lunes, 19 de septiembre de 2016

Una historia de Napoleón (XVII): la primera nube viene de España



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Para comprender la cuestión de España en el reinado de Napoleón, bastaría con recordar las cuestiones griegas durante la guerra europea. Los aliados, en 1917, necesitaban, para la expedición de Salónica, los puertos, costas, carreteras y recursos de Grecia. Era menester que este país no estuviera siempre en trance de pasarse al enemigo, asestando un golpe por la espalda a los aliados. Para que Grecia fuera segura era preciso estar seguros de su Gobierno. Por ello se conminó al rey Constantino a que abdicara. De igual modo, para la guerra con los ingleses, para la expedición de Portugal, Napoleón necesitaba que España estuviera en manos, no solamente amigas y fieles, sino firmes. En todo caso, Carlos IV era su aliado. El único crimen de este rey era su debilidad, sus traiciones, las de Godoy, sus intrigas, la del Príncipe de Asturias. Personalmente, no daba motivos de queja. Derribarlo por la fuerza era difícil. Hubiera sido odioso. Napoleón se vio obligado a contemporizar, a obrar con astucia. Creyó haber dado un golpe maestro cuando, ayudado por los acontecimientos, que se le mostraban demasiado propicios, consiguió que Carlos IV le cediera sus derechos al trono, haciendo otro tanto el Príncipe de Asturias. Entonces la satisfacción de haber encontrado la solución menos brutal y menos costosa le inspiró una confianza que sucedió de modo funesto a una larga serie de precauciones.

Bailen y Napoleon Bonaparte

Como si tuviera el presentimiento de un peligro, se le ve todavía, en los dos primeros meses de 1808 dudoso y perplejo, entregado a diversos propósitos. Está lejos de haber adoptado su decisión. El 25 de febrero escribe de nuevo a Carlos IV para preguntarle qué hay del proyecto de casamiento del príncipe de Asturias con una "princesa francesa". Vuelve a ello, porque este matrimonio lo arreglaría todo, si es que existía la "princesa" capaz de tan alto destino. Mediante ella, España quedaría puesta bajo la influencia directa de Francia. Entonces se podría tener en Madrid un gobierno activo, sustraído a las tentativas de seducción de los ingleses, sin tener que derribar ni reemplazar a los Borbones. ¡Pero cuánto más sencilla acabar con ellos, con sus dramas de familia y la política doble de su ministro, instalando en seguida en Madrid, en vez de una "princesa francesa", que no aparece, un Bonaparte, un príncipe francés! ¿Sería esto tan difícil? ¿No está el pueblo español cansado de la vergonzosa dominación de Godoy? El paso a través de España del ejército de Junot, en marcha hacia la conquista de Portugal, ha sido una fiesta continuada. "Se acudía desde veinticinco leguas por ver nuestras tropas, dice Thiébault; en las ciudades y aldeas, las calles eran insuficientes a los hombres y las ventanas a las mujeres". Y la ocupación de Portugal, que encuentra en aquel momento tan pocos obstáculos, le hace también ilusionarse. Al acercarse Junot, el príncipe regente se embarca para Brasil con la familia real de los Braganza. Bastaría que, siguiendo su ejemplo, Carlos IV, la reina y el inseparable Godoy, se marchasen a Méjico, y la cuestión dinástica quedaría cortada por sí sola; el trono de España quedaría vacante sin que Francia hubiese intervenido y sin que el Emperador se manchase las manos. ¡Quién sabe, también, si un simple intento de marcha no tendría el mismo efecto que la cuestión de Varennes, y si no sería suficiente para descalificar a los Borbones! En este caso, es preciso tener a mano alguien que los sustituya. Napoleón piensa en José o en Luis, aunque no está más contento del uno en Nápoles que del otro en La Haya. Su espíritu fluctúa entre varias combinaciones, sin decidirse todavía por ninguna. Siempre por tener la certeza de que España no ha de entregarse a los ingleses, uno de sus proyectos consiste en ocuparla hasta el Ebro, en formar con las provincias españolas del Norte unas "marcas" según el modelo que diera Carlomagno... Habrá un Roncesvalles.

En adelante, cualquiera que sea el partido que deba tomar, Napoleón no podrá dispensarse de intervenir en los asuntos de esta península. Desde que Junot se encuentra en Lisboa, Napoleón se da cuenta de que es absurdo repartirse Portugal con una España que apenas colabora a la expedición y cuyo gobierno no es seguro. Las vacilaciones de Napoleón, los miramientos que tiene a pesar de todo para estos Borbones de Madrid, a quienes desprecia en el fondo, son causas, pues, de verse empujado a torcidas maniobras, de haberse sospechoso a los españoles, de que se le acuse de trapacero. A todo evento, aumenta el número de sus tropas en España, como aliado, sin duda, pero también como tutor; y esta invasión pacífica hace murmurar al pueblo español. No es esto todo. A fin de vigilar más de cerca a Carlos IV y a Godoy, delega acerca de ellos a Murat, con orden de observar, de esperar, de ser prudente; sin descubrirle sus proyectos, porque en realidad no tiene decretado ninguno. Pero esta misión de Murat es el principio de otra falta de apreciación que iniciará un cortejo de funestos desprecios.

Con ese giro literario que le place, Napoleón escribe un día a Talleyrand: "ya sabe usted que entra por mucho en mis principios el seguir la marcha que tienen los poetas para llegar el desarrollo de una acción dramática, porque lo desquiciado no conduce a lo verdadero". En esta cuestión es España donde le espera su primer fracaso, esta ley del teatro juega en contra suya. Tal que un héroe de tragedia al que arrastra el destino y que el espectador quisiera sostener al borde del abismo, todo conspira a cegarle, todo se concita para engañarle y hacerle caer sin posibilidad de salida en el error.

Ni el cuñado del emperador ni su hermana Carolina están satisfechos de su Gran Ducado de Berg. Como los otros, desean mejorar, siempre mejorar. Murat, Teniente general en España, acaricia la idea de reinar en ella. Cree entender al pueblo español y cree también gustarle; lo cree, y trabaja para hacer creer lo que desea. Así sus cartas persuaden a Napoleón de que nada sería más fácil que colocar a uno de sus allegados en el trono de estos Borbones, que la masa le espera, que cuenta con ello y que acogerá con entusiasmo al nuevo soberano que ha de darle el poderoso protector. Hasta el último momento Murat afirma que responde de todo: "A Vuestra Majestad se le espera como al Mesías; vuestras decisiones, cualesquiera que sean, serán oráculos y se considerarán como seguro de la felicidad futura. Toda España sabe que sólo un gobierno a vuestro estilo puede salvarla". El interés y la ambición de Murat le ciegan. Pero sus ilusiones se encuentran con las de Napoleón. Las halagan. Las acrecientan. ¿Por qué el emperador no habrá de ser "admirado y adorado en toda España"? Quiere hacer la felicidad de la nación española, según la receta que ha dado a los reyes, sus hermanos: aportarla las luces, la liberación, la igualdad, el Código civil. Hombre del dieciocho, ideólogo a pesar suyo, cree en la influencia irresistible de la razón y se forma del país del auto de fe la misma idea que Voltaire. Está convencido de la adhesión de España si la anuncia que va a abolir el feudalismo y la Inquisición. Si algunos fanáticos se resisten, los castigos repentinos y terribles les calmarán, según el método que ha aplicado a los "barbetos" de Italia, el que ha recomendado a José contra los bandoleros de Calabria y en cierta ocasión al virrey Eugenio. "Los españoles son como los otros pueblos y no forman una clase aparte", escribe al Mariscal Bessières. Este es su error. No conoce a los españoles. ¿No es curioso que de las lecturas, de sus papelotes juveniles, en los que se encuentra de todo, y en los que se formó ideas exactas de tantas razas, religiones y países, esté ausente España? Parece como si no hubiera leído nada sobre ella, tal vez porque no había nada que leer de ella. Marcha en lo de España a tientas, como hubiera ido a Egipto si no hubiera anotado tantos libros sobre el Oriente y el Islam. En el saber inmenso de Bonaparte, en las bibliotecas que ha devorado, existe esta laguna por casualidad. Cuando no ha aprendido una cosa, está al nivel de los demás en la vaguedad y, lo que es peor, a falta de conocimientos positivos, en el prejuicio. Y entonces las fatalidades vienen a encadenarse a los errores.

Napoleón se propone pasar pronto los Pirineos para aclarar por sí mismo lo que viene complicándose en la Península: drama de familia de los Borbones, conflicto de Carlos IV y del Príncipe de Asturias, política tortuosa de Godoy, revisión del tratado de Fontainebleau. En espera de su llegada, sus recomendaciones a Murat son siempre las mismas. Sed prudente, circunspecto. Evitad los choques, las hostilidades. Tranquilizad, decid que voy sólo para arreglar la cuestión del orden de sucesión; que llego a guisa de conciliador; que no me quedaré en Madrid, que es Gibraltar y el África del Norte lo que me interesa. "Continuad dando buenas palabras... Sería peligroso asustar demasiado a esas gentes".

Este prudente consejo es del 16 de marzo. Lo que hará, no siempre lo sabe Napoleón. Espera que todo "pueda arreglarse", que todo se arreglará a la vista de sus tropas, a la noticia de su llegada; que en un sentido o en otro, la cuestión dinástica se resolverá por sí misma sin violencia. Reservándose la libertad de decisión, no ha tomado partido ni por Carlos IV ni por Fernando; tranquiliza a los dos, no comprometiéndose más con el padre que con el hijo, en el fondo bastante apurado, porque el Gobierno español no le da motivo de queja, y Godoy, por su parte, afecta fidelidad a la alianza y obediencia a la voluntad del Emperador. ¿Cómo, con qué pretexto destronar a un rey que prodiga las muestras de amistad y aun de sumisión? Porque en Napoleón crece la idea de que ya es hora de acabar con esta familia dividida, que corrompe a España y la paraliza; es hora de terminar con esta favorito cuyo servilismo inspira desconfianza y hace temer nuevas traiciones. El juego del Emperador en este momento consiste en asustar a Godoy con su silencio, con sus intenciones impenetrables, con el avance continuo o inexplicado de las tropas francesas, de tal suerte que el Ministro tome el partido de huir a América con toda la corte, con el mismo Fernando, dejando el campo libre. Pero a medida que se da cuenta de que esta huida sugerida por su actitud tenebrosa, se acerca, crece la tentación también en el Emperador. Allá lejos, reinando en el otro continente, como los Braganzas en Brasil, los Borbones serían también un estorbo. España, privada de sus colonias, perdería la mitad de su valor en su asociación contra Inglaterra. Y ¿qué advenimiento sería el del nuevo rey, si se presentara ante sus súbditos sin sus dominios de ultramar? Entonces otro designio –una primera astucia– surge de sus reflexiones. Los restos de la flota francesa derrotada en Trafalgar están todavía inmovilizados en Cádiz. El Almirante que los manda recibe la orden secreta de retener a Carlos IV si fuera a embarcar en aquel puerto.

En la complejidad de sus combinaciones, sólo un elemento omite Napoleón: el pueblo español, el cual, por un movimiento repentino y espontáneo, echa por tierra sus cálculos. La víspera del día en que el Emperador escribe a Murat que lo esencial es tranquilizar a todo el mundo, evitar las violencias, estalla un motín en Aranjuez. Como Napoleón esperaba, ha ocurrido en efecto que Godoy ha preparado su fuga y la de la corte. Pero cuando sus preparativos se evidencian, la multitud se levanta para impedir la marcha del príncipe real al que ama, en contra del favorito. El motín estalla, y Carlos IV, espantado, abdica para evitar una revolución.

El nuevo error de Napoleón, alimentado por Murat, fue creer que este acontecimiento imprevisto lo resolvía todo, siendo así que agravaba las cosas y las enredaba sin remedio. Murat, alegremente, cree que el trono de España está vacante. Se abstiene, después de abdicar Carlos IV, de reconocer al príncipe de Asturias, en tanto que los españoles entienden que Fernando VII ha sucedido regular y legítimamente a su padre y que en adelante es su rey. Entretanto, el viejo Carlos IV, repuesto de sus temores, tal vez excitado bajo cuerda, se retracta de su renuncia al trono, sosteniendo que le ha sido arrancada a la fuerza. La querella entre el padre y el hijo renace. Murat, sutilmente les aconseja que tomen a Napoleón por árbitro y que vaya cada uno a exponerle su causa. Así la trampa de Bayona está ya lista cuando la noticia de los acontecimientos de Aranjuez decide a Napoleón a terminar. Fallada la estratagema de la partida, adopta lo que Murat sugiere. Por un singular reencuentro, el instrumento, el factotum que se emplea para esta emboscada tendida a otros Borbones, es otra vez Savary. Hombres de confianza en el juicio sumarísimo de Vincennes, Savary recibe la misión de vigilar a Carlos IV y a Fernando, de hacerles pasar los Pirineos, de conducirlos a la cueva del león, como antes recibiera la misión de no soltar al Duque de Enghien antes de haberle conducido al foso de Vincennes. Entonces, dando a España un príncipe de su raza –le gustaba decir la cuarta raza– Napoleón no imitaría más que de lejos a Luis XIV. En lugar de la aceptación solemne del testamento, esto sería una comedia, un golpe magistral de Scapin.

Se lanzaba a una aventura que lamentaría luego amargamente. Es falso representárselo como tallado de una pieza, inaccesible a la duda, con un alma de bronce. Es su estilo tan tajante lo que engaña. El 27 de mayo, sacando consecuencias de los sucesos de Aranjuez, ofrece España a su hermano Luis: "Hasta el momento, el pueblo (español) me llama a grandes voces. Seguro de que no llegaré a una paz sólida con Inglaterra más que tras una gran remoción del continente, he resuelto sentar a un príncipe francés en el trono de España". Este es el sistema. ¿Está Napoleón seguro en su interior de que esto esté bien hecho? Aquí se intercala un extraño episodio, todavía mal aclarado. Las Cases y Montholon han insertado en sus memorias, en la serie de un periódico parisién de 1819, una carta, de la cual da fe la Correspondance, y cuya minuto no ha podido encontrarse; carta que Méneval, el secretario del Emperador, no recordaba haber escrito; que el destinatario no había recibido jamás y que es lo más probable que sea apócrifa. Fechada el 29 de marzo de 1819 y dirigida a Murat, esta carta había dicho: "Temo que me engañéis sobre la situación de España y que os engañéis vos mismo. Estoy en una gran perplejidad. Tenéis que habéroslas con un pueblo nuevo; tiene todo el valor y tendrá todo el entusiasmo que se encuentra en hombres a quienes no han gastado nada las pasiones políticas. La aristocracia y el clero son los amos de España... Harán contra nosotros levas en masa que podrán eternizar la guerra. Tengo partidarios; si me presento como conquistador los perderé. El Príncipe de Asturias no tiene ninguna de las cualidades que necesita el Jefe de una nación; pero ello no impedirá que para oponérnoslo se haga de él un héroe. No es nunca útil hacerse odioso y despertar temores. Os presento el conjunto de obstáculos inevitables; otros hay de que os daréis cuenta: Inglaterra no perderá la ocasión de multiplicar nuestras dificultades. Todo está ahí; y hasta demasiado. Es la presciencia del pasado. Habiendo anunciado el porvenir con una lucidez tan extraordinaria, sería imperdonable en Napoleón no haberse detenido antes de dar el paso fatal. Se ha llegado a creer que él mismo forjó este documento sospechoso. ¿No será la traducción de alguna conversión de Santa Elena en que Napoleón hubiera recordado sus dudas de últimas hora? Aun apócrifa, la carta puesta en duda ofrece una frase que pocas personas podrían inventar, una confesión que sólo Napoleón era capaz de hacer. Tuvo "una gran perplejidad". Más tarde, sabiendo cómo acabó la cuestión de España, todavía se acordaba.

Y es que los hombres y las cosas se conjuraban para engañar a Napoleón, para convencerle de que estos Borbones eran una raza fenecida. Por sí, Napoleón ha tomado el camino de Bayona. Tiene prisa de ser reconocido rey por el Emperador de los franceses. Pero cuando Carlos IV y la reina se enteran de que su hijo se ha marchado, se apresuran a seguir sus pasos para abogar por la causa de ellos, poner de su parte al poderoso aliado y colocarse bajo su protección. Fernando, a su vez, se da gran prisa por llegar el primero. Encuentra el camino muy largo. En el momento de atravesar la frontera, duda, sin embargo; le turban las advertencias de algunos españoles clarividentes. No le turba menos el astuto Savary cuando le hace saber que lo comprende todo si no va a Bayona, le abandona a sus reflexiones y le lleva una carta capciosa del Emperador sutilmente pérfida. Ahora Napoleón ha tomado decididamente su partido. Tiende sus redes, y Fernando, por miedo a su padre, cae en ellas, se decide súbitamente a continuar el viaje, aplicando y tranquilizando a la muchedumbre que trata de retenerle. Si Fernando se hubiera quedado en España las cosas habrían tomado, como tantas veces ha podido ocurrir, otro rumbo, y la dificultad hubiera acaso hecho reflexionar al emperador. Son, por el contrario, facilidades las que el destino le ofrece, como si quisiera a toda costa que Napoleón fuera a encontrar su perdición en España. Y, además, en adelante, será él mismo quien lo quiera. Ordena a Bessieres, que manda el Ejército francés en España, detener al Príncipe de Asturias si deshace su camino, pues está seguro de que habrá de ponerse bajo la protección de Inglaterra si se niega a acudir a Bayona, puesto que no lo hará en ningún caso más que por desconfianza. La suerte, esta vez, está echada.

Fernando pasa, por fin, el Bidasoa. No abandona a su reino y a sus súbditos, cuyo ídolo es, sino para saber que no habrá de reinar y darse cuenta de que está prisionero.

Tras unos cálculos de un largo pesar el pro y el contra de las "perplejidades" confesadas, se presenta, por fin, la ocasión. El emperador, como siempre, la coge. Según su método, en política y en la guerra, ha actuado con rapidez y a fondo tan pronto como toma su decisión. Piensa en lo sucesivo que las cuestiones de esta dinastía le han ocupado demasiado, que es preciso que desaparezca, pues si no todo se perderá. ¿No está Junot en peligro, en Lisboa, dado que ha sido necesario llegar hasta allí para sustraer Portugal a los ingleses? Todo se presenta ahora al espíritu de Napoleón como una sucesión de acontecimientos necesarios y de una necesidad que impone las soluciones rápidas y, por lo tanto, brutales, extremas, a todo riesgo, ya que la espera es un riesgo también. Estaba reservado a Napoleón este placer de tener a merced suya a los descendientes de Luis XIV, de verles envilecerse ante él. Cuando Carlos IV llega, se echa en los brazos de su gran amigo, le llama su salvador, y cuando comprende que son vanos los ruegos, que es inquebrantable el partido tomado por el emperador, representa ante este aficionado de Corneille el último acto de una tragedia palaciega. Al precio de su propia corona, el padre se venga de su hijo. Cede sus derechos a Napoleón, y Fernando, que se ha entregado a sí mismo, que se ha puesto estúpidamente a discreción del árbitro, abdica y renuncia al trono a su vez. Tras lo cual, estos dos reyes se humillan aún más, aceptando las tierras, las rentas que Napoleón les ofrece con la hospitalidad, encargando a Talleyrand, para que llene sus propios ocios, de que aloje y distraiga en Valençay a Fernando y a su joven hermano. "Podríais llevar allí a Mme. de Talleyrand con cuatro o cinco damas. Si el príncipe de Asturias se aficionara a alguna mujer bonita, no habría en ello inconveniente". Impasible, el príncipe de Benevento aceptó también este papel. Esperaba su hora, presentía el fin. Talleyrand desdeñaba. Napoleón menospreciada. ¿A qué altura llegaría su desprecio cuando, siguiendo sus órdenes, el viejo Obispo d'Autun se encargaba de divertir a príncipes de la más noble sangre que acababan de humillarse y degradarse ante el usurpador y el advenedizo? Pero también encontraba para ello una excusa ante sí y ante la Historia. Lo que había hecho no estaba bien. ¿No lo exigía la política? ¿Y aquellos Borbones merecían reinar? El interés de Francia y de Europa, la conducción de la guerra contra los ingleses, ¿no estaban por encima de todo y no acallaban todo escrúpulo?

Por estas fechas, un informe de Champagny, memoria justificativa, corregida por la propia mano de Napoleón, presenta la cuestión de España bajo la forma de un razonamiento cerrado; la encierra en silogismos. Después de una historia de las infidelidades de España y de sus inteligencias con el enemigo; de un cuadro de su gobierno débil y de su administración atrasada; trayendo a la memoria los principios de la política francesa invariable desde hacía un siglo, que era la de tener una seguridad completa del lado de los Pirineos, la memoria decía: "El objeto más acuciante es la guerra con Inglaterra. Esta anuncia que no quiere prestarse a ningún arreglo. Sólo la imposibilidad de hacer la guerra la llevará a concertar la paz. La guerra contra ella no podrá, por tanto, llevarse con demasiado vigor. España posee recursos marítimos que están perdidos para ella y para Francia. Es preciso que un buen gobierno los haga renacer, los mejore por una juiciosa organización y que V. M. los dirija contra el enemigo común, para llegar, por fin, a aquella paz que la humanidad reclama, y de la que toda Europa tiene tan gran necesidad. Todo lo que conduce a este fin es legítimo". Estas son, para concluir, las circunstancias que han obligado al Emperador a tomar su gran determinación. "La política la aconseja, la justicia la autoriza, las revueltas de España la hacen necesaria. Vuestra Majestad debe proveer a la seguridad de su Imperio y salvar España de la influencia de Inglaterra".

Y no puede dudar de que tales sean las razones por las que Napoleón se determinó, cuando se le ve, desde el mismo Bayona, conseguida la doble abdicación, ocuparse de sacar partido de los recursos de España y de rehacerla una marina, a fin de reanimar la guerra naval contra Inglaterra; cuando se leen las instrucciones a Decrès, tan numerosas y acuciantes como en los tiempos de Boulogne. Todo tiende hacia la reanudación de las operaciones marítimas, todo se explica y para el Emperador se justifica por ello. Se construirán navíos en los astilleros de Francia, de España, de Italia, de Holanda. Hay que darse prisa. Napoleón calcula que de allí a un año, comprendiendo la flota rusa, dispondrá de 130 navíos de línea, una fuerza capaz de debelar a los ingleses.

No falta a todo esto más que el consentimiento de la nación española. El emperador no duda conseguirlo. Ha dicho: "Cuando les lleve con mi estandarte las palabras: Libertad, liberación de la superstición, destrucción de la nobleza, seré recibido como lo fui en Italia y todas las clases verdaderamente nacionales están conmigo. Veréis como se me considera como liberador de España". Esto era la doctrina de la Convención en tiempos de las guerras de propaganda. Este era el estilo: y nunca falló su efecto. Las proclamas del emperador, la seguridad solemne de que las coronas de Francia y España serían siempre distintas, que la religión católica sería la religión única, estas promesas en nada mejoraron la cuestión. Sin embargo, Napoleón se jactaba de adquirir título eterno al amor y reconocimiento de España y se fijaron por los muros carteles con estas palabras que la historia ha hecho cruelmente irónicas: "Quiero que vuestros descendientes conserven mi recuerdo diciendo: es el regenerador de nuestra Patria".

Nunca se ha equivocado todavía tan gravemente Napoleón, y se engaña como ideólogo. Se sabía sujeto a error. "Me he equivocado tan frecuentemente que no me da rubor de ello", había dicho un día a Talleyrand, con el convencimiento de que su superioridad le permitía una confesión tal. Ahora el error era total, y a él se deberá que todo conspire en contra suya, que las menores circunstancias se vuelvan contra él.

Tal vez, después de todo, en el primer momento de sorpresa, ante el trono vacío, España hubiera aceptado un rey impuesto por Napoleón. Murat le gustaba bastante. Napoleón le descartó, encontrando más digno de la nación española a Luis o a José. Pero Luis, sondeado el primero, responde con una negativa. José pone dificultades. Tiempo perdido, durante el cual los españoles dicen o se dejan decir que Napoleón quiere reinar él, conquistarlos, anexionárselos. La mala disposición de los hermanos es una nueva complicación, y podrá decirse que la familia, no sirviendo a aquel a quien lo debe todo, se servirá mal a sí misma.

Tampoco falta, para acabar con las ilusiones del Emperador, la jornada de motín que ha previsto, que hubiera preferido evitar (bastante se lo dijo a Murat), pero que si se producía, entraba, sin embargo, en sus cálculos, como una ocasión de demostrar a España la inutilidad de la resistencia. El 2 de Mayo el pueblo de Madrid se sublevó para evitar la salida de los Infantes que iban a reunirse con la familia real en Bayona. Algunos soldados fueron muertos, y Murat restableció en pocas horas el orden a metrallazos. No sólo se vale el Emperador de este acontecimiento para aterrorizar a Fernando, acusándose de haber fomentado la insurrección, haciéndole responsable de la sangre derramada, a fin de obtener más rápidamente su renuncia, sino que se jacta de que los sediciosos, si hay en el resto de España, quedarán escarmentados después de una represión enérgica y rápida. La sedición de Madrid, tuvo, desde luego, su efecto. Este efecto, para colmo de infortunio, acabó de engañar al emperador. La burguesía madrileña tuvo miedo de las sangrientas manifestaciones del populacho y anhelaba que una autoridad establecida por obra de los franceses evitara la repetición. Presionó a la Junta para que una delegación marchara a Bayona, y ofreciera el trono a José. Los fusilamientos de Murat, las cabezas cortadas al vuelo por los terribles mamelucos lanzados al galope sobre la multitud, parecían haber sido corrección beneficiosa, en tanto que la noticia propagada a través de España encendía la insurrección y el espíritu de venganza. Supongamos que después de la trampa del Zappeïon, y en represalias, la deposición del Rey Constantino, Grecia entera hubiera tomado las armas, que hubiera hecho falta conquistarla pueblo a pueblo, hasta el fondo del Peloponeso. Los aliados de 1917 se hubieran visto menos sorprendidos que el emperador cuando éste vio sublevada a España entera.

Uno de sus principios era, sin embargo, "que los hombres soportan el mal mientras no se le añade al insulto". El quería el bien y el progreso de la nación española; él la brindaba el orden y las luces del progreso y creía haber satisfecho el orgullo castellano solicitando con habilidad la doble renuncia del rey y de su hijo, rindiéndoles honores reales, asegurándoles un dorado retiro, testimoniando particulares atenciones al que él llamado "el infortunado Carlos IV". El insulto a sus ojos habría sido haber derribado brutalmente aquella dinastía, lo que se felicitaba de haber evitado. No se imaginaba que España hubiera de tomar a su cargo la causa de la legitimidad, tratándose de una familia que no reinaba desde hacía más de un siglo, y no habiendo quien pareciera menos digno de amor que Fernando VII, cuya triste figura y cuyo carácter sin grandeza acababa de contemplar de cerca. Cuando pensaba que los franceses habían guillotinado al excelente Luis XVI, no podía concebir que los españoles se sacrificasen por aquel mal hijo, "bruto hasta el punto de que no he podido sacarle una palabra, indiferente a todo, muy materializado, que come cuatro veces al día y no tiene idea de nada". Como muchos hombres muy inteligentes, el emperador, siempre pronto a creer que los demás son unos bestias, no dejaba de hacer sus cálculos como si la especie humana se guiara por la razón. El fanatismo le desconcertaba.

Mientras que el pueblo español en odio al extranjero y por encastillarse en su independencia, tomaba a Fernando VII por bandera e ídolo, José, partiendo con pena de Nápoles, que pasaba a Murat, hacía una entraba melancólica y de mal augurio en su nuevo reino. Encontraba aquí y allá algunos grandes señores para servirle, pero ni un palafrenero. Con clarividencia escribía a su hermano desde el día siguiente al de su instalación en El Escorial: "Os persuadiréis de que la nación se encuentra unánime en contra de todo cuanto se ha hecho en Bayona". Convencido él mismo, sin reconocer el error –es, por otra parte, demasiado tarde para retroceder–, Napoleón ha tomado ya sus medidas para "inundar" a España con sus tropas, no dudando poder ahogar las insurrecciones para estallan, estimando imposible que bandas de fanáticos fueran capaces de tener a raya a soldados que habían batido a todos los de Europa. Un accidente, una primera traición de la fortuna, iban a decidirlo todo de otro modo. España, que bajo un Rey francés debía ser un auxiliar, se convertirá en una pesada carga. Todo cuanto se ha hecho para vedar la Península a Inglaterra, introducirá en ella a los ingleses, que pondrán pie en el continente. Y, cosa peor, aunque menos visible: el instrumento de la potencia, el que permite imponer a Europa la dura ley del bloqueo, la Grande Armée, esa falange invencible, quedará en adelante cortada en dos. Como la Convención tuvo en contra de ella a Europa y a los vandeanos, el emperador tendrá también a España, una mayor Vendée. Bonaparte encontró el fanatismo en Egipto, donde demostró su virtuosismo en el manejo de los hombres. En España, la exaltación nacional y religiosa le prepara una guerra agotadora y de dificultades desconocidas. Y ¿en qué momento? Cuando el emperador, por las mismas razones que han determinado su intervención en Lisboa y Madrid, acaba de entrar en conflicto con la Santa Sede.

¿Por qué Napoleón, que desde la campaña de Italia trataba a Roma con miramientos, que había comprendido la importancia de la Iglesia católica, que había buscado su apoyo y su bendición, se ha dejado llevar contra el Pontífice por violencias que destruían el efecto moral de la consagración? La causa no cambia. Soberano temporal, Pío VII se negaba a romper con Inglaterra, invocando los intereses espirituales de que estaba encargado. El Emperador se dirigía al Jefe de los Estados pontificios, le requería a que tomara las medidas exigidas por el bloqueo continental, le hacía ver que Roma no podía quedar entre el reino de Italia y el de Nápoles como un enclave abierto a los ingleses. Pío VII respondía que, Padre de todos los fieles, todas las naciones eran para él iguales, y que para proteger los intereses católicos, dondequiera que estuviesen, tenía el deber de estar en comunicación con los gobiernos. La política del Emperador exigía. El deber del Papa también. La discusión, que no tenía salida, se prolongaba desde hacía tiempo. De todos modos, como respecto a España, sólo después de Tilsit, que parecía permitírselo todo, Napoleón se ocupó de la cuestión romana con empeño de terminarla y de no sufrir en el bloqueo esta otra fisura, para que el bloqueo fuera eficaz. Inclinado a entrar en la Confederación italiana y a hacer causa común con ella y con Francia, Pío VII se niega todavía a adoptar una actitud que le hubiera convertido en beligerante. Una parte de sus Estados estaba ya ocupada por las tropas francesas. El 2 de febrero de 1808 el Emperador cumple su amenaza. El general Miollis toma posesión de Roma.

En esto es preciso no exagerar nada, ni creer que en Europa se levantó un grupo de reprobación. El escándalo de la profanación fue tal vez menos grave que habría de serlo sesenta y dos años más tarde, cuando el nuevo reino de Italia se apoderase a su vez de la ciudad pontificia. Los altercados de la Santa Sede con los gobiernos no eran nuevos. Napoleón recordaba con complacencia que San Luis no había cedido nada en sus derechos, lo que, añadía irónicamente, "no le impidió ser beatificado". Se apoyaba, además, en la autoridad de Luis XIV, si bien se abstuvo siempre de nombrar a Felipe IV de Francia. El hecho es que Europa se calló, dejó hacer, en tanto que el emperador contaba con que la presencia en Roma de algunos regimientos sería suficiente y se impondría al Papa, dando fin a su resistencia. Como en lo concerniente a España, su error fue creer en un arreglo rápido de la cuestión, mediante combinaciones de fuerza y habilidad, persuadido de que todo lo ha previsto. Va sin dudar, desde este momento, a prever la anexión pura y simple de los Estados Pontificios al Imperio, si por acaso la corte romana no cede, pero jactándose de que todo esto se hará "insensiblemente y sin que nadie se aperciba". Y también, como respecto a España, no se confiará sólo a la excelencia de sus cálculos. Se cree bien informado. En Roma, los que rodean al Papa, la mayor parte del Sacro Colegio, piensa que es preciso a toda costa evitar una réplica. Desde París, el legado Caprara, bastante asustado, envía a decir que sería insensato resistir al Emperador y negarle lo que pide que es esencial a su política: la entrada de la Santa Sede "en un sistema federativo con Francia contra los ingleses". Sistema que "no sería en nada contrario a los deberes del Padre común de los fieles y a las tradiciones de la corte de Roma".

Napoleón se vio gravemente contrariado e irritado cuando supo que, lejos de ceder, Pío VII protestaba contra la ocupación, llamaba al legado de París, no se asustaba de una ruptura. Para colmo, estas noticias le llegaron a Bayona en el momento de la gran incertidumbre que le producía el arreglo español. Vio muy bien que destronar a la vez al rey de España y al Papa, era multiplicar las dificultades y que no era oportuno "entregarse al mismo tiempo a una guerra religiosa del otro lado de los Alpes y a una guerra política del lado de allá de los Pirineos". Y comprendía que en el momento en que se esforzaba en tranquilizar a la España católica, en que le prometía que su fe sería respetada, un conflicto con la Iglesia sería desastroso. Opinaba que había que contemporizar y atenerse, para no dar la impresión de cejar a ciertas medidas de intimidación, en tanto que Pío VII, después de haber obedecido a su conciencia, se decidía por la lucha. El Pontífice, que había tenido la dicha de firmar el Concordato, que había considerado a Bonaparte como restaurador de la religión, que le había llevado el óleo de la consagración, denunciaba ahora el "indiferentismo" del emperador protector de todas las sectas y de todos los cultos. Ponía al desnudo ante los fieles "este sistema que no supone ninguna religión" y con el cual la católica no podía aliarse de ningún modo "lo mismo que Cristo no puede aliarse con Belial". En fin: se prohibía a los súbditos del soberano Pontífice, tanto eclesiásticos como laicos, prestar juramento a las autoridades francesas, servir, ayudar o apoyar a aquel "gobierno intruso".

Son los momentos en que José, al acabar de posesionarse de su trono, es también llamado "rey intruso"; en que el clero español subleva al pueblo, en que España se insurrecciona, en que de día en día ha de ir descubriendo Napoleón que no se trata de un puñado de fanáticos que hay que reducir, de unas cuantas partidas de malhechores que hay que dispersar, sino de una conquista difícil que principia. Los asuntos romanos acrecientan su mal humor. No habla de ellos, le fastidian y finge desinteresarse, dejar que las cosas marchen, no pudiendo ya batirse en retirada. Cuando el general Miollis, obligado a hacer respetar su autoridad y a impedir agitaciones, toma medidas de rigor, Napoleón ni aprueba ni censura. Se contenta con recomendar silencio. Un día, Miollis, temiendo una revuelta de los Estados romanos, resuelve dar un golpe en el propio palacio de Pío VII, y hace detener a su primer ministro, el Cardenal Gabrielli. Enterado del acontecimiento, Napoleón se da prisa en escribir al virrey Eugenio: "Tened cuidado de que no se hable de eso en ninguna gaceta y que esto no haga ruido de ninguna especie". Era el 17 de julio. Dos días más tarde se producía otro acontecimiento, que sería imposible ocultar a Europa: el desastre de Bailén, primer fracaso militar del Imperio, primera sacudida del edificio.

Sólo un hombre ha recibido de Napoleón injurias tan graves como el almirante Villeneuve. Es el general Dupont. "Desde que el mundo existe no ha habido nada tan bestia, tan inepto, tan cobarde... Dupont ha deshonrado nuestras banderas. ¡Qué inepcia! ¡Qué bajeza!". Dupont tenía un buen pasado militar; contaba en su carrera con varias acciones brillantes. Se le consideraba como futuro mariscal. Un desfallecimiento le hizo capitular ante los insurrectos españoles, aniquilando los resultados de la jornada de Medina de Ríoseco, en la que Bessières acababa de obtener una victoria que parecía asegurar a José el trono, como la de Villaviciosa se lo había asegurado al nieto de Luis XIV. Bailén es un Trafalgar terrestre; pero un Trafalgar vergonzoso, puesto que Dupont, desmoralizado después de falsas maniobras y de combates desafortunados, se rindió en pleno campo, sin haber intentado un último esfuerzo para sobreponerse al enemigo, que después se supo carecía de municiones, y puesto que en lugar de una lucha desigual contra la mejor marina del mundo era a malas tropas españolas ayudadas por partidas de paisanos, a quienes se entregaron 20.000 soldados franceses escogidos. Y no es por una arbitraria comparación por lo que Trafalgar se nombra aquí. Un desastre llamaba al otro. Sin duda Dupont se había aventurado en Andalucía, y de lejos Napoleón seguía su marcha con una cierta ansiedad. Pero había que llegar rápidamente a Cádiz, donde los restos de la escuadra francesa, refugiados allí desde la derrota de Villeneuve, estaban en peligro. No llegando los socorros, el almirante Rosily y sus hombres se tuvieron que entregar a la Junta de Cádiz. Así rodaban las esperanzas de Napoleón, que, seis semanas antes, gracias a la España regenerada, se veía a la cabeza de una flota igual a la de Inglaterra.

"Horrible catástrofe... acontecimientos extraordinarios... revés de fortuna... resultado de la más inconcebible ineptitud... lo peor que podía pasar...". El emperador se dio cuenta desde el momento en que le llegó la funesta noticia, de las consecuencias de Bailén. Estas sobrepasarían sus temores. No eran nada los 20.000 hombres perdidos. Todavía estaba en los tiempos en que tenía "cien mil hombres de renta", y, como decía Thiébault, lo que acababa de perder en Andalucía no equivalía a dos meses de sus ingresos. Después de haber dado rienda suelta a su cólera y de haber amenazado a Dupont y a sus lugartenientes con el pelotón de ejecución, fingió no volver a pensar en aquellos "imbéciles". Pero los españoles se exaltaron con un éxito tan prodigioso, conseguido sobre el primer ejército del mundo "por tropas sin reputación y jefes sin nombre". El efecto moral era inmenso; decuplicaba la fuerza de la insurrección, humillaba y desalentaba a los franceses.

En pocos días, todo se derrumba. José, apenas llegado a Madrid y añorando amargamente su reino de Nápoles, al enterarse de Bailén toma el partido de dejar el trono y acercarse a Francia: "No me queda un solo español que sea afecto a mi causa", escribe a su hermano, y con una comparación humillante para la última dinastía: "Felipe V tenía más que un competidor a quien vencer; yo tengo una nación entera". El mismo Bessières, vencedor en Medina de Ríoseco, se repliega hacia los Pirineos. El Emperador conjura a todos a aguantar; anuncia refuerzos cuando ya España no está ocupada más que hasta el Ebro. Y de estas primeras consecuencias salen otras. Los ingleses ponen el pie en la península bajo un jefe que se llama Sir Arturo Wellesley y que se llamará Wellington. Quedan cortadas las comunicaciones con Portugal, que se subleva a su vez, en tanto que los ingleses desembarcan allí también. Junot, viéndose aislado, pierde la cabeza y se deja batir en Vimeiro. Un mes después de Bailén, el flamante duque de Abrantes capitula a su vez, si bien, al menos, el honroso convenio de Cintra asegura a su ejército aquel regreso a Francia que los soldados de Dupont no consiguieron. Pero la flota rusa, con cuya aportación para la guerra naval tanto ha contado Napoleón, cae en Lisboa, siendo conducida a Inglaterra. Así se hunde la empresa política que, salida del decreto de Berlín y de la paz de Tilsit, comenzó en el tratado de Fontainebleau.

Ante este revés, cuyo alcance mide tanto mejor cuanto que está cercano a sus perplejidades de Bayona, ¿cuál es la actitud de Bonaparte? No es ya a Madrid, es primero a París y después a Berlín, Viena, Roma, San Petersburgo, a donde vuelve la vista. Antes de pensar de nuevo en España, piensa en Francia, en Europa. Escribe a José el día mismo que le llega la noticia de la catástrofe de Bailén: "Asuntos de tal naturaleza exigen mi presencia en París. Alemania, Polonia, Italia, etc., todo se lía. Siento un verdadero dolor de pensar que no puedo estar en este momento con vos y en medio de mis soldados". Es su primer fracaso. Siente ansiedad y prisa por conocer el estado de la opinión. Ahora puede alegrarse de haber suprimido el Tribunado, que tal vez habría criticado, inculpado, exigido cuentas. Pero debe asegurarse de que su autoridad, tan nueva todavía, no se conmueve, que su prestigio permanece intacto, que el gran imperio no vacila. Aunque tiene prisa por entrar en su capital, da un rodeo por los departamentos del oeste. No quiere dejar de hacer la visita que les ha prometido, conocer "el espíritu del pueblo de la Vendée"; se dice en varias ocasiones "extremadamente satisfecho", porque tiene miedo, sin duda, de que la sublevación de España, aquella Vendée ampliada, y el conflicto con la Santa Sede, repercutan allí.

Poco más de nada, satisfacción mínima. Sus inquietudes van mucho más lejos. Si la cuestión de Bayona hubiera tenido éxito, se pasaría la abdicación de forzada de los Borbones de España, como se pasó por la ejecución del duque de Enghien. Pero el ejército francés se bate en retirada. José ha evacuado Madrid, donde Fernando VII ha sido proclamado verdadero y único rey de la nación española. Entonces, para Europa, Bayona no es ya más que una traición, un atentado que se compara, con tardía indignación, al rapto de Ettenheim y al drama de Vincennes. Esta es la justicia del mundo. Napoleón lo razonará muy bien en Santa Elena: "Puesto que he sucumbido, el conjunto resulta bastante feo". Su primer fracaso determina un acceso de virtud. En una Europa que ha visto, hecho y aceptado tantas otras –empezando por los repartos de Polonia–, se empieza a hablar con pudibundez de las violencias de Napoleón. Después de Vincennes la corte de Viena había hecho saber que comprendía las necesidades de la política. Después de la entrada del general Miollis en Roma, había respondido a la protesta del Papa que su carta circular no serviría para otra cosa que para "atraerle nuevos disgustos". Desde que los asuntos de España se tuercen, Austria se arma, bien provista de dinero inglés, y sostiene que no hay seguridad en adelante para ningún trono, tras la abdicación, demasiado artificiosa, de Carlos IV. Sobre estos armamentos, sobre la guerra que anuncian, quiere Napoleón saber a qué atenerse. Desde el día siguiente de su regreso a París, el 15 de agosto, día de su santo, en la audiencia del Cuerpo diplomático, gran escena con Metternich; pero nada de tormenta: una discusión firme y cortés, "una tentativa pacífica, un esfuerzo para reanudar las amistades". Se diría que trata de convencer más que de intimidar, no mostrándose por su parte intimidado: "¿Austria quiere, pues, hacernos la guerra o quiere darnos miedo?". Y después: "Habéis hecho una leva de 400.000 hombres: yo la haré de 200.000. Pronto tendremos que armar hasta las mujeres". Es cierto, que para estar dispuesto a todo va a llamar a 80.000 reclutas más. Es preciso que Austria sepa bien lo que arriesga provocándole. Ahí está la alianza rusa. Napoleón se cree seguro de Alejandro: "El emperador de Rusia estará en contra vuestra". Al decir esto, Napoleón miraba, para provocar su asentimiento, al Embajador Tolstoi, que mantuvo la glacialidad de su semblante. Seguía, sin embargo, tratando de seducir a Austria asociándola a un reparto de Turquía, a los grandes proyectos, siempre tan vagos, sobre el Oriente. Al final, como en la gran escena de 1803 con Lord Whitworth, suavizado, casi bondadoso, buscando la reconciliación, la confianza: "justificad vuestras disposiciones pacíficas tanto con vuestros actos como discursos. Por mi parte os daré toda la seguridad que podáis desear". Una nueva guerra con Austria, es, en aquel momento, sobre todo, la complicación menos deseable. Napoleón se vale de todos los argumentos para evitarla.

Ven en Francia la opinión agitada, adversa; a España por someter; al inglés reanimado; una nueva revolución palatina en Constantinopla. Si hay que añadir un conflicto con la corte de Viena, ¿qué será de lo que él concibió como resultado de Tilsit? ¿No se pondrá en revisión la gran obra de su política? Sin embargo, todavía confía en la alianza rusa y con ella reconforta a los franceses en esa hora de alarma y duda. "Mi alianza con el Emperador de Rusia no deja a Inglaterra ninguna esperanza en sus proyectos", dice su mensaje al Senado. Si se ha vuelto a París en lugar de acudir personalmente en auxilio de José para reprimir la insurrección española, es porque necesita la tranquilidad en Europa para volver a traer desde los bordes del Elba, los soldados con que "inundará" a España. La seguridad que acaba de prometer a Austria, es él quien la necesita. La busca siempre en Alejandro, pues sólo con ella podrá volverse del lado de Madrid con el espíritu libre de inquietudes. Y pensando en alto ante Savary: "Si dejo mi ejército en Alemania, no tendré guerra; pero como me veo obligado a retirarlo casi en su totalidad, ¿tendré por ello la guerra?". Y añadiría: "He aquí el momento de juzgar de la solidez de mi obra de Tilsit".

Afirmar ante Europa la amistad inalterable de los dos emperadores; afirmarla con una brillantez impresionante y luego "tomarme el tiempo que precise para acabar con esta España", es la idea de Erfurt y de su "parterre de reyes", al que sólo el emperador Francisco falta. Este no ha sido invitado porque Napoleón se propone pedir a Alejandro el compromiso de no dejar sin castigo las amenazas de Austria; pero la corte de Viena no ha dejado de enviar sus mejores diplomáticos a este congreso. Dieciocho días de un teatro prodigioso, de galas, de una escenificación suntuosa, como la naturaleza de Tilsit, aunque menos sincero todavía. Los figurantes de Erfurt son los vasallos de la confederación germánica, de los cuales, tres deben sus coronas a Napoleón. A uno, para asombrar a la mesa en que alimenta a toda aquella gente le lanza en una oración el famoso: "Callaos, rey de Baviera; contemplad al hombre que vive, antes de ocuparnos de sus antepasados", que es también teatro, pero no de Corneille, ni de Víctor Hugo. De igual modo se complace en decir ante estos príncipes a la manera de un Ruy Blas: "Cuando yo era teniente de Artillería...". Ha movilizado a Talma: "la leva en masa de la tragedia", decía, burlándose, Metternich. Se sirve de todo y de todos: Comedia francesa, cocina francesa, grandes nobles de la nobleza francesa, de la vieja, "admirable para representar en una corte", y no la nueva: "¡Imbécil, que no sabe diferenciar entre una duquesa de Montmorency y una duquesa de Montebello!". El emperador tiene el virtuosismo de un empresario. No olvida ni a Goethe ni a Wieland; les convoca para rendir homenaje a las letras, a aquella "cultura" de que están orgullosos los alemanes; porque le interesa ser grato a Alemania. Despliega todas sus dotes de seducción, todos los recursos, fuerza, riqueza, inteligencia. Erfurt debe ser un Campo del Drap d'Or más perfecto, para hacer olvidar allá abajo los fracasos, Bailén y Cintra, la fuga sin gloria del "rey intruso", el abandono del primer sitio de Zaragoza y esta otra leva en masa de los españoles, de sus frailes y de sus crucifijos.

El espíritu de Erfurt no era ya el de Tilsit. Alejandro se ha hecho más dueño de sí mismo; el encanto influye menos sobre él porque el zar no tiene ya el mismo interés en dejarse influir. También, a su manera, hace teatro. En tanto que en el parterre real, Talma declama: "La amistad de un gran hombre es un regalo de los dioses", Alejandro estrecha la mano de Napoleón diciéndole: "Me doy cuenta todos los días", frase que a nada compromete, a menos que no tenga doble sentido, con una alusión irónica al otro "amigo", Carlos IV.

En familia, Alejandro se explayaba. Confió a su hermana Catalina, en un aparte, como en escena también: "Bonaparte me toma por tonto. Reirá bien quien ría el último". En otra carta, a su madre, explica que ha sido necesario, después de Friedland, "entrar durante algún tiempo en las miras de Francia", a fin de "poder respirar libremente y aumentar nuestras fuerzas durante ese tiempo precioso".

Napoleón no ha sufrido en España un revés lo bastante grave: todavía es demasiado poderoso para que pueda romperse con él. El zar calcula que vale más mantenerle en la ilusión y hacerse pagar, con el derecho a ocupar Finlandia y los principados rumanos, esta alianza que es, para uno de los emperadores, la pieza esencial de su sistema, y para el otro un medio de ganar provincias y tiempo. También existe para Napoleón la cuestión del divorcio con Josefina y del casamiento con una gran duquesa, del lazo de familia que debe estrechar con Alejandro, para sellar esa amistad regalo de los dioses. ¿Cuál de las hermanas del zar pedir? ¿Catalina o la pequeña Ana? Pero Napoleón teme exponerse a una negativa. Y como él evita ese tema de conversación, estando encargados de él Talleyrand y Caulaincourt, Alejandro se guarda de abordarlo él mismo, manteniéndose en una prudente reserva. Todo esto da lugar a muchas reticencias que hacen al zar "muy distinto de lo que era en Tilsit". Y, sobre todo, se niega a amenazar a Austria, a la que guarda consideración, mientras que para satisfacerse, Napoleón evacua una parte de Prusia a la que reduce la contribución de guerra. Es que persigue su idea: la federación del continente. Unida la alianza prusiana a al rusa, Francia no tendría verdaderamente nada que temer en adelante e Inglaterra podría temerlo todo si Erfurt no fuera teatro, incluso a las horas en que Talma no trabaja.

Napoleón será la víctima de Erfurt. Y, en primer lugar, ¿por qué después de haber apartado de los asuntos de gobierno a Talleyrand, le ha vuelto a llamar a la actividad? Es que al emperador, siempre variable porque se siente inseguro y tornadizo, porque las circunstancias varían sin cesar, le hace falta ahora para esta operación de consolidación diplomática, un hombre sutil y de industria, un diplomático del antiguo régimen y de "gran nombre". Talleyrand pasa por haber hecho traición en Erfurt. Su traición consistió en hacer otra política que la de su amo y en revelar a las potencias extranjeras las instrucciones que había recibido. En realidad es un juego muy complejo. Al tomar por sí mismo garantía para el porvenir, Talleyrand se imagina que, más perspicaz y más razonable que Napoleón, le sirve mejor. Alarmado por la extensión de las conquistas, quiere aplicar su "ley de lo posible" a lo que no es desde hace tiempo, a lo que no era ya antes del Consulado más que la busca de lo imposible. Piensa que, siendo todo aquello desmesurado, deberá tener mal fin e intenta hacer mesurado a Napoleón, como si de Napoleón dependiese moderarse. No pudiendo convencerle, acude a la idea peligrosa de obligarle a la mesura. Le calmaría si empujase a la resistencia a Rusia y Austria. La penetración de Talleyrand le haría comprender que el emperador estaba ciego acerca de la alianza rusa y temer que por la confianza que de su ceguera se seguía, no fuera a extraviarse aún más lejos, por un reparto de Turquía, en aventuras orientales. Que el zar "no se doblegara", y Napoleón sería detenido, inmovilizado para su propio bien. Talleyrand era, por tanto, el más ciego de los dos al creer en la posibilidad de conservar las conquistas limitándolas.

Desconocía a la vez las exigencias de una lucha desigual contra Inglaterra y la resolución, confesada o secreta, de las grandes potencias de hacer volver a Francia a sus antiguas fronteras y de no dejarla ninguna de sus anexiones. Así, el juego que Talleyrand creía sutil se hacía ingenuo. Cuando aconsejaba a Alejandro "que tuviera a raya" a Napoleón, era para que, quebrantada la alianza, Napoleón dejara de creer que todo le estaba permitido. Cuando informaba a Metternich de los proyectos del Emperador sobre el Oriente y sugería a la corte de Viena el que vigilara a la vez a Alejandro y Napoleón y que jugara al papel de árbitro, creía continuar la política de equilibrio que antes de la revolución había seguido Francia. No veía que las circunstancias habían cambiado a los ojos de las otras potencias y que el equilibrio se había roto por la anexión de Bélgica y de la orilla izquierda del Rin. Por eso, Alejandro y Metternich acogen y fomentan las confidencias de Talleyrand. Se sirven de ellas para sus propios fines, concluyendo que la confianza en Napoleón ha disminuido, puesto que, entre los mismos que le rodean, un hombre investido de altos poderes no teme establecer con ellos inteligencias, envueltas, hubiera dicho Bossuet, "en la oscuridad de una intriga impenetrable" y que a este previsor del mañana aseguran desde ahora n puesto en el congreso de la paz futura.

Napoleón sale de Erfurt engañado, traicionado, sin darse cuenta de que el espíritu de Tilsit se evapora, triste, sin embargo, como después de una fiesta fallida. Habiendo caminado por algún tiempo con Alejandro, el día de la marcha se le vio, tras los adioses, volver callado y pensativo. Nunca más volverían a verse los dos emperadores. "Estos condenados asuntos de España me cuestan caros", decía Napoleón haciendo el balance de Erfurt. Y, sin embargo, ha conseguido lo que, de modo inmediato, le interesa. Ha renovado la alianza rusa a un precio que no es muy elevado, puesto que, menos imprudente que lo creyera Talleyrand, ha soslayado una vez más el reparto de Turquía, ha reservado Constantinopla. Si desconfía de Austria, se cree seguro de que no le atacará en seguida. Tiene carta blanca durante tres meses, las manos libres para restablecer los asuntos de España. No pide otra cosa, y esto es lo que se había dicho ante Savary, con una duda: "Al retirar el ejército de Prusia, voy a concluir rápidamente el asunto de España. Pero, por otra parte, ¿quién me garantizará respecto de Alemania? Vamos a verlo".

No espera respuesta de Inglaterra al ofrecimiento de paz que le ha dirigido de concierto con Alejandro. Es de ritual. Para la opinión, en Francia y en Europa es preciso continuar sosteniendo lo que es verdad, es decir, que Inglaterra es la causa de que las hostilidades continúen. Ya la respuesta negativa de Canning expresa el sentir del pueblo inglés, que reprocha a sus generales el haberle humillado no reteniendo al ejército de Junot, prisionero en Cintra como el de Dupont lo estuvo en Bailén. El gobierno británico pone esta condición, que de antemano sabe inaceptable –y a la falta de ésta habría puesto otra– de que en todas las negociaciones de paz tomarán parte los insurrectos españoles. No reconoce por rey de España más que a Fernando VII, y siempre aparenta ignorar la existencia en Francia de un emperador. Así, pues, existe, por lo menos, un lugar donde Erfurt no deslumbra, donde la alianza rusa no causa impresión. Este lugar es Londres.

Ahora no se trata de pasar la Mancha y de hacer vivaquear ante Westminster a los granaderos de la Guardia. Grave decadencia tras las vastas esperanzas de Boulogne. Es preciso entrar de nuevo en Madrid y arrojar al mar al ejército inglés que ha venido a dar una mano a la España insurrecta.

De vuelta a Saint-Cloud el 18 de octubre, Napoleón, el mismo 19, reemprende sin ganas, sin ánimos, el camino de los Pirineos. Esta España le fastidia. Todo en ella se ha vuelto contra sus cálculos; España se le ha atravesado en sus proyectos; le ha costado su primer revés desde San Juan de Acre; su primer disgusto. Es una bala que llevará dentro en adelante, y que él llamará un "chancro". Por anticipado, esta campaña le repele, si bien la prepara metódicamente, con el mismo cuidado que las otras. Batirse contra bandas de campesinos en un país de fanáticos, donde se esconde un enemigo detrás de cada piedra, pero donde no existe ya ni gobierno ni Estado, donde por consiguiente es imposible acabar por unas cuantas marchas fulminantes, es una faena que le irrita. A Josefina que le pregunta: "¿No terminarás de hacer la guerra?" le contesta de mal humor: "¿Crees tú, acaso, que me divierte? Sé hacer otras cosas que la guerra, pero me debo a la necesidad, y no soy yo quien dispone de los acontecimientos: no hago más que obedecerlos". Y los hombres le disgustan aún más que las cosas. Se da cuenta, además, de que allí donde él no está no se cometen más que faltas; que sus órdenes son mal ejecutadas; que sus propias instrucciones no se siguen o no se comprenden, y que sería preciso que estuviera en todas partes, mientras que los acontecimientos aumentan el número de las dificultades a que tiene que hacer frente.

No se puede decir que le atraigan las dificultades, ni que las busque. Salen por sí solas de las soluciones que cree haber encontrado. Y, no obstante, no le encuentran jamás sin una idea aplicable a la situación. Con rapidez y sangre fría, resuelve siempre los problemas. Mientras atraviesa las landas a toda prisa para tomar el mando del ejército de España, tiene muy presente en su espíritu el problema militar y el problema político tanto como las necesidades del soldado y los detalles del equipo para una campaña de invierno en Aragón y Castilla. Tiene que dar ideas a todo el mundo, a sus lugartenientes, a su hermano José, a la Intendencia. Sólo él ve lo que hay que hacer; la manera de batir las bandas que los insurrectos le oponen; cómo restablecer en el trono a su hermano. Es posible que se haya equivocado, que haya cometido un error en Bayona hace seis meses. Se trata ahora de proceder con método y reflexión, de ser "prudente", como ha escrito a Cambacères, puesto que aún se halla frente a "la necesidad".

Un mes después de haber salido de Francia, el 2 de diciembre, día de sus grandes aniversarios, llega ante Madrid y no entra más que un instante para hacerse ver, pero sin José, al que ha mantenido lejos de él durante esta campaña. Mientras el emperador de los franceses venga en sancionador, en gendarme, en justicero, es preciso que José no se vea comprometido a los ojos de sus súbditos y hasta se le dan ocasiones de obtener perdones y de ejercer su clemencia. No se puede contar con que en adelante se entreguen los españoles de corazón a la nueva realeza. No queda más que hacer deseado a José para escapar a la conquista y a la dominación del propio Napoleón. Puesto que no ha tenido éxito el prometer a España su regeneración, toma el papel de espantajo, dejando a José el de intercesor y protector; le prohibe, incluso, instalarse en Madrid antes de que le sea pedido, como le prohibió aparecer a su lado mientras las bandas de Palafox y de Castaños eran dispersadas sin compasión a golpe de sable. Al final, en efecto, la burguesía de Madrid, aceptará a José aterrada, primero por la amenaza de un bombardeo; después por las atrocidades de la canalla que se opuso a la rendición de la ciudad; enteramente resignada al conocer la noticia de la derrota del ejército inglés de socorro.

Vencer a los ingleses y pronto; ésta era la segunda tarea que Napoleón se había asignado. Al llegar a la cuarentena ha engordado tal vez; se ha hecho más pesado. Pero siempre es el hombre de acción, el conductor que no regatea ni fatiga su sufrimiento; que franquea a pie bajo la nieve, en días que hacen ya pensar en la retirada de Moscú, el macizo del Guadarrama mientras el soldado murmura. Pasando la noche en una miserable casa de posta, platica con sus oficiales, les habla como camarada de esas aventuras extraordinarias que le han conducido de la Escuela de Brienne a esa casucha española. "Y mañana, ¿quién sabe adónde?".

Napoleón persigue al general Moore, que se bate en retirada. Cuenta con alcanzarle pronto e infligir una severo derrota a los ingleses, ya que los tendrá, por fin, en tierra, en elemento tan suyo. En la noche del 12 de enero de 1809 le alcanza un correo de Francia. Lee los despachos a la luz de un fuego de vivac, y dice Savary que le observaba: "Aunque su cara no se alteraba casi nunca, creí, sin embargo, que lo que acababa de leer le daba que pensar". Estos despachos le dicen que Austria ha reanudado sus armamentos y se prepara a atacarle mientras él esté en el corazón de España. Confirman también las noticias que ya le han llegado de París, y esto es lo que contribuye más a ensombrecerle sin poderlo disimular. Como cada vez que ha estado lejos, en París se ha especulado sobre su muerte. ¿Qué riesgos no correría en aquella España, en la que, a toda hora, de cada matorral, podía salir un trabucazo? Todos los hombres razonables encontraban insensata aquella expedición, juzgando que Bonaparte no podía menos de hallar en ella su perdición. Entonces, se piensa, como siempre, en lo que ocurriría en caso de accidente o de desastre. Los "previsores del porvenir" quieren haber previsto. Talleyrand y Fouché acortaron distancias y se mostraron en público cogidos del brazo, como si fueran ya el Gobierno provisional. Se ha avisado, en fin, al Emperador que habían pensado ya en su sustituto; que habían puesto los ojos en Murat, con el asentimiento de Carolina, aún más agriada que su marido desde que el trono de España se les escapó. Estos informes, al recordar a Bonaparte la fragilidad de su monarquía, le inquietan, tanto más cuanto que seis meses antes se le reveló un complot de cuya consistencia no pudo obtener precisiones. Fue aquel un complot republicano, en el que ya apareció el general Malet, uno de los fieles de Moreau, en el que se nombraba a La Fayette, Lanjuinais, los liberales del Senado, el antiguo ministro girondino Servan; en total, una cosa oscura, pues Dubois, prefecto de Policía, habiendo afirmado al principio que la conspiración era seria, se retractó en seguida, mientras que Fouché, ministro de Policía, redujo el asunto a cosa de nada, a pesar de que corrió el rumor de que él mismo se hallaba comprometido. Esta incertidumbre había desconcertado al Emperador. Y este desconcierto le perseguía. El correo que acababa de recibir renovaba sus sospechas y sus alarmas. En seguida toma la decisión de volverse, dejando a Soult el cuidado de tirar al agua al general Moore; se instala por unos días en Valladolid, desde donde era más fácil comunicar a la vez con Francia y con Madrid, y redactó sus instrucciones antes de salir de España.

Allí se le vio irritable, enfadado y se le presentó una singular ocasión de mostrar el fondo de su corazón. Pasando una revista en Valladolid, se encontró en presencia del general Legendre, uno de los que con Dupont habían capitulado en Bailén. Escena terrible, en la que con voz tonante, al frente de las tropas, Napoleón no se contenta sólo con lanzar sangrientos reproches a uno de los responsables de la catástrofe. Bailén es para él un hierro candente, como Trafalgar. Y sin pensar que el último soldado de su guardia le oye, descarga su cólera, desata sus nervios contra el hombre que tiene delante y desarrolla las consecuencias del desastre: Madrid evacuado, la insurrección de España exaltada, los ingleses en la península; todos los acontecimientos cambiados; tal vez también "el destino del mundo".

Abandonando España a sus lugartenientes, si bien anunciaba que su ausencia sería breve, Napoleón, algunos días más tarde, gana París de nuevo a caballo. A los votos de José por el nuevo año, responde con una sequedad que vale por un encogimiento de hombros: "No espero que Europa quede pacificada este año. Tan poco lo espero, que acabo de promulgar un decreto para una leva de cien mil hombres.". Añadía, y decía bien: "¡La hora del descanso y de la tranquilidad no ha sonado todavía!".

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- Una historia de Napoleón


+ Una historia de Napoleón (I): becario del Rey

+ Una historia de Napoleón (II): el uniforme de artillero

+ Una historia de Napoleón (III): ingrata patria

+ Una historia de Napoleón (IV): luz y tinieblas

+ Una historia de Napoleón (V): primer encuentro con la fortuna

+ Una historia de Napoleón (VI): esta hermosa Italia

+ Una historia de Napoleón (VII): señor de la paz

+ Una historia de Napoleón (VIII): itinerario de las Pirámides al Luxemburgo

+ Una historia de Napoleón (IX): cómo pudo frustrarse un golpe de Estado

+ Una historia de Napoleón (X): el primero de los tres cónsules

+ Una historia de Napoleón (XI): un gobierno a merced de un pistoletazo

+ Una historia de Napoleón (XII): la ilusión de Amiens

+ Una historia de Napoleón (XIII): el foso sangriento

+ Una historia de Napoleón (XIV): Austerlitz... pero Trafalgar

+ Una historia de Napoleón (XV): la espada de Federico

+ Una historia de Napoleón (XVI): la obra de Tilsit

+ Una historia de Napoleón (XVIII): la rectificación de Wagram

+ Una historia de Napoleón (XIX): yerno de Césares

+ Una historia de Napoleón (XX): el Rey de Roma

+ Una historia de Napoleón (XXI): el Boletín número 29

+ Una historia de Napoleón (XXII): el reflujo y el desastre

+ Una historia de Napoleón (XXIII): las botas de 1793 y la insurrección de los generales

+ Una historia de Napoleón (XXIV): emperador y aventurero

+ Una historia de Napoleón (XXV): Waterloo, triste llanura

+ Una historia de Napoleón (XXVI): Santa Elena, el martirio

+ Una historia de Napoleón (XXVII): la transfiguración

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 324 - 356.