domingo, 4 de septiembre de 2016

La revolución francesa (V): el Consulado



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El golpe de Estado de brumario no iba dirigido contra la revolución, sino a salvarla. En el momento en que el Directorio cayó como fruta carcomida, todos los que tenían sus intereses vinculados a la Revolución consideraban a ésta gravemente comprometida. Ninguna Constitución conseguía mantenerse; el orden público no se restablecía; la anarquía, la desastrosa situación financiera, los contratiempos militares que podían presentarse de nuevo amenazadores de un momento a otro, podían precipitar en un instante al país y su Revolución en la ruina definitiva.

Napoleon Bonaparte y el consulado
GÉRARD: BONAPARTE, CÓNSUL, FIRMA EL CONCORDATO. DIBUJO. El Concordato de 1801 devolvió la paz espiritual a Francia, que había alterado la política religiosa de la Revolución. En este dibujo se describe, con singular vivacidad, el momento de la firma. Mientras su hermano José le da la pluma, Bonaparte parece vacilar ante aquel acto, al que se había llegado a través de arduas y laboriosas negociaciones, y dirige una última observación al plenipotenciario de Roma. 

Después de diez años de agitación revolucionaria, la tónica del momento era sentirse conservador: unos, por cansancio del largo período de excesos y desórdenes; otros, porque, interesados en consolidar el nuevo régimen, comprendían la necesidad de un retorno a la tranquilidad y al orden. Todo contribuía a que Francia se lanzara en brazos del hombre extraordinario que parecía adivinar sus deseos. "Bonaparte –según la frase de Thiers– venía bajo las formas monárquicas a continuar la Revolución en el Mundo". El héroe de la campaña de Italia, el general de la legendaria gesta de Egipto, tenía entonces 30 años y se hallaba en pleno desarrollo de sus facultades.

El movimiento que le entregó el Poder se había llevado a cabo con la complicidad de Sièyes, uno de los miembros del Directorio en su última fase y también uno de los padres de la Revolución. Fue el quien, mediante una hábil estratagema, alejó el Cuerpo legislativo de Saint-Cloud, y obtuvo el nombramiento de Bonaparte para el mando de las fuerzas militares de París y la dimisión de los otros directores, entre ellos Barras. Al día siguiente, 9 brumario (10 de noviembre de 1799), la entereza de Luciano Bonaparte, presidente de los Quinientos, permitió a Napoleón imponerse por la fuerza al Cuerpo legislativo, depurarlo y hacerse elegir, por una parte limitada de diputados, Cónsul provisional, junto con Sièyes y Ducos. De cinco directores se pasaba a tres cónsules. Inmediatamente, Bonaparte quedó erigido en Primer Cónsul; en realidad, en el único.

Sus primeros actos de gobierno se encaminaron a tranquilizar a los revolucionarios afianzados y a la masa pacífica de la población, borrar los restos del jacobinismo, suprimir el empréstito progresivo y la odiosa Ley de Rehenes, pacificar la Vendée –atajando las persecuciones religiosas–, devolver las iglesias al culto católico y ofrecer una paz a Inglaterra y a Austria. Inmediatamente renació la confianza y ascendió la balanza económica.

Pero el Gobierno formado en brumario era provisional. Una nueva Constitución, la del año VIII, redactada por Sièyes y retocada a su gusto por Napoleón, reorganizó el país de acuerdo con las ideas del Primer Cónsul. En ella se instituía un poder ejecutivo muy fuerte, concentrado en el Primer Cónsul, reservando a sus dos colegas un papel puramente consultivo. El Primer Cónsul nombraba los funcionarios judiciales y administrativos y tenía la iniciativa de las leyes elaboradas por un Consejo de Estado, discutidas por el Tribunado, votadas por un Cuerpo legislativo, "asamblea de trescientos mudos que no tenía derecho a discutirlas". El Senado vigilaba el mantenimiento de la Constitución. Era la dictadura pura y simple.

Aprobaba la Constitución del año VIII por un plebiscito que reportó una abrumadora mayoría de tres millones de votos para mantener la sociedad y la propiedad tal como surgieron de la Revolución, Napoleón adoptó formas autoritarias. "Parecía –escribe agudamente Bainville– que el Primer Cónsul tenía ante los ojos el Antiguo Régimen y la democracia revolucionaria, para tomar las partes sólidas del uno y suprimir las partes débiles de la otra".

Ahora que tenemos dibujados los rasgos esenciales del Consulado, una sumaria exposición de los hechos bastará para trazar la marcha de su desenvolvimiento. En lo político, el Consulado evolucionó, como era fatal, hacia la monarquía. En 1802, el día siguiente de la Paz de Amiens, Napoleón aprovechó la satisfacción general para hacerse otorgar por plebiscito el Consulado vitalicio y el derecho a designar sucesor, con lo que la monarquía hereditaria quedaba de hecho restablecida. Aunque entonces no tenía hijos, nada impedía que aquel sucesor fuese su hijo si tenía alguno. Después, las mismas razones que habían conducido al Consulado vitalicio, esto es, la necesidad de asegurar la continuidad de un régimen sobre el cual reposaban los destinos de Francia y los intereses originados de la Revolución, empujó al último paso, el del Imperio, que fue proclamado el 18 de mayo de 1804.

En el orden religioso, el Concordato firmado con el papa Pío VII y el cardenal Consalvi, en 15 de julio de 1801, devolvió a Francia su base religiosa tradicional y restableció la paz entre la República Francesa y la Santa Sede. En el orden legislativo, el Código Civil elaborado en esta época, aunque promulgado ya en los primeros días del Imperio (21 de mayo de 1804), vino a cerrar el proceso revolucionario, acoplando los principios de igualdad y libertad civil, emanados de la Revolución, con la parte viva del derecho tradicional y de la legislación romana.

Por lo que se refiere a la obra militar, el Consulado tuvo que hacer frente a la coalición que Inglaterra había conseguido formar durante la expedición a Egipto, la cual, en la campaña de 1799, había infligido, como hemos visto, serios reveses a las armas francesas. Dueño del poder y habiendo rechazado Inglaterra y Austria la paz que les ofrecía, Napoleón, en la campaña de 1800, derrotó a los austríacos en Marengo (16 de junio), y en diciembre, el general Moreau obtuvo un éxito similar en Hohenlinden. Viena pidió la paz, que se firmó en Luneville en 1801, a base del reconocimiento de la hegemonía francesa en Italia y la cesión de la orilla izquierda del Rin. Napoleón transformó la República Cisalpina en la República Italiana (1801). La derrota de Austria, los éxitos de Bonaparte y el desequilibrio de la Hacienda, inclinaron a Inglaterra a la paz, que se firmó en Amiens en marzo de 1802.

Los Tratados de Luneville y Amiens establecieron la supremacía de Francia en Europa. La República Francesa extendía su territorio hasta el Rin y los Alpes. Su influencia se dilataba más allá de las fronteras por la hegemonía que ejercía sobre las Repúblicas vecinas –la italiana, la bátava y la helvética– y su ascendiente en Alemania e Italia, y también en España, donde la política, dirigida por Godoy, era enteramente adicta a Francia. Pero Inglaterra consiguió la evacuación de Egipto por los franceses y el reconocimiento de su dominio sobre Ceilán y Trinidad, arrebatadas respectivamente a Holanda y España, y mantenía su supremacía en el mar.

El Tratado de Amiens era sólo una paz de compromiso, que, en realidad, no significaba más que una tregua. A pesar de la caída de Pitt, que las había hecho posibles, las ideas dominantes en la política inglesa no cambiaron. Pronto se reavivó el ambiente hostil entre los hombres de negocios británicos, que comprobaban, con el dominio francés sobre Bélgica y Holanda, la pérdida de sus mercados continentales. La ruptura vino de nuevo con ocasión de Malta, que los ingleses se negaban a evacuar, a pesar de los compromisos contraídos en Amiens. Y cuando Napoleón ciñó la corona imperial y distribuía cargos y títulos, su pensamiento estaba en el campo de Boulogne, donde preparaba un atrevido plan para invadir Inglaterra.

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- La revolución francesa


+ La revolución francesa (I): la revuelta de los privilegiados

+ La revolución francesa (II): la revolución burguesa

+ La revolución francesa (III): el jacobinismo triunfante

+ La revolución francesa (IV): el Directorio