miércoles, 24 de agosto de 2016

Una historia de Napoleón (XII): la ilusión de Amiens



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1801, 1802 y principios de 1803: he aquí los meses afortunados de Napoleón, no exentos de preocupaciones para el primer Cónsul. Francia, en cambio, se "abandona a las más brillantes quimeras"; cree haber llegado a puerto, haber echado el ancla, haber encontrado la paz.

Paz de Amiens y Napoleon Bonaparte

A un país que, aun cansado de la guerra, no quería paz sin honor, es decir, sin las fronteras naturales, el primer Cónsul le traía lo que le había prometido. Cumplía puntualmente el encargo. Francia, aplaudiéndole, se aplaudía a sí misma por haber elegido tan bien, haber calculado con tal acierto, haberse confiado al hombre que colmaba sus deseos. Paz dentro y fuera, grandeza, prosperidad, descanso. Es la recompensa de largos esfuerzos y el fin de una pesadilla. Sensación de felicidad casi indecible para un pueblo que desde hace diez años lleva una vida convulsiva en la guerra civil y en la guerra exterior. No sabe que no es más que un alto. Pero goza del premio hasta el punto de que para recuperar las delicias del Consulado, paraíso fugitivo, sueño que había podido tocar con su mano, vivir con realidad, estará dispuesto, durante diez años, a hacer otro vez la guerra.

El tratado de Lunéville, de que José Bonaparte fue mediocre negociador por parte de Francia y que hubo necesidad de enderezar con frecuencia, era el tratado de Campo-Formio restablecido, confirmado, consolidado. Las conquistas de la Revolución son reconocidas por Austria, vencida en Marengo y en Hohenlinden, que para firmar no ha esperado siquiera a Inglaterra. Hace su paz separada. La segunda coalición está rota. Y Austria es el imperio alemán. Su jefe es el César germánico. Todo un torrente de historia, de seculares recuerdos, se les vuelve entonces a subir a la cabeza a los franceses. Lo que la casa de Austria, el viejo enemigo, abandona de un golpe a la República, es algo más que el "prado cuadrado" de Richelieu; es Bélgica, el Luxemburgo, la orilla derecha del Rhin. El Tratado es del 9 de febrero de 1801. El 16 de marzo existirán prefectos en los departamentos del Roer, del Sarre, del Rin y del Mosela, del Mont-Tonnerre.

Y no es esto todo. La experiencia de las guerras de la Revolución enseña que los límites naturales han menester de glacis. Para defenderlos es preciso dominar sus avanzadas. Austria reconoce el protectorado francés sobre las repúblicas bátava, helvética, cisalpina y liguriana. Se inclina ante la ocupación del Piamonte que pronto quedará también dividido en prefecturas. Acepta, en fin, el arbitraje francés para un retoque del cuerpo germánico que será el fin del Sacro Imperio, ya que es preciso, además, para que Francia conserve sus conquistas, que Austria sea excluida de Alemania tanto como de Italia, regolfada tan lejos como sea posible. Aquello era embriagador, inmenso, demasiado hermoso.

Demasiado hermoso, sí, porque Austria no podía, sin una segunda intención, firmar una paz tal, dejar a la dominación o a la influencia francesa una parte de Alemania y una parte de Italia. No estaba tan vencida que, como en Campo-Formio, Bonaparte no hubiera transigido con ella, dejándole a su favor Venecia y la línea del Adigio. En el fondo, el tratado de Lunéville es también un arreglo. Aun así, no tendrá siquiera un valor real más que si el Inglaterra accede. Pero si accediera, ello implicaría la paz verdadera en una Europa en adelante contenta con su suerte, las raíces de cuyos viejos conflictos quedarían arrancadas, puesto que las fronteras serían conforme a los deseos de Francia, deseos que los Franceses confunden con la razón. ¿No es, en efecto, a lo que las Asambleas revolucionarias, el Comité de Salud pública y el Directorio han tendido: a simplificar el "caos feudal", así como a alcanzar los límites naturales? "Acabar la guerra, dice admirablemente Albert Sorel, es a los ojos de Bonaparte una operación del mismo orden que acabar la Revolución". Tanto, que son realmente una misma cosa, y así lo entiende todo el mundo, desde el primer Cónsul al más modesto comprador de bienes nacionales; desde los regentes de la Banca de Francia, guardianes de la moneda restaurada, hasta el párroco de aldea que ve venir al Concordato. Organizar Europa, darle un estatuto y una ley, no es otra cosa que lo equivalente al Código civil.

Bonaparte es así el gran pacificador. Tras la firma de Luneville, se le aclama como nunca, y París retumba a los gritos de "¡Viva Bonaparte!". Sólo falta, para que su popularidad crezca todavía más, la paz con Inglaterra, y ésta está próxima.

Se ha dicho que Napoleón no creyó jamás en ella y que con ojo certero había previsto que no sería más que una tregua. Muchas señales permiten pensar lo contrario. El también ha tenido sus horas de ilusión. Lo prueba el hecho de que esta paz la ha preparado con cuidado y ha buscado la manera de hacerla sólida. Y para hacerla sólida, es preciso que no provenga sólo de un recíproco cansancio. Pretende tratar de igual a igual con Inglaterra, después de persuadirla de que a ella le interesa negociar, pues el pueblo francés, dueño del continente, de sus grandes ríos y de sus desembocaduras, equilibra con ello el señorío de los mares. La paz separada de Austria ha sido un tremendo golpe para la política de Pitt. Inglaterra, cansada de esa lucha, está dispuesta a negociar. Entonces se trata de quién conseguirá las mayores ventajas antes de entrar en negociaciones. Con Austria fuera de combate, la política de Francia consistirá en tener en Europa tantos aliados y apoyos como sea posible. Se mantiene siempre sobre Inglaterra la amenaza, que ella no toma a la ligera, de un ejército que desembarcaría en sus islas. Se trata de arredrar a su comercio con el cierre de todos los puertos europeos. También, como hizo la Convención, se busca un acercamiento a España, a la que se encarga de someter a Portugal para sustraerlo a los ingleses. Es preciso que la bahía de Nápoles no sirva ya más de refugio a Nelson. Murat, convertido en marido de Carolina, cuñado del primer Cónsul, que no sospecha ni que ha de reinar ni que ha de ser fusilado allí, queda encargado de despertar en el rey Fernando, que se somete, el recuerdo de Championnet y de la República partenopense. Se busca la alianza prusiana, como no ha dejado de hacerse desde 1795; pero con renovada esperanza, casi con la certeza de obtenerla. Porque esta vez al perseguir la paz, se abre una probabilidad que la Revolución no ha tenido: la alianza rusa, gracias a Pablo I. Si el rey prusiano no se alía de buen grado, el zar le hará aliado a la fuerza.

En los cálculos de Bonaparte, para llevar a Inglaterra a negociar, la alianza rusa desempeña un papel importante. Tanto precisa tener a Austria vencida; a España, Italia y Prusia consintiendo o sumisos, como es necesario tener por aliada a Rusia. Hasta el fin, éstos serán los elementos alternativos de su juego diplomático y guerrero. En la situación que ha encontrado y que ha heredado, cuyas premisas fueron puestas por otros, no por él, no puede hacer otra cosa.

La gran esperanza que ha de tener en Tilsit con Alejandro, la tiene entonces con Pablo. Pero ¿hay algo más frágil, más engañoso que la alianza rusa? Tendrá que aprenderlo. Depende en este momento de la vida de un zar, como el régimen consular depende de su propia vida. Fortalecido por el apoyo de Rusia, Bonaparte habla con afectación de un gigantesco proyecto, de un ataque de revés a la India, que habrá de llevar el terror a la "City". El nuevo Gobierno británico, el que ha sucedido a Pitt tras su caída, no acepta, por muy decidido que esté por la paz, el negociar bajo tal amenaza. Actúa, trabaja por su parte para asegurarse en la mesa de la conferencia una posición mejor. Casi al mismo tiempo, dos noticias llegan a París. Nelson ha bombardeado Copenhague en respuesta a la Liga de los neutrales, otro plan del bloque continental, y Pablo I ha sido asesinado en San Petersburgo. "La historia nos enseñará la relación que existe entre los dos acontecimientos".

Bonaparte sabía calcular el efecto de una una fulminación verbal. Sus grandes raptos de cólera eran con frecuencia simulados. Sobresalía también en darles un giro de literatura histórica. La acusación que por orden suya se imprimió en el Moniteur revela su mano. Pero su furor no era fingido. La muerto de Pablo es el hundimiento de la alianza rusa y grave señal para el futuro; Pablo ha sido víctima de su alianza con Francia. Lo que ha decidido a los conjurados al asesinato del zar, es el ukase que cierra los puertos de Rusia al comercio con Inglaterra, que arruina a boyardos y negociantes. Y el bloque continental será también el escollo en que encallará la alianza de Tilsit. El drama de San Petersburgo es, pues, para el mismo Napoleón una advertencia. El "golpe esencial" que le busca entre las Tullerías y la Malmaison, acaba de triunfar en el palacio Michel, y si el inglés no ha actuado en persona, está probado que los amigos de Inglaterra pueden actuar. El regicidio de San Petersburgo no sólo descompone los planes del primer Cónsul: le hace recordar el 3 nivoso; la máquina infernal y los puñales; el atentado preparado en la sombra; su muerte, que dejaría tranquilos a sus enemigos.

Y, sin embargo, este drama apresuraba la hora de una paz igualmente deseada a los dos lados de la Mancha. Rota la alianza franco-rusa por la muerte de Pablo y por el advenimiento de Alejandro, se impone a Bonaparte y se hace más fácil a Inglaterra una transacción. El primer Cónsul ha de renunciar tanto a amenazar a la India como al acercamiento de Prusia. En Alejandría, Menou, sucesor de Kléber, acaba de capitular. Los ingleses están seguros de que Egipto no caerá en manos de los franceses, y que, por consiguiente, no se harán los amos del Mediterráneo. El cañón de Nelson en Copenhague ha disuelto la Liga de los neutrales. Los españoles llevan suavemente la sumisión de Portugal. El gabinete de Londres, que Pitt, apartado del Ministerio, no anima ya con su ardor, no esperaba para negociar más que ocupar una posición aceptable. Consideró que estos acontecimientos atenuaban la defección austriaca en medida suficiente. Se decidió a tratar.

Pocas paces habrán sido más populares que aquella de Amiens ni saludadas con más entusiasmo y confianza. Cuando en el mes de octubre de 1801 el coronel Lauriston llevó a Londres la ratificación de los preliminares, el gentío desenganchó su carroza y la arrastró "con delicia". El primer Cónsul notaba también esta necesidad de los pueblos; esta paz era para él mismo tan útil, era para él una consagración tal, que hasta la firma final (25 de marzo de 1802) dio muestras de su impaciencia, de su inquietud, de su temor de que Inglaterra fuera a volverse atrás. ¿No era increíble, en efecto, que se resignara por primera vez, no sólo desde hacía diez años, sino después de cinco siglos, a ver a Francia extendida por Flandes y a lo largo del Rin hasta las bocas del río famoso y aun más allá? Por mucho menos había hecho a Luis XIV una guerra inexplicable. Entonces resultaba el primer Cónsul más grande que el propio Luis XIV. Se podía buscar en la historia. Esta no ofrecía paz comparable a la de Amiens, triunfo de la Revolución guerrera, que llevaba a su apogeo la potencia de Francia y la gloria de Bonaparte.

Era él quien hacía realidad todas las esperanzas de la nación. Conciliador general, traía la paz en el exterior, la unión en el interior, la prosperidad en la grandeza. De ahí que, irresistible para la masa, libre para ella de críticas y objeciones, fuera hombre único y al que nadie podría reemplazar sin poner de nuevo en tela de juicio todo lo que se daba por adquirido. De ahí brota también el mágico poder de su nombre.

El mismo que había tenido el nombre de Enrique IV. Y el Concordato fue el edicto de Nantes del primer Cónsul. Sólo él, pacificador universal, era capaz de traer también la paz religiosa, gran idea que alimentaba desde su primera campaña de Italia. Porque si las iglesias habían reanudado el culto; si las campanas, largo tiempo prohibidas, habían vuelto a sonar (y –como él decía en la Malmaison– al escuchar las de Rueil, su música, que le recordaba su infancia, le conmovía), quedaba por regularizar la situación del catolicismo. Enrique IV había abjurado para pasar a la religión de la mayoría de los franceses, no sin encontrar resistencias cuando dio también un estatuto a los protestantes. Igualmente el primer Cónsul encontraba resistencias para su Concordato, concepción, sin embargo, política y nacional, puesto que también reconciliaba, puesto que adhería a la Iglesia a la "Francia moderna", al Gobierno de brumario, a todo lo que había de revolución en el régimen nuevo, y no era poco lo que se conseguía. Sin embargo, obtenía otro resultado. Cortaba los lazos de la Iglesia con los Borbones por dimisión, impuesta de acuerdo con Roma, de todos los obispos legítimos que databan de la Monarquía, como se la imponía a los obispos constitucionales, a los del cisma, a los juramentados. Lo que no impidió que el primer Cónsul quisiera luego que los obispados se diesen indistintamente a los prelados monárquicos y a los juramentados, del mismo modo que su Consejo de Estado era una mezcla de "votantes" y de hijos de emigrados, en su constante idea de fusión; idea producto a la vez de utilidad y de indiferencia, de desprecio de los hombres y estima de sus servicios.

Porque en ninguna parte, tal vez, más que en este Concordato, que no debe ser "triunfo de ningún partido, sino conciliación de todos", aparece la disposición de su espíritu a hablar con lenguajes diversos, a tomar actitudes sucesivas según los hombres a quienes se dirige y las circunstancias en que se encuentra, a entregarse uno tras otro, con frecuencia al mismo tiempo, a los diferentes aspectos de las cosas. Varía porque es flexible. Por esta flexibilidad impone su voluntad y llega a sus fines. Es maestro en captar los aires que corren, tanto como aquel otro amante de la gloria, autor del Genio del Cristianismo, el vizconde de Chateaubriand. Uno y otro se dan cuenta de que la moda está en la religión, y los dos pondrán la religión a la moda.

Napoleón no es un creyente. No lo será jamás. Para creer conserva demasiado la impronta del siglo XVIII. En el fondo, se puede decir que es "deísta con un respeto involuntario y una predilección por el catolicismo". Esto es todo; pero es bastante para el asunto del día. Entonces, a los ideólogos ateos, les muestra con un gesto las estrellas y pregunta: "¿Quién ha hecho todo eso?" A los políticos les hace ver que se trata de "acordar las cosas espirituales" no solamente "con sus miras", sino con la política nacional; de emplear la fuerza de las ideas y de las instituciones religiosas en bien del Estado, para el apaciguamiento general y hasta para la fusión de los pueblos recientemente unidos a la República. ¿No son los belgas católicos romanos todos, y los renanos casi todos? Pero al Papa, al cardenal secretario de Estado, Consalvi, al cardenal legado Caprara, les habla de otro modo. Entonces es el jefe del Estado francés el que con gran frecuencia amenaza, el que impone sus condiciones y mantiene las prerrogativas de la iglesia gala, recordando a la Santa Sede, si no a Felipe IV, por lo menos (y en esto hace mucho hincapié) a San Luis y a Luis XIV. Por ministro de cultos, toma a un católico, a un hombre del antiguo régimen, Portalis, que restablece en la correspondencia de Napoleón con los obispos las formas suaves y decorativas, cuyo secreto guardaba la antigua capellanía real. Pero Portalis es elegido por su docilidad, por su obediencia al amo, y, en términos exquisitos, llama al clero a los deberes de los súbditos para con el príncipe.

Porque ya, en la imaginación poderosa de este joven, de este corso menudo que no ha visto más que apenas y de lejos los últimos días de la Francia monárquica, toma forma la idea de renovar la cadena de los tiempos. Es el pensamiento de Andrés Chénier trasplantado a la política, la más grande de sus audacias. Recomenzar la historia sobre fundamentos nuevos, ambición sin duda, pero que no se halla al alcance del vulgo, porque es una concepción de intelectual, de cerebral que hace historia y que tiene el sentido de la grandeza histórica. Estas osadías del espíritu las tuvo ya él con sus libros en Valence, en la habitación amueblada de Mlle. Bou, de ocho libras y ocho sueldos de alquiler mensual. Es el "poeta en acción" que Chateaubriand reconocerá, y porque es un poeta en acción, las grandezas son en él naturales. Nada le asombra ni le intimida, ni le hace tampoco resultar ridículo. Y así, para pronunciar el panegírico del Concordato, para oírse comparar a Pipino y a Carlomagno, elige a M. de Boisgelin, cardenal arzobispo, el mismo que veinticinco años antes había pronunciado el sermón de la consagración de Luis XVI.

La consagración está ya en el pensamiento de algunos durante aquel Tedéum de Notre-Dame, el día de Pascua de 1802; pero no puede hablarse de ello. ¡Qué mirada recibe La Fayette cuando, mitad irónico, mitad adulador, tiene la audacia de pronunciar la frase ante el primer Cónsul! Berthier, con quien el disimulo no hace tanta falta, es tratado de imbécil, cuando, por halagar, habla de rey. No era que Bonaparte estuviese descontento de ser adivinado o que, en las alusiones, creyera ver un lazo. Para él, en aquel momento, el lazo está en otra parte. Sus sentimientos no han cambiado. Todo lo que evoca la idea de su sucesión le irrita, y a los que sueñan en ella no los tiene por sus amigos. El Poder completo, absoluto, sí; pero para él. ¿Qué le importa que su Poder sea hereditario? ¿Para qué heredero? La herencia no le tienta, no tiene razones para tentarle y además, acrecentando la semejanza con la realeza antigua, no sería buena más que para suscitar una objeción y un obstáculo. Porque si las cosas tendieran al establecimiento a su favor de una Monarquía, que concebía entonces como puramente persona, estaría muy lejos de ser aceptada por todo el mundo, en las alturas en las asambleas pobladas de republicanos, y, sobre todo, en el Ejército, entre los jefes militares. Después de la instalación en las Tullerías, el Tedéum de Notre Dame era otra prueba de la popularidad del primer Cónsul y de la resistencia que podía encontrar no solamente su ascensión hacia el Poder supremo, sino aquella política de pacificación que le llevaba a él. Bonaparte no ignoraba que en el Consejo de Estado (aquella perla de su Gobierno), la lectura del Concordato había sido recibido con frialdad, que incluso habían movido a risa ciertas expresiones de un giro religioso. "¿El Concordato? Una de las cosas más difíciles que yo haya podido hacer", decía. La consagración no habrá de ser tampoco cosa más fácil.

La habilidad estaba en servirse de las circunstancias y en celebrar la paz con Inglaterra, al mismo tiempo que la paz con la Iglesia. Es el carro de triunfo que debe arrastrar hasta los pies de los altares a los vacilantes, a los resentidos, a los hostiles. Y el carro no es sólo una imagen. Para el cortejo que se dirige el Tedéum se han restaurado por completo las carrozas de gala que habían servido a Luis XVI. París también volvió a ver aquel día libreas verdes con galones de oro que más tarde serán las de la casa imperial: un desfile de trajes y atavíos, todo un aparato de corte, al que ni siquiera falta un renacimiento de la etiqueta.

La frase del general Delmas al primer Cónsul, que le preguntaba cómo había encontrado la ceremonia, se hizo célebre. Ha sido aplicada más de una vez en la historia: "¡Hermosa mascarada! ¡No ha faltado más que el millón de hombres que han muerto para acabar con todo eso!", respondió el soldado de la Revolución. En aquel tiempo, cuando el primer Cónsul confiada a Mollien que ya era hora de salir del "atolladero del republicanismo", era en el ejército donde se refugiaba el espíritu republicano. El ejército, que no está sometido a la renovación de una quinta parte, no se presta, como las Asambleas, a las depuraciones periódicas. Y el ejército murmura más que ellas. Entre los malas cabezas se encuentra Lannes. Se encuentran otra vez entre ellos Augereau y Bernadotte, éste el más activo, el más intrigante; Bernadotte, que es casi de la familia consular, puesto que se ha casado con la otra Clary y es cuñado de José. Asesinar al primer Cónsul en medio de la "hermosa mascarada", y en seguida, hacer marchar sobre París al ejército del Oeste que Bernadotte manda: tal es el plan de esta conspiración militar, en relación con lo que se ha llamado conspiración de Rennes, que consistía esencialmente en explotar los sentimientos republicanos del soldado, hasta el punto de que el día del Tedéum se hizo correr la voz, para irritarle, de que los sacerdotes iban a bendecir las banderas. Aquel día, los cazadores de la guardia, las tropas elegidas afectas al primer Cónsul, sus pretorianos, intimidaron a los conjurados y, con su actitud, hicieron fracasar el atentado: bajezas de esta apoteosis, de la cual los militares enemigos de Bonaparte hubieran querido hacer una "apoteosis de Rómulo"; odiosas interioridades, puesto que José, noticioso de todo por Bernadotte, rechaza el puesto que su hermano le ofrece cerca de él y no va a Notre Dame sino mezclándose, lejos de la presunta víctima, a los consejeros de Estado. Fallado el golpe, se encubre el asunto. Si bien el primer Cónsul posee todas las pruebas, no quiere mostrarse severo. Pero adquiere la certidumbre de que si el poder llega a él por el curso natural de las cosas, sus adversarios serán tanto más encarnizados cuanto más se percaten de que "la usurpación avanza a grandes pasos".

Aunque el sentimiento de la masa le autorice, le empuje incluso a hacerse más que Cónsul, no es aquí, ni en una ambición devoradora, donde debe encontrarse la razón que le determina a "usurpar". Hace cálculos. La autoridad que le ha dado la Constitución del año VIII, es insuficiente. Es frágil, precaria, puesto que siempre es necesario, tras de cada progreso en la política desarrollada a partir del 18 brumario, vencer resistencias, domar, depurar al Senado, al Tribunado, al Cuerpo legislativo, a riesgo de hacer con ello irreconciliables o descontentos. La estabilidad; he ahí la preocupación de Bonaparte, el resultado que ha de buscar hasta el último día, hasta que todo le abandone y se derrumbe y caiga el cetro de sus manos. Aunque hubiera tenido, y la tiene, esta preocupación de dar una base a su poder y a sus instituciones, sería demasiado poco el poder a plazo, los diez años que le han sido concedidos por los brumarianos. ¿Qué ocurriría al término y aun antes del término de esos diez años? A medida que se acercase, la oposición, cuyo odio acaba de experimentar, se haría más fuerte. Todo, hasta la preocupación por su porvenir personal, le aconseja no agotar el plazo y dar firmeza a una autoridad también revocable por instituciones que le aseguren su duración.

Porque, aunque grande, esta autoridad es todavía informe o, si se prefiere, sus formas no responden a su grandeza. Bonaparte tiene, en el país, el prestigio de un soberano. Ha tomado de él su tren de vida, sus maneras, su aparato. ¡Con qué rapidez ha subido desde los primeros días del Consulado, cuando los que hoy le rodean se sentían todavía bohemia y clase media, de donde el matrimonio y la familia consular habían salido! Y cuando Bonaparte, a su regreso de Egipto, perdonó a Josefina, no se equivocó. Ella le fue útil. La pareja, bien dotada –en él el don y la necesidad de mandar; en ella el arte y la necesidad de agradar–, había hecho la ascensión más rápida con las transiciones más suaves. Todo sirve en caso tal; todo conspira al éxito, y Josefina, de la que Metternich decía que estaba "dotada de tacto social", no había sido auxiliar despreciable. Pero ella misma, que por fin ha descubierto que este pequeño marido, al principio tan ligeramente tratado, es un ser de excepción, comienza a asustarse de las alturas a las que ambos de elevan. En su intimidad, hay asuntos vedados, hay silencios. Con sus puntos de vista diferentes, la herencia es el problema fatal: para Bonaparte, que continúa no admitiéndola, y para Josefina, demasiado mujer para no sentir que, el día que la acepte, deseará el hijo que ella no puede darle. Entretanto, José, Luciano, se consideran príncipes de la sangre, herederos de la futura monarquía a la cual empujan, cada uno según su temperamento: José, más reservado; Luciano, más lanzado. Así, en su propósito, ya adoptado, que favorecen, por otra parte, que exigen, incluso, las circunstancias, Bonaparte se encuentra asediado de intrigas matrimoniales y familiares, cuyas contrariedades y complicaciones se añaden, para procurarle amargas preocupaciones, a las resistencias que todavía le oponen los últimos republicanos.

Sería un error imaginar al primer Cónsul, en la apoteosis de la paz y de la reconciliación nacional, marchando hacia el Imperio a cara descubierta. Decidido a salir de la república y de su "atolladero", usa de astucias con ella, y sus mismos manejos le ocasionan disgustos. El plan de sus amigos, aquellos de los brumarianos para quienes la Monarquía conferida a Bonaparte parece como conclusión natural y garantía necesaria de cuanto se ha hecho desde hace años, es no esperar a que el tratado de Amiens se olvide, y proponer una recompensa nacional para el primer Cónsul. El Senado deberá emitir un voto que le sea "agradable". Como si temiera traslucir ambición, Bonaparte no manifiesta ningún deseo, envuelve su pensamiento en frases vagas. Pero entonces el Senado, a pesar de ser tan solícito, tan dócil, da poco, puesto que no se le pide nada. Prorroga solamente por diez años las funciones del primer Cónsul. En el fondo, es una decepción para Bonaparte, y también una advertencia de que el poder supremo no vendrá a él por sí sólo, sino que será preciso encontrar o crear la ocasión de alcanzarlo. Y además, ¡qué irrisión! Para él se regatea lo que anhela y lo que le importa: el tiempo, la duración, mientras que, por otra parte, se le hostiga para conferirle el derecho, a que tan débilmente aspira, de elegir sucesor.

Y es que en la sombra, y sacando provecho de su silencio, los adversarios de un poder personal transformado en Monarquía, no permanecen inactivos. Ahí están –Fouché a su cabeza– todos los que no quieren al antiguo régimen bajo una etiqueta nueva; todos los que no quisieran haber derribado a los Borbones para reemplazarlos por la familia Bonaparte. Y, todos los días, el sistema de la fusión trae un poco del pasado. El Concordato ha restablecido la jerarquía católica. Un senadoconsulto (procedimiento cómodo, cuyo empleo se hace cada vez más frecuente) otorga a los emigrados una amnistía general, compensada, por otra parte, por la promesa solemne a los adquirentes de bienes nacionales de que su propiedad será sagrada. He aquí a los monárquicos que vuelven en masa. Todo esto, para los hombres de 1793, vigoriza la reacción. Y es cierto que, en su corazón, sin saberlo, Bonaparte dispensa gustosa acogida a esos gentileshombres que han conservado los usos de Versalles, tales como M. Narbonne, que agradó al presentar una carta puesta sobre su sombrero. Se ha observado que "las maneras eran como una recomendación para Napoleón". Y no menos aprecia las costumbres de adhesión a la persona del príncipe. Así nace en él un nuevo sentimiento que le hace un hombre doble como sus propios intereses: monárquicos por situación, revolucionario por las raíces de su poder, que no podrá fundar su monarquía más que conservando contacto con la Revolución.

Bien observa Stendhal: "Se ha dicho que Napoleón era pérfido. No era más que versátil". Y cambiaba, no tenía fijado un plan, como confesará a Las Cases; parecía incluso no tener coherencia en sus ideas, como en el Consejo de Estado observó Molé, porque tenía conciencia de moverse en precario, en lo inestable y contradictorio. El voto decepcionante del Senado es además una lección que servirá para el establecimiento del Imperio. ¿La complacencia de una Asamblea no garantiza nada, pues? No. Y hasta todo está perdido si el primer Cónsul se contenta con una simple prórroga de poder acordada por una Asamblea. Entonces se decide de pronto. Pasa por encima del Senado como por encima de los otros Cuerpos y se dirige directamente al pueblo, de quien declara provenir su autoridad, para hacerse conceder, tras el Consulado temporal, el Consulado vitalicio, seguro de antemano de que el pueblo, casi unánime, concederá en la alegría de la paz, lo que se le pida.

Consulado vitalicio, nombre terrible, desde luego, incitación al asesinato, puesto que el régimen queda siempre suspendido de la existencia de Bonaparte. Pero en el espíritu de los tres millones y medio de franceses que lo aprueban, este reinado vitalicio significa que los resultados adquiridos serán mantenidos, que el orden nuevo continuará, que no se volverá ni al reparto de las propiedades ni a tocar las fronteras. Thibaudeau (también convencional y "votante") traduce bien el sentimiento público cuando escribe al Cónsul: "Los hombres de la Revolución, no pudiendo ya oponerse a la contrarrevolución, os ayudarán a hacerla, sin esperar otra cosa de vos que una garantía". Esta necesidad de continuidad exige siempre prolongaciones de la magistratura suprema confiada a Bonaparte para conservar la Revolución y garantizarla. Así renace la idea de la herencia, que para él carece de interés, que le representa incluso una carga. Vuelve por sí sola a los espíritus, por aquella misma preocupación del porvenir que ha creado una autoridad temporal y luego vitalicia. Desde el momento que se dilatada el Consulado hasta el último día de la existencia del primer Cónsul, surgía la preocupación de su muerte. Así lo comprendieron en seguida los hombres que se adherían con mayor fuerza al nuevo orden político y social, que se incorporaban a él, y que, por todos sus intereses, se sentían a él ligados. Les parecía que era buena ocasión para preguntar al pueblo si no convenía dar a Napoleón Bonaparte el derecho a designar su sucesor, puesto que a él mismo se le hacía inamovible.

No es extraño, después de lo que ya hemos visto, que el primer Cónsul tachara de su mano esta segunda pregunta. Sabemos ahora que no era por miedo a ir demasiado de prisa y a pedir demasiado de una vez; ni por timidez ante la oposición republicana, siquiera fuera ésta la del Ejército. Sin duda, la herencia era la Monarquía sin disfraz, no declarada. Entonces es cuando podría echársele en cara todos los hombres que se habían dejado matar por destruir lo que él restablecía. Pero ¿a quién designar como sucesor? Idea es ésta que él soslaya de continuo y que no cesan de presentarle, con lo cual se le obsesiona. El espíritu de clan, el espíritu corso, se ha exagerado en gran manera en las explicaciones y claves que se han querido ofrecer de él, pues en realidad, si Napoleón sintió repugnancia por alguna cosa, fue por legar el Poder a sus hermanos. ¿Y por qué había de legárselo? ¿Qué títulos tenían? Con su buen sentido brutal, encuentra ridículas sus pretensiones. Piensa de ellos lo que pronto dirá irónicamente a sus hermanas. ¿Creen que se trata de la herencia del "difunto rey nuestro padre"? José, con sus celos y su tortuosidad, quejándose a escondidas; Luciano, siempre violento, buscando escenas, cuanto más empujan a la institución de un Poder hereditario, de quien se dicen, sin horror al ridículo, derechohabientes legítimos, tanto más disgustan a su hermano, el cual observa contrariado que su sucesión se considera abierta. En aquel momento, la herencia no tiene adversario más resuelto que él. ¿A favor de quién, por lo demás, iba a tener efecto? ¿Se remontaría a José, es decir, del segundo de los hermanos al mayor? Napoleón no tiene hijo ni esperanza de tenerlo con Josefina. Luciano se burla hasta de su cuñada y le aconseja que se haga pronto de un pequeño Cesarión. Cuando se inspira a Bonaparte la idea de la adopción, su repugnancia es idéntica. ¿A quién adoptar? Es todavía tan joven –recordemos que tiene sólo treinta años– que no hay un gran diferencia de edad entre él, y, por ejemplo, su hijastro Eugenio. Persiste en no querer, a su lado, un sustituto, un doble, un titular a la expectativa, que, aun elegido adolescente, sería, al hacerse un hombre, moleste si fuera mediocre; sombra para su padre adoptivo, si capaz; en tanto que alrededor del heredero presunto se reunirían los contrarios y los descontentos, y cuya elección, cualquiera que fuese, reanimaría el pensamiento que Bonaparte lee en tantas fisonomías, la frase que tanto teme quienquiera que aspira a un trono en el que no ha nacido: "¿Y por qué no yo?". Bonaparte no es monárquico más que de sí mismo, y su único disentimiento de la masa de los que confían en él está ahí. Para él la inquietud del mañana es lo que queda de electivo en su poder; para los otros, es el vacío ante el que se encontrarían si llegara a desaparecer. Se le empuja a fundar una dinastía, en tanto que él piensa que la herencia dinástica no le produciría sino dificultades. Y quienes le incitan a pedirla la quieren por interés distinto del suyo, ya sea este interés privado o público. Extraño conflicto éste, pero que ayuda a la inteligencia de las cosas. La necesidad de duración, de continuidad de que se resiente el mundo nuevo surgido de la revolución, ha valido ya a Bonaparte el ser Cónsul perpetuo. Y le valdrá ser Emperador. Hombres que saludaron con transporte el fin de una larga serie de reyes han aclamado, por lo pronto, a un amo, y quieren, preocupados por el porvenir, imponer a este amo, como regalo importuno, el derecho magno de sobrevivirse y de dejar arreglada su sucesión. Bonaparte, que no piensa en la muerte, se contentará de momento con una Dictadura que mantenga la forma republicana. Habiendo pesado las dificultades, los inconvenientes que acarrearía lo que no había de ser otra cosa que la fundación de una cuarta dinastía, remite a más adelante las consecuencias de su ascensión. Esperará los acontecimientos sin estar en modo alguno seguro de lo que deba hacer.

Esta espera habrá de serle provechosa. En la gloria del Consulado, esa gloria pacífica y civil, el gran capitán aparece émulo de Washington, jefe de una República gloriosa, independiente, que, habiendo alcanzado los objetivos de la nación, ha envainado la espada y desprecia la corona. Le gusta presentarse con rasgos de legislador y de gran administrador. El primer Cónsul visitando las manufacturas de Lyon, las fábricas de Rouen, los diques de El Havre, el Canal del Oureq y el de Saint Quintin, son otros tantos motivos de imaginería popular, temas de grabado que hacen al puente de Arcole y al paso del San Bernardo un burgués paralelo. Con el Banco de Francia, el Libro Mayor de la Deuda pública, la creación de las Cámaras de Comercio, tenemos su período y su faceta de "gallina para el puchero".

Entre tanto, en medio de estas ocupaciones de magistratura ciudadana, la inquietud persigue a Bonaparte. Josefina cree adivinarle. Le pregunta cuándo la hará Emperatriz de las Galias. El no contesta a esta frase femenina. Lo que le atormenta no es una ambición inmoderada, no es la tentación del cetro. Napoleón lo calcula y lo sopesa todo sin cesar. Siente que para conservar su autoridad donde está, será cosa obligada subir todavía más alto. El esfuerzo no era sólo haber llegado al Poder. Consistía en mantenerse en él, y esto no lo conseguirá más que teniendo instrumentos para reinar. No puede sostenerse a mitad de la pendiente, si bien, terminada la ascensión, la dificultad –la de perdurar– tornará a ser en seguida la misma. Llegar a la cumbre es menos un deseo que una necesidad. De ahí que hagan falta siempre las "circunstancias", cogidas al vuelo, explotadas útilmente, provocadas cuando haga falta, y, sobre todo, será preciso echar sólidos cimientos, preparando las instituciones que han de ser bases del régimen. Es a lo que, en lo sucesivo, tenderá todo lo que Bonaparte haga de nuevo, y lo que encuentra todavía la resistencia clarividente de los últimos republicanos refugiados en el Cuerpo legislativo y en el Tribunado.

Ha leído bastante a Montesquieu para saber que el honor, en cuya naturaleza entra el pedir preferencias y distinciones, es el principio de las Monarquías. Tampoco ignora que por un sentimiento noble puede obtenerse casi todo de los franceses. Stendhal ha hablado admirablemente de "la extrema emulación que el Emperador había inspirado a todas las clases de la sociedad". Nos ha mostrado al mancebo de botica, en la trastienda de su amo, "agitado por la idea de que si hacía un gran descubrimiento, obtendría la cruz, y llegaría a ser conde". Cuando Bonaparte quiso que la gloria fuera "la verdadera legislación de los franceses", no fue tan sólo por satisfacer uno de sus gustos. Contemporánea del Concordato, la Legión de Honor era uno de sus grandes pensamientos, y, como el Concordato, la defendió con argumentos tan diversos como diversas eran sus intenciones. En Léoben, se había burlado de los grandes cordones que recibirían los delegados austriacos al regresar a Viena. Ahora decía que "con estas bagatelas tan desdeñadas se hacen héroes". Que al suprimirlas, la República había negado una de las inclinaciones más legítimas y más generosas del hombre, una necesidad tan poderosa como la de las pompas religiosas. ¿Y a quién eligió para defender su proyecto? A Roederer que, durante la revolución, había dicho que era preciso "deshonrar al honor". ¿No se hace aceptar a los hombres una tras otra todas las ideas? Al elegir a Roederer para restaurar una orden de Caballería, Bonaparte se entregaba tal vez a su desprecio de la especie humana. Más bien le hacía falta, para abogado, un convertido. La Legión de Honor encontraba adversarios apasionados, casi en la misma medida que el Concordato. El Tribunado, sobre todo, era hostil a la creación de una orden que recordaría las del antiguo régimen y reanimaría "un sentimiento feudal", detrás del cual republicanos desconfiados entreveían el renacimiento de una nobleza. Entonces el primer Cónsul, tan pronto explica que una sociedad no se compone de "granos de arena" como que importa, para equilibrar a la organización visible de la Iglesia y a la más secreta de los monárquicos y de los antiguos chuanes, organizar en cohortes a los hombres que se señalaron por servicios prestados a la Revolución y al nuevo régimen. Hace ver, en suma, que su Legión de Honor, tan civil como militar, deriva con naturalidad "de las listas de notabilidad" concebidas por Sièyes, que es, con su gran Consejo a la cabeza, una pirámide como el propio sistema de Sièyes. Y no deja de haber verdad en todo esto. La Legión de Honor no ha salido tampoco fraguada por completo del cerebro de Bonaparte. Es un retorno a las antiguas costumbres, ingeniosamente adaptadas a la Francia moderna. Y además, para el gusto de un dictador que desconfía de todas las castas, sobre todo de la militar, es preciso que el soldado no sea demasiado distinto del resto de la nación. La Legión de Honor es muchas cosas a la vez. Colocada sobre el pecho del militar, del sabio, del fabricante, es un medio más de fundir juntos a los franceses, como es un medio más de pasar por la supresión de las "listas de notabilidad", postrer vestigio de la elección en las Constituciones del año VIII.

Y estas mismas instituciones las transforma para armonizarlas con el Consulado vitalicio. Se convierten ya en las del Imperio, y poco tendrá que cambiar en la Constitución del año X para sacar de ella la Constitución imperial; y hasta la Constitución imperial será necesaria para terminar la Constitución del año X. Todo esto se lleva a cabo sin golpe de Estado, sin violencia. Por muy irritado que estuviera contra las Asambleas que hacían oposición obstinada a todo, a su Código civil, a su Concordato, a su Legión de Honor y, menos ostensiblemente, a su persona, Bonaparte escucha a Cambacérès, que le aconseja que no haga nada bruscamente, que no depure con mucho ruido, sino que vaya eliminando silenciosamente a los adversarios irreductibles. La misma Constitución le proporcionaba medios. La renovación del quinto estaba prevista en 1802 para el Cuerpo legislativo y el Tribunado. Sesenta miembros de la primera de estas Asambleas, veinte de la otra, elegidos entre los más enojosos, fueron designados para salir de ellas o, mejor dicho, a fin de que la exclusión fuera menos visible, fueron designados los restantes para quedarse. El Senado, siempre más dócil, nombró sustitutos no menos dóciles que él mismo. Así, la mecánica de Sieyès continúa proveyendo a todo. Basta con saber servirse de ella para suprimir los últimos vestigios de República. Pronto no quedará más que el Cuerpo legislativo y el Senado, cuyos nuevos miembros, como si fueran "hornadas" de cardenales o de lores, serán nombrados por el primer Cónsul.

Pero lo que le da la Constitución del año X (o, por lo menos, ya que se evita la apariencia de cambios constitucionales, el senadoconsulto orgánico del año X), lo que él acepta a la postre; lo que completa, sin la corona ni el nombre, su poder monárquico, es lo que antes había rechazado, lo que se busca imponerle desde hace meses: el derecho, como los emperadores romanos, a elegir su sucesor. Puesto que no tiene hijo, será la adopción, que él llamaba "una imitación de la naturaleza". Y ¿por qué, lo que le repugnaba hace unos meses, algunas semanas antes, le parece ahora aceptable? ¿Por qué se resuelve bruscamente a lo que antes se negaba? No es un capricho. Es que le ha nacido un sobrino de Luis y de Hortensia. Y este niño de su raza, que lleva ese nombre de Napoleón con el que los actos públicos van a abrirse, le trae la solución. Adoptar a una criatura o adoptar a un hombre, aunque sea un joven, no es lo mismo. Con una diferencia de treinta y tres años, no es de temer el educar cerca de sí a un rival. Y este niño ofrece además la ventaja de separar del trono futuro a los hermanos ambiciosos y agitados, a los "príncipes de la sangre". Bonaparte, infinitamente más estorbado que servido por su numerosa y exigente familia, aspira, sobre todo, a subordinar a sus allegados. Para librarse del más molesto y del más indócil de sus hermanos, alega el matrimonio con cierta Mme. Jouberthon que, por otra parte, valía, poco más o menos, lo que Josefina. Napoleón la reprochaba su pasado dándola el nombre que antaño pudo aplicar a su propia mujer. "Por lo menos, decía Luciano cínicamente, la mía es joven". Luis, no menos insoportable en su género, desconfiado y taciturno, no ocasiona más que disgustos al jefe de familia. Y Jerónimo, el benjamín, tan ligero, criatura de lujo y de placer, le proporciona otras molestias, casándose a los diecinueve años con una americana. Entretanto, el pequeño Napoleón-Carlos, que el primer Cónsul se reserva como sucesor, que es para Josefina, la abuela, feliz con esta combinación, una garantía contra el divorcio, no ha de vivir. La adopción morirá con él. Ahora siente Bonaparte el deseo, en que hasta entonces ni siquiera ha pensado, de continuarse a sí mismo, de seguir a la naturaleza en vez de imitarla, de tener un hijo para legarle su sucesión. Si el Imperio hereditario ha de salir todavía del senadoconsulto orgánico, el matrimonio austriaco está ligado a la vida frágil de Napoleón-Carlos.

Bonaparte lleva consigo estos pensamientos, estas perplejidades del parque de la Malmaison a las ciudades que visita en los viajes que llamaríamos presidenciales. ¿Y cómo no había de soñar en el Imperio cuando tiene los principales atributos de la Monarquía, cuando parece, además, que un Imperio de Occidente viene a su encuentro? Vedle, en este año 1802, jefe de dos Estados. Primer Cónsul de Francia y, con poderes todavía más extensos, Presidente de la República italiana, a petición de la Comisión que ha venido a Lyon para otorgarle, como a otro Carlomagno, algo que parece ya menos una magistratura civil que la corona de hierro de los reyes lombardos. ¿Es la ambición, un sueño atávico, lo que empuja a Bonaparte a reinar en esta Italia a la que no ha mucho llegó desconocido? Pero la transformación de la República cisalpina en República italiana bajo la tutela de Francia, necesaria para proteger a la joven nacionalidad contra Austria, era una idea de la Revolución: la continuación de todo lo que se había hecho desde hacía diez años, después de haberse concebido desde hacía medio siglo. Lo mismo que la anexión de Holanda que cubre a Bélgica. Lo mismo que en Alemania, las secularizaciones, las revisiones territoriales que compensan la anexión a Francia de la orilla izquierda del Rin, que echan atrás a Austria, mientras que, dando ventajas a Prusia, se busca siempre su alianza, haciendo del primer Cónsul el árbitro de la Confederación germánica. Esta sucederá bien pronto al Sacro Imperio para preparar el resurgimiento de la nación alemana. Causas y efectos se mezclan sin cesar en esta gran remoción de Europa que ha exigido la conquista de las fronteras naturales. De momento, Francia se levanta sobre sus escombros y con ella Bonaparte. Del mismo modo, además, se convertirá en mediador de la Confederación helvética, árbitro entre sus partidos, protector de Suiza, que, invadida bajo el Directorio, es a modo de avanzado bastión de las conquistas republicanas, una barrera contra Austria.

Hagamos alto en este momento, cuando por todas partes y por el juego natural de las cosas, llegan al primer Cónsul grandezas, a las que no falta más que la consagración suprema. En estos comienzos de una apoteosis por la cual cosecha lo bueno de todo lo que ha sido sembrado, antes de recoger lo malo, una duda, un enigma, se presenta a la mente. ¿Compartió Bonaparte la ilusión de los franceses? ¿Creyó que la Revolución estaba acabada en el exterior como en el interior? ¿Creyó en la paz definitiva? ¿Deseó que la guerra se reanudara porque su autoridad y su gloria estaban ligadas a ella?

Sería vano querer sondear sus intenciones y su conciencia. Más seguro es consultar sus actos. Estos responden con certeza que, durante varios meses, el primer Cónsul se comporta como si estando el estatuto de la Francia continental al abrigo de toda disputa, asegurada la paz con Inglaterra, quisiera proporcionar a su país lo que se había perdido durante la Revolución: colonias, una marina. La expedición destinada a reconquistar a los negros emancipados Santo Domingo, perla de las Antillas, y la adquisición de la Luisiana, cedida por España a cambio de dar el reino de Etruria a un Infante, atestiguan un plan, del que podrá dudarse tanto menos cuando que la Luisiana fue vendida apresuradamente a los Estados Unidos por 80 millones tan pronto como la reanudación de la guerra con los ingleses se hizo segura. Se ha acusado a Bonaparte de haber enviado a Santo Domingo o a las islas, calculadamente, a oficiales del Ejército del Rin –tal Richepanse– de los cuales tenía interés en deshacerse. Pero muchos oficiales, desolados por la paz y temiendo quedarse a media paga, habían solicitado formar parte de la expedición, a la cabeza de la cual el primer Cónsul había puesto a su propio cuñado, el general Leclerc, ordenando a Paulina que siguiera a su marido. La campaña de Santo Domingo terminará con un desastre. Leclerc murió en ella. Se renunció a reconquistar la fértil Haití.

Entonces se renuncia sobre todo a devolver a Francia su puesto en los mares. Ya los primeros signos de un renacimiento marítimo y colonial han reavivado los celos, la inquietud de los ingleses. ¿Cómo no habían de sentir que una Francia que comenzaba en Amberes para prolongarse hasta las más bellas radas italianas, era para ellos un peligro, y no tardaría en suplantarlos con su Marina y su comercio, en asfixiarlos como si hubieran perdido sus pulmones? No se estaba muy lejos de la rivalidad que en el siglo XVIII había llevado a las manos a Inglaterra y Francia. Y he aquí que si Inglaterra dejaba a la República alcanzar una extensión que siempre había disputado a la Monarquía, perdería los frutos de una larga lucha, firmaría su capitulación y su ruina. Apenas ha firmado la capitulación de Amiens y ya empieza a lamentarlo. Y sus mercaderes, sus gentes de comercio, sus financieros, son los más ardientes en desear la guerra, porque se dan cuenta de que Francia, acrecentada con sus anexiones, es un temible rival. Esta fuerza de opinión determinó al Parlamento y al Gobierno británicos a reanudar la lucha.

La ejecución de un tratado importa tanto como el tratado en sí. Si hemos de buscar aquí las responsabilidades de la ruptura, nos percatamos en seguida de que son desiguales, mucho mayores del lado de Inglaterra, que no ha tardado en presentar dificultades, mientras que el primer Cónsul se pone sencillamente en guardia. La querella nació y creció en torno a la isla de Malta. Los ingleses se negaban a ejecutar la cláusula de Amiens, a entregar la isla al gran maestre de la Orden. Estaba claro que no era su intención despojarse de aquella clave estratégica. Por otra parte, se negaban a creer que Bonaparte hubiera renunciado a Egipto. Las sospechas eran recíprocas, y cuanto más se obstinaba Inglaterra en retener la isla de Malta, tanto más se inclinaba Bonaparte a pensar que un sólido establecimiento en el Mediterráneo era necesario a Francia. Aquella roca irritó la cuestión.

Jamás, sin embargo, se mostró Bonaparte más indeciso. Su razón parece decirle que la guerra es inevitable. Actúa como si la paz fuera a durar siempre. En el mes de marzo de 1803 cree en ella todavía, puesto que expone en la mar toda una escuadra, con el general Decaen, encargado de tomar de nuevo posesión de las factorías de la India. Y el 13 de este mismo mes, en las Tullerías, ante el Cuerpo diplomático, lanza al embajador Whitworth apóstrofes de una violencia famosa, acusando a Inglaterra de faltar al respeto, a la santidad de los tratados, amenazándola, fulminándola, con palabras para suavizar el tono, como si todavía quisiera conservar la paz, tornando a enfurecerse después como si viera que los miramientos eran inútiles.

Malta, en efecto, no era más que un símbolo. Y si el Mediterráneo estaba en juego, ella no era más que lo accesorio. La dispuesta esencial, irreductible, tornaba siempre al mismo punto: sobre Amberes. Versará hasta el fin sobre la anexión de 1795. Bonaparte había podido olvidarla, distraerse de ella durante algunos meses. Sin embargo, lo sabía, lo había comprendido mejor que nadie en Francia: "Inglaterra nos hará la guerra mientras conservemos Bélgica", dirá en 1805 ante Molé. Ya, hacia fines del año 1800, hablando con Roederer y Devaisnes, les había dicho que Inglaterra no podía querer la paz. ¿Por qué? Porque, respondía, poseemos demasiadas cosas. Porque poseemos Bélgica y la orilla izquierda del Rhin y debemos conservarlas, "cosa decretada irrevocablemente y para la cual se ha declarado a Prusia, a Rusia, al Emperador, que haremos, si fuera necesario, la guerra solos contra todos". Admirable clarividencia; casi una profecía. Deducción de un pasado que encadena –dibujado línea por línea–, el porvenir está ahí.

El emblema del Consulado era un león dormido. ¡Para un descanso tan corto! En el mes de julio de 1803 –cuando tiene lugar la ruptura con Inglaterra, y seis semanas después de esta ruptura–, el primer Cónsul hace una gira impresionante por Bélgica, como para recordar a los franceses que si van a batirse, será siempre por esta tierra, por las anexiones que ha recibido de la República en fideicomiso y que está resuelto como ella a no abandonar jamás. Ya en 1801, en las recepciones que siguieron a la paz de Lunéville, dijo a la Diputación belga: "Desde el tratado de Campo-Formio, los belgas son franceses, como lo son los normandos, los alsacianos, los del Languedoc, los borgoñones. En la guerra que siguió a este tratado, los ejércitos han experimentado algunos reveses; pero aun cuando el enemigo hubiera tenido su cuartel general en el faubourg Saint-Antoine, el pueblo francés no había cedido jamás sus derechos ni renunciado a la anexión de Bélgica".

Era un juramento. Este sería el de la consagración. Napoleón lo mantendrá, aun cuando el enemigo esté a las puertas de París. La historia del Imperio es la de la lucha por la conservación de Bélgica, y Francia no podría conservar Bélgica sin haber subyugado a Europa para hacer capitular a Inglaterra. Aquí se encadena todo. Pero con la ruptura del tratado de Amiens, la gran ilusión de la paz se disipa. Se despierta de su sueño el "león dormido". Se reanuda la persecución de lo imposible.

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- Una historia de Napoleón


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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 187 - 213.