jueves, 18 de agosto de 2016

Una historia de Napoleón (VIII): itinerario de las Pirámides a Luxemburgo



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Hábil había de ser quien adivinase lo que pensaba Bonaparte cuando volvió a París, en diciembre de 1797, después de veintiún meses de ausencia. ¿Es que él mismo lo sabía? Para los monárquicos, los clichyens, las gentes de derecha que cañoneó en vendimiario, tiene siempre el mismo desprecio. No trabaja para ellos. Pero pasando por Ginebra para ir al Congreso de Rastadt, avisado de que el castellano de Coppet le esperaba en la carretera para saludarle se negó a detenerse. Es que –dice su Ayudante de Campo Marmont–, tenía "una prevención mantenida por el odio contra M. Necker y le acusaba de haber preparado la Revolución más que otro alguno". No quiere más a la hija que al padre: Mme. de Staël será una de sus pesadillas. Para el golpe de fructidor cedió a Augereau, que fue pagado por aquellos servicios políticos con el mando del Ejército del Rin. Pero, en el camino de Rastadt, también Bonaparte elude el encuentro con este ejecutor de las obras jacobinas. Sin embargo, en el curso de este mismo viaje, atravesando Suiza, excitó los cantones demócratas contra la aristocracia de Berna, como se había jactado de haber destruido la oligarquía veneciana en nombre de los principios de la Revolución.

Napoleon Bonaparte y camellos

El General Bonaparte es un enigma. Solemnemente recibido en París por el Directorio, es conducido al "altar de la Patria" por Talleyrand, que no dice ya más que misas laicas. Escucha seriamente el Himno a la libertad cantado por los alumnos del Conservatorio. Después, a las felicitaciones de los Directores, el Procónsul de Italia responde con frases breves y vagas, máximas generales que cada uno interpreta como le place. Es, según los gustos, el héroe de Arcole o el pacificador de Campo-Formio. Es el que detiene la guerra o el que la prosigue, para dar por siempre a la República las fronteras que "la misma naturaleza ha dispuesto"; y asimismo, en idéntica medida, el que prosigue la Revolución o el que le fija término.

Sus actitudes, sus trajes, mantienen este equívoco. El Tribunal de Casación da una audiencia en su honor. Asiste acompañado de un solo ayudante, los dos de paisano. Se le elige miembro del Instituto, sección de Matemáticas, y no falta una sola sesión. Busca, frecuente, entusiasma a los sabios, a las gentes de letras, a los "ideólogos", y el uniforme académico es el que viste con preferencia para las ceremonias oficiales. Guerrero, diplomático, sabio, legislador, es todo a la vez, como lo era en su corte de Mombello. Es a la gloria de las armas a la que parece tener menos apego. ¿No tiene acaso los honores militares como por añadidura? El departamento del Sena rebautiza la calle de Chantereine, donde vive con Josefina, para llamarla calle de la Victoria. El vencedor de Austria, de sus ejércitos, de sus viejos mariscales, pone una especie de elegancia en dejar que los demás se cuiden de decir que es un gran capitán.

Hay en ello menos afectación, y hasta tal vez menos cálculo que sentido de su superioridad. Con los "abogados del Directorio" no es ni servil ni arrogante. Les dedica un desdén tranquilo y secreto. Evita tener asuntos con ellos. No busca el favor de ninguno. Hoche, que acaba de morir, intrigaba con Barras. Joubert es el hombre de Sieyès. Pichegru, Moreau, tal vez, tienen compromisos con los monárquicos como Augereau con los jacobinos. Bonaparte está solo. El no es más que él. Está por encima de los partidos, a la vez en la Revolución y fuera de la Revolución, sin rencor ni amor. Es su postura natural. Se podría decir que la mantiene desde que puso por primera vez el pie en Francia y entró en la Escuela de Brienne. Es una postura de indiferencia, una postura insular, muy fuerte y que le pertenece en exclusiva: la de un árbitro y ya casi la de un soberano. El 21 de enero de 1798, se celebra, como todos los años,  el aniversario de la muerte de Luis XVI. Bonaparte, "el hombre de la República", llamaría la atención si se abstuviese de asistir a esta ceremonia revolucionaria. Sin embargo, se niega a asistir en calidad de General y si va es confundido entre las filas de sus colegas del Instituto. No es que trata de atraerse a los monárquicos, sino que no le gusta, que no aprueba el regicidio. "Esa política de celebrar la muerte de un hombre no podía ser jamás, decía, el acto de un Gobierno, sino solamente el de una facción". Es un recuerdo que divide a los franceses, cuando tanto necesitan de estar unidos. En fin: no es nacional. Ya piensa en reconciliar, en "fundir" la antigua Francia con la nueva, lo cual será el espíritu de su Consulado.

Pero, si tiene la ambición natural de ser el amo en París, como lo era en Milán, de "proteger" a la República Francesa, como fue protector de las repúblicas traspadana y cispadana, la conquista del poder es una tentación que aparta de sí. Es hombre que aprende siempre y cuyo golpe de vista es seguro. Todo cuanto observa, confirma la impresión que tenía en Italia sobre el estado moral y político de Francia. "No había bastantes males presentes para justificar, a los ojos de la multitud, un acto cuyo objeto sería apoderarse violentamente de la autoridad", dice el ayudante Marmont, que añade: "Si hubiera intentado un golpe de fuerza, los nueve décimos de los ciudadanos se habrían apartado de él". Para ser el síndico de los descontentos, es preciso que exista bastante descontento. También es necesario para triunfar haber hallado el punto de intersección de las ideas y el de conciliación de los intereses. En resumen: hace falta no errar la hora y, llegado el momento, habrá que pagar. "El tiempo es el gran arte del hombre, escribía más tarde a su hermano José. La fiebre gala no se acostumbra a este gran cálculo del tiempo; es, sin embargo, sólo esta consideración la que me ha proporcionado el éxito en todo cuanto he hecho".

A principios del año 1798, el Directorio, a pesar de fructidor, es todavía bastante moderado y no despierta seria alarma. Parece que la flojedad termidoriana continúa. Se haría, pues, inevitable asestar un golpe de fuerza en sentido contrarrevolucionario apoyado en los elementos reaccionarios, lo que Bonaparte no quiere de ningún modo. Y los elementos reaccionarios son "la facción de los antiguos límites", mientras que la mayor parte de los franceses disfrutan con los límites naturales que creen conseguidos en tanto que están resueltos a despedazar a la potencia hostil que se obstina en ser la última, que no reconoce estas fronteras. Coburgo cae. La opinión pública pide que se derribe a Pitt, a la pérfida Albión, y no al Directorio.

Por otro lado, Bonaparte sabe desde hace tiempo que el Gobierno desconfía de él y le vigila, que hay en el ejército gente celosa de él. Sabe también que si es popular, la popularidad tiene nombre femenino. "Un renombre reemplaza a otro; aún no se me habrá visto tres veces en escena cuando ya no se me querrá ver más". Se diría que ha leído aquellas cartas en las que Mallet du Pan, informador de los Príncipes, escribe en ese momento: "Este Scaramouche, de cabeza sulfurosa, no ha tenido más que un éxito de curiosidad. Es hombre acabado". Según Sandoz, Ministro de Prusia, los parisienses empezaban a murmurar: "¿Qué hace aquí? ¿Por qué no ha desembarcado todavía en Inglaterra?" Bonaparte se decía también: "Si sigo mucho tiempo sin hacer nada, estoy perdido". Temía verse olvidado como en la época, tan próxima todavía, en que llevaba convoyes de Aviñón a Niza. Echaba de menos a Italia. Tenía necesidad de hacer algo; y algo que fuera igualmente grande.

Entre tanto, no gustaba a los Directores verle cerca de ellos. Si encontraba Bonaparte que su renombre estaba en baja, ellos lo estimaban excesivo e "inoportuno". El modo de alejarlo de París era darle un cargo lo bastante elevado para que ni él ni el público pudieran quejarse de que se le negara justicia. El Gobierno le confió el mando del "ejército de Inglaterra".

Acabar con los ingleses por invasión de su isla, no era una idea nueva. La Revolución lo había pensado mucho antes de establecerse el campo de Boulogne. "Habrá que ver cómo soportará Inglaterra el desembarco de doscientos mil hombres en sus costas", decía Carnot. A Hoche se le había encargado un desembarco en Irlanda en momentos en que Bonaparte estaba en Italia. Hoche perdió un año en organizar esta expedición quimérica. En menos de tres semanas, después de una visita de inspección a Calais y a Ostende y con el informe de Desaix, enviado a Bretaña, Bonaparte se dio cuenta de la inanidad de este vasto proyecto para cuyo éxito falta la primera condición: una flota capaz de medirse con la inglesa, a menos de "hacer la travesía por sorpresa, como Humbert", lo que habrá de ser la idea perseguida en Boulogne. Por el momento, sus conclusiones son negativas. Abandona el plan, y con él, el título –ridículo– de Comandante en jefe del ejército de Inglaterra. No es él, al menos, quien se lo ha dado. Hablando en Santa Elena con O'Meara, pretendía, por otra parte, que era simple diversión, un medio de engañar a los ingleses, estando ya resuelta la expedición a Egipto.

He aquí el momento de llevar a cabo la idea que le embarga desde hace tanto tiempo, que casi le ha puesto al servicio de los turcos, que no cesa de estudiar y perfilar desde su vuelva a Italia. La seducción de Orienta se remonta para él a sus primeras lecturas. Es allí adonde le lleva su imaginación. Junot contaba a su mujer: "Cuando estábamos en París, desgraciados, sin empleo, era cuando el primer Cónsul me hablaba del Oriente, de Egipto, del monte Líbano, de los Drusos". Hay en ello una mezcla de literatura, hechicería, Marco Antonio y Cleopatra, las Mil y una noches revisadas por Voltaire y Zadig, los recuerdos del Abate Raynal y la Historia filosófica de las Indias, con una idea que no es nueva tampoco, que ha tenido sus partidarios antes de la revolución, durante las guerras franco-ingleses: la de asestar un golpe a los "tiranos de los mares" por el camino de Asia, apoderándose de la llave de Suez para tender la mano en la India a Tippo-Sahib. Desde que se reanudó la lucha con los ingleses, Magallon, Cónsul de Francia en Alejandría, presionaba al Gobierno revolucionario para que se apoderase de Egipto, cuya conquista ya Leibnitz había aconsejado a Luis XIV. Delacroix, Ministro de Negocios Extranjeros, respondió que el Directorio pensaba en ello, pero quería antes conocer el resultado de la expedición de Irlanda. Y además faltaba el hombre lo bastante aventurero y atrevido para conquistar a Egipto. Pero los informes estaban en el Ministerio. Talleyrand había pedido otros. Cuando Bonaparte, renunciando como Hoche a desembarcar en las Islas Británicas, habló de atacar a Inglaterra y a su comercio de las Indias y Persia, sorprendió con ello a los Directores.

Y su protección fue acogida con una prisa en la que no entraba más que en pequeña parte (si es que entraba), la intención de desentenderse de un militar estorboso. Por otro lado, se corría el riesgo de engrandecerle con el alejamiento, y Bonaparte, por el suyo, no pensaba, tal vez, tanto en aumentar su gloria con una campaña que impresionase a la gente, como en instalarse en un Proconsulado de Oriente que reemplazase al de Italia. No hay Gobierno, por detestable que sea, que exponga cuarenta mil hombres y su última flota para deshacerse de un General ambicioso. El Directorio se decidió a la conquista de Egipto por otras razones.

Siendo amo absoluto, Napoleón no habrá de emprender nada más aventurado ni más extravagante; ni siquiera la campaña de Rusia. Lejanas quimeras, en las que no cuentan ni el espacio ni las dificultades, proyectos gigantescos, miras sobre Constantinopla, repartos, cambios, arreglos, todo lo encontró como herencia del Directorio, como al Directorio todo le vino por el Comité de Salud Pública, del primer Pirro, el girondino Brissot, que con la cabeza llana de folletines soñaba una inmensa refundición de Europa y del mundo. Las ilusiones que habían lanzado la Revolución a la guerra, servían ahora para perseguir una paz inaprensible. Albert Sorel muestra muy bien que la expedición de Egipto resultaba, para hombres que se creían razonables, un medio de llegar a la pacificación general por el desmembramiento del Imperio otomano. Un solo detalle dirá en qué embriaguez de fuerza, en qué delirio bélico se vivía. La expedición de Egipto fue financiada por el Tesoro –treinta millones– que Brune acababa de arrancar a la "aristocracia de Berna" y este latrocinio destinado a "alimentar la guerra", se consumaba en nombre de la República y de la Libertad. El arrastramiento a las violencias empezó antes del Imperio napoleónico.

Cuando la expedición se malogró, Bonaparte no tuvo reparo en dejar creer que había sido "deportado" a Egipto con sus soldados, y esta fue una de las quejas que se reservó contra el Directorio. Por su parte, los Directores pretendieron que el General faccioso les había arrancado su autorización. La verdad es que sí, por una y otra parte, hubo cálculo y segunda intención, hubo, en cambio, acuerdo en creer en el éxito, y lo hubo en buscar la probabilidad de hacer bajar la cabeza a Inglaterra.

¡Qué menguada probabilidad! Puede que no existiera ni una entre cien de que el cuerpo expedicionario llegara a su destino. No era La Mancha, como para dictar la paz a Londres, sino el Mediterráneo entero, lo que había que atravesar por sorpresa. Esto se realizó por un azar prodigioso, casi inconcebible. A pesar de que se tomaron algunas precauciones para ocultar los preparativos y para trocar el destino de las tropas que se reunieron en Tolón, y los ingleses fueron advertidos. Nelson acudió con sus mejores barcos. Bonaparte, a bordo del Orient, pesando con el Almirante Brueys los riesgos de un encuentro, no estima que la flota, con su impedimenta de convoyes, y las mismas unidades de combate repletas de hombres y material, estuviera en condiciones de vencer. No había otra cosa que hacer sino marchar adelante.

Se dieron a la vela el 19 de mayo de 1798. Al pasar se toma Malta, como recomendaban las instrucciones, porque se conseguía así apoderarse de uno de los puntos estratégicos del Mediterráneo. Al mismo tiempo se hacía obra revolucionaria, obra pía, liberando a la isla de la Orden famosa, institución de otra edad. Si los caballeros de Malta se hubieran quedado tras de sus murallas, el sitio habría podido eternizarse. Su imprudencia lo abrevió todo. Unos cuantos días bastaron a Bonaparte para organizar la nueva conquista de la República. El 19 de junio la flota zarpaba para Alejandría.

A Nelson, que le busca febrilmente, se le escapa en todas partes. Ha llegado demasiado tarde a Malta; por casualidad se le escapa en Candia. A toda vela se dirige a Alejandría y su misma prisa le resulta funesta. No encuentra a la escuadra francesa; cree que se dirige hacia Siria; abandona el puerto para perseguirla y se cruza con ella de noche a cinco leguas de distancia. Si hubiera sido de día o si Nelson hubiera hecho su rumbo algo más a la izquierda, el desastre de Aboukir hubiera tenido lugar antes que el ejército desembarcase.

Tal fortuna, que no había de ser la postrera, hizo creer en la buena estrella de Bonaparte. Y él aprovechó esta creencia. No la compartió más que débilmente. Cuando Leticia, buena madre, decía al Emperador: "Trabajas demasiado", respondía él: "¿Es que acaso soy hijo de la gallina blanca?", expresión corsa que equivale a "nacer de pie". Nos sentimos demasiado inclinados a creer –nosotros, que conocemos lo que pasó después– que Napoleón leía en el porvenir como en un libro abierto. No tenía más certidumbre sobre las cosas que los demás hombres. Y la prodigiosa aventura de Egipto no era idónea para convencer a un espíritu como el suyo, de que, hiciera lo que hiciese, el éxito estaba asegurado. El desastre naval de Aboukir, el fracaso ante San Juan de Acre, así como las malas horas que había pasado en Italia antes de Castiglione, le hubieran advertido, a falta de instinto, que su estrella no era infalible. "Id, pues, a ver las pirámides. No se sabe lo que puede ocurrir", había dicho a Vivant-Denon la víspera del desembarco de Alejandría. Pero esta expedición fantástica, de la que sacó partido contra toda razón, acrecentó en los franceses aquella impresión, nacida de los extraordinarios acontecimientos ya presenciados, de que "todo era posible": impresión más fuerte todavía cuando se haya medido la ascensión prodigiosa del General y de los que, en su séquito, han de trocarse en Príncipes y Reyes; cuando ya nada parezca inverosímil, puesto que todo habrá sido verdad.

Entre estas posibilidad indefinidas, cuya perspectiva altera el orden normal de las cosas, existe incluso el poder supremo. Entonces a cada paso que le acerca a la Corona, vemos por qué, si alguien había de ceñirla, este alguien era Napoleón. Siempre es él quien ve las cosas en grande, quien tiene horizontes más amplios. Sale para Egipto con soldados, pero también con sabios y con artistas; con ingenieros, naturalistas y juristas con quienes formar una Administración, fundar un Estado, hacer aflorar lo que duerme bajo la tierra de los Faraones, hacer valer las riquezas del país, y preparar la corte del istmo de Suez. Se llevó consigo hasta un poeta para cantar sus hazañas. Y, sin duda, este poeta oficial se llamó Parseval - Grandmaison. No será culpa de Bonaparte, sino del siglo, que no hallara nada mejor.

En Egipto, como en Italia, tiene ideas de Gobierno; crea. Y es él quien fundó el Egipto moderno; sustrayéndolo, ante todo, con sus victorias, a la opresión de los mamelucos, al modo como libertó la Lombardía de los austriacos, dándole en seguida la impronta occidental y francesa, en cuanto eran capaces de recibirla los egipcios, y en tan justa medida, que ha perdurado. Porque aquí también es la inteligencia la que domina y explica su éxito. Al Islam, lo conoce ya; lo ha estudiado. Sabe hablar a los musulmanes y los comprende. Se interesa por su religión, por su historia, por sus costumbres. Se entretiene con los ulemas, se muestra respetuoso con sus personas y sus creencias. Ordena, incluso, que se celebren las fiestas del nacimiento de su Profeta. Hay en esto algo de comedia. Otro caería en la mascarada. "Engañamos a los musulmanes por nuestra simulada adhesión a su religión, en la que Bonaparte y nosotros más que en la del difunto Pío", transcribía en tono vulgar el General Dupuy. Pero el primer Cónsul dirá a Roederer: "Haciéndome católico terminé la guerra de la Vendée; haciéndome musulmán me establecí en Egipcio; haciéndome ultramontano me gané las voluntades en Italia. Si gobernase a un pueblo de judíos, restablecería el templo de Salomón". Después de él, Kleber, su sucesor, soldado magnífico, pero tan sólo soldado, parecerá distanciado, brutal. Se le asesinará, mientras que al "sultán Bonaparte" se le respetó. La revuelta de El Cairo, producto del fanatismo, no le preocupó. Impuso castigos ejemplares y terribles. Pero continuó el maridaje de "la media luna con el gorro frigio; de los Derechos del Hombre con el Corán"; fórmula que, en resumidas cuentas, aplicará en Francia por la "fusión".

También, esta vez al borde del Nilo, era Soberano, déspota ilustrado y reformador, como en Mombello; completamente a sus anchas en este confín de África y Asia, reanimando con un lenguaje de imágenes a sus soldados, pronto desencantados, a quienes las fatigas, las enfermedades desconocidas, un enemigo bárbaro, la sed, las oftalmías y la peste, empujaban a veces al suicidio. Los "cuarenta siglos" en contemplación desde lo alto de las Pirámides pertenecen a ese género sublime que no escapa al ridículo más que por el acento épico. Esa es la manera de decir de Napoleón, "a la vez oriental y burguesa", con efectos de estilo agradables al José Prudhomme que vive en todo francés sin quitar nada al amante de aventuras y de novelería exótica. Egipto es en la carrera de Napoleón lo que Atala en la de Chateaubriand. Y de los bordes del Nilo, Bonaparte traerá, con originalidades que impresionarán a los papanatas de París, con el sable turco pegado a su levita y el mameluco Roustan y los sesgos de frase y pensamiento, un elemento decorativo que quedará incrustado en la leyenda como las esfinges en las mesas y los sillones de estilo imperio.

En el fondo de su corazón, traerá otra cosa de esta nueva experiencia. "Me disgusta sobre todo Rousseau desde que he visto el Oriente, decía; el hombre salvaje es un perro". ¿Cómo llamará a la mujer civilizada que no tiene ni lealtad ni fe? Existe amargura en esa palabra. En Egipto se entera Bonaparte de que Josefina le ha engañado, que le engaña todavía, que pone en ridículo, en París, al héroe que antaño marchaba a la conquista de Italia, señalando cada una de sus victorias con una carta de amor. Entonces conoció su paladar la acritud de la traición. "Tengo mucha pesadumbre doméstica porque el velo está total descorrido", escribió desde El Cairo a José. Y añadía, como un René, como un Manfredo románticos: "Necesito soledad y aislamiento. Las grandezas me aburren, el sentimiento está reseco, la gloria es insípida. A los veintinueve años lo he agotado todo". No tanto que no se rebelen en él la naturaleza, la voluntad y la ambición. Cree que sufre y es que se irrita. En realidad, Josefina infiel le libera. Toma una amiga, la mujer de uno de sus oficiales. Misántropo, se vuelve un poco pachá.

Que le hablen, pues, menos que nunca de la bondad natural del hombre. No es éste el principio en que funda su sistema de gobierno. Porque en Egipto, gobierno, organiza, legisla. Se instala en precario, frágil y provisionalmente, lo que será su destino hasta el final. Sólo más tarde presentó su estancia al borde del Nilo como una situación de espera. Allí, como otras veces, está por entero en lo que hace en el momento presente, sin perder su tiempo en calcular lo que podrá producirse al día siguiente, libre, a la primera ocasión para volverse hacia otro lado.

Hacía un mes que el ejército había desembarcado en Alejandría; habían sido vencidos en Chebreiss y en las Pirámides los mamelucos; rota su dominación y perseguidos sus restos en el desierto, cuando acaeció el desastre de que se había escapado por milagro a partir de la salida de Tolón. El primero de agosto Nelson atacó y destruyó la flota francesa en la rada de Aboukir. Todo se hundió o hizo explosión, desapareciendo el propio Almirante Brueys con el Orient. A penas se salvaron algunas fragatas que se mantuvieron apartadas del combate. Una memorable derrota naval; una hecatombe cuyo desenlace será Trafalgar. Después de esta jornada, el ejército quedaba separado de Francia, bloqueado en Egipto; sin esperanza de regreso, porque la República perdía su última escuadra. Una catástrofe cuya resonancia fue inmensa. Inglaterra era realmente la reina de los mares. No tuvo ya dificultad en coaligar a Europa contra la revolución conquistadora. Es curioso ver qué poco afecta a Bonaparte este desastre. La expedición no tiene más barcos. Tendrá que pasarse sin ellos. No puede contar en adelante con abastecimientos procedentes del exterior. Se organizará para vivir sobre el país y para producir en él lo que necesita. El General en jefe no tiene un momento de desconcierto. Se diría que la dificultad le estimula. Ocho días después de haber conocido la fatal noticia, funda el Instituto de Egipto, lo mismo que en Moscú firmará el Estatuto de los comediantes del Teatro Francés. Y durante todo el final del año 1798 hasta el mes de marzo de 1799, pacifica y administra su conquista como si hubiera de continuar allí para siempre.

Sin embargo, amenaza otro peligro. Los turcos, empujados por Inglaterra y Rusia, síntoma de la gran coalición que se fragua en Europa, avanzan por Siria para reconquistar a Egipto. Bonaparte decide en seguida marchar a su encuentro. Es la huida hacia adelante. Y es también el proyecto grandioso que había explicado a Junot cuando los dos zancajeaban por los bulevares de París. Una vez dueño de Siria, sublevaría a los cristianos del Líbano, haría unírsele a los Drusos y reforzado con estos auxiliares, su ejército se abriría camino hasta Constantinopla y marcharía desde allí sobre Viena, a menos que, renovando las hazañas de Alejandro, no se dirigiera a la India para dar la mano a Tippo-Sahib, echando de ella a los ingleses. De una audacia lógica –la misma que conducirá a Napoleón a Moscú para intentar romper el cerco inglés–, la campaña de Siria debía fracasar. Sin duda, los turcos, batidos en el Monte-Tabor, renunciaron a invadir Egipto. Pero, ante San Juan de Acre Napoleón fue detenido. Allí volvió a encontrarse a Phélipeaux, su antiguo rival de colegio, emigrado, que se pasó al servicio de Inglaterra y que, con Sidney-Smith, organizó una defensa en toda regla contra la cual fueron a estrellarse los asaltos franceses. Faltaba la artillería gruesa, transportada por mar y de la que se apoderaron las patrullas ingleses. Transcurridos dos meses de esfuerzos inútiles, Bonaparte decidió levantar el cerco.

No lo hizo sin gran sentimiento. La prueba de que el asunto de Egipto no fue para él una simple diversión, una cuestión aparte en espera de algo mejor, sino una empresa importante en sí misma y capaz de vasto desarrollo, es el irritado recuerdo que le dejó San Juan de Acre. "Mis proyectos, como mis sueños, todo; sí, todo, lo ha destruido Inglaterra", decía más tarde. Aun pensaba en ello en Santa Elena. Se diría que allí había perdido su vida. Y sin embargo, aquella campaña de Siria, admirablemente puesta en escena, redundaba en provecho de su leyenda. En Tierra-Santa abandonó su disfraz islámico. Apareció cristiano, casi un cruzado, mostrando emoción en Nazaret como sus soldados republicanos, a quienes los cánticos les subían del corazón a los labios al pasar por los Santos Lugares de Palestina. Y los episodios atroces, las escenas de horror, que abundaron, reciben (así la visita a los apestados de Jaffa) la pincelada del artista, que los transfigura para la imaginería popular. El mismo fracaso de Acre toma un aire épico por la retirada en el desierto en la que el General en jefe deja su caballo a los heridos, marchando a pie, como al volver de Moscú llevará un bastón en la mano. Entre tanto, del mismo modo que ha de abandonar silenciosamente al gran ejército, no tardará mucho en abandonar a Egipto, asunto sin otra salida, en adelante, que una capitulación.

Vuelve, primero, para echar al mar a los turcos desembarcados en la orilla misma de Aboukir, borrando con una victoria terrestre el nombre de una aniquiladora derrota naval. Acaba de terminar el mes de julio de 1799. Desde que salió de Tolón, es decir, desde hace catorce meses, Bonaparte no ha tenido sino raras noticias de Francia. Una vez o dos, negociantes que habían logrado escapar a los cruceros ingleses, le han traído algunas, pero vagas y rancias. Después de la rendición del fuerte de Aboukir, se recibe por intermedio de Sidney Smith, enviado como parlamentario, todo un paquete de periódicos de Europa. Aquella atención no presagiaba nada bueno. Despertado a media noche, Bonaparte lee en seguida las gacetas. Se entera de que la guerra general ha empezado de nuevo; que los ejércitos de la República retroceden por todas partes; que Scherer ha sido vencido en el Adigio y que se ha perdido Italia; que Jourdan, igualmente vencido en la Selva Negra, ha tenido que repasar el Rin. Por la mañana hace llamar al Contralmirante Ganteaume y se encierra con él durante dos horas. Su decisión está tomada. Volverá a Francia.

¿Con idea de tomar el poder? Hasta después de desembarcar en Francia no conocerá el verdadero estado del país, y no se informará de las probabilidades que ahora se le ofrecen para un golpe de Estado. Hasta que se acerque a París no sabrá que en Luxemburgo, uno de los Directores, por lo menos, piensa en un soldado que salve a la Revolución y a la República. Si ignora, por no haberle llegado el despacho, que el Directorio le ha llamado ya, por lo menos presiente que se le necesita para restablecer la situación militar, y que allí le espera su gran primer papel. El resto, puede que lo alcance. Es el secreto del porvenir y de las circunstancias. Lo que le resulta evidente es que Egipto es ya un capítulo terminado. En este Proconsulado de Oriente sólo ha tomado más confianza en sí mismo que en el de Italia. Ya ha gobernado dos países. Gobernar a Francia, a los treinta días, es una idea que no le arredra. La "gran ambición" que se apoderó de él después de Lody, le florece después de las Pirámides.

Pero hay que regresar. Es preciso, desde luego, abandonar al ejército de Egipto a su conquista sin esperanza, organizar esta defección en el secreto para no revolucionar a la tropa ni desmoralizar a los jefes en quienes se delegará el mando. Ante los mismos franceses es preciso que esta marcha resulta honrosa si no gloriosa. A ello proveerán unas cuantas proclamas elocuentes que no le ahorran ni el ser vituperado amarga y altaneramente por Kléber, ni las burlas del soldado que ve escaparse al General "Bonattrape" (*). Es necesario, en fin, que la fortuna sea aún lo bastante complaciente para que la fragata La Muiron y los tres barcos que la acompañan burlen la vigilancia de los ingleses. La vuelta sería tan aleatoria como la idea. La suerte quiso que terminara igualmente bien. Pero Bonaparte se lo jugaba todo. Si se quedaba encerrado en Egipto, su carrera había terminado. Confió en su estrella. Esta, fielmente, le llevó a Francia. Y lo que el éxito de tal audacia tiene de inesperado, de increíble, borra los sentimientos, heridos por el abandono, de los compañeros de armas que su jefe entrega a una capitulación cercana. Esta navegación audaz a lo largo del Mediterráneo surcado por velas inglesas, por enemigos ávidos de una captura tan brillante, es la buena suerte, insolente, que asombra, que se impone y que pregona los decretos del destino.

Bonaparte arriesgaba el no llegar a volver nunca. Arriesgaba el llegar demasiado tarde. En aquel momento Sieyés, en Luxemburgo, meditando un golpe de Estado, "buscando una espada", no pensaba en el Jefe de la expedición de Egipto, aventurado lejos. Pensaba en Joubert.

Ocurrió que Joubert mimado y hasta casado por los hombres que sentían la necesidad de un soldado para salvar y consolidar la República; enviado por ellos a Italia, al teatro en que el otro había conquistado gloria, sucumbió en Novi. Su muerte, el 12 de agosto, hizo caer a sus protectores en el desconcierto cuando, siete semanas más tarde, Bonaparte apareció. A él todo le respetaba; las balas, la peste, la mar. Joubet después de Hoche. ¿Quién podría ser preferido a él; quién podría oponérsele entre los militares republicanos? Si sobre sus rivales tenía superioridades, una de ellas era la principal: la de estar en vida.

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(*) Juego de palabras con el nombre de Bonaparte, que puede traducirse por "Buenatrampa".

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 107 - 122.