viernes, 12 de agosto de 2016

Una historia de Napoleón (IV): luz y tinieblas



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Cuando Bonaparte, capitán como antes, entra en el Ejército después de este largo y estéril intermedio corso, es para encontrarse de nuevo con la guerra civil. El Mediodía se ha levantado contra la Convención. Afecto al 4.º Regimiento de Artillería, en una compañía que guarnece a Niza, Bonaparte desempeña en ella modestas funciones. El general Du Teil, hermano de su viejo protector de Auxonne, le emplea en el servicio de las baterías de costa. El capitán construye hornos de reverbero, nueva invención para poner al rojo las balas destinadas a "incendiar los navíos de los déspotas". En este estilo escribe entonces: en 1793 era corriente y prudente escribir así. De los hornos de reverbero pasa al tren de equipaje. Se le envía a Aviñón para organizar los convoyes del Ejército de Italia, oficio casi de carretero. Pero en camino, encuentra Aviñón ocupado por los federalistas marselleses. Tiene que esperar a que la ciudad sea reconquistada para dar fin a su misión.

Napoleon Bonaparte en Egipto

Ocupado en estos oscuros menesteres, empieza a inquietarse. Nadie se acuerda de él. ¿Se le irá a olvidar en puestos subalternos? Es preciso llamar la atención. Desde Aviñón, se consume preparando sus convoyes, dirige una solicitud al "ciudadano ministro" para que se le destine al Ejército del Rin. Y con la misma pluma compone el diálogo, que titula la Cena de Beaucaire, si bien, probablemente, no fue escrito en Beaucaire.

Es una obrita de buen aire, muy bien hecha: aunque no era la de un futuro Emperador, se echaría de ver en ella el talento. Hay más todavía, y es una claridad que llega a trocarse en fuerza. Los argumentos se atropellan, alineados con buen orden; argumentos políticos y militares que prueban que la insurrección del Mediodía es vana, que será vencida, que no tiene ni los medios ni, sobre todo, el aliento que sostienen a la Vendée y que hacen a ésta tan temible. Porque la Cena de Beaucaire es un folleto de actualidad. El autor sabe lo que es la propaganda. En Ajaccio se ha ejercitado en ella. Analiza, con frialdad de inteligencia y sereno espíritu, una situación, al mismo tiempo que hace la apología del Gobierno terrorista. Demuestra al federalista marsellés que la causa de los girondinos está perdida de antemano. El "genio de la República" la ha abandonado. La Convención saldrá triunfante, porque dispone de tropas aguerridas. La rica ciudad de Marsella será arruinada por terribles represalias. Es de su interés cesar lo antes posible en una resistencia inútil; la razón así lo exige. Todo esto está dicho con autoridad, pero con elegancia, huyendo de la jerga revolucionaria y las injurias, afectando no tomar partido por nadie, no considerar más que los hechos. Nada podía ser más grato a los representantes del pueblo que liquidaban la represión del federalismo en el Mediodía.

Horro como estaba de dinero, Bonaparte había pagado de su bolsillo la impresión del folleto. Es que calculaba el efecto, y no calculaba mal. Estaba destinado menos a convencer a los insurrectos que a llamar la atención sobre el autor. Por fortuna, Saliceti, con quien Bonaparte se había ligado en Córcega en su lucha común contra Paoli, se encontraba entre los comisarios de la Convención que acompañaban al Ejército de Carteaux, encargado de reprimir la rebelión del Mediodía. Después de haber reducido Aviñón, Niza y Marsella, Carteaux puso sitio a Tolón insurrecto, que había llamado en su auxilio a los ingleses. El joven capitán, al llegar a Niza con su convoy, se detuvo en el Cuartel general de Beausset para hacer una visita a su compatriota Saliceti. Por fortuna, además se encontró con que el jefe de btallón, Dommartin, que mandaba la artillería, acababa de ser gravemente herido. Saliceti propuso que su puesto se le diera al "ciudadano Bonaparte, competente capitán". El otro representante, Gasparin, accedió. Los convoyes se fueron a Niza como pudieron. El capitán tenía, por fin, un puesto de acción.

Si bien puso en él mostrar lo exacto de su golpe de vista y su espíritu de iniciativa, no se debe exagerar la impresión que produjeron sus talentos militares. La leyenda se apoderó más tarde, pero bastante tarde, del gran Napoleón en el sitio de Tolón. Lo que hubo en él de más notable en la parte que tomó en las operaciones, no se podía entonces ni saberlo ni apreciarlo, y sus más grandes admiradores parecen no haberlo apenas advertido.

Once años después, cuando el joven príncipe de Baden dice en Maguncia que no había nada que ver para él, el Emperador le responde con viveza que se equivoca; que a su edad, él, cada vez que tenía tiempo disponible en una ciudad, lo empleaba en examinar las fortificaciones, y esto es lo que había hecho en Tolón, cuando, de oficial subalterno, se paseaba por la ciudad esperando el barco de Córcega. "¿Quién os dice que no tendréis algún día que asediar Maguncia? ¿Sabía yo entonces que habría de reconquistar Tolón?".

He aquí uno de los secretos de Napoleón y una de las razones que justifican su suerte prodigiosa. La rapidez de la concepción, la seguridad del golpe de vista, las posee; pero nutridas de estudio. ¿Habría sabido, al llegar al Ejército sitiador, por dónde era preciso atacar a Tolón si, antaño, al pasar por allí para embarcarse no hubiera, como siempre y cómo en todas partes, aprendido alguna cosa? En lugar de perder el tiempo en el café, se había dado cuenta de la topografía, había observado el sistema de defensa, por aquella curiosidad, aquella necesidad de conocer, de que jamás se hartaba. De la misma manera, estando arrestado, había leído las Instituciones de Justiniano, sin sospechar que un día presidiría, en un Consejo de Estado, la redacción del Código civil. Asimismo, además, en su cuarto de ocho libras ocho sueldos al mes, había tomado notas sobre la Constitución de Suiza, sin prever que llegaría a ser mediador de la Confederación Helvética. En todas las páginas, su historia nos enseña las ventajas de la ciencia, como en la fábula de La Fontaine.

Así es como, no por intuición, sino por razonamiento, al tomar posesión de su puesto, indicó inmediatamente la Eguillette como el punto de que era preciso apoderarse, porque dominaba la rada. Cuando se fuera dueño de ella, los navíos ingleses y españoles quedarían bajo el fuego de cañón y no tendrían más remedio que zarpar. La ciudad caería entonces. Y esto es lo que, en efecto, sucedió.

El comandante del sitio, Carteaux, era demasiado buen hombre para sans-culotte; pero al cabo ignorante. Había sido dragón y algo así como gendarme. También se había dedicado a la pintura. Su espíritu era limitado; sus conocimientos militares casi nulos. Se quedó en ayunas cuando Bonaparte, señalando la punta de la Eguillette, dijo que Tolón estaba allí: declaró que aquel joven inexperto no estaba muy fuerte en Geografía. Durante más de un mes, Carteaux puso obstáculos al plan del joven oficial. Los comisarios Saliceti y Gasparin comprendieron que era, sin embargo, el capitán quien tenía razón. Obtuvieron del Comité de Salud Pública la situación de Carteaux, no sin haber indicado que "Buona Parte era el único capitán de artillería en estado de concebir estas operaciones". Pero la Convención no tuvo mejor mano con Doppet, un antiguo médico, a quien su incapacidad hizo que fuese destituido al poco tiempo. Dugommier, que sucedió a Doppet, tenía más experiencia de la guerra. Sin embargo, dudaba en adoptar las ideas de Bonaparte, a quien los representantes habían nombrado jefe de Batallón, cuando otro apoyo vino en ayuda del joven oficial. El Ejército de sitio había sido acrecentado, confiándose al general Du Teil la artillería y quedando Bonaparte como segundo jefe. Pero Du Teil debía de ver la situación como él. Cualquier verdadero militar sabía que para tomar Tolón era preciso dominar la rada. Si Bonaparte se distinguió por algo, fue por sus ideas claras, por la diafanidad de sus explicaciones, por el espíritu consecuente con que afirmaba lo que había que hacer para triunfar.

Du Teil, envejecido, fatigado, dejaba hacer a Bonaparte, le daba la razón. Había llegado a convencer a Dugommier, cuyo plan, inspirando en el de Bonaparte –detalle más o menos–, fue sometido al Consejo de Guerra, que lo aprobó. Tal fue, en cuanto es posible determinarla, la parte que en esto tuvo el segundo jefe de la artillería de sitio. Hay que añadir que también expuso su persona. Durante los asaltos fue por dos veces herido. Disparó el mismo los cañones, y siempre se ha creído que contrajo la sarna, que le aquejó tanto tiempo, manejando el atacador que un hombre fuera de combate acababa de soltar.

En fin, el 17 de diciembre de 1793, la Eguillette cae, y todo acontece como él lo ha previsto. Los navíos ingleses y españoles, amenazados de incendio por los impactos de balas al rojo, zarpan y entregan la villa insurrecta a las venganzas de la Convención.

La recompensa de Bonaparte es su nombramiento de general de Brigada a petición de Saliceti y de Robespierre el joven, que ha asistido al acontecimiento. La recomendación del hermano de Maximiliano perjudicará a Bonaparte después de Termidor. Pero se ha dado a conocer a otro convencional. Barras era igualmente comisario en el Mediodía. No había creído en la toma de Tolón dada su formidable apariencia. Retuvo el nombre de Bonaparte. Lo recordará en el momento de Vendimiario, en una circunstancia que ha de ser absolutamente decisiva para la carrera de Napoleón.

Porque si el nuevo general ha adquirido ya una reputación, no la tiene todavía sino cerca de contadas personas. Camaradas suyos son Junot, Marmont y, sobre todo, Muiron, el más dilecto de su alma, que habrá de morir en Arcole al protegerle. Empieza a ser conocido de un cierto número de militares. Pero su nombre está lejos de haberse impuesto. ¡Son tantos los nombres de aquel momento! ¡Y, en pleno terror, los espíritus están ocupados por tantos dramas! Cuando Junot anuncia a su familia que Bonaparte le ha tomado por ayudante, su padre le responde: "¿Por qué has dejado tu Cuerpo? ¿Quién es ese general Bonaparte? ¿Dónde ha servido? No lo sabe nadie". En la carrera de Bonaparte, Tolón no es más que un primer peldaño, apenas una etapa, sólo un buen comienzo; pero es un episodio de guerra civil, lo cual importa serios inconvenientes. Y además, a fines de 1793, los hechos de armas abundan. No es extraordinario el ser ascendido a general de Brigada. Generales hay muchos y los hay famosos. Para que la gloria alcance al joven artillero que se distinguió en Tolón, harán falta todavía muchas circunstancias. Digámoslo sin ambages: Bonaparte no ha salido de la oscuridad. Se le tienen en cuenta los servicios que ha prestado; pero nadie le atribuye la victoria. El mismo se domina lo bastante para no embriagarse con este primer éxito. Si empieza a entrever un avance, no cree que haya ganado la corona de Carlomagno. Si la ambición comienza a poseerle (ambición distinta que la de ser notable entre los corsos), "todo ello, decía a Las Cases, no llegaba muy alto; estaba lejos de considerarme todavía hombre superior".

Tenía razón para ser modesto. Otras vicisitudes le esperaban, porque aquellos tiempos eran difíciles y lo que se había ganado un día se convertía al siguiente en motivo de fracaso. Bonaparte adquirió, sin duda, en Tolón, provechosas relaciones. Y también peligrosas. Se había comprometido con los terroristas. Y aún se comprometerá más de lo necesario, más tal vez de lo que quisiera, porque Termidor está llegando y Termidor lo encontrará ligado con Agustín Robespierre, que le habrá recomendado a su terrible hermano mayor como hombre "d'un mérite transcendant". Recomendación que será tan funesta, después de la reacción termidoriana, como antes lo eran los nombres de girondino y federalista. Napoleón era bastante discreto acerca de este período de su vida en que la fortuna, después de una sonrisa, había cesado, en verdad, de serle benigna. Encargado de volver a poner en esta de defensa las costas de la Provenza, ¿no sufrió un día la amargura de ser denunciado por los jacobinos, que le acusaron de haber levantado uno de los fuertes de Marsella de acuerdo con los enemigos de la República? Los efectos de una tal delación, por absurda que fuera, jamás se hacían esperar. El general Bonaparte es citado a la barra de la Convención. Tiene, para evitar este viaje fatal, que hacerse expedir certificados de civismo, que bien pronto argüirán contra él y servirán para probar su complicidad con los hombres sanguinarios.

Libre de este enojoso asunto, recibe en marzo de 1794 el mando de la Artillería del Ejército de Italia. Esta es su primera aparición en uno de los teatros de la guerra exterior. Y allí no pasará inadvertido. Es casi cierto que a partir de su llegada al Cuartel General, los planes fueron redactados por él. La marcha de las operaciones quedó señalada por su presencia. En Saorge y sobre el Roya, ensaya sus talentos militares, madura sus principios estratégicos, labra la concepción general de su próxima campaña de Italia. No es menos cierto que no lo inventaba todo y que se encontró, allí también, la mayoría de las ideas que dos años más tarde aplicará más en grande y con brillantez. Conquistar Italia para aprovisionar de ella los Ejércitos y para procurar dinero a la República, es idea que los convencionales ya han tenido, y el representante del pueblo Simond hablaba, antes de la famosa proclama, de "los ricos graneros de la Lombardía". El propio Simond repetía lo que los encargados de negocios franceses en Génova, en Roma y en Florencia escribían desde hacía meses, mostrando las riquezas italianas como presa fácil de arrebatar, cuando la República tenía tan apremiantes necesidades de dinero. En cuanto a atacar a Austria por Lombardía y a coger de revés al Imperio germánico, los generales de la Monarquía se lo habían propuesto antes que los de la Revolución: Catinat, Villars, Maillebois, habían precedido a Bonaparte; Carlos VIII y Francisco I habían tomado la ruta en que la República a su vez se enfrascaba.

Tales comienzos de Italia, que habían de ser tan provechosos para el joven general, que prepararon su campaña fulminante de 1796, estuvieron a punto de perderle. Sin sospecharlo, en Saorge y en los bordes de la Roya, corrió otros peligros que los del fuego: se entrometió y se comprometió en las temerosas querellas que enfrentaban unos con otros a los hombres de la Revolución.

En el Estado Mayor del general Dumerbion, ha vuelto a encontrar caras conocidas: su compatriota Saliceti, Robespierre el joven. Con ellos simpatiza en seguida. Los representantes del pueblo están por la ofensiva, y la ofensiva es lo suyo. Tiene de ella no sólo el temperamento, sino la doctrina. Conoce los procedimientos y los medios. Sólo que el momento en que traza el plan de ella es el mismo en que el Comité de Salud Pública se divide tan hondamente en lo que atañe a la conducción de la guerra, como en lo que concierne al conjunto de la política. Carnot, sobre todo, entra en oposición con el dictador. Antes pacifista, Maximiliano Robespierre está ahora por la lucha a fondo sobre todos los frentes, mientras que su colega se alarma de la extensión de la hostilidades. El fin de este conflicto es el 9 de Termidor.

El día en que cae Maximiliano, Agustín está en París. Ha dejado el Ejército para conseguir del Comité que las operaciones se lleven con vigor, según el plan decretado de concierto con Bonaparte. Agustín pereció con su hermano. Desde el día siguiente, el Comité de Salud Pública da la orden de detener la ofensiva en el frente italiano y de limitar las operaciones a la defensa del terreno conquistado.

Difícil es discernir hasta qué punto el jacobinismo de Bonaparte fue sincero. Más difícil todavía decir si lo que le ligó a Agustín fue más la simpatía que la utilidad. Jamás se jactó de sus relaciones con los dos hermanos. Tampoco las negó. Las pasó en silencio. Y tal vez, con sus instintos autoritarios, tuviera una cierta simpatía por la dictadura de Robespierre, salvo la guillotina. "La prolijidad de la correspondencia y de las órdenes del gobierno es una señal de su inercia; es imposible que se gobierne sin laconismo". Esta máxima, que podría ser del emperador, es de Saint-Just. Es indicio de ciertas afinidades. En todo caso, será por mucho tiempo jacobino, tal vez con matices, pero cuidando bien de que no le abandone el "genio de la república".

En tiempos de revolución, quien un día gana al otro pierde. Bonaparte no ha sido del partido triunfante más que para ser inmediatamente del partido vencido. Se encuentra más comprometido de lo que quisiera con los Robespierre cuando sobreviene el 9 de Termidor. Y el terror ha producido sus efectos, ha dejado los hábitos del despotismo. Se quiere complacer a los amos del momento. Para darles prendas se buscan valedores, se muestra celo, se denuncia. Sorprendidos por la reacción termidoriana, temiendo por ellos mismos, los representantes del pueblo en el Ejército de Italia sobrepasan las instrucciones nuevas que el Comité les envía. Entonces pudo Bonaparte medir la humana cobardía. Albitte, Laporte, el propio Saliceti, su protector, su amigo, no quieren ya tener nada de común con el "hacedor de planes" de Robespierre y de Ricord. El pavor se lo hace sospechoso. Les ha faltado poco para estar comprometidos. Los colaboradores de la víspera ya no son más que "intrigantes e hipócritas" que les han "engañado". Este Bonaparte era "su hombre". Debe de ser un traidor. Una misión, una encuesta, de la que Ricord le encargó en Génova, les parece como un sombrío complot relacionado con el de la facción a la cual la Convención acaba de abatir. Once días después del 9 Termidor, por orden de ellos, es arrestado el general de Artillería.

En seguida se le suelta, no sin que haya protestado contra una acusación tan torpe, no sin que sus camaradas, Marmont y Junot sobre todo, hayan unido sus protestas a las de Bonaparte. Se le suelta, desde luego, por falta de pruebas. Y además el enemigo, viendo que los franceses dudan, ha recobrado valor y se torna amenazador. Bonaparte queda en libertad. Y se le devuelve su mando, porque no se encuentra a nadie que le reemplace. Aconseja que se prepare el ataque, y el 21 de septiembre son vencidos en Cairo los austriacos. Sin embargo, el informo de Dumerbión al Comité, al menos tal como se lee en la Convención, no habla ni del general de Artillería ni de sus sabias combinaciones. El éxito de Cairo no tuvo consecuencias. Pero en estas operaciones, que anuncian y preparan victorias más resonantes, Bonaparte, sirviéndose de la experiencia que acaba de adquirir sobre el terreno, entrevé las líneas de un plan más vasto y más completo, plan que tendrá tiempo de madurar y que ejecutará cuando sea comandante en jefe.

Porque, pese a los servicios que acaba de prestar, no logra librarse de la sospecha que ha caído sobre él desde el 9 de Termidor. Por lo demás, la guerra ofensiva queda decididamente abandonada, y Napoleón vuelve a los oscuros empleos, a la organización de la defensa de las costas en el Mediterráneo. En París, los despachos de la guerra desconfían de los oficiales del Ejército de Italia, cuyo espíritu se tacha de dañoso e inficionado de jacobinismo. Se les dispersa por diversos Cuerpos. En Marzo de 1795, Bonaparte, llamado del frente italiano, queda designado para el Ejército del Oeste, es decir, para la Vendée.

Se niega. ¿Por repugnancia a batirse contra franceses? ¿Por cálculo profundo en previsión del futuro? Sin embargo, en Tolón tomó parte en la guerra civil. Bien pronto cañoneará a los monárquicos en las gradas de Saint-Roch. Marceau, Kléber, Hoche, han combatido a los vandeanos sin comprometer su reputación, demostrando incluso que los jefes militares eran más humanos que los civiles, y que la ferocidad estaba fuera de los Ejércitos.

Pero no le gustó a Bonaparte que se le sacase de Italia. Le displacen los escenarios pequeños, y en Italia hay grandes cosas que hacer. Tampoco le agrada más enterarse, al llegar a París, que se le destina a una brigada de Infantería. Como artillero, cree que se le rebaja. Tiene una discusión muy viva, en el Comité de Salud Pública, con Aubry, un moderado que desconfía de los oficiales "terroristas", y con razón, porque será deportado a Cayenne después de Fructidor. Al fin Bonaparte, por negarse a marchar a su puesto, es borrado de las listas del Ejército.

Su negativa no arregla en modo alguno sus asuntos; parece casi absurda y ha de ocasionarle días malos. No obedece sino a sí mismo; acostumbrado a mandar, cifra su orgullo en desobedecer. Sin embargo, no tiene medios para ser independiente, y el retiro le coge en mal momento. Es cuando el asignado se deprecia, cuando de semana en semana la vida se hace más cara. Los recursos de sus amigos, de los parientes, escasean. Es preciso que la familia Bonaparte se preste mutua ayuda. Pronto es Napoleón el que, encontrándose en fondos, envía un socorro a Luciano. José, que por su casamiento con la hija del comerciante en tejidos no vive en la penuria, hace lo que puede por sus hermanos y hermanas. El fiel Junot recibe de sus parientes pequeñas sumas que arriesga en el juego, y que, cuando gana, reparte con su jefe. En suma, exageraciones y leyenda aparte, el general a medio sueldo come a veces un poco de carne atrasada. Ya ha conocido la pobreza. Ahora habrá días en que verá de cerca la miseria.

En esta calamitosa etapa de su existencia se conservan de él imágenes que le muestran bajo un triste aspecto. Es creencia común que entonces no le tenía bueno. Su delgadez es deplorable; su tinte, amarillo; sus cabellos, descuidados; su guardarropa, inexistente. Con su talla, que era mediana –apenas se le atribuye un metro 65 centímetro–, parece pequeño, escaso de carnes, como lo parecerá cuando engorde. Arrastra con él dos ayudantes, o más bien dos acólitos, Junot y Marmont, que no están desde luego más relucientes que su general. Un día que zancajean por el boulevard, Junot le confiesa que ama a Paulina, y el hermano le razona: "Tú no tienes nada, ella nada tiene. ¿Cuál es el total? Nada". Estaban lejos, ni por asomos, los ducados, los principados y los tronos.

Junot no se casó con Paulina, sino con Laura Permon, que será duquesa de Abrantès. La madre de Laura, que era corsa y emparentada con la familia Bonaparte, acogió al joven general, que se hallaba a gusto en la casa. La duquesa de Abrantès, lengua charlatana y maldiciente, traza de Bonaparte en aquel momento un retrato en alto grado verosímil. Se le ve con sus botas viejas y llenas de barro después de sus caminatas por París, feliz al sentarse ante una chimenea y una mesa, aventurero, un poco gorrón, en aquel medio burgués.

Pasa sus días haciendo visitas, manteniendo sus relaciones, conociendo aquel mundo, o, mejor dicho, lo que entonces le reemplaza, un mundo alegre del cual Barrás es ornamento; rondando el Ministerio de la Guerra en busca de un destino. Porque no está abatido. Su espíritu trabaja; hace "mil proyectos cada noche, al dormirse". Los somete a la consideración del Comité de Salud Pública encargado de los planes de campaña, y como demuestra su conocimiento de Italia, en donde las operaciones bajo Kellermann no son felices, se le agrega a la sección topográfica. Se le consulta como especialista del frente italiano. Pero, en este momento, se entera de que el Sultán pide a la República oficiales de Artillería. El Oriente, en donde no se hacen cosas grandes, sino grandiosas, le tienta. La idea de que por allí puede atacarse a la potencia inglesa, está ya en el aire, y, por otra parte, una misión en el extranjero está bien pagada. Por dos veces Bonaparte se ofrece para organizar el Ejército turco. Se le designa y se apresta a marchar, llevando incluso una parte de su familia a Constantinopla, cuando sobreviene una contraorden. Un miembro del Comité, probablemente debido a una nota de los Negociados, ha hecho observar que la presencia del general era más útil en el servicio topográfico. Sin el oscuro Jean Debry, Napoleón hubiera perdido la primera ocasión de su vida, la que determinará lo que ha de ser el resto de ella. Así –dice justamente uno de sus historiadores–, había sido retenido en Inglaterra Cromwell, en el momento en que embarcaba para América.

En espera de que la ocasión surja, estos meses de agosto y de septiembre de 1795 se cuentan entre los más inciertos de la vida de Napoleón: un día, abatido; al siguiente, lleno de esperanza. "Si esto continua, amigo mío, terminará por ni siquiera apartarme cuando pase un carruaje", escribe a José. Y en otra carta, un mes más tarde: "Yo no veo para el porvenir más que asuntos agradables". Entretanto, en el Comité de Salud Pública, Letorneur ha vuelto a coger la carpeta del asunto de los oficiales jacobinos, cómplices de Robespierre.

El 15 de septiembre, Letorneur decreta que "el general de brigada Bonaparte, antes puesto a disposición del Comité, queda borrado de la lista de los generales con destino, atendiendo a su negativa de incorporarse al puesto que le había sido designado".

Dondequiera asediado, el pobre gobierno de entonces no se arredraba por incoherencia de más o de menos. Antes de seis meses, el general destituido recibirá un gran mando: porque, antes de tres semanas, habrá salvado a la República.

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 51 - 64.