miércoles, 10 de agosto de 2016

Una historia de Napoleón (III): ingrata patria



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En septiembre de 1791, estaban en Francia muy próximas las elecciones. Se sentía también llegar al guerra, que la nueva Asamblea, la legislativa, no tardaría en declarar. Era tanto más difícil obtener permisos cuanto que la emigración despoblaba y desorganizaba los cuadros. Sin embargo, Bonaparte, solicitó y obtuvo, gracias al general Du Teil, un permiso más.

Napoleon Bonaparte e historia

Se asombra uno de que un muchacho tan inteligente no hubiera adivinado que bien pronto habría a montones ascensos y grados que cosechar. Hoche, Marceau y hasta Pichegru, su antiguo profesor, mandan ejércitos bastante tiempo antes que él. Se queda rezagado, para hacerse nombrar en Córcega ayudante mayor de un batallón de guardias nacionales voluntarios, lo que no viene a ser más que capitán en activo. Y no sólo se retrasa, sino que, considerado ausente en el momento en que se efectúa una severa fiscalización de oficiales emigrados, vendrá a tener en su hoja de servicios una mala nota. Su isla le atrae siempre. No advierte que en ella pierde el tiempo.

Los pequeños Bonapartes ya podían mostrar celo, que siempre serían demasiado franceses para Paoli, que impidió a José ser diputado en la Asamblea legislativa y le "ahogó" en el Consejo general de Córcega, a fin de no dejarle función alguna en Ajaccio. En cuanto a Napoleón, para ser elegido teniente coronel de la Guardia Nacional, le hicieron falta más intrigas que para llegar a ser Emperador, y en ello invirtió parte de la herencia de su tío Luciano, el arcediano. Ni siquiera vaciló en apoderarse de un elector influyente y secuestrarlo para tenerlo seguro el día de la votación. Sería exagerado ver en este pequeño golpe de fuerza un prefacio del 18 brumario. No obstante, si Bonaparte fue elegido, lo fue por sorpresa y por violencia, granjeándose encarnizados enemigos en el clan inverso, el de Pozzo di Borgo y de Peraldi.

Libros enteros se han escrito sobre las aventuras de Bonaparte en Córcega. Lo que encierran de más interesante es el mostrar en qué miserables disputas, en qué empresas sin porvenir se hubiera desgastado si pronto su buena estrella no le hubiera hecho ser expulsado por Paoli.

En el mes de abril de 1792 –mes en que la Revolución lanza a Francia a una guerra que habrá de durar más de veinte años, y que, después de haber extirpado a la antigua Monarquía, derribará la República y levantará el trono imperial para derribarlo a su vez– ¿en qué se ocupó Napoleón Bonaparte? en un golpe de mano en las calles de Ajaccio. El día de Pascua, la población, muy piadosa, levantada por sus sacerdotes y sus monjes contra la Constitución civil del clero, atacó a los voluntarios; Bonaparte, su jefe, responde con fusilamientos y medidas de rigor que le valdrán odios verdaderamente corsos en su ciudad natal, donde pasa entonces por verdugo de otro San Bartolomé. Como quiera que el coronel Maillard, que manda la tropa regular, interviene en el conflicto, Bonaparte se niega a obedecer y trata de aprovechar la circunstancia para apoderarse de la ciudadela, lo que constituía, de un extremo a otro de la isla, el plan de los paolistas, con miras a proclamar la independencia. Oficial francés, intenta incluso sobornar a sus soldados. De este modo se entrega a las ilegalidades. Pierde sus escrúpulos. Olvida sus cuadernos de lectura, sus ensayos literarios y no declama ya más contra los facciosos, los ambiciosos y los conquistadores.

La travesura tomaba para él mal cariz; le dejaba en mala postura lo mismo ante sus compatriotas que a los ojos del Gobierno francés. Se percata entonces de que Córcega no está segura. No deja tampoco de abrigar inquietudes sobre las consecuencias de un asunto en el cual se ha comportado como rebelde. Por otra parte, sólo en Francia tiene posición social. Se debe a su grado y a su uniforme de artillero, que en la misma Córcega goza de importancia, y se expone, si sigue ausente de su regimiento, a ser tachado de sus cuadros o inscrito en la lista de los emigrados. En el mes de mayo, a fin de ponerse en regla con la autoridad militar, marcha a París.

Encuentra a Francia y a la gran ciudad de nuevo en "combustión". La frase es suya. Con ojo ya experimentado, se da cuenta de que la Revolución marcha hacia lo peor, y es testigo de tumultos más graves que los de Ajaccio. Desde la terraza, a la orilla del agua, contempla, el 20 de junio, la invasión de las Tullerías. El 10 de agosto, en casa de Fauvelet, hermano de su camarada Bourrienne y comerciante en muebles en el Carrusel, asiste a la toma del castillo "por la más vil canalla". Cada vez se indigna más de que no se haya resistido mejor a lo que "el populacho" tiene "de más abyecto", y se muestra impresionado de esta inconcebible debilidad. Pensará en ello largo tiempo y, más tarde, habrá de decir que Luis XVI, en estos días fatales, disponía, no obstante, de mayor número de defensores que la Convención el 13 vendimiario. Tras la matanza de los suizos se aventura por las Tullerías, ayudando incluso a salvar a uno de estos desgraciados. Despierta en él el militar; reaparece la educación. Sus sentimientos naturales no son los de un descamisado.

Pero si el desorden le horroriza, olvidando que él mismo acaba de ser faccioso en Ajaccio, tiene en cambio la suficiente prudencia para no darse aires de aristócrata. Como toda su familia, suprime el "de" de su apellido. Sobre todo, contempla los acontecimientos como curioso que, sin participar en ellos, está, sin embargo, interesado en prever su curso. Se mantiene en contacto con los diputados corsos. Recomendado por ellos al ministro de la Guerra, consigue su reingreso en el Ejército. Obtiene, ya que la indisciplina era entonces menos grave que el crimen de contrarrevolución, que el informe sobre los motines de Ajaccio no tenga consecuencias. Se dispone, en fin, a reintegrarse a un regimiento con el grado de capitán, y, habiendo comenzado las hostilidades entre Austria y Prusia, a tomar parte en la campaña, en el momento en que sus ideas cambian bruscamente.

La caída de Luis XVI, la abolición de la Monarquía, los poco lisonjeros comienzos de la guerra, le hacen pensar que la "combustión" se convertirá en una vasta anarquía en la que Francia acabará descomponiéndose. Entonces se produciría, naturalmente, la independencia de Córcega. Dominado de nuevo por su viejo sueño, quiere estar allí, presenciar aquel día grande, alcanzar un puesto en su país emancipado. La clausura de la casa de Saint-Cyr, donde se educaba su hermana, la necesidad de devolver a aquella jovencita al lado de su madre, la inseguridad de París (se supone que permaneció escondido con Elisa durante las matanzas de septiembre) le proporcionan un nuevo pretexto para volver a su país. Al capitán Bonaparte le interesa poco lo que pasa en Argonne. Está en Marsella, esperando un barco, cuando retumba el cañón de Valmy. Parece volver la espalda a la fortuna con obstinación.

Sin duda será ésta su última visita en la isla. Será preciso que le arrojen de Córcega para que renuncie a ella.

De pronto se encontró sumido en amarguras. Se había sometido al gobierno revolucionario una idea que pareció admirable: la conquista de Cerdeña. Bonaparte, con su batallón de guardias nacionales corsos, formó parte de la expedición que debía comenzar por un desembarco en los islotes de la Magdalena, frente a Bonifacio. Era su primera campaña y se prometía brillar en ella. Mientras la revolución estaba en su paroxismo, mientras acababa de lanzar su desafío a Europa la cabeza de Luis XVI, mientras entraba en guerra con Inglaterra, Holanda y España, la única ambición para él era distinguirse en la conquista de un refugio de pescadores.

Apenas ha hablado de este episodio, y, por otra parte, no era aficionado a recordar su última estancia en el país natal. La expedición de la Magdalena no fue ni siquiera un desastre. Fue una vergüenza. Paoli, a quien la Revolución, en el período de entusiasmo, había otorgado el mando de los batallones corsos, porque era un héroe de la libertad y un mártir del despotismo, empezaba a adoptar una actitud dudosa. No era partidario de un golpe de mano en Cerdeña, porque miraba a los sardos como hermanos, y lo menos que se puede decir es que no ponía en ello buena voluntad. Por otra parte, los marinos de la república que transportaban a las tropas de desembarco y debían apoyarlas, eran de la más baja ralea de los puertos. A los primeros cañonazos que partieron de los fuertes enemigos, se consideraron traicionados y se revolvieron contra sus jefes. Los voluntarios corsos habían puesto pie en tierra. Viendo alejarse la fragata que debía protegerles con su fuego, fueron a su vez presa del pánico. Fue necesario volverse con gran prisa, tan grande, que Bonaparte, con rabia en el corazón, tuvo que abandonar sus tres piezas de artillería. Enfadosos comienzos que estuvieron a punto de degenerar en algo aún peor, porque, a la vuelta a Bonifacio, los marineros de la república por poco asesinan al joven teniente coronel.

No ha llegado todavía el fin de sus disgustos. No quedará una sola de sus ilusiones que no se le escape. Paoli vuelve ahora la espalda a la Revolución, que no concede a Córcega la independencia. Toma de nuevo postura contra Francia. Bonaparte encuentra frialdad en su gran hombre; después sospechas. En adelante será hostilidad lo que advierta, una hostilidad extensiva a todo el partido francés. Como consecuencia de los informes inquietantes que se le dirigen, la Convención envía a la isla a tres comisarios encargados de vigilar al viejo jefe.

Estos trataron, con bastante prudencia, de evitar la guerra civil y buscar arreglo a las cosas, cuando de pronto llegó desde París la orden de detener a Paoli, denunciado a la Convención como agente de Inglaterra y como traidor. Esta vez el levantamiento de Córcega es seguro. Y ¿de qué lado venía el golpe? Se supo por el propio autor, que se lisonjeó de ello en carta a sus hermanos. Es el tercero de los Bonaparte, Luciano, el pequeño Luciano (que no tiene entonces más que dieciocho años), quien, en el club de los jacobinos de Tolón, ha acusado a Paoli de manejos liberticidas. Y la Convención ha obedecido sin demora al llamamiento del club. Hecho un hombre, activo y con inventiva, pero tornadizo e indócil, Luciano seguirá siendo el niño travieso de la familia.

Desde entonces, entre Paoli y los Bonaparte, queda pendiente la "vendetta". Napoleón comprende en seguida que no hay otra cosa que hacer sino salir de su pueblo. Intentaba unirse a los comisarios en Bastia, cuando fue detenido por los campesinos paolistas. Escapa a ellos, se oculta en casa de uno de sus parientes, logra por fin alcanzar la escuadrilla francesa que intenta en vano reconquistar al insurrecto Ajaccio. Ya se le denuncia con todos los suyos como enemigos de Córcega. En Corte, la Consulta paolista hace voto por la "perpetua execración e infamación" de los Bonaparte, "nacidos en el fango del despotismo", a quienes se reprocha con copia de injurias la adhesión de su padre, la protección de Marbeuf y las becas del rey.

Napoleón responde con un furioso alegado contra Paoli. Entretanto ha hecho llegar a su madre unas líneas: "Preparaos para partir; este país no es para nosotros". Leticia huye con sus dos hijos más jóvenes. Ya era hora. La casa de Ajaccio fue desvalijada, y se dice que hasta quemada. Refugiada en los matorrales como en los tiempos de Monte-Rotondo, Leticia vagaba por la costa, cuando Napoleón y José, a bordo de un navío francés, la recogieron con los niños. El 3 de junio la familia se refugiaba en Calvi.

No queda nada del sueño corso. Pronto los paolistas entregarán la isla a los ingleses. Y Bonaparte encontrará de nuevo a su enemigo Pozzo di Borgo, empeñado en asestarle el último golpe en 1814, veintiún años más tarde; que así es esta historia de prodigiosamente colmada y de prodigiosamente breve. Pero por la fuerza de las cosas, queriendo o sin querer, Napoleón se ve rechazado hacia Francia, como estaba escrito desde el día en que se padre le había llevado al colegio de Autun. Por todo recurso no tiene más que su empleo de capitán. No tiene más carrera ni más medios siquiera de existencia en el país en que, hasta entonces, se ha tenido por extranjero.

Al terminar el mes de junio, la familia desembarca en el continente. Se aloja primero en un arrabal de Tolón que habrá de abandonar para seguir a Marsella. No es ya pobreza; es verdadera miseria la que sufre. Se ligaron con un comerciante de tejidos, Clary, que tenía hijas. Una de ellas se casó con José. Napoleón de buena gana se hubiera casado con la otra señorita. Según una frase demasiado bella, que pertenece a la leyenda, el comerciante marsellés encontró que "era bastante un Bonaparte en una casa". Clary murió algunos meses después de haber conocido a los emigrados corsos. todo lo que se sabe con certeza es que Napoleón abrigó ciertos sentimientos respecto a Eugenia-Deseada. Representaba para él una felicidad sencilla, quizá demasiado sencilla, ya que prefirió a la brillante Josefina. Pero, siempre hombre de letras, confió al papel esta historia de amor haciendo de ella una pequeña novela, Clisson et Eugenie, en género trovadoresco. Eugenia-Deseada Clary se casará con Bernadotte y será reina de Suecia, mientras que su hermana María-Julia, mujer de José, será reina de Nápoles y después de España. Pero ¿quién, por entonces, podía imaginar que todo habría de resultar posible, hasta lo más maravilloso?

Se lee en las Memorias secretas sobre la vida de Luciano Bonaparte, príncipe de Canino: "Hasta el 13 vendimiario, Madame Buonaparte, madre, y sus tres hijas, estaban recluidas en Marsella, en un pequeño piso, casi en una misma habitación, viviendo de los escasos socorros que el gobierno francés concedió a los emigrados de Córcega... Al ir a tomar el mando del ejército de Italia, Buonaparte fue a ver a su familia, encontrándola sentada en la mesa, comiendo huevos sin pan, con tenedores de estaño. Se quedó estupefacto, y cogiendo la mano de su madre, le dijo: "Se acerca un porvenir distinto, madre mía; tened el valor de esperarlo, que yo hará que se dé prisa".

Aunque falsa –y lo es ciertamente en cuanto a la fecha– la anécdota retrata la situación. A fin del mes de junio de 1793, la familia Bonaparte estaba en la miseria. Retrasado en su ascenso, todavía oficial subalterno, Napoleón habría comprometido gravemente su carrera y perdido su tiempo en Córcega si no se hubiera ganado allí la protección del diputado Saliceti. Porque el mérito no había de bastar. Sería preciso subir también por la política y correr sus azares en un momento en que la cabeza de los más hábiles peligraba, en que nadie estaba seguro del mañana.

¿Qué era este riesgo al lado de la errada dirección que había estado a punto de seguir su vida? "Desde entonces, decía él, cuestiones de gran importancia no me han permitido pensar con frecuencia en Córcega". El teatro era mezquino y no le hubiera reservado más que un papel secundario. Sobre el suelo de su Patria ingrata sacudió sin tristeza el polvo de sus zapatos. A sus compatriotas les guardó también rencor o, por lo menos, desconfianza. Se ha querido hacer de él el hombre insular y de clan, porque soportó a sus hermanos y hermanas. Jamás se rodeó de corsos, si bien tenía, según dijo, "alrededor de ochenta primos o parientes". Y evitó con cuidado aparecer escoltado por la tribu, porque, añadió, "esto hubiera desagradado bastante a los franceses".

Además, si, por otra parte, en adelante apenas pensó más en Córcega; si tuvo a los parientes a distancia, Córcega tardó en tomar en serio a aquel pequeño Bonaparte y a los suyos, a quienes había visto famélicos y fugitivos. Dio en una gran proporción el "no" al plebiscito del consulado perpetuo. Miot de Melito, que administraba la isla en aquel momento, observa que "si todos los departamentos de Francia hubieran tenido el mismo espíritu que los del Golo y del Liamone, la rápida ascensión de Bonaparte habría, tal vez, encontrado más obstáculos".

Pero su fracaso de Ajaccio fue para él la liberación. El sortilegio ha terminado y su isla se ha encargado de romperlo por sí misma. Despoja además a Bonaparte del sueño sentimental y literario que llenó su primera juventud. Juan Jacobo, Raynal, la ideología, la "novela de la revolución": a todo esto, al mismo tiempo que a Paoli, es a lo que, sin saberlo, ha dicho adiós. No cree ya en la bondad de la naturaleza humana. Tal vez no necesitaba de esta prueba para endurecerse; pero lo cierto es que se ha endurecido bien. Hasta su estilo ha cambiado, ha adquirido nervio. Bonaparte ha rebasado la edad del sentimiento. Ha dejado de ser un muchacho.

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Imagen: National Geographic España

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 42 - 50.