domingo, 14 de agosto de 2016

Una historia de Napoleón (V): primer encuentro con la fortuna



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En octubre de 1795 se realizaron dos acontecimientos de cuya conjunción debía resultar un Emperador. Si no asimos fuertemente esta cadena; si no penetramos hasta el corazón mismo de las cosas, la carrera de Napoleón es inexplicable. Pues no era suficiente que tuviera, de buena calidad sin duda, madera de dictador. Se precisaban además, como él dijo, "las circunstancias". Encontramos ahora las que harán necesaria la dictadura y permitirán a Bonaparte apoderarse de ella cuando le procuren ocasión de descollar sobre la masa oscura.

Josefina Beauharnais y Napoleon Bonaparte

Mientras vegetaba en París, se produjeron cambios en la República. Sacando las consecuencias del 9 de termidor, los convencionales acababan de establecer una nueva Constitución. El reinado de una Asamblea única ocasionó la tiranía de Robespierre, que había sido preciso desbaratar. La concentración del Poder en el Comité de Salud Pública no era sino un expediente de tiempos de crisis. No podía diferirse por más tiempo la constitución de un Gobierno regular. Existía el riesgo de hacer algo que pareciéndose demasiado a una Monarquía parlamentaria enterrase a la Revolución. Entonces, los hombres que se habían comprometido en los días terribles, los "votantes", los que habían quedado estigmatizados para siempre por el regicidio, piedra de toque de las sinceridades revolucionarias, se verían amenazados al mismo tiempo que su obra. La Convención adoptó un régimen, el Directorio, establecido de tal forma, que se sobrevivió a sí misma. Y la precaución con la que se pretendía asegurar el porvenir iba a ser fatal al régimen republicano. Nos encontramos en esa coyuntura.

En lugar de una sola Asamblea, la Constitución del año III creó dos: el Consejo de los Quinientos, a guisa de Cámara, y el Cuerpo de los Ancianos, que sería como el Senado. La ley constitucional dispuso además que el Cuerpo Legislativo sería renovable todos los años por tercios, bien entendido que los dos primeros tercios serían obligadamente escogidos entre los miembros de la Convención. Era un seguro contra un riesgo inmediato: el de elecciones a la derecha. Era preciso que la reacción no franqueara los límites que los termidorianos la asignaban. El Directorio estaba destinado a perpetuar un gobierno de izquierda fiel al espíritu de la Revolución.

Por otra parte, se resignaban, no sin vencer una seria repugnancia, a reconstituir un Poder ejecutivo. Sólo que, por evitar hasta las apariencias de una vuelta a la realeza, este Poder ejecutivo sería de cinco cabezas. Aún más: los cinco Directores serían elegidos por los Consejos; y renovables anualmente y por rotación. Más todavía: serían elegidos ante todo entre los regicidas, y, por no estar inserto en la ley constitucional, sería el menos importante este artículo secreto.

Así, la puerta quedaba cerrada a los moderados y a los monárquicos. Ninguna sorpresa podía salir de las elecciones. Pero, desde las siguientes, estas precauciones dejarían de ser eficaces. No se volvería a estar seguro de la composición de los Consejos, que por sí mismos no habrían de nombrar en lo sucesivo, necesariamente, a los Directores entre los "votantes"; y cabía presentir que los viejos convencionales, en virtud de una especie de derecho divino que atribuían a la Revolución, se negarían a inclinarse si la mayoría pasaba a la derecha. Entonces sólo la fuerza decidiría. Se entraría en la era de los golpes de Estado, cuya iniciativa tomarían y cuya señal darían los mismos republicanos.

Entretanto, desde el 9 termidor y aparte de las providencias adoptadas contra la demagogia extrema, la Revolución había perdido su principal resorte, su instrumento de ataque y de defensa, que no había dejado nunca de encontrarse en el Ayuntamiento de París. Al mismo tiempo que Robespierre, la Comuna insurrecta había sido puesta fuera de la ley. No se había levantado de aquel golpe que señalaba el término del período revolucionario agudizado, pues la Comuna de París había sido el motor de todas las grandes "jornadas". Ahora, federados, insurrectos, agitadores callejeros, hombres de pica y gorro rojo, no eran ya virtuosos patriotas, sino "anarquistas", "bandidos", contra los cuales los termidorianos acababan de defenderse dos veces por los medios de que los Gobiernos deben servirse. Luis XVI, aunque acusado de ello –tanto lo habían temido los revolucionarios–, no había echado a la calle nunca a los regimientos. Era ahora la Convención la que los empleaba contra el motín. Ya el 12 germinal, Pichegru, que se encontraba en París, había tomado el mando de las secciones. El 1.º prairial, la insurrección recomenzaba más grave. Como la Guardia nacional cedía, la Convención no había dudado esta vez en llamar a las mismas tropas de línea, a las órdenes del general Menou. Aquel día, uno de los primeros destacamentos que llegaron en socorro de la Asamblea era conducido por un joven oficial, soldado de fortuna, hijo de un hostelero, a quien volveremos a ver el 18 brumario. Se llamaba Murat. Llegará a tener un reino.

No pararon aquí las cosas. Tras cada una de estas jornadas, los termidorianos habían dado serios golpes al jacobinismo, condenando a la depuración o a la muerte a los representantes del pueblo cómplices de los facciosos. Los supervivientes de la Gironda se habían vengado de la Montaña. El "partido patriota" había sido aplastado, y en su último reducto en la capital, el faubourg Antoine, fue obligado a entregar sus armas bajo la amenaza del cañón. Así, la Revolución se privaba de los elementos que habían sido su levadura. Pero el día en que se viera desbordada por la reacción a la que se abría el camino, como el día en que se tratase de expulsar de los Consejos a una mayoría de derechas, la Revolución no podría ya contar con los sans-culottes. Habría que recurrir de nuevo a la fuerza organizada. Por cualquier lado que se sintiera amenazada, necesitaría en adelante el apoyo de los militares, y por este camino quedaba entregada a ellos.

Así, la Convención preparó la apelación al soldado en los asuntos interiores. Y como si no fuera aún bastante, al dejar tras ella un régimen que habría de crear la costumbre de que las bayonetas interviniesen en política, legaba al exterior una carga agotadora a aquel Gobierno débil, dividido, al que esperaban días tormentosos.

El 1.º de octubre de 1795, poco tiempo antes de separarse, la Convención dictaba su verdadero testamento. Votaba la anexión de Bélgica, lo que presagiaba la anexión de la orilla derecha del Rin. Decisión de una gravedad suprema, formidable compromiso para el futuro. Desde que la Revolución invadió Bélgica, Inglaterra se convertía en su enemigo. E Inglaterra no haría la paz en tanto que los franceses ocupasen el suelo belga, como no la había hecho mientras los alemanes lo ocuparon.

Raros fueron los que entrevieron estas consecuencias. Sólo algunos convencionales tomaron la palabra contra la anexión, que no podía dejar de "lanzar a fondo" a las potencias enemigas. Harmand de la Meuse y Lesage de Eure-et Loir demostraron que Europa no permanecería indiferente a esta extensión del territorio francés. Dijeron que la anexión de Bélgica por derecho de conquista suponía que el pueblo francés fuera siempre el más fuerte, manteniéndose en un estado de invariable superioridad; que Austria fuera abatida para siempre; que Inglaterra abandonara a Francia el Continente. Los anexionistas respondieron con un razonamiento contrario. La República, dijeron, no conseguiría la paz mientras Inglaterra no se confiese vencida. Para vencerla es necesario debilitarla. La anexión de Bélgica será para ella y para su comercio un golpe terrible, que la obligará a capitular. La capitulación de Inglaterra –Napoleón no buscará otra cosa durante quince años– y todas sus anexiones, no tendrán nunca otra causa.

Fue Carnot quien defendió esta tesis con el mayor ardor. La tradujo, al estilo de aquel momento, por esta imagen: "Cortad las uñas al leopardo". Añadía un argumento, decisivo ante la Convención republicana. Conservad el premio de las luchas que la Revolución ha sostenido; es vuestro deber –declaraba a sus colegas–. "Me atrevo a deciros que sin esto habría derecho a preguntaros: ¿Dónde está, pues, el resultado de tantas victorias y de tantos sacrificios? No se verían más que los males de la Revolución, y no tendríais que ofrecer en compensación más que la libertad". Desengañado ya, Carnot defendía que la libertad sería para muchos una compensación mediocre: "un bien imaginario", en expresión suya.

Así, la Revolución no puede renunciar a sus conquistas más que destruyéndose a sí mismas. Si las renuncia, no hay sino hacer volver a los Borbones. Este es el sentido de la negativa que Napoleón, menos de veinte años después, opondrá a los aliados cuando le ofrecen la paz a condición de que Francia vuelva a sus antiguos límites. La Revolución expirante encadena a sus sucesores a la guerra eterna. Será preciso que Inglaterra sea vencida o que lo sea la Revolución. Napoleón intentará poner de rodillas a Inglaterra por el bloqueo continental, y el bloqueo continental le conducirá a emprender la sumisión de Europa entera. Será ésta también una herencia de la Revolución. Ya por un decreto dado el 9 de octubre de 1793, a propuesta de Barère, las mercancías de origen británico han sido prohibidas, y Clootz dijo que esta medida debía imponerse a los neutrales para "destruir a Cartago". En 1796 se renovará la misma prohibición. El Emperador no inventará ni esta política ni este sistema. Pero el Imperio será necesario para continuarlos.

Resumamos estas explicaciones que eran indispensables. Dejando tras ella un poder débil y discutido; legando a este poder la faena ingente de vencer a Inglaterra y a Europa, la Convención abría dos veces la puerta a la dictadura de un soldado. Preparaba en el interior el advenimiento de un general por una serie de golpes de Estado; en el exterior, una guerra sin fin. Pero en este conjunto de causas, ¿cómo se ha suscitado el destino de Bonaparte? ¿Cómo han madurado, para él, estos frutos y no para otro? Le hemos dejado cuando su estrella, que ha brillado un momento, parece extinguida. Reanudemos el hilo de los acontecimientos.

El que, pasados veinte años, terminará en una llanura belga con un inmenso desastre, estuvo sin duda el 1.º de octubre de 1795 tan poco atento a la anexión de Bélgica, como sus contemporáneos y sus historiadores lo han estado. En este momento, el interés está en otra parte; mientras que la Convención delibera sobre las fronteras naturales y cree haber reconstruido para siempre las Galias, París se agita todavía. Ahora es la contrarrevolución quien empuja. En un año ha hecho progresos inmensos en esta burguesía parisién que había saludado al 1789 como a una aurora. Salvo una o dos, todas las secciones, con la Le Pelletier a la cabeza, protestan contra los decretos –"injuriosos para la nación"–, que limitan la selección de los electores y violan la soberanía del pueblo, atribuyendo a los convencionales los dos tercios de los escaños en las nuevas Asambleas. Todos los días se registran incidentes, insolencias, incumplimientos. Y cuando la Convención descubre que está amenazada, no ya por los sans-culottes, sino por la reacción, se da cuenta también de que "el rayo revolucionario se ha extinguido entre sus manos". Duda, por otra parte, ante una represión vigorosa, por miedo a despertar el terrorismo y suministrar con ello a la derecha un argumento en vísperas de elecciones, inquietando al país. Abandona las cosas a su curso; soporta los desafíos de las secciones calculando que la provincia y el Ejército, que tiene derecho al voto, serán más dóciles que París. Sólo que el día que se sabe que la provincia y el Ejército han aceptado los decretos, París se subleva.

Como el 1.º prairial, el general Menou es quien nuevamente defiende la Convención. Esta vez tiene frente a él las buenas secciones con las que protegía a la Asamblea cuatro meses antes, mientras los jacobinos a quienes debeló le ofrecen sus servicios. Menou está desorientado. Por menos podría estarlo. Habiendo visto de cerca la guillotina bajo el Terror, sus simpatías van más bien hacia aquellos a quienes ha tenido por aliados en prairial, a los que ahora debe combatir. Además, sus instrucciones, poco perentorias, adolecen de las perplejidades de los termidorianos. Para evitar el derramamiento de sangre, Menou, en la noche del 12 vendimiario (4 octubre), concertó una especie de tregua con Delalot, burgués enérgico, jefe de la sección Le Pelletier. Pronto se extiende por París el rumor de que el defensor de la Convención ha capitulado y que la insurrección clama victoria.

Saludemos. He aquí que el astro de Bonaparte se levanta. Si Menou hubiera sido más débil o Delalot menos firme, la ocasión se hubiera perdido. Un joven militar sale de la sombra merced al coloquio de dos hombres oscuros, una noche, en la sección Le Pelletier, en una sala del convento de las Hijas de Santo Tomás, en el sitio en que hoy se encuentra la Bolsa. Así es como la "convención de vendimiario" ha lanzado a través del espacio a Bonaparte y su fortuna.

El general retirado pasaba la velada a dos pasos de allí, en el teatro Feydeau, con un amigo, mientras tenía lugar el incidente que había de contar en su carrera mucho más que Saorge y el fuerte de Eguillette.

La Convención estaba en sesión permanente. Ante los progresos de la insurrección, y para reemplazar a Menou, al punto destituido, pensó en Barras, que había mandado ya durante la jornada del 9 termidor. En plena sesión, un decreto nombró a Barras general en jefe del Ejército del Interior. Desde que estaba en París, Bonaparte veía con frecuencia a este diputado influyente. Aquella misma mañana le había ido a visitar, en Chaillot. Barras, desconfiando de sus propios talentos militares, apreciaba los del joven oficial, cuyos comienzos había contemplado en Tolón. Pide que el general Bonaparte sea nombrado su adjunto. La Asamblea consiente: le concede cuanto desea. El peligro apremia. Es preciso darse prisa; el propio Barras no se da bien cuenta del acierto con que ha elegido a su hombre. Los nombramientos tienen lugar en la noche del 12 al 13 vendimiario. Bonaparte toma en seguida sus providencias. Las cuales son tan juiciosas y su modo tan expeditivo, que a las seis de la tarde todo está acabado. Existe artillería en el Parque de los Sablons. Es preciso, ante todo, que los insurrectos no se apoderen de ella (Thiers, al principio de la Comuna, debió de acordarse del ejemplo que le daba aquel cuya historia trazó). Antes del alba, por orden de Bonaparte, el jefe de escuadrones, Murat, se ha apoderado de los cañones; después, los de las secciones son ametrallados en las gradas de la iglesia de Saint-Roch y sus restos dispersados. Trescientos o cuatrocientos insurrectos han perecido; las esperanzas de la contrarrevolución han sido aniquiladas.

Así, Bonaparte, que ha rehusado unos meses antes un puesto en Vendée, no ha dudado en disparar en París sobre moderados y monárquicos. Cierto es que no pone pasión en ello. Es como si fuera ajeno a esas querellas. Junot asegura que en los días que siguieron, su general le dice: "Si esos mozos (los seccionarios) me hubieran puesto a su cabeza, ¡cómo habría hecho saltar a los representantes!" Está entre las facciones sin odio ni amor. Pero, soldado de fortuna, no ha desperdiciado la ocasión que se le ofrece. Y además sigue la corriente del propio Ejército que es el campo de la Revolución. Será el "general Vendimiario", no sólo para la tropa, sino para los políticos; y se granjea el favor de aquellos termidorianos de izquierda que se consideran como los verdaderos republicanos, enemigos de toda dictadura. Su nombre alcanza, en suma, la notoriedad cinco días después del acontecimiento. Frèron le cita con elogios en su informe. Y Fain anota en su Manuscrito del año III: "Se pregunta de dónde viene, qué era, por qué servicios anteriores se ha recomendado. Nadie puede responder, excepto su antiguo general Carteaux y los representantes que han estado en el sitio de Tolón o en la línea del Var". Despierta la curiosidad y se dice que "su porte externo no tendría nada de imponente si no fuera por lo fiero de su mirada". Nace su popularidad. Se llama al ajacciano "el general de París".

Lo que no se percibe, lo que tampoco él aprecia –tan natural le resulta su posición–, es que ha dominado un debate que termina concediendo la palabra al cañón. Todo le llega al mismo tiempo. En primer lugar, hele aquí reintegrado a su empleo; ya no falta el dinero. Y lo envía a su madre. "La familia no carece de nada", escribe a José. Barrás renuncia a su mando militar; él le sucede. Su labor es la represión: desarmar a los insurgentes, perseguir a los culpables: "El nuevo general en jefe del Ejército del Interior acaba de hacerse recomendable por el modo como procede al desarme de las secciones. Todo lo que es rigor en sus órdenes deja de serlo en la ejecución". Después de ametrallar, concilia. No odia a estos reaccionarios que acaba de aplastar. Así, pudo complacerse en contar una anécdota que no adorna mal su leyenda. En estos días últimos de octubre recibe a un joven muchacho de buena apariencia que le pide autorización para conservar la espada de su padre, el general de Beauharnais, guillotinado bajo el Terror. Bonaparte, según su propio relato, acogió a Eugenio con benevolencia. Se complacía ya en ejercer el poder de aquella sonrisa –uno de sus grandes medios de acción–, con la cual sabía seducir o "abrumar" cuando quería. Algunos días más tarde, la madre iba a darle las gracias al cuartel general de los Capuchinos. Eugenio la ha hablado con entusiasmo del joven jefe, que le había escuchado como hidalgo y como soldado. En verdad, parece que ella había encontrado anteriormente a Bonaparte en casa de Barras. Algo la empujaba hacia el héroe del día, que podía ser un conocimiento útil. No se equivocaba. En aquel despacho de policía militar, una corona de Emperatriz esperaba a la ciudadana Beauharnais.

Una mujer aún bastante joven; una criolla peor que guapa, elegante sobre todo, y que juntaba, a la indolencia de las islas, las maneras y el empaque de la antigua sociedad. Mezcla de viva atracción para el antiguo caballero cadete, que había encontrado tierna y por demás sencilla a la hija del negociante Clary. Si la viuda del vizconde de Beauharnais, presidente de la Constituyente, general en jefe del ejército del Rin, había borrado la preposición de su apellido como hiciera, por su parte, el hijo del hidalgo corso, era, sin embargo, una mujer de calidad. ¡Ah! Y sin un céntimo. Vida de aventuras y de amantes. Bonaparte no se preocupó mucho de ello. Le devolvió su visita en la calle de Chantereine. Volvió todos los días. Josefina le gustaba, y mucho, seriamente. En seguida se apoderó de él, y en seguida quiso él, con el amor, el matrimonio. Su carrera se anunciaba bien. El pensaba que tenía medios para casarse con la mujer de su gusto; ella, que tanto valía aquél como otro. Josefina encontraba "raro" al enamorado y fogoso corso de veintiséis años que la pretendía a sus treinta y dos bien cumplidos. Fácil, indolente, se dejaba querer. Sobre todo, ella estaba "acorralada". Y ya era hora de poner fin a su situación. No es que Bonaparte propusiera el matrimonio; es que lo pedía de rodillas. Estaba atado por el corazón; algo, por la vanidad. Es un teniente enamorado de una mujer de mundo. "Se imaginaba –dice Marmont– dar un paso mayor en la sociedad que quince años más tarde, cuando compartió su lecho con la hija de los Césares". Contaba él mismo a Gourgaud que Barras le había aconsejado que se casara con Josefina. Ella estaba bien con "el antiguo régimen y con el nuevo", lo que daría al joven general "consistencia" y le "afrancesaría". ¿Se ha observado a este propósito que jamás Bonaparte parece haber pensado en tomar mujer en Córcega?

Josefina aceptó; se quitó años ante el funcionario que los casó civilmente. No se pasó por la Iglesia, y con motivo. Testigos: Tallien y Barras, de quien se dice que conoció muy íntimamente a la desposada. La dote de Josefina son sus relaciones entre la nobleza republicana. La dote de Josefina son sus relaciones entre la nobleza republicana. La dote de Bonaparte es más hermosa; pero, con su mano izquierda, su querida no habrá de ayudar poco a formarla. Cuando su enlace queda legalizado, el 9 de marzo de 1796, hace siete días que ha sido nombrado, por decreto del Directorio, general en jefe del ejército de Italia y dos que ha recibido la comunicación de su destino.

Los cuatro meses que transcurren desde su primera visita a la calle de Chantereine no los ha empleado sólo en el amor. Vendimiario le ha proporcionado la ocasión de mostrar a los jefes de la República que pueden contar con él. Pero si sabe hacer la guerra en las calles, sabe también hacer otra guerra. El cañoneo de la calle Saint-Honoré es un incidente que le ha puesto con el pie en el estribo. Tiene su idea, y la persigue. Siempre es la misma: la guerra de Italia. Conoce el país; conoce el terreno. Si en alguna parte puede aplicar su concepción de la guerra, es allí. Desea el mando de ese ejército. Lo pide en premio del servicio que ha prestado a la República salvándola. Con tanto empeño como agua paciencia, trabaja desde fines de octubre cerca de los Directores. Es ambicioso, pero flexible, persuasivo; en modo alguno arrogante. ¡Hay todavía tantos hombres, aunque mediocres, por encima de él!

Si, entre los Directores, Barras, que nada quería negar a Josefina, estaba de su parte, todo dependía de Carnot. Los asuntos militares, en aquel Gobierno, eran de la incumbencia, por derecho propio, del "organizador de la victoria", que a diario veía al general en jefe del Ejército del Interior. Y casi a diario, después de los asuntos del servicio, Bonaparte hablaba de Italia, haciendo valer "sus positivos conocimientos". Carnot, que le conocía desde Tolón, que sabía lo que había hecho en Saorge y en Cairo, que le había visto al trabajo en su oficina topográfica y que le llamaba su "pequeño capitán", le escuchaba con gusto, pese a su natural frío y desconfiado. Un día que Scherer, que mandaba el ejército de Italia, había enviado malas noticias, Bonaparte exclamó: "Si yo estuviera allí, los austriacos serían bien pronto derrotados". "Iréis", dijo Carnot. Entonces, hábilmente, Bonaparte se mostró modesto, presentó las objeciones que podrían hacérsele, su juventud, sobre todo. Después, volviendo a ser el mismo: "Estad tranquilo –le dice al Director–; estoy seguro de mi papel". Carnot-Feulins puso en guardia a su hermano contra el joven general corso, "aventurero cuya ambición introduciría en la República la confusión". Pero el ejército de Italia era aquel en que más faltas había que reparar. Todos los que habían estado a su cabeza quedaban mal. Bonaparte conocía el país. Tenía empuje e ideas. ¿La República? Acababa de salvarla. ¿Por qué privarse de sus servicios?, pensó Carnot. Y, sin duda, bajo el Imperio, del que se mantuvo apartado hasta la invasión, el representante de la Revolución guerrera pudo decirse que los más firmes republicanos habían tenido al déspota en sus rodillas. Le habían mimado, nutrido, dado calor. Carnot se excusaba alegando que hubiera querido hacer de Bonaparte el Washington de Francia.

Otras veces se respondía melancólicamente a sí mismo que la ambición, en un general victorioso, puede predecirse con seguro acierto. No debía haber hecho falta que la República tuviera necesidad de los militares y de los mejores. No debía haber sido preciso que Carnot, el primero, hubiese hecho inevitable el gobierno de un soldado, llevando a Francia, por la anexión de Bélgica, a una guerra sin salida.

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 65 - 77.