jueves, 29 de septiembre de 2016

Una historia de Napoleón (XXI): el Boletín número 29



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Es fácil decir, pasado el hecho, que Napoleón sufrió el castigo a su increíble temeridad, y que no podía librarse de un desastre al llevar a la Grande Armée hasta Moscú. Sería preciso, ante todo, que la hubiese conducido allí con deliberado propósito. Se citan de él conversaciones muy extravagantes en las que desarrolla planes de Pirro y de Picrochole, no siendo en ellos la marcha sobre el Kremlin más que una etapa para seguir a la India. Estos testimonios, sospechosos por diversas razones, son posteriores a la campaña de Rusia. Es posible que Napoleón haya dicho algunas veces que iría hasta Moscú si hiciera falta. Nada trascendía de esta intención en el momento de partir y, lejos de haber experimentado la sensación de ser temerario, nada le parecía tan prudente y razonable como sus propósitos. Por otra parte, acusado de haber emprendido esta guerra, ha sufrido otro reproche. Se le ha echado en cara haberla perdido por un exceso de circunspección, por no decir de timidez.

Smolensko y el ejercito de Napoleon

Es fácil, por otro lado, sostener que con un poco de paciencia hubiera podido acabar con Inglaterra, contra la que en aquellos momentos se pronunciaban los Estados Unidos, hartos del embargo que pesaba sobre ellos. Si es cierto que los ingleses no fueron afortunados en esta nueva guerra de América, no lo es menos que en ella habían empeñado poca gente. En definitiva, no fue más que un episodio que no podía alterar en nada el curso de la cosas.

Lo que parecerá más justo es, tal vez, que el emperador se ampliaba a sí mismo sus dificultades. Volvía siempre a los armamentos de Alejandro, y no era sólo para buscarse una queja contra el Zar. Los tomaba en serio; los temía. Es una de las razones que hacen poco creíbles los discursos presuntuosos que a posteriori se le atribuyen, repitiendo el abate de Pradt, y todavía más Villemain, a larga distancia frases de Narbona. Si Napoleón estaba resuelto a esta guerra, ni por un instante entraba en su espíritu que hubiera de trasponer los límites que se había fijado. Antes de salir de París había tranquilizado al prudente Cambacérès que le presentaba objeciones interpretando las alarmas del público. ¿Se le tenía por loco? ¿Iba a arriesgarlo todo en una aventura? Y lo que había dicho a Cambacérès lo repetía a Metternich: "Mi empresa es una de esas en que la paciencia encierra la solución. El triunfo será para el que más paciencia tenga". La campaña hallaría su término en Smolensko y en Minsk. En ningún caso sobrepasaría Napoleón estos dos puntos, en los límites de Polonia y de la vieja Rusia. Si no hubiera batido a los rusos antes de terminar la buena estación, establecería en Viena su cuartel general; tal vez volvería para pasar en París los meses más rigurosos del invierno.

Tales eran las intenciones que en Dresde volvía a anunciar a fines del mes de mayo, en medio de una asamblea de reyes y de príncipes cuyo brillo sobrepujaba al de Erfurt. Toda Alemania estaba allí para rendirle homenaje, y habría podido aplicar a la política lo que decía de la guerra: "La reputación de lar armas y equivale a las fuerzas reales". Los que habían tomado sus precauciones para el caso de que la fortuna le fuera contraria, no tenían menos prisa que los otros. No faltaba el Rey de Prusia, ni el emperador de Austria. Al lado de Napoleón y de María Luisa, los augustos suegros, objeto de las atenciones de su yerno, testimoniaban la intimidad de las dos Casas y de los dos Imperios. Catorce meses más, y en la ciudad que había presenciado aquella reunión de familia, Bonaparte recibiría de la corte de Viena una declaración de guerra. Su triunfo y su fracaso habían sido igualmente previstos, y si las fiestas y las efusiones de Dresde se acompañaban de cuchicheos y de rumores, se cotizaban a la par las probabilidades de los dos adversarios. El Zar, que se exponía a los golpes de un tal coloso, parecía, a veces, el más insensato.

Napoleón "no ponía en duda" que el emperador Alejandro tuviese que pedirle la paz, "porque ese resultado era la base de sus combinaciones". Es la clave de la campaña de Rusia, donde va a buscar la reconciliación mediante otra victoria de Friedland, sin dudar tampoco que Alejandro no siguiera siendo tal como le había conocido, propenso a emociones, a cambios súbitos. No le creía capaz de perseverar en el atroz empeño de entregar su Imperio y de devastarlo ante el invasor. Todo eso le parecía una novela a Bonaparte, que hubiera más bien calificado al Zar entre los aficionados al drama con cambios de escena y de peripecias. Napoleón no adivinaba que en aquel momento Alejandro había adoptado un nuevo papel: el de libertador de los pueblos, y aunque no quisiera, se veía forzado a él por la alianza que iba a reanudar con Inglaterra, por el fanatismo nacional que había levantado entre sus súbditos, por la vanidad misma. Su Corte se convertía al mismo tiempo en punto de cita de los enemigos de Napoleón y en un salón liberal. Madame de Staël fue a San Petersburgo, donde, recibida y festejada como adversaria del tirano de Europa, celebraba la virtud y la conciencia del autócrata ruso. Era otro estilo que el de Tilsit, pero un estilo al fin, y que respondía a una nueva situación. Alejandro estaba orgulloso, embriagado. Desde entonces, aunque hubiera querido, el amor propio le impediría volver a caer en los brazos del amigo de un año o de un día.

"Creer en lo que deseaba" es el más grave error de Napoleón, el origen de las faltas que va a cometer. Se ha querido encontrar el origen de su pérdida, que está en su espíritu, en una salud minada, en un cuerpo excesivamente grueso que le habrían dado menos claridad a su inteligencia y más lentitud a su actividad. Se exagera mucho. Un hombre no está gastado a los cuarenta y tres años. Napoleón soporta muy bien el invierno ruso, la prueba física de la retirada, dura para todos, incluso para él. Sus ideas siguen siendo lúcidas, la imaginación viva, tal vez demasiado ardiente. El único signo de envejecimiento que presenta es el de no admitir que pueda equivocarse, y cuando vuelve a encontrarse en circunstancias en que sus cálculos fueron acertados, vuelve a los mismos. Se imita a sí mismo, como los autores cuya actuación tuvo una vez éxito. Vuelve por completo a 1807, pasando por las mismas etapas, los mismos paisajes, casi los mismos hitos, y la impresión de semejanza es tan grande que la piensa en voz alta. En la proclama del 22 de junio: "¡Soldados! La segunda guerra de Polonia ha empezado; la primera terminó en Friedland y Tilsit". Después vendrá desde Vilna, diez días más tarde, el mensaje al Zar. "Si la fortuna ha de favorecer todavía mis armas, Vuestra Majestad me encontrará como en Tilsit y en Erfurt: lleno de amistad y astucia". No se baña uno dos veces en la misma corriente. Sobre el Niemen, la balsa simbólica no volverá a flotar.

En el momento de cruzar sus aguas cambiantes y engañosas, cuando iba a reconocer por sí mismo el vado, ocurrió al emperador un extraño accidente. Una liebre pasó entre las patas del caballo que, haciendo una empinada, desmontó al jinete. El séquito, en el que figuraba Caulaincourt, que no auguraba nada bueno de esta guerra, vio en esta caída un mal presagio. Medio en serio, medio en broma, se decía en el cuartel general que los romanos no hubieran dado un paso más hacia adelante. Temeroso de la superstición de los demás –ya que él no era supersticioso–, Napoleón se preocupó de que la cosa no se supiese. Después dijo, rechazando aquella pueril idea y persuadiéndose a sí mismo: "Antes de dos meses, Rusia me pedirá la paz". Al día siguiente está en la otra orilla del Niemen. Y no para encontrar los brazos abiertos de Alejandro, sino a algunos cosacos que emprenden la huida, y para enterarse de que el ejército ruso se retira desde hace tres días.

Era el 24 de junio. El 28, Napoleón entre en Vilna. Allí permanece dieciocho días, sólo la mitad menos que en Moscú, y allí espera lo mismo: que Alejandro pida la paz, que responda al mensaje: "Si V. M. quiere terminar la guerra, a ello me encontrará dispuesto". Vilna es una de las capitales y una de las conquistas de Rusia. Ocupada Lituania por la Grande Armée, amenazando sublevar a los habitantes contra los opresores, unir a los lituanos a los polacos (entonces se creía que no había diferencias entre ellos), Alejandro debía amedrentarse. Ya cedería. Napoleón ni lo dudaba, porque así lo había decidido. "Una idea que creyera útil, una vez admitida en su cabeza, dice Caulaincourt, era ya para Napoleón una ilusión. La adoptaba, la acariciaba, se impregnaba de ella". Vilna, en sus proyectos, era un gran cuartel político y militar; el lugar desde el cual la intimidación tendría éxito o donde el "rayo" saltaría. Alejandro teme el restablecimiento de Polonia. Su correspondencia, sus sospechas continuas, lo prueban suficientemente. Que pueda especularse cerca de él por medio de este temor, no lo duda Napoleón. Desde Dresde ha enviado sus instrucciones al abate Pradt, arzobispo de Malinas, embajador cerca del Duque de Varsovia. Se trata de poner a Polonia en "una especie de estado de embriaguez", de preparar allí a los rusos una Vendée o una España, siendo el espantajo español, reproducido en aquella extremidad de Europa, lo que entre ambos adversarios agitan, con propósito desigual por otra parte. Inducir a la rebelión a los polacos sin "indisponer" a Austria, a quien es interesante atender a fin de no hacer a Alejandro irreconciliable, fue ya, cinco años antes, la dificultad. Como en 1807, Napoleón se sirve de Polonia; no es él quien la sirve. El 14 de julio, aún en Vilna, cuando los diputados de la Confederación polaca vienen a dar las gracias al libertador, a pedirle que prosiga su obra, envuelve su respuesta en pros y síes, en reticencias y en condiciones.

Por eso la amenaza política no produce efecto sobre el Zar en tanto que la decisión militar no se consigue. ¡Hasta qué punto, después de haber formado tan juiciosos planes, se ve decepcionado y ya arrastrado Bonaparte! En Vilna se proponía pasar un año; dos, si hacía falta. Desde allí se concluiría la paz con Rusia, porque desde allí conduciría las operaciones que habrían de terminar con la destrucción de los dos principales ejércitos rusos. Con una metódica obstinación, los generales enemigos rompen el contacto. El emperador planea profundas y varias maniobras. Es preciso cortar la retirada de Bragation y que a Barclay de Tolles se le abrume con fuerzas superiores, según el tipo de victorias que los franceses ganaban ha poco con sus piernas. Sólo que, en un terreno difícil, a través de espacios demasiado vastos, cubiertos de bosques y pantanos, no pueden observarse horarios exactos. Napoleón acucia a su hermano Jerónimo, a sus generales. Les conjura, les aguijonea con sus órdenes y sus reproches; se admira de que no se esté el día fijado donde había prescrito que se estuviera; no admite que se aleguen obstáculos naturales: la falta de abastecimientos, el cansancio de los hombres, la caballería que se agota. Repite su amargo estribillo: "No se me sirve". Dice palabras hirientes o injuriosas, sin castigar, como siempre. Entretanto, Bragation, escapa, mientras Barclay se quita de en medio y los dos van a reunirse más lejos, más allá del Dnieper. Todos los combates librados han sido victoriosos, pero no son más que combates: nada comparable con aquellos resultados fulminantes que Napoleón tenía costumbre de apuntarse al comienzo de sus campañas y que había preparado una vez más para ésta.

Thiers, que tiene la manía de rehacer las batallas, sostiene que Napoleón se equivocó deteniéndose en Vilna, que perdió allí un tiempo precioso dejando descansar al ejército después de su larga marcha, reagrupando meticulosamente las tropas y los convoyes. "Empezada la locura de esta guerra", lo verdaderamente cuerdo consistía en ser "más loco todavía". Hacía falta, a riesgo de abandonar más trineos tras él, avanzar a marchas forzadas con lo mejor que tuviese y asestar rápidamente golpes terribles. Thiers tiene, sin embargo, en cuenta la calidad declinante de la Grande Armée, la juventud demasiado exagerada de los reclutas franceses, el peso muerto de los auxiliares extranjeros. El instrumento no era ya el mismo. El Emperador se daba cuenta de ello. Lo sabía después de Essling y de Wagram, y Thiers observa que si la concepción sigue siendo atrevida, la ejecución se hace incierta. ¿No hemos visto cómo la incertidumbre invade el espíritu de Napoleón, lo tortura, lo paraliza, hasta el punto de que con frecuencia se sienten ganas de tomar a ese hombre, parco en palabras, de imperioso mando, por un indeciso que se esconde y por un dubitativo que se encoge? Tal vez es jugador a la fuerza, que no quisiera jugar más que sobre seguro y que, asustado de arriesgar tanto, acrecienta sus riesgos por exceso de prudencia. En París fluctuaba su pensamiento cuando se trataba de saber si había de hacer la guerra a Alejandro. En Vilna fluctúa todavía penosamente. Invernando y organizándose en el país conquistado, ¿debe esperar a que el Zar ofrezca la paz a fin de libertad su territorio de la ocupación francesa, o será preciso continuar la persecución, para asestar el golpe decisivo que sea capaz de traer aún más seguramente la paz? Salta bruscamente de una idea a otra. Renuncia a establecer sus cuarteles de invierno en Vilna, porque entrevé la posibilidad de una maniobra que le entregará a Barclay. Fija para el 22 ó 23 de julio la "buena batalla" que terminará todo. El 28 cree que la tiene en Loutchega. Allí es donde espera su nuevo Friedland y grita a Murat: "Mañana, a las cinco, el sol de Austerlitz". Ni sol ni enemigo. Los rusos se han batido en retirada una vez más. Se entra tras ellos en Vitebsk. Primero, Napoleón anuncia que se instalará en esta ciudad; da la orden de amueblar y aun de edificar como si hubiera de permanecer allí meses; pide a París comediantes para "entretener las veladas de invierno". Declara que "la campaña de 1812 ha terminado", que "la de 1813 hará el resto". Y luego, no llega de Alejandro ninguna noticia, salvo rumores, que se confirman todos y que no le muestran intimidado ni inclinado a volverse hacia Napoleón. El Zar ha concluido una alianza con Inglaterra, otra con Suecia, traicionando Bernadotte. Los enviados de las Cortes de Cádiz han sido recibidos en San Petersburgo. Está a punto de firmarse la paz entre los rusos y los turcos. Así, para someter a Alejandro, la ocupación de Vitebsk no es más eficaz que la de Vilna. El emperador, al llegar, ha repetido: "No cometeremos la locura de Carlos XII". Después le parece que pierde de tiempo, que los acontecimientos seguirán su marcha mientras él continúe inmóvil. En Vilna concibió una maniobra que le llevó a Vitebsk. Otra concebirá aquí que de Vitebsk le llevará a Smolensko. ¿Y Carlos XII, pues? Entonces se apoderan de Napoleón crueles ansiedades. Ségur, que declama, le muestra tal como estaba en París, según el seco relativo de Barante: "Delibera; y esta gran irresolución que atormenta su espíritu se apodera de toda su persona... Nada puede ya resolverle; a cada instante, acomete, abandona y vuelve a acometer su trabajo; camina sin objeto, pregunta la hora, hace consideraciones sobre el tiempo, y, absorto, se para, y luego tararea con aire preocupado y vuelve a caminar". Todo, según lo visto por Ségur, es en 1812 como en 1811, según el relato del secretario Mornier. Ni siquiera falta el lecho donde Napoleón se deja caer "como abrumado por una tan grande incertidumbre".

Las reflexiones a que sin cesar se entrega le demuestran que no puede ya atenerse a su plan primitivo, porque sus cálculos han resultado falsos. Se ha planteado varias hipótesis. Ninguna se ha realizado. Alejandro no ha pedido la paz ni ante la amenaza de la invasión ni al ser invadida Polonia. No se ha obtenido la decisión militar, porque el enemigo ha rehuído el contacto con método y obstinación. Pararse antes de entrar en la Rusia propiamente dicha, pensando que el Zar preferiría someterse a exponerse al restablecimiento de Polonia, era una tercera conjetura que excluía, como las otras, el peligro de adentrarse hasta el corazón del país. Sobre la marcha, Napoleón se da cuenta de que, por toda clase de razones, su proyecto de invernada, que parecía juicioso, no es practicable; que sus acantonamientos estarán demasiado espaciados, mal aprovisionados. Al llegar al frío, las guarniciones estarán expuestas a golpes de mano, porque los ríos helados darán paso al enemigo en vez de formar una defensa. Y, además, entrar en campaña en el mes de junio y descansar en el mes de agosto, es desmoralizar al ejército por la inacción, confesar un fracaso; y esta confesión es grave, porque detrás, está Alemania, más lejos, España, y hasta la misma Francia, acerca de la cual Napoleón tiene sus inquietudes. A toda costa hay que salvar el prestigio. Además, admitiendo que el invierno se pase bien, al verano siguiente tendrá que empezarse todo otra vez, ¿y en qué habrían cambiado las cosas? El emperador tiene bajo su mano tropas a quienes las fatigas, las enfermedades, las deserciones han reducido, sin duda, de número. Le queda lo más resistente, lo más valeroso de todo cuanto hay, hombres a quienes se puede pedir cuanto haga falta, que irían hasta las Indias, que creen a veces que allí se dirigen y que prefieren el riesgo y la aventura al aburrimiento de los cuarteles de invierno en un país desolado. Es una falsa prudencia la de atenerse al plan primitivo. Es preciso, por el contrario, marchar contra el enemigo, obligarle a batirse, forzar una paz que no llega, "acabar", como dice Duroc, "con esta fiebre de duda". Entonces el emperador celebra consejo, como hace siempre cuando tiene un gran partido que tomar, y para que se le apruebe, para que se le diga que tiene razón. Se enoja con Berthier, que recomienda prudencia. Le reprocha que sea uno de los más ávidos de descanso entre los que no aspiran más que a gozar de sus mayorazgos y sus rentas. Al mayor general el había dicho ya, groseramente, durante la campaña de Prusia: "Tenéis, pues, prisa por ir... al Sena". Tanto maltrata al Príncipe de Neuchâtel y de Wagram, su "primo", y arrolla al mismo fiel Duroc, como se muestra blando y cortés con los que aceptan sus puntos de vista. Después de todo, él es el amo, el jefe de la guerra. La idea de un largo invierno que pasar en esta triste Lituania pesa a los hombres de acción. Se ejecutará la nueva maniobra, la de Smolensko. Y el emperador se persuade, además, de que no podrá dejar de proporcionarle el rayo final, terminando todo. Debía permanecer pacientemente en Vitebsk hasta el verano siguiente. Sólo permanecerá allí quince días.

Desde hace tiempo, desde hace ocho años, igual que la Revolución, que había entrevisto que para acabar con Inglaterra sería necesario terminar antes con Rusia, Bonaparte está persiguiendo lo imposible. Todo crea ahora imposibilidades. En Vilna ha dejado escapar a Barclay y a Bagratión por no haber querido abandonar nada al azar. La superioridad que ha adquirido desde los primeros encuentros sobre los generales rusos les determina a rehuir el combate, lo que contribuye todavía más a atraerle hacia el interior. Cuanta más ciencia y más genio pone Napoleón en sus combinaciones, tanto más obliga a los rusos a retroceder. Se retiran por cálculo y por necesidad, para obedecer a la orden general y porque "no pueden hacer otra cosa". Napoleón se queja de que les "falte resolución" cuando se le escapan. En cuanto se encuentran a su alcance, sienten tan de cerca el desastre que vuelven, a pesar suyo, al plan de la retirada metódica y voluntaria.

El 18 de agosto, Napoleón entra en Smolensko sin más resultado que en Vitebsk. Era éste, antes de salir de París, el punto extremo que se había señalado. No debía ir hasta allí más que si la paz no se había concluido antes, presumiendo que el Zar pediría una reconciliación cuando la Grande Armée hubiera llegado a la intersección de las dos carreteras, la que conduce directamente a Moscú y la de San Petersburgo. Napoleón encuentra una ciudad desierta y desnuda. Comprende. Los rusos hacen el vacío ante él. Es, en efecto, lo que tanto se le ha dicho: otra guerra de España que empieza sobre un área más vasta, casi infinita. Razón de más para ir de prisa, para no perder más tiempo, como en Vilna, ni dudar más, como en Vitebsk. Saber si se acantonará durante el invierno en Smolensko es una cuestión que apenas interesa y que nadie pregunta tampoco, ya que la ciudad ha sido devastada y no ofrece recursos. Tampoco hay que preguntarse si habrá que ir a imponer la paz a Moscú o a San Petersburgo, puesto que el ejército ruso ha tomado el camino de Moscú, y se habría ido a Kiev si hubiese tomado el camino de Kiev. Este ejército que se bate en retirada, está al alcance de la mano. Una marcha rápida, y la fuerza principal del adversario, una vez alcanzada, será aniquilada. Así, persiguiendo al "fantasma de la victoria", Napoleón se ve arrastrado cada vez lejos, conducido hasta donde se había prohibido llegar. Las circunstancias le dominan. No es dueño de los acontecimientos, y le gobierna la necesidad de obtener la solución. Encuentra ahora razones para dirigirse hacia Moscú, como las hubiera encontrado para dirigirse a San Petersburgo.

¿Y por qué no tenía éxito en nada? Las maniobras que imagina con un espíritu alerta y fecundo son del género en que, de ordinario, triunfa. Estas pueden contarse entre las más hermosas de las suyas. Desbordar al enemigo, rodearlo, encerrarlo, cortarle la retirada, todo es de un arte superior y todo falla. Se tomó contacto con los rusos antes de Smolensko, en Valoutina. Los rusos logran escapar también. Cuando Napoleón cree alcanzar la gran batalla, se desvanece. Cuando se le ofrece, no lo cree. En Valoutina, no estuvo presente; le retuvo el despacho de asuntos del Imperio que vienen a asediarle hasta allí. Cuando se entera de este gran combate, violentamente contrariado por no haberlo dirigido él mismo, monta en cólera también contra sus lugartenientes que no han sacado partido de aquella jornada mortífera, de los sacrificios que cuesta. Es un eterno "yo no puedo hacerlo todo". Ni estar en todo: en lo que pasa en París y en lo que pasa en Roma, en Amsterdam y en Madrid y, además de eso, estar en el vivaque. Violenta cólera contra Junot, que se apacigua como las otras, sin que ninguna sanción la siga. Todo se va en palabras.

También con palabras tranquiliza y convence a los demás y a sí mismo. Afirma en Smolensko: "Antes de un mes estaremos en Moscú; dentro de seis semanas conseguiremos la paz". Su idea fija le fuerza ahora al camino fatal. Puesto que hay que arrancar la paz, Alejandro se inclinará cuando los franceses se hayan apoderado de su ciudad santa. Durante aquella marcha sobre el Kremlin, donde cuenta conseguir un tratado triunfal, Napoleón no pierde ocasión de repetir y de hacer saber lo que ha publicado ya tantas veces: que esta guerra es una guerra política, sin animosidad personal ni nacional, que él no tiene nada contra Rusia ni contra el Zar. Importa que se sepa en San Petersburgo que no pretende reconstituir Polonia, de la cual, por otra parte, está, desde que ha vuelto a verla, más asqueado que en 1807. Que el Zar rompa con Inglaterra, que se pronuncie contra ella. no se le pide otra cosa, porque la Grande Armée no ha venido a Rusia para otra cosa. Napoleón aspira siempre a un segundo Tilsit. Persigue la sombra del pasado tan en vano como ha perseguido a Bagratión y a Barclay.

Y si durante esta marcha sobre Moscú, marcha de veinte días, está en todo instante en un estado de irritación penoso para su séquito, es porque no quiere confesarse la verdad, reconocer que ha hecho lo que no quería hacer, que ha cambiado de plan, mientras el Zar sigue fiel al suyo, y que está reviviendo a Carlos XII después de haber tratado con tanto desdén a los que le amenazaban con los pantanos de Poltava. Le resulta penoso tener que adentrarse contra su voluntad hacia el centro de Rusia, para buscar la decisión militar o la decisión política, no sabe cuál de las dos, y sin estar seguro de obtener ni una ni otra: "Estaba –dice un testigo– como como hombre que necesitase consuelo". Finge burlarse de esos rusos "que queman sus casas para impedirnos pasar en ellas una noche", y no puede evitarse un mal presentimiento viendo ese desierto que dejan tras ellos. Razona sin fin sobre las intenciones y los móviles de Alejandro. Trata de hacerse decir tan pronto que el Zar se tornará conciliador, como que los rusos le presentarán batalla. Y cuando se le ofrece, cuando el viejo Koutousof, su nuevo adversario, da la cara para salvar el honor y haber intentado, al menos, defender la villa santa, Napoleón se sorprende extrañamente.

Se ha creído en un misterio del Moskowa. Bonaparte no habría sido el mismo. Enfermo, debilitadas su inteligencia y su voluntad, testigo casi inmóvil de aquella jornada mortífera, quizás comprometiera el éxito por su pesada flema. Se le ha creído también bajo la impresión de noticias que acababa de recibir de España: derrota de Marmont en los Arapiles, Madrid abandonado por José por segunda vez, España probablemente perdida. La negativa a dar los dieciocho mil hombres de su Guardia para explotar la victoria ha parecido inexplicable. Se ha descrito la indignación de Murat, se ha citado la frase de menosprecio de Ney: "¡Que regrese a las Tullerías!". Parece, en efecto, que Napoleón estaba aquejado aquel día de una violenta fiebre, que no le impidió, sin embargo, seguir la batalla. En cuanto a los despachos de España, no habían hecho, como de ordinario, más que excitar su conmiseración por las cosas que allá abajo pasaban. Sin embargo, su deseo era medirse con Koutousof, porque hacía falta "terminar para salir". Al fin, tenía aquella "buena batalla" que debía traerle la paz y, como aseguraba al soldado, "un pronto regreso a la patria". Pero, en medio de la acción, que fue terrible, permaneció obsesionado ante la idea de que la Guardia era su supremo recurso, que sería temerario hacerla "demoler". A las súplicas de Muray y de Ney, su respuesta, aprobada por Bessières y Berthier, fue que "a ochocientas leguas de Francia no se puede arriesgar la última reserva". En el fondo, sus ansiedades no le abandonaban. Se jactaba de seguir siendo prudente, de pensar en todo, de no dejar nada al azar, respondiendo que quería "ver claro en su tablero". Tal vez también, y sin tener de ello completa conciencia, abrigara, como en Austerlitz, el propósito de tener hasta cierto punto consideraciones para Alejandro y no llegar a convertir aquélla en una guerra sin cuartel. La incertidumbre en que estaba desde hacía tanto tiempo le agotaba más que la fiebre. Dudando entre los medios de procurarse una paz inaprehensible, no sabía si la obtendría consternando a los rusos por la destrucción de su ejército o bien dándoles una prueba de su humanidad y de su deseo de entenderse. Sin embargo, los combates fueron encarnizados. Una mortandad, un campo de batalla aún más siniestro que el de Eylau. Más de cuarenta generales franceses fueron muertos o heridos. Entre los rusos, las pérdidas eran inmensas. Napoleón se dedicó, en sus boletines y en sus despachos, a disminuir la cifra, como si no hubiera querido humillar ni exasperar al enemigo, Koutousof, por su parte, habiéndose batido en retirada, salvando lo que le quedaba de sus soldados, anunció que estaba dispuesto a librar otras batallas, de suerte que Napoleón, aunque victorioso, no lo estaba enteramente. "Bueno; no hemos tenido quinto acto", decía a Narbona con aquella sangre fría de espectador que resurgía en él en los momentos más críticos. No había producido el efecto que esperaba, ya fuera de una derrota de los rusos, ya de una clemencia en la victoria para hacer posible aquel retorno a la alianza que seguía esperando. Tuvo la "buena batalla" que entraba en sus cálculos antes de salir de París. No la había ganado suficientemente, y por ello resultaba estéril.

Incluso se hacía funesta, como todas las circunstancias que le habían acercado poco a poco a Moscú, porque le hacía entrar en él, y Moscú habría de ser su tumba.

Si Napoleón se había encaminado hacia allí en lugar de dirigirse hacia San Petersburgo, era porque el propio enemigo se lo indicaba. Rusia tenía dos capitales. Cualquiera que fuese la que cayera en su poder, si esto ocurría en franca lucha, debía firmarse en ella la paz. Napoleón estaba persuadido de que en Moscú se terminaría la guerra. Esto también lo creía porque tenía necesidad de creerlo, y tenía necesidad de creerlo porque más allá de Moscú ya no había nada. Primero esperó que el solo hecho de aparecer sobre el Vístula con 600.000 hombres asustaría al Zar. En seguida, que el paso del Niemen, la ocupación de Lituania, la entrada en Smolensko, en fin, harían caer las armas. Hacía falta ahora recibir en Moscú al mensajero de Alejandro. Se negaba a pensar que no fuese a recibirlo, y se negaba porque, en ese caso, se encontraba ante la nada, ante lo que no puede concebirse, porque es el fin de la acción y del pensamiento. En este momento llega Bonaparte al término de los esfuerzos, de las combinaciones militares y políticas, de todo lo que intenta desde hace diez años para encontrar una salida. Si no logra éxito con este supremo esfuerzo, no le queda más que la caída en el vacío. Moscú es la última etapa. ¿Será posible que haya avanzado hasta tan lejos para volver lo mismo que vino? He aquí la idea que le será fatal. En adelante será esclavo de la ilusión de que encontrará su nuevo Tilsit en el Kremlin.

Se conforta pensando que él no es Carlos XII, que tiene otros recursos, otro genio de previsión que aquel héroe atolondrado. Todo lo ha meditado, lo ha organizado todo durante esta marcha, con su preocupación por la exactitud y por el último detalle. Detrás de él hay por todas partes aprovisionamiento, municiones, almacenes, repuestos, Una línea continua de comunicaciones se extiende hasta París; la sede del Imperio se traslada a Moscú, y en el Kremlin estará el emperador como en el Eliseo. Si es preciso invernar, se estará mejor en la gran ciudad de Rusia, se pasará más que en Vilna o en Vitebsk sobre la voluntad del Zar. La rendición de la villa de las cúpulas doradas y de las 300 iglesias, ¿cómo no había de quebrantar las resoluciones, que Napoleón jamás tomó en serio, de una retirada "hasta Kamtchatka?".

El día 14 de septiembre, cuando Moscú apareció ante el emperador y el ejército, fue probablemente el de su más grande error. Estos hombres que habían hecho tantas cosas extraordinarias tenían la sensación de haber realizado una que sobrepujaba a todas las demás y les parecía, por esta causa, que llegaban al término de sus esfuerzos. Fue un momento extraño, en el que los soldados parecían alcanzar la recompensa de su sacrificio y su jefe la solución de un problema tan dolorosamente meditado. "Ya era tiempo", murmuró. Ségur nos lo muestra con los ojos fijos en aquellas murallas que "encerraban toda su esperanza". Imágenes de Oriente subían a los cerebros. De aquellas puertas iban a salir boyardos que, según el rito, con la ofrenda del pan y de la sal, presentarían las llaves de la ciudad, de rodillas ante el zar de los franceses, suplicándose que se compadeciera de Rusia. Las horas pasaban sin llaves ni boyardos. Al final del día fue preciso rendirse a la evidencia. Como Smolensko, la ciudad estaba evacuada, desierta. Napoleón se impacientó, exigió una diputación de los habitantes notables. No se les pudieron llevar más que cinco o seis desgraciados. Se le ve, en la narración de Ségur, tocado en lo vivo, levantando los hombros, y, "con aquel aire de desprecio que dedicaba a todo lo que contrariaba sus deseos", diciéndose que los rusos no sabían todavía el efecto que produciría la toma de su capital. Aquella misma noche le prendían fuego.

A partir de entonces, Napoleón es un obcecado que niega la evidencia, que se obstina en querer que las cosas sean de modo distinto de como son, que se ingenia en demostrar que lo que se cree funesto es beneficioso, que todo lo que destruye sus cálculos los confirma y los sirve. Se dice a su alrededor que su conquista se desvanece en humo. El mismo, ante Moscú enrojecido, no puede evitar un grito: "Esto me presagia grandes desdichas". Apenas entra en el Kremlin, se ve obligado a salir entre las llamas. Apenas vuelve a él, le renace la confianza. La salvajada de Rostopchine indignará a los rusos, abrirá los ojos a Alejandro. Los franceses han extinguido aquel bárbaro incendio, arriesgando sus propias vidas para salvar otras, para salvar las iglesias, los palacios, los tesoros. El Zar se mostrará sensible ante esta prueba de humanidad. Verá que esta guerra no es una guerra a ultranza, que se está siempre dispuesto a negociar un arreglo, a renovar la amistad y la alianza; que no se tienen grandes pretensiones; que no se pide más que una cosa, la misma siempre: la ruptura con Inglaterra, medidas contra el comercio inglés, el respeto del bloqueo, lo que ha sido, en fin, la causa de este desdichado conflicto. Todo esto lo repite Napoleón como si hablara a su amigo Alejandro, al "beau et bon jeune homme" de Tilsit, lo mismo que repite con satisfacción y seguridad que Moscú es una "posición política" excelente para esperar los ofrecimientos de paz. No está lejos de añadir que, conforme al uso, un soberano cuya capital ha sido conquistada pide las condiciones al que se aloja en sus palacios. Sin embargo, en recuerdo del pasado, es él, Napoleón, quien da el primer paso, y el 20 de septiembre escribe al Zar: "He hecho la guerra a Vuestra Majestad sin animosidad. Una nota suya, antes o después de la última batalla, hubiera detenido mi marcha, y yo hubiera deseado, incluso, sacrificar la ventaja de entrar en Moscú". Al final, cordial: "Si Vuestra Majestad me conserva todavía un resto de sus antiguos sentimientos, dará buena acogida a esta carta". Y el deseo que experimenta de ello se descubre demasiado.

Está ahora claro que ha venido hasta Moscú persiguiendo al fantasma de Tilsit y que no quiere ya marcharse sin apoderarse de él. Se da todas las razones posibles para no dudar de que el Zar no podrá dejar de responder. "Es esta fatal creencia, esta desdichada esperanza la que le hace permanecer en Moscú arrostrando el invierno". Octubre llegaba. Ninguna señal de Alejandro. Nada de noticias de San Petersburgo. Solamente, en las vanguardias (porque Koutousof merodea siempre por los alrededores), Murat ha entrado en relaciones con los cosacos, tiene una especie de popularidad entre ellos, y, lo mismo que ha soñado con ser Rey de España y Rey de Polonia, le tienta la idea de ser "hetman"; ¿y por qué no? Tantas cosas prodigiosas se habían realizado que ya nada parecía imposible. Entonces los oficiales rusos confían al Rey de Nápoles, dispuesto a cambiar su corona por otra o a ceñirse una segunda, que las cosas van mal entre ellos, que la nobleza, los comerciantes y el pueblo están cansados de esta guerra, que ellos mismos sientan ya fatiga, que se aspira a la paz. Y, como antaño en el asunto español, Murat, con sus ilusiones, mantiene las del emperador, que causa admiración por su seguridad, que se pasa tres veladas redactando los estatutos de la Comedia francesa, tan tranquilo como si fechara el decreto en Saint-Cloud y que, viendo transcurrir los días, responde a las inquietudes que siente nacer alrededor de él que el clima no es tan riguroso como lo habían pretendido los pesimistas. "Ved –decía con aire despreocupado–, el otoño es más hermoso, incluso más caluroso que en Fontainebleau". Y aunque "todo lo decía que el Zar no quería tratar", mientras la necesidad que él mismo tenía de la paz le acuciaba, se obstinaba; no dejaba de afirmar que los rusos se cansarían antes que él y que la capitulación de Alejandro no era más que asunto de días.

Aquella confianza escondía secretas alarmas. El 4 de octubre, encarga a Lauristón que se presente en el cuartel general de Koutousof llevando una nueva carta al Zar. Del mismo momento datan las notas en que el emperador prevé diversas hipótesis: regreso a Smolensko, movimiento amenazador hacia San Petersburgo. Empieza a decirse a sí mismo que Moscú no es una buena posición, que entre Francia y el Ejército están los prusianos y los austriacos, aliados del día, bien capaces de convertirse en enemigos. Le ha llegado, en efecto, un enigmático despacho de Schwarzenberg que hace temer una defección de Austria y, después de leerlo, murmura malos versos de tragedia que hablan de la ley suprema del destino. ¿Invernar en Moscú? La ciudad, incendiada y desierta, no ofrece recursos, y, sobre todo, hay lugar a temer que pronto quede cortada la carretera. Han aparecido cosacos hasta en los suburbios. Algunas de las estafetas que llevan el correo y garantizan las comunicaciones han sido perseguidas. Malos síntomas son éstos. Aún sería tiempo de llevarse otra vez a Vilna el ejército, antes de que sea riguroso invierno. Napoleón se retrasa, porque continúa siempre esperando que el Zar se decidirá a negociar. ¿Y cómo partir sin haber obtenido el resultado que se ha venido a buscar tan lejos? ¿Cómo explicar esta partida? Caulaincourt dice con firmeza: "Lo embarazoso de su difícil posición le tenía como encadenado al Kremlin".

Ante el peligro, era preciso resolverse a partir. Los rusos empiezan a cortar la carretera de Smolensko. Las comunicaciones con Francia han dejado de ser regulares. Napoleón no recibe ya noticias de su Imperio, no puede ya mantener correspondencia diaria con sus ministros. El correo falta y el ejército no recibe cartas de París, siente el aislamiento y la moral se afecta con ello. Ya en su interior, el emperador ha reconocido que no puede continuar en Moscú. No quiere confesarlo todavía, porque el anuncio de la retirada echaría por tierra las últimas esperanzas de paz. Con el tiempo vanamente perdido, una partida improvisada, las precauciones insuficientes contra el frío causarán la desgracia de la Grande Armée. Napoleón se ha dejado adormecer en Moscú, y para entretenerlo en una funesta esperanza, para darle una engañosa seguridad, el astuto Koutousof ha llegado hasta a simular una suspensión de armas.

Estos últimos días del Kremlin son los del jugador que no quiere haber perdido y que tienta todavía a la suerte, que ensaya unas últimas combinaciones. El 16 de octubre se dirige directamente a Koutousof. Se resigna a solicitar la paz. La respuesta es una negativa. Entonces Napoleón piensa en el arma de que no ha querido servirse. Hace redactar un acta de emancipación de los siervos. Y después se retira la proclama: "Rayos vengadores de los que no mostraba más que el relámpago y de los que siempre retenía el trueno". Fundador de dinastía, pariente de testas coronadas, ¿puede volver a ser el emperador de la Revolución, comprometer las alianzas más que nunca necesarias, anular toda una política? Para nada, por otra parte, ya que se le hace comprender que es demasiado tarde, que el mujik fanatizado no le prestará más oído que los españoles cuando les anunció que venía a destruir el feudalismo y la Inquisición. En seguida retorna –no será por mucho tiempo– al estilo del soberano legítimo y conservador y califica a Rostopchine de "Marat de Rusia".

La agitación de su espíritu se trasluce por otros indicios. Hay que explicar la partida. Entonces Moscú no es más que una "cloaca malsana e impura... de nula importancia militar, y que ha dejado de tener importancia política". Lo cual es muy cierto. Se regresa hacia Vilna haciendo saber que es para amenazar a San Petersburgo, ya que, en el fondo de su corazón, Napoleón no está por completo decidido a la retirada. Una maniobra más, que tal vez todo lo restablezca, o bien un serio castigo que tornará a Koutousof inofensivo. Así Napoleón se busca a sí mismo pretextos para no renunciar y deja a Mortier en el Kremlin, mientras él intenta librar una batalla. ¿Quién sabe? La probabilidad de un éxito militar puede todavía cambiarlo todo. Pero Koutousof se hurtaba siempre. "Esto se agrava". Tres palabras llenas de preocupación que deciden la llamada de Mortier y el verdadero regreso. Napoleón se ha retrasado, se ha dejado ganar por el invierno, ha comprometido la retirada, porque el camino que va a emprender es el del ocaso. ¿Tiene ya quizá el presentimiento de la catástrofe próxima? No obstante, se niega tanto a creer como quería creer hace poco. Era preciso que el Zar le ofreciera la paz. Ahora, no quiere admitir que ya el ejército se funde, se descompone, que el invierno en estos parajes llega sin transición, tan bruscamente como el verano. Se desentiende de las advertencias con frases: "Hiela lo mismo para los rusos que para nosotros". Caulaincourt le recuerda lo que ha respondido Alejandro a la proposición de armisticio llevada por Lauriston: "Mi campaña empieza". El emperador se encoge de hombros: "Vuestro profeta Alejandro se ha equivocado más de una vez". Sin embargo, al mismo Caulaincourt le confiesa su gran, su tenaz inquietud. ¿Qué se piensa, qué se hace en Francia? Desde fines de octubre le confía su gran secreto, que es su intención decidida de abandonar al ejército tan pronto como pueda y regresar a París.

Esta retirada de Rusia, que añade un cuadro a su historia, podría haber terminado aún peor. En el momento en que parece que su estrella le abandona, le sirve de otro modo. Por dos veces está a punto de caer en manos de los cosacos. Imaginémoslo prisionero, muerto en una emboscada, o bien, para no quedar cautivo, tomando el veneno de que ha tenido la precaución de proveerse. Su destino entonces se empequeñece, no dejando más que una reputación de aventurero, al faltar a su historia el desenlace, digno del resto, de un desastre verdaderamente grandioso. Supóngase un adversario menos prudente, menos contemporizador, menos apático que el viejo Koutousof; la retirada cortada, los restos de la Grande Armée destruidos u obligados a rendirse. Es el fin de Carlos XII, cuyos pantanos por poco encuentra Napoleón en el Beresina. Le protegió su reputación, su prestigio, el temor que inspiraba su nombre: un capital, en suma, que no tardará más de quince meses en agotarse. Porque si las jornadas de esta retirada parecieron cruelmente largas, todo tras ellas iba a correr hacia el desastre con una velocidad acelerada. Por otra parte, Napoleón sigue siendo el mismo durante este trágico regreso, en el que cada paso le trae una decepción, una desgracia, la amenaza de aniquilamiento. ¿Su salud? Excelente. No es el hombre deprimido, enfermo, minado en las fuentes de la vida que ha querido ver en el Moskowa. Sigue lleno de esperanza, confiado en las órdenes que ha dado, en el aprovisionamiento que ha de encontrarse en la ruta, seguro de su fortuna, siempre a la espera de un acontecimiento feliz que todo lo arregle; una diversión de Schwarzenberg, tal vez. Por estas razones está "tan indeciso", dice Caulaincourt, "tan incierto el último día como el primero". Después, cuando se hace imposible cerrar los ojos a la ruina de la Grande Armée, mantiene una actitud "grave, silenciosa y resignada, sufriendo menos corporalmente que los otros, pero mucho más espiritualmente, y aceptando su infortunio".

Diecisiete días se llevaban de marcha, conteniendo a los rusos que hostigaban y perseguían de cerca al ejército, cuando la nieve empezó a caer. Era el comienzo de los grandes sufrimientos. El mismo día llega una estafeta, trayendo noticias de París. ¡Y qué noticias! Una especie de Bailén político, y mientras el emperador ausente sufría sus primeros grandes reveses; lo peor que podía aún ocurrir. Un militar republicano, el general Malet, mezclado en las conspiraciones de los últimos años, detenido en una casa de salud, se ha evadido de ella. Vistiendo de uniforme, ayudado por otros dos generales, de los que uno, Lahorie, ha sido jefe de E. M. de Moreau, Malet no tiene más que anunciar la muerte de Napoleón y la proclamación de la República. Durante algunas horas ha sido el amo de París. Ha detenido al Ministro de Policía, Savary, y al Prefecto de Policía, Pasquier. Desenmascarado, detenido a su vez, el asunto no ha tenido consecuencias como no sean las de haber ridiculizado a las autoridades imperiales y dado lugar a lo odioso de doce condenas de muerte. El emperador se consoló primero diciendo que todo esto era obra de imbéciles, tanto de quienes se habían dejado sorprender y engañar, como de quienes, con castigos tan duros, habían dado tanta importancia a un golpe de mano. El estaba, en el fondo, profundamente afectado. "Esto no puede ser cuestión de un hombre", repetía. Se representaba un vasto complot, casi una revolución. Lo que le extrañaba, sobre todo, era que no se le hubiera ocurrido a nadie que si el emperador había muerto, quedaba un sucesor y un heredero. "¿Y Napoleón II? ¿No se pensaba, pues, en él?" La Monarquía, el imperio hereditario, sus instituciones, su matrimonio, su hijo; ¿no contaba para nada todo esto? Este olvido le daba la medida de su debilidad. Comprendía que las consolidaciones que había buscado por tantos medios eran vanas, que su poder seguía siendo tan frágil como en los tiempos del Consulado, que él mismo estaba a merced de un gran revés. Estaba ocupado en estas reflexiones, precisamente, cuando todo le daba la sensación de que este gran revés se lo podían infligir los rusos de un momento a otro. Incapaz de disimular sus alarmas, trataba de saber lo que los demás pensaban sobre el acontecimiento de París, y en lugar de silenciarlo, lo anunciaba él mismo para observar el efecto que la sorprendente noticia produciría en sus generales.

Dejó de hablar sin dejar de pensar en él, cada vez con más prisa de acercarse a Francia, de abandonar aquella Rusia como había abandonado a España, separado por mil peligros, todavía, del momento en que podría acercarse a París. Cada día se hacía más horrenda aquella retirada. Al llegar a Smolensko se encontraron los víveres saqueados; una gran esperanza convertida en desastre. Napoleón se mantuvo encerrado; no quiso presenciar nada de aquellas escenas, de aquellas batallas entre compañeros de armas por algunos restos de subsistencias. Después fue preciso reanudar la marcha, en desorden, abolida la disciplina, de algunos puñados tan sólo de hombres que demostraban hasta dónde puede llevarse la tenacidad y el heroísmo, con Ney a retaguardia, sosteniendo dos combates al día para salvar al triste convoy. Ahora, el propio emperador iba a pie, rodeado del "escuadrón sagrado", quemando con sus propias manos sus papeles y sus vestidos el día en que estuvo a punto de ser cogido. Unas veces, se le escapaba decir "que la demasiada costumbre de grandes éxitos preparaba con frecuencia grandes reveses, pero que no era hora de recriminaciones". Otras, al enterarse de una noticia más desastrosa, golpeaba la tierra con su bastón y "lanzaba al cielo una furiosa mirada" con estas palabras: "¡Es que está escrito allá arriba que no hemos de cometer más que faltas!". Así se alcanzó el Berezina, de siniestra memoria, en donde tuvo el presentimiento de una desdicha aún más espantosa. Al ver aquel río que arrastraba trozos de hielo, el puente destruido, los rusos resueltos a aplastar los restos de la Grande Armée, cohorte de la que sólo algunas falanges subsistían, y cuando fue preciso por un momento pensar en volver a bajar hacia el Dnieper, se acordó amargamente de la seguridad con que había dicho que él sabía lo que hacía y que no iba a revivir a Carlos XII. Y tal vez fue de esta idea, de esta voluntad de no acabar como el sueco, de no ofrecer a la historia una deslucida repetición, de donde sacó la energía necesaria para estas jornadas trágicas, recobrando la clarividencia y la decisión del jefe de guerra. La estrella con la que siempre contaba no iba a abandonarle ahora. El mismo punto que escogió para atravesar el río, engañó al enemigo. Fue preciso todavía atravesar los pantanos, demasiado parecidos a los de Poltava, donde se hubiera anegado lo que había escapado a la horrible persecución, si, por fortuna, los rusos no hubieran olvidado destruir los puentes.

"Ya he hecho bastante el emperador; es hora de que haga el general", había dicho Napoleón en estos peligros extremos. Sobre la otra orilla, salvado de un inmenso peligro, el emperador se encuentra a sí mismo. Piensa en el mañana, en su trono. Está en Polonia, puede comunicar con Francia, está ávido de saber lo que ha ocurrido mientras ha estado a punto de desaparecer, y esta vez ha podido verdaderamente creérsele muerto. "Hace quince días que no he recibido ninguna noticia, ninguna estafeta, y que estoy en la mayor ignorancia de todo", escribe a Maret. Está ansioso de saber qué se piensa en Europa. Y es preciso que se sepa, ante todo, que el emperador vive, que está bien, que estará allí mañana, porque es preciso que en Alemania, en Francia, en todas partes, no se dude de su presencia temida, que todavía, durante cuarenta terribles días, acaba de contener a Koutousof, de inspirarle miedo y respeto y de ayudar a Ney a salvar el honor de lo que ha sido la Grande Armée.

Mide la extensión del desastre, y contempla, sobre todo, el conjunto. Mañana sabrá Europa que de esta gigantesca empresa no ha escapado el emperador más que con tropas en desorden y harapientas, que de la más hermosa máquina militar que se hubiera jamás visto, no quedan más que hombres hambrientos, medio muertos, jefes cubiertos de gloria, pero irritados. Desde entonces, Rusia e Inglaterra, cuya alianza va a estrecharse, redoblarán los esfuerzos. Prusia, la misma Austria, no estarán ya seguras. La fermentación, sensible desde 1809 en Alemania, ganará los países de la confederación: Holanda, Bélgica, Italia, sin contar España, ya insurreccionada, mientras que en Francia el desconcierto de los espíritus, que ya ha dejado traslucir el asunto Malet, se hará más profundo. No servirá de nada ser astuto, disimular. El emperador debe por sí mismo hacer público su infortunio. Y debe llegar a París al mismo tiempo que la noticia del desastre, a fin de atenuar su efecto. Importa, sobre todo, que esta noticia no le preceda, porque, si no, sería suficiente que Prusia se sublevara, que tendiera la mano a los rusos, y cortado el camino de regreso, todo estaría perdido.

El emperador reflexiona, toma su partido durante las jornadas que siguen a la del Berezina, y que apenas son menos trágicas que la de la desaparición de tantos desgraciados en las aguas heladas. Los rusos se han puesto otra vez en persecución de los franceses derrotados y, a veces, Ney, Maison, no pueden ya reunir más que un puñado de soldados todavía capaces de llevar un fusil. En trance tan apurado, redacta Napoleón, con mente reposada, el más difícil y el más sorprendente trozo de su literatura militar, aquel boletín XXIXº, que todo lo da a entender y todo lo envuelve en un noble y grave lenguaje; en el que las palabras tienen una sabia gradación, pasando de la "enfadosa situación" a "la espantosa calamidad", mientras que los dos aspectos de la retirada se exponen con la serenidad de un conocedor de hombres, de un psicólogo: por un lado, aquellos a "quienes la naturaleza no ha templado con bastante fuerza", conmovidos, no soñando más que catástrofes, mientras, por otro, los que conservan su alegría, sus costumbres habituales, y no ven más que "una nueva gloria en las dificultades que hay que vencer". Todo está allí: los hombres que caen por hambre en el camino; frío y desánimo; la caballería, sin caballos; los furgones, abandonados; los generales haciendo funciones de capitanes y los coroneles de suboficiales; el propio emperador, impasible en medio del escuadrón sagrado. Relato calculado para dar una impresión de calma, de completo dominio de sí mismo, que termina con esta frase, más sorprendente que todas las demás, con frecuencias reprochada a Napoleón, y sin embargo esencial: "La salud de Su Majestad no ha sido nunca mejor". El emperador se identifica con el Imperio. Se le ha creído muerto, enfermo, agotado. Que se tenga cuidado, porque llega.

Lo más difícil no era esta presentación estilizada de un desastre sin ejemplo. Había que separarse de los hombres que sobrevivieron a tantos sufrimientos y horrores, para abandonarles, privados de la presencia del Jefe y de la magia de su nombre, a peligros que aún no habían terminado. Ségur le muestra dedicándose en particular a sus mariscales, "acariciador con todos", ganándoselos para su proyecto de partida "tan pronto por sus razonamientos como por sus desahogos de confianza". Después, habiéndoles reunido, reparte elogios, les da las gracias y trata de convencerles de que para salvarles a ellos, a sus dotaciones y mayorazgos, es preciso primero salvar al Imperio: que no tienen otra salvación que la que él les presta; que todos están con él, desde el principio, metidos en su aventura. "¡Si yo hubiera nacido en el Trono, si fuera un Borbón, me habría sido fácil no cometer faltas!". Siempre será a los generales a quienes tema Napoleón, y tiene menos seguridad en ellos que en los soldados. Sabía todavía encontrar el lenguaje que les retenía en el cumplimiento del deber. Sólo Berthier resistió, quiso partir también. El mameluco Roustan cuenta la escena con una bárbara sencillez: "Estoy viejo, llevadme". "Os quedaréis Eugenio y Murat". Y como Berthier insistiera: "¡Sois un ingrato, sois un cobarde! Os haré fusilar a la cabeza del ejército". Se presiente la revuelta de los grandes jefes, la preparación de Fontainebleau.

Napoleón sale el 5 de diciembre "en un sencillo trineo, fugitivo, superviviente de su ejército, de su gloria, de su poderío por así decirlo, y presentando en su ruta a sus gobernadores, a sus aliados, a sus tributarios, una especie de fantasma que un soplo podía aniquilar, pero cuyo sólo nombre imprimía todavía terror e infundía respeto". Grande fue la visión que tuvo de ello Thibaudeau. Este emperador, que con el nombre de un secretario, atraviesa Polonia y Prusia con tres compañeros, expuestos a todos los azares de la lucha si se le reconoce, constituye un nuevo capítulo de su vida aventurera. Bonaparte abandonó Egipto en las mismas condiciones, confiándose a la suerte. Nada le asombra. Siempre ha estado dispuesto a esperarlo todo. Durante este trayecto habla de sí mismo como de un extranjero, por aquella disposición a contemplarse viviendo en que se reconoce al artista. Ha llevado consigo a Caulaincourt, como si tuviera necesidad, curiosidad de encontrarse cara a cara con el hombre cuyos consejos no quiso escuchar. Con él discute su caso, como si se tratara de otra persona: "Me he equivocado, no sobre el objetivo y la oportunidad política de esta guerra, sino sobre el modo de hacerla. Era preciso quedarse en Vitebsk. Alejandro estaría hoy día a mis pies". Habla de la conspiración de Malet: "Creo que todo cuanto he hecho está todavía muy frágil". ¿Qué remedio existe para esta fragilidad? Ser verdaderamente legítimo: no un soldado coronado, sino un "rey" cuyo trono garantice los otros. Larga conversación sin freno en la que, locuaz, pronto a cambiar de tema y de sentimiento, se diría que Napoleón ensaya con Caulaincourt el memorial de Santa Elena, como lo hará con Las Cases, y haciendo observar un día ante este aristócrata que él había nacido gentilhombre, que había sido bien educado y que había frecuentado la buena sociedad en su juventud.

El 18 de diciembre, casi incognoscible, llega a las Tullerías sin hacerse anunciar. Desde hace cuarenta y ocho horas, el XXIXº boletín ha aparecido en el Moniteur. Napoleón sabía que encontraría a París abatido. La consternación sobrepujaba a lo imaginado. "Los espíritus estaban heridos por aquellas siniestras imágenes". Se decía que aquello era la expedición de Cambises, el fin del Imperio de Carlomagno. El emperador va a poner mano a todo, a trabajar, desde su regreso, con Cambacérès, Clarke y Savary. El archicanciller, el ministro de la Guerra y el ministro de Policía han de darle cuenta del asunto Malet. A él concedió la máxima importancia. Habla de él con "frente preocupada" y dirige a todos severas palabras: "Me creíais muerto... ¿Pero y el Rey de Roma? ¿Y vuestros juramentos, vuestros principios, vuestras doctrinas?... Me hacéis temer por el futuro". Se esperaban sanciones. Savary y Pasquier parecían perdidos. Soportaron su cólera, como los demás, y continuaron en sus puestos. Sólo el ingenuo Frochot, prefecto del Sena, fue destituido. Este había pasado los límites: "Mantuvo el Ayuntamiento abierto a los conjurados como si fuera una hostería".

Después no se habló más del asunto Malet. Cada cual ocultó sus presentimientos, y sobre la campaña de Rusia se impuso el silencio. El emperador la había explicado a sus ministros en estas breves palabras: "La fortuna me ha ofuscado. Fui a Moscú y creí firmar la paz. Estuvo allí demasiado tiempo". Era, en verdad, toda la historia contada con sinceridad y desdén. El Senado tuvo derecho a menos todavía: "Mi ejército ha sufrido pérdidas, pero ha sido por el rigor prematuro de la estación". Para estos hombres que siente próximos a traicionarle y que todavía le lisonjean, el desprecio trasciende de la fórmula usual: "Agradezco los sentimientos que me expresáis". Para unos, un encogimiento de hombros. Para otros, la espalda vuelta. El amargo filósofo está maravillosamente de vuelta de todo. Y, tras Moscú, toda su política quiebra. ¿Quién lo sabe entonces mejor que él?

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- Una historia de Napoleón


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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 432 - 461.