martes, 16 de agosto de 2016

Una historia de Napoleón (VI): esta hermosa Italia



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No tiene aún veintisiete años. Apenas es conocido. Las cortes extranjeras no le toman en serio. Sus agentes les han señalado al nuevo comandante en jefe del ejército de Italia como un "corso terrorista", un general sin experiencia de la guerra, no más temible que aquel a quien reemplaza: ese Scherer, tenido en jaque desde hace meses. Mal peinado, viene a mandar soldados andrajosos, a los que él mismo llama bandidos; una treintena de miles de hombres que carecen de todo, que viven miserablemente del merodeo y que tienen frente a ellos los ejércitos del Piamonte y de Austria. La coalición no se inquieta.

Napoleon Bonaparte a caballo

No obstante, el joven general lleva un programa al que se atendrá al principio por disciplina; un plan de campaña que Jomini calificaba de notable. Bonaparte lo ejecutará, admirablemente en verdad, punto por punto. No sueña todavía con volar con sus propias alas. Será el éxito el que le de la seguridad. Poco a poco, por la sensación que tendrá de ver las cosas sobre el terreno mejor que se las ve en París, se irá desentendiendo de sus instrucciones. Con ello se independizará; se irá haciendo una potencia, y cuando a la República le empiece a hacer sombra el general victorioso, será ya demasiado tarde. Antes que el Consulado, habrá tenido el proconsulado de Italia. Lo que las Galias habían sido a César, Italia lo será a Bonaparte.

Desde su entrada en campaña se muestra tal cual es: un espíritu superior que abarca de un vistazo las situaciones y las domina. Posee genio militar y don de política. Comprende a Italia en su diversidad, que le presentará un nuevo problema a cada una de sus victorias. Al enemigo lo desconcierta por un arte de combatir tan audaz y nuevo como es sútil su arte de negociar. Esta conquista de todo un país con un puñado de hombres es una obra de arte de la inteligencia. Por eso, comprendiendo apenas cómo podía hacerse todo aquello, los contemporáneos creen ver algo "sobrenatural".

En la parte más fácil de su labor, en la que otro podría fracasar, alcanza éxito muy pronto. Al llegar, encuentra un ejército en mal estado, que le recibe muy mal. Este ejército es republicano; es jacobino, como es 1794. El tuteo revolucionario está todavía en auge, y hay burlas para los "señores" del ejército del Rin –el de Moreau–, que han restablecido el "usted". Bonaparte no viene a mandar pretorianos, sino hombres libres, verdaderos descamisados, que no tienen sentido del respeto. ¿Qué es este pequeño general, este alfeñique, criatura de covachuela de París? un "intrigante", decía en voz alta el jefe de batallón, Suchet, futuro mariscal del Imperio. Su edad, su tallo, su poca apariencia, su acento corso, las circunstancias de su nombramiento, todo displace a "esos viejos bigotes que habían blanqueado en los combates... Me hacían falta acciones brillantes para conciliarme el afecto y la confianza del soldado: las realicé". Pero, en primer lugar, tiene una autoridad natural; el tono que se impone, Augereau, Serurier, Berthier, Massena, más antiguos que él, que son ahora sus subordinados, sienten pronto que tienen un jefe. Sabrá hablar al soldado. Es probable que Bonaparte, posteriormente, y cuando hubo asimilado el estilo romano, arreglase su proclama célebre: "¡Soldados! Estáis desnudos, mal alimentados... Quiero conduciros a las llanuras más fértiles del mundo. Ricas provincias, grandes ciudades caerán en vuestro poder. En ellos encontraréis honor, gloria, riqueza". Es la ampliación de un texto más modesto, el único auténtico que se posee. Y el soldado que rió, desde luego, de las llanuras fértiles que le prometía el nuevo general, y pidió "zapatos para bajar a ellas". Todo esto ha sido artísticamente estilizado, embellecido por el éxito y por el tiempo. No es menos cierto que a esta tropa, la víspera desnuda de todo, incluso de esperanza, le daba tono desde el comienzo el general Bonaparte.

Stendhal, tal vez hermoseando también las cosas, habla del sentimiento de "jovialidad" que después de largos años se apoderaba aún de los que habían tomado parte en aquella especie de cabalgata. Habla de la "suma de placer y de felicidad" que aportaban aquellos soldados sin calzado, aquellos oficiales entre los cuales algunos compartían "un pantalón de cachemira avellana y tres camisas". Quedó de todo el recuerdo de una aventura maravillosa, de un entusiasmo de juventud, con la seducción que "esta bella Italia" ha ejercido siempre sobre los franceses; una novela en la que se habían hecho "tan grandes cosas con tan pocos medios", que se empezó a creer que nada era imposible. Cuando la muerte se acerque, será ésta la época de su vida que guste el Emperador de evocar. "Yo era joven como usted, le dirá al médico Antommarchi; tenía su vivacidad, su ardor, la conciencia de mis fuerzas; hervía en deseos de entrar en liza". Este descenso en tiempos de Carlos VIII y de Francisco I. Era verdaderamente un renacimiento. Y además, a esta guerra feliz no le falta siquiera ni el amor.

Bonaparte sigue estando enamorado de Josefina. Tenemos las cartas ardientes en las que canta cada una de sus victorias, cartas que atestiguan más intimidad que la que hubieran permitido dos días de matrimonio. Son los sentidos en fuego, un "alma ardiendo" que los celos devoran... Celos que no dejan de tener causa. Josefina, en París, se divierte. Se burla de su marido; simula un embarazo para no irse con él. Tan pronto no quiere él ver sus mentiras, como las adivina y le desesperan. Por otra parte, los Directores temen que si el general tiene cerca de sí a su mujer se distraiga. La retienen, y ella no desea otra cosa mejor que ser retenida. para que se de cuenta de que aquel pequeño Bonaparte es alguien, hará falta que sus batallas hayan hecho ruido. Aun así, ella irá a reunírsele al teatro de sus hazañas, sin entusiasmo. Bonaparte, enamorado exaltadamente de la infiel, cae casi en ridículo, y los "viejos mostachos" encuentran que enseña con demasiada facilidad el retrato de la amada mientras que desdeña a las bellezas milanesas que se ofrecen al libertador.

¿Qué importa? Embellecido por el tiempo, el romance de Napoleón y Josefina añade a la campaña de Italia un acompañamiento de amor. La imagen de una mujer, la sensibilidad, un fondo de tristeza bajo el brillo de la gloria, comienzan a formar su figura y su bagaje legendario. Roederer tradujo: "Bonaparte en la guerra tiene siempre en sus proclamas algo de melancólico". ¿Qué decir de sus cartas a la amada, ardientes de pasión, con frecuencia de rabia, atormentadas por la idea de la muerte? Singular contraste con la alegría de la victoria, que poetiza más con un romántico volver sobre sí mismo tras la acción. Contraste mucho más singular con esa "facultad de geometría trascendental" que aplica al arte de la guerra, con esa revelación de un gran capitán, señor del tiempo y del espacio hasta el punto de que parece retirar el uso y hasta la noción de ellos a sus adversarios.

Y no es esto todo. El político se revela. Con una madurez que sobrepuja su escasa edad, se domina, se modera en la victoria, juzgando justamente que con su pequeño ejército todo éxito supone un problema, porque a cada paso hacia delante deja tras él poblaciones de las que no está seguro. Bastaría –y cuando ya no esté allí bastará– una imprudencia, para perder en algunas semanas el resultado de sus campañas. En esta Italia cuyo mapa está tan dividido como las opiniones, no sólo están los austriacos, sino dos Reyes, Repúblicas, grandes duques y, en Roma, el Papa. Se trata de no reunirla en su contra. Así, al mismo tiempo que como gran militar, se revela como sabio político.

Bonaparte (desde hace varios días se firma así, abandonando para siempre el "Buonaparte") empieza su ofensiva el 9 de abril de 1796. Como en 1794, tiene ante sí a los austriacos y a los piamonteses. El 14, tras las batallas de Montenotte, de Millesimo y el combate de Dego, los ha separado ya. El 17 llegan los franceses a las alturas de Montezzemolo, desde donde descubren la llanura: "Aníbal atravesó los Alpes, dice Bonaparte, dirigiéndose a la inteligencia del soldado; nosotros les hemos dado un rodeo". El 21, mientras el general austriaco Beaulieu, vencido, reagrupa sus fuerzas, el general piamontés Colli es a su vez batido en Mondovi. En dos semanas han quedado abiertos los caminos del Piamonte y de la Lombardía. El Rey Víctor-Amadeo, al que los jacobinos de 1794 llamaban "rey de las marmotas", pide la suspensión de hostilidad, y Bonaparte la concede.

Y aquí tiene lugar el primer acto de independencia del joven general. Sus órdenes le niegan poder para firmar un armisticio. Bonaparte se las salta. Ya se emancipa. Sus victorias, sus banderas y los millones que enviará de Italia, harán olvidar su desobediencia. El Directorio está menesteroso de éxitos y de dinero. Bonaparte, que ha visto de cerca a aquel Gobierno, lo desprecia, fingiendo respetar las formas. En cuanto a Saliceti, al que conoce mejor, al que no estima ya, y que le ha sido agregado para que le vigile, le tapa los ojos otorgándole el manejo de los fondos de las contribuciones de guerra. ¿No empieza ya a conocer a los hombres, a tratarles según sus méritos? Simultanea pequeños y grandes medios siempre que le es permitido actuar a su talante.

Le ha llegado la buena. Las instrucciones del comandante en jefe le dan en un punto libertad de escoger. Deberá, según las circunstancias, llevar la revolución al Piamonte y destronar al Rey de Cerdeña, o tantear a los piamonteses atrayéndolos con una "alianza ventajosa". Siendo su tarea ante todo vencer a los austriacos y echarlos de Italia, va derecho a lo esencial. Tiene otra cosa que hacer que derribar a los déspotas cuando no es necesario; y no ha de ser con treinta mil hombres como pueda vencer a Austria e imponer los principios franceses a Italia, si los italianos no los pidan. Conserva de los planes del Directorio lo que ellos tienen de más sencillo y más práctico. No tiene prejuicios contra los representantes de una vieja corte como la de Turín. Con tal que el ejército de Italia se vea libre de un adversario, el "rey de las marmotas" puede permanecer en su trono. El negociador incipiente sabe a la vez inspirar confianza y miedo. En algunos días se concluye el armisticio, firmado en Cherasco, con buenas prendas y comunicaciones seguras. No ha terminado el mes de abril, y ya el Piamonte no cuenta. A su vez, el duque de Parma, asustado, se somete en unas horas, y da dos millones, aprovisionamientos, obras de arte. Aunque Bonaparte ha exorbotado sus poderes, el Directorio no dice palabra. El dinero, que tanta falta le hace, y que le llega por carretadas, le maravilla. Apenas frunce el entrecejo ante las proclamas en que el general, dirigiéndose a los italianos, les promete, con la libertad, el respeto a su religión. Novedad, sin embargo; y que anuncia otras.

Tomadas estas precauciones, Bonaparte se emplea contra los austriacos. La misma rapidez, la misma osadía calculada, la misma suerte. Las mismas victorias sobre el enemigo, precedidas, como al principio de la campaña, de una victoria sobre sus propias tropas, que se preguntaban si su general no iba demasiado aprisa y no las llevaba demasiado lejos. El 10 de mayo, Lodi –"golpe de audacia extraordinario"–, le otorga toda la confianza, todo el corazón del soldado. Tras esta batalla es cuando los veteranos del ejército de Italia le aplican el título, que tanto contribuirá a su popularidad, de "pequeño cabo". Después de esta jornada es también, según su propia confesión, cuando presiente por primera vez su porvenir. "Veía al mundo huir por debajo de mí como si yo fuera llevado por los aires", decía él soberbiamente a Gourgaud. Todavía sentía en Santa Elena la embriaguez de los primeros rayos de gloria, cuando vio claro que tenía derecho como los otros, tal vez más que los otros, a aspirar a todo.

Y, ¿cómo no le había de ocurrir esa idea? Ha vencido a reputados militares; al piamontés Colli, al austriaco Beaulieu. Ha hecho que vuelva la victoria a la sombra de la bandera francesa. Vedle ahora dueño de la Lombardía, de la que se expulsa a Austria; y sobre un caballo que no tiene mejor estampa que su jinete, hace una entrada triunfal en Milán, que aclama a su libertador. Italia es su conquista. Ya no permite que nadie la toque. El Directorio acaba por tener miedo de este general sobradamente victorioso y poco sumiso; le ordena que entregue de nuevo Milán a Kellermann y que se dirija él mismo contra Roma y Nápoles. Desconfía de esto avisadamente, ya que bien pronto Championnet se perderá en ello. Con deferencias, y hasta con lisonjas, pero con firmeza, Bonaparte responde que entre Kellermann y él –entre Valmy y Lodi– se elija. En términos velados presenta su dimisión, seguro de que no se osará aceptarla. Es una prueba de su fuerza. Y triunfa también. Al Directorio –cuyas órdenes ha infringido y cuya debilidad acaba de juzgar– no podrá en adelante respetarlo. Ha adquirido la certeza de ser hombre indispensable, y por el momento no le hace falta más.

Porque no tiene proyectos, se guiará por las circunstancias, como ha de acaecerle hasta el final de su carrera. El Directorio es quien tiene un proyecto en Italia. Este plan consiste en forzar a Austria a la paz; paz que reconociera la anexión de Bélgica. Y como Bélgica, antes de ser anexionada por Francia, era una posesión austriaca, la restitución de Lombardía al Emperador sería la contrapartida. Mejor todavía si, por el mismo precio, se consiguiera además que Austria permitiese a Francia quedarse con la orilla izquierda del Rin. En definitiva, el general no debía solamente vencer a los imperiales, sino instalarse en Italia tan fuertemente como le fuera posible para que el intercambio pareciera serio a la corte de Viena. Entonces la misión de Bonaparte se engrandecería. De jefe militar, quedaba convertido en jefe político. Sería a la vez administrador, diplomático y guerrero; todos los cargos de un jefe de Estado. Y así es como de sus dieciocho meses de Italia no sólo obtendrá la más brillante gloria militar, sino que por la vasta tarea de que le encarga la República, adquirirá la experiencia, el hábito del gobierno.

¡Qué escuela, en efecto! En la aglomeración de Estados que forma entonces Italia, es preciso negociar sin descanso, y las disposiciones cambian cada día. Después de Lodi, cuando, dueño de Milán, ha alcanzado la línea del Adigio, la Italia central se somete al vencedor. Parma y Módena están a su discreción. El Gran duque de Toscana, hermano del Emperador, le recibe en Florencia con atenciones y se apresura a pagar el tributo acostumbrado: dinero y obras de arte que toman el camino de París. El Papa, cuyos Estados están ya invadidos, envía un embajador para solicitar un armisticio. La República de Venecia, cuyo territorio ha sido violado por los franceses que persiguen a Beaulieu, vencido, entra en conversaciones. El Rey de Nápoles imita a Venecia y a la Santa Sede. Entretanto, es necesario sitiar a Mantua, en donde se ha encerrado una fuerza guarnición austriaca; tomar otra vez Pavía, que se subleva; reprimir en los campos una especie de "chuaneria", mientras llegan noticias de que Austria lanza un nuevo ejército, mandado por un jefe enérgico, el viejo mariscal Wurmser.

De un día a otro, el Papa, el Rey de Nápoles y la República de Venecia rompen las negociaciones. Todo el que no quiere a los franceses levanta la cabeza. Josefina llega. ¡Llega en buena hora! Una partida austriaca ha estado a punto de apresarla, como al propio Bonaparte unas semanas antes. Una grave amenaza pesa sobre el ejército francés. Esta vez Austria ha hecho un gran esfuerzo, llamando a sí a sus húngaros, sus croatas, su abigarrado pueblo. Sobre cada una de las orillas del lago de Garda desciende un ejército potente, un torrente humano. Los puestos avanzados franceses son destrozados; las posiciones, forzadas; la carretera de Milán, cortada; el Adigio ha estado a punto de ser franqueado por todas partes, tras lo cual se habría perdido Italia. Es el mayor peligro que Bonaparte haya conocido hasta aquí, y él mide su gravedad. Experimenta "aquella desconfianza en sí mismo que tiene siempre el hombre que debuta, por grande que se le quiera suponer". Por primera vez, preocupado por sus responsabilidades y su juventud, celebra Consejo; propone a Massena, a Augereau, su idea, que lo salvará o lo perderá todo, ya que en caso de fracaso no habrá retirada posible. Su idea es levantar el sitio de Mantua, concentrar todas sus fuerzas, atacar y vencer a cada uno de los ejércitos de Wurmser antes de que se hayan reunido. Si la operación falla, no habrá otra cosa que hacer sino evacuar Italia... El 3 de agosto, en Lonato; el 5, en Castiglione, obtiene éxito. Los austriacos se ven dislocados y buscan abrigo en las montañas, pero para rehacerse en ellas. La lucha recomienza en septiembre. Tras la jornada de Roveredo, Bonaparte penetra en el Trentino y persigue a Wurmser. Campaña audaz, asombrosa caza del hombre, en la que a Bonaparte se le escapa por poco su adversario que, de nuevo descendido a la llanura, no tiene otro recurso que encerrarse en Mantua. Esta incesante creación de temas estratégicos, esta fecundidad de movimientos y de sorpresas, en las que el cálculo siempre lúcido no deja al azar más que aquello que es imposible sustraerle; esta presencia de espíritu que reaparece después del decaimiento, todo esto no indica sólo el genio napoleónico, que lleva a la guerra lo que Chateaubriand llama "las inspiraciones del poeta". El joven general no admite parangones, porque se observa ya que, lejos de su presencia, la acción aun bajo sus mejores lugartenientes, decae. No es esto todo. Estas batallas impetuosas, estas prodigiosas reacciones que extienden su renombre, tienen por consecuencia engrandecer al personaje político que nace con el procónsul de Italia.

Y hasta por contraste se engrandece. Mientras reaparece victorioso en Milán, en Módena, en Bolonia, en Ferrera y en Verona, Moreau se ve forzado a batirse en retirada sobre el Rin por la derrota que el archiduque Carlos ha infligido a Jourdan. Aquéllos han perdido Alemania. El sueño de una marcha convergente de los dos ejércitos sobre Viena se desvanece. Todas las esperanzas se ponen en Bonaparte, que, desde entonces, ha de llevar solo el peso de Austria.

El Directorio comprende lo que la situación tiene de azarosa. ¿Y si se pudiera concluir una paz honrosa? No se cree en ello. Sin embargo, Francia empieza a cansarse. Para la política interior, para las elecciones, será útil decir que se ha negociado. Pitt se encuentra en parecida disposición. Lord Malmesbury viene a París a hablar. Pero la República no se humilla ante Inglaterra. En la misma presencia de este embajador, y "para forzar al Gobierno británico a tratar sinceramente", se promulga la ley de 10 de brumario, año V. Completando los decretos de octubre de 1793, esa ley proscribe la venta y consumo de las mercancías inglesas en toda la extensión del territorio de la República. Es la continuación de un pensamiento revolucionario que se ampliará con el bloque continental. Sucesor de la Convención y del Directorio, Napoleón también cree que para constreñir al Gobierno británico a entrar en tratos es suficiente asestar golpes contra su comercio y sus mercancías.

Pronto lord Malmesbury vuelve a Londres sin que las conversaciones hayan dado resultado. Han fracasado en lo referente a Bélgica. No hay acuerdo posible. Delacroix, el ministro de Negocios Extranjeros, ha dicho a Melmesbury que Bélgica, unida "constitucionalmente" al territorio, no podía volver a ser separada, porque, por otra parte, el pueblo francés no lo consentiría. Las conversaciones quedan rotas el 21 de diciembre. El 29, Pitt declara en el Parlamento que jamás consentirá Inglaterra la unión de Bélgica a Francia. Esto es la guerra por tiempo indefinido. La República tendrá necesidad de un militar acostumbrado a la victoria. Y no hay más que uno: el que en aquel momento salva todavía la única prenda, la única moneda de cambio que conserva: Italia. Y esto es lo que pronto hará del joven general, ya dueño de la guerra, señor de la paz.

Serán todavía necesaria tres campañas para que la corte de Viena consienta en tratar. En noviembre de 1796, Bonaparte está en la quinta desde hace siete meses. Austria, poderosa por los recursos de una vasta Monarquía, continúa, atacando, su "magnífica defensa". Otro de sus mariscales, el mejor tal tal vez, Alvinzi, desciende del Tirol para liberar a Mantua y a Wurmser. La partida es difícil para Bonaparte, si bien ha rellenado sus huecos y acrecentado sus efectivos. La gana también por su genio inventido, por la rapidez de sus maniobras, y dando de sí más que nunca, aunque está tan febril, tan agotado, tan flaco, que se cree que un veneno le roe, la sarna de Tolón, sin duda, que se le entró con los remedios. Apenas se tiene en pie, cuando en el famoso puente de Arcole, tan pintiparado para la estampa, el general en jefe tiene que lanzarse hacia adelante, bandera en mano, dando ejemplo, repitiendo el paso del puente de Lodi, uno y otro destinados a confundirse como el instante heroico que ha de magnificarse para la leyenda. Lannes cae herido, y Muiron, muerto, al cubrirle con sus cuerpos. Cae él también en la laguna, que le pone al abrigo de la metralla. Su hermano Luis y Marmont le sacan con el tiempo justo para que no le de alcanza el enemigo. En fin, después de tres rudas jornadas, Alvinzi es vencido, pero escapa. Por lo menos, la retirada de este ejército temible, cuya llegada había preocupado a los más bravos, ha proporcionado a los franceses "la confianza y la sensación de la victoria".

Una pausa, en la que el adversario se rehace. En enero de 1797, sexta campaña. Alvinzi entra en línea otra vez y es de nuevo vencido en Rivoli; su lugarteniente Provera, que ha franqueado el Adigio para aliviar el bloqueo de Mantua, capitula en La Favorita. Esta vez, Wurmser, que sigue situado, no puede hacer más que rendirse. Bonaparte propone a este viejo soldado condiciones honrosas. Desdeña asistir a su rendición. Indiferencia "advertida en toda Europa" y más propia para herir las imaginaciones que si se hubiera visto al ilustre generalísimo entregar su espada a un vencedor que aún no cuenta treinta años.

Es que Bonaparte no se mantiene de teatralidades. Sabe que su situación sigue siendo difícil; que Austria no está aún vencida; que Italia, al parecer sumisa, se volverá contra él a su primer descalabro. Y el Directorio no le hace más fácil su tarea. Le está mandando siempre órdenes a las que hay que hurtarse; órdenes mal calculadas, cuya ejecución sería funesta. Hasta le envía a Clarke, "un espía", para tratar con el enemigo si el caso llega, en lugar del general en jefe. El Directorio desconfía de Bonaparte; le vigila, le encuadra; pero no puede prescindir de sus servicios. No puede siquiera negarle las gracias y los elogios, porque él es el único que gana batallas y que trae esperanzas de una paz cuya necesidad es en Francia creciente. El Directorio irrita a Bonaparte, labrando al propio tiempo su grandeza; y le inspira desprecio incluso antes de pedirle su protección en fructidor, antes de abrirle en brumario, por una mitad de sus miembros, el camino del Poder.

No hace un año aún que Bonaparte está en Italia y está persuadido, por experiencia cotidiana, de que el Gobierno de la República no entiende nada de los asuntos de Italia. No comprende nada, porque sigue inficionado de dogma y de doctrina. Bonaparte sabe bien lo que valen los sistemas y los principios. Se ha alimentado de ellos en su adolescencia. Ha creído en ellos y los retiene lo bastante para seguir siempre dentro del sentido de la Revolución. Pero hay hombres y hay cosas. En cuanto a él, sabe elevarse por encima de sentimientos y fanatismos. Los juzga; pero también se sirve de ellos. Son fuerzas con las que hay que contar, y que emplea o neutraliza oponiéndolas unas a otras. Lo que pronto será para los franceses, lo es ya para Italia, por encima de los partidos: árbitro conciliador; y en una situación bastante más difícil, puesto que Francia es una, tiene un centro, París, mientras que Italia es un cuerpo sin cabeza, de miembros dispersos. Si Bonaparte no hubiera leído tanto, y no supiera tanto de Historia, ¿saldría airoso del maremágnum italiano? ¿Se le habría ocurrido por sí solo fundar, con Bolonia y Ferrara arrebatadas al Papa, con Módena, cuyo duque está derrotado, una República cispadana, feudataria y protegida, siguiendo el modelo de las "aliadas" de la República romana y manteniéndola, cuidadosamente, distinta de la Lombardía, que constituirá una República transpadana? Y si él no hubiera anotado la Historia eclesiástica, ¿sabría tratar con el propio Papa?

Ya, después de Lodi, ha negociado con un embajador de la Santa Sede. No ha exigido solamente millones y cuadros. Era el Soberano temporal de Roma quien pedía un armisticio. Para apaciguar a los católicos italianos, sus monjes y su clero, Bonaparte necesita del Soberano espiritual. Entonces se vale de él y de la religión, como se valdrá de ella, tras Hoche y aún más que Hoche, a fin de pacificar la Vendée. Y, sin embargo, sus cartas al Directorio hablan con desprecio de "la clerigalla". Por otra parte, toma precauciones con sus soldados republicanos. Incluso amenaza al cardenal arzobispo de Ferrara con fusilarle, si ha lugar. De este modo, se guarda igualmente de chocar con la fe católica o con la revolucionaria, no teniendo apenas más de la una que de la otra. Una política impuesta por las circunstancias se elabora en su espíritu.

La desarrolla, la agranda, cuando después de la retirada de Alvinzi y la toma de Mantua, sabiendo que con el archiduque Carlos se prepara un nuevo adversario, quiere asegurar la tranquilidad en la retaguardia y estar prevenido contra una insurrección. En Tolentino se reanudan las conversaciones de paz con la Santa Sede. Si escuchara las sugestiones del Directorio, el vencedor de Rivoli iría a la misma Roma para destruir el "culto romano", el "fanatismo" y la "inquisición". No hay más que dar una orden para derribar y arruinar por completo al Poder pontificio. Pero él no da esa orden. Y no sólo no la da; no sólo no mezcla en la negociación ni la teología ni los asuntos de la Iglesia, sino que osa anunciarse a las poblaciones creyentes como "protector de la religión". ¿No visita, acaso, en San Miniato a un viejo canónigo que se llama también Bonaparte, ligado con la familia, que se enorgullece, en Toscana, de contar con un santo? No hay duda que la visita al primo canónigo forma parte del arreglo, de la escenificación. Es preciso que se diga de este general de la Revolución: "¡Toma! Tiene sacerdotes en su familia..." En las legaciones conseguidas de la Santa Sede obtiene la adhesión del obispo de Imola, cardenal Chiaramonti, que será Pío VII, el Papa de su coronación. Y aún va más lejos. Por un movimiento de hábil generosidad se abstiene de perseguir a los sacerdotes franceses emigrados que se habían refugiado en tierra pontificia. Parece que ya medita para Francia la política que aplica en Italia.

¿Es exagerado decir, con su hermano José, que "las proclamas del general del ejército de Italia anunciaban ciertamente que si Napoleón llegaba al Poder establecería un gobierno que no sería la República?" Miot de Melito, agente de la República de Toscana, advierte, por su parte, que encontró en el vencedor de Lodi al "hombre más alejado de la forma e idea republicana". Pero, sobre todo, Miot, viejo en estos negocios, agrega: "Yo reconocí en su estilo conciso y lleno de movimiento, aunque desigual e incorrecto; en la naturaleza de las preguntas que me dirigía, a un hombre que no se parecía a los demás. Me sorprendió la extensión y la profundidad de las cuestiones militares y políticas que me planteaba y que no había yo advertido en ninguna de las correspondencias que había mantenido, hasta entonces, con los generales de nuestro ejército de Italia".

Estos no son más que los prolegómenos del porvenir. Italia reserva a su conquistador otros éxitos. Y en Francia –en el interior como en el exterior–, las circunstancias conspiran para él. Una nueva fecha crítica se acerca para el Directorio, en tanto que Bonaparte será el único general victorioso de la República. Moreau y Jourdan han sido arrojados por completo de Alemania. Hoche morirá pronto. Todos los ojos están fijos en el general Bonaparte. Su nombre, que se destapaba un año antes, vuela en labios de los franceses. Y se empieza a decir que si hay alguien que pueda obtener las fronteras naturales y el descanso, la gloria y la paz; en otros términos, si hay alguien que pueda terminar la Revolución, es él.

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 78 - 92.