sábado, 27 de agosto de 2016

La Revolución francesa (III): el jacobinismo triunfante



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Desde la suspensión del Rey, el 10 de agosto, hasta la reunión, el 20 de septiembre, de la Convención Nacional, el país quedó sumido en la anarquía. La familia real fue encarcelada en el Temple, y las funciones regulares de Gobierno quedaron paralizadas. El hombre del momento fue Danton, que, a la cabeza de la municipalidad revolucionaria de París, actuó como verdadero dictador. Ante la inseguridad del resultado de las elecciones y ligada su suerte a la del municipio insurreccional, este hombre no halló más que un recurso: difundir el terror.

Robespierre, jacobinismo y revolucion francesa
MAXIMILIANO ROBESPIERRE. Abogado de Arras y diputado de la Constituyente y de la Convención, dominó a esta última asamblea cuando hizo guillotinar a los girondinos, hebertistas y dantonistas. Sucumbió, a su vez, en la guillotina, por haberse obstinado en mantener el régimen de terror sobre el que apoyaba su dictadura.

La noticia del cerco de Verdún por los aliados, propagada por París, el 2 de septiembre, fue la consigna para una matanza general de monárquicos en la capital. Mientras Danton, como ministro de Justicia, ordenaba registros domiciliarios y detenciones en masa, el furor popular, excitado por sanguinarios como Marat, se cebaba en numerosas víctimas acantonadas en las cárceles; fueron asesinados hombres, mujeres y niños, nobles y jueces, sacerdotes y obispos, cuantos parecían sospechosos de simpatías monárquicas.

En medio de estas oleadas de sangre y ante la impresión de los avances del ejército de Brunswick sobre París, se celebraron las elecciones para la Convención. El 21 de septiembre quedó reunida la nueva Asamblea, cuya existencia había de prolongarse durante tres años (1792-1795) y cuya labor había de constituir la tercera fase de la Revolución.

Se disputaban el poder en la Asamblea los girondinos, que constituían la derecha, y los montañeses, que formaban la izquierda y eran miembros del Club de los jacobinos. Entre éstos figuraban hombres como Danton, Robespierre, Carnot, Saint-Just, discípulos militares de Rousseau y paladines decididos del proletariado parisiense. Entre las dos facciones se sentaba la Llanura, verdadera mayoría de la Asamblea; formaba en ella una masa inerte que se dejaba arrastrar por los dos partidos se prestaba a un juego de básculas, en vez de imponerse por el número y la firmeza de las convicciones.

Un día antes de reunirse la Convención, el 20 de septiembre, los aliados sufrieron su primer revés en Valmy. Acto seguido, en medio de un entusiasmo frenético, la Convención proclamó la República. Fueron vanas las tentativas de los girondinos para mantener su predominio en la nueva situación. Al cabo de un mes de la apertura de la Asamblea, la causa girondina estaba perdida, y los jacobinos, que habían empezado por defenderse, pasaron al ataque. Ellos impusieron el proceso de Luis XVI, que empezó en noviembre y duró casi tres meses, y arrastraron al centro y a una parte de los mismos girondinos. El regicidio sería la prueba de todas las sinceridades republicanas. La Convención cedió a la presión de la calle, de las secciones, de las tribunas amenazadoras, y declarando a Luis XVI culpable de conspiración con el enemigo, lo condenó a muerte. Votó con la mayoría el propio primo del Rey, el duque de Orleáns, que había tomado el nombre republicano de Felipe Igualdad. El 21 de enero de 1793, Luis XVI fue guillotinado en la plaza llamada entonces de la Revolución y ahora de la Concordia.

En los treses meses transcurridos entre el proceso y la ejecución del Soberano, el panorama exterior había cambiado de un modo sensiblemente favorable para las armas revolucionarias. Después de Valmy, los ejércitos de la Revolución habían tomado en todas partes la ofensiva. En el Sudoeste ocuparon Saboya y Niza al rey de Cerdeña; en el Nordeste alcanzaron la orilla izquierda del Rin, hasta Maguncia; en el Norte, Dumouriez rechazó a los austriacos, de Bélgica, con la victoria de Jemappes (6 de noviembre). Con estos éxitos, la Revolución se hizo conquistadora. Recogiendo la tradición de las fronteras naturales, la política de Richelieu, de Mazarino y de Luis XIV, unió a ella el espíritu de cruzada revolucionaria que la lanzaba a anexionar los pueblos para librarlos de la tiranía monárquica.

La ejecución de Luis XVI decidió la unión de las monarquías europeas contra la Francia revolucionaria. El avance de Dumouriez, en Bélgica, alarmó a Inglaterra, tradicionalmente interesada en evitar que Francia se hiciera dueña de los Países Bajos. Y el mismo febrero de 1793 se formó la Primera Coalición, integrada por Inglaterra, Austria, Prusia, Holanda, España, los Estados italianos y alemanes e incluso Rusia. Bainville, en este punto, señala con razón que lo que entonces empezó fue la lucha de Inglaterra contra Francia, la guerra secular por los Países Bajos, la vieja pugna por la supremacía marítima de la Gran Bretaña. Inglaterra iba a conducir la lucha hasta el fin, lenta como siempre, pero dispuesta a no abandonar ya la partida sin ganarla.

Los aliados amenazaron el suelo francés por todas sus fronteras. Volvieron a ocupar Bélgica y las provincias del Rin y se abrieron de nuevo camino hacia París. Dumouriez, derrotado en Holanda y destituido por la Convención, se pasó al enemigo. Para liberarse de los jacobinos, la plaza de Tolón se entregó a los ingleses. El disgusto por la persecución religiosa y la ejecución del Rey, unido a la animadversión que suscitó la leva obligada de trescientos mil hombres, lanzó a la revuelta, en la primavera de 1793, a los católicos de la Vendée. Así, cuando más grave era la amenaza del exterior, estallaban en el interior, en forma de guerra civil, los odios acumulados por la Revolución.

Para hacer frente a tantos peligros, la Convención tomó medidas extraordinarias. Creó un Comité de Seguridad General, encargado de buscar a los sospechosos; un tribunal revolucionario, que juzgaba sin apelación para castigar; un Comité de Salud Pública, que disponía soberanamente de los medios de defensa interior y exterior. Pero en el seno de la Asamblea, los partidos se devoraban en una lucha a muerte. Los montañeses, favorecidos por el rumbo de los acontecimientos, y contando con el apoyo del municipio de París, dieron la batalla decisiva a la Gironda y la ganaron. Después del golpe de Estado de 2 de junio de 1793, los girondinos fueron expulsados de la Convención y entregados al tribunal revolucionario. Inmediatamente estallaron en varias regiones sublevaciones girondinas, y en julio, al lado de la Vendée, que era realista, sesenta departamentos, o sea, las tres cuartas partes de Francia, estaban en armas contra París. El asesinato de Marat, perpetrado por una muchacha girondina, Carlota Corday, revela este estado de excitación de las provincias. Y ello coincidía con el tiempo en que el enemigo forzaba por todas partes la frontera.

A los hombres de la Montaña, dueños de la Convención, no les quedó más recurso que imponer el terror. Robespierre, que los dirigía, implantó la dictadura terrorista, que, a costa de ríos de sangre, había de salvar a Francia de la invasión extranjera. La nueva Constitución, elaborada precedentemente hasta la conclusión de la paz. Danton fue apartado del Comité de Salud Pública, el cual quedó integrado por Robespierre, que ejerció la dirección defensiva, y sus amigos. El Comité asumió en esta época las funciones de una especie de ministerio que concentraba en sus manos los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. La Convención votaba dócilmente sus decretos.

La llamaba Época del Terror duró desde el verano de 1793 hasta el verano de 1794. Durante ella, el tribunal revolucionario llevó cada día hornadas de condenados a la guillotina: aristócratas, sacerdotes refractarios, girondinos, numerosas personas sin ninguna significación ostensible, puesto que la ley de sospechosos declaraba que incurrirían en alta traición "todos los que no habiendo hecho nada contra la libertad, no hubiesen, sin embargo, hecho nada por ella". Entonces desfilaron, día tras día, por el patíbulo, María Antonieta, Felipe Igualdad, Danton, las víctimas y los victimarios, arrollados por el alud revolucionario, que ya no establecía distinción entre los abatidos y los exaltados por la Revolución. Los agentes de Robespierre llevaron el terror a las provincias. En Nantes, Carrier hizo ahogar, sin proceso y por millares, a los prisioneros en el Loira; Fouché, en Lyón, utilizó la metralla de los cañones.

En el aspecto militar, el Terror republicanizó los cuadros del ejército y puso todo el país en pie de guerra. Los generales derrotados o tibios eran condenados a muerte. Los mandos fueron confiados a oficiales jóvenes y osados, cuyas órdenes la leva general de agosto de 1793 agrupó a hombres procedentes de toda la nación. Carnot, uno de los miembros del Comité, organizó la máquina militar que había de conducir al triunfo de los ejércitos de la Revolución. La situación, desesperada en julio de 1793, se restableció en octubre a consecuencia de la victoria de Wattignies, que liberó la frontera del Norte. A fines de este año, la invasión quedó rechazada por todos los lados y dominadas las insurrecciones. La victoria de Fleurus, en junio de 1794, que abría de nuevo los Países Bajos a los franceses, alejaba toda amenaza de invasión.

La desaparición del peligro exterior no detuvo, empero, el Terror; Robespierre y el Comité de Salud Pública se encontraron con el desastroso estado de la Hacienda, agravado más y más por la enormidad de los gastos militares; y la anarquía, que la Revolución había alimentado y que ahora empezaba a temer, los odios y venganzas acumulados y, sobre todo, la necesidad de dinero para una guerra que incesantemente lo devoraba, prolongó el Terror como un instrumento de confiscación.

Los hombres de la Revolución, entretanto, se habían devorado unos a otros. A fuerza de depurar la Francia revolucionaria, Robespierre había agotado su savia, sólo quedaba él, "el incorruptible", sus secuaces más incondicionales y exaltados, como Saint-Just, y los convencionales supervivientes, que eran los más sagaces y sutiles, puesto que habían conseguido salvar sus cabezas. Y éstos fueron los que, amenazados por una nueva depuración, el 27 de julio de 1794 (9 termidor), se hicieron dueños de la Convención y, luego, del ayuntamiento revolucionario, donde se habían refugiado Robespierre, Saint-Just y otros jacobinos exaltados, a quienes mandaron el día siguiente a la guillotina.

En la obra de reorganización interior, la Convención fue la más laboriosa de las asambleas revolucionarias. Redactó la Constitución de 1793, basada en los principios políticos del Contrato Social, de Rousseau; legisló sobre enseñanza en todos sus grados, inspirándose en el espíritu científico y filosófico del siglo XVIII; tomó medidas radicales para lograr la descristianización de Francia, las cuales, junto con la persecución de los sacerdotes y de los católicos, se manifestaron con el intento de sustituir el culto cristiano por la atea religión de la Razón y, después, bajo la influencia de Robespierre, por el culto deísta al Ser Supremo. En íntima relación con esta política hostil al Cristianismo tradicional, hay que señalar la implantación de un calendario revolucionario, en el que los doce meses recibieron los nombres famosos de vendimiario, brumario, frimario (otoño); nivoso, ventoso, pluvioso (invierno); germinal, floreal, pradial (primavera); messidor, termidor, fructidor (verano). Cada mes se dividía en tres décadas de diez días, el décimo de los cuales (decadí) se dedicaba al reposo, en sustitución del domingo o día del Señor, de los cristianos. En el orden legislativo, la Convención preparó la redacción de un código civil único para todo el país, abolió la esclavitud por deudas y los mayorazgos, y estableció un sistema uniforme de pesas y medidas, llamado sistema métrico, que, después de implantado en Francia, fue adoptado, por su utilidad, por casi todas las naciones.

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- La revolución francesa


+ La revolución francesa (I): la revuelta de los privilegiados

+ La revolución francesa (II): la revolución burguesa

+ La revolución francesa (IV): el Directorio

+ La revolución francesa (V): el Consulado