viernes, 2 de septiembre de 2016

Una historia de Napoleón (XV): la espada de Federico



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Levantado por Napoleón el campo de Boulogne para responder a la diversión austro-rusa, hubiera sido natural que volviese a Boulogne una vez fuera de combate Austria y Rusia. Natural si Trafalgar no hubiese representado más que una contrariedad. La destrucción de la principal fuerza naval de Francia, no permitía cruzar la Mancha. Renunciar era confesar que la guerra naval estaba perdida sin remedio. El porvenir quedó reservado por un vago anuncio: "El Emperador va a dedicar atención a su marina, a su flota y va a tomar todas las medidas para reducir a Inglaterra si ésta no hace la paz". Esta nota es del 6 de febrero de 1806. Se quedará sin mañana. Napoleón no tendrá jamás la dicha de levantar a la marina del desastre de Trafalgar. Sin embargo, la paz sigue siendo su más grande interés, su mayor necesidad, porque pondría a su monarquía al resguardo de todo azar. Esta paz, que Francia espera siempre, que cree adquirida después de Austerlitz, como la creyó después de Marengo, ¿cómo obligar a aceptarla a Inglaterra, todavía más inaccesible en su isla desde que reina sin contrincante en el Océano? Pero una esperanza surge.

Federico Guillermo y Napoleon Bonaparte

Cuando Napoleón vuelve a París se entera de la muerte de Pitt. Alegre noticia. El mayor enemigo de Francia, desaparece, Pitt y Cobourg. ¡Los patriotas de la República han unido estos dos nombres en un odio común durante tanto tiempo, personificando en ellos todo cuanto se oponía al curso de la Revolución! Cobourg está sometido, vencido, con la casa de Austria. Con Pitt en la tumba, tiene la palabra la Inglaterra liberal, la buena Inglaterra, la de Fox. Los franceses, que después de haber jurado no sufrir nunca "tirano" se han entregado a un hombre para salir victoriosamente de la guerra, no dudan que la política inglesa dependa también de un hombre.

Es extraño que Napoleón compartiera este modo de ver demasiado simple, esta ilusión tan propia del pueblo. Sigue creyendo en la paz con los ingleses. El recuerdo de Amiens no le abandona, y es Amiens lo que quiere empezar de nuevo con Fox. Lleno, pues, de confianza, se entrega a vastas combinaciones, rivaliza en habilidad con las viejas cortes y los gobiernos tradicionales, seguro de las cartas que tiene en la mano y de su ministro de Negocios Extranjeros, de este Talleyrand que pasa ya por el más sutil de los diplomáticos. Pero Fox, acerca del cual se engañan a fuerza de oponerle a Pitt, es, sin embargo, con otro vocabulario y una especie de sencillez como de un bondadoso Franklin británico, un aristócrata, un inglés ligado a los intereses permanentes de su país. Se hablará de todo en estas negociaciones, salvo de lo esencial. Y Napoleón no tarda en reconocer que lo esencial no ha cambiado. La larga y pomposa exposición de la situación del Imperio hecha al Cuerpo Legislativo el 5 de marzo, dice muy bien que el objetivo de la tercera coalición, como el de las precedentes, era el de quitar a Francia las bocas del Escalda, las plazas del Mosa. "Inglaterra tiene poco interés por Italia: en Bélgica está el verdadero motivo del odio que nos tiene". Ni una sola vez entre Lord Yarmouth y Talleyrand dejará de tratarse de Bélgica. Pero mientras Napoleón quiere todavía adormecerse en la esperanza de una nueva paz de Amiens, Fox, bajo su aparente bondad, trata sólo de demostrar que con un hombre tal toda paz verdadera es imposible a fin de cargar sobre él lo odioso de una guerra cuyo fin será el aniquilamiento del poderío británico o, por el contrario, la renuncia de Francia a sus conquistas. Pitt, el indomable, ha muerto desesperado de Austerlitz, exclamando: "¡Oh, patria mía, en qué estado te dejo!". Fox, el humanitario, levanta la antorcha de nuevo.

El emperador, sin embargo, pone también algo de su parte. O, al menos, así lo cree. Toma las cosas otra vez como estaban cuando la ruptura de la paz de Amiens, y puesto que se había roto a causa de Malta, dejará Malta a Inglaterra. ¡Como si se tratara de esta isla! Excepto sobre las cuestiones candentes, de las que no se habla, parece como si pudiera haber acuerdo en todo, incluso sobre Sicilia, dependencia del reino de Nápoles, aunque el rey José, que no está muy bien asentado en sus Estados, esté bien lejos de conquistar el anexo insular. Por lo demás, al mismo tiempo que con Lord Yarmouth, Talleyrand negocia con Oubril, enviado de Alejandro. Es la maniobra de que se promete más brillante éxito. Un acuerdo con Inglaterra obligará a Rusia a tratar, y recíprocamente. Cierto es que existe un detalle. Para que Prusia no entrara en la tercera coalición se la prometió Hannover. Hará falta entregárselo a la corona británica. Poco importa. Si hay arreglo con los ingleses y los rusos, Prusia será indemnizada en otra parte. No es sitio lo que falta en Alemania. Por otra parte, Prusia se aferra a su Hannover. Ha picado en el cebo. Entonces, si fracasa la paz con Inglaterra y con Rusia, el despojo hannoveriano responderá de la fidelidad de Prusia a la alianza francesa. No es esto todo. Prusia sigue siendo la gran favorita del imperio napoleónico, como lo ha sido de la Revolución, y el Ministro de Negocios Extranjeros ¿no es el mismo del Directorio? De muy buena fe, porque es por sistema, se promete a la casa de Brandeburgo la herencia de la casa de Austria, la preeminencia en una confederación de la Alemania del Norte y, por añadidura, la corona imperial transferida de los Habsburgo a los Hohenzollern.

Esta triple coronación, estos sabios cálculos cuyo fin será lastimoso, no ocupan más que dos o tres meses del año 1806 y del reinado y no dejan de tener importancia. Napoleón, tras los impresionantes éxitos inesperados de Ulm y de Austerlitz, que dejan a su discreción a la Europa central, se estima muy moderado cuando ofrece sus condiciones de paz. Ha agrandado la cintura de Francia, elevándola a ciento diez departamentos para proteger las conquistas que la Revolución le ha legado y que al subir al trono ha jurado defender. Le parece natural negociar sobre esta base; tan natural como les pareció ya a la Convención y al Directorio hacer la paz con su mapa de guerra; tanto más natural cuando que los ingleses y los rusos fingen regatear a propósito de Dalmacia y Sicilia, como si desde Amsterdam hasta Nápoles todo lo demás no hiciera al caso. Napoleón no se da cuenta de la trampa que se le tiende, que se le tenderá hasta el final y que consiste en echarle a él las culpas, en poner de relieve sus pretensiones, en denunciar su ambición como un peligro universal. Mientras Inglaterra finge hablar y examinar todas las hipótesis, prepara en secreto un alarde de fuerzas, una cuarta coalición. Entonces se produce un acontecimiento que nadie ha calculado: Prusia se lanza a la guerra completamente sola y viene, en fin de cuentas, con esta agresión, a disfrazar el mortificante jaque de Talleyrand, de su amo, de la diplomacia de ambos; a llamar a Napoleón a la actividad del jefe de guerra y a despertar en él nuevas ilusiones con nuevas victorias.

En estos tratos se le engañó desde el principio hasta el fin y quedó enredado con su ministro en los mismos hilos con que creía manejar a los demás. Tenía motivo para asquearse de las finezas de Talleyrand y de las sutilidades del arte de la diplomacia. Sin duda, el acuerdo con Rusia estaba ultimado, pero aún no había sido ratificado. Lejos de determinar a los ingleses a tratar a su vez, la publicación del texto aceptado por Oubril les indignó, levantó a la opinión pública, y el embajador ruso en Londres, intimidado, consiguió de Alejandro que no lo firmase. Al mismo tiempo, Fox envió a París a otro plenipotenciario, no para un acuerdo, sino para la ruptura, cuya responsabilidad hacía recaer en Napoleón lord Lauderdale. Sin embargo, Yarmouth, durante el curso de la negociación, había revelado ya al representante de Prusia en París que la restitución de Hannover al soberano británico sería el precio de la paz con Inglaterra. Este fue el pretexto que el partido del honor y de la guerra, el partido nacional y antifrancés, tomó en Berlín para arrancar a Federico Guillermo de sus temores, de sus dudas, de su ministro Haugwitz y de su política de equilibrio timorato y de igual trato para Rusia que para Francia.

El movimiento impulsivo de los patriotas prusianos, la cabezonada de la juventud militar, de la reina Luisa y del príncipe Luis al proporcionar a Napoleón, bien traicioneramente atacado, ocasión de fulminar un nuevo rayo, es una diversión que renueva singularmente el drama y que va a alargarlo.

En otoño de 1806, la paz con Inglaterra y Rusia ha fracasado. Un poco más de tiempo y la cuarta coalición estará en pie. No será difícil hacer entrar a la misma Austria, tan poco resignada, en el fondo, a pesar de sus acerbas derrotas, a la paz de Presburgo, como lo había sido a la de Luneville. Si las tres potencias continentales van juntas, si conciertan su acción, Francia quedará en una situación penosa, será por lo menos contenida, obligada a mantenerse a la defensiva, en espera de que el reflujo empiece. Napoleón es, sin duda, un gran capitán. No hay duda de que dispone con soberanía de dictador, de los amplios recursos de una nación que había hecho frente a Europa mientras la sacudían las convulsiones de la anarquía, que tomó en su mano cuando estaba a punto de sucumbir y que ahora está alcanzando su más alto grado de fuerza y poderío. No es menos cierto que hasta ahora nunca ha tenido Bonaparte que combatir a todos sus adversarios a la vez. En Austerlitz, el pequeño contingente austriaco que se añadía al ejército ruso era poca cosa después del desastre de Mack en Ulm. Y he aquí cómo gracias a la prematura agresión de Prusia y para dichas de Napoleón, el enemigo se ofrecía a sus golpes, una vez más, en orden disperso.

¿Y en qué momento? En el que comienza a darse cuenta de que la carga es pesada de llevar y que el arco se va tensando demasiado. Supongamos que hubiera conseguido estabilizar el Imperio en la situación resultante de la paz de Presburgo. Ya era embarazoso. Mantenerse sobre una línea que iba desde el reino de Holanda al estrecho de Mesina y a las bocas de Cattaro pasando por la Confederación germánica, exigía un gran esfuerzo que no hubiera, por otra parte, aun prolongándose, conducido a nada. Extendido desde Frisia hasta Calabria, el Imperio francés forma un vasto frente de mar contra los ingleses. Es su razón de ser. Y, sin duda, Inglaterra se resiente de ello, puesto que ha de agrandar considerablemente su bloque marítimo. Pero ello no constituye más que un contratiempo. ¡Quedan tantas costas, tantos puertos por los que queda en libertad de introducir sus mercancías en el Continente! Tal como existe, con sus bastiones y sus prolongaciones, sus protegidos y sus feudatarios, el gran Imperio francés no es aún bastante vasto. Europa no está suficientemente cerrada para que Inglaterra capitule. Y, sin embargo, la contextura misma del Imperio plantea a cada instante nuevos problemas.

La violencia con que Napoleón se dedica a resolverlos le traiciona. Violencia fría. Cólera contra los obstáculos que no consigue sortear. Su espíritu, que permanece lúcido, se irrita en la busca de salida a una situación que no la tiene y que lleva en su propia naturaleza el complicarse indefinidamente. Enseguida mientras le ataca Prusia se presenta un caso.

El reino de Nápoles era antaño abrigo de Nelson, la base de abastecimiento de los navíos ingleses, un acceso a Europa para las mercancías inglesas. Por eso, en lugar de un Borbón y de la reina María Carolina –la hermana de María Antonieta indomable en su hostilidad– fue preciso, por poner a alguien, poner a José. Pero ahora es menester ayudar a José, que reclama dinero y socorro. Así es como se acrecientan sin cesar las cargas del Imperio. Ahora bien: entre este reino y el de Italia en que Eugenio es virrey, están los Estados Pontificios. No solamente hacen incómodas e inseguras las comunicaciones entre el norte y el sur, sino que por ellos se abre otra brecha al comercio inglés. Napoleón exige que la Santa Sede rompa con todos los enemigos de Francia, reconozca a José como rey de Nápoles y no preste más oído a los cardenales napolitanos que han permanecido fieles a los Borbones. Pío VII responde que los intereses del catolicismo se lo prohiben. Para respetar su independencia apela al nuevo Carlomagno, a quien ha consagrado y que garantiza su poder temporal. Pero el otro Carlomagno no tuvo una Inglaterra que bloquear. La querella se envenena. Napoleón, que ha ocupado ya Ancona, amenaza con ocupar Roma. Y, sin embargo, este conflicto con el Jefe de la Iglesia romana es contrario a la política que sigue en Francia, en donde favorece el renacimiento del sentido religioso; donde se sirve del clero; donde cada vez se muestra más favorable a los prelados del antiguo régimen. Es el año en que se decreta la abolición del calendario republicano, en que se instituye la fiesta de San Napoleón el 15 de agosto, día de la Asunción (se ha acabado por encontrar un Neapolis o Neapolas, confesor y mártir bajo Diocleciano, que será el Santo nuevo). Es el año en que se prohibe al astrónomo Jerónimo Lalande, ateo, que publique sus obras, y en que, por el contrario, aparece el catecismo imperial copiado del de Meaux; con la diferencia de que Bossuet no hablaba de deberes para con Luis XIV, sino solamente para con los reyes, a quienes ponía detrás de los pastores, mientras que, ahora, el cuarto mandamiento dicta los deberes del cristiano "para con Napoleón, nuestro Emperador", a quien, en nombre de Dios, le son debidos el impuesto y el servicio. En este catecismo la fórmula "fuera de la Iglesia no hay salvación", antes suprimida por el hombre del siglo dieciocho, en virtud de la política de fusión y tolerancia, reaparece a instancias del episcopado. Y estos detalles no están de más para comprender que todo lo que antes salía bien al Bonaparte conciliador de la antigua y la nueva Francia, empieza a estropearse. Hacer concesiones a la Iglesia en el interior y entrar en la lucha con ella en el exterior, será a la larga una postura insostenible. Napoleón, de inteligencia completamente política, se encuentra, con sorpresa, ante este obstáculo imprevisto: la conciencia de Pío VII, en la que pronto encontrarán ánimo y ejemplo y un grito de guerra pueblos católicos levantados contra él por la fuerza de acontecimientos que ya no podrá dominar, arrastrado como se verá por el curso de las cosas.

Y la declaración de guerra de Prusia, que sobreviene durante estos hechos, es ya un rebote preñado de consecuencias, que escapa a su voluntad. Se advierte con toda claridad y certeza que Napoleón ve con pena cómo se rompe esta alianza prusiana que consideraba necesaria a su sistema, que creía que podría conservar al menos por el miedo. Hasta el último momento se esforzó en evitar la ruptura. El 12 de septiembre, escribe a Federico-Guillermo que esta guerra sería una guerra sacrílega. No teme añadir como para doblegarle: "Yo sigo inconmovible en mis lazos de alianza con Vuestra Majestad". El mismo día manda a Laforest, su representante en Berlín: "El emperador desea verdaderamente no disparar un tiro de fusil contra Prusia. Considerará como una desgracia este acontecimiento". Prusia le envía un ultimátum, le conmina a evacuar Alemania antes del 8 de octubre, es decir, a renunciar a los resultados de Austerlitz y de la paz de Presburgo. La respuesta es y no puede ser más que una entrada en campaña fulminante, porque detrás de Prusia está Rusia. En Potsdam, ante la tumba del gran Federico, ha prometido el zar su alianza, ha jurado fidelidad al Hohenzollern y a la bella reina Luisa, de quien es rendido caballero. Es preciso, pues, batir a los prusianos antes de que los rusos tengan tiempo de entrar en línea. Es la misma situación que el año anterior con Austria. Será más económico evitar la unión de estos nuevos aliados para descomponer Austerlitz en dos tiempos. Y la respuesta a la agresión prusiana, es también el boletín de la Grande Armée, uno de los más asombrosos ejemplares de esta literatura para uso del soldado, con efectos teatrales; un diálogo en que Napoleón entra en escena: "Mariscal, dice Napoleón a Berthier, se nos da una cita de honor para el 8: nunca ha faltado a ello un francés; pero como se dice que hay una hermosa reina que quiere ser testigo del combate, seamos corteses, y marchemos, sin acostarnos, para Sajonia". Después, el romántico apóstrofe a la reina de Prusia: "Parece verse a Armida, en su extravío, prendiendo fuego a su propio palacio".

Entre tanto, Bonaparte sueña; está inquieto. ¿Se irá a encontrar esta vez, unida y coaligada contra él, a Europa entera? El mes anterior ha escrito con melancolía: "No puedo tener una alianza real con ninguna de las grandes potencias?". Con la de Prusia se le escapa la de Rusia. ¿Con qué reemplazarla? Desde Würzbourg escribe a La Rochefoucauld, su embajador en Viena, que espera aún que la guerra podrá evitarse. Pero no cree más en Prusia, "tan versátil y tan despreciable" (ya volverá ella). Sin embargo, "la necesidad de dirigir mis esfuerzos hacia la marina, me hace necesaria una alianza en el continente". ¿Por qué no hacerla en Viena? "La marina ha florecido otra vez en Francia por el bien que nos hizo nuestra alianza con Austria". El embajador habrá de ensayar... Proyecto que, por esta vez, no prosperará. En el espíritu de Bonaparte, ¿de qué incertidumbre no es indicio? Ya no piensa que la alianza austriaca no es "del gusto" de su nación. Y en el momento de adentrarse en Alemania, tal vez hacia más lejos; de dar vueltas a aquella eterna roca de Sísifo, ¡qué mirada retrospectiva para Trafalgar, la marina, el campo de Boulogne; en fin, todo lo que ha fallado! Pero la acción le llama, la necesidad le domina. Nada de lamentos. Sobre todo, nada de fluctuaciones. Las operaciones de guerra son precisas y limitadas, lo que no sucede a las combinaciones políticas. Napoleón está en pleno vigor físico y de su genio militar. La campaña que Prusia le impone es como una expansión para su espíritu.

Sin embargo, con este adversario y en este terreno, igualmente nuevo, es la misma guerra la que empieza otra vez; son los mismos peligros que conjurar y la coalición eterna que se reanuda. Si la batalla de Austerlitz se hubiera perdido, Prusia hubiera intervenido. Esta vez son los prusianos los que tienen a Rusia con ellos. Si no son vencidos, y vencidos rápidamente, los rusos tendrán tiempo de llegar. Si es una derrota, Austria, que tiene un ejército en observación, tomará su desquite del tratado de Presburgo. Y he aquí que llega otra noticia: España, desde Trafalgar, se desvía de la alianza francesa. Su ministro todopoderoso, Godoy, el "Príncipe de la Paz", se pregunta cómo un aliado que no tiene marina ha de ayudar a España a conservar sus inmensas colonias. Da oídas a los ingleses y se dispone a la traición. Así, pues, una batalla perdida puede poner a toda Europa en contra suya. No tiene más seguridad en Madrid que en cualquier otra parte. Y el germen maligno del asunto español empieza a crecer.

Ni Austria ni España se mueven, porque aún son más asombrosas que las del año anterior sus victorias. Prusia, esta Prusia federica con la que Napoleón no se ha medido todavía, le impone, a pesar suyo: tal es el prestigio militar que conserva. Desde su juventud le domina la que fue superstición del siglo XVIII. Sin embargo, a sus golpes, Prusia se desploma en menos de quince días. Desde el primer encuentro en Saalfeld, el príncipe Luis-Fernando, uno de los instigadores de la guerra, muerte al arma blanca. El 14 de octubre los prusianos son aniquilados en Jena, a la misma hora en que Davont aplasta a otro de sus ejércitos en Auerstaedt, victoria que no deja de ser útil a la del emperador. El enemigo huye en desorden. En poco estuvo que la reina, la misma "Armida", no cayera prisionera, y el duque de Brunswick fue gravemente herido.

Brunswick es el hombre del famoso manifiesto que, en 1792, amenazaba con no dejar en París piedra sobre piedra. Es la evocación de Valmy, título de ducado para el viejo Kellerman. Un duque, y de Valmy, es el maridaje que hace Bonaparte, siempre con el mismo éxito, de los recuerdos de la Revolución y de los del antiguo régimen. "La batalla de Jena ha lavado la afrente de Rosbach", dice el boletín. Y el emperador, al paso, abate el monumento que los prusianos habían levantado en el lugar de la derrota de Soubise. Efecto bien calculado para París, en donde toda guerra nueva provoca las mismas murmuraciones, las mismas alarmas, los mismos cálculos; en donde siempre hace falta reanimar la confianza y sostener el sentimiento nacional. Nos representamos al emperador a esta distancia, como un héroe a quien no se discutía; pero había también hombre –y del oficio militar– a cuyos ojos nada habría hecho mientras no venciese a aquel ejército prusiano que vivía de su reputación; había además gentes que le eran hostiles, que levantaban la cabeza en cuanto el emperador estaba lejos y el Imperio se jugaba en los campos de batalla. Había también quienes dirían, después de Jena, que se empezaba a estar "harto de milagros", porque siempre era necesario que se repitieran. En aquel momento reaparecía en el oeste una chuaneria, hasta en Normandía, que daba que pensar a Fouché y a su policía, "verdadero regente del Imperio". Mezclar los nombres de Valmy exaltado y de Rosbach vengado no era superfluo. La moral de Francia necesitaba de estos tónicos. Como en el momento de Austerlitz, Fouché, en sus informes insistía sobre el deseo de paz que crecía en el país. No tardaría en escribir: "Es evidente para aquel que siga los matices de la opinión, que el emperador es más o menos bendecido por todas las clases según que su espada esté más o menos envainada". Ociosos consejos. Napoleón tenía derecho a impacientarse con ellos. Persigue siempre más o menos de cerca la paz. Después de Jena se le escapa todavía.

Rara vez se ha visto una victoria más brillante ni un vencedor tan agitado por mayores incertidumbres. Cinco días después de Jena, los franceses estarán en el Elba y el enemigo en derrota, perseguido hasta las puertas de Magdeburgo. Si Napoleón se niega a una suspensión de armas prematura que no haría más que dar a los rusos tiempo de avanzar, no desespera de dislocar la alianza de Prusia y de Rusia, y desde su campo imperial de Halle, escribe a Federico-Guillermo: "Será para mí eterno motivo de lamentación que dos naciones que, por tantas razones deberían ser amigas, se hayan visto arrastradas a una lucha tan poco motivada... Debo reiterar a Vuestra Majestad que vería con satisfacción los medios de restablecer, si es posible, la antigua confianza que reinaba entre nosotros". Pero cuando Napoleón, juzgando que el ejército prusiano "existió" y que su propia posición militar es bastante segura, acuerda el armisticio, es Federico-Guillermo quien, demostrando claramente que cuenta con la llegada de los rusos, se niega a ratificarlo.

Diez días después de Jena, el emperador está en Potsdam, en Sans-Souci, en casa del gran Federico. Esta fue una de las más bellas horas de Bonaparte, y, para un hombre del siglo XVIII –de aquel siglo suyo– al que el rey de Prusia, soldado, legislador, filósofo, había parecido el héroe perfecto, un sino que colmaba toda esperanza. En la imaginación de los pueblos, será él, sin embargo, quien ocupe el puesto de este Federico, cuya espada fue su trofeo más glorioso y cuyo despertador se llevará a Santa Elena. Y en el boletín XVII de la Grande Armée es al país de Voltaire y a la Europa ilustrada a quienes se dirige cuando, evocando el juramento de alianza, en cierto modo impío, de Federico-Guillermo y de Alejandro en la cueva de Potsdam, traza estas frases, que serían extrañas si no se tuviese en cuenta la persistencia del culto a Federico en los franceses: "La sombra del gran Federico no ha podido menos de indignarse... Su genio, su espíritu y sus votos estaban con la nación que tanto estimaba y de la que decía que si fuese su rey, no se dispararía un cañonazo en Europa sin su permiso".

Napoleón envió a los Inválidos la espada gloriosa y simbólica. En Potsdam se encuentra tan en su casa como lo estaba en Schoenbrunn. Hizo su entrada en Berlín, la segunda de las capitales en que aparece como vencedor. Ha tomado posesión de todos los Estados situados entre el Rin y el Elba. En frase de Enrique Heine, para que Prusia hubiera, como su ejército, "existido" le bastaba "dar un silbido". Federico-Guillermo y la reina Luisa se retiraron a Köenigsberg, en el extremo de sus Estados. ¿Y qué ocurrirá ahora?

La cronología y el itinerario adquieren de nuevo aquí su significación especial. Salió Napoleón de Saint-Cloud el 25 de septiembre de 1806 y no regreso hasta el 27 de julio de 1807. Diez meses de su reinado de diez años se consumen en Berlín, en Polonia, en Prusia oriental, con frecuencia en chozas y granjas, en la nieve y el barro. ¿Qué hace allí? Busca, espera lo que irá a buscar a Moscú, lo que allí ha de aguardar con terquedad fatal entonces, pero que se explica por el recuerdo del éxito de Tilsit. Estos diez meses los emplea en la realización de la gran obra, en el éxito de lo que antes falló la diplomacia de Talleyrand: para hacer capitular a Inglaterra, la unión, contra ella, del continente, por medio de la paz y la reconciliación con Rusia.

Fox ha muerto a mediados de septiembre. Ha seguido de cerca a Pitt hacia la tumba. Quienes, a partir de entonces habrán de ser directores de la política inglesa no son tan ilustres. Alcanza el poder el equipo de Castlereagh y de los Canning, que mantendrá la lucha hasta el final, con un método y una obstinación burocráticos, soportando los contratiempos con flema, repitiendo sin cansancio los mismos procedimientos, como una gran casa comercial tanto más resuelta a abatir al rival cuanto más capitales ha comprometido en la lucha y de los cuales sería insensato esperar un movimiento de sensibilidad: tan insensato como esperarlo de un sindicato o de un trust. Sin necesidad de que el emperador hubiera visto tan lejos, el fracaso de las negociaciones con Fox, añadido a la ruptura de la paz de Amiens, probaban que la pugna se había trocado en lucha sin cuartel. Durante el acuerdo efímero de Napoleón y de Federico-Guillermo, Inglaterra había declarado la guerra a Prusia, no precisamente por causa de Hannover, sino porque una de las causas del tratado de alianza era el cierre de los puertos prusianos al comercio británico. El punto sensible era aquél. Dueño de Prusia, Napoleón lo era también de cerrar a los ingleses una nueva entrada en Europa. Herir a "Cartago" en su vitalidad, en su comercio, responder con prohibiciones a sus ofensivas. Ya lo hemos visto, pero es necesario repetirlo: hacía años que la Francia de la Revolución no perseguía otra cosa. Napoleón, en la cumbre de su poderío, no encontró nada mejor que lo que hicieron la Convención y el Directorio para luchar contra los dominadores del mar. Había agrandado hasta la concepción del Campo de Boulogne la vieja idea de un desembarco en las islas enemigas. Armado de su mapa de guerra, amplió las represalias económicas hasta convertirlas en el bloqueo continental.

Represalias es la palabra adecuada, puesto que, por su parte, Inglaterra ha declarado ya bloqueadas a Francia y sus anexiones. Bloqueo "en el papel"; he aquí una controversia secular que llega hasta la exasperación. Los ingleses pretenden bloquear por decreto los puertos y las costas ante los cuales no tienen ninguna fuerza naval. De donde se sigue el derecho, que se arrogan, de prohibir, incluso a los neutrales, el comercio con el enemigo. Napoleón vuelve contra ella el sistema. También por decreto fechado en Berlín, prohibe el comercio con Inglaterra a Francia, a los países dependientes o aliados de Francia y a los territorios ocupados, y se establecen sanciones rigurosas y embargos equivalentes al derecho de presa contra todos los que desafíen la prohibición.

"Responder al cierre del mar con el de la tierra". No es sólo la imaginación lógica de Bonaparte la que le dicta esta medida, a la que se ha dado el calificativo de "formidable": es la necesidad. Tras el abandono del proyecto de Boulogne, sobre todo desde Trafalgar, desde que su marina está reducida a algunas fragatas, ¿qué medios le quedan para sostener la lucha contra la potencia invulnerable que no se cansa de suscitar coaliciones (en la cuarta estamos) y de sufragar los gastos? El decreto de Berlín, el famoso decreto del 21 de noviembre de 1806, no es orgullo, no es una embriaguez de poder. Es el acto de un hombre encerrado en el tierra, que se afana por forzar el cinturón de las olas. El fondo secreto de su pensamiento es: "¿Qué intentar? Ensayemos esto". Y si se reflexiona, no se ve qué otra cosa distinta hubiera podido intentar. Sin duda la presión del bloqueo continental no era irresistible; los acontecimientos lo demostraron. Pero era lo que había que hacer, lo único; no había más, como ya lo había dicho, que resignarse inmediatamente a lo que había de ocurrir en 1814: volver a los antiguos límites y, con ello, al retorno de los Borbones. Explicaba a su hermano Luis que se trataba de "dominar el mar por la potencia terrestre", definición justa del resultado que debía buscar por el único medio que tenía a su alcance. Busca de lo imposible. Quimera. En cualquier caso, experiencia. Acerca de la condición necesaria al éxito –Europa a la vez unida y dominada por sus alianzas– Napoleón no se equivocó. Puede ser que no viera bastante que el éxito exigiría un esfuerzo desmesurado, pero por lo menos no ocultó a nadie que para vencer por la tierra a los dueños del mar el esfuerzo tendría que ser gigantesco. Al día siguiente del decreto de Berlín llama a los reclutas de 1807. Y precisa el motivo de la leva: "No he perdido gentes". (Era verdad). "Pero el proyecto que he adoptado es el más vasto que haya tenido jamás, y desde ahora es necesario que me encuentre en condiciones de responder a todos los acontecimientos".

Y también es verdad que todos sus pensamientos se ordenan, a partir de entonces, en relación con el bloqueo continental, es decir, al bloqueo de Inglaterra, que ha venido a ser y se ha proclamado "principio fundamental del Imperio". Muy pronto llegará momento en que el emperador no pueda seguir dirigiendo el sistema; en que venga a ser su prisionero, como si lo fuera de una máquina cuya dirección hubiese perdido y que no gobernase, sino que le gobernase. En aquella hora, la tarea que hay que realizar, tal como Napoleón la ve desde Berlín en aquel mes de noviembre de 1806, es sencilla, aunque no fácil. Posee Prusia. Pero su rey se obstina. Cuando se ve más amenazado en Koenigsberg huirá hasta Memel, aún más cerca de Alejandro, con cuya victoria quiere contar. Alejandro no se resigna tampoco: arde en deseos de tomar el desquite de Austerlitz. Entonces piensa en esto Napoleón. Cuando el zar haya perdido esta otra guerra que ha declarado, comprenderá por fin la inutilidad de la lucha. Cumplirá el voto de un adversario que no desea más que tenerle por aliado. Con la alianza de Rusia, que llevará consigo la de Prusia, el bloqueo continental no estará sólo "en el papel". Dados los territorios que Francia posee u ocupa ya y los aliados con que cuenta, Europa federada contra los "tiranos del mar" quedará verdaderamente cerrada para éstos y la capitulación definitiva de Inglaterra será cuestión de tiempo. Se podrán incluso reanudar las operaciones navales. También explica este plan muy bien a su hermano Luis. En las circunstancias presentes es "locura querer obstinarse en luchar con el mar". Otra cosa será dentro de cuatro o cinco años, "porque en esa época, las potencias combinadas podrán reunir numerosas escuadras si, como es de suponer, se goza en este intervalo de un momento de paz".

Se trata, pues, de "combinar" las potencias; en otros términos, de aliar a Europa contra los ingleses. Es la federación europea la que se va a buscar, con las armas en la mano, contra Rusia que ataca todavía, olvidando la generosidad que le ha demostrado el vencedor de Austerlitz, "generosidad tal vez condenable", pero que está dispuesto a dispensarle de nuevo. El Boletín XXIX, al anunciar a la Grande Armée que los rusos se ponen en marcha contra ella, añade: "Es preciso que esta guerra sea la última". Es lo que siempre se dice a los pueblos y a los soldados, lo que Napoleón ha anunciado con tanta frecuencia. Esta vez se jacta de no mentir. Porque, mientras con minucioso cuidado prepara las operaciones sobre los más lejanos campos de batalla, elabora con la misma solicitud toda una política.

Tiene a Prusia bajo su bota y, sin embargo, la trata con miramiento. Toma contra ella las precauciones que legitiman lo que con derecho puede llamar traición, mientras que trata de no exasperar al pueblo, de guardar contactos con la dinastía. Lo que se ha denominado "la clemencia de Jena", clemencia considerada como una debilidad de la que ha de ser víctima, parte de un cálculo, de una idea preconcebida. Le hemos visto ya escribiendo a Federico-Guillermo, reiterándole su sentimiento por esta guerra, tendiéndole, en fin, la mano. El episodio más célebre de su estancia en Berlín es el de la carta que acusa al príncipe de Hatzfeld, que iba a ser causa de que se le fusilase en el plazo de tres horas y que Napoleón entrega a la princesa, a la que permite implorar gracia para su marido, para que ella misma arroje al fuego la pieza de convicción. El hombre que sabía ser insensible a ruegos de mujeres, que no había tolerado ninguna intervención a favor del duque de Enghien, que acaba de hacer fusilar en Nuremberg al librero Palm, culpable de haber vendido libelos antifranceses, para hacer escarmientos en Alemania, lo mismo que en sus cartas a Eugenio y a José insiste en la necesidad de hacer escarmientos en Italia; ese hombre se ha conmovido porque ha querido. Después de haber concedido gracia a Hatzfeld con sentimental aparato, se apresura a escribir a la princesa Fernanda de Prusia, que ha permanecido en Berlín, una carta cuyo sentido apenas velado es éste: "Ya veis que no soy un ogro. Haced, pues, saber a vuestros padres que se pueden entender conmigo".

Rigores, ciertamente, puesto que es la guerra y ésta tiene sus exigencias. Napoleón, que no se siente todavía asediado en su vasta Imperio, no está en él tampoco como para obtener el máximo partido de todos. La agresión de Prusia tuvo sus cómplices. Hay a quienes no perdona. Al elector de Hesse-Cassel, "más que prusiano, inglés", se le destituye con el humanitario motivo de que hacía comercio de sus súbditos y los vendía al extranjero para que los hicieran soldados. Sus Estados pasarán al reino de Westfalia, que completará el sistema germánico del Emperador y que se destina a Jerónimo, el hermano más joven. El elector de Sajonia siguió también a Prusia. No sólo le perdona Napoleón, sino que le hace rey como a sus colegas de Baviera y Wurtemberg y le agrega a la clientela del imperio en donde este sajón, ya que no sus súbditos, se significará, por otra parte, por su fidelidad, destinándole aún algo mejor.

Así, por delante y por detrás de él, Bonaparte se afana por conservar algunas pasarelas. Obligado a batirse con los rusos, trata de procurarse medios para una reconciliación con Alejandro. Evita la lucha a ultranza, por medios envenenados, temibles para el enemigo, nocivos para los que de ellos se sirven. Aquí es Napoleón más político que guerrero. Cuando se quiere reconocer en él al italiano, descubrir en él a Maquiavelo, es ahí donde se le puede hallar. Lleva hasta la doblez la fineza, las habilidades, el cálculo.

Marchando delante de los rusos sin esperarles y sin dejarles acercarse, ha ido desde el Elba hasta el Vístula y pronto alcanzará el Niemen. Hele, pues, en Posen, primero, después en Varsovia. Está en Polonia. Entonces no invade ya más, no conquista más. Rescata. Los últimos repartos de Polonia son de ayer, ya que el fin de la independencia polaca fue en 1793 y en 1795 el rescate de Francia y de la Revolución francesa a las que aquella ralea salvó más eficazmente todavía que Valmy. Resucitar a Polonia sería fácil y tan posible a Napoleón como aniquilar a Prusia. Al verle llegar, al tenerle entre ellos, rodeándole y admirándole; al tocar de cerca, en el Emperador y en la Grande Armée a aquella Francia de la que dicen en sus días de desgracia que está demasiado lejos como Dios, está demasiado alto, los polacos se imaginan que la hora de la reparación ha llegado, que la iniquidad de que han sido víctimas no habrá sido más que un breve, pero sobrio capítulo de su historia. Y Napoleón no permanece insensible a su patriotismo, a su caballerosidad, a su entusiasmo. No es tampoco insensible a la gracia de sus mujeres, y después de Josefina, pasión de su juventud hecha costumbre, madame Walewska será, si no el gran amor (realmente está demasiado ocupado), por lo menos la inclinación de su edad madura. Y esta amante, esta fiel Walewska no le dará sólo ternura. Había dudado que pudiera ser padre; temía que la esterilidad de Josefina fuera la suya. Algunos meses antes, el azar de un capricho por una dama de su hermana Carolina le había tranquilizado. La polaca le da también un hijo. Entonces se le despierta el sentido de la paternidad, de la herencia natural, el deseo de hallar la continuidad por su propia carne. ¿Y en qué momento? En el que el hijo de Luis y de Hortensia, aquel pequeño Napoleón-Carlos, en quien le placía ver su sucesor, muere atacado de difteria. La muerte de este niño y el nacimiento de los otros, de los irregulares, es la condenación de su "vieja mujer". Su espíritu escoge la idea del divorcio, hasta aquí descartada. La paz gloriosa que entrevé será concluida por un matrimonio que le ligue a una de las casas imperiales, y piensa en la de Rusia, precisamente cuando combate contra el ejército ruso, porque su pensamiento más fijo es el de conseguir la alianza de Alejandro, sin la cual todos sus planes se desmoronan. Y si entonces la herencia que antes tan poco le preocupaba, adquiere sentido para él; si la fundación de la "cuarta dinastía", ridícula cuando sus hermanos y hermanas se disputaban los puestos en el orden de sucesión, se torna natural por la esperanza de procrear, la otra razón y no la menos poderosa a sus ojos, es que, casándose a su vez con una princesa, estrechará los lazos de Europa, la federará mejor mezclándola él mismo con sus monarquías, con las familias de sus reyes.

¿Qué contaban Polonia y la propia María Walewska ante estas combinaciones? Necesitaba de los polacos. Los necesitaría, además, como auxiliares. Pero, ni aun por el amor de María, crearía nada irreparable, nada que comprometiera su política. Se le ha reprochado no haber borrado las particiones, no haber resucitado a la nación polaca; haberse contentado con proporcionarle una débil reparación, una sombra, unas migajas de independencia; no haberse preparado el apoyo de una gran Polonia para el día en que los pueblos se levantaran contra él. Pero tiene miras menos lejanas y, en lo inmediato, prácticas. Sostener la causa de Polonia es hacer imposible la paz con las potencias copartícipes: Rusia, Prusia, Austria. Es tener a las tres por enemigas. En el espíritu de Napoleón, Polonia está ya sacrificada a su gran designio continental, que viene impuesto por el fin esencial: vencer a Inglaterra. Entonces, mientras por una parte anima el emperador a los polacos durante sus cuarteles de invierno a formar legiones y provoca en Varsovia la formación de un gobierno provisional, evita comprometerse con ellos. Les deja esperar la independencia sin hacer promesas firmes, envolviendo sus palabras en prudentes "tal vez". Murat que cambiaría con gusto su gran ducado de Berg por el trono de Polonia, propone abiertamente su candidatura. El emperador lo maltrata, y con sus trajes, con su nuevo disfraz a lo Sobieski, le manda a casa de Franconi: al circo. Lo serio es que, al mismo tiempo, Napoleón hace saber a Austria, cuya neutralidad le interesa vivamente, que garantizará a la corte de Viena, pase lo que pase, su parte de los despojos polacos: la Galitzia.

Napoleón se sirvió de Polonia. No quiso servirla. Doblez exigida por un interés vital. Tiene una visión muy clara de su situación, que es mucho menos brillante de lo que aparenta. Donde parece realmente nacido para mandar hombres no es sólo en la energía con que, a cuatrocientas leguas de su capital, tiene a todo el mundo sin aliento, ocupándose de todo, vigilándolo todo, previéndolo todo, dictando diez y veinte cartas por día –¡y qué cartas, sobre los más variados puntos!–; no es sólo por la claridad con que abarca el conjunto y el detalle, las operaciones en curso para la total ocupación de Prusia, la administración de los países ocupados, el aprovisionamiento de las tropas, la galleta y las botas, sin contar las instrucciones diplomáticas y el gobierno del Imperio. En esto quizá haga demasiado y no tardará en llegar el día en que se vea sumergido, porque ya es patente que tiene que dar impulso a todo y que, sin él, todo su hundiría. Pero al jefe se le reconoce sobre todo en el dominio de sí mismo. Jamás deja traslucir su turbación o no lo hace sino fortuitamente y para observadores muy sagaces. Turbado está, sin embargo, porque sabe que si el gran asunto que ocupa su mente –la alianza rusa– le fallase, todo está perdido, puesto que el bloqueo continental sería inútil si el continente, en efecto, no se adhiere a él. No resta, sin duda, más que obligar a Rusia a firmar la paz; pero es preciso, antes, vencerla, y un fracaso militar lo pondría todo en tela de juicio. El pensamiento de Napoleón gira en ese círculo, como su historia, a la vez trepidante y monótona.

No tiene ya derecho a no vencer, pues de lo contrario el mundo que sostiene en vilo caería sobre él destrozándole. No se le oculta que Prusia está contenida, no sometida. El espíritu prusiano, el de la agresión de octubre, ha sido castigado en Jena, pero no está muerto. Magdeburgo, Stettin, Dantzig, caen uno tras otro, pero Fichte va a lanzar sus Discursos a la nación alemana, y el mayor Schill y sus cuerpos de francotiradores se sostienen en el campo. En el otro confín de Europa habrá que imponer el respeto al decreto de Berlín a Portugal, estrechamente sometido por los ingleses. España se torna otra vez insegura. Y en Holanda hasta el propio Luis, a quien Napoleón endereza reprimendas a cada momento porque ejerce, tal vez peor aún que José en Nápoles, su papel de rey improvisado, abrazando la causa de sus súbditos, muy poco dispuestos a romper su fructuoso comercio con Inglaterra. Será una labor difícil la de mantener a Europa en el sistema del bloqueo.

Todo conduce a la necesidad de un pronto éxito sobre los rusos. Entonces la gran diplomacia imaginativa y conceptual del Bonaparte de Oriente entra en fuego. No es suya la invención de la diversión clásica contra Rusia, del sultán de Constantinopla, y si, por lo demás, en la paz de Presburgo ha exigido Dalmacia, es por estar más cerca de los turcos y comunicar con ellos. Al Sultán añade el Shah de Persia. Para herir las imaginaciones, para elevar la moral del soldado, recibe pronto al embajador turco y al embajador de Persia, casi en la vanguardia, en los barrizales de la Prusia oriental, donde sus oropeles se empapan. Porque allí es donde el Emperador ha llegado al encuentro con los rusos, obligado a hacerles repasar el Narew para cubrir él mismo el Vístula; más lejos, siempre más lejos, avanzando sus posiciones militares como el especulador transfiere sus posiciones en Bolsa, porque especulará eternamente, mediante la guerra, sobre el mismo valor: la paz.

El choque tuvo lugar el 8 de febrero de 1807, en Eylau, tras marchas y combates difíciles, en un país cortado por ríos y marismas, bajo un clima riguroso al que acompañan el frío, el hambre, la enfermedad. Jornada dura, mortífera. Ya no son las victorias que surgen por sí mismas de una sabia maniobra y del cerebro del Emperador; victorias que el soldado tiene la impresión de ganar a tiro hecho y que no ocasionan más que ligeras pérdidas. Un estúpido accidente, un despacho cogido en una estafeta, ha hecho fracasar la bella maniobra napoleónica que debía echar al mar al enemigo. Al propio Bonaparte no le es siempre fiel la fortuna. Con ello, los rusos se detienen en Eylau y le hacen frente para cubrir su retirada. En el cementerio, bajo las salvas de artillería y las ráfagas de nieve, surge una nueva imagen de la guerra ante Napoleón, que la vio "más grave que de costumbre", y ante la Grande Armée, que no conocía todavía aquellas carnicerías. Quedaba dueña del campo de batalla, pero de un campo de batalla cubierto de cadáveres. Los rusos y los prusianos podían haber sufrido pérdidas dos o tres veces mayores, pero las de la Grande Armée eran crueles para una victoria que no era decisiva, y la muerte de generales de reputación –Corbineau, Hautpoul– hacía medir el precio que había que pagar por ella. En total, por el lado francés, 3.000 muertos y más del doble de heridos, sin contar los hombres enfermos, agotados, lisiados. Estas cifras, a las que no estaba acostumbrado, parecieron espantosas. En Francia y fuera de Francia, se explotaron. En París "los espíritus se revolvieron; no había más que lamentaciones". Napoleón se vio obligado a dar órdenes para que se dijera en todas partes, en los periódicos, en las cortes extranjeras, que sus pérdidas no habían sido importantes y, sin embargo, el Boletín no había confesado más 1.900 muertos. Talleyrand se contentó con murmurar un epigrama. Eylau no era más que una batalla "un poco ganada". Una batalla, decía otro, "que los rusos pretenden haber ganado y que nosotros no querríamos haber perdido".

La visita famosa del Emperador al lúgubre teatro del combate, entre las quejas y los gritos de los moribundos, afable con todo el mundo como lo estaba cuando las cosas no iban bien; sus palabras, de que un tal espectáculo estaba hecho para inspirar a los príncipes amor a la paz y horror a la guerra, son muestras de una preocupación interior que explica la gestión que intentó cinco días más tarde cerca del rey de Prusia. En verdad, Napoleón estaba decepcionado, atormentado. Con el ejército ruso-prusiano abatido, puesto a prueba, pero no destruido, se le escapaba también la paz. Se preguntaba qué haría Austria y murmuraba por la noche en el vivac, lo que Jomini, el hombre que mejor penetraba en sus pensamientos, decía en alta voz: "¡Si yo fuera el Archiduque Carlos!". Tenía que oponerse a su cortejo, a Murat, a Berthier mismo, que opinaban que debía repasarse el Vístula. El 13 de febrero el general Bertrand queda encargado de llevar a Federico-Guillermo, ahora refugiado en Memel, las proposiciones del Emperador, que de un solo golpe ofrece restablecer al rey de Prusia en Berlín y devolverle sus Estados hasta el Elba. Abandono de Polonia, esta vez sin ambages, puesto que la ocupación de Varsovia no ha producido el menor efecto en Alejandro. Napoleón no duda en renegar de los polacos, haciendo saber que, viviendo con ellos, ha podido juzgarlos; que no le interesan más.

La misión del general Bertrand, tan explícita, traslucía el pensamiento secreto de Napoleón, su inquietud. Federico-Guillermo y Alejandro, siempre unidos, resolvieron tomar sus garantías. Se envió un coronel prusiano, con el pretexto de hacer un canje de prisioneros, al "campo imperial", que era el miserable albergue de Osterode. Vio a Bonaparte, le encontró hablador, agitado, distraído, como hombre cuyo espíritu está "furiosamente inquieto". Habló con Ney y algunos más y oyó críticas, amargas quejas; era ya la "fronda de los mariscales", algunos, como Bernadotte, maduros para la defección. Federico-Guillermo, alentado por la reina Luisa, animado por Hardenberg y el partido patriota, sostenido por Alejandro, que prometía lanzar a la lucha todas las reservas de Rusia, sacó la conclusión del informe del coronel de que no había lugar a continuar las negociaciones que abría Napoleón. Reducido como estaba a la franja extrema de su reino, el rey de Prusia presentía, de acuerdo con el zar, el día en que los franceses serían rechazados más allá del Rin, en tanto que Bonaparte creía eficaz y suficiente ofrecerle la devolución de sus Estados hasta el Elba.

Se dice que, desconfiando de su marido indeciso, la reina Luisa, durante aquel consejo, murmuraba a la oreja de Hardenberg: "Constancia". Después del fracaso de su ofrecimiento de paz, ésta fue la divisa de Napoleón. Se somete siempre a lo que no depende de él y se recobra ante lo inevitable. Había dicho al coronel prusiano, que no vio en ello más que jactancia, que si no obtenía la paz batiría en toda la línea al ejército ruso, que sabría obligar a Alejandro a aceptar sus condiciones de paz y que entonces el rey de Prusia no contaría para nada. Mantuvo su palabra. Durante cuatro meses todavía, continúa en la Prusia oriental, trabajando con ahínco, preparando la campaña de verano, para la estación en que el espantoso deshielo haya terminado, cuando la marcha de las tropas vuelva a ser posible. Su objetivo no cambia: paz, amistad con Alejandro. Vencerá a sus generales, se atraerá a su soberano. Entonces la federación continental no será una frase vana. La "última guerra" no ha de serlo tampoco. El "más vasto de sus proyectos" será cumplido.

Una de las más notables partes de su historia es que, en efecto, conseguirá lo que ha pretendido, tendrá, como ha dicho, por aliado, a Alejandro, después de haberle vencido, y todos sus éxitos no servirán, sin embargo, para nada. Una sola circunstancia hace ya reflexionar. En noviembre de 1806, al día siguiente del decreto de Berlín, llamó a la quinta de 1807, para acabar, para asegurar "el descanso de nuestro hijos", será preciso llamar a los reclutas de 1808. De año en año el esfuerzo se exagera, el arco se tiende más y más. Se habrá de romper si Napoleón no encuentra la paz y el descanso con la alianza de Rusia.

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- Una historia de Napoleón


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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 274 - 299.