miércoles, 21 de septiembre de 2016

Una historia de Napoleón (XVIII): la rectificación de Wagram



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Napoleón había salido a disgusto para España. La abandona por necesidad, descontento de sí mismo, de los demás y de los acontecimientos, a los cuales cada año gobierna un poco menos que el precedente. Por un nuevo golpe de fuerza, acaba de restablecer en Madrid a José. Bien sabe que al otro lado de los Pirineos deja guerrillas por todas partes; a los ingleses, echados al mar para desembarcar en otro sitio; a la tropa, descontenta con su cometido; a los mariscales, sin entenderse; a José, siempre quejoso. Y también sabe que, lo mismo que él, nadie se engaña acerca de ello, no sólo en Londres y en Viena, en Berlín o en San Petersburgo, sino en París. "Un hombre que no ha nacido sobre un trono y que ha recorrido las calles a pie", como a sí mismo se define, no se paga de palabras ni de ilusiones. Habiendo tomado mal cariz los acontecimientos de España, que él en persona no ha podido reparar más que en su parte más importante, es él quien cargará con el peso de las consecuencias y con los reproches por lo acaecido, y adivinará que, durante su ausencia, Austria se prepararía a traicionarle, y que los mismos que le habían aconsejado que destronase a los Borbones de Madrid, le acusarían de ambición, de locura y de orgullo.

Napoleon Bonaparte en Wagram

Deja España, donde promete que volverá dentro de un mes, y donde no habrá de aparecer ya más, para entrar en París como un rayo, "exasperado". Durante este viaje a rienda suelta, ¡qué de reflexiones! Sus dos instrumentos de reinar son: dentro, el éxito; fuera, el temor. Si le abandona la suerte, si deja de inspirar miedo, su monarquía se hundirá, y ante él sólo se abrirá un abismo. España es la piedra de toque de todas las fidelidades: la de los servidores, la de los aliados, la de la fortuna.

Un primero, un único fracaso, si bien disimulado a medias por la vuelta a Madrid de José, ha sido suficiente para que se forme en Francia una oposición. No se trata sólo de intrigantes y conspiradores. He aquí que de pronto el Cuerpo legislativo se vuelve indócil y pleitea, ¡por el Código de procedimiento penal! Cuarenta bolas negras. Cuarenta descontentos. Síntoma que no engaña a un ojo experimentado. No sólo se cree en Viena que ha llegado el momento de reanudar la lucha y de arrastrar a Europa contra Francia, sino que no se teme la intervención de Rusia. Es decir, que no se toma en serio la alianza de Tilsit. Golpe directo a la política de Napoleon. No sabe hasta qué punto Talleyrand le ha sido desleal en Erfurt, pero comprender ahora mejor las frialdades y reticencias de Alejandro. Mide entonces la fragilidad de todo cuanto ha hecho; la insuficiencia de las anclas que ha fondeado; la debilidad de su poder, inmenso, pero vitalicio; de tal modo vitalicio, que se especula no sólo con su muerte, sino con su caída. Ve cómo, en algunas semanas, el Imperio podría hundirse. Es preciso consolidar más y más siempre, y ni siquiera tiene un hijo para prolongarse, para responder del porvenir y acabar con la peligrosa cuestión del sucesor. Para tener hijo hace falta mujer. Un casamiento con una princesa, un lazo de familia con una gran dinastía le procuraría la estabilidad que le falta. Pero el Zar –y éste es otro síntoma inquietante– deja sin efecto los proyectos de Erfurt, las alusiones a la gran duquesa, al matrimonio con su hermana.

Y de París, donde se intriga, en donde la Bolsa se manifiesta a su modo, que es la baja de los fondos públicos, Napoleón tendrá pronto que alejarse, aunque afirma que "no existe presunción alguna de guerra". Durante su ausencia, durante esta nueva guerra de Austria, de la que él no duda, aunque niega su posibilidad, todo se repetirá si no asusta antes a los conspiradores aun a riesgo de engrosar él mismo el complot. Entonces, a su regreso a París, tiene lugar, ante Cambacérès, Lebrun y el Almirante Decrés la gran escena, cuyo ruido traspasa inmediatamente la puerta del despacho, con Talleyrand y con Fouché, cómplices los dos fulminados con la palabra y la mirada, y especialmente Talleyrand, más duramente tratado, como si Napoleón no perdonara al gran señor, al obispo casado, al ministro que ha tenido la dirección y conocido los secretos de su política; desdeñando, en cambio, al fámulo de colegio metido a convencional, hombre de policía y bajos oficios. Reproches merecidos, injuriosos, que nada dejan en la sombra de lo que el emperador sabe. Con dureza recuerda a Talleyrand sus consejos pérfidos y sus adulaciones por delante para mejor criticarle a sus espaldas. Añade lo más insultante: las acusaciones de improbidad, el enriquecimiento cuyo origen le han contado los príncipes confederados. Napoleón no lo sabe todo, sin embargo. Ignora el doble juego diplomático de Erfurt, los consejos dados por Talleyrand a Austria y Rusia. Y después de este terrible desahogo, viene el apóstrofe en que Bonaparte, ante estos testigos de su vida, no teme evocar la fragilidad de su trono: "Sabed que si surgiera una nueva revolución, cualquiera que fuese vuestra participación en ella, seríais los primeros a quienes aplastase".

La gran escena del 28 de enero de 1809, calculada para la publicidad, es notable sobre todo por la falta de sanción. Los dos hombres que acaban de sufrir esta cólera esperan la desgracia, la destitución, el destierro. Fouché conserva, por esta vez, su ministerio. Si Talleyrand pierde su puesto de gran chambelán, no es desposeído, en cambio, de su título y su rango de gran dignatario. Los dos "previsores del porvenir" amenazados de verse sepultados en las ruinas, pero perdonados por quien, de momento, es todavía el amo, estarán aún más atentos en adelante a no ser aplastados por la caída del Imperio y sirviendo a la Restauración responderán al desafío. ¿Por qué inconsecuencia o por qué debilidad amenaza Napoleón sin castigar, como si se aliviara con sólo desahogar su cólera? "Humilla demasiado y no castigo bastante", decía Hortensia. Quien escribía a su hermano Luis: "Un rey del que se dice que es un buen hombre es un rey perdido", tenía indulgencias singulares, y aun tendrá más. Nadie habrá sido más traicionado sin haberse hecho menos ilusiones, sin haber castigado menos, y, cuando se hablaba de su despotismo, se encogía de hombres. Para el general Dupont ha prometido el poste de ejecución, el cadalso. Sin embargo, los responsables de la capitulación de Bailén no serán juzgados hasta 1812, sin que les sea aplicado el nuevo Código militar, que castiga con la muerte las rendiciones en campo abierto. Y es que Dupont tiene amigos entre los altos grados, formados de hombres que, como él, han hecho las guerras de la Revolución; que mantienen tacto de codos y una camaradería, una "confederación" que se levanta en cuanto uno se ve amenazado. Napoleón, en su Imperio, no es amo en la medida que pudiera suponerse. Aunque pueda extrañar la palabra, hay en él una cierta timidez. Carnot, el republicano, habla de sus "inconcebibles debilidades" y dice como Hortensia: "Amenazar sin castigar, dejar en manos de aquellos a quienes ha lastimado la posibilidad de hacer daño, es una falta en que siempre reincide. ¿Falta o, según la observación de Savary, "desdicha de su situación"?

Carnot compara los miramientos para las personas con los que tiene sucesivamente para Austria, Prusia y Rusia. Pero es que Napoleón necesita aliados en el continente, como necesita, en Francia, atraerse a los hombres por sus intereses. Después del estallido del 28 de enero, ¿por qué, satisfecho de haber infundido miedo, se abstiene de castigar? Teme inquietar a demasiada gente si toma medidas de sanción tras las cuales, dice Mollien, nadie se encontraría a cubierto. La debilidad no está en Bonaparte, sino en su posición, cuya inestabilidad se le manifiesta a diario tanto en el interior como en el exterior, lo que tan pronto le impide tener suficiente firmeza como le hace ser brutal hasta la temeridad.

Lleva ya sobre sí la carga de España. Y precisamente porque los asuntos de España le embarazan, le debilitan y le disminuyen, Austria cree favorable la ocasión. Esta nueva guerra es lo que mejor puede acrecentar en Francia esa fatiga que Napoleón mide mejor que nadie, porque, lector infatigable de estados de situación y de informes policiacos, los síntomas de un desgaste naciente no se le ocultan más que esa aspiración a la paz y al descanso que conoce bien, puesto que se sirvió de ella antiguamente, en tiempos de Leoben y de Campo-Formio, para hacerse popular. Esta agresión del austriaco es "un mazazo" para la opinión pública, que hace al emperador pensar en voz alta con amargura: "Y luego se dirá que yo falto a mis compromisos y que no puedo estarme quieto". Se –este "se" comprende a todo el mundo– vuelve a caer en las guerras sin fin. Como Campo-Formio y Lunéville, Presburgo no ha sido la paz. De los "armisticios disfrazados" se envanece Metternich. Se comprende, sobre todo, y esto es lo más grave, que Austria, empujada por Inglaterra, toma otra vez las armas porque España quita a Francia tropas, buenos generales, mientras que la Grande Armée, partida en dos, pierde su fuerte unidad. "¡No haber tenido aquí los tres cuerpos de Soult, Ney y Mortier!". Esta será la queja, el suspiro del emperador tras las duras jornada de Essling y de Wagram. No es necesario ser militar para presentir que, en esta campaña, Soult, Ney y Mortier faltarán.

La inquietud pública la adivina Napoleón tan bien que su consigna, la que da después de Valladolid, es que no hay guerra a la vista, que no existe presunción de guerra. Después habrá que confesar, habrá que rendirse a la evidencia. Esta guerra no puede evitarse; Austria la quiere: ha creado y movilizado un ejército territorial, puesto en pie hasta medio millón de hombres: uno de sus más grandes esfuerzos. Es difícil responde de Prusia, que se dejará, tal vez, arrastrar por sus compatriotas. Ya hay voluntarios prusianos que se alistan en el ejército austriaco. Entonces el Emperador tranquiliza a todo el mundo: a los franceses y a los que se ven amenazados, que son, en primer término, los reyes y los príncipes de la confederación del Rin. ¿Y cómo les tranquiliza? Mediante la alianza rusa. Cree en ella todavía, o finge creer en ella. Escribe a todos que Austria desarmará, que no se moverá cuando vea a "los ejércitos franceses y rusos dispuestos a invadir su territorio", cuya integridad garantizan los dos emperadores. Durante todo el mes de mayo, repite la misma fórmula: hace saber en Munich, en Stuttgart, en todas partes, que el zar está indignado de la conducta de Austria, que ha reiterado su promesa de unir sus fuerzas a las de Francia, que sus tropas están en marcha, que él mismo se pondrá a su cabeza. Al virrey de Italia le recomienda: "Debéis inculcar por todos los medios la idea de que los rusos marchan sobre Austria".

Para sostener la moral, presta a los demás la seguridad que a él le falta, oyendo sin impaciencia las observaciones, como siempre que las cosas no van bien. "Acababa por inspirar confianza a fuerza de mostrar seguridad". Una seguridad que le falta. Durante este tiempo, Caulaincourt, su embajador en San Petersburgo, queda encargado de reanimar al gobierno ruso, de hacerle presente que las notas a la corte de Viena no son suficientes, que las palabras necesitan el apoyo de fuerzas amenazadoras, que será necesario (como si esto no fuera automático) que el encargado de negocios de Rusia pida sus pasaportes en el momento que Austria abra las hostilidades; de recordar, en fin, que la paz no se habría turbado si los compromisos de Erfurt hubieran sido más precisos y más firmes, como los hubiera querido Napoleón.

La obra, el sistema, el gran pensamiento de Tilsit están a prueba. Es el momento de juzgar su solidez. En Erfurt era ya dudosa. Unos días más y la ilusión de la alianza rusa se desvanecerá. Alejandro alega que está ocupado con Suecia por causa de Finlandia y por la de los principados danubianos, con los turcos, que acaban de aliarse con Inglaterra. Desde entonces aparece claro que Austria ha atacado a Francia porque está segura de la neutralidad del Zar. De su neutralidad, por lo menos. En San Petersburgo, Alejandro se ve acosado. Los partidarios de Inglaterra quisieran que tomase las armas contra Francia. Se defiende; también sus asuntos con suecos y turcos son los que alega. Sobre todo no juzga que haya llegado el momento de la ruptura. Francia es todavía demasiado fuerte; Friedland está demasiado próximo. Que Napoleón se desgaste en una nueva guerra, es, por el momento, lo que el interés de Rusia pide. Prusia, haciendo iguales cálculos, no intervendrá tampoco. Su regla, después de Jena, es la de estar bien con Francia, para "no ser tragada". Los tiempos de coalición de 1813 no han madurado todavía, y Napoleón, por esta vez, no tendrá más que un solo adversario a quien combatir: Austria. Pero la inacción de Rusia es ya para él una derrota moral y política. "¡No es una alianza lo que tengo con ella y se me engaña!", exclama cuando se desvanece la última esperanza de que Alejandro cumpla su palabra, de que se comporte como aliado leal y junte sus fuerzas a las de Francia. Después tendrá este grito del corazón, esta confesión de que ha contado demasiado con Rusia, de que ha sido demasiado temerario al descansar en ella: "¡Si yo hubiera podido sospechar esto antes de la cuestión de España!". En Tilsit creyó haber llegado a la meta. No tenía más paz que negociar que la paz con Inglaterra. Sólo ella se obstinaba todavía. Una vez todas las partes del continente unidas, federadas, tenidas de la mano, la capitulación de los ingleses era segura. Dieciocho meses más tarde, Napoleón estaba en guerra con España y con Austria, lo que(observaba un hombre clarividente de los que le rodeaban) era lo mismo para la política inglesa que si hubiera continuado guerreando con Prusia y Rusia. La obra diplomática de Tilsit hay que recomenzarla. Hay que rehacerla con los mismos medios, con victorias. Y cada año se hace más difícil la victoria. Dudosa en Eylau, larga de obtener en Friedland, frágil y mezclada de duros reveses en España, crecen el precio y el trabajo que cuesta. ¡Qué cambio desde los tiempos en que, en Boulogne, decía a Berthier: "Quiero encontrarme en el corazón de Alemania con 300.000 hombres antes de que se den cuenta", y cumplía su palabra, y por una sencilla marcha hacía capitular a Mack! Y es que Napoleón no tiene ya el gran ejército de Boulogne. Ha tenido que llevar a cabo prodigios para reparar las debilidades que España le causa, prodigios de organización que implican también, a pesar de los contingentes de la confederación germánica, mayores levas de hombres en los ciento quince departamentos de Francia. No sólo continúa comiéndose anticipadamente una quinta, sino que eleva de 80 a 100.000 hombres el reclutamiento anual de la juventud y alista a aquellos reclutas de las quintas antiguas que no han sido llamados todavía a filas. Son los famosos "cien mil hombres de renta", y ya empiezan a no ser suficientes. Con las dificultades que aumentan, el arco se tiende más, un poco más cada día, hasta romperse.

Entonces, con prodigios de actividad, de perspicacia, de decisión, Napoleón se abre por segunda vez el camino de Viena, pero a gran costa; cinco días de sangrienta batalla en Abensberg y en Eckmühl. Cuatro años antes, en Ulm, el mismo enemigo se rendía y, vencido sin combate, entregaba su capital. Esta vez los franceses pierden Ratisbona, que es preciso reconquistar por asalto, y ante sus muros, una bala da en un pie a Napoleón; una contusión, no una herida; como un aviso del destino, como un signo de que los tiempos se tornan ásperos. Cuesta más en 1809 vencer a Austria sola que en 1805 a los austriacos y rusos reunidos.

Es la segunda entrada de Napoleón en Viena, después de otro combate mortífero en Ebersberg. Todavía ha hecho falta, para que Viena se rindiera, enviarla algunos cañonazos y domar al pueblo bajo de los suburbios. Porque esta ciudad de molicie y placer tiene ahora, también, una especie de ímpetu nacional. Las puertas no se abren ya solas; estas entradas en las capitales conquistadas, estos difíciles recomienzos carecen de ebriedad. ¿No es esto la prueba de que todo hay que rehacerlo siempre, de que la meta es inalcanzable? Tan pronto el Emperador se encuentra de nuevo en Schöenbrunn, en el palacio y entre los muebles de los Habsburgos, cuando le llegan malas noticias. El virrey Eugenio se ha dejado vencer en Italia. El Tirol se subleva. En Polonia, Poniatowski tiene que retroceder ante los austriacos y abandonarles Varsovia, mientras que Alejandro mira y no se mueve. Multiplicación de cometidos; ¡y sabe Dios lo que pasa allá abajo, en aquella España y en aquel Portugal! Entretanto, es urgente enviar a Macdonald en socorro de Eugenio para proseguir las operaciones sobre el Adigio, cuando surgen otras complicaciones. Una escuadra inglesa amenaza las costas italianas con un desembarco que tiene en alerta a Murat. Roma se agita desde que Austria abre las hostilidades y el régimen de la ocupación lleva a conflictos cotidianos con Pío VII. El general Miollis, que, sin embargo, no es brutal, se irrita, porque le inquieta la resistencia que le oponen el Papa y los cardenales, y su tendencia a desentenderse de un contacto que ha tratado de que fuese cortés desde un principio. Sin duda, Roma ha sido ocupada por motivos ajenos a la religión. El Papa se lamenta grandemente del golpe dado a su independencia. Los actos con que afirma su soberanía parecen peligrosos, porque de un día a otro pueden excitar a la población romana contra los franceses, amotinarla. ¿Está presente en los espíritus el asesinato del general Duphot en la época en que el Directorio ocupaba ya Roma? Miollis, para restablecer su autoridad, responde con el desarme de las guardias nobles y con nuevas amenazas de detenciones. Para terminar, y para asustar también, cuatro días después de la entrada en Viena, el resto de los Estados de la Santa Sede queda unido al Imperio francés. El Papa permanecerá en Roma como soberano espiritual. Queda despojado de su soberanía temporal. Napoleón dice con soberbia que él retira la donación de Carlomagno, pero renueva lo que intentó la Revolución contra la República romana; emperador ungido y consagrado, hace lo que, general republicano, se negó a hacer en 1796. ¿En qué para su gran política del Concordato, de la reconciliación con la Iglesia? Ante lo que se opone al cumplimiento de los destinos de Francia y a las necesidades lógicas de la conservación de las fronteras naturales, vuelve a las ideas de los jacobinos, se sirve de los últimos medios, del mismo recurso de la fuerza; pero amplificado todo y repleto de contrapartidas más vastas, de suerte que todo lo que ya se había levantado contra la Revolución en 1798, todo lo que entonces había puesto a Francia a dos dedos de la invasión y de su pérdida, se volverá todavía contra el Imperio; pero con un multiplicador de tal modo aumentado, que esta vez no se podrá detener el torrente. En los asuntos de Roma, como en los de España, como pronto en los de Rusia, se comprenden las razones inmediatas de Napoleón, siempre determinadas por las circunstancias, subordinadas a las necesidad de la solución inmediata. Sólo que así va amontonando lo que luego caerá sobre él para aplastarle.

El momento en que rompe con el Papado no es el de un vértigo de poderío. No ha ido a Viena para llevar allí un vano triunfo, sino por reflexión y porque la estrategia se lo ordena. Va allí porque marcha directamente hacia las fuerzas enemigas que no están destruidas. Estas fuerzas sobrepasan las suyas. Tiene todavía batallas que librar y puede perderlas. Veámosle antes de las adversas jornadas de Essling, muy expuesto, observado por toda Europa, abandonado de Alejandro y, por encima de todo, después de los pactos de Tilsit y Erfurt, burlado en forma bastante ridícula. Su grandeza, si es que está intranquilo, consiste en no descubrir su intranquilidad, en mantener su pulso en calma como cuando se lo hacía tomar después de sus grandes explosiones de cólera, para demostrar que no se encolerizaba sino deliberadamente. Pero necesita mantener su crédito que se nutre de prestigio, de un prestigio nutrido a su vez del temor que inspira. Desafía para intimidar y hacer ver que no tiembla.

Tiene prisa por acabar con los austriacos, porque sigue teniendo que Prusia se ponga en movimiento; porque no está seguro de Rusia. Y su prisa es tal, que se le ve a él mismo transportar tablas para la construcción del puente por el que había de pasar el Danubio. "La política, como en todas las guerras del emperador, había que tenerla en cuenta como la estrategia". Pero ahora, la prisa, que era "indispensable", se convierte en precipitación, y la precipitación en temeridad. Pudo creerse que Napoleón estaba perdido cuando se lanzó a franquear el Danubio ante el ejército del Archiduque Carlos, y que después de los duros combates de Aspern y de Essling, en los que Lannes pereció, se tuvo que replegar sobre la isla de Lobau. Fue allí donde se hizo sentir la defección del zar, que escribía mucho a su gran amigo, pero no le enviaba ni un solo cosaco. "Comercio de cartas", cuando lo que hubiera hecho falta era un "comercio de batallones". Halagos, cumplimientos, todo menos un cuerpo de ejército.

Eylau fue una batalla dudosa. Essling fue un fracaso. Por primera vez el emperador, que mandaba personalmente, se veía obligado a replegarse ante el enemigo; por accidente sin duda, pues que la crecida súbita del Danubio, arrastrando los puentes, le aislaba de la orilla derecha y le privaba de municiones. Sin embargo, el revés existía. Se evitó un desastre sólo a fuerza de energía y de sacrificios. Napoleón podía recordarse a sí mismo lo que se complacía en enseñar a los demás: "la guerra es un juego serio", un juego en que el jefe expone a sus soldados, su reputación y su país. No había previsto que el río, crecido súbitamente, le pondría en peligro. Debió preverlo; y no hubiera valido eso de excusa a cualquiera de sus lugartenientes. Coronado por el éxito, el paso del Danubio hubiera sido una operación genial. Fracasado, no fue otra cosa que una operación temeraria. Napoleón vio las consecuencias, el efecto moral, sobre todo, de un acontecimiento que había de "volcanizar" todas las cabezas alemanas, y que tan lejos de Francia, y con una capital populosa en la que había entrado por la fuerza, detrás de él, le ponía en un peligro mayor que el que podía suponerle el ejército del Archiduque Carlos, también extenuado por aquellas terribles jornadas del 21 y 22 de mayo. Lo que era de temer era el desaliento de sus generales y sus tropas. Entonces, como en otros tiempos en Mantua, celebra un consejo de guerra para levantar la moral. Explica por qué es preciso quedarse y fortificarse en la isla Lobau, esperar la reunión con el ejército de Italia y no volver a la orilla derecha a ningún precio, pues si no, la retirada no parará hasta Estrasburgo, a través de una Alemania sublevada, traicionándoles los confederados, dedicadas Prusia y la misma Rusia a la persecución de los franceses; toda una visión de lo que será la realidad de 1813. Lo que no decía, aunque se imaginara también, es lo que se pensaría en París, lo que se estaría ya pensando. La salvación estaba en aferrarse a aquella isla de Lobau, al fin y al cabo elegida, a fin de tomarla como punto de partida para otra batalla, que no podía dejar de ser victoriosa.

Esta victoria es necesaria para la salvación del Imperio, y Napoleón no exagera nada al pensarlo así. Ve cuán próximo está todo de volverse en su contra, y las fuerzas, las armas que se emplearán. Es ya una clarinada a punto de sonar. ¡Qué de síntomas, desde estos insurrectos oscuros –guerrilleros, jefes de partidas, patriotas y apóstoles– el mayor prusiano Schill, el hostelero tirolés Andrèas Hofer, hasta el Jefe de la Iglesia católica, que no vacila en excomulgarle! Como no intimida a los romanos, a pesar de la presencia de las tropas francesas, fija la bula de excomunión en los muros de las tres basílicas.

Este rayo no es de los que alteran a Napoleón. Otros hay que sufrir, y para él toda esta cuestión de Roma no es religiosa, es política. Con la Iglesia ya se ha arreglado, y está convencido de que continuará arreglándose. Pero no está en situación de dejar pasar un desafío, y en este momento, en que tantas miradas están clavadas en él, se ve condenado a acudir a las violencias para aparentar que no tiene nada que temer. La excomunión ha sido lanzada unos días después de Essling, y Pío VII, que no había ocultado sus intenciones, no hubiera dudado, aunque el resultado de la batalla hubiera sido favorable al Emperador. En su situación, Napoleón recibe la sentencia como una injuria, y lo que es más grave, como un acto de hostilidad en un momento en que se encuentra en postura difícil ante el enemigo. La excomunión le hiere, porque le perjudica tanto más cuanto que no puede dejarla sin respuesta, y esta respuesta que agrava todo es la detención del Pontífice, sacado de Roma por los gendarmes del General Radet. En esto, como en la ejecución de Vincennes y en la trampa de Bayona, podría Napoleón decir que no se ha actuado por orden expresa suya. Los ejecutores han interpretado, han comprendido su pensamiento. Lejos de culparle, hará barón a Radet y se contentará con repetir su principio: "Es preciso haber hecho una cosa para que se confiese haber pensado en ella". Por otra parte, el rapto del Pontífice tendrá lugar el día mismo de Wagram. El efecto lo atenuará la victoria, y el atentado en la persona del Papa será, aun para las cortes católicas y para su Majestad Apostólica misma, una "necesidad de la política". Fuera y dentro de Francia, los creyentes podrán llamar a Napoleón el Anticristo. Esto no es nada en tanto que la fortuna le siga siendo fiel. Será uno de los elementos de la catástrofe cuando los grandes reveses lleguen.

Pero la atención del Emperador era requerida en primer término por la batalla que había de restablecer su situación. Seis semanas de preparación y de vigilancia para que esta vez todas las probabilidades estén a su favor, pues no existe ya medio de que no gane. Entonces parece como si el genio del hombre de guerra se creciese con la dificultad. Lejos de alterarse por la gravedad de lo que se jugaba, como lo estuvo en Marengo, como lo estará en el último de sus campos de batalla, está en prodigiosa posesión de sus facultades maravillosas y después de haberlo preparado todo hasta el último detalle con lucidez de espíritu, bien dispuesto físicamente el día de la decisión, ejecuta, bajo el fuego, una de sus más bellas maniobras, que salva la jornada y la gana. Se franquea el Danubio, se confirma la posición que sostenía el Archiduque Carlos, se borra el revés de Essling, el enemigo se pone en fuga. "Desde el punto de vista del arte", lo mejor que podía hacerse: razonamiento e inspiración, audacia y prudencia, la perfección, la obra maestra de la madurez de Bonaparte.

"Y, sin embargo, el emperador quedó medianamente contento de la batalla de Wagram". Le había costado cara en hombres y oficiales; casi tan cara como al adversario vencido. Habrá exigido un esfuerzo de los generales y de la tropa que no podía pedírseles, siempre. No obstante, las circunstancias le fueron favorables, puesto que el ejército del Archiduque Juan no se había unido al del Archiduque Carlos, mientras que el Príncipe Eugenio, Macdonald y Marmont, tras una marcha feliz, llegaban a tiempo. Napoleón sabía lo que le había costado vencer con soldados demasiado jóvenes a los auxiliares. Comparaba Wagram con Austerlitz, a Jena. No era ya la victoria con alas porque la fuerte unidad de la Grande Armée había dejado de existir. Notó al instrumento menos blando, y, como dice Thiers, "un comienzo de confusión imputable no al espíritu del que mandaba, sino a la cantidad y diversidad de los elementos de que se veía obligado a servirse para dar cima a la inmensidad de su tarea". Un comienzo de fatiga también, todo tenso hasta el extremo, ya casi excesivamente: las energías físicas, el valor y hasta el poderoso cerebro del jefe. Comienzo, en fin, de la lucha contra la naturaleza de las cosas.

Y Napoleón quedó "medianamente contento", porque el día siguiente a Wagram no fue tampoco el que siguió a Austerlitz. Por un soberbio enderezamiento, desde luego necesario, el resultado indispensable estaba alcanzado. Nada más. En su clarividencia, comprendía que era menos la victoria que la ilusión de la victoria. Esta vez el emperador de Austria no venía a solicitar la paz a su vivaque. ¿Qué hubiera hecho Napoleón si el Archiduque Carlos, cuyo ejército estaba muy castigado, pero no destruido, se hubiese refugiado en Hungría, donde habría encontrado más soldados y vastos recursos? Un falso cálculo del adversario ahorraba al vencedor un grave conflicto. El Archiduque se retiró a Bohemia.

Persecución blanda. Napoleón tiene demasiadas razones para desear el fin de esta campaña. Está cansado, duda, lamenta siempre los doscientos mil hombres que están en aquella España en la que nada marcha bien. Comprometerse en nuevas operaciones, en sabias maniobras para forzar a los austriacos a una tercera batalla, sería "ponerlo todo en tela de juicio". Y si sucediese algún contratiempo, ¿quién sabe si por abrumar a los franceses, los rusos no saldría de su neutralidad, ya cruel y ofensiva? "No; ya se ha derramado bastante sangre". Wagram es el 6 de julio. El 12 se firma el armisticio en Znaïm. El cuerpo de Davout acampaba en Austerlitz. Algunas semanas más tarde, el Emperador le pasó una revista, y por la noche, cenando, preguntó a sus generales, como para sondearlos: "Es la segunda vez que vengo aquí; ¿vendré la tercera?". Se le contestó: "Señor: por lo que vemos todos los días, nadie se atrevería a apostar que no". La idea de la guerra interminable con todas sus consecuencias, va entrando en los espíritus y ya los menos buenos sueñan con quitar su prenda del juego. Se hace preciso, en una orden del día, despedir a Bernadotte que, en Wagram, no ha hecho nada, pero atribuye a sí mismo y a los sajones que manda el mérito de la jornada. Este, que recibirá como premio grande el trono de Suecia, se convertirá en enemigo. Por una especie de compensación, Macdonald, frondeur, y desde hace tiempo sospechoso, asciende a mariscal. El Emperador siente la necesidad de trastear a su gente.

Tiene, al regresar a Schoenbrunn, otros muchos cuidados, otras muchas inquietudes durante las negociaciones de paz que durarán hasta mediados de octubre. Todo conspira a contrariarle: no hay una sola noticia que no le arranque un movimiento de mal humor y de impaciencia. ¿Es que no está rodeado más que de imbéciles o de traidores? ¿De qué cosas se va enterando una otras otra? Soult, uno de los que merecen toda su confianza, concibió la idea de hacerse un reino en ese Portugal que ni siquiera es capaz de conservar y de donde le expulsan los ingleses. Por segunda vez Portugal se pierde, Wellesley, el futuro Wellington, que entra en España a raíz del desastre de Soult, libra una batalla que debía haber perdido, de la que logra escapar, y que resulta un desastre para los franceses por el desacuerdo entre los jefes y la indisciplina que se ha introducido en el ejército. Al conocer el relato de este absurdo asunto de Talavera, Napoleón se encoge de hombros piadosamente: "¡Sería preciso que yo estuviera en todas partes!". ¿Y quién es, además, el imbécil que ha creído oportuno llevar al Papa a Francia, hasta Grenoble, para que las gentes se arrodillen al paso del Pontífice perseguido? Se da orden de retroceder y de internar a Pío VII en Savona. El emperador necesita no tener complicaciones ni fracasos en los momentos en que, para hacer que Austria desista de firmar la paz, Inglaterra redobla sus esfuerzos. He aquí que los ingleses han desembarcado en la isla de Walcheren, que el General Monnet, "un cobarde", un "incapaz", ha rendido a Flessinga, de suerte que Amberes está amenazada. ¡Y si esto fuera todo! Pero Fouché, Ministro del Interior interino, esparce la alarma en Francia. Como si amenazara la invasión, moviliza la guardia nacional, la instruye, la da oficiales reclutados en el comercio, en las finanzas, en esa burguesía que murmura ya de una guerra eternizada y que guarda mal recuerdo de los días de "la patria en peligro". Fouché llama a activo a los militares retirados por sus ideas republicanas. En suma: arma a los descontentos. Pide a Bernadotte, en desgracia la víspera, que tome el mando de la guardia nacional. ¿Qué quiere Fouché? Amo de la policía y ahora de los prefectos, verdadero primer ministro, es, en ausencia del emperador, el amo de Francia. Ahora bien, en los primeros momentos, el emperador no se ha dado cuenta. Aprueba lo que hace Fouché, viendo en la llamada guardia nacional un medio de aumentar las fuerzas del Imperio. No encuentra mal ni la misma elección de Bernadotte, como alegrándose de poder rehabilitar al Príncipe de PonteCorvo. Pero he aquí que Francia se asusta de esta movilización en masa, de este retorno al 93. ¿Se vuelve a la Revolución, al Terror, conducidos por un jacobino? Afluyen a Schoenbrunn las quejas, las protestas, las denuncias contra Fouché. El emperador se desconcierta, después se enfurece. Ve nacer una crisis y no está muy seguro de lo que debe hacer. A Fouché acaba de nombrarle duque de Otranto. Le retira del Ministerio del Interior, pero firma sus letras patentes. Destituye de su mando a Bernadotte, que en Amberes se comporta como un autócrata, casi como un conspirador, dejándole definitivamente lastimado. Ordena la disolución de la guardia nacional, reprocha a Fouché haber alarmado al Imperio "sin razón", y adivina en el fondo el esbozo de uno de esos complots que se renuevan cada vez que se halla lejos. El apresamiento del Papa ha provocado la agitación de los católicos franceses y belgas, introduciendo la confusión en el clero, reanimando las esperanzas de los monárquicos, mientras que en el otro campo, el de los ateos y de los ideólogos, de los enemigos de la superstición que antaño redujo al silencio y llevó a Notre-Dame, se mofan. "¿Para esto se hicieron el concordato, la consagración y el Tedéum?". Entonces gruñe el emperador: "Estoy cansado de intrigas". Está, sobre todo, inquieto, y aunque escribe a Fouché cartas duras, una vez más no osa revocarle. ¡Qué no habría sucedido sin el enderezamiento de Wagram! En todos sentidos, se había vencido a tiempo. Era ya hora de firmar la paz. "Si no se hace la paz nos vamos a ver rodeados de mil Vendèes", decía Napoleón en Schoenbrunn. Talavera, Walcheren, la actividad de los ingleses en el litoral del Imperio, su aparición ante la isla d'Aix y, además, una nueva insurrección en el Tirol, la fermentación en Prusia, tantas noticias que se añaden a la contrariedad que le causa la enigmática neutralidad de Rusia y que no favorecen las negociaciones con Austria.

Una vez más ahora se produce una de esas bruscas mudanzas a que Napoleón está acostumbrado. Siempre se encuentra con lo que él llama "situaciones forzadas", que percibe mejor que nadie, y que no son más que aspectos sucesivos del insoluble problema. Cuando Austria le atacó, cuando el emperador Francisco faltó a la palabra, dada después de Austerlitz, de no hacer más la guerra, Napoleón juró para sí terminar con Austria, con los Habsburgos; destronar a éstos, poner en su lugar a otro príncipe alemán, por ejemplo al gran-duque de Wurzbourg. Pero el ejército austriaco resistió mejor de lo que hubiera creído. Está vencido y con sus jefes desmoralizados, porque creían fervientemente que la victoria sería suya; no está destruido. Por tanto, si Napoleón habla todavía de deponer al emperador Francisco, de separar sus tres coronas, es a modo de intimidación para obtener lo que quiere. Y siempre quiere lo mismo; siempre vuelve a su sueño: la estricta aplicación del bloqueo continental. Tanto como de debilitar a Austria, de sustraerla a la alianza de Inglaterra, se trata de cerrar definitivamente nuevos puertos, nuevos litorales al comercio de los ingleses. Por lo menos en esto hay una consecuencia rigurosa en las ideas de Bonaparte, porque en ello se encuentran también la solución única y el medio esencial para un problema que no varía desde Trafalgar. Trieste, Fiume, completarán las "provincias alirias", que, anexionadas por el Imperio francés, forman, hasta Turquía, una línea coste ininterrumpida. Y no es ya un camino hacia el Oriente para el "gran objeto" cuya realización, siempre diferida, se aparta de los pensamientos de Napoleón desde que languidece la alianza rusa. Son unas aduanas, una defensa más contra la entrada en Europa de mercancías inglesas; un tornillo más puesto al bloqueo.

Durante estas conversaciones, difíciles porque Austria se espera siempre algún accidente, alguna diversión que le ahorre nuevos sacrificios, los ingleses evacuan Walcheren y la insurrección sufre algunos reveses en España. Austria, a cuya costa el ejército francés "bebe y come" y a la que la ocupación arruina, se hace más tratable. En cuanto se siente dueño de las negociaciones, Napoleón cambia de lenguaje también, y, como por súbita inspiración, descubre el pensamiento que ha cruzado por su mente. Que Francia y Austria sean, pues, amigas; que se unan para la conservación de la paz.

¡En qué círculo gira la política de Napoleón! Le hacen falta aliados en el continente. Trata de ganarlos por el mismo procedimiento de siempre. Después de Friedland, la alianza rusa. Ahora, la alianza rusa está rota. Napoleón ha dejado de escribir a Alejandro, porque no puede por más tiempo "testimoniarle una confianza que ha dejado de sentir". Con un Tilsit austriaco, Wagram deberá procurarle la alianza de Austria. Si Europa no está federada por una extremidad, lo estará por la otra, e incluso la alianza austriaca responderá de la rusa. Será un punto de apoyo y un medio de consolidación.

Porque todo aconseja a Napoleón consolidar, dar amarras, "echar anclas". La víspera de la firma de esta nueva paz, he aquí un síntoma todavía desconocido, un panorama que se abre sobre extrañas profundidades. Durante una parada en Schoenbrunn, un joven alemán, un estudiante, se acercó al emperador. Se vio que era portador de un cuchillo y confesó, sin turbarse, que quería matar al tirano de su patria, y que si volviese a la libertad, de nuevo trataría de matarle. Imposible perdonar a Federico Staaps. Más imposible todavía, a pesar de la recomendación del emperador, "que no se hable en modo alguno de este suceso", muy pronto conocido hasta en Francia. "Singular aventura que dio que pensar a más de una cabeza". Y cada vez se pensaba lo mismo. "Se habrá visto qué poco había faltado" para que el asesinato se realizara. El accidente, siempre posible, a menudo previsto, se presenta a los espíritus bajo un aspecto nuevo: el del fanatismo nacional que arma brazos contra el emperador en Alemania, como antaño el fanatismo político los armaba contra el Primer Cónsul.

Entonces Napoleón medita a su vez, piensa en el porvenir, en garantías, en esta estabilidad que le falta. Se trata siempre de "acabar con los asuntos del continente", para luego acabar con los ingleses. Pero los asuntos de Europa se complican con sólo tocarlos. Un efecto de la guerra que Austria ha hecho a Napoleón ha sido el de reanimar la dificultad en lo que concierne a Polonia, ya que, al fin y al cabo, los polacos han sido en esta campaña los únicos aliados verdaderamente militantes de Francia. Los contingentes de la confederación germánica se han batido, por otra parte, medianamente, porque estaban encuadrados. Las legiones polacas fueron espontáneamente, con corazón, y tampoco en España estos auxiliares preciosos regatean su sangre. ¿Cómo darles en pago sólo su ingratitud? Después de todo, una Polonia fuerte sería útil a Francia, respondería de amistades dudosas y de sumisiones inciertas. Pero reconstituir una gran Polonia, es enajenarse por completo a Rusia, y la dificultad es la misma que en 1807. ¿Cómo contentar a todo el mundo sin alarmar a nadie? La Galitzia conquistada a Austria habrá que adjudicarla a alguien, y, después de todo, no habría sido cuestión para los rusos más que de ocuparla enteramente en lugar de ocupar sólo una franja, entendérselas con los austriacos y dejar aparecer allí a Poniatowski, mientras los naturales de Galitzia tomaban partido por Napoleón. Sin su defección, el Zar sería un tercero en las negociaciones de paz. Podría aún entrar en ellas, y, sin embargo, se desentiende, como si no quisiera tomar parte en un desmembramiento de Austria y conservar el derecho a quejarse de Francia. Entonces Napoleón intenta una especie de juicio de Salomón. Una porción de Galitzia aumentará el ducado de Varsovia; otra, "mayor de lo que se ha ganado", irá a los rusos; el resto, la mayor parte, a Austria. En San Petersburgo, hace decir con precisión, repetir con insistencia, que "la idea de un renacimiento de Polonia" no la sustenta en modo alguno el emperador, "que aprueba que los nombres de Polonia y los polacos desaparezcan, no sólo de toda transacción política, sino hasta de la historia". A pesar de esto, aunque tan pequeño, una ampliación del ducado de Varsovia inquieta a los rusos, les sirve de queja contra la alianza francesa. "Fantasma de alianza", pero que Napoleón está decidido a conservar. "Por lo mismo que el emperador no cree ya en la alianza de Rusia, le importa más que esta creencia, de la que está desengañado, sea compartida por toda Europa".

Conservar esta efigie, este simulacro, esta pintura, es útil no sólo para tener a raya a Europa, sino para obtener otro "punto de apoyo", ya que la experiencia viene a demostrar que Rusia no responde cuando se necesita de ella. Napoleón retorna a la idea que ha lanzado de pasada durante las negociaciones de la paz de Viena, y Metternich, tentado por el ejemplo de Alejandro, la fomenta. ¿Por qué no ha de tener Austria su Tilsit? Atacando a Francia no ha logrado más que una invasión y pérdidas de territorio. Es imprudente embozarse en el honor y en el orgullo de los Habsburgos, mientras que es sencillo fingir amistad para ganar tiempo. Es el ejemplo que ha dado Alejandro y acaba de probar que estos compromisos ¡cuestan tan poco!

Napoleón, que confesó unas semanas antes que se había engañado con Rusia, que no podía seguir testimoniando a Alejandro "una confianza que ya no sentía", no sólo trata de preservar la ilusión de la alianza rusa, sino que está presto a repetir la experiencia con Austria. En la sola línea de conducta que la situación le impone, que es la de salir de la guerra que los ingleses le hacen, querría un sistema europeo sólido, que espera ha de ser duradero. Y no encuentra más que oportunistas que piden su amistad, como Prusia, que siempre hace protestas de leal sumisión, y que no piensan, como ella, más que en ganar tiempo para no ser "tragados". Wagram produce el mismo efecto que Jena y Friedland, pero no produce nada más. Que las victorias cesen, que la fuerza de Napoleón se encente y los "fantasmas de alianza" se desvanecerán.

Antes de volver a estos sueños de federación y de llevarlos más adelante todavía, el emperador, advertido por la defección de Rusia, había dicho, hablando de Alejandro, de Francisco y de Federico-Guillermo: "Se han dado todos cita sobre mi tumba, pero no osan acudir a ella". No está tan lejos el día en que lo osarán. Para impedir su liga no le queda a Napoleón más que una última probabilidad que intentar. Tras las alianzas políticas, la alianza de familia, la estabilidad por el matrimonio, la entrada en el club más cerrado del mundo, en la intimidad de los reyes. Si llegase a ello, tendría "un punto de apoyo" para su sistema, una garantía para su Imperio.

Otra ilusión, mayor que la de Tilsit, mayor todavía que la de la consagración, pero que, compartida por los pueblos, le valdrá una renovación de esplendor antes de que su sol se ponga para siempre.

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 357 - 379.