón repudiar a Josefina? Lo que le retenía era la costumbre, y, por lo menos así se ha dicho, una especie de superstición. Feliz mientras estuvo con ella, perdería en ella un amuleto. Pero tal vez sentía la necesidad de un talismán más seguro. Dejando aparte el sentimiento y el recuerdo, la política exigía el divorcio, como al regreso de Egipto le había aconsejado el perdón. Quizás haya aquí que romper con las cosas admitidas. Napoleón no tuvo el presentimiento de que la fortuna se le tornaría infiel si repudiaba a Josefina. La repudiaba porque sentía que la fortuna le iba a abandonar. Necesita una alianza bastante fuerte, bastante estrecha, para ponerle, en caso de reveses y peligro, al abrigo de "una ruina total". Sólo una alianza a toda prueba con uno de los grandes Estados del continente, le permitirá cerrar esta serie de guerras de que quiere "salir a toda costa", porque sabe que, al fin, no podrá menos de sucumbir. Y lo que se exagera ahora a sí mismo, en su necesidad de garantizarse, son las virtudes, la perdurabilidad de los pactos de familia. El despecho engañaba a Josefina, o quizá su cabeza de pájaro isleño no se hacía cargo de la situación cuando decía a Thibaudeau, que le preguntaba si el Emperador no pensaría en alguna alemana, hija de uno de los príncipes confederados: "No tiene usted idea de cómo desprecia todo eso; no hay nada bastante elevado para él". En efecto, para que la unión que desea sea útil, hace falta que sea alta, y no lo será nunca demasiado. A Daru, que le aconseja elegir una francesa, lo que sería agradable a la nación, Bonaparte le responde que los matrimonios de los soberanos no son cuestión de sentimientos, sino de política. "El mío no debe siquiera decidirse por motivos de política interior. Se trata de asegurar mi influencia exterior y de incrementarla por una estrecha alianza con un poderoso vecino... Hace falta que adhiera a mi corona, en el exterior y el interior, a aquellos que todavía no se me han adherido. Mi casamiento me ofrece los medios para ello". Nada de orgullo ni de misterio. Si Napoleón se determina a "romper un lazo al que se hallaba ligado hacía tantos años", será "menos por él que por interesar a un Estado potente en el orden de cosas establecido en Francia". El matrimonio debe ser un seguro, el hijo un "escudo", la mujer un pararrayos. Tales eran sus motivos y tales los pensamientos con que, el 27 de octubre de 1809, volvía a Fontainebleau.

Sobre el episodio del divorcio, sobre la memoria de la abandonada, flota cierta melancolía. El romance de Napoleón y Josefinas se hace queja. Cuando Napoleón piensa en evitar la caída de lo que va a hundirse, cuando se encuentra al borde de la ruina, la leyenda se convierte ya en elegía. A la verdad, él lo que busca es una garantía y un medio de salud. Ella juega en cuanto a sí misma su última carta, y en esta última página de su folletín aparece otra vez la taimada. El día que Napoleón, a su regreso de Austria, tomó la decisión de declararle la ruptura, Josefina cayó desvanecida. Como el síncope se prolongara, el Emperador, para evitar el escándalo, llamó al chambelán de servicio y entre los dos llevaron a la Emperatriz a su departamento. Habiendo dado un paso en falso bajando por la estrecha escalera, al asir con más fuerza su carga para que no se le escapara, M. de Bousser tuvo la sorpresa de oír a Josefina decirle en voz muy baja: "Tened cuidado, señor: me apretáis demasiado". ¡Como conocía su papel de mujer! ¡Qué bien representado aquel desmayo! ¡Tan bien como la escena de los llantos, detrás de la puerta cerrada, en la calle de Chantereine, y como la confesión a Pío VII, la víspera de la coronación! El 15 de diciembre, en la asamblea de familia, ante la cual ambos esposos anuncian su separación por mutuo acuerdo, se detiene con arte perfecto en mitad de su lectura, ahogada en sollozos. No es que las lágrimas no fuesen naturales. Después de tantas luchas por conservar a su marido, tenía derecho a haber agotado sus nervios. No han de negarse la sensibilidad, el pesar y aun la humillación por lo que, en realidad, constituía un despido; ni en él los recuerdos de su juventud y de su antiguo amor. Tampoco que Josefina desespere de quebrantar la resolución de su "pequeño Bonaparte". Por lo menos, podría ablandarle. Había que asegurar el porvenir de sus hijos, su situación de soberana repudiada. Al poner de su parte todas las simpatías, tanto ante el público como ante la Historia, rayó a gran altura. Y fue Napoleón, torpe, emocionado, violento, quien peor se mantuvo; de tal modo es, en la política de la vida, superior la mujer al hombre, por extraordinario que éste sea. Desde la Malmaison, que le quedaba como dominio, con honores reales, Josefina continuaría siendo diestra, sirviendo. Sus gustos de antiguo régimen la inducían hacia Austria. Y la esposa separada, haciéndose útil todavía, ayudará al casamiento austriaco.

No es éste el que hubiera preferido Napoleón, pero en él piensa en segundo término. La idea que desde hace dos años medita es terminar la obra de Tilsit, estrechar la alianza rusa casándose con una hermana del Zar. Sin embargo, un fracaso repercutiría sobre la propia alianza, y nada hay más escabroso que una petición. En Erfurt, en un desahogo que borraba muchas esperanzas, los dos emperadores habían hecho alusión a ello, evitando uno y otro comprometerse. Napoleón temía una negativa. Alejandro temía a un tiempo lastimarle y comprometerse. Se quedó en vaguedades. Por otra parte, Napoleón estaba todavía casado y era antes preciso que se realizara el divorcio. Alejandro se escudaba tras su madre, a la que pertenecía el gobierno de la familia. En aquel momento, la gran duquesa Catalina se hacía mujer. Hubo prisa en buscarla un partido y en casarla con un Oldenburg, como para escapar a una petición en regla del Emperador de los franceses. No era esto buena señal de las disposiciones de la Corte de Rusia. No quedaba más que la gran duquesa Ana, aún niña. Todo quedaba aplazado para más adelante.

Ahora, Napoleón no puede esperar más. Al separarse de Josefina, indica ya bastante su intención. No se habla en Europa de otra cosa que del matrimonio del emperador, y si Alejandro lo quiere, puede llegar a ser cuñado del que todavía llama su aliado. La pequeña Ana está a punto de cumplir quince años, y aunque la diferencia de edades sea grande, para un matrimonio político no tiene nada de monstruoso. Con tal que la futura Emperatriz sea capaz de tener hijos, poco importa que sea guapa o fea, y una información discretamente llevada por Caulaincourt da a conocer que la gran duquesa Ana estaba bien hecha y formada. No hay duda de que este matrimonio es el que Napoleón desea. La alianza rusa, la unión "invariable" con el Zar, sigue siendo, a pesar de todos los ataques dirigidos contra su confianza, elemento fijo de su política. Hay que confirmar esa alianza ante Francia; y ante Europa, a quien las infidelidades de Rusia durante la campaña de Austria no han pasado inadvertidas. El sueño de Napoleón es que Alejandro venga a París, trayendo a su hermana, para el "casamiento de Carlomagno e Irene". Entonces, mejor que en Tilsit, mejor que en Erfurt, sería "atestiguada la alianza de cien millones de hombres". Y nada resulta oneroso para un tan gran resultado. A Caulaincourt se le encarga que diga que "no se da importancia alguna a las condiciones, incluso la de la religión". La futura Emperatriz podrá mantener la suya. Una sola cosa importa: "Partid del principio de que son hijos lo que se quiere". ¿La gran duquesa es capaz de tenerlos? Si se cree que sí, nada, para Napoleón, supondrá objeción ni dificultad. La Corte de Rusia y el embajador Kovrakine son colmados de atenciones. En Petersburgo se desea un empréstito, lo cual, en las costumbres del país, supone mucho. El empréstito se concede de antemano. En fin: existe el obstáculo polaco. El mensaje del 13 de diciembre al Cuerpo legislativo declara que "el emperador no ha tenido jamás la intención de un restablecimiento de Polonia", y Caulaincourt se amolda al espíritu de sus instrucciones cuando, el 4 de enero siguiente, firma el nuevo tratado con Rusia, uno de cuyos artículos establece que "el reino de Polonia no será jamás restablecido". Así es como Alejandro concibe y practica la amistad. Saca todo el provecho que puede de ella, da lo menos posible, y en todo caso no da a su hermana.

Caulaincourt, nuevamente duque de Vicence, debía llevar sobre la marcha la negociación del matrimonio, con la suficiente habilidad para evitar al Emperador de los franceses la vergüenza de verse cortésmente desairado. La escasa diligencia de Alejandro, su eterna excusa de que todo dependía de su madre, las lentitudes, las preguntas de la vieja Emperatriz, viuda de Pablo I, notoriamente hostil al corso, al usurpador, hacían que las cosas languidecieran y que se dudase de que la Corte de Rusia pusiera en todo ello buena fe. Se iba "urdiendo una negativa". Napoleón, sin abandonar su idea, instando a Caulaincourt a que volviese a la carga, empezaba a sentir la necesidad de un matrimonio de repuesto. Para algo había repudiado a Josefina. Cuando todo el mundo hablaba de la hermana de Alejandro para él, no podía volverse hacia la hija del Rey de Sajonia, ni dejar de casarse mejor que Jerónimo y Eugenio con sus princesas alemanas, o colocarse al nivel de Berthier, convertido en sobrino del Rey de Baviera, uno de aquellos reyes que el mismo Emperador había hecho. Sin contar con que siendo el Rey de Sajonia Gran Duque de Varsovia, el Zar, siempre desconfiado cuando se trataba de Polonia, recelaría de aquella unión. En suma: el Emperador de Rusia no cedía a su hermana. El Emperador de Austria casi cedía a su hija. Cualesquiera que fuesen las razones que Bonaparte tuviera para preferir una alianza de familia con Alejandro, para compensar ésta, aquella otra era oportuna.

Era precisa la necesidad que tenía de contratar una unión "elevada"; se precisaba que fuera grande su ilusión por los servicios que de ella esperaba, para que no le pusiera en guardia la prisa con que se le proponía la Archiduquesa María Luisa, Ifigenia sacrificada a la política. Era como si en Viena se temiera llegar tarde en la carrera hacia el matrimonio. Se sucedían una tras otra las insinuaciones, se enviaban mediadores. La noche en que Josefina presidió por última vez el círculo de la Corte, asistiendo "con una gracia sin par a los funerales de su propia grandeza", un secretario de la embajada de Austria confió a Sémonville, hombre muy conocido y hablador, que Napoleón no tenía más que hacer su petición y era seguro que se le atendería. Se llegó hasta a hacer valer, con la lozanía y la buena salud de María Luisa, la fecundidad de las mujeres de la casa de Habsburgo. Si Napoleón no entraba en la familia de Alejandro podía entrar en la de María Antonieta y de Luis XVI, cuyos nombres llevaba María Luisa, su sobrina y ahijada.

Cambacèrés, hostil al matrimonio austriaco, como la mayoría de los hombres de la revolución, decía, cuando aún no se había decidido nada: "Estoy moralmente cierto de que dentro de dos años estaremos en guerra con aquella de las dos casas de la cual no haya tomado esposa el Emperador". Para que la predicción fuera completa, Cambacèrés debió añadir que antes de cuatro años el Emperador estaría también en guerra con la otra.

Alejandro no da a su hermana, porque no quiere ni reforzar la alianza, ni confirmarla. El menos taimado, en suma, es él. Quiere el emperador Francisco, mediante la diplomacia matrimonial tradicional en Viena, prevenirse contra nuevos golpes y faltar a los tratados, preparar una revancha sin levantar sospechas. Metternich confesará que María Luisa fue entregada al ogro para conseguir "un compás de espera que nos permitiera rehacernos". Por su parte Napoleón, poniendo en la balanza las ventajas de las dos uniones, piensa que un suegro vale más que un cuñado; que el emperador austriaco tendrá más interés en mantener a su hija en el trono de Francia, que el emperador ruso en mantener en él a su hermana. Francisco y Metternich le dejan pensar. Es él, el político de realidades, el que se funda ahora en los principios, en los sentimientos de familia, como si no le ilustrara bastante la suya, y en las razones del corazón, como si él no supiera rechazarlas. ¿No ve cuán poco pesa en el ánimo de su Majestad Apostólica la condenación del Papa, ya que no se duda en aceptar por yerno a un excomulgado cuyo divorcio no es tal vez completamente regular? Porque, para romper el matrimonio religioso de Napoleón y Josefina, es imposible dirigirse a Roma, o mejor dicho, el desterrado de Savona. Es la curia de París la que, por orden, decreta la anulación. Y el comité eclesiástico no puede, bien pesado todo, hallar otros motivos que la falta de "sacerdote con facultad", porque fue Fesch quien los unió en secreto, y la "falta de consentimiento" del Emperador, "causa de nulidad que no fue jamás útilmente invocada más que por un menor sorprendido y forzado", y que recuerda la superchería de Josefina, la bendición secreta e in extremis, exigida por Pío VII, impuesta al marido burlado y furioso, la víspera de la coronación (1).

Por el matrimonio austriaco, Napoleón será víctima de una astucia áulica. Otro acto de la "augusta comedia" de los reyes en lucha, no sólo contra la Francia regicida, sino contra la Francia de los límites naturales. Se adormecerá al león enamorado, al héroe halagado. Pero, en su pensamiento, esto es un ancla más que fondea, un mapa más que añade a su mapa guerrero. Se ha batido bastante a menudo con Austria para saber que aún es temible y que no es nada despreciable. En el gran consejo de familia y de gobierno, donde el Emperador escucha a los dignatarios, Lacuée dijo: "Austria no es ya una gran potencia"; y se le contestó con viveza: "Bien se ve, señor, que no estuvisteis, en Wagram". Napoleón no olvidaba ni las semanas de ansiedad que había pasado tras el fracaso de Essling, ni sus temores de la noche de Eylau ("si yo fuera el Archiduque Carlos"), ni sus aprensiones de antes de Austerlitz, cuando tuvo que aventurarse tan lejos en Moravia para batir en ella a los dos Emperadores. Veía, además, la influencia, el prestigio que le granjearía en los pueblos de Alemania un estrecho parentesco con los Césares germánicos. Hallar la adhesión de Austria por medio de un lazo íntimo mientras que la alianza subsistía al menos en la forma, era la continuación, tal vez la consecución de su política continental. Desde el asunto español, la propaganda enemiga le representa como un César demagogo, un jacobino que no aspira más que a derribar todos los tronos después de los de Nápoles y España. Es una reputación que daña en extremo su sistema de federación general del continente, único que le podrá permitir la victoria sobre Inglaterra. Al entrar en una de las más grandes casas soberanas de Europa, en la de aquellos Habsburgos de más alcurnia histórica que los Romanof, católicos de pro, nadie pretenderá ya que es el hombre de las revoluciones. Al mezclar su sangre con la más conservadora de las dinastías, se hace legítimo a los ojos de todos, les asocia a su propia conservación y, para él, será además un modo, el más alto y cree que el definitivo, de conferirse estabilidad.

Estos pensamientos, que eran otras tantas ilusiones, crecían en él a medida que se hacía más evidente que la corte de Rusia se desentendía. No se trata ya de preferencias y, a pesar de todo, Napoleón tenía razones para preferir el matrimonio ruso. La alianza del Zar, por quebrantada que estuviera, era aún la clave maestra de su política, y precisamente un matrimonio hubiera sido el medio de "cimentarla". Pero el emperador de los franceses no podía seguir siendo pretendiente a la mano de la gran duquesa. Un burgués de la calla Saint Denis no hubiera sufrido tantas respuestas evasivas y tantos aplazamientos. De diez en diez días, plazos sucesivos al término de los cuales se prometía a Caulaincourt que la madre del Zar se resolvería, el mes de enero de 1810 alcanzaba su término, y la noticia "decisiva" no llegaba. No podía ya esperarse que fuera favorable. Cuando Napoleón la recibió, ya había tomado su partido, y con razón. Era una negativa apenas disfrazada. La madre alegaba la extremada juventud de su hija y aplazaba por dos años el asunto. En suma, hubo prisa en buscar un marido a Catalina, para quien la cuestión de edad no importaba; se la hizo contraer un "matrimonio tonto", según Alejandro admite, y en cuanto a la menor, se descubre un poco tarde que no tiene más que quince años. A Napoleón, ésta es la frase adecuada, "se le ha tomado el pelo". Ha tardado tiempo en darse cuenta.

Ahora corre el riesgo de quedar en ridículo, si después de haber aspirado a este matrimonio a los ojos de todo el mundo, no contrae en seguida otro valioso, que sea aún más sorprendente y más halagador. Entonces no pedirá la mano de María Luisa. No habrá de lanzarse a nuevas negociaciones de agencia matrimonial. Se dirige a Schwarzenberg como para un negocio que emprender o que abandonar, concediéndole el día para decidir sí o no, ultimátum que no deja tiempo para consultar a la Corte de Viena. El embajador de Austria consintió, dispuso de la hija de su amo y no fue desautorizado. Debía tener razones para saber que no lo sería. Napoleón, tan pronto como se recibió la respuesta, hizo extender el contrato, tomando por modelo el que había servido para María Antonieta y Luis XVI.

Aquel casamiento a tambor batiente era una audacia que llevaba otra vez a París una austriaca. Napoleón podrá decir: "Cuando la Emperatriz llegó aquí, jugó su primera partida de whist con dos regicidas: M. Cambacérès y M. Fouché". En el consejo de los grandes del Imperio, que Napoleón consultó por fórmula, porque su decisión íntima estaba ya tomada, algunos le habían puesto de relieve que el matrimonio austriaco sería un desafío a la Francia de la Revolución. Murat, sobre todo, se encolerizó; los sentimientos revolucionarios se habían reanimado en el Rey de Nápoles, por temor a las consecuencias que podría tener en Italia esta unión con los Habsburgos, próximos parientes de los Borbones napolitanos. Talleyrand había expresado el pensamiento del emperador, lo que le gustaba oír a Napoleón, cuando recordaba la alianza de 1756, que permitió a la Monarquía borbónica hacer frente a Inglaterra. Argumento que está en el hilo del reinado, en la actualidad y en la lógica, tanto mejor, cuanto que no se trata de "invertir" las alianzas, sino de completarlas. A la del Zar le concede Napoleón tanto valor, que cuida sobre todo de no romperla. Sin duda, estaba claro el sentido de la negativa. ¿Era posible que, si Alejandro lo quisiera, no hubiera dado a su amigo una de sus hermanas? Autócrata en su imperio, ¿se concibe que le gobernase su madre? Entre la madre y el hijo se ha concertado el juego. Esto no es ni siquiera una hipótesis. Leída por sorpresa en los papeles de Kourakine, la prueba existe. Pero, nada de orgullo herido que se encastilla, ya que, por lo demás, es satisfacción suficiente para el amor propio de Napoleón la mano de María Luisa. Es el amor propio de Alejandro lo que él explota, fingiendo admitir las razones de edad, de salud, de religión que se le han dado, y asegurando que la elección de otra princesa "no cambiará en nada la política". Lejos de perjudicar a la amistad de Tilsit, el matrimonio austriaco deberá acercar aún más a los tres emperadores. Viena, en adelante, uniendo a París y San Petersburgo, en lugar de dividirlos. "Dulzura, discreción, prudencia. Evitad todo lo que pueda herir". Estos son, en este momento, las instrucciones de Caulaincourt.

Y, sin embargo, ¡qué difícil es mantener esta razonable línea de conducta! Fracasada la alianza de familia con Rusia, hace dudar de la alianza política, lo que exige tomar precauciones. Si Napoleón no se mantiene en guardia, pecará de inocente y correrá el riesgo de comprometer su seguridad. Tras tantas señales de una buena fe tan mediocre, ¿quién puede decir de qué será capaz este Alejandro, demasiado bizantino? Tal vez, de haber sido su cuñado, hubiese Napoleón ratificado el convenio que firmó Caulaincourt, por el cual Francia se comprometía a no dejar abrir nuevamente el sepulcro de Polonia, a no sufrir siquiera que se pronunciara su nombre. Pero si Cambacérès acierta, si dentro de dos años el emperador ha de verse en guerra con Rusia, necesitará aún de los polacos, y humillándolos les habrá desanimado, se habrá deshonrado a sí mismo inútilmente. Entonces Napoleón, que ha reflexionado, promete que no restablecerá jamás el reino de Polonia, sin comprometerse a tomar las armas para reprimir una rebelión de los polacos. Accede a no reconocer más que un gran ducado de Varsovia, y no, como Alejandro querría, a garantizar contra todas las demás potencias los límites del Estado varsoviano. Restricciones bien ligeras, por otra parte legítimas, sagaces en la forma, ya un atenuadas por una renovación de las seguridades de que el matrimonio austriaco no altera ni los sentimientos ni las convicciones de Napoleón, resuelto a seguir siendo siempre un aliado y un amigo. Sólo que es imposible que el Zar deje de pensar que Napoleón sospecha. La desconfianza crece por ambas partes. Será, sin embargo, necesario, para pasar de la alianza y la amistad a la guerra, algo más grave que el caso polaco.

Entre los dos emperadores, las relaciones oficiales siguen siempre en la misma armonía, participando Kourakine de los honores con que se celebra el día del triunfal matrimonio. ¡Y si se pudiera ver a María Luisa con los mismos ojos que Napoleón! Se siente, sin duda, orgulloso de llevar a su lecho a la hija de aquellos altaneros Habsburgo. ¿Qué hombre, aunque fuese todavía más extraordinario que aquél, no hubiera sentido lo que esta unión tenía de única en la historia? Tiene la satisfacción de verse tratado como soberano de vetusta raza, de ligar su dinastía a la derribada, de unir en su persona la revolución y la legitimidad, de llevar a cabo su gran idea de la fusión. Con la afición que siempre ha sentido por las mujeres, se siente atraído por los dieciocho años, por la lozanía de aquella buena alemana, de aquella "hermosa ternera", rosa de un encarnado nada vulgar, apetitosa chiquilla en flor, dócil, que para ella es lo mismo que ser fácil, como lo demostrará con Neipperg. Tiene para Napoleón otro atractivo, algo mucho mejor que lo que le había seducido antaño en Josefina: el porte, el andar, la inimitable sencillez de una princesa, "la primera princesa del mundo", bien adiestrada en su papel de Emperatriz por la educación de la Hofburg; tan perfecta en todo, que no dejará de dar un hijo al marido que la política le ha elegido y un heredero al Imperio en que viene a reinar. Para el caballero cadete, será esto algo como el sueño del pobre Mermour en los brazos de la sultana; un sueño de más de una noche, pero no de un gran número de noches. Y place verle, cuando, atropellando en su galante impaciencia el ceremonial y la etiqueta, corre, por el camino de Soissons, a la presencia de su mujer, entre en su coche y se la lleva, como en un rapto a lo húsar. Y también place como marido enamorado, que para esta mujercita querrá un día saber bailar.

Ve, sobre todo, los grandes aspectos de este matrimonio; no sólo la promesa de un sucesor, sino el cumplimiento de su constante pensamiento. Europa unida, el continente federado. Lo que se anuda con Austria, salvo el nombre, es una alianza. Las fiestas de la boda son ya casi otro Tilsit. Los franceses y los austriacos fraternizan. Sus banderas se mezclan. Los soldados que se batieron en Wagram chocan sus vasos. Berthier, llegado a Viena para concluir los detalles del matrimonio por poder, ha sido recibido con singular solicitud por los militares, siendo a su vez portador, para el Archiduque Carlos, adversario en tantos encuentros, de la Cruz de la Legión de Honor: la que el Emperador lleva, la cruz del soldado, la misma que ante la balsa del Niemen había impuesto Napoleón, con sus propias manos, al más bravo de los granaderos de Alejandro. En Viena, todo está por Francia, como todo por Austria en París. Las mismas efuciones, los mismos gestos, el mismo teatro que en Erfurt. Matternich maneja admirablemente el entusiasmo. El representa al emperador Francisco, en las ceremonias y fiestas que renuevan los fastos del matrimonio de Luis XVI, en aquella bendición nupcial, rodeada de toda la pompa monárquica, si bien falten a ella, con gran cólera por parte de Napoleón, trece de los Cardenales que ha reunido en París, cuya ausencia recuerda la excomunión. Otra imagen de la consagración es aquella misa del 2 de abril de 1910 en el salón cuadrado del Louvre, en la que de nuevo oficia el tío Fesch.

Durante el almuerzo, Metternich sale al balcón y grita a la muchedumbre levantando su copa: "¡Por el Rey de Roma!" ¡Se habrán, pues, realizado todos los milagros! El Emperador de Austria ha renunciado ya al Sacro Imperio. Abandona a Francia también el viejo título de los futuros Césares germánicos: el Rey de los Romanos.

Este París que se apiña por ver a Napoleón y María Luisa en su carroza de cristal, es el mismo que aplaudió la ejecución de María Antonieta. ¿Qué son las opciones? Vestidos de recambio. Como dijo, diplomático adulador, el conde Tolstoy, en el momento en que se creía todavía en el matrimonio ruso, lo imposible en este siglo es con frecuencia lo que más verosímil puede ser. La frase puede aplicarse aun mejor al matrimonio austriaco. Los hombres aceptan todas las ideas, unas tras otras, y todas las metamorfosis. ¿Cuántos personajes no habrá hecho el propio Napoleón, sin contar los que aún le quedan por hacer? Existe en él un amargo filósofo que conoce la inconsciencia de las masas, igual a la de las cosas. "¡Cómo se habría tachado de loco a quien osara predecir entonces cuanto se ha visto después!" Y se repetirá constantemente que es la mejor época del reinado, porque Francia cree que esta vez se han acabado realmente las guerras, olvidando la que sostiene con Albión. La austriaca de ahora es popular, porque parece "una prenda de paz". Entonces Bonaparte, sentado en el trono de Luis XVI, parece haberle relevado. Este es el momento en que se le ve, en que se siente más monárquico. No es que olvide ni de dónde sale, ni su gran idea de reconciliar a los franceses. "Siempre atento a no ofender los recuerdos de la Revolución", en esta circunstancia atiende a los sentimientos de los convencionales, de los viejos republicanos. "He tenido cuidado, decía, de tranquilizar y satisfacer a quienes este matrimonio podría inquietar". Y prohibirá el discurso de Chateaubriand en la Academia, esa "diatriba" contra la Revolución. Una cosa son las palabras y otra las realidades. Napoleón conoce lo bastante a los hombres para darse cuenta de que la nueva nobleza tiene la impresión de ganar algo con la elevación del Imperio a la legitimidad. Ducados y condados se convierten en "una verdadera aristocracia", mientras que, liberados de sus últimos escrúpulos y, por otra parte, mejor vistos que nunca, los antiguos emigrados, los monárquicos, "invaden" las Tullerías, las asambleas, las prefecturas, los Estados Mayores. La consigna para el Senado es que "el Emperador quiere aristocracia y, sobre todo, nada de abogados". Es la "reacción de 1810", que, en el interior, responde a las alianzas políticas y a las de familia en el exterior, puesto que ahora, por María Luisa, el Emperador emparenta con casi todas las testas coronadas. La conservación de lo social y dinástico sigue a su admisión en el gran círculo de los soberanos, que él toma exclusivamente por un sindicato de defensa mutua. Y, además, la Europa que él necesita federar, es una Europa de reyes. Para mejor unirla, adopta sus modos de pensar, se monarquiza. Y, por otra parte, ¿no marcha todo en ese sentido? La raza de los Vasa se muere. En agosto de este año de magnificencia, Carlos XIII adopta por sucesor, y Suecia elige por príncipe real, a Bernadotte, el cuñado de José. Napoleón aprueba. Casi por todo el continente tiene reyes por aliados, reyes por parientes y –al menos así lo cree– reyes para servirle.

Alguien decía entonces que tenía aire de "pasearse por su gloria". Ha adquirido, sobre todo, confianza. Ha echado anclas por todas partes. Le parece, cosa esencial, que ya no hay coalición que temer. Ahora que tiene las manos libres, que dispone de todas sus fuerzas, España será sometida. No es más que cuestión de tiempo. Empieza a creer en la paz general por desistimiento de Inglaterra. ¿No se convencerá ella de que sería tan provechoso un compromiso como vana la continuación de la lucha? En la medida de sus fuerzas, puesto que el estado de guerra con los ingleses continúa, da pruebas de lo que, a sus propios ojos, es espíritu de comprensión, buena voluntad, moderación. Retira tropas de Alemania, no dejando más que dos divisiones, una para ocupar Bremen, Hamburgo Lubeck, Dantzing, lo que es indispensable al mantenimiento del bloqueo continental, su arma esencial; la otra, en Westfalia, para vigilar a Prusia, la menos segura de las potencias, que es sospechosa, desde su agresión en 1806. Sin embargo, Napoleón no quiere que se le atribuya la idea absurda de conservar todas sus conquistas. Son "efectos negociables". Hará tratos sobre su mapa de guerra, como Inglaterra con el suyo, hecho de una gran rebatiña de colonias que no son solamente las de Francia, sino las de otros países, Holanda en particular. Renueva prudentemente –sin papeles escritos que podrían echarlo todo a perder– tanteos con Inglaterra. El banquero Labouchère, intermediario utilizado con frecuencia por Luis, queda autorizado a "llevar palabras" a Londres. "Nadie duda que no existe circunstancia más favorable para la paz si Inglaterra está dispuesta en lo más mínimo a hacerla, sobre la base de una perfecta igualdad e independencia".

He aquí en lo que no hay acuerdo en lo que no lo habrá nunca. La igualdad, la independencia, son para Napoleón el derecho a dejar fuera de discusión lo que para los ingleses constituye el objeto mismo del conflicto. A cuanto entregara el emperador para "el restablecimiento de un equilibrio", le faltaría todavía lo principal. Y la desdicha está en que para las dos partes lo principal está en los mismos sitios. Veinte días después del matrimonio, ¿adónde lleva Napoleón a María Luisa? A Amberes. Casi todo el mes de mayo lo pasa en Bélgica, como para mostrar a los belgas, convertidos en franceses, a la hija de sus antiguos soberanos, atestiguar el consentimiento de la Casa de Austria a lo que para Francia es una anexión definitiva, una inalienable parte de ella misma. Desde entonces, la misión de Labouchère no puede menos de acabar mal.

Y terminó mal para mucha gente. Apenas se habla de paz (porque no hay más que una, la paz con Inglaterra), las intrigas maduran; ¡tal es el cansancio existente y tan numerosos son ya los que quieren haber participado en la operación! Esta puerta entreabierta es para el que la empuje; Fouché, que se entromete, y con él el famoso Ouvrard, los hombres de negocios, los intrigantes, que arrastrarían a Napoleón a una negociación peligrosa, en la que estaría en condiciones de inferioridad, en la que comprometería sus alianzas, puesto que se vería obligado a decir cuáles son las concesiones que no puede hacer, mientras que sabe bien cuáles exigiría Inglaterra. Aquí también no serán solamente los partidarios de la política de lo posible, sino él quien tendrá el golpe de vista más seguro. No ha querido más que sondear a los ingleses. Su arma contra los dueños del mar es el bloqueo continental; no tiene otra y hace saber que la reforzará si Inglaterra se niega a ceder. La amenaza deja a Inglaterra insensible. La extensión indefinida del Imperio no le asusta. Si, para conservar las conquistas esenciales de la Revolución, para tratar sobre la base de los límites naturales, Napoleón debe subyugar, ocupar, anexionarse a Europa entera, los ingleses están cada vez más seguros de que al fin tendrá que devolverlo todo. Así no hay paz posible, no hay salida. Los más quiméricos son los que buscan lo que la situación no lleva en sí: una solución moderada.

"Entonces, ¿sois vos quien dispone de la guerra y de la paz?" Perdonado una primera vez, hecho casi inamovible, Fouché vaciló ante esta frase. Había cometido lo que no podía tolerarse: había tocado a los fundamentos del Imperio. Su crimen no consistía tanto en haber suplantado a su amo como en haberle comprometido, disminuyéndole ante Inglaterra y ante Europa. La única paz que pudo firmar Napoleón fue la de Amiens, y trataba de restablecer, con tanta perseverancia cuanta ponían los ingleses, que no la habían querido, en rechazarla, resueltos más bien, como lo habían dicho, a la guerra perpetua. Esto el duque de Otranto, no lo ha comprendido mejor que el príncipe de Benevento, y la desgracia alcanzaba también al otro "previsor del porvenir". Así, el emperador se ve libre de los tan frecuentemente llamados sus genios maléficos. Más aún que la supresión del Tribunado, fue ésta su última ruptura con la Revolución. No cometerá más o menos faltas, por no tener ya en sus consejos a los hombres de la Revolución. Legitimado por el matrimonio, su nueva promoción, su nueva encarnación dejan intacta la dificultad que encontró al tomar el poder y que le había llevado a éste. La masa se engaña. Ya que María Luisa era Emperatriz y Napoleón era admitido en la familia de los reyes, yerno de un Emperador enemigo la víspera, "parecía a todo el mundo que las ideas de guerra serían abandonadas", en tanto que la guerra, que no cesaban de atizar los otros, subsistía.

Nada ha cambiado. Tan pequeño ha sido el cambio, que en Napoleón renace aquella confianza que le había ya engañado después de Tilsit. Como entonces, las medidas externas que le dictan sus razonamientos le parecen posibles y desprovistas de peligro. En política, como en el campo de batalla, razona siempre, y sus más audaces operaciones tienen un fin. En aquel año de 1810, que va a darle, además de la alta satisfacción de su matrimonio, la esperanza de sobrevivirse por la paternidad, se le ve lleno de la preocupación de sus próximas decisiones, inclinado a las más graves, porque piensa que su alianza de familia con Austria le permita ser aún más osado. Tiene más ilusión que embriaguez por su situación. Pero no tiende el arco con ánimo alegre. Esa España, su inquietud, de la que le gusta tan poco hablar, le preocupa de continuo. José y sus lamentaciones le pesan. Es un error haber repartido tronos entre sus hermanos. Ya no lo disimula, y a veces tiene el pensamiento de que el mejor medio de liquidar la cuestión de España sería restablecer a Fernando VII en Madrid con la garantía de una reina francesa. Nuevo ensayo de acercamiento con Luciano, que, por su parte, no consiente en su propio divorcio, exigido siempre por la dignidad de la familia imperial. Nuevo disgusto. Luciano, durante estas tentativas de reconciliación, ha consentido, sin embargo, en enviar a París, a casa de su abuela, a su hija Carlota, lo que en un momento habían destinado al Príncipe de Asturias, y que tal vez se le destina todavía. La princesa Lolotte llega, se porta bastante mal, escribe a su padre cartas en las que se burla del tío, de la tía y de toda la corte. Imposible contar con ella para un casamiento de utilidad política. Hay que devolvérsela a Luciano, que por otra parte no ha aceptado para sí ninguna de las condiciones del emperador. Entre los dos hermanos se llega a la ruptura, y Luciano embarca para los Estados Unidos. En ruta sobreviene un accidente ridículo. Los ingleses le detienen. Le conducen a Plymouth; le reciben con toda clase de atenciones, como a un testigo de la tiranía de Bonaparte, a una víctima que sólo en el suelo de la libre Inglaterra ha podido hallar asilo y libertad.

José continuará reinando en un reino que le desconoce. Y las cosas, en la familia Imperial, no marchan mejor. Se disloca. Mientras que a Luciano se le separa de todo, Luis deja de ser Rey. Casi al mismo tiempo de Luciano, sale de Civitavecchia, con la complacencia de Murat, lleno él mismo de amargura contra el emperador y que sostiene la causa del "hermano perseguido". Luis se fuga de Amsterdam, dejando allí plantados a su mujer y a su trono. Es el lamentable fin de una larga querella en la que Napoleón ha demostrado paciencia, en la que los errores no han sido suyos. Luis, su preferido de siempre, al que llama "casi un hijo", al que antaño en Valence educó con su sueldo, con el que compartió su pan, no tiene más que la excusa de una "linfa agria y viciada". Es un hipocondríaco, un enfermo, un desgraciado que hace la desgracia de los demás, de Hortensia sobre todo. Así, pues, Napoleón no ha encontrado nadie a su lado que le comprenda y le sirva. A fuerza de energía y de combinaciones, se mantiene y mantiene a todo su mundo con él a increíbles y vertiginosas alturas. Sus hermanos juegan con todo eso como si todo eso fuera eterno. Lo más amargo para el Emperador no es ya sentir que se es ingrato, sino darse cuenta de que se es tonto.

Luis fue situado en Holanda, en un puesto de aduana, conforme al "sistema". La razón de ser de su realeza, es la de velar por la estricta aplicación del bloqueo, en un país de comercio que es una de las grandes puertas de Europa. Y esta realeza, como todo lo demás, no puede durar más que si Inglaterra es vencida por el bloqueo. Luis, que no entiende nada de ello, se ha dejado engañar por sus súbditos. Ha cerrado los ojos al contrabando, lo ha protegido, y el emperador, cansado de recordarle su deber, de dirigirle advertencias y requerimientos, ha tenido que actuar, poniendo aduaneros franceses en los puertos y protegiendo después a estos aduaneros con sus soldados. Al fin, se ve en la necesidad de ocupar militarmente una parte de los estados que ha dado en feudo a su hermano y los gobernadores de Breda y de Bergop-Zoom, por orden de Luis, han cerrado las puertas de sus plazas al ejército Imperial. He aquí a los Bonapartes coronados casi en estado de guerra, mientras que Luis se cree convertido en rey de derecho divino y pide a M. de Bonald, teorizante de la legitimidad, como preceptor para su hijo. Los incidentes penosos, ridículos, o las dos cosas a la vez, se suceden. Durante seis meses, Napoleón, irritado y embarazado, gruñe y perdona, conjura al "príncipe de su sangre", que él ha establecido en el trono de Holanda a ser "ante todo francés"; amenaza con emplear todos los medios, sin detenerse ante ninguna consideración, para hacer entrar a Holanda en el sistema del continente y para "arrancar definitivamente sus costas y puertos a la administración", que los convierte en los principales puertos francos del comercio con Inglaterra; como son de ésta agentes, en su mayoría, los negociantes holandeses. Estos motivos eran verdaderos y fundados.

Napoleón, en un momento de cólera, había anunciado que se "comería" a Holanda. Más exactamente, con frialdad, una de las notas conminatorias que había tenido que enviar a La Haya hacía prever que se volvería al estado de cosas que existió "desde la conquista hecha por Francia en 1794, hasta el momento en que Su Majestad Imperial esperó conciliarlo todo al levantar el trono de Holanda". La abdicación y la evasión nocturna de Luis, el 2 de julio de 1810, no dejaba de poner de improviso al emperador en una situación difícil. Primeramente, ante la opinión. Tras Luciano, es ahora Luis el que mantiene contra el tirano de Europa la acusación de ser además un tirano de familia. He ahí la mala acción de Luis. Además, plantea a Napoleón un problema, una nueva dificultad. ¿Qué hacer ahora con esta Holanda? No es cosa de devolverla la libertad. Sería como entregarla a los ingleses, abrir unas vasta brecha al bloqueo. ¿Darla a Hortensia por reina o regente? El gobierno de las mujeres, el matriarcado, no es posible más que en tiempos de calma; se está en guerra, y dado lo sucedido con Luis, ¿qué ocurriría con Hortensia? Puede ponerse a Holanda, otra vez, en estado de país conquistado; retrotraerse al día siguiente de la conquista por la República. Esto supone la ocupación militar en grande, que exigirá todavía más tropas, y no hay ya más tropas que derrochar. Otra razón es (y, de hecho, por estas razones que parecen ociosas de lejos y que por el momento son de un gran peso, es por las que muy frecuentemente se decide Napoleón) que en España combaten algunos contingentes holandeses. Si Holanda queda ocupada como estado enemigo, no puede ya tener ejército. ¿Qué hacer de esas tropas? ¿Cómo y dónde despedir a esos auxiliares? Bien pesado todo, la anexión al Imperio es la solución menos mala. Es la menos rigurosa y la más honorable para los holandeses, que respecto al bloqueo serán constreñidos como los propios franceses y no podrán quejarse de ser tratados como pueblo subyugado, ya que son admitidos en el Imperio como iguales.

Los razonamientos de Napoleón son siempre serios y fuertes. Cuando se contemplan las circunstancias en las que toma sus decisiones, los motivos de sus determinaciones, se da uno cuenta de que, con frecuencia, le hubiera sido difícil tomar otras, porque su "situación forzada" no le dejaba ni libertad ni elección. Buenas o malas, sus razones importaban poco; el resultado era el mismo, visible para todos. El gran Imperio se extendía aún más. Las anexiones se sucedían. ¿Dónde encontrarían límite? No quedaba ya otra cosa que anexionarse, que "comerse" todo el continente, reinar sobre Europa, realizar la Monarquía universal. El efecto producido fue detestable, aun en Francia. ¿Adonde se iba? ¿No iría a quedar, pues, ni un solo rincón libre? Holanda era para todos los países una casa de Banca. Era allí donde se refugiaba el dinero. Señal, contra el conquistador, de una "nueva cruzada": la de los capitalistas y financieros.

La parte misteriosa del pensamiento de Napoleón, la única tal vez que no se llega a descifrar, está ahí. ¿Ha creído, verdaderamente, que este Imperio desmesurado podría conservarlo y legarlo a su sucesor? Más aún; ¿tuvo, para aquel hijo que María Luisa antes de terminar el verano le promete, y que con ayuda de su estrella será varón, el pensamiento de preparar una herencia más fabulosa todavía? Si así fuera, sería que se había vuelto completamente loco, de una locura razonadora no exenta de lucidez para otras cosas. Y en su propio tiempo, no dejó de decirse que era preciso que su espíritu estuviera oscurecido, perturbado. Se le tuvo por demente. Pero él mismo no explicó nunca, si no es en Santa Elena, con una especie de metafísica, por qué milagro y, además, para qué había conservado, añadidas a las de la Revolución, todas sus conquistas. Nunca dijo sobre qué bases, con qué condiciones habría concluido la paz con Inglaterra, suponiendo que Inglaterra hubiera querido tratar. Era un completo absurdo imaginarse a Napoleón y a sus sucesores dominando eternamente la tierra, mientras el inglés dominaba la mar. Si hubiera alimentado en su espíritu una idea tan extravagante, Bonaparte habría dado otras señales de enajenación mental. No se le puede adjudicar más que una idea, siempre la misma: Inglaterra obligada a caer de rodillas a causa del bloqueo, pidiendo gracia, dejando en libertad los mares, restituyendo las colonias, aceptando una justa y honrosa rendición.

Y siempre se creía que estaba ya en vísperas de sucumbir, que no resistiría a la inmensidad de sus pérdidas comerciales, de sus deudas. Se hacían cálculos sobre el día en que le llegaría su fin, como calculaban los alemanes ciento y poco de años más tarde que le llegaría por medio de la guerra submarina a fondo. Cuando todo acabó, no dejó aún de pretenderse que Inglaterra no podía más, que, un poco más de tiempo, y hubiera terminado por renunciar. Esa era, se dice, la opinión de Alejandro en 1814, en sus conversaciones de París, donde declaró que, a sus ojos, el bloqueo era un arma terrible y admirable. Tan terrible, en efecto, que se volvía contra quien habiéndola hecho casi perfecta, la imponía a todos. Nadie sabe si, por fin, habría abatido a Inglaterra. Rusia fue la primera en no resistirlo.

No se creerá ya que la "primacía de lo económico" sea cosa de nuestros días, cuando se observa que el bloqueo continental, no habiendo dado a Napoleón la victoria, provocó la caída de su Imperio. "Proyecto gigantesco, audaz, pero cuyo éxito es imposible", decía el banquero Laffitte. Y lo demostraba. Pero si Bonaparte se hubiera rendido a esta demostración no le quedaba ya más que renuncia a todo. Es preciso verle aplicando en esto su espíritu a materias que llega a poseer y dominar tan rápidamente como las otras, inclinado sobre sus estadísticas de aduanas como sobre sus estados de situación. ¡Qué lejos nos hallamos del héroe de leyenda, qué lejos de la imagen de Epinal! Hele aquí con sus estadísticas, con las tarifas, razonando precios de coste. Aporta luz a los asuntos, encuentra soluciones. No le faltan nunca. En Santa Elena todavía se le ocurrían ideas sobre lo que podía haber hecho. Su desdicha está en que, desde hace tiempo, su fecunda inteligencia no trabaja más que contra él mismo. El bloqueo continental le condena ya a anexiones, a misiones, a una política invasora que produce alarma y odio. Por el momento, al menos, esto no tiene remedio. Pero el bloqueo tiene otros inconvenientes. Mientras que se aplica estrictamente en los departamentos franceses, en otras partes el contrabando, tolerado por los aliados y los neutros, abre mil resquicios. De donde resulta que la vida es más cara en Francia que en el resto de Europa. Impresionado por esta idea, Napoleón imagina permitir la importación de ciertas mercancías, sobre todo de las materias primas necesarias a la industria, mediante una tasa equivalente a la prima que obtienen los contrabandistas. Instituye el régimen de licencias, tan fructífero para el Tesoro francés como favorable a la industria de Francia. No hay combinación que no buscara el emperador; tal, por ejemplo, la sustitución de la caña de azúcar por la remolacha, para que Europa pueda prescindir de lo que vende y produce Inglaterra, para que, entretanto, las manufacturas de Francia trabajen a pleno rendimiento. Pero entonces, si los efectos del bloque se hacen menos duros en los límites del Imperio, se hacen más para el resto del continente, para los países amigos, aliados y auxiliares, en los que el rigor de la prohibición ha sido, hasta ahora, atemperado por el fraude. Las licencias destinadas a restablecer la igualdad darían privilegio a Francia. Más manufacturera que las otras naciones europeas, ocupa en sus mercados el lugar de los ingleses; ¿y qué pierden éstos con ello? El régimen de licencias les permite continuar el tráfico de los productos coloniales, mientras que, dueños del mar, el resto del mundo está abierto a su comercio que se apodera del monopolio. Habría sido preciso saber si Inglaterra no compensaba su exclusión de Europa con América, Africa y Asia, lo que hacía ya dudosa la eficacia del bloqueo.

La estrategia comercial de Napoleón cae aún más gravemente en falta en otros puntos. Los otros países del continente, explicaba muy bien Laffitte, pierden en sus productos, que no venden a nadie; pierden en los que no pueden comprar más que a Francia. Ahora bien; estos extranjeros son aliados, miembros de la federación antibritánica, y el bloqueo pesa doblemente sobre ellos en aras de una causa que, en suma, no es la suya. ¿Qué ocurre entonces? La impaciencia, el descontento, crecen. Francia rozará demasiados intereses, y todo lo que es contrario a los intereses lo es a los afectos. "Nuestros aliados se acercarán a nuestros enemigos y nuevas guerras pondrán acaso en juego otra vez nuestro porvenir".

El primero de los aliados en quien esta profecía se cumpliría sería el de Tilsit. La madera, el cáñamo, la baja del rublo herido por el paro del comercio ruso han destruido la alianza con más seguridad que la negativa de la gran Duquesa y que el matrimonio austriaco. Amenazado de correr la misma suerte que Pablo, Alejandro cede ante las quejas de sus campesinos, de sus negociantes arruinados. El 13 de diciembre de 1810 entrega el "ukasse" que lleva en sí la guerra. Pesadas tarifas para las importaciones francesas. Libertad de comercio de los neutrales en los puertos de Rusia; de donde los pabellones neutrales, los de los americanos sobre todo, cubren las mercancías inglesas, como todo el mundo sabe, y ¡cuántas notas no cambiará a este propósito el Gobierno francés con los Estados Unidos! En adelante, en todo el Imperio central, hasta Maguncia, se venderán azúcar y café introducidos por Riga. Esto supone el inevitable conflicto con Napoleón. Alejandro lo sabe, tan bien, que desde hace seis meses ha comenzado sus preparativos militares... La alianza de Tilsit se estrella contra el bloque continental. Las dos grandes ideas de Napoleón no se concilian. No puede, a un tiempo, federar y constreñir a Europa a las restricciones.

Sin embargo, a fines de este año, parece seguir "paseándose por su gloria". Pronto la sucesión quedará asegurada; se espera al heredero. No es posible que no se acabe de una vez con España. Allá abajo, en Viena, el padre de María Luisa responde de la amistad de todos los príncipes o de su sumisión. Si Alejandro rompe el pacto, se recomenzará Friedland, pero esta vez con ayuda de la Europa coaligada, para empezar de nuevo Tilsit. El exceso de confianza que Tilsit había dado ya a Bonaparte, se lo inspira ahora su matrimonio. Habrá de decir: "Se me reprocha haberme dejado embriagar por mi alianza con la Casa de Austria". Y lo dirá porque se da cuenta de que era cierto.

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(1) Cualquiera que sea el juicio sobre la declaración de nulidad (cfr. H. Welschinger: El divorcio de Napoleón, y B. Duhr: Divorcio y segundo matrimonio de Napoleón I), está fuera de controversia, como ha demostrado J. de la Servière, que Pío VII "guardó silencio en este asunto por varias razones. La primera es que la causa no le fue denunciada oficialmente por Josefina, y en esta clase de causas el Papa no interviene más que a petición de la parte lesionada. La segunda, que en el fondo la iniquidad del juicio podía aparecer dudosa. Y, finalmente, por un motivo de oportunidad: el Papa estaba al margen de todo este asunto, subsistía la duda sobre el fondo de la causa, nadie reclamaba la revisión. El silencio de la Santa Sede debía ser, pues, ante espíritus sinceros y reflexivos, una medida de prudencia y no una aprobación de la injuria hecha a la santidad del matrimonio".

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 380 - 408.