miércoles, 17 de agosto de 2016

Una historia de Napoleón (VII): señor de la paz



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Los historiadores de Bonaparte que dedican demasiado espacio al relato de sus campañas no ayudan a ver claro. Esta gloria de las armas ofusca. Sume al resto en una especie de penumbra. Para Napoleón, virtuoso de la estrategia y, poco a poco, excesivamente confiado en su instrumento y en sí mismo, el arte militar no lo era todo. Era un medio. Pero en Italia, sus hechos de guerra contribuyen más que en parte alguna a explicar su fortuna. Primero, porque le hicieron ilustre. Y después, porque por la inteligencia con que los supo enlazar a la política hicieron de él en poco tiempo algo más que un general victorioso. Vigilando a la vez al enemigo, a Italia, a Francia, atento a los acontecimientos de París, apto para captar los movimientos de la opinión pública, para calcular las fuerzas alternativas o paralelas de las dos corrientes, la de la revolución guerrera y la de la reacción pacífica, le vemos, por su parte, ascender paulatinamente a un papel más importante que el de procónsul, actuar sobre la marcha de las cosas, modelarlas por sí mismo, decidir sobre ellas, hasta convertirse en el hombre de quien se dice que consigue todo lo que se desea y que todo lo concilia. Habrá, pues, que seguirle también en las marchas y contramarchas con que agota a los austriacos y en el partido que obtiene de sus éxitos.

Napoleon y la historia

Austria, entonces, era el Imperio, y el Imperio era Alemania. Prusia, hasta Polonia, ha hecho la paz con Francia hace dos años. Rusia está demasiado lejos. Un general republicano, que dieciocho meses antes callejeaba por París, va a negociar con el César germánico. De la calle Saint-Honoré y de la iglesia Saint-Roch, la "conmoción de vendimiario" le ha conducido a Léoben.

El consejo áulico de Viena no tenía más que un militar que oponerle. Pero era el más ilustre de todos; era el archiduque Carlos, el que haciendo repasar el Rin a Marceau y Jourdan, había desvanecido la esperanza de la conjunción de los ejércitos de Alemania e Italia para marchar sobre la capital de los Habsburgos. En el momento de emplearse contra el archiduque, Bonaparte pide en vano a París que se reanude en Baviera la ofensiva. No se le escucha. Nada se hace. El Directorio está sin fuerza, sin decisión. Para esta campaña de Italia, la postrera, se deja a Napoleón entregado a sí mismo. Nadie, pues, compartirá con él el triunfo. Sólo, gracias a su insistencia, recibirá del ejército del Rin refuerzos de importancia, que por primera vez le proporcionan igualdad numérica con el enemigo y le permiten acabar antes.

Apenas tiene esta séptima campaña nombre de victoria. No es más que una larga marcha hacia adelante, marcha victoriosa en la que se marchitan los laureles del Archiduque. Franqueado el Tagliamento, lo es a su vez el Isonzo. En menos de tres semanas, los austriacos son rechazados al otro lado del Brenner; es invadida Alemania, abierto el camino de Viena. La familia imperial, mientras pensaba en la huida, ponía a buen recaudo lo más precioso de lo que poseía, y mandaba a Hungría, lejos de aquellos temerosos soldados jacobinos, a una criatura de cinco años, que se llamaba la Archiduquesa María Luisa.

El vencedor, sin embargo, no piensa llegar hasta Viena. Carece de medios para ello, y con ser mucho el cuidado que tiene de inspirar confianza y de dispensar buen trato a los habitantes del territorio que conquista, es de temer siempre una insurrección a retaguardia. Estallará, empero; serán las vísperas veronesas. Entretanto, a pesar de sus consejos, cada vez más apremiantes, el ejército del Rin no recibe la orden de recomenzar la ofensiva. El Archiduque Carlos, por su parte, tiene interés en no retrasar el armisticio. El 2 de abril de 1797 la corte de Viena se decide a las negociaciones de paz. El general vencedor entra en conversaciones.

Se resuelve a ello por razones tanto militares como políticas. Todavía sobreviene una de esas coyunturas en que acierta a ver con justeza. Se va a votar en Francia, y el resultado está previsto. Será una virada a la derecha, que cambiará la mayoría de los Consejos; y la derecha –constitucionales, moderados, liberales, monárquicos, realistas puros– está por la paz. En suma, son las gentes a quienes en vendimiario ametralló el general en jefe del ejército de Italia. Le detestan, y él no las quiere. Si alcanzan el Poder, imitarán a Aubry: relevarán a este militar jacobino de su mando, mientras que si se trueca en el hombre de la paz, quedará libre de sus ataques. Y como esta paz no puede dejar de asegurar a la República Bélgica, al menos, y tal vez una parte de la orilla izquierda del Rin, los patriotas nada tendrán que reprocharle. Así, pues, el Directorio se ha dejado atrapar aquí de tal modo, en todos los sentidos –y en último término por inacción de los restantes ejércitos–, que ha hecho de Bonaparte el árbitro de la situación.

Las elecciones para los Consejos se celebraron el 10 de abril. Fueron reaccionarias, dando, por tanto, mayoría a los partidarios de la paz. El 18, en Léoben, Bonaparte firma con Austria los preliminares de paz, sin esperar la llegada de Clarke, que tiene poderes del Gobierno de París para negociar. Es difícil no ver una relación entre los dos acontecimientos. Pero las firmas fueron cambiadas en el mismo momento en que Hoche, acababa de franquear el Rin. No tuvo, a su vez, más que firmar un armisticio, en tanto que su ofensiva en Alemania hacía aún más acomodaticios en Léoben a los plenipotenciarios austriacos. Hoche ayudaba a engrandecer la gloria de su rival, y nunca había ya de volver a encontrar ocasión de sobrepujarle.

¿Cómo, a fuerza de recibir carta blanca, de escuchar en respuesta a sus informes: "El Directorio es enteramente de vuestro parecer", no había de hacer Bonaparte la paz a su modo? Primero se presenta como un soldado pacífico, y no es precisamente la redacción lo que le embaraza, ni las imágenes literarias las que le faltan. En París, Josefina y los pocos amigos que ya cuidan de su gloria han encargado grabados en los que se ve al general del ejército de Italia en la tumba de Virgilio y bajo el mismo laurel. La fuerza y el genio de Bonaparte están en tener varios estilos, varias figuras. Escribe al Archiduque Carlos proponiéndole suspensión de las operaciones: "¿Habremos matado ya bastante gente y producido males bastantes a la pobre Humanidad?... En cuanto a mí, si la apertura de negociaciones que tengo el honor de haceros puede salvar la vida de un solo hombre, me sentiría más orgulloso de la corona cívica que creería haber merecido, que de la triste gloria que pueda derivarse de los éxitos militares". He aquí algo bien dicho para la nueva mayoría parlamentaria y para los que él llama los "pazguatos de París".

Ser el hombre de la paz sin ser el de los antiguos límites es la partida sutil que Bonaparte juega y gana en Léoben. Porque se guarda bien de ofender a los patriotas. ¿Quién es el encargado de llevar a París el texto de las negociaciones preliminares? Un soldado; un magnífico soldado de la Revolución: Massena, el héroe de Rivoli, "hijo predilecto de la victoria". Ni es esto todo. Napoleón procura conservar su proconsulado de Italia, que por el momento es la clave de su situación y de su fuerza. Y lo conserva gracias a la habilidad y al éxito de sus negociaciones. No es preciso, contrariamente a los cálculos del Directorio, restituir la Lombardía a Austria para compensarla de Bélgica y de la orilla derecha del Rin. Por otra parte, todavía no está bastante vencida para ceder sin compensación tantos territorios. Respecto a la orilla izquierda del Rin, su resistencia es tenaz. Entonces Bonaparte sugiere que el Emperador, renunciando a Milán, sea indemnizado a expensas de la República de Venecia. El asesinato de los príncipes de Verona llega a punto para proporcionar a Bonaparte un motivo de agravio contra "la oligarquía veneciana". La República de Venecia será sacrificada. Y Austria acepta este reparto, como aceptó antes el de Polonia. El Directorio no opone más repugnancia a este desmembramiento, puesto que había encontrado muy natural que se volviera a poner a los militares bajo la férula austriaca. Aunque más tarde, y no sin pesar, el Directorio iniciará por sí mismo –impulsado por el Comité de Salud Pública– el retorno a la política de compensaciones, al tráfico de pueblos, a estos pecados de leso idealismo republicano.

Bonaparte había calculado exactamente. Después de estos famosos preliminares de Léoben, y en espera de la paz definitiva, es como el soberano de Italia. Protector de la República cispadana y de la nueva República transpadana (la Lombardía), dicta su ley en Génova al Papa, al Rey de Nápoles, y tiene que auxiliar al Rey de Cerdeña. Gobierna. Y reina. Porque las Repúblicas que ha creado, cuya Constitución está calcada de la del año III, no son Repúblicas más que de nombre. Todo pasa por él. "Hace falta una unidad de pensamiento militar, diplomática y financiera", había escrito él a París con ardimiento. Se realiza este mando de uno. Lo tiene entre sus manos, y el Directorio se lo deja, porque Bonaparte, al menos hasta la paz, sigue siendo el hombre indispensable en Italia. El proconsulado bosqueja el Consulado.

Es el aprendizaje de la Monarquía. Se asombra uno menos de que Napoleón se encontrara tan pronto a sus anchas en el papel de primer Cónsul y de Emperador, cuando se le ve en su castillo de Mombello, cerca de Milán, residencia en la que Josefina es casi reina, y en la que lleva un tren principesco. Tiene ya una corte; da fiestas; los diplomáticos extranjeros le rodean, y los escritores, los poetas de Italia, adulan al salvador, al liberador, al hombre providencial; todo lo que tres años más tarde se habrá transpuesto a París. Algo hay que sirve para medir el camino recurrido y el que queda por recorrer antes de la verdadera grandeza. El general Bonaparte ha sacado de apuros a su familia. Ya su gloria recae sobre sus hermanos; les reporta honores y provecho. José es elegido diputado en Córcega, que ha vuelto a ser francesa, y se le nombra Presidente de la República en Parma. Luciano es Comisario de las guerras y, siempre apasionado por la política, prepara también una candidatura. Los dos se harán ricos; los dos subirán tras el héroe de la familia. En cuanto a sus hermanas, el general Bonaparte puede dotarlas. Elisa, que es fea, se casa con Bacciochi, pobre, ya que es corso, pero noble. Ha sido necesario impedir que la bella Paulina hiciera un casamiento comprometedor con el ex terrorista Fréron. Se le da un militar de valía, el general Lecrerc. Un poco a hurtadillas se hace bendecir la unión de la iglesia. En Mombello existe una capilla, de la que no se echa al que la sirve. Sin duda estas uniones no son aún principescas. Pero, ¿cuánto tiempo hace que en un desván, en Marsella, las señoritas de Bonaparte comían con cubiertos de estaño?

Los pensamientos que acudían a la mente del general en jefe durante los tres meses de su estancia en Mombello no tenemos necesidad de reconstituirlos por hipótesis. Nos los facilitan testigos ante quienes hablaba con el corazón en la mano. Sigue de cerca los acontecimientos políticos de París, siendo su preocupación dominante y natural el saber lo que se hará de él y lo que será de su mando. Si a veces alienta en él la idea de que podrá un día gobernar a Francia, debe, por lo pronto, mantenerse en Italia. Juzga, con razón, que, de momento, su fuerza está allí. Y si, por un lado, no quiere a "los abogados del Directorio", si no ha obtenido sus victorias para "hacer la grandeza de los Carnot y los Barras", ni siquiera para consolidar la República ("¡Qué idea, una República de treinta millones de hombres, con nuestra costumbres, con nuestros vicios!"); si ha dejado de ser republicano de corazón y en teoría, sigue siendo, tal como Clarke acaba de definirlo en su informe al Gobierno, "el hombre de la República". Tal es su inclinación y su interés. En Mombello, en junio, lo razonaba bastante bien ante Miot. Existe en París un partido a favor de los Borbones, decía. "No quiero contribuir a su triunfo. Yo lo que quiero es algún día debilitar al partido republicano". En efecto; mientras los moderados, los monárquicos, los amigos de Pichegru, los socios del Club de Clichy, los "Clichyens", ganan valimiento, se apoderan de puestos; mientras uno de ellos, Barthélemy, hombre del antiguo régimen, ha conseguido entre los directores la posición de un "votante", Bonaparte envía a París a su ayudante de campo Lavalette con el encargo de "prometer su apoyo a la porción del Directorio que mejor conserve los colores de la República". Línea de conducta de la que nunca se apartará. Todo antes que el papel de Monk.

Pero en lo que duda es en la cuestión de la paz. Desde Léoben, su prestigio es considerable, porque ha suspendido las hostilidades y porque, si las negociaciones preliminares no se transforman en Tratado solemne; si Austria, en el último momento, se vuelve atrás; si la guerra se reanuda, será todavía el hombre indispensable, y a causa de ello habrá de tratársele con miramiento. La paz "no es para él de interés"; no es, al menos, su interés en ese momento. Por otra parte, le es difícil hacerla naufragar. Delicada elección. Una vez concluida la paz, deberá renunciar a "este poder, a esta alta posición" en que sus victorias le han colocado. No le quedará más que "hacer la corte, en el Luxemburgo, a unos abogados". Y confía a Miot: "No querría dejar el ejército de Italia más que para hacer en Francia un papel semejante al que aquí desempeño, y todavía no ha llegado el momento... Entonces la paz puede ser necesarias para satisfacer los deseos de nuestros pazguatos de París, y si ha de hacerse, seré yo quien la haga. Si dejara a otro el mérito de hacerla, ese beneficio le colocaría más alto en la opinión que todas mis victorias.

Estos razonamientos dictarán lo que tenemos derecho a llamar su política, verdadera política de báscula, hasta la firma del Tratado de Campo-Formio. Y con respecto a su carrera y al povenir, su línea de conducta es irreprochable. En este momento, el conflicto entre los termidorianos de izquierda y la nueva mayoría de los Consejos está abierto. Bonaparte tome netamente partido por la izquierda. En ocasión del 14 de julio, su orden del día al ejército de Italia es un manifiesto de lealtad republicana: "Juremos, sobre nuestras banderas, guerra al enemigo de la República y de la Constitución del año III". Esta es la señal para inflamadas adhesiones, en el mejor estilo republicano, que los jefes de Cuerpo provocan, siguiendo sus instrucciones, y con las cuales el ejército de Italia se pone a disposición del Gobierno de la República.

Sin embargo, Bonaparte se guarda de intervenir en persona. Se mantiene en reserva. Si los monárquicos, los moderados y los "clichyens" amenazasen con triunfar, tal vez tomara algunas divisiones para marchar sobre París. Pero él es más cauto, más calculador que Hoche, que acaba de perderse, por falta de reflexión, con una prisa atolondrada. Comparándose con este rival, cuyo recuerdo le persigue, Napoleón decía ante Gourgaud: "Mi ambición era más fría; no quería arriesgar nada. Yo me decía siempre: dejémonos ir, veamos en qué parará todo esto". Los Directores, para reforzar el elemento "patriota" en el Gobierno, han ofrecido la cartera de la Guerra al general en jefe del ejército de Sambre-et-Meuse, del que se fían más que de Bonaparte. No sólo Hoche ha aceptado, lo que para el público le coloca entre las filas de los políticos, sino que llega a París con una de sus divisiones, en apariencia destinada a la expedición de Irlanda. Indignación de los Consejos, que le denuncian como faccioso por haber violado el "círculo constitucional" que las tropas no deben traspasar. Hoche, comprometido y achicado, tiene que volver al ejército de Sambre-et-Meuse. Dos meses más tarde morirá allí. Bonaparte quedará libre del único militar capaz, algún día, de cortarle el camino.

No tenía necesidad de este ejemplo para llevar más hábilmente este juego. Un golpe de fuerza contra los "clichyens", una depuración violenta, revolucionaria, del Directorio y de los Consejos; esto es lo que se anuncia en París. Durante este tiempo, Bonaparte se pasea con Josefina por el lago Mayor. Prosigue lentamente con Austria las negociaciones para la paz definitiva. Parece desentenderse de lo que pasa en Francia. Pero, con el pretexto de llevar las adhesiones del ejército de Italia, ha enviado a Augereau a los tres Directories que preparan el golpe. Augereau, cuya "turbulencia jacobina" desagrada en Mombello, es sin duda el instrumento que precisa para este menester: "aventurero depravado", brutal, no lo bastante sagaz para comprender que su general en jefe le envía a mancharse las manos en una operación policíaca. El que hiciera fructidor no podría ya hacer brumario, y Bonaparte, el 18 fructidor, tuvo cuidado de no operar él mismo. Pero la preparación es obra suya. Ha entregado los documentos del emigrado d' Antraigues, detenido en Venecia, que revelan los tratos de Pichegru con el príncipe de Condé. Ha puesto uno de sus subordinados a disposición de los hombres de izquierda. Ha dejado asimismo escapar a d'Antraigues. Según Carnot, también hizo saber a algunos moderados que había sido objeto de una "presión irresistible". Por todas partes se cubre.

En algunas horas, Augereau lo concluyó todo. Los sospechosos designados por los tres Directores de izquierda fueron detenidos, incluso su colega Barthélemy, mientras que Carnot, el republicano íntegro, acusado de connivencias con la derecha, fue advertido a tiempo para huir. Una cincuentena de miembros de los Consejos fueron deportados a la Guayana sin otra forma de proceso, en mezcolanza con contrarrevolucionarios de toda clase. La República está salvada. ¡Pero a qué precio! Más aún que en vendimiario, quedaba bajo la dependencia del Ejército. Se hacía regla el llamamiento, la apelación al soldado.

Entretanto, no había escapado a la perspicacia de Bonaparte que uno de los Directores fructidorizados, el único que no había sido regicida, Barthélemy, debía su elección al hecho de que, como diplomático, fue el que negoció la paz con Prusia y con España. Era esto lo que le había recomendado a la elección de la mayoría reaccionaria de los Consejos. Y sin duda, esta mayoría, diezmada y aterrorizada, estaba reducida a la impotencia ¿Es que servía para algo ser el hombre de la paz? ¿Era, pues, un instrumento de popularidad, en la misma medida que las victorias? Había allí un papel que asumir. Bonaparte se guardó bien de no hacerlo, rematando así la maniobra que había iniciado con las negociaciones preliminares de Léoben.

Entonces pudo verse una cosa extraña, que explica muchas otras: el guerrero más pacífico que los "abogados". Los hombres del Directorio, los convencionales tradicionalistas, querían todas las conquistas; se negaban a ceder nada a Austria. La jornada del 18 fructidor les había enardecido y "el genio de la Revolución" les inspiraba. Necesitaban, con Bélgica, la orilla izquierda del Rin entera; Italia, liberaba hasta la extremidad de la bota, mientras ya avizoraban, codiciosos, Turquía y Egipto. Si Austria se negaba, se abrirían de nuevo las hostilidades, se destronaría a los Habsburgos, se proclamaría en Viena la República. Bonaparte se opuso a estas locuras. Sólo triunfó presentando su dimisión, según había tomado por costumbre, porque sabía que el Directorio no resistía a esa amenaza. Entonces el dios de la guerra aparecía una vez más como moderador. Y encontró su auxiliar en Talleyrand, ministro, a la sazón, de Negocios Extranjeros, que amortiguó los choques entre los Directorios belicosos y el "general pacificador", cuyo pensamiento comprendía y cuyo destino presentía. Lo que había de antiguo régimen en el ex obispo d' Autun, placía oscuramente a Bonaparte; lo que había de porvenir en Bonaparte, placía al ex obispo d' Autun. Sus relaciones datan de entonces.

Así, pues, la paz fue gloriosa, pero razonable, si se la compara, por lo menos, con aquella cuyo plan trazaban las instrucciones de París. Bonaparte negoció cortésmente con los delegados austriacos. Una sola vez se enojó con Cobenzl, cuya impasibilidad le irritaba, y habiendo hecho inadvertidamente un movimiento brusco, tiró un servicio de porcelana. De aquí la famosa leyenda que el mismo Napoleón inscribió en sus Memorias, porque pertenecía a su bagaje épico, con la levita gris, el sombrerillo y algunos otros accesorios. Pero abrazó a Cobenzl después de firmar el Tratado de Campo-Formio, el 17 de octubre de 1797, transacción y compromiso que reparten Italia con Austria. El Emperador renuncia a Bélgica, posesión excéntrica de la que hacía dejación cómodamente, y que la corte de Viena no ha de reivindicar ni siquiera en 1815. Bélgica era una cuestión entre Francia y los ingleses. En cuanto a la orilla izquierda del Rin, no se la prometía sino secretamente a la República, y esto se subordinaba a la aquiescencia de los Estados que componían el cuerpo germánico, lo que traería consigo la convocatoria del Congreso de Rastadt.

En resumen –y esto es de una gran importancia para seguir los acontecimientos–, Campo-Formio, paz relativamente moderada, no regulaba ni las fronteras naturales ni el Estatuto de Europa. Inglaterra no tenía en ello parte. Esta paz sería revocable en tanto que Inglaterra no la suscribiera, y ella no la suscribiría más que forzaba a hacerlo en su isla. Hasta entonces se engendrarían guerras sin cesar. Austria lo sabía y no buscaba sino ir ganando tiempo y reparar sus fuerzas. Para ella era un momento que había que pasar. Sin duda, fue más largo de lo que creía. Diecisiete años. A los ojos de la Historia, es poco.

Porque estamos todavía muy cerca de las circunstancias que, de nada, han hecho ya a Bonaparte un hombre importante y célebre; pero no estamos más que a diecisiete años de su caída, y el Poder ni siquiera está aún en sus manos.

No le faltan ganas de tomarlo. ¿Cómo apoderarse de él? ¿Marchar sobre París con sus tropas? Pueril idea, buena para perderse. Para hacerse "el amo", serán precisos acontecimientos que no se han producido todavía, circunstancias que tienen que nacer aún. En apariencia al menos, el golpe de fructidor y el Tratado de Campo-Formio han consolidado la República, a quien la fuerza, recobrada, presta clarividencia. Desconfía ella del "general pacificador", a quien París aclama quizá demasiado; si bien, en desquite, los verdaderos patriotas le acusan de haber concluido una paz incompleta. Así, pues, a los diez días del intercambio de firmas de Cobenzl, los Directores realizan su propósito de separar a Bonaparte de "su ejército" y de Italia, en la que es "soberano más que general jefe de ejército". Es preciso que se incline o que pase el Rubicón.

Bonaparte se inclina. Pero, ¡ah!, no de buen grado. En Turín, de regreso, dejando tras él sus victorias, Mombello, aquella bella Italia, en la que casi ha reinado, confía a Miot que no puede ya seguir obedeciendo. "He gustado el mando y ya no puede renunciarlo". Entonces se agitan en él proyectos; salir de Francia, señalarse por "alguna expedición extraordinaria que acreciente su renombre". Todo esto era tentar a la suerte. Pero no lo era menos concluir una paz que ponía fin a su misión en Italia o reanudar las hostilidades con aquel imbécil de Augereau en el Rin, en lugar de Hoche, y con diez millones de italianos, poco de fiar, detrás de él.

Para él trabajan, sin que se entere, menos su deseo y su voluntad que las cosas y los medios mismos que se utilizan para inmovilizar su fortuna. El Directorio no tiene ninguna prisa en volverle a ver. Le ha dado el mando del ejército de Inglaterra, el ejército de invasión, que debe dictar a Londres la paz postrimera, sueño que periódicamente retorna y que retornará todavía. Pero esta expedición tiene necesidad, una gran necesidad, de ser organizada. No corre prisa. Los Directores desean sobre todo que el procónsul, separado de sus conquistas, no aparezca demasiado pronto en París en pleno fulgor de sus victorias pacificadoras. Y entonces conciben la idea, que les parece sutil, de enviar al negociador de Campo-Formio a tomar los aires del Congreso de Rastadt para que se haga olvidar un poco.

No sabían que para Bonaparte nada era perdido. Tomaban a su cargo, no solamente el completar su formación de hombre de Estado y de jefe de Estado, sino el presentarlo a Europa. Ya se ha dado a conocer a Austria, a los Reyes, a los duques y a las Repúblicas de Italia. En Rastadt, con ser breve su estancia, será toda Alemania, todas las cortes alemanas, las que frecuente y a quienes se imponga; es la complicación de los asuntos germánicos –de que ya tiene más que pasaderos conocimientos por sus antiguas lecturas– la que practica sobre el terreno, con los mismos hombres que volverá a encontrar muy pronto. Y en este Congreso alcanza tanto éxito en seguida, significándose de tal modo, que de nuevo se alarman los Directores, y no sabiendo dónde les gustaría verle más, le llaman a París, antes de que creciera la gloria ya ganada con la de obtener del Sacro Imperio la cesión de la orilla izquierda del Rin.

Obtenerla no era nada. Sería necesaria conservarla con lo demás. De este modo, a cada paso que daba la Revolución, su "genio" se hacía más necesario y la forzaría al cabo a desear aquello que le inspiraba, sin embargo, espanto y pánico: el gobierno de un soldado.

----------

- Una historia de Napoleón


+ Una historia de Napoleón (I): becario del Rey

+ Una historia de Napoleón (II): el uniforme de artillero

+ Una historia de Napoleón (III): ingrata patria

+ Una historia de Napoleón (IV): luz y tinieblas

+ Una historia de Napoleón (V): primer encuentro con la fortuna

+ Una historia de Napoleón (VI): esta hermosa Italia

+ Una historia de Napoleón (VIII): itinerario de las Pirámides al Luxemburgo

+ Una historia de Napoleón (IX): cómo pudo frustrarse un golpe de Estado

+ Una historia de Napoleón (X): el primero de los tres cónsules

+ Una historia de Napoleón (XI): un gobierno a merced de un pistoletazo

+ Una historia de Napoleón (XII): la ilusión de Amiens

+ Una historia de Napoleón (XIII): el foso sangriento

+ Una historia de Napoleón (XIV): Austerlitz... pero Trafalgar

+ Una historia de Napoleón (XV): la espada de Federico

+ Una historia de Napoleón (XVI): la obra de Tilsit

+ Una historia de Napoleón (XVII): la primera nube viene de España

+ Una historia de Napoleón (XVIII): la rectificación de Wagram

+ Una historia de Napoleón (XIX): yerno de Césares

+ Una historia de Napoleón (XX): el Rey de Roma

+ Una historia de Napoleón (XXI): el Boletín número 29

+ Una historia de Napoleón (XXII): el reflujo y el desastre

+ Una historia de Napoleón (XXIII): las botas de 1793 y la insurrección de los generales

+ Una historia de Napoleón (XXIV): emperador y aventurero

+ Una historia de Napoleón (XXV): Waterloo, triste llanura

+ Una historia de Napoleón (XXVI): Santa Elena, el martirio

+ Una historia de Napoleón (XXVII): la transfiguración

----------

Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 93 - 106.