sábado, 20 de agosto de 2016

Una historia de Napoleón (IX): cómo pudo frustrarse un golpe de Estado



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Desde el 19 de mayo de 1798 hasta el 9 de octubre de 1799, Bonaparte estuvo ausente de Francia. Durante estos diecisiete meses las causas que debían hacer necesario el recurso de la dictadura no habían cesado de actuar y su efecto se había desarrollado con una rapidez inexorable. Después de la anexión de Bélgica, la Revolución no fue ya en adelante dueña de sus destinos.

Napoleon Bonaparte y golpe de Estado

Desde ahora, tenemos ya la imagen de lo que se repetirá hasta 1814, hasta que Francia vuelva a sus antiguos límites. Inglaterra reanudará con tenacidad coaliciones, de las cuales será a un tiempo alma y bolsa; coaliciones que Francia tratará a toda costa de romper y que serán más fuertes, más vastas, más unidas, a medida que los franceses avancen más y más en Europa, no levantando la carga sino para dejarla caer de nuevo sobre ellos, desde más alto. "Si yo hubiera sido vencido en Marengo, habrías tenido desde aquel momento todo el 1814 y todo el 1815", decía Napoleón a sus compañeros de Santa Elena. Nada más exacto. En el verano de 1799 había faltado poco para que se realizara todo lo de 1814 y todo lo de 1815.

El desastre de la flota francesa en Aboukir había sido para Europa señal de una renovación de las hostilidades. Nelson era dueño del Mediterráneo; Bonaparte estaba cogido en Egipto como en una trampa. La diplomacia inglesa trabajaba por todas partes, y Nelson era su mejor agente. El vencedor de los mares arrastró al rey de Nápoles a tomar las armas. Tan pronto como el gobierno napolitano declaró la guerra, los franceses acudieron contra este adversario, poniendo en derrota al ejército napolitano, empujándole hasta Nápoles y entrando en él, como antaño Carlos VIII. Los Borbones huyen a Sicilia. Queda fundada la República partenopense. Éxito magnífico de Championnet; pero éxito que se parece de extraño modo a tantos otros éxitos como los que Napoleón conseguirá más tarde y que le llevarán al fondo de las Italias, de las Españas, de las Rusias, hasta que el reflujo le rechace.

Y vemos también, en 1799, anunciarse lo que se producirá más en grande al cabo de pocos años: la revolución de los pueblos contra la Revolución conquistadora; las ideas de libertad y de nacionalidad volviéndose en contra de los que las habían propagado a través del mundo. Se ha repetido demasiado que la señal de estos levantamientos nacionales la dieron los campesinos españoles en 1808. Los campesinos de las Calabrias, los lazzaroni de Nápoles, comenzaron antes. Albert Sorel ha expresado admirablemente el estupor de los soldados republicanos ante este fenómeno: la causa de los pueblos hecha una con la causa de los reyes, prodigio tan monstruoso para ellos como si hubieran visto a los ríos retroceder remontando su cauce. Entonces, en poco tiempo, ante este furor popular, surge la retirada de Nápoles, y después el desastre. Y pronto, conducidos por Souvarof, el tártaro, los rusos, saliendo de sus estepas con sus iconos, caen sobre Italia para arrojar de ella a los franceses, mientras los húsares húngaros asesinan a dos plenipotenciarios de la República a las puertas de Rastadt, donde el interminable congreso acaba de disolverse. Y después los suizos, los holandeses, los belgas, por último, se insubordinan, y ¡es por conservar a Bélgica por lo que esta agotadora guerra se mantiene! Al mismo tiempo la Vendée vuelve a empuñar las armas.

El peligro había sido el mismo en 1793, aunque menos grave. El mismo será, pero más grave, en 1813 y 1814. ¿Por qué el Directorio escapa a él en 1799? Porque, como en 1793, los coaligados no llevan la guerra a fondo, porque continúan divididos por sus intereses, porque tienen otras miras. En 1793 habían dejado a Francia para acudir al último reparto de Polonia, por temor de que el uno se quedara con un trozo más grande que el otro. En 1799, la rivalidad de Austria y de Rusia en Oriente detiene su ofensiva. Masséna aprovecha esta paralización para batir a Souvarof en Zurich, casi al mismo tiempo que Brune tiene la dicha de batir a los ingleses y a los rusos desembarcos en Holanda. Nuevamente Francia queda a salvo de la invasión; Italia se pierde, pero las "fronteras naturales" quedan intactas.

En este momento Bonaparte llega al término de su aventurada travesía. El 1.º de octubre, La Muiron, milagrosamente escapada a los ingleses, recala en Ajaccio. Bonaparte se entera allí de las noticias. Se consume de impaciencia. Comprende que Brune y Masséna le quitan el pan de la boca. Creía recibir a su llegada por aclamación general el mando de los ejércitos de la República para rechazar al enemigo. Pero la invasión ha sido detenida. Llega demasiado tarde.

No importa. Se da prisa. Tan pronto como la ruta queda libre, La Muiron se hace a la vela y nunca más volverá Bonaparte a contemplar Ajaccio. El 8 de octubre está a la vista de las costas de Florencia. Se hurta una vez más a la escuadra inglesa que cruza para atraparle. El 9 desembarca en Frèjus, en la bahía de San Rafael.

Tuvo entonces una revelación. Durante su ausencia, su popularidad se había acrecentado más de lo que esperaba. Apenas su fragata se acercó a tierra, apenas su llegada fue conocida, los provenzales acudieron, rodearon La Muiron con sus botes, aclamaron al General, subieron a bordo para verle más de cerca. Otra suerte, pues gracias a ello se ahorra la cuarentena, que el servicio sanitario de una administración mal intencionada podría infligirle, ya que procede de un país en el que hay peste. Se coloca por sí y ante sí por encima de los reglamentos. Ya los gritos que escucha, la alegría cuyas manifestaciones advierte, le hacen saber que se le espera. Si ha pasado el momento en que pudo ser necesario un gran capitán para vencer al enemigo, ahora se siente la necesidad de un soldado, de un jefe que salve a la República y al Estado.

Pero todavía no lo sabe todo. Si bien acaba de tomar el pulso al público, el deseo de la multitud es vago y amorfo. Al acercarse a París se entera de algo nuevo y concreto que otorga a su fortuna una nueva faceta. El Poder –que había entrevisto y deseado, como los otros, sin descubrir el medio de alcanzarlo– se le ofrece. No sólo el fruto está maduro, sino que se le facilitan los medios de cogerlo. En el fondo de la situación existe un golpe de Estado. El "cómo", se le presenta a Bonaparte, y se le presenta por sí solo. Acudiendo a su encuentro, su hermano José le pone al corriente de las ideas y de los proyectos de Sieyès, desamparado desde la muerte de Joubert. Para llegar a ser el amo de Francia, Bonaparte no tendrá que sublevar a los regimientos o a la calle, procedimiento incierto, aventurado, que siempre le repugna, en el que no tiene confianza. El golpe de Estado que se prepara, al que no falta más que un ejecutante, no le comprometerá con los monárquicos ni le dejará prisionero de los militares. Será organizado en el interior por paisanos, por republicanos, con la garantía de un revolucionario: un puro de los primeros días del 89, un regicida, un "votante". Este golpe de Estado será todavía fiel al "genio de la República", siguiendo el hilo de la Revolución, y por ese lado apenas fuera de la legalidad; en fin, tal como pudiera concebirlo, desearlo y hasta aprobarlo el general de vendimiario y de fructidor.

Nos queda el comprender por qué en la misma República, a la cabeza del Estado, hombres de peso y reflexivos habían llegado a no encontrar otra salvación que recurrir al soldado; por qué Sieyès, eterno constituyente, como Diógenes en busca de un hombre, "buscaba una espada", al romperse en Novi, con la muerte, la de Joubert.

El hecho es que el sistema de gobierno establecido en 1795 no podía continuar. Si bien Augereau, cedido por Bonaparte, había "fructidorizado" los consejos, hubiera hecho falta al año siguiente recomenzar la operación y anular las nuevas elecciones hostiles a los Directores en funciones. Este era el vicio fundamental de un régimen fundado en la voluntad popular y que la violaba tan pronto como resultaba contraria al precepto no por inexpresado el menos fuerte de la Constitución; esto es, en cuanto tendía a apartar del poder a los antiguos convencionales, a los termidorianos de izquierda. Así, pues, en mayo de 1798 (22 de floreal), surgió un nuevo abuso de autoridad, mientras la guerra exterior se reanudaba. Con ello, el espíritu jacobino se reanima. En las elecciones de mayo de 1799, desalentados y amilanados, los partidos de derecha se abstienen, no votan. Los exaltados, los exagerados, los "patriotas", reaparecen en los Consejos. Reclaman, imponen el retorno a los métodos terroristas en nombre de la patria en peligro. Nuevas medidas de rigor, en las que esta vez, por no quedar ya muchos "aquí presente" (*) a quienes perseguir, los burgueses hacen el gasto. El empréstito forzoso, lejos de remediar la creciente bancarrota de las finanzas, alarma a la masa de los que poseen. Los intereses resultan lesionados; por todas partes se advierten inseguridad e inquietud mientras se suceden las noticias desastrosas de la guerra. Entre tanto, de regreso de una misión diplomática en Berlín, Sieyès queda elegido director en sustitución de Rewbell. Jamás le plació la Constitución del año III, que no hizo; y no yerra al juzgarla adversamente. Ve que la Revolución y la República, marchan hacia la ruina, y que este gran desorden, agravado por los desastres militares, no puede terminar más que con la restauración de los Borbones. Este antiguo sacerdote regicida es tal vez el más clarividente, el más consciente de los revolucionarios. Es preciso a toda costa cambiar de máquina, porque si no la catástrofe se avecina.

Hele ya en su puesto. Silenciosamente, se pone a la obra, urde su conspiración por la salvación de la República y de los republicanos. Lo primero, garantizarse el Poder ejecutivo, ese poder de cinco cabezas. Los directores habían depurado los Consejos. El invertirá el método. Depura al Directorio. El 30 prairial (18 de junio de 1799) ejecuta su primer golpe de Estado, que es preparación del otro. Consumada en los Consejos la alianza de la vieja Gironda con la extrema izquierda, Sieyès elimina a tres de sus colegas, conserva a Barras, de quien nada teme para sus proyectos, e introduce en el Directorio, aparte de Roger Ducos, su confidente y cómplice, a dos jacobinos de estricta observancia, pero de cortas luces: Gohier y el general Moulin. Ya no se tratará, llegado el día, más que de desembarazarse de estos comparsas. Sieyès se la ha jugado a la extrema izquierda, su aliada de un día. La desarma cerrando el Manège, donde el club de los jacobinos ha reanudado sus sesiones. La labor preliminar del golpe de fuerza definitivo ha quedado cumplida. El general Bonaparte encuentra ya medio mascado el 18 brumario.

También se encuentra con una Francia por conquistar. De Frèjus a París, lo que ve, lo que oye por el camino no da lugar a engaño. La anarquía salta a la vista. Los carruajes que llevan sus equipajes han sido saqueados en las cercanías de Aix por bandidos, por "beduínos franceses", como dice el mameluco Roustan, que ha traído de Egipto para exorno de sus cortejos, a los cuales presta un reflejo oriental. La necesidad de orden y autoridad se siente por todas partes, y cristaliza en torno al general Bonaparte. La acogida que le dispensa Lyon es significa y del modo calurosa que decide sustraerse en adelante a ovaciones que le comprometen.

Importa, en efecto, no echar a perder una situación admirable. Todo conspira a favor del joven general, siempre que no cometa ninguna imprudencia, que no de ningún paso en falso. Y esta popularidad que surge con celeridad de rayo, no es misteriosa. Por instante, los franceses buscan un jefe, como por cálculo busca Sieyès un ejecutor. Jefe, no hay otro más que él. No hay, sobre todo, quien reúna como él las condiciones necesarias. Las aspiraciones del país son confusas y hasta contradictorias. Hay hartura del desorden engendrado por la revolución; pero la masa quiere conservar los frutos de ésta, a saber: la igualdad y los bienes nacionales. Se está cansado de la guerra; pero no se renuncia a los límites naturales. Y la reputación de Bonaparte está ya hecha. Consigue victorias, y victorias que hacen la paz, como en Campo-Formio. No transigue con la reacción, a la que ametralla si es preciso; su lenguaje excluye toda sospecha de espíritu feudal, pero no hiere ni sentimientos ni creencias; no persigue a las personas ni a los intereses. Está por encima de las pasiones que han desgarrado a Francia. Y en ello, si cosecha después de haber sembrado, ha sembrado sin quererlo, por la razón profunda, innata original, de que las pasiones, revolucionarias o contrarrevolucionarias, que dividen a los franceses de viaja cepa, no las comparte, puesto que no ha podido sentirlas como ellos.

Estos son los elementos de su popularidad, los cuales se han acrecentado durante su ausencia. Nadie se ha presentado para desempeñar el papel de salvador, y Bonaparte, por su alejamiento, se ha hecho desear. ¿Cómo, por otra parte, no comprobar que la victoria, cuando él no está presente, deserta de la bandera francesa? Y así como se hace responsable de todos esos males al régimen, se le acusa de haber "deportado" a Egipto al general que, desde entonces, se convierte, no sólo en héroe, sino en víctima.

Todos estos sentimientos se difunden a través de la nación. Pesarán, sobre todo, el día en que Bonaparte haya legado al Poder. Existen en el país disponibilidades mejor que fuerzas activas; la apatía, la "postración", tras tantas convulsiones y sufrimientos, son demasiado grandes para que un movimiento espontáneo brote de la multitud. Falta mucho para que Bonaparte pueda derribar al Directorio con su mera aparición, y la vuelta de Egipto no resiste el parangón con el regreso de la isla de Elba. Piensa también de nuevo en hacerse nombrar director, con una dispensa de edad, mejor que en apoderarse de la Dictadura. Su misma gloria, que puede aún considerarse como en estado naciente, le sería más bien enojosa, ya que por su naturaleza podría poner en guardia a los que permanecen fieles a la Constitución del año III e inquietar o enfriar a los que preparan un golpe de Estado, los cuales necesitan un general, pero no piensan en trabajar para él. Por otra parte, Sieyès no tiene más simpatías por Bonaparte que Bonaparte pueda tener Sieyès. Rara vez se ha visto a dos hombres tan poco hechos para comprenderse, y si, al fin, colaboran, es verdaderamente porque Sieyès no ha encontrado otro agente ejecutor, mientras que, para Bonaparte, la ocasión se ha presentado única. Si le hubiera fallado aquélla no es probable que se hubiera presentado una mejor, ni aun siquiera que hubiera surgido otra.

Entretanto, los preparativos estaban tan adelantados que todo se montó y todo se cumplió en menos de un mes. Bonaparte había regresado a tiempo para ocupar el lugar que quedaba vacante por la muerte de Joubert, y del cual Moreau, ya designado, dudaba si encargarse. Moreau hubo de lamentarlo más tarde. Pero era veleidoso y siempre se embarcaba mal. Cuando se conoció en París el regreso de Bonaparte, dijo a Sieyès: "He ahí vuestro hombre. Lo hará mucho mejor que yo". Un republicano sincero, Baudin, diputado de las Ardennes, murió de alegría aquel mismo día. Para él, como para los patriotas de Frejus que habían abordado La Muiron al grito de "¡Viva la República!", la llegada de Bonaparte era la salvación de la Revolución. Existió el mismo presentimiento en algunos monárquicos. Nunca se había estado tan cerca del derrumbamiento del régimen. Tuvieron la impresión exacta de que, por muchos años, se había acabado con la restauración.

Precisamente contra la vuelta de los Borbones querían los republicanos, en primer término, prevenirse. El 18 brumario tuvo la misma razón de ser que fructidor. Estos republicanos no eran ni tan ingenuos ni tan ciegos. La dictadura de un soldado era el riesgo que corrían en su operación. Consentían en correr éste antes que el de una contrarrevolución, e igualmente conciben la monarquía napoleónica y la fundación de una cuarta dinastía como el más seguro obstáculo para la monarquía borbónica. Y cuando se ve lo que fue, después de 1815, de los regicidas, que ocuparon en el exilio el lugar de miseria de los emigrados, se explica que todo lo prefirieran a eso y que pusieran un sable, y hasta un trono si hacía falta, entre los Borbones y ellos.

Pero el sentimiento de la conservación personal no era lo único de que se trataba. Republicanos sinceros, auténticos, comprendían muy bien que la Republicanos sinceros, auténticos, comprendían muy bien que la República perecía por la debilidad del poder ejecutivo. Veían la necesidad de estrechar este poder, y por ello, en el plan de Sieyès, se pasaba de las cinco cabezas directoriales a las tres cabezas consulares. En fin; ya que no se renunciaba a los límites naturales ni por consiguiente a la guerra, el buen sentido decía que no se podía resistir a Europa entre convulsiones y anarquía. La convención lo había comprendido, y por ello organizó el Terror. Ahora el régimen terrorista era odioso a los franceses. Había que rehacer una autoridad; pero que no tuvieran cara de Gorgona.

El refuerzo del Poder ejecutivo, objeto del nuevo golpe de Estado en preparación, era, pues, una idea razonada y razonable. También todo lo que en la República representaba a la inteligencia y a la ideología estaba al lado de Sieyès. Y puesto que se sentía la necesidad de un jefe que continuase la guerra de los límites naturales de un jefe que continuase la guerra de los límites naturales en buenas condiciones, seguía entrando en la lógica de la situación que ese jefe fuera un militar. Sieyès y los ideólogos tampoco podían –sin saber bien por qué–, entregarse más que a Bonaparte. De todos los militares posibles, él es el que tiene más autoridad personal y más horizonte. No expondrá a Francia ni a un gobierno de soldadesca ni a sucesivas sediciones de pretorianos. Si la Revolución había de terminar por el cesarismo, ha tenido la suerte de encontrar de primera intención al militar que, poseyendo menos espíritu de casta, era lo bastante penetrante para asegurar inmediatamente la preponderancia del elemento civil en su gobierno, de modo que no se abriese en los campos la era de las proclamaciones de "imperators". Veinticinco días solamente transcurren entre la mañana en que Bonaparte entra de nuevo en su casa de la calle Chantereine, y el día en que sale, ya César, de la Orangerie de Saint-Cloud. Entretanto, el César de mañana tiene una mujer, más que sospechosa, convicta de infidelidad y de mala conducta. Sobre la vida de Josefina, sus desórdenes, sus deudas, Bonaparte, informado ya, ha recibido nuevos detalles por sus hermanos, que odian a su cuñada. Inquieta, la culpable ha querido explicarse, abogar por su causa, obtener el perdón, y sale al encuentro de su marido; pero se equivoca de camino, mientras que José toma el debido. Bonaparte está resuelto a deshacer su hogar. Está ya harto de soportar a ese M. Charles, de ser un marido escarnecido. El próximo amo de Francia no está todavía muy lejos de la bohemia en que ha vivido, del mundo galante en que tomó compañera.

Perdona, sin embargo, tan pronto como Josefina, que no le ha alcanzado en Lyon, llega a su vez a la calle de Chantereine. Perdona, porque ella no ha perdido todo poder sobre su corazón ni sobre sus sentidos. Perdona, porque, habiéndose encerrado sin consentir en verla, tuvo ella la habilidad de enviar a sus hijos, Eugenio y Hortensia, a pedir su gracia a través de la puerta, segura, por este medio teatral, de enternecerle. Perdona, además, porque un divorcio sería un escándalo inoportuno, una confesión, demasiado fácil de explotar por las malas lenguas, de sus infortunios conyugales, y él no quiere ser objeto de risa. Perdona, en fin, porque, habiendo reflexionado, le parece que Josefina, con sus relaciones, con su habilidad para procurar la propia conveniencia, con su misma truhanería le será una útil auxiliar. Perfecto cálculo. Josefina, según su costumbre, frecuenta el trato de las gentes encumbradas. Barras, el antiguo protector, sigue siendo el gran amigo. Conoce a Gohier, que preside el Directorio. Por Gohier no está mal tampoco con Moulin. De suerte que será con los tres directores que van a ser desahuciados, expulsados y manteados, con los que Bonaparte en estos primeros días, y, en parte gracias a Josefina, se encuentra manteniendo las mejores relaciones.

Así, hasta el fin, dará chasco con sus intenciones. Es ésta la razón por la que se abstienen de inquietarles, de pedirle cuentas, si bien vive en París en una situación desde todos los puntos de vista mal definida, ya que ha abandonado al Ejército de Egipto, y que desde que desembarcó en Frejus, trata con desdén los reglamentos militares, que afecta ignorar y que no se le aplican. Por otra parte, ¿quién osaría tocar al general Bonaparte? Lo que mejor le protege es su fama, y se comporta de modo que evita que ésta lo haga sospechoso, haciendo creer que rehuye las ovaciones, en lugar de buscarlas. Impenetrable, no desalienta a los partidos ni a las personas, sin comprometerse ni con los jacobinos del Manège, si bien siente simpatía por un cierto jacobinismo, ni con los "podridos" (escoria del Directorio de la que Barras es representante y que él desprecia), ni con los moderados, cuyo temperamento no es el suyo. Para el gusto de Bonaparte, Sieyès es incluso un poco demasiado reaccionario. En cuanto a los monárquicos, mal harían en dejarse embaucar. Se servirá de ellos. Jamás les servirá.

En el fondo, ha juzgado bien el estado de Francia. Lo que debe tomarse es el "tercer partido", el que había ya sostenido a Enrique IV después de la Liga y a Luis XIV después de la Fronda, esa masa –lo dijo bien el cardenal de Retz– que, nula al principio y a la mitad de las grandes crisis, pesa más al final. Lo que más se acerca al "tercer partido" son los moderados, por lo demás impotentes por sí mismos, y por ello Sieyès, su jefe, necesita de una espada. Pero si el general no quiere aparecer en actitud de ofrecerse a Sieyès, éste no quiere tampoco aparecer como rogando al general. No se trata ya de amor propio o coquetería, sino de política y precaución. Cada uno se niega a dar el primer paso para seguir estando libre frente al otro. En este juego surgen los piques. Sieyès se queja del joven insolente que debería ser fusilado por haber abandonado su ejército a orillas del Nilo. Bonaparte responde que Sieyès ha traicionado a Francia en las negociaciones de Berlín.

Y mientras, se pierde el tiempo, un tiempo precioso en que las horas cuentas. El Consejo de los Quinientos, que adivina el peligro, se dispone a revisar algunas de sus más odiosas leyes. Una apariencia de enervación y de apaciguamiento sería bastante a contentar al público, y ablandaría los espíritus. Es preciso actuar de prisa, machacar el hierro mientras esté caliente y sin más retraso; poner en contacto directo al que ha concebido y prepara el golpe de Estado y al que es capaz de ejecutarlo, asociados naturales, de los cuales cada uno aporta algún elemento necesario al éxito de la operación.

Apenas, hasta entonces, se habían entrevisto en las ceremonias oficiales. Talleyrand fue, según expresión de Alberto Vandal, el "mediador". Fue el 2 brumario (24 de octubre) cuando, a instancias suyas, Bonaparte se resolvió a hacer a Sieyès la visita que él había esperado en vano en la calle Chantereine. Talleyrand, y a su lado Fouché: tipos de hombres tan indispensables al complot en la segunda línea de acción como Bonaparte y Sieyès lo son en la primera. Porque es fácil decir a posteriori que todo aquello tenía que suceder; hacían falta para ello muchos concursos. Con todo, el 18 brumario estuvo a punto de fracasar. No ha faltado quien exprese asombro de que más tarde Napoleón conservara a su lado al antiguo oratoriano y al antiguo obispo. Se les ha llamado sus genios maléficos. Habría sido necesario ante todo que en el momento decisivo y más difícil hubiera podido prescindir de ellos y de bastantes más. Pero nada habría sido posible sin Sieyès, Fouché y Talleyrand –ese "tría de curas"– que le aportaban, con su habilidad y su inteligencia, la garantía de hombres tan interesados los unos como los otros en impedir una contrarrevolución.

He aquí un golpe de Estado que se presenta en las más favorables condiciones; organizado desde el interior por Sieyès y Ducos, dos de los jefes del Poder que se trata de derribar. De las dos Asambleas, una, el Consejo de los Ancianos, es cómplice; la otra, el Consejo de los Quinientos, está manipulada por Luciano Bonaparte que, diputado muy joven como es, ha sabido moverse para ser elegido presidente. Por último, la opinión pública es simpatizante. Ni aun en el faubourg Saint-Antoine es de temer una sublevación. Y, sin embargo, en nada estuvo que este golpe de Estado no fuera un fracaso.

La culpa será parcialmente de Bonaparte. Con todo, ganada la partida, es él quien ha calculado mejor. Se obstinó hasta el final en dar a la operación un carácter civil y tan poco militar como fuera posible; en no emplear la violencia; en recurrir a la fuerza sólo cuando no se pudiera actuar de otro modo. La víspera de Saint-Cloud se ha negado a escuchar a Sieyès y Fouché que eran de parecer, para contar con todos las probabilidades de su parte, de proceder a detenciones preventivas entre los diputados tenidos por ardientes adversarios. A esta negativa, tal vez imprudente, deberá el hacer accesible su régimen a los más puros revolucionarios y que no puedan echarle en cara un crimen del 18 brumario, como a su sobrino el crimen del 2 de diciembre. Habrá así afrontado una dificultad, pero en el fondo con razón, porque al margen de la "jornada" –que se añade a la larga serie de "jornadas" revolucionarias–, consigue uno de los resultados que se proponía. No se hace dependiente de los cuarteles, como si no debiera su elevación más que al Ejército.

El peligro, en efecto, era que su ejemplo autorizara a otros a recomenzar contra él o que él hubiera hecho contra el Directorio. Sin embargo, no alejará esta contingencia más que por quince años, ya que en 1814, pronunciándose contra el Emperador, sus mariscales le obligarán a abdicar. Bonaparte se da perfecta cuenta de que por grande que sea su superioridad sobre todos los otros jefes militares, no les impedirá decirse: "¿Por qué no yo?" Mientras que Sieyès y Fouché avizoran en la oposición parlamentaria, Bonaparte, que conoce su propio ambiente, no pone al corriente del complot más que a los oficiales de los que está seguro. Es más que circunspecto con los demás. La víspera y el día de Saint-Cloud, los hombres que hace vigilar especialmente, porque son aquellos de quien más desconfía, se llaman el general Bernadotte, el general Jourdan y el general Augereau.

No era un hipócrita cuando escribió, dos años antes, a Talleyrand: "¡Es una desgracia tan grande, para una nación de treinta millones de habitantes y en el siglo XVIII, el verse obligado a recurrir a las bayonetas para salvar a la Patria!" Bonaparte preferiría prescindir por completo de las bayonetas. Su futuro poder no sería por ello sino más sólido. En esto ve claro, pero en la aplicación sobrepasa la medida. Lo que le gustaría, como hombre del siglo XVIII, sería triunfar por el solo poder de la razón. Aquí es más ideólogo que los ideólogos que le rodean y lo adoptan, los que hacen de su golpe de Estado una conspiración del Instituto. Porque no ha dejado de mostrarse de nuevo en las sesiones académicas. Y si tiene guardias de corps con espuelas que se llaman Murat, Berthier, Marmont, tiene también toda una escolta de intelectuales, gentes de letras, sabios, juristas, filósofos, la cola de los enciclopedistas, el mismo ilustre Cabanis, representante de las luces, todo el que ha luchado contra "la superstición" y "los abusos". Voltaire, partidario del despotismo ilustrado, habría formado en el cortejo filosófico que la víspera del 18 brumario se fue a Auteuil con el general a la cabeza a visitar a Mme. Hervétius, viuda del autor del Esprit. El mundo que ha preparado la Revolución por los libros y en las inteligencias está por el golpe de Estado que debe consolidarla, estabilizarla y –de ello al menos se alardea– terminarla.

Según sus métodos, por otro lado, y según sus propios tradiciones. Sieyès y Bonaparte que, roto ahora el hielo, se vuelven a encontrar y se conciertan, cuentan incluso con ejercer menos violencia sobre la representación nacional que la que hubo de soportar en fructidor. Para cambiar la Constitución es su propósito obtener el voto de las dos Asambleas, llevando hasta donde sea posible el respeto a las formas parlamentarias. La mayoría del Consejo de los Ancianos estaba asegurada. No se trataba más que de poner a los Quinientos en estado de no resistir, no debiendo recurrir a la fuerza más que si era indispensable, como un remedio heroico y en última instancia.

El plan ofrecía, pues, grandes riesgos, pero, por otra parte, no era apenas posible imaginar uno que fuera muy diferente. Es preciso deshacerse de la idea, admitida, de un 18 brumario en el que Bonaparte persiguiera a los representantes del pueblo con sus granaderos. En primer lugar, no existían granaderos suyos. La tropa designada bajo este nombre era la guardia del Directorio y de los Consejos, residuo de las guardias-francesas, de triste memoria, y de los gendarmes de la Convención. Si esos hombres, más bien policía que soldados, eran pretorianos de alguna cosa, lo eran de la República. En cuanto a la guarnición de París, era mucho más fácil de levantar. El individuo de tropa, el combatiente, que con frecuencia había estado a las órdenes de Bonaparte, era como el resto de Francia. Se quejaba de todo: de las desdichas del país, de sus derrotas, de sus harapos, de su paga incobrada, del rancho y del tabaco, y acusaba de todas sus miserias a los "abogados del Directorio". Era éste, sin embargo, el soldado de los ejércitos de la Revolución. Seguía siendo republicano, por lo menos a su modo. Podía ser sensible al nombre de la ley y había que tener consideración con sus prejuicios.

Todo contribuía a hacer complicada una operación que de lejos parece sencilla. Cuando Bonaparte, a su regreso de París, preguntó: "¿Creéis posible la cosa?", Roederer, uno de aquellos hombres de la aristocracia intelectual que le rodeaban y le empujaban, le respondió: "Está hecha en sus tres cuartas partes". Cierto es que el último cuarto era el más difícil y aleatorio.

Pero, además, había que pasar a la ejecución. A pesar de las precauciones que tomaron los altos conjurados para garantizar el secreto de sus conciliábulos, se empezaba a sospechar algo. De los cinco Directores, tres debían saltar y de estos tres, Barrás, hombre de combinaciones tanto como de dinero, era poco de temer. De ningún modo debían los otros dos tener motivos para estar sobre aviso. Josefina, que fue útil en esto, se encargó de adormecer a Gohier, enamorado de ella. Hasta el final, engañó al pobre hombre, llevando su astuta audacia a invitarle a almorzar el mismo día –18 brumario, 9 de noviembre de 1799– en que se había de dar el golpe. La víspera, Bonaparte cenaba en el Ministerio de Justicia, en casa de Cambacerès, que no era del complot. Tres días antes había asistido –sin comer, por miedo al veneno– al banquete dado en su honor y en honor de Moreau. Todo se desarrollaba en el mundo oficial.

Y el escenario que Sieyès había imaginado, era oficial también. La operación debía cumplirse, en dos días, en el Parlamente, con el Parlamento, según el reglamento parlamentario. Bajo el pretexto de una conjuración anarquista descubierta en París, el Consejo de los Ancianos había sido convocado en sesión extraordinaria y a una hora muy temprana para aquella estación. Los conjurados tenían cómplices bien situados en este Asamblea, especialmente los cuestores. Para más seguridad, los miembros sospechosos fueron "olvidados" en el envío nocturno de los volantes de citación. Los ancianos, sin discutir y después de la lectura de un informe del peligro, votarían, como lo autorizaba la Constitución, el traslado del Cuerpo Legislativo fuera de París. La ejecución del Decreto, la seguridad de los Consejos y el mantenimiento del orden público, serían confiados al general Bonaparte nombrado Comandante superior de las tropas de la guarnición de París. Hecho esto, Bonaparte, disponiendo de la fuerza armada, anularía a los tres directores de quienes había que desembarazarse. Gohier, hasta el último momento burlado, y Moulin, cuyos ojos se abrirían demasiado tarde, serían inmovilizados en Luxemburgo hasta que presentaran su dimisión, y colocados bajo la guardia de Moreau, que se contentó con el poco glorioso papel de carcelero del Poder ejecutivo. En cuanto a Barras, también burlado, porque se le mantuvo en la idea de que "entraría en aquello" –como se había dejado a Gohier hacerse la ilusión de que no podría "dejar de entrar en aquello"– Talleyrand se encargaba de despacharlo. Se le rogaría insistentemente que se marchase a su posesión de Grosbois, acompañado de algunos dragones.

En la intención de Sieyès, el traslado del Cuerpo legislativo a Saint-Cloud tendría la ventaja de aislar al Consejo de los Quinientos, lo que determinaría más fácilmente a éste a votar la nueva Constitución, una vez que se sintiera fuera de París y rodeado por las tropas. Hubiera sido mejor precipitar los acontecimientos, ya que, no pudiendo celebrarse la sesión decisiva en Saint-Cloud hasta el día siguiente, la izquierda del Consejo de los Quinientos tuvo tiempo de reaccionar. Pero quería hacerse todo a nombre de aquella Constitución que se pretendía destruir, según las fórmulas parlamentarias, aparentando respetar al poder legislativo, en la medida en que se dispensaba caballeresco trato al ejecutivo. La descomposición de la maniobra en dos jornadas tuvo, por lo demás, el inconveniente de poner a Bonaparte en contacto con las Asambleas, y en este terreno, nuevo para él, cometió desaciertos que estuvieron a punto de estropearlo todo.

La primera parte del programa se cumplimentó a maravilla. En la mañana del 18 brumario, y en la calle Chantereine, rodeado de sus fieles ayudantes de campo, el comandante de la fuerza armada se encuentra muy dispuesto, muy dueño de sí, acogiendo atrayente a los oficiales de la guarnición de París, ahora a sus órdenes, que comprenden a medias palabras lo que se pide de ellos. Los hay, sin embargo, remisos, viejos republicanos, como el gobernador de la plaza, Lefebvre, el marido de "Madame Sans-Gêne". Bonaparte le habla por separado, le reprende, le convence, y he aquí a Lefebvre dispuesto a "tirar al río a esos c... de abogados". Cuando el Estado Mayor atraviesa París, Bonaparte, a caballo, muestra buen semblante y es aclamado por los transeúntes. Cuando entra en el Consejo de Ancianos para prestar juramento, ya no sigue estando a sus anchas. Habla demasiado, se pierde en su arenga. Hace falta que el presidente acuda en su ayuda para aplazar la sesión hasta el día siguiente en Saint-Cloud. Bonaparte se resarce, a su salida, amonestando a Bottot, emisario de Barras, y lanza a este comparsa, convertido en cabeza de turco, el apóstrofe que se hizo famoso: "¿Qué habéis hecho de esta Francia que yo os dejé tan brillante?... ¿Qué habéis hecho de 100.000 franceses, mis compañeros de gloria? Muertos están". Es el proceso del Directorio, es propaganda excelente, apoyada por carteles, por la distribución de folletos, en el amable París simpatizante. Entretanto, en los Quinientos, reunidos para escuchar la lectura del decreto, Luciano, que preside, tapa la boca a los interpeladores. También dice él: "Hasta mañana", en Saint-Cloud, donde su intervención será todavía más útil. La jornada del 18 ha sido un éxito; pero queda lo más importante por hacer.

¿Y cómo engañar a los Consejos? Sería preciso que estuvieran ciegos para no ver lo que se prepara. París lo sospecha ya. Hay adversarios de la República, hombres que no le han perdonado el Terror, que han sentido su cabeza poco segura sobre sus hombres y que se prometen ir a Saint-Cloud, para ver, con sus propios ojos, cómo se estrangula al monstruo. Los otros ven muy bien asimismo adónde se quiere ir. La maquinación es evidente. Del complot anarquista, pretexto de todo el asunto, no hay en ninguna parte trazas. Los dos presidentes han invocado el reglamento para callar a los diputados que reclamaban aclaraciones y pruebas. Pero, ¿y mañana? El miedo a ese mañana conturba a algunos de los conjurados. Unos cuantos sienten temor. Estas veinticuatro horas de conciliábulos, de idas y venidas, de intrigas. Y si bien Bonaparte se sigue negando a las detenciones preventivas, no deja por ello de tener sus temores. Por la noche no duerme sino con una pistola al alcance de su mano. Los que le rodean no sienten más tranquilidad. Sieyès mismo ha pedido un coche que estará dispuesto para la huida en caso necesario.

En fin, hay, además, hombres que se reservan y que al encontrarse con un mismo pensamiento, se conciertan y se organizan. No son sólo los que ejecutan el golpe de Estado y los que se oponen a él. También existen los que se preguntan qué ocurrirá si fracasa; los que temen, sobre todo, las consecuencias de un fracaso, un redoblamiento del sucio desconcierto. El ministro de Justicia, Cambacérès, pone rápidamente en pie una combinación destinada a reemplazar la de Sieyès y Bonaparte, en caso de necesidad. Precaución que no es tan superflua y que dice mucho. Está lejos de ser cierto que los contemporáneos de Napoleón estuvieran unánimes en creer en su estrella. Habrá siempre, y no lejos de él, hombres a quienes asombrará más la fragilidad que el brillo de su poder y que no olvidarán lo que el 18 brumario tuvo de incierto.

O, más exactamente, el 19 brumario. Porque fue el 19 cuando las cosas a poco terminan mal. El éxito pendió de un hilo. En realidad lo debió Napoleón a su hermano Luciano. No estaba él hecho para esta clase de asonadas. El contacto de las masas le producirá siempre una repulsión nerviosa. Está habituado a mandar, y en cuanto no actúa por su solo prestigio, pierde sus medios de acción.

Imaginemos a los diputados de las dos asambleas llegando a Saint-Cloud, ignorando la mayoría lo que van a hacer allí y lo que se les va a pedir. Se ha perdido bastante tiempo desde la víspera. Será necesario abrir la sesión inmediatamente y llevar las cosas a marchas forzadas; pero los salones de sesión que ha sido preciso improvisar en la Orangerie no están aún listos; los obreros trabajan todavía en ellos. Revestidos de sus trajes y de sus insignias, Ancianos y Quinientos se pasean por la terraza, se mezclan, comentan el aparato militar que les rodea, persuaden a los más confiados de que se prepara un golpe de fuerza. Se excitan, se irritan los ánimos, y ya, por este desdichado retraso, la tarde empieza mal. Cuando por fin las tribunas y los bancos están listos y se abre el debate, los jacobinos toman la ofensiva. En los Quinientos, exigen un juramento previo de fidelidad a la Constitución. En los Ancianos reclaman explicaciones sobre el complot de la anarquía. En las dos asambleas, los partidarios de Sieyès están desorientados y se doblegan. Son los moderados. Los violentos les intimidan y no están lejos de renunciar a un designio que de momento se les representa tal cual es, es decir, incoherente, lleno de lagunas, colmado de aventura y de azar. Sieyès y Bonaparte se dan cuenta de que no se hace tan fácilmente una revolución, ni aun parlamentaria, con conservadores bien educados, intelectuales apacibles, hombres de gabinete que tienen enfrente a manipuladores de club, a hombres de golpe de mano y de insurrección. Según la frase de Alberto Vandal, "el Instituto estaba a punto de ver fracasar su golpe de Estado".

Entonces Bonaparte se decide a intervenir, a precipitar un desenlace que se retrasa. Hasta París llega el rumor de que el asunto toma mal cariz, lo cual no sirve precisamente para tranquilizar a los tímidas. Una duda, y todo estará perdido. Ha llegado el momento de jugarse el todo por el todo.

Se acaba de anunciar en los Consejos que los cinco directores han presentado su dimisión. Por lo menos, esta parte de la conspiración ha sido bien llevada. Guardados con centinelas de vista por Moreau, sabedores apenas de lo que ocurre, Gohier y Moulin se encuentran incapacitados para desmentirlo. Ya no existe poder ejecutivo. Es el momento de ejercer sobre las dos asambleas la presión necesaria para obtener la votación de una nueva Constitución, y Bonaparte cree todavía que para decidir a los parlamentarios le bastará con dejarse ver.

Primero se presenta a los Ancianos, entre los que la mayoría está aún bien dispuesta. Se le hace sitio, se le escucha. Pero, más nervioso todavía que la víspera, formula con voz poco afortunada palabras mal hilvanas, casi incoherentes. Bonaparte es escritor y no orador. La elocuencia, especialmente la de los Parlamentos, es cuerda que falta en su lira. Se irrita él mismo por su impotencia para hablar, es enfada, amenaza, y sus frases efectistas son recibidas con murmullos. Deja tras sí una sala agitada y a sus amigos consternados.

De allí pasa a los Quinientos, ya advertidos de su algarada ante los otros legisladores. Apenas aparece se levantan grandes clamores. ¡Un general que viola el recinto de las leyes! Los diputados abandonan sus bancos en tumulto, le rodean, le atropellan, le cogen por el cuello a los gritos de ¡Abajo el dictador! ¡Abajo el tirano!, y al grito, mucho más temible, de ¡Fuerza de la ley! Hace falta que su escolta, que ha dejado cerca de la entrada, Murat, Lefebvre, el rollizo general Gardanne, algunos granaderos seguros que le han acompañado, acudan, se lancen contra el tumulto, le arranquen de los frenéticos que le ahogan y que le arrastran pálido, vacilante, casi desvanecido, en una de esas depresiones nerviosas a las que ha de quedar sujeto, con aquel horror a la muchedumbre, al tumulto, con aquel miedo a la guerra civil que todavía tendrá en 1814 y 1815 y que han de hacerle aceptar la abdicación sin resistencia.

Era un desastre. No quedaba más que el recurso de la fuerza, y todo estaba perdido si la fuerza no lograba éxito. Vuelto de su síncope, todavía agitado, mientras que Sieyès permanece en perfecta calma, Bonaparte acude a arengar a la tropa, y a caballo –un caballo sobre cuya silla se tiene muy mal– pasa entre las filas gritando que se le ha querido asesinar. Tenía, se dice, la cara ensangrentada por los rasguños que en su nerviosismo se había hecho él mismo. Sus oficiales, sus amigos, le ayudaban exhortando al soldado, que no pedía otra cosa que vengar al general. Pero los malditos granaderos permanecían insensibles a este escena teatral, preguntándose si obedecerían al comandante superior o a los Consejos, cuya guardia asumían y de los cuales dependían. En suma; no sabían si detener al general faccioso o seguirle para expulsar a los Quinientos.

Luciano lo salvó todo. Por lo menos deparó el desenlace que lo salvaba todo. No consiguiendo hacerse oír en el tumulto de la Asamblea, tiró teatralmente su toga "en señal de duelo", puesto que su autoridad de presidente era desconocida, y abandonó su sillón por la tribuna, a fin de defender a su hermano. Eran instantes que se ganaban. Se esforzó en retrasar el voto que había de poner a su hermano fuera de la ley, cuando en medio de la baraúnda y de un verdadero pugilato, encontró, con admirable sangre fría, el medio de advertir a los conjurados de fuera. A toda costa, y como sea, es necesario que antes de diez minutos se levante la sesión. Bonaparte, que ha recobrado la calma, comprende. Diez hombres y un capitán entran en la sala, sacan a Luciano de la tribuna y le llevan al patio ante las tropas. Esta vez la situación cambia. Es el presidente de los Quinientos en persona quien acusa a los diputados de entorpecer la deliberación, de celebrar el Consejo bajo el terror. No son ya los representantes del pueblo, sino "los representantes del puñal", bandidos que se vuelven contra la Ley.

La Ley, todo lo arrastra. Los últimos escrúpulos son vencidos. Los granaderos se deciden; Murat se pone a su cabeza; el salón de sesiones es invadido y se echa de él a los diputados, en desorden, en el momento en que la noche cae.

El final no era precisamente tal como Bonaparte lo hubiera aparecido. La invocación a la legalidad, personificada por el presidente Luciano, no había sido más que un simulacro, casi una comedia. El golpe de Estado parlamentario, a pesar de todo, había tomado aires de un golpe de fuerza militar. El público no miraba las cosas tan al detalle, y la noticia, anunciada inmediatamente gracias a los cuidados de Fouché en los teatros parisienses, fue recibida con aclamaciones. El ministro de Policía había creído útil, sin embargo, hablar de "maniobras contrarrevolucionarias", de una tentativa de asesinato dirigida contra Bonaparte, a quien "el genio de la República" había salvado. La historia de la tentativa de asesinato, atestiguado por la manga desgarrada de un granadero, será muy explotada durante varios días.

En definitiva, la operación del 18 brumario, ha sido difícil. No se ha hecho por sí sola. No ha sido un Rubicón franqueado de un salto. Los obstáculos que Bonaparte ha encontrado, las contrariedades que su primitivo designio ha tenido que vencer, los minutos de angustia que ha vivido, le aconsejan, como a Fouché, ponerse en regla con "el genio de la República". Antes de abandonar Saint-Cloud, se reúne a los legisladores fugitivos que se ha podido encontrar. Treinta, según unos; cincuenta o más, según otros. A la luz de las velas, Luciano hace votar a este residuo de los Quinientos la institución de tres cónsules, que los Ancianos, dóciles, acaban de aprobar. No sólo hay voto, sino comisión, informe y discursos, en los que hombres ligados a las ideas de 1789, Boulay, Cabanis, se felicitan del acontecimiento. Los "brumarianos" estaban tan convencidos de que preservaban y continuaban la Revolución como lo habían estado los "termidorianos". Y no estaban equivocados. Habían querido hacer lo que hicieron. Sólo que, en el inveterado propósito de preservar a la Revolución y de perpetuarla, llegarán hasta el gobierno de uno solo, hasta el Imperio.

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(*) Con el "ci-devant" se alude al acusado ante el Tribunal revolucionario.

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 123 - 147.