martes, 9 de agosto de 2016

Una historia de Napoleón (II): el uniforme de artillero



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Destinado al Regimiento llamado de la Fère, el caballero-cadete obtuvo la guarnición que deseaba. Valence está en el mediodía, camino de Córcega, y el Regimiento facilita dos compañías a la isla, de suerte que Bonaparte tuvo la esperanza de ser enviado a su país. El corazón, siempre nostálgico, vive allí con el pensamiento. Se forja de él, por la imaginación y la literatura, una idea de tal modo embellecida, que la realidad habrá de desengañarle. En el fondo, esa Córcega que ha abandonado a los nuevo años, la conoce por las obras de los que un día habrá de calificar de ideólogos. Se la representa según Rousseau, que jamás puso en ella los pies y que la hizo imagen de una república ideal, de una tierra de hombres libres, iguales, que viven según la ley natural.

Napoleon de artillero e historia

El pequeño oficial es un cerebral. Mientras que su camarada Des Mazis desprecia a los consentidos y piensa en las mujeres y en el amor, el adolescente Bonaparte sueña también. Pero de Juan Jacobo, se queda con la parte del Contrato Social, no con la de la Nueva Eloísa. Profundiza en el derecho natural y en las constituciones. Más que nunca se entrega a los libros, y el diablo de la escritura le atormenta ya. Escribirá cada día mejor, incluso cuando dejando de usar la pluma, demasiado lenta, dicte su correspondencia y sus memorias. Es un hombre de letras, como se ha sido en su familia: como lo era su trasabuelo italiano Jacopo Buonaparte que dejó un relato del saco de Roma; como lo serán José, Luciano y Luis, todos, más o menos, emborronadores de papel.

Poseemos el elenco de sus lecturas. Tenemos sus libros de notas y sus primeros rasguños. Es asombroso ver qué poco espacio ocupa en ellos el arte de la guerra. Este lo aprende Bonaparte día por día en el servicio. Y como lo asimila todo, también le aprovecha esta enseñanza. Mientras ocupa el cuarto que alquila a Mlle. Bou, por ocho libras ocho sueldos al mes, lee sin tregua; pero lee lo que podría leer un alumno en la escuela de ciencias políticas.

En Erfurt, después de haber rectificado al príncipe primado la fecha de la Bula de Oro, el emperador dirá con legítimo orgullo que, cuando tenía "el honor de ser un simple segundo teniente de artillería" devoró la biblioteca del librero y que no había olvidado nada, "ni aun de las materias que no tenían ninguna relación con su profesión". Y es que durante sus estudiosos años de Valence, el amor a Córcega le dirige y le sostiene. Por ella está sediento de saber. Piensa en escribir la historia de su isla y dedicarla a otro ideólogo a quien admira apasionadamente: al abate Raynal. Pero su curiosidad se extiende. Estudia hombres, países, sociedades, gobiernos, religiones y leyes; se orienta por instinto hacia lo general y hacia lo grande. El día en que el camino del poder se abra para un soldado, será la suma prodigiosamente variada de sus lecturas lo que le pondrá a cien codos por encima de sus rivales.

Le queda llegar a ser soldado. Había pasado por escuelas militares que eran más bien mansiones docentes. Como sus camaradas, y siguiendo la regla, fue primero simple artillero, después cabo, más tarde sargento, montando guardias y haciendo semanas. Sólo después de tres meses tuvo acceso a su empleo. En este ejército del antiguo régimen, todo era serio; los jóvenes aristócratas debían hacer su servicio en filas. Una excelente escuela sin duda. Bonaparte sabrá, para toda la vida, lo que es un individuo de tropa. Sabrá lo que piensa y lo que ama, lo que es preciso decirle y cómo hablarle.

En enero de 1786, vestido con aquel uniforme azul con guarniciones rojas que le parecerá siempre el más hermoso del mundo, desempeña por fin las funciones de oficial y goza de los primeros placeres que proporcionan las charreteras. Existía en Valence una pequeña sociedad provinciana. Se le abrió, como a sus camaradas. No vivió completamente solitario. Pese a lo salvaje, huraño y pedante que era, se mostró sensible a la acogida de una amable señora, Mme. du Colombier, que le daba buenos consejos y que tenía una hija, Carolina, con la que esbozó un tímido amorío. ¿No iba con ella, como Juan Jacobo con Mlle. Galley, a comer cerezas mientras tomaban el fresco? Hasta para Mlle. Caroline era –inocentemente– libresco.

Aunque llevaba uniforme de artillero, le hacía falta aprender artillería. Nada le honra más que el reconocido testimonio que rindió a sus jefes y a sus maestros. A la edad en que se empieza a saber que todo hombre, aunque tenga genio, debe a los otros más que a sí mismo, habló de ellos con sincero calor. El cuerpo de artillería, decía a Las Cases, era, cuando ingresó en él, "el mejor, el más perfecto de Europa... Era un servicio como en familia; jefes enteramente paternales; las más bravas, las más dignas gentes del mundo; puros como el oro". Y añadía: "Los muchachos jóvenes se burlaban de ellos, pero les adoraban y no hacían más que hacerles justicia".

En 1786, el pequeño alférez de dieciséis años y medio se inicia apenas en balística, en táctica y en estrategia. Donde se encuentra bien es en su pobre cuarto, cerca de sus libros y de su tintero. Sin dinero, halla placer en las ideas, y su mano siente comezón de escribir. Estampa en el papel una invocación declamatoria a los héroes de la libertad corsa. Razona sobre la suerte de su país natal y concluye estableciendo el derecho de sacudir el yugo de los franceses. Otra vez escribirá una meditación romántica: "Siempre solo, en medio de los hombres, vuelvo a casa para soñar conmigo mismo y entregarme a toda la intensidad de mi melancolía. ¿De qué lado se vuelve hoy? Del de la muerte". Es René; es Werther. Al mismo tiempo, Chateaubriand, alférez del regimiento de Navarre, habría podido componer el mismo lamento. Hasta qué punto Bonaparte fue hombre de su siglo, si este pesimismo de la adolescencia no fuera de todas las épocas; hasta qué punto lo fue, al menos en el estilo, sus memorias de juventud lo atestiguan.

Pero ¿por qué quiere morir metafóricamente? Por amor de Córcega, esclava y desdichada. El momento de su primera licencia se aproxima. Va a encontrar de nuevo su isla, objeto de sus ejercicios literarios, pensamiento de todos sus días. "¿Qué espectáculo contemplará en mi país? ¿Mis compatriotas cargados de cadenas y besando con temblor la mano que les oprime?" Por fin, en el mes de agosto le dan su permiso. En primero de septiembre sale para Ajaccio. El mismo ha contado muy exactamente que llegó a su patria seis años y nueve meses después de su salida, con diecisiete años y un mes de edad. Iba a descubrir su patria. Y lo que llevaba, con el uniforme que tan orgulloso estaba de exhibir allá abajo, era un baúl lleno de libros. ¡Pero que libros! Rousseau, desde luego; historiadores, filósofos; Tácito y Montaigne, Platón, Montesquieu, Tito Livio. Y además, poetas: Corneille, Racine, Voltaire, "que declamábamos diariamente", contaba más tarde su hermano José. De obras militares, nada. El dios de la guerra estaba todavía en el limbo. En todo caso, estaba de vacaciones.

Conseguirá que éstas duren veinte meses, pretextando, una y otra vez, causas de salud, asuntos de familia, para conseguir prórrogas de licencia. Más de un año y medio. Es mucho para una vida que ha de ser corta y precipitada, en la que el tiempo será precioso. Pero llegando a esta Córcega que, de lejos, tanto colmó su espíritu, se da cuenta de una cosa que le contrista, y es que habla mal su lengua. Ha olvidado el dialecto, a tal punto que le es preciso ponerse a estudiarlo. Siete años en Francia han dejado su huella. Es ya un poco menos corso de lo que se imagina, aunque se aplique a serlo con pasión.

Y, sin embargo, con tan larga permanencia toma de nuevo contacto con su tierra. Tiene para ella un amor razonado; el más obstinado linaje de amor. Sigue pensando en escribir la historia de su isla y recoge documentos, testimonios. ¡Pero sus días en Ajaccio están tan embargados! Lo que los ocupa son los asuntos de su familia, las preocupaciones de dinero, aquella desoladora plantonera de moreras que va de mal en peor; la salud de su viejo tío el arcediano, para el que solicita una consulta del famoso doctor Tissot en una carta de bello estilo que el gran médico dejó sin respuesta. Expirado el permiso, la Historia de Córcega quedará en proyecto.

"El señor Napoleón de Buonaparte, alférez en el regimiento de artillería de la Fère" escribe mucho, sin embargo. Ahora son súplicas. Héle aquí convertido en solicitante, como su padre. Leticia le urge para intervenga cerca de los negociados y de los ministros. Ella misma ha enviado en vano reclamación tras reclamación; ha multiplicado los memoriales justificativos, firmados "viuda de Buonaparte", para conseguir las indemnizaciones prometidas a la plantonera. Si se quiere sacar algo es preciso seguir el ejemplo del padre; reclamar sin pérdida de momento, dirigirse directamente a Versalles. Napoleón hace el viaje. Héle en París, ligera la bolsa, pero, por primera vez, libre y hecho un hombre en la ciudad que desde la Escuela Militar apenas entrevió.

Visitas a los servicios del control general, esperas en los despachos de los jefes de negociado, audiencia del primero ministro, monseñor Lomènie de Brienne, prelado amigo de los filósofos; tras lo cual el teniente se pasea por París. Una tarde de noviembre, al salir del teatro de los Italianos, recorría las galerías del Palais Royal cuando se encontró con "una mujer de la vida". La encontró "un aire que convenía perfectamente a la traza de su persona... Su timidez me dio ánimos y le hablé". Así es cómo el futuro marido de una archiduquesa conoció la mujer. De regreso a su modesto hotel, escribe –porque siente siempre la necesidad de escribir– su relato de este encuentro, curioso escrito que esta vez se diría escapado de la pluma de Restif de la Bretonne. Pero emborronar papel es en él una especie de delirio. En el Hotel de Cherbourg quedará fechado un paralelo entre el amor a la gloria, que es propio de las monarquías y el amor a la patria, que no pertenece más que a las repúblicas; ejemplo: Esparta y Córcega. Y Córcega reaparece cuando esboza una carta del antiguo rey de la isla, el aventurero fantástico Teodoro, a Milord Walpole para invocar la lealtad de Inglaterra. Este rey Teodoro es aquel que Candide encontró en la posada de Venecia. Pero nuestro escritor no bromea. Su Teodoro es patético y el milord magnánimo, como el de Julia. Walpole arranca de su calabozo de Londres a Teodoro y le concede tres mil libras de pensión... Inglaterra, en 1815, será menos generosa con el Napoleón derrotado.

De sus gestiones obtiene el futuro emperador escaso fruto. En Ajaccio encuentra otra vez a la señora madre, sumida más que nunca en la penuria, porque la estancia en París ha salido cara. En este momento no tiene criada y pide a José, que ha ido a Pisa a conquistar su diploma de doctor en Derecho, que le traiga una sirvienta "que haga nuestra modesta cocina". Una demanda suprema para las moreras queda por intentar cerca del intendente de Córcega. Napoleón se dirige a Bastia. Allí encuentra a sus colegas de guarnición, come con ellos, los asombra con su "espíritu secos y sentencioso", su "tono doctoral"; los escandaliza con sus teorías que hoy calificaríamos de autonomistas y separatistas. Y uno de estos oficiales franceses, preguntándole si llegaría hasta tirar de espada contra un representante del rey, cuyo uniforme vestía, no encontró respuesta de Bonaparte. Contrariado, se mordió tal vez los labios, lamentando haber dicho demasiado, él, de ordinario encerrado en sí mismo, tan prudente en palabras como exaltado con la pluma en la mano.

A fuerza de renovar su licencia, hacía más de veinte meses que estaba ausente de su cuerpo. En julio de 1788 fue preciso, por fin, reincorporarse.

Su guarnición era Auxonne, una pequeña ciudad de Borgoña, sede de una escuela de artillería que mandaba el mariscal de campo Barón du Teil, de quien dependía también el regimiento. Bonaparte permanecerá allí hasta el mes de septiembre de 1789, y esta permanencia ha de ser fértil. Porque mientras Francia se revoluciona y el servicio llama al joven teniente a la represión de los disturbios que estallan ya en casi todas partes, recibe su verdadera formación, no sólo como artillero, sino como militar, bajo la dirección de su jefe. Nacido de una familia de soldados, hijo de las balas, el general Du Teil gustaba de enseñar. Le placía despertar las inteligencias. Distinguió a Bonaparte, que hizo con él su Escuela de Estado Mayor. No fueron ya tan sólo los Principios de artillería, los métodos de tiro y "la manera de disponer los cañones para el disparo de las bombas", lo que el joven oficial adquirió en Auxonne, sino sus primeras nociones de táctica. Hubo aún más. Se inició en el arte de la guerra y se penetró de las ideas que más tarde habría de aplicar.

Cuando llegue nada menos que al poder supremo, dirá a Roederer: "Siempre encuentro qué aprender". Hemos visto ya cómo una de sus facultades principales era aquella maravillosa aptitud para retener y aprovechar todo lo que en su espíritu se depositaba. Ahora bien, en los tiempos de su formación intelectual se había laborado una nueva doctrina en las más selectas cabezas del Ejército francés. Así como hemos asistido, después de 1870, a una renovación de los estudios militares, la guerra de los siete años había creado la necesidad de abandonar los antiguos sistemas. Rosbach había producido el mismo efecto que Sedán. Con frecuencia la derrota estimula. Y como ordinariamente no se mira a la vez más que a una cosa, nos parece que Francia, en los años que preceden al 1789, estaba por entero ocupada en los debates políticos. Sin embargo, al acercarse la tempestad, una generación de oficiales había trabajado, reflexionado y vivido en una incesante fiebre de ideas. Estos soldados escritores habían dado una inspiración, un método para las guerras venideras. Sus obras eran leídas y comentadas en los medios militares; los mejores jefes estaban embuídos de ellas. Bonaparte conoció el Uso de la nueva artillería, del caballero Du Teil, hermano de su general; Los principios de la guerra de montaña, el Conde de Guibert, célebre entonces y por motivo distinto que por haber conseguido el amor de mademoiselle de Lespinasse. Todos estos autores iban más lejos que Federico II. Teniendo en cuenta los medios que proporcionaba el material moderno, establecían nuevas reglas, en las que el rey de Prusia no había podido pensar. Las campañas de Federico jalonaban ya una época. Guibert, Du Teil, enseñaban otra manera de hacer la guerra. Los principios que el vencedor de tantas batallas habrá de aplicar, se encuentran en sus manuales y en sus tratados. Allí está en germen la estrategia napoleónica. Tener la superioridad numérica sobre un punto determinado y concentrar los esfuerzos; tener siempre sus fuerzas reunidas por los enlaces entre todas las partes de su ejército; sorprender al enemigo por la rapidez de los movimientos (lo que los gruñones llamarán "hacer la guerra con sus piernas"); recomendaciones sencillas y claras, que habían de herir y cautivar la inteligencia de Bonaparte. Las aplicó, las desarrolló, las enunció, traduciéndolas en actos, de tal forma, que las hizo suyas que se las ha podido, con pleno derecho, dar su nombre. Pero eran, sin embargo, una herencia, y una herencia francesa. Empleando las expresiones del capitán Colin: "La generación militar que le precedió e instruyó no le pudo inspirar otra cosa que el ardiente deseo de realizar este ideal de guerra ofensiva y vigorosa que estaba seguro de lograr".

Los teorizantes del nuevo sistema de combate esperaban incluso al realizador. Día llegaría, había escrito Guibert, en que tuviera que mandar un arma nueva o una "milicia nerviosa". Y el autor del Ensayo general de táctica había profetizado: "Entonces un hombre se elevará, tal vez oculto hasta el momento entre la masa y la oscuridad, que no se habrá hecho famoso ni por sus palabras ni por sus escritos; un hombre que habrá meditado en el silencio; un hombre, en suma, de escaso estudio, que ignorará tal vez su talento mientras no lo ejercite. Este hombre hará suyas las opiniones, las circunstancias, la suerte y dirá del gran teorizante lo que el arquitecto práctico decía ante los atenienses del arquitecto orador: lo que mi rival os ha dicho yo lo ejecutaré".

Nunca se es profeta sino a medias. Y Guibert no había previsto el día en que el hombre que había apercibido para el futuro no mandaría una "milicia nerviosa", sino un inmenso ejército, en el cual tendría, no ya que llevar algunas divisiones a los llanos de Italia, sino que manejar grandes masas y sostener batallas de naciones. La guerra cambiaría de cariz. El método de Guibert no sería suficiente; la estrategia napoleónica quedaría desorientada. Aquel día, Napoleón, si bien afirmando que nada había imposible, experimentará la dificultad de renovarse.

Así, los meses en Auxonne serán tiempos de trabajo y de estudio. Allí se ejerce otra vez el don que Bonaparte recibió al nacer y que rara vez ha sido llevado tan lejos, don de aprender, de retener, de emplear los conocimientos que están a su alcance. Aprovechaba en el polígono y dondequiera. Un día se le impuso un arresto: "Feliz incidente", dirá su admirador Roederer. En la habitación en que queda encerrado veinticuatro horas, no hay más que un libro: las Instituciones de Justiniano. Devora los polvorientos infolios. Cerca de quince años más tarde, durante la redacción del Código civil, asombrará al Consejo de Estado citando las leyes romanas. De una lectura casual había retenido lo bastante para encontrarse a sus anchas entre viejos juristas. Para que sus provisiones de saber pudiesen servir, para que el lector del Digesto llegase a ser legislador supremo, se precisaban gigantescos acontecimientos. Y éstos se acercaban. Desde Auxonne, Bonaparte contempló los comienzos de la Revolución, y asistió a ellos con un espíritu que importa discernir y definir, porque aquí se encuentra otra explicación de su carrera, y no la más baladí.

Hoy día, la Revolución, clasificada en la categoría de los fenómenos políticos a que pertenece, se despoja de su leyenda. Tuvo un desarrollo que se ha repetido en otras partes, una patología que no es una excepción. Comenzó por desórdenes vulgares, que precedieron y sucedieron a la toma de la Bastilla. Por todas partes hubo revueltas de esta laya; las hubo en la región de la Borgoña en que se encontraba el regimiento de Bonaparte. Como militar, participó en las represiones. En el mes de abril de 1789, enviado con su compañía a Seurre, donde habían estallado disturbios, mostró enérgica firmeza disolviendo una reunión tumultuosa: dió en voz alta la orden de cargar las armas y gritó a la multitud: "Que las gentes honradas vuelvan a sus casas; yo no tiro más que sobre la canalla". De regreso a Auxonne fue testigo de escenas más graves. El 19 de julio, como en un gran número de ciudades, la población invadió las oficinas de consumos, arrasándolo todo, destrozando los registros y los legajos; porque según la desengañada observación que Carnot hacía más tarde, las revoluciones tienen por razón profunda el odio a los impuestos. Al mes siguiente, nuevos síntomas de descomposición; la serie de las sediciones militares comenzaba. El regimiento de La Fère imitó a los otros: conminó al coronel a que entregara la caja regimental, y los amotinados quedaron victoriosos.

El teniente Bonaparte contempla los acontecimientos a guisa de extranjero a sueldo de Francia. Soldado y disciplinado, no dudaría en disparar sobre los revoltosos si recibiera la orden. No se siente inclinado ni a los motines ni a las insurrecciones. Lo juzga todo tan sólo como quien, en el fondo, no es del país. Sin duda por su lecturas se siente atraído hacia las nuevas ideas. Algunos de sus camaradas también sueñan con una regeneración de Francia. Pero él se hace ilusiones sobre la liberación de Córcega. Otros tienen sentimientos monárquicos. ¿Dónde los podría haber adquirido él? Llegada la hora, nada ligará al pasado a este recién naturalizado. Pero si no puede amar al antiguo régimen, no por ello lo detesta. Privilegiada posición, casi única, que le permitirá más tarde, en completa libertad de espíritu, conservar una parte de la Revolución y restablecer algunas de las instituciones derribadas; tomar a su servicio tanto a emigrados como a regicidas. Sin más dolor que rencor por la Monarquía que iba a hundirse, no se sentirá obligado ni respecto a ella ni respecto a la República. En el drama que se representaba en Francia, Bonaparte era espectador en espera de ser árbitro.

Los sentimientos republicanos que había adquirido en su culto por Paoli, tanto como en la lectura de Rousseau, y que le hacían ya cambiar patadas bajo la mesa de la Escuela Militar con Phélipeaux, se alborotaron sin duda con las noticias de París. Sin embargo, su cabeza permaneció serena. Falto de dinero, no sale de su cuarto apenas más que para el servicio. No cesa de leer; escribe en abundancia, siempre en francés, porque no hay de él una sola página en italiano, bien que su francés esté esmaltado de italianismos y de faltas de ortografía. Y en los libros más diversos, religiones y costumbres de Oriente, historia de la Iglesia, Constitución de Suiza, toma multitud de notas, según el buen método, el del antiguo adagio que dice que la lectura sin la pluma no es más que un sueño. No renuncia ni siquiera a la literatura; de esta época datan todavía dos pequeños relatos que nosotros llamaríamos "noticias". Después, una tras otra, analiza la República de Platón y la Historia de Federico II. Conserva aparte una ficha sobre los resultados financieros de la Compañía de Indias, otra sobre el presupuesto de Necker. Y entre sus papeles se encuentran también los estatutos de la asociación regimental de jóvenes oficiales que se hallaba en vigor en el antiguo ejército y que se llamaba la Calotte. Bonaparte redactó los artículos de este proyecto, destinados a los tenientes de La Fère, con tanta seriedad como si se hubiera tratado de dar una constitución a un gran país.

¿Qué hace, pues, Napoleón mientras en París comienza la Revolución? Escribe; escribe siempre. Ha sometido su Historia de Córcega, compuesta al fin en forma de cartas, a la consideración de uno de sus antiguos maestros de Brienne, el P. Dupuy. El 15 de julio de 1789 recibe las primeras observaciones del Mínimo, que corrige el estilo, endereza expresiones deficientes y borra enfáticos pasajes. El joven autor, enfrascado en su obra, no se ve perturbado por las noticias de París, como lo fue, se dice, el filósofo Kant, al que por primera vez se vio alterado en su paseo cuando supo el asalto de la Bastilla. La caída de la vieja fortaleza no figura ni en los papeles del teniente ni en el diario de Luis XVI.

Cosa más importante para la orientación de su vida en su ausencia de Francia durante la mayor parte del período verdaderamente revolucionario, el período del entusiasmo. Permanece en Córcega desde el mes de septiembre de 1789 hasta fines de enero de 1791; después, desde octubre de 1791 hasta abril de 1792, y, por último, de octubre de 1792 hasta junio de 1793. Habrá presenciado episodios de la Revolución francesa. No la habrá vivido, no habrá respirado sus pasiones más que de lejos y, sobre todo, no se habrá alistado ni se habrá comprometido; una vez hecha entrará en ella. Tanto con el corazón como con la razón, ha de encontrarse tan libre respecto de la República como respecto de la Monarquía caída.

¿Salió en su segundo permiso para Córcega con la idea de representar allí un gran papel y de ser otro Paoli? Por precoz que fuera, estaba aún en la edad del desinterés y del idealismo. Y para las grandes ambiciones, era igualmente joven. La edad, las fechas, el armonioso concurso de las circunstancias, también estarán en esto de su parte. Más viejo, más maduro, provisto de un grado superior más relevante, tal vez hubiera intrigado en su país, obteniendo un puesto de diputado en las asambleas revolucionarias. Pero una vez más su destino se hubiera así intrincado, su carrera se hubiera perdido.

Hizo política en Córcega con su hermano José; pero con bastante mezquindad, porque fluctuó mucho. Primero, al desembarcar, le esperaba una decepción. La realidad no respondía a lo que se imaginaba ni a lo que los ideólogos le habían enseñado. ¿Era aquella la república ideal? Los ciudadanos de la nueva Esparta están lejos de compartir su celo por la Revolución liberadora. Encuentra a la isla dividida en clanes y facciones. De pronto, notables como Pozzo di Bordo y Peraldi, influyentes por su numerosa clientela, al lado de los cuales los dos hermanos Bonaparte son ínfimos personajes, se levantan contra él. Choca con los conservadores, con los reaccionarios, que acogen desconfiados o rechazan las ideas de París; y aun será peor cuando la cuestión religiosa esté por medio. De aquí resulta para el político incipiente una consecuencia decisiva. Habiéndose abrazado al partido de la Revolución en interés de Córcega, no puede, en su isla, combatir a la contrarrevolución sin alistarse entre los patriotas y militar a su vez en el partido francés. La misma razón le impele a regocijarse, como de una victoria sobre los aristócratas, cuando un decreto de la Constituyente proclama a Córcega parte integrante del territorio y hace de ella dos departamentos parecidos a los demás. Desembarcado en Ajaccio con los sentimientos de un autonomista, su doctrina, según la cual había que inclinarse hacia la Revolución, porque la Revolución libertaría a la isla de la tiranía, le pone al lado de los unificadores, es decir, al lado de Francia. Y no salía de esto. Al final se separará del propio Paoli, porque el defensor de la independencia, su dios, su héroe, a quien el candor de los constituyentes había vuelto a abrir Córcega, querrá entregarla a los ingleses, considerando que el francés, tanto con la escarapela tricolor como con la blanca, es siempre el enemigo.

Fueron, pues, más que nada, sinsabores los que Napoleón recogió en las sucesivas estancias en su primera patria, hasta el momento en que aquélla le rechazó del todo. Empero, esta escuela le fue útil. Le dio a conocer la política y los hombres; la astucia y la acción. Mezclado en las elecciones departamentales, a las que empuja a su hermano José; interviniendo en los levantamientos que estallan en la isla contra los administradores franceses, se forma en los golpes de mano, en la intriga y en el desprecio a la legalidad. Adquiere una experiencia precoz y pierde a cada paso algunas alusiones sobre los hombres. Mantiene todavía el fuego del entusiasmo cuando redacta su Carta a Buttafuoco, en la que cubre en injurias enfáticas a este diputado de la nobleza en los Estados Generales, a este traidor que trata de poner en guardia a la Asamblea contra el heroico Paoli. La municipalidad de Ajaccio concedió a la carta vengadora los honores de la publicación, y el infatigable emborronador de papel tuvo la satisfacción de verse en letras de molde. Pero Paoli acogió fríamente el folleto, y Bonaparte, que ha conseguido prorrogar su permiso, sale de nuevo para Francia con esta ligera mortificación, primera nube para su entusiasmo. Pese a su adhesión, es sospechoso a los paolistas a causa del uniforme que lleva, que le hace demasiado francés para ellos.

Incorporado a su regimiento, asciende pronto a primer teniente, y se le envía a Valence. Ha traído de Córcega a su hermano Luis, cuyos estudios va a vigilar. Y reanuda la vida de guarnición tanto más austera cuanto que la paga debe ahora mantener a los dos.

Siempre más lecturas y un ardoroso borrajear cuartillas. ¿Este joven es un militar, un político o un literato? Es todo esto a la vez. En 1791 concurre al premio de la Academia de Lyon con la pluma con la que acaba de redactar para José profesiones de fe electorales. Hay mil doscientas libras que lucrar, que no serán superfluas en las dificultades por que atraviesa, con el hermano a su cargo. El tema propuesto estaba tan lejos de la artillería como de las querellas corsas: Qué verdades y qué sentimientos importa más inculcar a los hombres para su felicidad. Sobre este tema borda cuarenta páginas a las que no falta ni talento, ni aun cierta poesía, ni, sobre todo, hinchazón. Bonaparte no conseguirá el premio; pero habrá escrito su tratado con complacencia. Se apercibió a él coleccionando expresiones en un cuaderno especial, para habituarse a un bello estilo. En resumen: no está lejos de sentirse autor.

Y después comienza a avisparse. Se civiliza. Las agitaciones de Ajaccio le han hecho bien; en Valence se le encuentra cambiado, con ventaja para él: sociable, mucho más alegre. Atacado del morbo de la política, se inscribe en la Sociedad de los amigos de la Constitución e incluso toma en ella la palabra, sin percatarse de que cuanto más se interesa por lo que pasa en Francia más se aleja de su otra patria.

Conciliaba así multitud de estados diversos: el de oficial gentilhombre, el de corso, el de filósofo y escritor, el de orador de club, cuando se produjo el acontecimiento de Varennes. La partida de Luis XVI, su humillante regreso a París, hacían prever el derrumbamiento de la monarquía. Así lo comprendieron los militares a los cuales se pidió un nuevo juramento, mucho más grave que el otro, puesto que debía ser escrito y prestado a la Asamblea tan sólo. Muchos oficiales se negaron, considerándose comprometidos por su honor al rey. Estos emigrarán y Napoleón, que conoció sus escrúpulos de conciencia, será indulgente para con ellos. Otros juraron, algunos con entusiasmo, mas frecuentemente con resignación, ya porque, militares ante todo, tenían afición a su carrera, ya porque les repugnaba abandonar Francia, o ya, por último, porque no contaban con más recurso que su paga. Así, el general Du Teil consintió en servir a la Revolución, a la que, sin embargo, no amaba. Fue mal recompensado, porque se le fusiló en 1794.

En cuanto a Bonaparte, ¿por qué había de dudar? Nada le ligaba a los Borbones ni a la Monarquía. Lo mismo que a la Revolución, hubiera servido al Gran Turco, cosa en la que, en instantes de angustia, pensará algo más tarde. Y, de momento, no se dio cuenta de que la emigración, al despoblar los cuadros, le daba ocasiones de avanzar, del mismo modo que los acontecimientos brindaban a los militares coyunturas de singularizarse.

Para que en Francia pudiera hacer una carrera, para que su adhesión al nuevo régimen le aprovechara, era necesario que se desentendiera por fin de aquella Córcega, de aquella embrujadora a la cual volvía con obstinación. Por suerte para él, la que le sedujo se encargará de rechazarle. Así es como hay hombre que, con su libertad, deben su fortuna a una decepción juvenil y a un bienhechor contratiempo amoroso.

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 25 - 41.