domingo, 21 de agosto de 2016

Una historia de Napoleón (X): el primero de los tres cónsules



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No será superfluo, para comprender los acontecimientos que van a seguir, preguntarse lo que habría ocurrido si el 18 de noviembre no hubiera tenido éxito. Por las dificultades que el primer Cónsul encontró, puede estimarse que la descomposición hubiera sido enorme, complicada con sediciones militares y rivalidades de generales; una situación cuya modelo, español o mejicano, hemos tenido cerca de nosotros. Y precisamente a pesar de las apariencias, porque es un soldado, si bien el más inteligente de todos, y aun algo más que un soldado, Bonaparte viene a cerrar la era de los golpes de Estado. Viene a ahogar a la casta prepotente de los pretorianos. "No es, habrá de decir, como general, como yo gobierno, sino porque la nación cree que tengo las cualidades civiles propias del gobernante". Y su gobierno es el de un militar, no el de los militares. Bonaparte no va a ser ya uno de ellos, sino que estará por encima de ellos. Todos dependerán de él, nadie podrá sobrepasarle. Su propio interés le pide tenerles a raya, y nadie ha de tratarles más duramente que él. El primero de los servicios que rinde al Estado es el de desterrar la política de los Estados Mayores y hacer entrar a los altos jefes en la disciplina y en la jerarquía.

Consules y Napoleon Bonaparte

En Santa Elena, Napoleón decía que, lejos de ser dueño de sí, había tenido siempre que obedecer a las circunstancias. Bajo el Consulado, añadía, "amigos verdaderos, partidarios calurosos míos, me preguntaban a veces, con las mejores intenciones, y para su gobierno, adónde pretendía llegar; y yo respondía siempre que no sabía nada. Se quedaban sorprendidos, tal vez descontentos, y, sin embargo, yo les decía la verdad. Más tarde, bajo el Imperio, donde existía menos familiaridad, bastantes figuras parecían hacerme todavía la misma pregunta". No era solamente verdadero todo esto. Era exacto. Bonaparte no supo jamás adónde iba, porque no podía saberlo, y por eso es por lo que cada vez fue más lejos.

Existe una tendencia a simplificar y a imaginarse que el 20 brumario Napoleón disponía de Francia y no tenía más que mandar, pues todo el mundo estaba dispuesto a obedecer. Es ésta una falsa imagen de la situación. Si el poder soberano, absoluto, llegó a él a continuación –y desde luego por bien corto tiempo en relación con la historia–, es, por el contrario, en razón de las resistencias que tuvo que vencer.

Y si la autoridad recayó en un hombre no fue desde luego en sólo un día. La ambición, la voluntad de Bonaparte, nada hubieran podido, aun después de un brumario, si el sentido de las cosas no las hubiera dotado de virtualidad. El poder de uno solo resultó consecuencia de una necesidad: la misma que había hecho ya nacer al Directorio, sucesor simplificado de aquel Comité de Salud Pública, pesada máquina gubernamental que había llegado a contar hasta 16 miembros. Antes de termidor, se había pensado en hacer más cerrado el Poder ejecutivo, legalizando la Dictadura parlamentaria del Incorruptible. El triunvirato de Robespierre, de Couthon y de Saint-Just, se había convertido en un "Triple Consulado". La frase había sido pronunciada ya, según testimonio de Prieur, y de allí debió de tomarla Sieyès, porque "no había otro como él para incubar una pobre idea con tanta perseverancia".

Tal vez fuera por apartar el recuerdo del Triunvirato terrorista por lo que la Constitución del año III había creado cinco Directores. Este Poder ejecutivo de cinco cabezas se había mostrado dividido, insuficiente, con insuficiencia peligrosa para la República. Se volvía ahora a los triunviros con los tres Cónsules. Por etapas, se llegaría a una sola persona, prolongando siempre el mandato: diez años, primero; después el Consulado vitalicio, la Monarquía hereditaria a la postre: y siempre –lo que no es en modo alguno una paradoja–, para salvar, con los hombres de la Revolución, la Revolución misma, sus consecuencias civiles, y, sobre todo, sus conquistas territoriales. Napoleón se vio conducido al Imperio por las corrientes que arrastraban a la República desde el momento en que ésta se hizo conquistadora. Pero todavía no había llegado a él.

En el mes de noviembre de 1799, no se columbraba más que una República mejor, "regenerada" por un cambio de Constitución. Y si la presencia de Bonaparte en el Gobierno improvisado en Saint-Cloud era un elemento cuya importancia no podía desconocerse, el joven general no representaba en él sino un tercio, al lado de un gran pontífice republicano. La Constitución que Sieyès meditaba desde hacía largos meses y que había de coronar su carrera de legislador, fue la causa accidental que permitió a Bonaparte ocupar el primer puesto sin recurrir a un nuevo golpe de fuerza.

El Gobierno provisional que se había formado en la noche del 19 brumario, comprendía, con los dos Directores que habían preparado el golpe de Estado, al general que habían necesitado para ejecutarlo. Este Gobierno no era de lucha. Era modesto y hasta tímido. Pretendía ser continuación del antiguo, considerar siempre como existentes a los Consejos. Sobre todo, nada de reacción. Se evitaba hasta la mera apariencia, y las medidas de rigor contra los jacobinos, adoptadas en el primer momento, se retiraron. Se limitaron a revocar las leyes vejatorias, la ley de rehenes y el impuesto progresivo o empréstito forzoso que los mismos Consejos, sintiéndolos impopulares, se disponían a abrogar. Bonaparte fue en persona a liberar los rehenes al Temple. Muchos titulares continuaron en sus funciones en el propio Ministerio. La cartera del Interior se dio al sabio Laplace, para satisfacer a los intelectuales brumarios. Y hasta para que hubiera igualdad entre los tres cónsules, se convino que cada uno de ellos presidiría, por turno, un día, lo cual no se realizó sin algunos rozamientos entre Bonaparte y Sieyès. Fue preciso, además, que para arreglarlo todo, interviniera Talleyrand, que recuperó así la cartera de Negocios Extranjeros. Bien pronto Roger-Ducós, hombre sin relieve, que no había nada o casi nada, fue causa de que Bonaparte fuera quien, de común acuerdo, se encargara de la dirección de los asuntos, mientras que Sieyès daba los últimos toques a su Constitución.

Se ha hecho irrisión de esta obra maestra del eterno constituyente, que Bonaparte hubiera triturado con unas cuantas frases. La verdad es muy otra. La idea primordial de Sieyès, que fue en lo esencial respetada, era la misma que la del año III. Los brumarianos, continuadores de los termidorianos, soñaban, como ellos, con perpetuar en el orden restablecido, al abrigo de empresas realistas o jacobinas, los residuos de la Convención. Y en eso, al menos, el sistema de Sieyès era genial a fuerza de ser sencillo. El Directorio había anulado las elecciones que le eran contrarias; Sieyès abolía la elección. El pueblo no designaría más que a los elegibles. El antiguo régimen tenía sus Notables. Ahora habría "listas de notabilidad". Hecho esto, un Senado, cuyo núcleo primitivo estaría compuesto de antiguos Convencionales, elegiría de la "lista nacional" los miembros de las otras dos Asambleas, el Tribunado, encargado de discutir las leyes que el Consejo de Estado preparase, y el Cuerpo Legislativo, encargado de votarlas sin pronunciar palabra. Napoleón no tuvo luego más que suprimir el Tribunado para suprimir la palabra. Pero la soberanía del pueblo, las libertades públicas y parlamentarias, en resumen, todo lo que constituye y define la República, era Sieyès quien lo había abolido. En su mecanismo, en su "reloj", el Imperio autoritario se instalaría por sí sólo. El gran promulgador de la ley había abierto la puerta a lo que más tarde sería llamado despotismo.

Añadamos que las "listas de notabilidad" comprendían a los "inscritos de derecho", que serían los hombres que hubieran ejercido funciones públicas en el curso de la Revolución. Por otra parte, estas listas no se formarían antes de dos años. Las tres Asambleas serían, pues, compuestas de antemano –y con más seguridad, incluso, que los primeros Consejos del Directorio– por bien probados revolucionarios. Así fue, pues, cómo, con toda naturalidad, de una hornada de regicidas salieron dignatarios del Imperio.

Y todo esto, que Bonaparte no tuvo más que conservar y prolongar, no le hacía, sin embargo, Jefe del Poder. Sieyès había creído pensar en todo y prevenirse contra una Dictadura. En lo alto de su "pirámide" colocaba a un gran elector encargado de designar dos cónsules, uno de la paz, de la guerra el otro; uno para los asuntos del interior, y otro para los del exterior. Si por acaso este gran elector se tornaba inquietante, el Senado tenía la facultad de "absorberlo" en su seno; en otros términos, de destituirlo. Cuando se llegó a discutir la Constitución, Bonaparte todo lo aceptó, salvo el gran elector, lo que le fue tanto más fácil cuando que Sieyès, para vencer su repugnancia, le ofreció el puesto que se había reservado a sí mismo o que, se ha dicho, reservaba, ya a un príncipe extranjero, ya a un príncipe de la familia de Orleans. Ofrecimiento imprudente, que iba a volverse con sorpresa contra él, dando lugar a lo que no entraba en sus designios: un primer cónsul. Las circunstancias estaban al servicio del joven General. ¡Pero qué arte para captarlas todas, para ver al instante los puntos vulnerables y manejar a los viejos políticos, a pesar de su sutileza!

Si Bonaparte no quería ser el gran elector –"sombra descarnada de un rey holgazán", "cochino cebado"–, y prefería "ser nada antes que ridículo", el supremo personaje de Estado imaginado por Sieyès alarmó a los republicanos. Para ellos equivaldría a un rey, cuando un presidente al estilo de los Estados Unidos les parecía ya demasiado. Bonaparte se sirvió de este espantajo para demoler al gran elector. Puso a discusión el plan de Sieyès ante las comisiones legislativas sacadas de los Consejos. Daunou, antiguo convencional, fue encargado de redactar un contraproyecto. Daunou había sido el principal autor de la Constitución republicana del año III. Al corregirla, tendía a conservar en la nueva lo más posible de la precedente. Puesto que la necesidad de estrechar y reforzar el Poder ejecutivo quedaba reconocida. Daunou proponía reemplazar, según la primitiva idea de los brumarianos, a los cinco directores por tres cónsules. Sólo que, para no recaer en la inestabilidad y en las divisiones intestinas del Directorio, los cónsules serían nombrados por diez años, y uno de ellos tendría precedencia. De la concepción del gran elector salía así un primer cónsul que fue, naturalmente, Bonaparte, puesto que era a él a quien el más alto puesto había sido ya ofrecido. De las diversas enmiendas aportadas por Daunou al plan Sieyès, aquélla, largo paso hacia la unidad del Poder, fue la única que prosperó; pero era esencial. Entonces, la Constitución de Sieyès, que abolía ya el sistema electivo, se encontró, además, provista de un verdadero jefe por iniciativa de un republicano, antiguo miembro de la Convención. Siguiendo el parecer del general Bonaparte, no faltó ni la aprobación de dos comisiones legislativas, sacadas, por lo demás, de los Ancianos y de los Quinientos, y que, por consiguiente, representaban la tradición de las asambleas revolucionarias.

Si es cierto que la autoridad que se desprendía de la persona del joven general –recordemos que acaba de cumplir los treinta años– se impuso a los brumarianos, así es en todo caso, y no de otro modo, como llegó al primer puesto del Estado. Las circunstancias, juzgadas por él con ojo agudo, explotadas con decisión, le elevaron hasta él. A él le llamaron los republicanos, y llegó a aquel puesto por lo menos tan legalmente como los beneficiarios del golpe de fructidor. Y por modo fortuito, la Constitución de Sieyès ayudó singularmente a ponerle el gobierno entre las manos por completo. Asqueado de la política y de los hombres, Sieyès se eliminó, se "absorbió", desde luego, por sí mismo, al precio de un confortable retiro, mientras que Roger-Ducos desaparecía modestamente. Bonaparte no tuvo ya más que elegir libremente a sus colegas, los cónsules segundo y tercero.

Fue una juiciosa elección de personajes, a la vez dóciles y decorativos; elección llena de buen sentido y que definía una política. Primero Cambacérès, hombre de buena familia, consejero bajo Luis XVI, hermano de un canónigo tardíamente juramentado y que va a ser arzobispo. Cambacérès, adherido a la Revolución, había presidido el Comité de Salud Pública, siempre prudente, oportunista y moderado en todo, hasta en el regicidio, puesto que había votado el sobreseimiento. Por lo demás, amigo de honores y dignatario de nacimiento, se ha dicho de él que era "el hombre más a propósito para prestar dignidad a la bajeza". Después se necesitaba alguien que, sin tener reputación de reaccionario, estuviera menos señalado aún que Cambacérès, alguien que ligara con el antiguo régimen. Porque ya era idea del primer cónsul la "fusión". Después de haber buscado cuidadosamente y de haberse informado, designó a Lebrun.

Este, de edad más que madura (tenía ya los sesenta años), representaba una corriente, una tradición de la Monarquía. Había sido secretario del canciller Maupeou, cuyas ordenanzas redactó en tiempos de la "revolución" que aquel ministro intentara, cuando con el apoyo de Luis XV quiso acabar con los Parlamentos, que entorpecían las reformas. Entonces la realeza hubiera anudado la política de Luis XIV. El soberano, actuando con sus ministros, hubiera corregido los abusos y modernizado la máquina del Estado por vía autoritaria. En el fondo, y si bien la idea no era clara ni llegó a expresarse, hubiera sido éste el despotismo ilustrado, a la moda del siglo XVIII y de Voltaire. Turgot y la escuela de los grandes intendentes reformadores, a principios del reinado de Luis XVI, habían aportado otra vez esta promesa de progreso, mientras los Parlamentos protegían y mantenían la rutina. Las dudas, los retrocesos del desgraciado Luis XVI habían terminado de perder lo que ya comprometió la pereza de Luis XV, que veía claro, pero a quien las resistencias cansaban en seguida. Continuada, llevada a término, la "revolución" de Maupeou probablemente habría evitado otra, y eran cosas éstas que, aun treinta años más tarde, se reconocían. Designio o casualidad, la elección de Lebrun era un símbolo. ¿En 1789, no se habían engañado los franceses acerca de sus deseos? ¿Lo que desearon no era, con la igualdad primero, la autoridad más bien que la libertad?

A fines del año 1799 era esto, en todo caso, lo que aceptaban. Un hombre de sentido, Portalis, escribió poco tiempo antes del 18 brumario: "Creo poder decir que la masa esta fatigada de elegir y de deliberar". Lo estaba hasta tal punto que dejaba hacer en todo, y que después de haber votado acerca de todo desde hacía diez años, después de elegirlo todo, perdía sin pesar, y, por así decirlo, sin pensarlo, el derecho de voto, reemplazado por el plebiscito ratificador, que era una innovación más de Sieyès. Asegurado por adelantado, el resultado de este plebiscito iba a expresar el consentimiento público, aunque con menos fuerza tal vez que la ausencia de toda protesta contra el régimen consular, ya que no la hubo que fuera seria, por lo menos en la masa. ¿Y de qué había de quejarse la masa? Ni siquiera se había asombrado. ¿No era, acaso, que todo continuaba, pero mejorado? ¿La nueva Constitución, no era obra, apenas retocada por Bonaparte, de aquel mismo Sieyès que en 1789 había traducido con frase famosa la gran aspiración del Tercer Estado? Sin embargo, esta Constitución liquidaba alegremente cosas a las cuales la Francia de la Revolución y la Francia de las libertades y de las franquicias antiguas, se habían creído igualmente ligadas, ya fueran para la una las Asambleas soberanas, ya los viejos Parlamentos para la otra. En adelante, no más cuerpos intermediarios; una administración y sus administrados. Que los franceses aceptaran esto no se explica sólo por el hecho de que se salía de años de miseria y de anarquía y se sentía alivio por el renacimiento de un poder vigoroso que no era ni sangriento ni perseguidor. La conformidad tenía algo más profundo. Era tal vez Bonaparte, que venía a dar cumplimiento al deseo de los Estados generales, a realizar en su espíritu las peticiones de los cuadernos de 1789.

Y además, si la masa estaba "cansada de elegir y de deliberar", los intelectuales que habían apoyado la Revolución de brumario, como en otro tiempo se había dicho la revolución de Maupeou, estaban hastiados de los caprichos de la masa. El golpe de Estado había sido el del Instituto que el cónsul Bonaparte seguía frecuentando, haciendo incluso un ministro del Interior del autor de la Mecánica Celeste. Los ideólogos estaban por el despotismo ilustrado. Cabanis, que representaba el espíritu de la Enciclopedia, la filosofía del siglo XVIII, decía orgullosamente de la nueva Constitución: "la clase ignorante no ejercerá más su influencia ni sobre la legislación ni sobre el gobierno; todo se hace para el pueblo y en nombre del pueblo, nada se hace por él y bajo su dictado irreflexivo". Sin embargo, la clase ignorante sabía demasiado bien lo que quería. Quería, por fin, "gozar de la Revolución", traducción materialista del pensamiento de los ideólogos: "Rectificar el siglo XVIII sin abjurar de él".

La Constitución del año VIII fue promulgada el 14 de diciembre de 1799, poco más de un mes después de la jornada de Saint-Cloud. Los tres cónsules entraron en funciones el 25 de diciembre. Los cincuenta comisarios les instalaron y, con ellos, era la Convención, continuada por las Asambleas del Directorio, la que transmitía oficial y solemnemente el Poder al general Bonaparte y a sus colegas. Había transición, no ruptura. Y la proclama que se lanzó a los franceses para anunciar que los cónsules definitivos sucedían a los cónsules provisionales, era sincera cuando decía: "Ciudadanos, la Revolución queda hincada en los principios que la engendraron". Al añadir: "Ha terminado", la gente se abandonaba solamente a una ilusión general, ni siquiera nueva. ¿Cuántas veces no se ha dicho que ya había llegado a su término? Luis XVI mismo lo creyó cuando el presidente de la Constituyente se lo dijo.

Para que se la diera fin, como entonces se quería, era precisa la paz, pero la paz con las fronteras naturales. Y este deseo de paz, era una de las causas del 18 brumario, como era también una de las razones de la popularidad de Bonaparte. Hoy es difícil concebir a Bonaparte aclamado en las calles al grito de: "¡Viva la paz!". El autor del tratado de Campo-Formio traería por fin lo que se esperaba, lo que se deseaba desde hacía tanto tiempo. Porque la guerra continuaba siempre, y es un elemento de la situación que es preciso tener presenta en el espíritu para comprender la sucesión de las cosas. Aunque jefe de un Gobierno civil, el primer cónsul sería además jefe de guerra.

Francia, en 1800, se jactaba de que esto no sería ya por mucho tiempo. Un último esfuerzo, y se obtendría el descanso. Instintivamente se decían también los franceses que este último esfuerzo pedía un Gobierno vigoroso; que no se podían conseguir victorias decisivas con el odio, las proscripciones, la guerra civil en el interior; que era tan necesaria una reconciliación nacional como la represión de las anarquía. Y la unión de los franceses, nadie mejor que Bonaparte podía encargarse de hacerla. Este programa estaba en su pensamiento, porque lo estaba, ante todo, en la naturaleza de un hombre a quien hemos visto extraño a las facciones, extraño en el sentido más hondo y hasta en el sentido propio de la expresión. Sin duda, la persecución de la paz definitiva será vana. La decepción no vendrá sino lentamente, porque la masa habrá visto, por otra parte, en el amo que acepta, al que garantiza que la Revolución ha quedado "fijada en sus principios". La misma invasión final no ha de hacerle olvidar lo que había esperado de su jefe. Al regreso de la isla de Elba renovará su crédito a quien, emperador, había seguido siendo el general Vendimiario, salvador de la Revolución. Según la observación de Chaptal, las requisas, la recluta, le debieron hacer aborrecido de los campesinos. Pero "les aseguraba contra la vuelta de los diezmos, de los derechos feudales, de la restitución de los bienes de los emigrados". Así aparecía el primer cónsul. En esto el Emperador no ha de desmentirles. Incluso cuando deje de ser "el hombre de la República", permanecerá fiel al genio de la Revolución.

Y cuando se observan los primeros actos del gobierno de Bonaparte, se ve que su gran superioridad fue la de la inteligencia. El Poder vino a sus manos por la conspiración de algunos hombres activos y de una masa consentidor, en circunstancias y condiciones bien definidas, y para tareas inmediatas. Lo que había que hacer era poner de nuevo en pie a un país enfermo y que, cuando el invierno terminase, tendría todavía una guerra que sostener. Es preciso aquí reanudar el hilo, recordar que Brune en Bergen, y Masséna en Zurich, no habían sido detenido simplemente la invasión. Con la primavera recomenzarían las hostilidades. Entretanto, las faltas del Directorio, faltas que acababan de causar su caída y que justificaban el 18 brumario, no habían sido tan sólo militares y diplomáticas. Habían alzando al conjunto de la política. Bonaparte mostró así su superioridad. Su concepción general del gobierno era la que la situación exigía. Procónsul en Italia, comprendió que para ocupar un país extranjero con algunas decenas de miles de hombres, era preciso aprovechar los sentimientos e intereses de la población; lección que, tras su salida de Mombello, se había perdido. Igualmente comprendía que para obligar a Europa a reconocer las fronteras naturales –estaba claro que no se la obligaría nunca más que por la fuerza de las armas–, era preciso que Francia estuviera organizada y unida. Ella precisaba de todas sus fuerzas, como necesitaba de todos los franceses: "necesitaba de adherir, de reunir los diferentes partidos que habían dividido a la nación, a fin de poderla oponer por entero a sus enemigos exteriores". Se encontró, pues, y esto es lo que ha hecho la gloria duradera del Consulado, que Bonaparte, con una idea sencilla y de buen sentido, a la vista de un objetivo muy preciso, a la vista de una campaña muy cercana, y, como él mismo decía, "marchando al día", hizo todo lo que había de contentar a los franceses en sus aspiraciones más diversas. Orden, prosperidad, leyes, finanzas, la seguridad del mañana, todo lo que desde hacía diez años faltaba, lo dio él. Puso fin a las divisiones, a las persecuciones religiosas, a las luchas de clase. En una palabra: de una idea de circunstancias, pero eminentemente conveniente a las circunstancias, Bonaparte hizo poco a poco un sistema de gobierno para el cual, por todas las razones que le eran naturales y que hemos visto desarrollarse en él, estaba más indicado y más preparado que nadie.

Cuatro meses y medio de labor abrumadora, que alcanzaba a todas las ramas de la administración y de la política, en las que se instruía sin cesar en todo cuanto aún no sabía, pusieron a Bonaparte en estado de conseguir sus nuevas victorias. Todo giraba alrededor de la reanudación, por otra parte inevitable, impuesta por el mismo enemigo, de una guerra que –así se estimaba– sería por fin liberadora. Porque, en aquella aurora del Consulado, que parece tan brillante de lejos, la situación que había determinado la caída del Directorio, subsistía con todos sus peligros. El Ejército austriaco, mandado por el mariscal de campo Mélas, estaba sobre las armas en Italia. A principios de marzo inició las operaciones contra el Ejército francés, cuyo mando se había dado a Masséna, vencedor de Zurich, pronto reducido a encerrarse en Ginebra, mientras que su teniente Suchet era rechazado hasta el Var y el enemigo violaba el territorio francés. En otros términos, la invasión, conjurada al entrar el invierno, era todavía amenazadora.

Puesto que no había más remedio que reanudar la guerra, y siempre imaginando que era por última vez, era preciso también que, por lo menos, se hiciera en buenas condiciones. Lo primero era acabar con la guerra interior. Es uno de los primeros actos del gobierno de Bonaparte, porque todo el programa del primer cónsul en el interior proviene de esta idea. En suma: la Convención se había visto sorprendida por el alzamiento de la Vendée. La República creía hacer la felicidad del pueblo francés y de todos los pueblos. Que una parte de Francia permaneciera insensible a las bienandanzas de la Revolución, era para los convencionales un fenómeno desconcertante. Pero si habían sublevado al Oeste, era sin saberlo. El Directorio no tenía aquella excusa. No podía seguir ignorando que los métodos jacobinos, las levas de hombres, la persecución religiosa, encenderían de nuevo la insurrección vandeana, como encendían la insurrección de Bélgica. En el mismo momento en que llevaba más lejos que nunca la guerra de conquista, el Directorio se había puesto deliberadamente aquel "puñal en la espalda". Uno de los primeros cuidados del primer cónsul fue el de pacificar la Vendée.

Dándoles diez días para someterse, entra en negociación con los jefes, los hace venir a su lado, muestra su estima por su carácter y por su bravura, apela a su fibra nacional, haciéndoles creer llegado el caso (era una añagaza de la que ya se había hecho uso con Charette) que no se opondría al retorno de los Borbones. Al mismo tiempo llama al abate Bernier, influyente en el Oeste, que se había refugiado en Suiza. Le da la seguridad de que el culto será libre, que las comarcas católicas conservarán sus sacerdotes no juramentados. Las iglesias, que han vuelto a abrirse ya un poco en todas partes; las campanas, tanto tiempo silenciosas, que ahora se permite tocar; muchas manifestaciones de un renacimiento de la fe a las que cierra los ojos, dan peso a sus palabras. Es ya el anuncio del Concordato. La supresión de las fiestas revolucionarias que no evocan más que recuerdos de sangre, la del 21 de enero sobre todo, que siempre le ha repugnado, es otra especie de prenda. El primer cónsul cañoneó la oposición monárquica en vendimiario y la ha "fructidorizado" por Augereau. La desarma ahora con buenos procedimientos y buenas palabras. Si no revoca las leyes contra los emigrados, lo que alarmaría a los adquirentes de bienes nacionales; si no anula en bloque las proscripciones de fructidor, lo que inquietaría a los republicanos, concede, en cambio, gracias individuales que no siempre le valen reconocimiento, pero que hacen depender de él a muchas gentes. Y con esto tampoco ha inventado nada. Era el método de que Fouché se había servido en el Ministerio de Policía antes de brumario.

Así apaciguó, aunque no pudo extinguir definitivamente, la gran insurrección del Oeste. Algunos de los jefes fueron seducidos por su acogida, su lenguaje, pero un irreductible, Frotté, cogido por traición, fue pasado por las armas; de aquí nacerán odios implacables. Otro de ellos, Jorge Cadoudal, el famoso Jorge, era secretamente admirado por Bonaparte, quien quiso verle, conmoverle, conquistarle. Jorge, tras la entrevista, decía que había sentido deseos de ahogar a aquel hombrecillo. Opuso a todo una obstinada negativa y se separaron para una lucha a muerte. Uno de los dos debía perecer en ella. Pero si el "Chuan", hombre de especie no menos prodigiosa que la del otro, arriesgaba conscientemente su cabeza, no se equivocaba acerca de los efectos que produciría apuntando a la de Bonaparte. Los monárquicos que el primer cónsul no ha podido adherirse lo mirarán, y con razón –los acontecimientos iban a probarlo–, como el último obstáculo a una restauración que la agonía del Directorio hacía probable. Querrán matarle, pero no podrán. Y sus mismos complots, por un extraño retruque, servirán para hacerle emperador.

Para seguir, según un orden cronológico, la actividad del primer cónsul durante estos cuatro meses de reorganización, haría falta un libro. El mismo, por otra parte, veía cada vez ensancharse su labor. todo está por hacer en Francia. No basta con unos cuantos decretos, con algunas leyes. Sólo para poner un poco de orden en la administración y en las finanzas, era obligado empezar por la base, porque el sistema era vicioso y no es posible instalarse en un estado revolucionario. A veces, ante hombres de confianza, Bonaparte dejaba traslucir el fondo de su pensamiento. Era preciso "salir del atolladero del republicanismo".

¿La Hacienda? Para hacer la guerra, decía un capitán de otros tiempos, tres cosas son necesarias: primero, dinero; segundo, dinero, y tercero, dinero. El Directorio había hecho la guerra sin dinero, prensando a los países conquistados. No había ya casi países conquistados, e Italia, que había dado tantos millones, se había perdido. Era tal la penuria del Tesoro, que la tarde del 19 brumario no se había encontrado "con qué expedir correos a los Ejércitos y a las grandes ciudades para informarles del acontecimiento". Era necesario, para pasar los primeros días, pedir préstamos a los banqueros, que, por otra parte, estimaron que aquel Gobierno provisional no era bueno más que para un crédito limitado y no proporcionaron anticipos más que a condición de que se aboliese el empréstito forzoso. No era posible contentarse con estos expedientes. En una palabra, la Hacienda había que reconstruirla, como el resto del Estado, porque el Directorio había llegado al último grado de insolvencia. Bonaparte recurrió a un hombre del oficio, a un técnico, diríamos hoy. Se llamaba Gaudín y era también un funcionario del antiguo régimen, cuyos comienzos en la administración se remontaban al último año del reinado de Luis XV.

Nosotros, que hemos visto con nuestros ojos cómo se pasa del pánico a la confianza, nos asombramos menos del enderezamiento financiero que se llevó a cabo con el primer cónsul. La parte que él puso fue dar confianza a los intereses, poner fin al "sálvese quien pueda". También lo fue el escuchar a los hombres del oficio que le recomendaron la creación del Banco de Francia y la vuelta a los impuestos indirectos que había suprimido la Revolución. Se había saludado con entusiasmo el fin de las ayudas y de la gabela. Se volvió a los "derechos reunidos", es decir, a las mismas cosas con otros nombres. Pero lo importante era proporcionar recursos al Tesoro, para continuar las grandes empresas exteriores. Y restablecido el orden en la Hacienda, la moneda sana, el pago exacto de las rentas fueron, además, beneficios del Consulado.

Era preciso restablecer el orden por doquier. Diez años de Revolución en los que toda la administración había sido electiva, habían dejado un espantoso caos moral y material. Todo estaba por hacer: desde la justicia hasta la limpieza pública. Lo asombroso era que se hubiera podido proseguir tan largo tiempo la guerra en distintos frentes a la vez, sin contar la guerra civil, con un país tan asolado. Este esfuerzo, hasta entonces posible por la riqueza y la vitalidad de Francia, no podía continuar más. Se había llegado al extremo. Bonaparte lo vio muy bien.

De su punto de partida –poner de nuevo a Francia en estado de terminar victoriosamente la lucha por las fronteras naturales y conquistar la paz–, fluya así todo un sistema de gobierno. Su eclecticismo se manifiesta en ello por la elección de los hombres y por la elección de los medios. Adopta también una idea de Sieyès, cuando pone a la cabeza de los departamentos (en lugar de esas "administraciones" elegidas que, hasta entonces, habían mantenido el desorden) delegados directos del Poder, llamados prefectos: como él, vigente la moda romana, se llamaba cónsul. Pero la creación de estos funcionarios se inspiraba en los intendentes de la Monarquía. Algunos comprendieron que con ella se aniquilaba de hecho el "régimen republicano". Y estos prefectos, lo mismo que los nuevos magistrados, lo mismo que los miembros del Consejo de Estado, Bonaparte los toma de todos los partidos, que acaban por debilitarse, por desorganizarse con estas sustracciones de personal. No es solamente con jacobinos, sino con monárquicos, con girondinos, con antiguos constituyentes, con quienes "espolvorea" sus cuadros administrativos. Decía: "Amo las gentes honradas de todos los colores". Pero mezclaba a su gusto los colores. No exigía más que amor al bien público y laboriosidad para éste. No tenía prejuicios. Era el único que podía no tenerlos, y ésta era ya una posición no solamente de árbitro, sino de soberano.

El conjunto de instituciones llamadas del año VIII, cuyas disposiciones esenciales todavía duran, data de entonces. Y no es que para hacerlas duraderas Bonaparte las meditara largamente. No abrigaba planes durante años, como Sieyes. Pero de un modo natural había coincidido con los deseos de la masa, encontrando el punto de conciliación sin tratar de construir para le eternidad. Acaso apenas exageraríamos diciendo que no veía mucho más allá de la próxima campaña de primavera. Su obra no se inspiraba en tales o cuales principios de la reforma social. Era una obra de actualidad. Ponía fin a la anarquía material, a la anarquía más visible, aquella por la que sufrían los franceses y de la cual estaban hartos. Conservaba las ideas generales y los resultados de la Revolución inscritos en el Código civil. Ella respetaba siempre el "genio", hecho sobre todo de la pasión por la igualdad, en la que quedó bañado el cuerpo de las nuevas leyes. En el fondo, una cosa demasiado "francés medio", demasiado provinciana y rural, que durante largo tiempo ha hecho que existan bonapartistas y consulares. Sistema muy sencillo y aun sumario, una mano dura, orden en la calle, el derecho a la herencia, la propiedad intangible, las funciones públicas abiertas para todos, permiso para ir a misa a los que lo deseen, nada de gobierno de nobles ni de curas. Mucho mejor que las convulsiones revolucionarias y el teatro dramático de la Convención, superior al lodazal del Directorio, la fórmula napoleónica respondía así a las aspiraciones de 1789, sin contar que desde 1789 había tenido efecto la venta de los bienes nacionales. Los adquirentes estaban ansiosos de consolidar su propiedad y de ser protegidos contra las reivindicaciones, lo mismo que en el estado mayor político los regicidas temían las represalias de un Gobierno contrarrevolucionario. A todos traía garantías el consulado.

Tales fueron los cimientos más fuertes del poder de Bonaparte. Otra de sus ideas dominantes, es la reconciliación, o mejor, como él decía, la "fusión", la colaboración de los franceses. Ella le trae del campo de la contrarrevolución a los que han sufrido persecuciones y destierros. En esto, Josefina le es todavía útil por sus antiguas relaciones aristocráticas, y el tío Fesch también. Todo sirve. Ser sobrino de un eclesiástico, pronto de un obispo, no viene mal al primer cónsul. Y además, halaga otro gusto nacional, el de la gloria, como halaga (cosa que no debe jamás olvidarse y que explicará muchas otras) la esperanza de la paz, siempre prometida, diferida siempre. Otorga también prestigio a la autoridad: otra necesidad que había sabido adivinar. Tal vez lo más extraordinario que hace entonces, y desde las primeras semanas del consulado, el 19 de febrero de 1800, es dejar Luxemburgo e instalarse, con sus dos colegas, en las Tullerías, si bien se estableciera cierto matiz entre las Tullerías y Versalles, donde jamás se decidirá a residir.

A las Tullerías llevó el motín a Luis XVI en las jornadas de octubre, para violarlas el 20 de junio y tomarlas por asalto el 10 de agosto. Eran como el símbolo del despotismo derribado por el pueblo. Antes de habitar el castillo fue preciso limpiar los muros "innoblemente embadurnados de gorros rojos". En uno de los cuerpos de guardia se leía aún esta inscripción: "10 de agosto de 1792. La realeza está abolida en Francia: jamás será restablecida". Y los juramentos de no restablecer jamás la realeza continuaban siendo de ritual, obligatorios. Pero, al venir a establecerse en el palacio de los reyes, ¿no quería Bonaparte dar a entender a los Borbones que, por lo menos, no serían ellos los que a él volvieran y que él no estaba dispuesto, como tantos monárquicos gustaban de creer, a representar e papel de Monk?

El no es Monk, restaurador de los Estuardos, sino Washington. El fundador de la República americana acababa de morir. El gobierno consular había organizado una ceremonia fúnebre en su honor y se hizo su elogio, como el de un modelo. Amparado por el nombre de Washington, Bonaparte, aclamado por los unos, contemplado con curiosidad por otros, se dirigió, con un cortejo que la penuria persistente del Tesoro no había permitido hacer muy pomposo, a tomar posesión de las Tullerías.

Las frases que pronunció allí cuando estuvo solo con sus deudos figuran entre las más célebres y reveladoras que de él se citan. ¿Dijo, por la noche, a Josefina: "Vamos criollita, acostaos en el lecho de vuestros amos?". Es posible; lo imprevisto, lo fantástico, la ironía misma de la situación, ahí están, en todo caso, bien patentes, y nada de ello escapa a aquel joven singularmente maduro que, a veces, cuando tiene tiempo para ello, contempla, vuelto sobre sí mismo, su propia vida y su destino.

A Roederer, extrañado por lo que había de desolación en aquellos departamentos cargados de recuerdos, y que le decía: "General, esto es triste", le respondió ciertamente: "Sí, como la gloria". Por encima del advenedizo sobresalía el hombre de letras, el poeta que sentía las cosas.

Su más profundo pensamiento, su pensamiento político, fue en todo caso ante su secretario, al cual dijo: "Bourrienne, no es todo estar en las Tullerías. Es preciso permanecer en ellas". Permanecer, continuar la prodigiosa aventura, la increíble carrera de un caballero cadete corso, llegado a los treinta años a jefe del Estado francés, constituye ya la preocupación de Bonaparte. Esta preocupación no le abandonará ni en medio de la omnipotencia. Conservará agudo sentimiento de que su poder es frágil y precario. Posee demasiada penetración para no comprender que, en aquel momento, todo lo que una serie de felices acontecimientos ha hecho posible, puede deshacerse por un accidente brutal: una conspiración bien montada, un desastre militar que el genio no siempre evita. Son peligros que le estrechan de cerca, cuya visión no le conturba, aunque es lo bastante clara para que, en su alta fortuna, en su ascensión vertiginosa, no se deja deslumbrar.

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 148 - 167.