martes, 6 de septiembre de 2016

Una historia de Napoleón (XVI): la obra de Tilsit



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Si ha habido quien pudiera jactarse de haber dominado al destino y lisonjearse de haber llegado exactamente al resultado que perseguía, fue Bonaparte en el mes de junio de 1807. Alcanzó su cenit en aquel solsticio de verano. Mezcla profunda éxito por igual de las combinaciones militares y políticas; las armas al servicio de una diplomacia razonada; un Mazarino que sería su propio Condé, y un Condé que sería Mazarino; un gran capitán que no dice sólo de su adversario: "Yo le batiré allí", sino: "Nos abrazaremos allí", y que le bate, y luego, en efecto, le abraza. Raramente se ha visto que tantos cálculos tuvieran éxito a la vez. Y nunca hasta que llega a esta madurez del genio y de la edad –hele aquí en sus treinta y ocho años– ha tenido, ni ha dado, esta sensación de plenitud. Es el momento en que escribe: "El hombre honrado combate siempre para ser dueño de sí mismo". En su tragedia preferida se añade: "como del universo". No se dominan los elementos y el mundo más que dominándose ante todo a sí mismo, y Bonaparte se acuerda de sus prudentes comienzos, de los trabajos que el poder le ha costado, de la inconstancia de la victoria. "Si se produjeran grandes reveses y la patria estuviera en peligro...". Esta frase, que recuerda las inquietudes de Eylau, precede en dos meses al doble éxito de Friedland y de Tilsit. Es testigo de su lucidez, del sentido exacto que tiene de la situación.

Tilsit y Napoleon Bonaparte

Su propósito es reconciliarse con Rusia. Piensa en ello desde la muerte de Pablo I. Pensaba en ello cuando después de Austerlitz trataba de atraerse a Alejandro. Es la idea que embarga su espíritu durante aquella larga estancia en Polonia, en la que se muestra capaz de tanta paciencia. Entre Eylau y Friedland, entre las dos batallas, no habrá cuidado ni precaución que no tome para aparecer como víctima de las coaliciones que fomenta Inglaterra y para evitar el papel de provocador. Austria manifiesta la intención por la paz general. Napoleón se guarda de rechazar la idea de un congreso, a fin de "no dar pretextos". Y hasta se apresura a decir: "Deseo mucho ligar mi sistema con el de la Casa de Austria". Tiene en reserva la alianza austriaca, por si la alianza rusa le faltase, así como a falta del matrimonio ruso tendrá en reserva el austriaco.

Cierto que debe desconfiar siempre, que la agresión de Prusia ha sido una lección; que no puede sin imprudencia desprenderse de las garantías que ha exigido a este Estado. Pero está tan apesadumbrado por haber tenido que castigar, que así se lo dice a Federico-Guillermo. ¿Es culpa suya que este rey se obstine en ligar su causa a la del zar, con el cual, por otra parte, el Emperador sólo desea entrar en tratos? Suecia, que ha hecho en la coalición una entrada episódica, propone un armisticio. Napoleón no deja de asir esta ocasión de volver al tema que ya ha utilizado con los prusianos. ¿Por qué esta guerra? ¿Por qué matarse entre sí, cuando los franceses y los suecos se tienen en tan recíproca estima y existen tantas razones para que sean amigos?

Así, Napoleón se encuentra en excelente postura para tender la mano a Alejandro, recomendando, sobre todo en París, que "no se hable de la independencia de Polonia" y que se "suprima todo lo que tienda a presentar al Emperador como libertador". Todo habrá sido preparado de lejos, hasta la batalla, y no hace falta más que una cosa para el golpe de teatro que deberá traer el desenlace. Y es que, haciendo posible el verano la reanudación de las operaciones, los rusos atacan. Si se retirasen, por el contrario, si dejasen a Napoleón ante el vacío, si le obligasen, fuese a perseguirles (¿y hasta dónde?) fuese a esperar (¿hasta cuándo?), tendríamos ya todo el 1812. Por tanto (cosa esencial para comprender lo que va a ocurrir), el 1807 es un 1812 que sale bien, que trae la paz y la alianza con Rusia; porque los rusos, en lugar de romper el contacto, han tomado la ofensiva, han presentado batalla, dando a Napoleón derecho a decir, y con ello triunfará tanto como con su victoria, que, abandonando los primeros sus acantonamientos, han sido ellos los agresores, con la excusa de haber sido empujados por Inglaterra, eterna "enemiga de la paz".

El 14 de junio, aniversario de Marengo, el ejército ruso queda completamente vencido en Friedland, y Alejandro con él y aún más que él. Lo está en su alma. Parece admirar a su vencedor. Tal vez le admira verdaderamente. En todo caso cede a la idea de entenderse con él. Se comprende en seguida por qué Napoleón irá –ya no faltan más que cinco años– hasta Moscú, donde perderá un tiempo precioso. Y es porque habrá visto caer en sus brazos, después de Friedland, a Alejandro. Y perseguirá, esperará, para su desgracia, otro abrazo de Tilsit.

Tras su victoria de Friedland había hecho retroceder a los restos del ejército ruso en retirada, hasta el Niemen, límite del imperio moscovita. ¿Y qué hubiera hecho si en aquel momento, y al otro lado del río, Alejandro, como fascinado, no hubiera pedido un armisticio; si el zar hubiese escuchado a los que le aconsejaban que dejase entrar a Napoleón, como Pedro el Grande, después de perder la batalla de Narva, dejó entrar a Carlos XII?

Alejandro no vio hasta qué punto Napoleón tenía hambre y sed de aquella paz que acababa, el 22 de junio, de prometer a sus soldados y a Francia; la paz necesaria al sistema; una paz "que lleve consigo la garantía de su duración", porque "es hora de acabar y de que nuestra patria viva en reposo, a cubierto de la maligna influencia de Inglaterra". Acabar; ésta era la necesidad de Friedland y es la ilusión de Tilsit. Porque Napoleón está dispuesto a muchas cosas para conseguir la alianza de Rusia. Pero tampoco él ve que Alejandro sólo será sincero a medias, porque tiene razones inmediatas e imperiosas para concluir una paz que alrededor de él se reclama a voces en medio de un desánimo y una desbandada en los que queda abolida toda disciplina, en los que el zar tal vez no se encuentra seguro y puede temer, como ocurrirá ciento diez años más tarde a Nicolás II, una abdicación impuesta, en plena guerra, por el militar en rebelión.

Sentimental y místico, sujeto a bruscas reviradas, Alejandro era muy calculador. De otro modo que Napoleón, sin duda. Tomaba su decisión, sin embargo, como éste y como la mayoría de los hombres, según las circunstancias, lo que hará que en seguida se traten recíprocamente de trapaceros. Novossilov murmura al oído del zar que si se alía con Francia, deberá temer a su regreso a San Petersburgo la suerte de Pablo I. Pero, por el momento, el ejército ruso es incapaz de resistencia y Alejandro recibe ofertas de paz inesperadas. Entonces todo lo que Napoleón ha hecho desde hace meses para hacer posible la reconciliación, da su fruto. En las horas mismas que siguen a Friedland, deja que se trasluzca su deseo de tratar a base de condiciones honrosas. Y se reserva el deslumbrar a Alejandro con unas que serán generosas y magníficas.

Los dos emperadores se encontraron en Tilsit a partir del 25 de junio. Y este encuentro, con su carácter teatral, produjo a favor de Napoleón el efecto de un inmenso éxito moral. Es el hombre verdaderamente extraordinario que todo lo alcanza, que tiene éxito en todo, que dispone de la paz como de la guerra. Aquella balsa, en medio de un río hiperbóreo, donde bajo las miradas de los dos ejércitos, alineados a cada orilla, soberanos, no solamente poderosos, sino "amigos de las luces", que se batían la víspera, se abrazan hoy, compone una escena en que se echan de ver la mano y la habilidad de Bonaparte con aquel "conocimiento de la imaginación de los pueblos" que es una de sus facultades maestras, una de las grandes razones de su poder sobre el espíritu de los humanos. Parece leerse el poema filosófico que habría escrito Voltaire sobre aquella arca del Niemen, arca de la alianza para déspotas ilustrados.

Napoleón se había prometido atraerse a Alejandro, seguro de no ser él el seducido. Salió de la primera entrevista encantado de aquel "emperador tan guapo, bueno y joven". Pronto habría de descubrir en él a "un griego del Bajo Imperio". Entraba entonces en el sentimiento natural el gozar de su conquista. Poseía el gusto de agradar y el talento de conseguirlo. Cuantos estuvieron cerca de él han hablado del encanto, del "mágico poder" que sabía dar a su mirada, sobre todo a su sonrisa; del "alma" que sabía poner en sus labios y en sus ojos. Alejandro ve al gran hombre del siglo, al temible capitán, amable, acariciador, magnánimo, haciendo olvidar que es el vencedor, tanto más persuasivo cuanto más sincero, y sincero porque, por fin, alcanza el objeto de su política. De un solo golpe, golpe fulminante, admirablemente preparado, como alta proeza de seductor, hazaña de un Valmont imperial, Alejandro queda conquistado. Dirá esta frase femenina, no del todo mentirosa: "Nada he amado más que a este hombre". Es un episodio de las Liaisons dangereuses durante las blancas noches de los veranos septentrionales.

Ahora Napoleón y Alejandro no se separan: comparten las comidas, los paseos, los pensamientos. No hay más que una sombra, un vago remordimiento para el zar: sus aliados, el rey y la reina de Prusia, que lo han perdido todo porque creyeron en él y a quienes abandona. Napoleón le reserva aún esta sorpresa, esta delicadeza del corazón: adivinar los escrúpulos de su amigo, prevenir los reproches de su conciencia, evitarle los amargos silencios de Federico-Guillermo, las despreciativas miradas de la bella Luisa. En seguida Napoleón hace venir a aquellos vencidos de su laguna de Memel. Ya está resuelto, en honor de Alejandro, a devolverles una parte de sus Estados. También se sientan a la mesa imperial y tiene para ellos los miramientos debidos a la desgracia, hurtándose a los manejos de la linda mujer, no dejándose llevar ni de la piedad ni de la galantería más allá del designio que ha decretado para Prusia. Hay que formarse de Napoleón en Tilsit la idea contraria a la de un vencedor brutal. Si se deja embriagar de algo no es de sus victorias, sino de sus éxitos diplomáticos, y podría decirse mundanos.

Habría carecido por completo de la condición humana si no hubiera gustado de las horas en que, en aquella extremidad de Europa, tenía bajo su prestigio al heredero de la gran Catalina y al heredero del gran Federico. Había en él ribetes de advenedizo, pero de intelectual advenedizo. Evocaba lo que habían representado para él, joven lector de los filósofos del otro siglo, el famoso rey de Prusia y la Semíramis del Norte. Pero, sobre todo, a partir de aquellas horas, ¿cómo no sentirse tentado de creer que nada le sería ya imposible cuando bajo la tienda de Tilsit, tal que dioses, el Emperador de los franceses modelaba a Europa en una charla familiar con el autócrata de todas las Rusias?

Al concluir este tratado de paz y de amistad con Alejandro, colma sus deseos. Sin duda será la víctima de Tilsit. ¡Pero cuántos otros con él! "Ahora sí que se han acabado las guerras", se repite en las filas de la Grande Armée y los hermosos días de Tilsit dejarán tantos recuerdos y una estela tan brillante como los de Amiens; harán olvidar los sangrientos combates, las miserias; contribuirán también a la magia del reinado. Sin embargo, nada ha terminado y Napoleón lo sabe. ¿Qué busca? ¿Qué quiere? Asociar a la lucha contra Inglaterra a Rusia, que se convierte en la pieza maestra del "sistema". Al dar orden a Fouché para que en los diarios de París no se digan más "tonterías" sobre los vencidos de Friedland y su emperador, añade: "Todo conduce a pensar que nuestro sistema va a ligarse con esta potencia de un modo estable". El sistema es el bloque continental. Tres días más tarde redacta para uso de Alejandro una exposición "acerca de la conducta que debemos seguir para obligar a Inglaterra a la paz"; desde ahora Napoleón considera que la guerra ha terminado en el continente. No queda más que terminar la guerra marítima. Alejandro ofrecerá su mediación a Londres para la paz general. Si Inglaterra se niega "ya verá la crisis que se prepara para cerrarle todo el continente". Se trata de que el decreto de Berlín no sea una cosa vana. Estando Prusia semiocupada, semisometida y consintiendo Rusia, el comercio de los ingleses, proscrito de Europa, se asfixiará aún más. Si Inglaterra se obstina la escuadra del zar se unirá a las flotas de Francia y de sus aliados para reanudar las hostilidades en los mares. ¿Y qué hace falta para decidir a Alejandro? Renunciar a la resurrección de una gran Polonia no es bastante. Napoleón no lo ignora. Entonces, ante sus ojos deslumbrados, desarrolla, con el mapa sobre la mesa, un proyecto de reparto más grandioso que todos los del pasado siglo, resolviendo la cuestión de Oriente en provecho de Rusia: el "gran designio". Sin duda, hay que sacrificar, con los polacos, a los turcos, que también son aliados de Francia, que durante esta campaña de Friedland operaron una diversión útil contra el zar, que han resistido en el Bósforo, con ayuda de Sebastiani y de una misión francesa, un ataque de los ingleses. Sería enojoso traicionar también abiertamente a estos turcos amigos. Y justamente en este momento una revolución palatina derriba al Sultán Sélim, desligando a Napoleón de esa alianza. Las provincias danubianas, despojo de Sélim; Finlandia, despojo de Suecia: ésta es la parte que recibe Rusia algunos días después de una sangrienta derrota, como si –dice Thiers, y no está mal dicho– "el honor de ser vencido por Napoleón equivaliera a una victoria".

El tratado de paz se firmó en Tilsit el 8 de julio, tres semanas después de Friedland, siempre con aquella rapidez que improvisaba los más vastos manejos de soberanías y de territorios. Tratado brillante, lleno de contradicciones, de transacciones y de debilidades, como todos, y que Bonaparte hubiera sido el primero en criticar si no hubiera subordinado los detalles –y los cortes de provincias, las creaciones de Estados no eran más que detalles– a la idea central de federar el continente contra Inglaterra. Es fácil decir que Prusia debía ser, ya completamente aniquilada, ya restaurada totalmente; pero no se la podía suprimir y destronar a su rey sin deshonrar a Alejandro. Por otra parte, hacía diez meses había probado que contando con todas sus fuerzas y con todo su territorio, era peligrosa. Hubiera sido imprudente dejarla intacta y devolverla a su antiguo estado de potencia. Fácil es también decir que el ducado de Varsovia, simulacro de independencia de Polonia, era, de modo semejante, a un tiempo demasiado y no lo bastante fuerte. Napoleón se felicitaba de la creación de aquel estado varsoviano como de una solución moderada, prudente, bien calculada, que tenía todo en cuenta. Aun así, hacía algo por los polacos, satisfacía a aquellos útiles y sinceros amigos de Francia en la Europa del Este; les constituía en Estado-tapón, suficiente para distanciar a Rusia y Alemania, demasiado débil para hacer sombra al zar. Por lo menos, Napoleón, equivocadamente, así lo suponía. El zar se resignó, de mala gana y porque no podía hacer otra cosa, a esa resurrección de un fragmento de Polonia. En San Petersburgo aquello sería un permanente agravio contra la alianza francesa y la misma elección del rey de Sajonia, de una especie de neutral, para el gobierno del ducado varsoviano, no fue bastante a calmar los temores de los rusos.

Sin embargo, Napoleón no quiso que su hermano Jerónimo reinara en Varsovia. Para éste, sin empleo todavía, que había de servir como los otros o desaparecer, el emperador creó un nuevo reino feudatario, y este reino de Westfalia no era un capricho. Entraba en la gran concepción: continuar siempre, según el "sistema", el reino de Holanda; completar la Confederación del Rin; emplear los restos de Prusia, siempre para sustraer más litoral, más estuarios, más puertos y desembocaduras, al comercio inglés. Y, además, Jerónimo, el nuevo rey, casándose con Catalina de Wurtemberg, emparenta con el zar, que finge no comprender –ésta es,  para Napoleón, la decepción de Tilsit– las alusiones a la otra idea de matrimonio, y que de su ilustre y nuevo amigo, del gran hombre admirado, del héroe querido, no parece tener prisa en hacer un cuñado. ¿Con Finlandia y las provincias danubianas arrebatadas a Turquía, se da bastante a Rusia para responder de que permanezca fiel a la alianza? Pero ofrecerle desde luego Constantinopla sería hacerla tan poderosa, alterar hasta tal punto todo equilibrio, que la historia no habría perdonado jamás a Bonaparte que hubiese llegado tan lejos; sin contar la natural tentación que podría sentir Rusia de hacerse garantizar sus adquisiciones de Tilsit por Inglaterra después de haberlas obtenido de Francia. Tales fueron las reflexiones y las razones por las que, al concluir aquella paz, se determinó el Emperador.

Estas construcciones apresuradas, esta especie de edificaciones políticas que Bonaparte levanta después de cada una de sus victoriosas correrías a través de Europa y que extienden siempre, obedeciendo a idénticas causas, las anexiones con que la Revolución había franqueado sus propias conquistas, son castillos en el aire. Y todo esto, que es desmesurado, no parece absurdo más que si se olvida el absurdo esencial, fundamental, de una situación que venía prolongándose cerca de quince años, la ley de una empresa que consistía en hacer la guerra a los ingleses sin marina, en conquistar la mar por la tierra. Pero los ingleses estaban menos dispuestos que nunca a hacer la paz y a reconocer a Francia la posesión de Bélgica, en tanto que, para conservar a Bélgica, Francia, progresivamente, se veía arrastrada a dominar el continente.

Cuando se enumeran las agitaciones de Bonaparte, cuando se contempla, diciéndose que es inevitable que el edificio se desmorone, el amontonamiento de sus alianzas, de sus tratados, de sus anexiones, de sus mismas victorias, se olvida lo que su posición exigía. El no lo olvidaba. La guerra con los ingleses se había reanudado desde el mes de mayo de 1803, un año antes de la proclamación del imperio, y ese estado de guerra habrá de durar hasta la caída de Napoleón, y nadie ha dicho jamás cómo habría podido salir de él. Condenar los medios que empleó viene a ser como reconocer que fueron tan inútiles como la tentativa en sí, porque nadie ha indicado otros mejores. O, mejor dicho, sólo uno hubiera sido verdaderamente eficaz: evacuar inmediatamente Bélgica, cosa en que Napoleón podía pensar menos que nadie, puesto que se había llegado a conferirle el poder supremo para que conservara a Francia aquella conquista fundamental de la Revolución.

La tregua de Amiens se rompió con el pretexto de Malta. En Tilsit, Napoleón y Alejandro convienen en dejar Malta a Inglaterra, que no se dignó ablandarse por tan poco, puesto que la isla no había dejado de estar en su poder. Así, de lo pequeño a lo grande. Nada se habrá hecho mientras no se venza a Inglaterra, y todo en la política napoleónica está orientado a producir la derrota o la capitulación de Inglaterra, como todo en la política del gabinete de Londres está dirigido a producir la renuncia de Francia a las conquistas que, desde 1793, declaró prohibidas el gobierno inglés. Por lo tanto, es necesario que el bloqueo continental que es, contra Inglaterra, el arma única de Napoleón, se torne completo, hermético. Para esto es para lo que Tilsit debe servir, como la alianza rusa servirá para imponer el cierre de los puertos en los Estados refractarios o recalcitrantes. Esta paz precisa y agrande el "quien no está conmigo está contra mí", en vigor en ambas orillas de la Mancha y que provoca sin cesar las coaliciones y las contracoaliciones.

Ni un solo instante pierde de vista Napoleón su objetivo. En el camino de regreso a Francia, desde Dresde, el 19 de julio, da a Talleyrand sus instrucciones, deducidas del tratado que acaba de firmarse once días antes al borde del Niemen.

Doquiera que el bloqueo continental tenga hendidura, taponarlas. "Señor Príncipe de Benevento, es preciso ocuparse sin retrasos de hacer que se cierren todos los puertos de Portugal para Inglaterra". Si Portugal se niega se le declarará la guerra conjuntamente con el rey de España, que, aliado de Francia, debe comprender la urgencia de esta medida. Tomemos nota: he aquí el cebo de la más funesta de las empresas. Pero la lógica y la necesidad así lo quieren. Con idéntico espíritu, el 28 de agosto escribe Napoleón a su otro gran aliado, al de San Petersburgo, a fin de que actúe también en Viena, de acuerdo con Francia, para que Austria, a su vez, cierre sus puertos a los ingleses. Cierto es que Alejandro no ha cerrado por completo los suyos y que de ahí no vendrán el reñir y la ruptura. Quedarán los Estados del Papa y los Estados escandinavos, Suecia y Dinamarca, que también deberán negarse a vender y comprar a los ingleses. A estos deberá ayudar también la alianza rusa. Entonces la túnica inconsútil del bloqueo se extenderá sobre el continente.

"La obra de Tilsit regirá los destinos del mundo". Había la obra de Tilsit, la amistad de Tilsit y hasta el estilo de Tilsit, en que se explayaron de corazón a corazón los dos soberanos. También existió, y sólo por parte de Napoleón, la embriaguez de Tilsit. Tenía demasiada experiencia de la guerra para no saber qué podía pedirse de las victorias. A pesar de su conocimiento, de su desprecio de los hombres, no tenía bastante experiencia de la diplomacia para apreciar exactamente el fondo que podía haber en la alianza rusa. Se exageró a sí mismo el valor de ella, su alcance, su solidez, porque se convertía en base de su política, mientras que Alejandro murmuraba a la oreja del prusiano: "Con las circunstancias, la política puede cambiar". Pero le parece a Napoleón que le bastará con ser, durante varios años solamente, aliado de la potencia más fuerte del continente, para que nada pueda resistírsele. El principio de sus más graves faltas está ahí. Fue víctima del espejismo ruso. No era el primero y no había de ser el último.

A partir de Tilsit, Napoleón no se preocupa más por nada. Es la frase, la confesión ingenua, la clave que Champagny, hablando con el ministro de Portugal, entrega a la historia: "De acuerdo con Rusia, no teme ya a nadie". Olvida toda prudencia y los errores que se le echan más en cara, los asuntos de Roma y España, datan igualmente de período que sigue a las efusiones teatrales de la balsa del Niemen.

Sin embargo, si se agravaron las violencias, no fue Napoleón el único culpable. La respuesta de Inglaterra a la alianza franco-rusa había sido ruda. El 2 de septiembre, después de una intimación a Dinamarca, bombardea y casi destruye a Copenhague, a fin de aterrorizar a los neutrales y hacer temer a las costas de Rusia la misma suerte. El 11 de noviembre, un decreto del gabinete de Londres obliga a los buques de los países no beligerantes a pesar por los puertos ingleses para pagar en ellos una tasa o para embarcar en ellos mercancías, so pena de declararlos buena presa. Evidente arbitrariedad de los "tiranos de los mares". Es justo decir que "Napoleón todo se lo creyó permitido, puesto que Inglaterra todo se lo permitía". La respuesta al decreto de Londres fue el 17 de diciembre, el decreto de Milán, que reforzaba las reglas del bloqueo continental y exponía al embargo a los barcos, cualesquiera que fuesen, que hubiesen tocado en Inglaterra.

Es preciso ver aquí las cosas en su encadenamiento y en sus efectos, el duelo franco-inglés, con la desigualdad que resultaba para Francia del hecho de que Inglaterra fuera, después de Trafalgar, dueña incontestable de los mares, mientras que Napoleón no sería jamás por completo el amo del continente. Se agotaría, por carecer de otro recurso, en la tarea imposible de reunir a todas las naciones de Europa, de asociarlas a una guerra en que invariablemente se juegan Bélgica y la orilla izquierda del Rin. Contaba, para que los pueblos se confederasen con él, con la tiranía marítima de Inglaterra, sus exacciones, sus atentados al derecho de gentes. Un solo país, al final, se insurreccionará y declarará la guerra a los ingleses en nombre de la libertad de comercio, pero por su cuenta, sin la menor relación con Francia, y sin suficientes medios para que su concurso indirecto sea útil: los Estados Unidos de América, que no eran entonces una gran potencia. Pero las naciones europeas convocadas a la lucha por su independencia experimentan ya mucho más los efectos del bloqueo terrestre que los efectos del bloqueo marítimo. Inglaterra apresar barcos a lo lejos. Francia pone o hace poner aduaneros por todas partes, de suerte que la obligación que impone es mucho más visible, mucho más sensible que la "tiranía" de los ingleses que se ejerce entre el cielo y el agua. El emperador se apresura a excusarse, a reconocer que las medidas dictadas por los decretos de Berlín y Milán son "injustas, ilegales y atentatorias a la soberanía de los pueblos", que son medidas de circunstancias a las que él mismo se ve obligado. En contrapartida, aporta a los gobiernos aliados aumentos de territorios, a los pueblos el progreso, la supresión de las antiguas servidumbres, una buena administración. No se ve menos obligado a vigilar la estricta ejecución de su bloqueo, a poner soldados detrás de los aduaneros, a continuar estableciendo aduanas por la conquista y la anexión; de suerte que la lucha por la independencia contra Inglaterra se torna en dominación por Francia y que Europa llamará pronto a los ingleses como libertadores.

A partir de Tilsit, el emperador aplica, es decir, impone verdaderamente el sistema, y se echa de ver ya en seguida la madeja increíblemente enmarañada en que se enreda. Cuanto mayores son los medios que posee para realizar lo que la Convención ya concibió antes que él, tanto más complica los asuntos. Se tiene la impresión de una especie de vértigo, de un delirio de poder, de un demiurgo insensato que batiese sin tregua el viejo mundo, quitando reyes de un lado para ponerlos en otro, dando a los unos lo que quita a los otros, removiendo, aglomerando, dividiendo, anexionando; y es imposible seguirle en el detalle sin dar al relato un carácter de confusa dispersión y de pestañeo insostenibles para el espíritu. Sin embargo, si se nos permite esta comparación que si bien no es noble es perfectamente exacta, los actos más dementes de Napoleón serán tan razonables como los movimientos desordenados de una rata cogida en la trampa. No olvidemos que su trampa se había cerrado en Trafalgar y que ahora es preciso correr "desde Gibraltar hasta Texel", hacia todas las salidas por donde puedan entrar mercancías inglesas, puesto que sólo en su comercio podrá herirse a la nueva Cartago.

Pero, ¡qué tarea siempre renovada! Alejandro, a pesar del descontento de sus boyardos y de sus comerciantes –el mismo descontento que había costado la vida a Pablo I–, acaba, por fin, a fuerza de reprensiones, de declarar el embargo de los navíos ingleses. Sólo que hay que darle, a expensas de Turquía, las satisfacciones prometidas, y entonces son los turcos los que se pasan al otro campo y abren de nuevo Constantinopla a Inglaterra. En Holanda, Luis no consigue hacer que sus propios súbditos respeten el bloqueo. Napoleón le abruma de consejos sobre el arte de gobernar, le recuerda su deber, le reprende, se enfada. La combinación del reino de Holanda no es seguramente buena; había que pensar en otra. Etruria tiene por reina una Borbón de España, entronizada allí antaño, con escándalo de los jacobinos de París, para complacer a la corte de Madrid. Esta reina deja pasar por Livorno demasiadas balas de algodón, de igual modo que el Papa deja pasar demasiadas por Ancona. Se la despacha de allí indemnizándola en cualquiera otra parte. Se hacen planes sobre Portugal. Es preciso acabar, siempre según la lógica, con aquella dependencia de la corona británica. Lisboa y Oporto no son más que "escritorio ingleses". Se entregará un tercio del territorio portugués a la reina de Etruria; otro tercio al Príncipe de la Paz y el último al propio Napoleón que, desde él, vigilará los otros. Es el tratado de Fontainebleau, el tratado de conquista y reparto franco-español, para acabar con la casa de Braganza, igual que se ha acabado con los Borbones de Nápoles, "vendidos", también, a Inglaterra. Y en esto tampoco innova nada Napoleón. Cuando escribe al rey de España: "Yo me entenderé con Vuestra Majestad para hacer de ese país (Portugal) lo que a él convenga", una vez más recoge un proyecto del Comité de Salud Pública, proyecta que data de 1795 y que pone en ejecución porque cree, ahora, contar con medios para ello. Pero ya sea República, ya Imperio, no se puede conducir ni aun concebir la guerra de represalias comerciales contra los ingleses si se les consiente el apeadero de Portugal.

Del decreto de Berlín a la alianza rusa; de la alianza rusa al decreto de Milán; del decreto de Milán al tratado de Fontainebleau, la serie de razonamientos y de actos está clara. Y esa serie es natural. Pero su desarrollo lleva consigo otros que tendrán el mismo carácter de necesidad y de fatalidad. Napoleón se empeña en una empresa que surge de las precedentes, se liga a ellas y, a su vez, será causa de otras. Junot, con un ejército, franquea los Pirineos para marchar sobre Lisboa. Es el comienzo de los asuntos de España: alianza, cooperación militar en Portugal con los Borbones de Madrid, en espera de destronarlos a su vez; simples hitos de etapa entre la frontera francesa y la portuguesa, mientras llega la ocupación de toda la península. En un espíritu poderosamente deductivo como el de Bonaparte, una idea que se forma, engendra las siguientes. Basta que los acontecimientos le tienten para que su pensamiento de un nuevo salto. Vamos a ver cómo en España, por circunstancias que nadie podía calcular, nace y se engrandece la funesta tentación.

En este otoño tan triunfal, de 1807, Napoleón no quiere contentarse con esta guerra inmóvil de la prohibición; con esta lucha de desgaste que desgasta a todo el mundo, que consiste en arruinar a los ingleses, que hace decir que están acorralados, cuando en realidad encuentran siempre nuevos recursos. De nuevo piensa en un ataque a la India por Persia. Empuja a ello a Rusia, que permanece escéptica. Vuelve a la idea del Campo de Boulogne, al desembarco posible en Inglaterra, en todo caso a las operaciones navales. Ordena que se pongan barcos en grada en Francia, en Holanda, en Nápoles y en Ancona, que acaba de ocupar: en todas partes. Quiere borrar las consecuencias de Trafalgar y, para este renacimiento marítimo, es necesario el concurso activo de España su aliada. ¿Pero es España una aliada segura? Si no fuera por la victoria de Jena, le hubiera traicionado; tuvo pruebas de ello y no lo olvida. Y además, ¿en qué estado se encuentra? Hundida más y más, en la decrepitud, amenazada de anarquía. "No podía, dice Thiers, dejar de experimentar un sentimiento de lástima, de cólera, de indignación, al pensar que España no estaba ni siquiera en condiciones de armar una división naval". Y se decía que sería necesario acabar por pedirle, para ella, para sus aliados, que se administre de otra manera. Piensa vagamente en rejuvenecer a España, en modernizarla, en regenerarla. Se duerme bajo Carlos IV, ese Sganarello coronado que no ve, como la reina, más que por los ojos de Godoy, el "Príncipe de la Paz", un antiguo Guardia de Corps, escándalo de la corte y de la nación. "Un rey imbécil, una reina impúdica", un príncipe heredero que conspira contra sus padres y contra su "abyecto favorito"; éste es el espectáculo que ofrece el gobierno español. ¿Cómo descansar en él, cuando, si no es por la victoria de Jena, se hubiera entregado a Inglaterra? Vago intento de traición que por primera vez sugiere a Napoleón la idea de que tendría "algo que revisar en sus asuntos con aquel país". Para el éxito de las cosas emprendidas en común, no es sólo necesario que este aliado sea fiel. Es indispensable que sus fuerzas se pongan en tensión como las de Francia. Ya aduladores, entre ellos Talleyrand, más peligroso desde que está a medias en desgracia, murmuran al oído del amo que Napoleón debería instaurar en Madrid a un rey de su familia, como Luis XIV puso al duque de Anjou. Pero para el emperador no ha llegado aún el día de decidir que los Borbones de España han dejado de reinar. Si ha derribado a los de Nápoles, es porque les ha encontrado siempre entre sus enemigos. No entra en su política multiplicar las revoluciones, puesto que el resultado que persigue es el de federar a Europa a la que toma tal como es, o sea monárquica. No favorece a sus intereses destronar sin necesidad a las casas reinantes. En estos momentos, convertido en aliado del zar, se acerca a Austria; emparenta y fraterniza con los representantes de las grandes realezas históricas y tan sólo por expulsar de Lisboa a los Braganza se ve obligado a tomar con la corte de Viena sus precauciones.

Pero necesitará algún tiempo para convencerse de que esta familia real de España no es más que corrupción, que sus disensiones llevarán al caos al Estado español, terminarán por arruinarle, anularán el valor de la alianza con él, si es que no lo entregan a los ingleses. La imitación de Luis XIV con un Felipe V sacado de la cuarta dinastía, no había tampoco de hacerse a voluntad. Antes de que el duque de Anjou pudiese reinar en España, hizo falta que el trono careciese de heredero y un testamento que designase para él al nieto del gran rey. Si Napoleón hubiera deseado la corona de España para uno de sus hermanos, el pretexto y la ocasión le habrían faltado. La suerte quiso que un drama de familia en El Escorial se los aportase. Si se admite (¿y cómo no admitirlo?) que España fue la fosa del imperio napoleónico, se deberá admitir también que un destino funesto empujó a ella a Bonaparte. El, que creía en su estrella, tuvo en España su mala estrella. Fueron precisas, para meterle en el callejón sin salida de la cuestión española, circunstancias novelescas, un embrollo cuyas consecuencias no podían preverse.

En el mes de octubre de 1807, al mismo tiempo que el ejército franco-español de Junot empieza la marcha sobre Lisboa, en ejecución del tratado de Fontainebleau, estalló el escándalo en la corte de Madrid. Pareciendo próximo a morir Carlos IV, el favorito Godoy, para mantenerse en el poder, ha tratado de conseguir del viejo rey, de acuerdo con la reina, que el príncipe de Asturias, el que habría de ser Fernando VII, fuera descartado de la sucesión al trono. Fernando, por consejo de su antiguo preceptor Escoiquiz, solicita la protección del emperador de los franceses y, además, viudo y negándose al casamiento con la cuñada de Godoy, pide en matrimonio una princesa de la familia Bonaparte. Por otro lado, se disponía a informar a su padre acerca de las intrigas de Godoy, cuando la reina y el favorito se le anticipan y convencen a Carlos IV de que su hijo conspira contra él. El propio rey significa su espada, que queda prisionero en palacio, y publica un decreto que le declara indigno del trono, no sin informar en seguida al emperador de estos acontecimientos y del "horrible atentado" que preparaba el príncipe heredero. Así es como Napoleón queda constituido por el padre y por el hijo en árbitro de su abominable disputa. Entonces, con la repugnancia que le inspira esta familia, nace la tentación.

Aun hubo algo peor, como si el mismo diablo se hubiera encargado de la tarea. En su odio a Godoy, los españoles habían tomado partido por Fernando y, sabiendo que el Príncipe perseguido se había puesto bajo la protección del emperador, hacían ostensiblemente votos por que el ejército francés, aliado de España contra Portugal, viniera a librarles del favorito. Ellos mismos llamaban a las tropas que Napoleón concentraba en la frontera para estar presto a socorrer la expedición de Portugal –que, muy débilmente sostenida por los españoles, no tomaba buen cariz– y en condiciones de intervenir en Madrid, si aquella dinastía de los Borbones, dividida contra ella misma, y su delicuescente gobierno, se hundían. Precaución legítima puesto que, para expulsar a los ingleses de Lisboa y de Oporto, el cuerpo de Junot se ha aventurado demasiado y se vería cogido entre dos fuegos en caso de que el dudoso Godoy consumase la traición a la alianza.

En aquel momento, Napoleón, ante los asuntos de España, se muestra desconfiado e incierto. No ha dado aún curso a la demanda del príncipe de Asturias, cuando sobreviene un nuevo golpe teatral. Carlos IV perdona a Fernando, que, temeroso de Godoy, como éste de una revolución y de Francia, ha denunciado a sus propios consejeros. Es ahora el rey, el Borbón, quien solicita la mano de una Bonaparte para el hijo a quien maldecía unos días antes. El ofrecimiento de entrar en una tal familia no era seductor y se comprende que Napoleón exigiera, primero, que Fernando fuese solemnemente absuelto de la declaración que le deshonraba. Pero, además, era preciso encontrar una princesa en la nueva "casa de Francia", y ya no había ninguna otra que casar. El emperador pensaba en Carlota, una hija del primer matrimonio de Luciano, aunque todavía era una niña. Vio a su hermano en Italia, e intentó una reconciliación para que la joven le fuera confiada. La entrevista de Mantua terminó mal. El emperador seguía manteniendo la misma exigencia: se negaba a reconocer por cuñada a la segunda mujer de Luciano. Fue imposible entenderse. Con el mejor dotado de sus hermanos, la incompatibilidad de Napoleón era completa. La pequeña Lolotte no emprendió la marcha. No se verá a la hija de Luciano Bonaparte, nieta, por su madre, de un hostelero provenzal, desposarse con un descendiente de Luis XIV. La idea de unirla a Fernando, lo que hubiera evitado el destronamiento de los Borbones de España y tantas desdichas, fracasaba. No obstante, Napoleón lo deseaba tanto, que volverá a ella. Desde Milán, el mismo día del decreto que reforzaba el de Berlín, escribió a José, encargado de llevar a París a la sobrina: "Que salga sin demora... No hay momento que perder; los acontecimientos se apresuran, y es preciso que mis destinos se cumplan". Sus destinos en España debían volverse contra él, harían fracasar hasta las últimas combinaciones, harían vanas las más exquisitas reservas de la prudencia.

Por estos orígenes de la más ruinosa de las empresas de Bonaparte, se advierten todo cuanto escapó a su voluntad. Fue, lo mismo que los otros hombres, juguete de los azares y, más que los otros hombres, la propia víctima de su espíritu calculador, que deducía inexorablemente consecuencias de principios, una vez éstos establecidos. Pero sabía demasiado todo lo que había pesado el pro y el contra, para no lamentarse jamás de nada. De aquí a unos meses su pie habrá dado en España un resbalón. Ya no será dueño de evitar el deslizamiento.

Sin embargo, nadie parece dominarse mejor a sí mismo, en estos días que siguen a Tilsit, cuando resurge tras su larga ausencia, ya un poco gordo, con una frente que se despeja sobre una cara que se rellena. Ya no es el rapaz renegrido, el corso que parecía tan moreno porque engomaba su cabello y lo untaba de pomada. Se le ve la piel blanca, como los hermosos dientes; los ojos azules, una máscara imperial, romana, con el aire entre grave y bonachón que le comunica esa ligera gordura que suele acompañar al éxito. Se ha relajado. No es todavía irritable. Su pensamiento, rápido siempre para la acción, tiene una especie de serenidad olímpica cuando habla del gobierno de los pueblos. Es la época en que da a sus hermanos consejos sobre el arte de reinar y, en nombre de su experiencia, les enseña la utilidad de la paciencia y de la reflexión. "Es preciso, entre meditar una cosa y ejecutarla, dejar pasar tres años, y vosotros no dejáis que pasen ni tres horas". Así es como llegó al poder. Es así como ha obtenido lo que quizá era más difícil: aquella alianza rusa de la que se enorgullece como del más hermoso fruto de sus sabias preparaciones, que es objeto de todos sus cuidados, al par que la paz continental cuyo autor y protector es. Vigila a los militares, que no siempre le comprenden y que con frecuencia le comprometen, y les trata con aspereza por sus excesos de lenguaje, tal que a Davour, el vencedor de Auerstaedt: "Los rumores de guerra con Austria son absurdos. Debéis usar siempre el lenguaje más pacífico; no deberá salir jamás de vuestra boca la palabra guerra". ¿Quién pensaría que este emperador, tan prudente, había de cometer locuras? Y, "amo o amigo de todos los reyes del continente"; aliado a varios de ellos por los matrimonios de sus allegados; seguro de Europa por las guarniciones que tiene por todas partes, por la Grande Armée, por los tratados que ha firmado, los territorios que ha repartido, ¿qué peligro le amenaza? Después de regresar de Tilsit, se instaló en Fontainebleau. Allí tuvo dos meses de una vida de corte brillante, en medio de una concurrencia de príncipes extranjeros, algo que no se había visto desde Luis XIV y los grandes días de Versalles.

Pero ha ido a establecerse a Fontainebleau un poco como Luis XIV se estableció en Versalles. No se fía de este París de mala lengua, donde la opinión es inaprensible. Incluso pensará en alojarse en casa del gran rey, hará reparar el castillo, porque, dirá algunas veces, los parisienses no le han perdonado el 13 de vendimiario. Tras la máscara impasible, bajo esta frente de Júpiter, domina la idea secreta de que el imperio es frágil, que siempre falta el afianzarlo; esa idea que su madre, la buena ama de casa de Ajaccio, rica en prudentes proverbios corsos, admirada de su alta fortuna, ahorradora en previsión de malos tiempos, traduce con un movimiento de cabeza: "¡Con tal que esto dure!".

La impresión que el emperador quisiera borrar, ante todo, es la de tantas gentes que no ven en él más que un jugador de fortuna y que a la primera señal de que la suerte se le vuelva en contra, están dispuestos a retirar su apuesta. Sabe que en el momento de Eylau el estado de los ánimos era detestable, que Friedland y la paz no han borrado todas las trazas de la inquietud que había reaparecido entonces; que un Regnaud de Saint-Jean d' Angély no hace más que exagerar la verdad cuando escribe "que no hay nada en el fondo de los corazones en favor de la administración y del gobierno". Desde sus vivaques de Polonia, Napoleón ha dirigido a Francia, lo ha vigilado todo, ha pensado en todo, ha reparado las patochadas de sus ministros, algunas de las cuales le asustaron. Las cosas marcharon bien en su ausencia. ¿Marcharían bien otra vez si de nuevo estuviera mucho tiempo lejos? "La sola opinión de que yo experimentase en Francia la menor contrariedad, haría declararse a varias potencias contra nosotros", había escrito desde Finckenstein a Cambacérès. La menor contrariedad, es decir: la menor oposición. ¿Dónde podría todavía manifestarse la oposición? En el Tribunado, cuya tribuna resonaba, sin embargo, bien poco. Napoleón había regresado de Tilsit con el propósito decidido de cerrar aquella casa, de abolir en la constitución que había recibido de manos de Sieyès, el último vestigio de una Asamblea dotada del derecho de discusión, es decir, de crítica y de amonestación. Era, como él decía, "romper sus últimas ligaduras con la República". Ya, en las renovaciones, había eliminado a las malas cabezas: Benjamín Constant, Marie Joseph Chénier, Daunou. Los tribunos hacían todavía demasiada oposición, y Bonaparte había exclamado públicamente: "Son doce o quince metafísicos, buenos para tirarlos al agua. Son una plaga que tengo en mis ropas... No hay que creer que yo me deje atacar como Luis XVI. No lo toleraré". Como Luis XVI, no, sino de otro modo.

La supresión del Tribunado se realizó sin ruido, implícitamente, siempre por senadoconsulto. Apenas se la notó. Hay algunas voces sueltas contra el despotismo; no existe todavía una opinión. Esta no se formará sino con las derrotas, para aumentar con los desastres. A quienes Bonaparte debe temer más es a los jugadores a la baja, dispuestos a cubrirse, en tanto que él se ve obligado a mantener, a desarrollar, a reflejar una vertiginosa posición de alza. Es a Talleyrand, a quien reemplaza entonces en Negocios Extranjeros por el tierno y dócil Champagny, porque ha recibido quejas de los príncipes de Alemania contra la avidez de su ministro, pero también porque sabe que el príncipe de Benevento apenas cree más en el imperio que en su propio principado, y en el consejo deja traslucir un pesimismo precoz. Napoleón tiene también que temer a ese Cuerpo Legislativo que no le niega ninguna leva de hombres, a ese Senado cuya obediencia es ejemplar en la prosperidad, en el que, sin embargo, los antiguos tribunos –a casi todos los cuales aloja entre sus mudas paredes–, no serán, a la hora del desastre, los primeros en dar la señal de defección.

El enemigo de Bonaparte es la duda, y ésta dormita en Francia, salvo en un pequeño número de cabezas. pero zumba en los oídos de Alejandro. Y en aquel final del año 1807, Napoleón no deja de tener sin aliento al zar, de volver al estilo de la balsa del Niemen: "Acabaremos con Inglaterra, le escribe desde Venecia; pacificaremos al mundo, y la paz de Tilsit, será, lo espero, una nueva época en los fastos mundiales". Entretanto, en San Petersburgo, bastantes voces preguntan si será posible terminar con Inglaterra; si Napoleón no se forja una novela al proponer una diversión sobre la India con la ayuda de Persia. Y, mientras Napoleón caldea en Francia el celo por la alianza rusa, se ocupa de hacer saber que "ha llegado durante todo el día el gran cordón de la Orden de San Andrés"; mientras que anuncia a Alejandro que la corte de Viena "ha tomado el partido" al declarar la guerra a los ingleses y que el rey de Suecia lo imitará "cuando Vuestra Majestad le haya hablado un poco seriamente", está en París un embajador austriaco a quien volveremos a encontrar, y que se llama Metternich. Está también un secretario de la embajada de Rusia que se llama Nesselrode al que también volveremos a encontrar. Y Metternich susurra al joven diplomático ruso, para que las repita a sus jefes, y éstos a su amo, frases que tienen invariablemente este sentido: "Napoleón es poderoso, pero ese poder es precario. Vosotros y nosotros, sin dejarnos engañar, evitemos chocar con él. Y preparémonos para el gran día en que se vea el juicio de esta sorprendente aventura".

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 300 - 323.