domingo, 25 de septiembre de 2016

Una historia de Napoleón (XX): el Rey de Roma



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La vida de Napoleón se compone de una serie de escenas hechas para la leyenda. He aquí, en 1811, al héroe triunfador al lado de la cuna del niño rey. A este padre feliz le verá el año siguiente marchando bajo la nieve con un bastón en la mano. ¿Qué artista ha colgado estos cuadros en el muro de la historia?

Napoleon, Maria Luisa y su hijo

El hombre sobre quien se cierne un gran infortunio, se ablanda. Se representa uno a Bonaparte, cuando, se acercan los días malos, más grueso con la satisfacción del matrimonio, enamorado de su mujer, "enamorado de Austria" y, hasta, como dicen ciertas hojas estúpidas de Alemania que le desprecian, de la zapatilla de María Luisa. Se le representa uno ebrio de paternidad, soñando en un Imperio que no será nunca bastante grande para su hijo. Y él mismo hubo de recordar, suspirando, aquel breve paraíso: "¿No me era dable, pues, a mí también, entregarme a algunos instantes de felicidad?" Tal vez gustó tanto los minutos porque tenía el corazón grávido. Durante esos meses en que se prepara la catástrofe, se procura ver al emperador, penetrar su pensamiento, levantar su máscara convencional. Y pocos hombres le han observado fríamente en aquel momento en que cada uno empezaba a pensar en sí mismo, en que muchos le acusaban de arriesgar su fortuna y la de ellos. Cuidadoso siempre de aparecer sereno, de no extender a los demás su inquietud, ilusiona aún a la posteridad. Sus reflexiones interiores no han dejado más que débiles huellas. Hay que calar muy hondo para descubrir sus dudas, sus ansiedades, el combate que se desarrolla en él antes de seguir su destino o, mejor dicho, de correr hacia él, como si supiera que el desastre es inevitable y como si tuviera prisa por ver el final.

Es el hombre "que más ha reflexionado sobre los porqués que rigen las acciones humanas". Nunca pudo concebir, añade Mme. de Rémusat, que los otros actúen sin proyecto ni objeto, ya que él, por su parte, siempre tuvo una razón. En cada uno de sus movimientos, se descubre un motivo y la funesta campaña de Rusia la discutió consigo mismo tan largamente como el funesto asunto de España. Todo el año 1811 está ocupado por esta deliberación.

Desde Trafalgar, Napoleón busca el medio de vender al mar por la potencia de tierra. No ha encontrado otro que el de cerrar Europa a los ingleses y unirla contra ellos. El bloqueo continental es el sistema que todo lo impera. La alianza con Rusia es la base. ¿Qué hacer si esta alianza acaba por fallar? ¿Esperar? ¿A qué? ¿A que las cosas se arreglen solas? ¿Y cuántos días, meses o años? "En el silencio de su gabinete", ante Méneval, el Emperador confiesa su preocupación: "El arco está tendido desde hace tiempo". Otra vez murmura: "¿Tiempo? ¿Siempre tiempo? He perdido ya demasiado". Si Inglaterra se liga a Rusia, la federación europea se hará pedazos. El tapiz que Napoleón ha tejido desde Tilsit se deshará punto por punto, y Francia se verá llevada a la misma situación que antes de Austerlitz. Entonces ¿qué se desprende del razonamiento? Que hizo falta un Friedland para fundar la alianza. Recomenzar Friedland o amenazar sólo con recomenzarlo, a fin de obtener un nuevo Tilsit, aprovechar, para intimar a Alejandro, la sumisión de Prusia, la luna de miel con Austria: tal es el idea que germina en el espíritu de Bonaparte y que pesa largamente, porque mide sus riesgos. Pronto se le ocurrió. Es lo primero que hizo en cuanto sospechó los malos propósitos del Zar. El 1 de julio de 1810 hizo decir a Caulaincourt: "¿Es que Rusia quiere prepararme para su defección? Estaré en guerra con ella el día que haga la paz con Inglaterra". Y añadía, repitiendo que no pensaba en restablecer Polonia: "No quiero ir a terminar mis días en la arena de los desiertos". Tiene y tendrá por mucho tiempo ante los ojos la imagen de Carlos XII "yendo a acabar" en las lagunas de Poltava, y su propia imagen ante la carnicería de Eylau.

Napoleón dijo una vez que en España había cometido una "tontería". De Rusia no dirá nunca otra tanto. No creerá caer en falta con sus sistema yendo a Moscú, menos aún que yendo a Madrid. A los que habrían querido que "parase su caballo", respondió: "No tengo bridas para parar las velas inglesas, y ahí está todo el mal. ¿Cómo no se alcanza a verlo así?" Pero el sistema lleva cada vez más lejos. No hay otro con que reemplazarlo y es preciso aplicarlo hasta el extremo, hasta sus últimas consecuencias, a cualquier precio que sea. O el bloqueo –idea grandiosa, "concepción épica", consagrada por un decreto como ley fundamental del Imperio, ejecutada desde hace cinco años sin desmayo–, no será más que una idea sin sentido o Inglaterra habrá ganado la partida por resistencia y obstinación.

Quienes dirigen estos acontecimientos no son los dos amigos de Tilsit. El uno tiene genio. El otro es un político bastante sutil. Sin embargo, una voluntad que no es la de ellos les empuja a cada uno por su camino. Es preciso mirar adonde se dirigen sus miradas. A la postre, la impasibilidad del gabinete de Londres tiene algo de fascinante. El rey está loco. El regente no tiene autoridad. El Gobierno, compuesto de hombres sin prestigio, no es más que un consejo de administración. Es una máquina de calcular, por insensible, tanto más obstinada. Nada le importa. En cierto momento la crisis de sus finanzas ha sido tan grave que ha podido creerse a Inglaterra en sus últimas. Aguantó. Y no hay éxtio de Bonaparte que la inquiete. Ya puede casarse con la hija de los Césares, amenazar con anexionarse Holanda y cumplir la amenaza, arreglar por algún tiempo sus asuntos de España y Portugal. El autómata no altera uno solo de sus movimientos. Napoleón anexiona siempre. Albión parece decirle: "Haced lo que os plazca". Entretanto Alejandro se ve fortalecido en su propósito de romper por los tentáculos que el Imperio napoleónico extiende ahora hacia las orillas del Báltico. No le fortalece menos la flema prodigiosa que Inglaterra opone a estos engrandecimientos. ¡Hace falta que esté bien segura de sí misma, de su triunfo final! Con esta confianza en el resultado definitivo, ella imanta al Zar, cansado de la ley del bloqueo, inquieto por el desconcierto que el sistema causa a sus súbditos. ¿Qué interés tiene en continuar esta lucha con Inglaterra? Para Rusia, la libertad de los mares, la tiranía naval, sólo son frases. Bastante más molesta es la regla que Napoleón le impone. Alejandro no concluyó su alianza, después de Friedland, más que para salir de apuros. En Erfurt la rodeó de reticencias. La hora para la que se reservaba le parece llegada. "Reirá bien quien ría el último".

Es difícil representarse una época, todavía tan cercana a la nuestra, en que las noticias no llegaban más que por correo de posta, en que las comunicaciones eran apenas más rápidas que en el siglo de Julio César. Harían falta dos buenas semanas para que se pudiera saber en París lo que pasaba en San Petersburgo. A los actos de un Gobierno, el otro no podía responder sino con lentitud, y nada sería más falso que imaginarse a Napoleón y a Alejandro cambiándose carteles de desafío, dándose réplicas, convertidas en provocaciones las precauciones recíprocas adoptadas una tras otra. La era del ultimátum telegráfico, de las movilizaciones instantáneas, de lo irreparable creado en unas horas, no había llegado todavía. Cada uno de los emperadores proseguía su "evolución" lejos del otro, y, teniendo todo en cuenta, se necesitaban, antes del choque, cerca de dos años.

"El sistema continental no es eficaz si no se le mantiene en todas partes". Proposición evidente. Axioma que ha puesto ya en manos de Napoleón los asuntos de España, Portugal, Roma y Holanda. No es la imaginación, no es el demonio de la conquista o de la gloria el que le arrastra; es el espíritu de deducción. La anexión de las villas hanseáticas se anunció al Senado el 13 de diciembre de 1810. Bremen, Hamburgo, Lübeck prolongarán Holanda. El reino de Westfalia queda segregado de sus costas; el Gran Ducado de Oldemburgo salta. Las desembocaduras del Escalda, del Mosa, del Rhin, del Ems, del Wesser y del Elba son "nuevas garantías que se han hecho necesarias". Napoleón explicará todavía, hecha ya la cosa: "No es mi territorio lo que he querido acrecentar, sino mis medios marítimos". Cierra otras puertas de entrada. Es de una lógica irreprochable. Sólo que también haría falta cerrar, en el sur, la brecha turca, por la cual las mercancías inglesas entran en Europa central; al norte, la brecha sueca, y así es como Bernadotte, el príncipe real de Suecia, antes que someterse, se pasará al campo enemigo. Sin contar ahora a Rusia, que no sólo no respeta más el bloqueo, sino que se queja de la deposición del Gran-Duque de Oldemburgo, pariente del Zar, indemnizado o más bien desplazado en el interior de Alemania como un militar a quien se traslada. El sistema continental taja en carne viva. Provoca gritos.

Entretanto, ¿qué hace Alejandro? Ni Oldemburgo ni su dique estaban en juego cuando, el verano anterior, pensó en un ataque brusco para acabar de una vez, ocupada Alemania solamente por Davout. Sólo que necesitaba el Zar el concurso de los polacos y el de los prusianos. Prometió el oro y el moro a los primeros, que no tuvieron confianza en su palabra y que pusieron todo en conocimiento de Napoleón. Sondeó las disposiciones de Prusia, que se excusó no queriendo exponerse a otro Jena ni a ser castigada la primera. Entonces Alejandro pensó que Napoleón no estaba aún bastante bajo. Dejó para tiempos mejores sus propósitos de agresión. Pero, en fin, ha hecho buenos preparativos de guerra y los continúa. Ha meditado bien el ataque a su amigo de Tilsit, a quien poco a poco se le ha ido descubriendo la verdad. Obligado a ponerse en guardia, temiendo siempre la vuelta a una coalición, Napoleón toma algunas medidas de precaución, de las que Alejandro se queja con tanta más fuerza cuanto más le acusa su conciencia. Es él quien se dice amenazado, atacado, víctima; y Europa le cree porque está cansada. De entonces data, como observa Albert Sorel, la opinión que tanto tiempo ha perdurado, según la cual Napoleón se lanzó sobre Rusia por un delirio de dominación y orgullo.

Todo indica, por el contrario, que veía con viva contrariedad cómo se acercaba un conflicto que era el fracaso de su política, por cuya causa "todo volvería a presentarse problemático", expresión que con tanta frecuencia se asomaba a sus labios. En enero y febrero de 1811, Rusia le ocupa ya. Da vueltas y más vueltas a las mismas ideas. Si las potencias del norte no se unen al bloqueo, el sistema continental no existe. Si Rusia hace su paz con el gabinete de Londres, Napoleón podrá ser atacado por ella como lo fue por Prusia en 1806 y por Austria en 1809. En todo caso, es evidente que se escapa, que no acepta más esa dura ley del bloqueo, igual que sueñan con librarse de ella los otros pueblos, que la soportan porque una mano de hierro pesa sobre ellos. Pero su impaciencia crece, y se entienden ya sin hablarse. A Napoleón se le respeta porque se le cree una fuerza irresistible. Si da la impresión de una debilidad se le tratará "como a un chico pequeño". Rusia está todavía ocupada en su guerra con los turcos. Cuando por ese lado tenga las manos libres, Alejandro se hará más agresivo. Tal vez sea suficiente enseñarle los dientes, inspirarle miedo, para hacerle volver a la práctica completa y sincera de la alianza, a la gran federación europea; para hacer a Rusia sumisa y dócil, como lo son Austria y Prusia. ¿Será esto imposible? Apareciendo en el Vístula con grandes fuerzas se obtendría el resultado de un Friedland sin tener que arriesgar la batalla. Está por la expedición de Rusia, como estuvo por el asunto de España. Se ve la idea nacer, crecer, apoderarse del espíritu del emperador hasta que, según una tendencia que se va agravando en él, da por hecho lo que puede y debe hacerse, puesto que su razón lo ha concebido.

Y, sin embargo, no se decidirá a la acción sin haber pasado por perplejidades aún más largas que en el caso de España. "No estaba yo firme" –dirá más tarde a Gourgaud hablando de aquel año 1811–. No confiesa sus incertidumbres, sus secretas ansiedades, y tal vez trata de engañarse a sí mismo, como impone a los pueblos el engaño el día que les presenta al heredero que la nace al Imperio.

¡Cómo engañan los presagios! Este nacimiento parece que aporta a Napoleón la única cosa que todavía falta a su inmenso poder. Su sucesión está asegurada. Quería un hijo. Ya lo tiene. Y este 20 de mayo, en tiempo de renuevos, ciento un cañonazos anuncian que es un hijo. ¿Cómo dudar de la estrella de Bonaparte? Todo lo que desea, todo lo que calcula se cumple. Y Savary expresa con pesar, pero con claridad, el respiro de los que pensaban en el porvenir: "La fortuna, el respiro de los que pensaban en el porvenir: "La fortuna, que nos había sido tan constantemente fiel, parecía llegar a su colmo al concedernos el heredero de un Poder que tantos esfuerzos habían levantado y que falto de aquel niño, no nos mostraba por todos los lados más que abismos. Se esperaba de buena fe una paz profunda, no se admitía entre las ideas razonables ninguna guerra ni tareas de esta especie". "La Revolución, que se había refugiado en el principio hereditario, se regocijaba viendo la descendencia del hombre a quien se había concedido, como escudo protector, el derecho de herencia. Y fueron miles los juramentos, de los cuales ni uno resistió la prueba de la adversidad".

Herir las imaginaciones es el arte en que Napoleón sobresale siempre. Rodeó de magnificencia la cuna del Rey de Roma, pero el destino rivalizó con él. Nada faltará a esta historia para hacerla perfecta; el padre expirando en una roca, el hijo, en su prisión, muriendo como un nuevo Marcelo. A este niño se le hizo, desde luego, el ídolo de la Monarquía. En las faldas de su nodriza es ya Majestad. Rey en pañales, se le deben reverencias, un culto casi asiático, en el que nunca pensó la antigua realiza para los delfines. La solemnidad de los partes de salud de la criatura responde al énfasis del padre anunciando al Senado que ha nacido un heredero al trono: "Los grandes destinos de mi hijo se cumplirán". ¿Cuáles serían los sueños del emperador junto al niño que debió ser Napoleón II?

Es el mismo enigma. ¿Creería legar a su hijo el Imperio de Occidente, tal como existía en aquella primavera de 1811, es decir: un monstruo, un Estado deforme, ciento treinta departamentos, desde el del Tiber hasta el de las bocas del Elba, a los que se añadía la masa de los Estados vecinos? Ese Imperio, cuyos pedazos cuesta trabajo mantener unidos al mismo Napoleón, no tiene porvenir. Ha sido constituido por una idea directriz que era idea de circunstancia. Es un mapa de guerra. Reina, no de linderos, como dijo antaño un rey de Prusia del suyo, sino de riberas, todo de costas, puertos y desembocaduras; de una configuración ordenada por las necesidades del bloqueo continental. Al anexionar además al Valés, el departamento del Simplon, paso hacia Italia, como el Directorio había anexionado Ginebra a la República, el Emperador anunciaba, por otra parte, un canal que antes de cinco años "reuniría el Báltico al Sena", y después de decir que eran los ingleses los que habían "destrozado el derecho público de Europa", añadía esta frase extraña: "La naturaleza ha cambiado". ¿Creyó, en realidad, que se podía gobernar, reinar contra la naturaleza, cambiarla y dominarla duraderamente? ¿Creyó, sobre todo, que después de él podría sostenerse este desafío? El mismo reconoce que el Imperio es demasiado grande, demasiado distendido, cuando escribe a su ministro de la Guerra: "Las órdenes no se ejecutan, porque se dan indistintamente a hombres que están en el fondo de Italia o a otros que están en el de Alemania. El Imperio se ha hecho de tal modo grande, que es preciso poner otros medios distintos para no fracasar". ¿Qué probabilidad podía existir de que, desaparecido el nuevo Carlomagno, su heredero tuviese éxito?.

Se duda en atribuir planes para un lejano porvenir al hombre de quien decían sus ayudantes, haciéndose eco de lo que él mismo decía, lo que durante todo su reinado fue verdad: "¿Sabe el Emperador acaso lo que va a hacer mañana? Eso dependerá de las circunstancias". En efecto, todo es movedizo; cuando una grieta queda tapada en el Norte, aparece otra en el Mediodía. En el mismo momento que el Rey de Roma nacía, ¿se podía preguntar en qué relaciones viviría con su vecino el Rey de Nápoles? En el mes de abril de 1811, se anuncia la defección de Murat. Con él, con Carolina, tiene Napoleón menos suerte que con sus hermanos. Murat quiere también asegurar su trono. Busca una consagración ante las potencias, no pudiendo casar con una archiduquesa y temiendo a la anciana Reina de Nápoles, una austriaca, a causa de María Luisa. Intriga incluso con Inglaterra, porque sus súbditos, como los demás, se fatigan de estar obligados al bloqueo. Llega hasta despedir a los franceses que están a su servicio si no quieren naturalizarse napolitanos. El emperador se enfada. Gruñe: "Cuando se ha tratado de separarse del sistema continental, no he perdonado ni a mis propios hermanos y a él le perdonaré aún menos". Es el 2 de abril: el Rey de Roma tiene trece días. El Imperio desmesurado que sería su herencia tiene estas taras. Sin embargo, Napoleón perdona, cierra los ojos, no sólo a causa de Carolina, no sólo porque pronto tendrá necesidad de Murat, ese alucinador de hombres, sino porque teme que si llega al extremo, el Rey de Nápoles se entregue a los ingleses.

Inglaterra, Rusia, España, obsesionan la mente del emperador. Algunos días de su correspondencia dan la medida de sus preocupaciones. El 2 de abril explica al rey de Wurtembourg su actitud en relación con Alejandro: "Tengo la guerra de España y de Portugal, que extendiéndose sobre un país mayor que Francia, me ocupa demasiados hombres y medios; no puede desear otra guerra... Pero si bien no quiero la guerra y, sobre todo, si estoy bien lejos de querer ser el Don Quijote de Polonia, tengo por lo menos derecho a exigir que Rusia permanezca fiel a la alianza. Y en los siguientes días envía instrucciones a Lauristón, su nuevo embajador en San Petersburgo: "Emplear todas las formas para probar que la política de Francia no está en Polonia y que tiene por único objeto Inglaterra... Es probable que la menor apariencia de una paz (de Rusia) con Inglaterra sea la señal de guerra". Después, en una carta al mismo Alejandro, tras recordarle el espíritu de la alianza, las medidas de precaución a que le ha obligado el Zar: "Mis tropas no se armarán sino después que Vuestra Majestad haya roto el tratado de Tilsit".

Tener que revivir Tilsit, obtenerlo por el temor, calcular los medios de intimidar a Alejandro sin dejarse llevar demasiado lejos, producir el efecto y no correr los riesgos; considerar, sin embargo, que si no se hace nada, se adelantará el Zar, son las ideas que se agitan sin cesar en Napoleón. ¡Si, al menos, al hacer frente a los asuntos del Este, estuviera tranquilo por el otro lado! ¡Siempre aquella España! ¡Y hasta qué punto le estorba! Será preciso ir a ella en persona, como lo ha prometido, como lo anuncia por tres veces. Sus caballos le esperan en Bayona, y ahora parece que no se atreve a salir de Francia, apenas a abandonar París, como si temiera ser otra vez llamado por malas noticias. Y nada va bien en la Península. Napoleón ha ensayado allí sus mejores generales. Ahora es en Massena en quien ha puesto su confianza, y el defensor de Génova, el príncipe de Essling, después de abrirse el camino a Portugal, queda detenido ante las líneas inglesas de Torres Vedras. Haría falta gente: más tropas que Napoleón no puede dar. Niega los 60.000 hombres que el general Foy le pide. Más bien retiraría gente para rehacer la unidad de la Grande Armée pensando en el peligro de Rusia. "Chanero" o "grillete", jamás le ha resultado España más pesada ni más importuna. ¿No se acabará con ella? Pero sin dar a sus lugartenientes los medios para que acaben, quisiera que fuesen vencedores por doquier. La razón le dice que todas las fuerzas de que dispone al otro lado de los Pirineos, haría falta lanzarlas, sacrificando el resto, contra Wellington... Pero la política no permite sacrificios. Es preciso que no se diga en Europa que no se domina a España, lo que pondría en duda que se pudiera dominar en otra parte mucho tiempo. Penosa, costosa necesidad de imponer, de mantener el prestigio, sin poder aportar el premio. El resultado de esta dispersión de esfuerzos es que Soult está en jaque ante Cádiz, Suchet en Aragón; que el mismo Massena libra a Wellington sangrienta batalla, que nada decide, en Fuentes de Oñoro. Esta es la situación en mayo de 1811. Napoleón se irrita. La toma con los hombres, con las cosas, declara en desgracia a Massena. No sabe qué hacer de España ni cómo librarse de ella. ¿Evacuarla por completo? ¿Devolver el trono a Fernando? ¿Replegarse sobre el Ebro e incorporar las provincias del Norte al Imperio? Ninguno de estos partidos deja de tener inconvenientes, ya que todos implican una confesión de impotencia. Entonces España se le hace "insoportable". No quiere pensar más en ella. A veces está tres días sin leer los despachos; pide resúmenes, los encuentra demasiado largos y los deja sobre la mesa sin leerlos. ¿Pensaba legar también a Napoleón II, con el gigantesco y deforme imperio, el "grillete" español?

Por lo menos es necesario que el nacimiento de este hijo sea pretexto de fiestas, de regocijos y de ceremonias que mantengan muy alto el prestigio. Napoleón acentúa la nota dinástica. Garantía de duración, de continuidad, de seguridad en el interior para los intereses que se han ligado al Imperio, este espíritu corresponde en el exterior a la utilidad del matrimonio austriaco. El Imperio se ha legitimista y conservador. Una Montesquieu ha sido nombrada aya de los "Infantes de Francia". La duquesa de Orleáns, la duquesa de Borbón, el príncipe de Conti, refugiados en Cataluña, reciben pensiones. No se dirá ya más en las viejas Cortes que Napoleón es la Revolución con botas. Da un paso más allá de su idea primitiva, que era la reconciliación de los franceses, la "fusión". Querría ser aún más legítimo que Luis XVI. Ve que María Luisa llama a su padre "Su Sagrada Majestad Imperial". Este título le hace soñar: "El Poder viene de Dios y sólo por ello puede encontrarse fuera del alcance de los hombres". Nunca serán bastantes las consagraciones. Y al Rey de Roma se le lleva a Notre Dame para confirmar la consagración con un bautizo solemne.

Aquel día vio un París silencioso, sin calor de entusiasmo. En el Carroussel hubo incluso silbidos. La guerra que va a empezar otra vez, que se siente venir, entristece o irrita. El comercio va mal, la renta es baja. ¡Todavía, si se supiera todo, si se conociera la ansiedad del emperador, si se pudiera leer en su pensamiento, verlo en su gabinete! Se le escapó decir que si los ingleses aguantan aún algún tiempo, no sabía lo que pasaría, ni qué hacer. ¿Qué hacer, sobre todo? El bloqueo continental le obliga a dispersarse, la amenaza de Rusia a concentrarse. ¿Deberá esperar a que el Zar le ataque? Sopesa los peligros de la inacción y los de la acción. "Para que la paz sea duradera, hace falta que Inglaterra se convenza de que no hallará ya auxiliar en el continente". Por consiguiente, hace falta también que Alejandro sea sometido si no vuelve a vérsele más leal. Para someterle no hay otro medio que el de la amenaza, y no se amenaza con eficacia si no se produce la convicción de que se llegará hasta la guerra y de que se está decidido a llegar hasta ella. A una guerra de Rusia no podía Napoleón decidirse sin "íntimas agitaciones" y "crueles tormentos del espíritu". Era tener que rehacer la obra de Tilsit. Siempre volvía a lo mismo. A veces se "desanimaba" a ello: algunos observadores han pronunciado esa palabra.

Hay que leer aquí una página que muestra el anverso de una gloria y de un poder a los que parece que nada falta, cuando les falta, precisamente, la confianza del que camina por encima de esas cumbres vertiginosas: "He oído contar a M. Mounier qué turbación, qué inquietas meditaciones dominaban al emperador sin que las confiara a nadie", decía Barante. Napoleón no desconoce los azares de una guerra en un país desconocido, a setecientas leguas de Francia, dejando mientras tanto a su espalda, en España, un ejército inglés y una nación sublevada, y una Alemania "lista a lanzarse contra él al primer revés de fortuna". En la misma Francia, sin hacerse ilusiones sobre los pueblos, percibe "una obediencia fatigada", una necesidad de descanso, las adhesiones que se relajan, los hombres de guerras hartos. "Para quien vivía en su interioridad y le observaba con atención, era evidente que le asaltaban estos pensamientos; que largos insomnios turbaban con frecuencias sus noches; que pasaba horas enteras en un sofá entregado a sus reflexiones. Terminaban por abrumarle y se dormía con un mal sueño". Aquí tocamos la verdad. Con frecuencia el emperador está raro, distraído, extrañamente pensativo. Thiébault cuenta la escena en que la corte, los invitados, diez príncipes, quedaron asombrados una noche de gran recepción en Compiègne, en que se le vio de pronto inmóvil, con los ojos fijos en el suelo, como si hubiera estado en otra parte, gritar con voz encolerizada a Masséna, que creyéndole víctima de un malestar, se acercó a él, como si se le hubiera despertado: "¿Por qué os metéis en lo que no os importa? Se le creyó atacado en su salud, tal vez epiléptico. Está incierto, inquieto, atormentado.

Vuelve a él la idea de maniatar a su principal enemigo en vez de asestarle golpes en sus auxiliares. Durante el verano de 1811 piensa en un campamento de Bolonia. "Monsieur Decrès, hacedme un informe sobre lo que mejor convenga de Brest o de Cherburgo para reunir en ellos una expedición cuyo objeto es amenazar a Inglaterra". Esta amenaza sería tal vez un medio de precipitar la paz. Se interesa otra vez por la Marina y, visitando Holanda, se detiene en Flessinga y pasa dos días a bordo del Charlemagne. ¿Prepara el "rayo" misterioso del que diez semanas antes dijo al Cuerpo legislativo que había de poner fin a "esta segunda guerra púnica"?. Pero una expedición seria no puede estar preparada antes de dos años. Hacen falta resultados menos lejanos. El emperador piensa en un desembarco en Irlanda, o más modestamente todavía, en Jersey; después no habla más de ello. Conoce lo vano de estas diversiones, de estos viejos proyectos. Si los revive un instante, como revive, para abandonarla inmediatamente, la idea de una campaña en Egipto, es porque su espíritu trabaja en la busca de una salida.

Napoleón no puede encontrarla, porque ya ha agotado las combinaciones que tiene a su alcance. Falto de medios marítimos, deberá volver a la concepción de Tilsit, a la unión de Europa contra Inglaterra, enemiga común, enemiga del continente. Si Rusia queda fuera de esta liga, se convertirá en aliada de Inglaterra, arrastrando a su campo a los otros países europeos. Ya el Zar, en los momentos en que pensó en un ataque brusco en Alemania contra el cuerpo de ocupación de Davout, trató de arrastrar a Prusia, de hacerla su cómplice, de reanudar el pacto de 1806, el juramento de Postdam ante la tumba de Federico. El Gobierno prusiano resistió a la tentación, porque tuvo miedo y porque no le parecía que había llegado el momento. La "regeneración", por la que Stein trabaja, no está a punto, y Federico Guillermo, acordándose de la lección de Jena, no quiere arriesgar nada más. Pero que se rehaga una alianza activa entre Prusia y Rusia, es una probabilidad; no es, siquiera, un asunto de tiempo. Desde entonces se apodera del espíritu de Bonaparte la idea de que debe adelantarse a esta coalición, repetir Friedland, Tilsit y 1807, antes de exponerse a una agresión, como en 1805 y 1806, y de tener que volver a otros Austerlitz o Jena.

A la alianza rusa había sacrificado Napoleón a Suecia, Turquía y Polonia, antiguas amigas de Francia. Alejandro ganó con ella Finlandia, las provincias moldavovalacas y el compromiso de que la independencia polaca no sería restablecida. Y ahora, con las manos llenas, Alejandro amenaza. Habrá por qué dudar de la obra de Tilsit, y, sin embargo, Napoleón emplea el verano de 1811 en negociar. Hace decir y repetir a San Petersburgo que sólo los preparativos de Rusia obligan a Francia a ponerse en pie de guerra. Si estos armamentos son la consecuencia de una suspicacia, que el emperador se explique, y la paz perdurará. Rusia ha armado en secreto; Francia ha armado públicamente, y cuando Rusia estaba preparada. ¿Quién violó la alianza? Rusia. Ciento cincuenta barcos con pabellón americano, en realidad ingleses, acaban, además, de entrar en los puertos rusos. "Haced comprender a Lauriston que deseo la paz y que ya es hora de que todo esto acabe pronto". El conflicto armado será el último recurso. El emperador no disimula a los que se le acercan que está "contrariado hasta el extremo" y que quien le ahorrase esta guerra le prestaría un gran servicio. Pero su pensamiento se habitúa a ella como a cosa inevitable, y por las imponentes fuerzas que aún posee, por la organización del impresionante ejército que prepara, por las medidas que toma en todo el ámbito de su Imperio, se entrega más y más a la idea de que Alejandro, asustado, cederá al acercarse esas legiones, y que, poniéndose en lo peor, una sola batalla bastará a reanudar la amistad de los dos más grandes soberanos del siglo.

Entretanto, Alejandro había escrito confidencialmente al Rey de Prusia, desde el mes de mayo: "El sistema que ha dado a Wellington la victoria, agotando a los ejércitos franceses, es el que estoy resuelto a seguir". Su plan está hecho: no proporcionar a Bonaparte ninguna ocasión de hacer presa. Se dejará atacar, y le preparará en Rusia una nueva España. Durante su gran conversación del mes de junio, Caulaincourt lo advierte al emperador. No se habla de otra cosa en San Patersburgo. Se está decidido a dejar libre a Napoleón la entrada en Rusia, a atraerle lo más lejos posible, rehuyendo el combate, tras lo cual el clima dará cuenta de la Grande Armée. Caulaincourt conoce Rusia; pero, como suele ocurrir a los embajadores, ha pleiteado demasiado por la causa del país al que se le envió. Responde demasiado de la sinceridad, de las buenas intenciones de Alejandro. Da la impresión de estar aleccionado. Napoleón sigue escéptico y hasta intranquilo. ¿La batalla? Ya sabrá él bien obligar a los generales rusos a librarla. ¿El rigor del invierno? Pero si "toda Europa tiene el mismo clima". Ya lo decía en Varsovia, en 1806, y cuando los polacos respondían: "Sire, ¡ya lo querríamos!", seguía sosteniéndolo, porque le era preciso sostenerlo. Hace falta que las cosas sean como él quiere, porque, como dice resumiendo el partido extremo que ha tomado, porque no encuentra otro; "Hay que decidirse", y no espera que su federación europea, que se deshace por donde empezó, refluya en armas sobre el Rin.

Pero no se lanza a correr el riesgo sin haberlo pensado, sin haber puesto de su parte cuantas probabilidades le es posible asegurarse, sin procurar preverlo todo. Nada falta a su propósito, salvo la hipótesis de que fuera sorprendido por el invierno en Rusia, porque sus propósitos excluyen precisamente esa hipótesis, y sería absurdo que la admitiera. Todo lo prevé, salvo las pieles para los soldados y las herraduras de los caballos para el hielo. Prevé como político, como jefe de gobierno. Mientras se encuentra lejos, importa que todo esté en calma en el Imperio. Grandes recomendaciones a sus ministros de velar por los aprovisionamientos, por los precios de los víveres, de no crear descontentos, de evitar detenciones arbitrarias. Una cosa le preocupa: los asuntos religiosos, las consecuencias de su ruptura con Pío VII, las diócesis sin obispos, el Papa que se niega a instituir a los que nombra el emperador, la murmuración de los fieles, en Bélgica sobre todo, esa Bélgica por la que, al fin y al cabo, se tendrá que llegar hasta el Kremlin, y cuyo espíritu se "malea". El Concilio de julio de 1811 era, en la mente del emperador, una tentativa de acomodamiento con la opinión católica. No resultó bien. "Todo se le hacía difícil a fuerza de haberse complicado su situación", o, mejor dicho, a fuerza de complicársele por sí misma. Los obispos, reunidos, le resistieron. Para hacerles dóciles simuló encolerizarse, envió los más recalcitrantes a Vincennes y se encontró con que dos de ellos tenían obispados belgas. El proyecto de trasladar la Santa Sede de Roma a Aviñón fue rechazado. Resuelto, a pesar de ello, a poner al Papa en Francia, a no dejarle en Savona, de donde acaso los ingleses, cuyos buques cruzan ante el puerto, podrían libertarlo, el emperador, apenas partido para Rusia, hace venir a Pío VII, a modo de rehén, a Fontainebleau. Se lanza a una gran aventura. Lo sabe y desconfía. No se dirá que entró en ella a la ligera. Pide a su bibliotecario "lo que tengamos en francés más detallado sobre la campaña de Carlos XII en Polonia y Rusia".

Ese mismo día, el 19 de diciembre, es el del decreto por el que Napoleón percibe su renta de hombres, la leva de reclutas del año siguiente. Nadie se engaña ante esta señal, demasiado conocida. ¡Y qué primero de enero, preñado de presentimientos, el de 1812! "El alma está enferma", escribe María Luisa a su padre. Es decirlo un poco a la alemana; pero es exacto. En París se vive en plena ansiedad. Los preparativos inmensos, cuyo rumor llega de todas partes, anuncian una guerra mayor que las otras, y si, desde los tiempos de Jena, ya se estaba "cansado de los milagros", se estaba mucho más de esperar grandes acontecimientos. Entonces "el emperador decreta que hay que divertirse". Se necesitan fiestas y bailes por todas partes. Y en cuanto a él, mantiene su trabajo abrumador, su secreto, y, a pesar suyo, se deja sorprender absorto, a veces "canturreando", como hombre que no quisiera que se le creyera preocupado.

Tiene, no obstante, motivos para estarlo. Sigue, como a los treinta años, queriendo ver todo, conocer todo, disponer todo por sí mismo. Pero la máquina del Imperio es de pesado manejo. No puede hacerlo todo él solo, aunque no ignore ningún oficio, y la ejecución se confía a hombres "que creen haber cumplido su deber escribiendo una carta a alguien que, a su vez, escribirá una carta a algún otro y así sucesivamente". Es una vasta burocracia, militar y civil, que no le ayuda "con la menor idea", que no señala siquiera un olvido, que obedece muy a menudo, pero que empieza a conocer demasiado bien su curiosidad por el detalle y su pasión de mando y que, como no puede estar en todo, le engaña a veces con falsos informes. Se queja de no tener ni ministros ni generales; le sería necesario no estar solo para dar el impulso.

La organización de este gran ejército, que desde todas partes de Europa se pone en marcha para reunirse sobre el Vístula, es una nueva concepción de Bonaparte, más extraordinaria que las otras. Europa en movimiento, idea que expresa la mezcolanza de los efectivos. Los auxiliares extranjeros no sirven sólo para acrecentar las fuerzas de Francia, para elevar a más de seiscientos mil hombres aquella masa seguida de sus convoyes como las emigraciones de las edades antiguas. Estas legiones que comprenden hombres del norte y del mediodía, latinos, germanos, eslavos, son la federación continental en marcha para obligar a Rusia a retornar a los deberes de la alianza. Al mismo tiempo, es una precaución calculada. Prusia ha inquietado hace ya tiempo al emperador. La ha notado muy inclinada a pasarse al Zar. Asusta a Federico-Guillermo, consiguiendo el despido de los ministros patriotas y antifranceses más señalados, un trato de alianza ofensiva y defensiva y 20.000 hombres que participen en la campaña, en caso de guerra con Rusia. Austria dará 30.000, y recibirá algunos territorios a cambio. Napoleón no ha dudado nunca de este concurso, que atribuye a la idea de su matrimonio. Los prusianos del general York y los austriacos de Schwarzenberg responderán, por otra parte, de la fidelidad y de la tranquilidad de Alemania. El emperador se jacta de haber pensado en todo en sus profundas combinaciones. Sin embargo, Federico-Guillermo escribe en secreto a Alejandro. Se excusa. Ha cedido a una fuerza y a una fatalidad irresistibles. "Si la guerra estalla, no nos haremos otro daño que el que sea de estricta necesidad; nos acordaremos siempre de que estamos unidos, de que volveremos un día a ser aliados". Metternich, por su parte, comunica al Zar el tratado que acaba de firmar con Francia y que no impide a Rusia y a Austria "continuar entendiéndose en secreto, en relación a sus miras políticas". La garantía, la caución, es "el interés de la Monarquía austriaca". La coalición de 1813 no tendrá dificultad en lograrse. En las sombras existe ya. Como Inglaterra, ni Rusia, ni Austria, ni Prusia, han reconocido jamás las conquistas esenciales de la Revolución, que ninguna paz paz general, ningún Congreso han ratificado. Los tratados, las alianzas, los concursos militares que Napoleón obtiene no son sino recurso de circunstancia, como el mismo matrimonio austriaco. Se le cede porque se le teme. Pero la hipótesis de un gran revés de Bonaparte se tiene siempre en cuenta.

Y porque todavía lo estima temible, Alejandro renuncia a su proyecto de agresión. Dice ahora que se retirará "a Kamtchatka" antes que firmar, aunque fuera en su capital conquistada, otra paz, que no sería tampoco más que otra tregua. Si bien Napoleón no ignora el nuevo propósito de Alejandro, sigue convencido de que "una buena batalla dará cuenta de sus propósitos". Los dos saben que el conflicto no puede evitarse. Pero ni uno ni otro quieren ser el agresor.

Napoleón cree hasta tal punto que una "buena batalla" pondría todo en orden y le entregaría, arrepentido, al Zar, que ya prepara la reconciliación futura. Persiste incluso en esperar que la proximidad de la Grande Armée será suficiente. Así, pues, nada de guerra a muerte, nada de guerra sin cuartel, nada de aquellos medios que hacen imposibles las negociaciones y los acercamientos; ni resurrección de Polonia, ni promesa de exención para los moujiks. El emperador necesita a los polacos. Es necesario animarlos, pero no demasiado, porque puede ser "que los deje allí" y "hace falta que haya la menor cantidad posible de ahorcados". En el mes de mayo de 1812, Napoleón todavía cree que tan pronto como aparezca sobre el Oder o sobre el Vístula, Alejandro querrá negociar. Entiende hacer a Rusia una guerra política y hasta diplomática. Y lo que en Rusia encontrará será una guerra nacional.

Y tal vez el Zar, a pesar de su amenaza de retirarse hasta Kamtchatka, habría cedido en la resolución grave, para él penosa, de dejar entrar al adversario y devastarlo todo ante él; tal vez habría librado la batalla que deseaba Napoleón, si no hubiera sabido que no podía contar ni con Prusia ni con Austria. Entretanto, la Grande Armée inundaba Alemania en marcha hacia el norte. Francia y Rusia estaban siempre bajo el simulacro de la alianza y la paz. Fue Alejandro quien tomó la iniciativa de un ultimátum, conminando a Napoleón a no rebasar el Elba a fin de obligarle a descubrir sus intenciones. Era el mes de abril, y Napoleón no había calculado romper las hostilidades hasta junio.

Todavía un momento, porque sus previsiones se ven desconcertadas, evitó recoger el guante y se confió cuando vio que el Zar no tomaba la ofensiva, figurándose que la espera no era más que un intento de entrar en negociaciones. Sin retrasar una etapa la marcha del inmenso ejército, invoca la alianza, afirma un deseo de evitar la guerra, su "permanencia en los sentimientos de Tilsit y Erfurt". Es la carta fechada en 25 de abril, redactada a la vista de la paz próxima, y que en el estilo de Tilsit, en recuerdo de la balsa y de los abrazos, termina con estas palabras: "Aunque la fatalidad hiciera inevitable la guerra entre nosotros, en nada cambiaría los sentimientos que Vuestra Majestad me ha inspirado y que están al abrigo de toda vicisitud y de toda alteración".

Igualmente convencidos de lo "inevitable", los dos emperadores usaban de astucias todavía con aquella fatalidad. Un incidente fortuito aceleró la ruptura. El embajador de Alejandro tenía ya en París una situación difícil desde que un proceso de espionaje había puesto en evidencia al agregado Tehernitchef. No recibiendo respuesta al ultimátum, no recibiendo ya tampoco instrucciones de San Petersburgo, Kourakine perdió la cabeza y pidió sus pasaportes. Maret no se decidió a enviárselos hasta pasado un mes. Pero, por sí mismo, el embajador ruso había puesto fin a las contemporizaciones de su amo como a las de Napoleón.

Era el 7 de mayo. El Emperador partió de Saint Cloud el 9. No lo hizo sin inquietudes ni presentimientos. No sin echar una mirada a lo que dejaba tras él. El 17 de abril ha dirigido al Gobierno británico un ofrecimiento de paz: el cuarto. Evacuación por las tropas francesas e inglesas de España, de Portugal y de Sicilia; la integridad de España con una Constitución nacional será garantizada; los Braganzas llamados a Lisboa. Castlereagh dejó caer en el vacío estas proposiciones, como las anteriores. Si Napoleón ha querido atestiguar que el Gabinete de Londres será responsable "de la sangre que pueda todavía correr", denota demasiado su deseo de verse aliviado del lado donde más molestias siente. En su interior, ya ha renunciado a esa España nociva, a ese detestable Portugal. Habla de ellos con ironía, con amargura, comparando lo que va él a hacer en Rusia con lo que sus lugartenientes hacen allá abajo. Marmont reclama tropas, dinero, víveres para la península. El emperador responde al ayudante de campo del Duque de Ragusa: "Y yo, que voy a engolfarme en un país que no produce nada". Después, como si saliera de una meditación profunda, como si hablara para sí ante aquel oficial: "pero ¿cómo terminará todo esto?".

Y el día anterior a su marcha, hace sus últimas recomendaciones al prefecto de policía. Pasquier no disimula los peligros que entrevé; las consecuencias de un "movimiento de insurrección de alguna extensión", si alguno se produce a causa de la carestía de los víveres o por cualquier razón. El emperador escucha, guarda silencio, se pasea de la ventana a la chimenea, con las manos a la espalda. "Como hombre que reflexiona profundamente", y "bruscamente" piensa en voz alta ante Pasquier, lo mismo que pensó ante el ayudante de Marmont:

–Es una dificultad más que se añade a todas las que he de encontrar en la empresa más grande, más difícil que he intentado hasta ahora. Pero es preciso concluir lo que se ha comenzado. Adiós, señor Prefecto.

Pasquier añade: "Tenía conciencia de los peligros a que se iba a lanzar". ¡Pero se había preguntado ya tantas veces cómo terminaría "esto"! Jamás dispuso de un ejército tan poderoso. Jamás contó con tantos auxiliares. Maduró sus planes estratégicos, y son, tal vez, los más hermosos que concibiera. Ha evitado con cuidado todo lo que pudiera darle aires de agresor. Se ha procurado los medios de negociar con Alejandro. ¿A qué volver a las primeras perplejidades? Ya no existe alternativa de alianza o guerra. Es la indispensable alianza rusa la que hay que rehacer por medio de la guerra, como ya se la había creado antes. Bonaparte no lamentará nada, porque sabía que, en la inacción, en una ociosa espera, lo habría perdido todo.

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 409 - 431.