martes, 23 de agosto de 2016

Una historia de Napoleón (XI): un Gobierno a merced de un pistoletazo



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Tres días antes de su muerte, si hemos de creer un relato que recoge la tradición, Napoleón, en su delirio, revivió la batalla de Marengo. Se le oyó pronunciar el nombre de Desaix. Luego gritó: "¡Ah! La victoria es nuestra". Victoria decisiva en su carrera. ¿Qué es Marengo? Un Waterloo que acaba bien, como Desaix es un Grouchy que llega a tiempo. El 14 de junio de 1800, Napoleón se juega su suerte y gana. El 18 de junio de 1815 volverá a jugar y perderá. Si los austriacos hubiesen sido los vencedores en Marengo –y creyeron serlo hasta el momento en que Desaix cambió la suerte de la jornada–, es sumamente probable que el Consulado hubiera sido un breve episodio. No hubiera durado diez semana más que los Cien Días.

Napoleon Bonaparte y batalla de Marengo

Antes de esta batalla, que era ya jugárselo todo a una carta, Bonaparte había dicho a sus soldados: "El resultado de todos nuestros esfuerzos será: gloria sin sombra y sólida paz". Antes de concentrar el Ejército de reserva había pedido reclutas para acabar "la guerra de la Revolución". Es el deseo de los franceses. Es también su ilusión, y su nuevo jefe la comparte. La paz, pero con los límites naturales, sin lo cual no sería "sólida". Bonaparte es prisionero de este programa. Desde el 25 de diciembre de 1799, ha escrito al rey de Inglaterra y al Emperador para ofrecerles la paz, pero tal como la concibe la nación francesa. Respuesta negativa. Ni el Gobierno británico ni el consejo áulico de Viena están dispuestos a ceder. Ni uno ni otro creen que el cambio de Gobierno que acaba de producirse en París, esa nueva revolución en la Revolución, sea de tal naturaleza que acreciente para Francia las probabilidades de conservar sus conquistas. De este modo es manifiesta la prueba de que, ganadas por las espada, por la espada habrán de conservarse. Y, según la expresión justa y luminosa de Cambacérès, es "por Bélgica" por lo que se luchará también en Marengo.

La conservación de las conquistas; eso es lo que se esperaba de Bonaparte. Y eso se esperará siempre de él. Francia le permitirá "restablecer" la situación incluso en 1814. En 1815 le renovará de nuevo su crédito. Es preciso que no se le venza; de otro modo, se le "liquida". Estos términos del juego de Bolsa se aplicarán exactamente a su historia. Tan pronto como se duda de su éxito, tan pronto como su derrota parece posible, los liquidadores se agitan y se presentan. Ya existen en la primavera de 1800.

Los servicios que ha prestado restableciendo el orden no son todavía tan antiguos ni tan probados, no parecen depender hasta tal punto de su persona, que le sirvan de salvaguardia y de escudo. Su ascensión, tan súbita, produce celosos, más entre los militares que entre los civiles; pero es demasiado reciente, se han visto demasiadas popularidades sin mañana, demasiados grandes hombres de una temporada, para que se la crea definitiva. Sin embargo, Bonaparte no habla más alto de lo que las circunstancias le permiten. Se ha conducido de modo que no se alarmen ni liberales, ni monárquicos, ni jacobinos. No sólo ha contentado a todo el mundo (lo mismo que el 18 brumario, hecho a la vez por y contra la Revolución, dejó esperanzas abiertas para todos), sino que nadie, en ninguno de los dos campos, supone que este joven general, a pesar de su talento, de su autoridad, de su prestigio, haya de enterrar la libertad invencible o impedir el retorno inevitable de los Borbones, como nadie admite en el extranjero que, a pesar de sus victorias de Italia y su fantasía de Egipto, sea capaz de vencer a los ejércitos, las flotas y los generales de toda Europa. ¿No están, en ese momento, las tropas austriacas cercando a Génova, donde Masséna está acorralado? ¿No están ya asediando las fronteras de la República, cuyos últimos barcos se encuentran bloqueados en Brest? ¡Cómo va a ganar Francia tal partida...! Y esta incredulidad se traslucía claramente en Berlín, donde el primer Cónsul, prolongando la diplomacia de la Revolución, trataba de contraer una alianza que se viera completada por la de Rusia, pero a la cual Prusia se hurtaba.

En Francia mismo, tras aquella especie de embriaguez y aturdimiento que produjo el 18 brumario, después de la bella aurora del Consulado, se recobra el sentido y se ve que no son tantas las cosas cambiadas. Los partidos mantienen sus posiciones. Ni los monárquicos ni los jacobinos deponen sus armas. Están de acuerdo en esperar. En primavera, Austria reanudará las hostilidades. Todo el mundo sabe que un revés pondría fin al nuevo régimen, y Bonaparte es el primero en saberlo. Y, además, puede perecer en una batalla, como le ha ocurrido a Joubert. Puede morir de enfermedad y cansancio, como le ha ocurrido a Hoche, y se observa que nunca ha estado tan quebrantado ni tan amarillo, porque está sobrecargado de trabajo. Así, pues, ¿para qué derribarlo? ¿Desaparecerá, tal vez, por sí sólo? El hecho es que los seis primeros meses del Consulado fueron bastante tranquilos. Los atentados no empezaron hasta después de Marengo.

Pero si todavía no se intenta suprimirlo, se sueña con reemplazarlo. Entre sus partidarios, en su personal, en los que le rodean incluso, la idea de su fin o de su caída atormenta los espíritus. Hubo quienes se alistaron con él en Saint-Cloud para salvar de la Revolución lo que pudiera ser salvado, en particular, sus personas. Es el caso de Fouché y de Talleyrand. Los hay que se han inclinado ante el hecho consumado y que no renunciando a la República la quieren tanto al abrigo de la anarquía como de la realeza, con Bonaparte si es preciso, pero siempre opuestos a la dictadura. Es el caso de Carnot. Y todos ellos se dicen que si alguna desgracia ocurriera al primer Cónsul, es necesario tener previsto lo que ha de hacerse. Ahí están también sus hermanos, José y Luciano, que se inquietan por su suerte, trabajados por la ambición; tienen espíritu dinástico antes de que se funde la dinastía. "Hubiera sido mucho más venturoso para Bonaparte no haber tenido familia alguna", ha dicho Stendhal. La familia, que fue tanto tiempo para Bonaparte una pesada carga, se le convierte ahora en una preocupación. Es, en espera de exigencias y rebeliones, un centro de intrigas que se añaden a las intrigas de fuera.

Todavía no es del todo el amo, ni siquiera en su hogar. Y si lo es en Francia, es más por su prestigio que por la Constitución. No se lo da esta Constitución; incluso parece negarle el derecho a mandar los ejércitos. Se contentará, por respeto a la "verdad constitucional", con "acompañar" al de Italia, cuyo jefe nominal es Berthier. Y mientras que en Dijon Berthier termina los preparativos de la campaña, Bonaparte prolonga en París una estancia que exige "la situación todavía precaria del interior". "La verdad constitucional" está a salvo. Sirve también, porque todo puede servir, para disimular las inquietudes que persisten. Entretanto es necesario un ministro de la Guerra. ¿A quién se escoge? A Carnot para contentar a los republicanos. Se sigue dándoles gusto. Y se contemporiza también con los jefes militares, porque se les teme más todavía. Con Moreau, fuerte en su ejército del Rin que le es afecto, el primero Cónsul es diplomático. Le deja, en suma, el principal teatro de operaciones. Para vencer a Austria es en ella, y también en Alemania, donde hay que asestarle los golpes, y cuando Napoleón haya conseguido hacerse con los generales, no será por Italia por donde él se abra el camino de Viena. Pero, en 1800, se ve obligado a respetar los derechos de Moreau. Está circunspecto en sus relaciones con él. Cuando Moreau, al modo de los generales del Directorio (al de Bonaparte tres años antes), responde a las instrucciones que le disgustan con una amenaza de dimisión, el primer Cónsul se apresura a apaciguarlo y no es con órdenes, sino con halagos, como le lleva a combinar, poco más o menos, sus planes de campaña.

Entretanto, para sentar su autoridad lo mismo sobre los militares que sobre los civiles, necesita Bonaparte un golpe de efecto mediante el cual los franceses, creyendo al fin llegar al término que, desde hace ocho años, se les escapa, se le entreguen por completo: una victoria que conmueva los espíritus. Se lo decía a Volney: "No actúo sino sobre las imaginaciones de la nación; cuando me falte este medio, ya no seré nada". Para el primer Cónsul, el resultado de esta campaña debía ser todo o nada. Jamás, hasta 1815, tendrá más estricta aplicación la alternativa.

Pero, como en Waterloo, la sensación intensa que tenía de tratarse de un enorme envite no sólo para la nación, sino para él mismo, le restó tal vez una parte de sus facultades y, el día de la decisión, intimidó su genio. Magníficas narraciones, varias veces retocadas, han puesto en escena esta campaña: el paso del monte San Bernardo, la irrupción en Italia. La concepción general era grande y hermosa. En el detalle, por poco fracasa dos veces A la entrada, el fuerte de Bard se presentó de pronto como un obstáculo que no se había previsto y que por un momento pareció insuperable. Anécdotas oportunas borraron estos desaciertos y la pintura habría de inmortalizar al enjuto César, meditabundo, franqueando los Alpes como Aníbal. Al descender, la liberación de Milán, que renovaba los milagros de 1796, las flores, los cantos, la resurrección de la República Cisalpina, reanudaron los tiempos heroicos. Los austriacos, ocupados en la toma de Génova y en la línea del Var, fueron esquivados. Pero cuando le hicieron frente, Napoleón faltó a su principio máximo. Por poco pierde la batalla, tal vez porque pensaba demasiado en lo que ocurriría en París si la batalla se perdía. Fue él quien diseminó sus fuerzas, mientras que para abrirse un camino, Mélas, en Marango, cargaba con todas las suyas.

A las tres, Bonaparte estaba vencido, y Mélas anunciaba ya su victoria a Viena. Todo cambiaba a las cinco por la llegada de Desaix, que pronto cayó atravesado de un balazo. No podría, por tanto, discutir siquiera el honor de la jornada al primer Cónsul, que no regateó los elogios fúnebres a este muerto glorioso. ¡Cuántas venturas dispensaba a Bonaparte su estrella! El mismo día, Kléber era asesinado en El Cairo, de donde hubiera vuelto como acusador. Supongamos una derrota en Marengo, mientras que la expedición de Egipto iba a terminar en una capitulación: ¿qué habría quedado del 18 brumario? No se hubiera querido seguir viendo en él ni a un gran capitán. Hubiera vuelto a ser el "Scaramouche de cara sulfurosa". Un historiador alemán ha dicho con dureza que hubiera sido "la risa de Europa".

En París, entretanto, sobreviene la alarma. Llega la noticia de una batalla perdida, de un general muerto. Entre los Cónsules que han quedado en París, entre los ministros, los hombres políticos, los brumarianos, se multiplican los conciliábulos. ¡Parecía tan natural que el nuevo Poder debiera ser de tan breve duración como los precedentes; tan conforme al orden de las cosas, que el hombre de brumario no hubiese aparecido en escena –como tantos otros, ilustres o oscuros, desde hacía diez años– más que para desaparecer de ella a su vez! ¿Entonces, por quién se le reemplazaría? Unos, por conservar un reflejo del nombre, piensan en José Bonaparte, o más bien es José quien se ofrece. Es el mayor, el jefe de familia, y encuentra muy natural que el puesto sea para él; y el origen de sus próximas dificultades con su hermano está ahí. Otros piensan en Carnot, en La Fayette, para dar, con la fórmula bonapartista, modificada un poco a lo Washington, un golpe de timón a la izquierda. Fouché y Talleyrand se conciertan con miras a un triunvirato, al que asociarán un "colega cómodo": el senador Clement de Ris, quien pronto será raptado y secuestrado, en circunstancias misteriosas, que nunca han podido ser aclaradas, de las cuales Balzac sacó su Une tenebreuse affaire. En una palabra: se habla, se actúa como si la sucesión del primer Cónsul estuviera abierta. La certeza de que está vivo y de que la derrota se ha transformado en victoria, corta por lo sano estas combinaciones. Pero Bonaparte, informado, inquieto por lo que pasa en su ausencia, se apresura a firmar un armisticio honroso para Mélas y a volver a París. Desde el 2 de julio está de regreso.

Con el corazón envejecido, dice él mismo, como si ya no supera bastante sobre los hombres. Y con el corazón amargado, con una desconfianza que ya nunca le abandonará. Ha visto el abismo abierto a sus pies. Sabe que no podrá nunca contar con nadie, ni aun con sus hermanos, y menos aún con sus compañeros de armas. ¿Los generales? Ni uno hay, decía a Chaptal, "que no se crea con los mismos derechos que yo". ¿No habían sido partidarios algunos de ellos en el complot, dice De Rueil, de proponer una especie de reparto de Francia, en el que cada uno de los grandes jefes militares fuese dotado lo mismo que él? "Me veo obligado a ser muy severos con esos hombres". Y añadía con aguda visión de su propio fin: "Si yo sufriera un gran desastre, serían los primeros en abandonarme".

Pero regresar vencedor, resuelto a sacar todo el fruto de su victoria. Es preciso, en primer lugar, que él sea el verdadero, el único dueño del Ejército. Desprecia a los abogados que tiene domados, a los ideólogos de quienes se ha servido. A los obreros de los suburbios se les ha tratado, en vano, de sublevar, en su ausencia, en nombre de la República. A quienes tiene motivo de temer no es a los paisanos, sino a los militares. En este sentido es antimilitarista porque quiere ser el único militar que mande, de suerte que se asegure la adhesión de unos, el temor de otros, la subordinación de todos. Es el primer beneficiario de los llamamientos al soldado que se sucedieron hasta el 18 brumario: y es el primer interesado en cerrar la lista. No más casta de oficiales. No es el Ejército quien gobierna; es él, y a él debe aquél obedecer. En el sistema de Napoleón, en el establecimiento de su autoridad, es el aspecto menos visible y el menor comprendido. En su política, es tal vez la mira más profunda. Así se explica la sospecha, tan arraigada en él, de sus generales, la brutalidad con que los trataba a veces, las caídas en desgracia, tan bruscas y resonantes como sus favores. Por otra parte, importaba llevar al oficial y al soldado la convicción (que engendraba al mismo tiempo el celo y la obediencia) de que su fortuna no dependía más que de él. Por esto es por lo que, en seguida de Marengo, se aplica a dispensar recompensas, en espera de conferir dignidades y grados. Estudiando la Legión de Honor comienza por la distribución de las armas de honor, cuyos títulos firma con exclusión de sus dos colegas, haciendo grabar en las hojas: "Batalla mandada en persona por el primer Cónsul". Entonces, hasta para presidir el Consejo de Estado, viste el uniforme que antes hacía ostentación de no llevar, cuando era preciso no pregonar la dictadura del sable. Pero este uniforme es sobrio, severo, con algo de desdeñoso y amenazador para los hombres de penachos y dorados. Se preocupa de decir al Consejo de Estado que no es como general como gobierna. Pero tiene primero –y no será ésa la tarea más fácil de su reinado–, que gobernar y a veces que dar mate a los generales. Se hace el ídolo del soldado, el dios del oficial de tropa, para estar más seguro de los grandes jefes, antaño sus superiores o sus iguales, salidos de la Revolución como él. Sin esta precaución y, hay que repetir la frase, sin esta política que es, más o menos, la única que ha tenido necesidad de hacer en el interior de una manera continua, no hubiera nunca llegado a reinar, o su reinado hubiera sido todavía más breve.

Porque a cada campaña, a cada guerra, renacerán las conspiraciones de Marengo y de Rueil; se irán bosquejando hasta el día en que los conspiradores tengan razón, el día en que la infidelidad se convierta en previsión. Toda gran batalla expondrá a Bonaparte al doble riesgo de Marengo, y él lo sabe. ¿Cuál es, entonces, a su regreso triunfal de Italia el mayor interés del primer Cónsul? Sin duda alguna la paz. Esta vez, un prestigio acrecentado por una victoria inesperada, le confiere verdaderamente el Poder. Para que se sienta seguro, es necesario que se vea al abrigo de estos accidentes de los campos de batalla que conoce mejor que nadie y que la inconstante fortuna de las armas lleva siempre consigo.

Napoleón pacífico: dos palabras que no pueden emparejarse sin repugnancia. Sin embargo, el gran resultado que busca es una paz, renuevo de la de Campo-Formio, que dará al Consulado ese brillo, ese esplendor que han de atravesar el siglo, haciendo de él una época bendita, una breve edad de oro, uno de esos momentos como ya han existido algunos en la historia –Enrique IV después de los furores de la Liga, Luis XIV tras los desórdenes de la Fronda–, en los que los pueblos amaron al Gobierno que les permitía respirar. La paz, una paz gloriosa, con Austria, después con Inglaterra; y la paz en el interior, conseguida por el Concordato, serán los frutos de Marengo. Y porque la masa le presiente, la popularidad de Bonaparte se acrecienta; se forma de una aleación que aún no ha conocido. Testigos, actores de la Revolución, todos le observan. Desde hace diez años, desde la fiesta famosa de la Federación, jamás ha habido festejos tan sinceros y nacionales como los que acompañan al regreso del primer Cónsul. Vencido, se le habría enterrado. Vencedor, se le adoraba. Solamente los que no ceden, jacobinos rezagados, monárquicos irreductibles, comprenden también que su autoridad se ha asentado más sólidamente. Los cañonazos que anuncian la victoria "remachan nuestras cadenas", dicen los primeros. Hyde de Menville expresará bajo amenazadora forma el pensamiento de los otros: "El poder se le ha incorporado". De ahí la tentación de apuntar al cuerpo. En adelante la Revolución puede ser muerta en un solo hombre y, para los republicanos, también puede serlo la Dictadura. La tarea se ha simplificado. En la sombra, con su consecuencia imprevista, que será el imperio hereditario, se prepara el asesinato. Y todos los éxitos que Bonaparte consiga ahora, exasperarán a sus adversarios, les proporcionarán incluso nuevas razones y nuevos medios de atacar a su persona, hasta que le entreguen el trono como consecuencia de su mismo furor, al cual escapa.

De Italia volvió con mal disimulada irritación contra los republicanos que pensaron en suplantarle. Este rencor llegó hasta a engañarle sobre los sentimientos de los monárquicos. Volviendo a su sistema de fusión, hace inclinarse la balanza a la derecha, y los jacobinos le parecen ser únicos enemigos. En Italia misma, fue en sus tanteos cerca del Papa, más lejos que en 1797. Así, ante el clero lombardo, se atrevió a hablar de religión y a decir que la de los franceses era el catolicismo. Después de Marengo, asistió a un Tedéum en la catedral de Milán, donde parece que se le apareció la corona de Carlomagno, si no hemos de forzar el sentido de un pasaje del boletín de victoria. No sólo no sentía repugnancia por el rito el hombre que gustaba del sonido de las campanas como en los campaniles corsos de su infancia, sino que tenía prisa por terminar en Francia con las controversias religiosas, por concluir una paz interior legalizando la celebración del culto en las iglesias que ya se habían abierto de nuevo espontáneamente; por poner de parte de su poder y quitar a la causa de los Borbones la potencia del sentimiento católico, asegurando el manejo del clero francés. No faltaba más que hacer aceptar la idea del Concordato a aquellos ideólogos, herederos de los filósofos, que se habían alegrado de ver al fin "aplastar a la infame" y a los militares ateos que despreciaban grandemente a la clerigalla, y se jactaban de no quitarse el casco cuando entraban en un lugar sagrado.

Entretanto, la guerra con Austria no había terminado. Las negociaciones de paz habían fracasado. La corte de Viena vacilaba en reconocer las conquistas de la República (nunca, ni ella ni nadie, las reconocerá en Europa con sinceridad), y, sobre todo, en tratar sin intervención de los ingleses. Demasiado bien "trabajado" por Talleyrand, el delegado austriaco fue desautorizado en Viena. Es preciso reanudar las hostilidades, y esta vez Bonaparte no abandona París. En Italia se deja a Brune la dirección de las operaciones. En Alemania, el mando sigue perteneciendo a Moreau. Aquí la trama de los hechos apunta los próximos acontecimientos, y la simple cronología es por sí sola explicativa.

El 1.º de septiembre de 1800, el armisticio italiano queda roto. El 7 de septiembre, Bonaparte, con su respuesta a Luis XVIII, destruye las ilusiones de los monárquicos que habían creído hallar en él un Monk. El 10 de octubre, atentado jacobino en la Opera contra el primer Cónsul. El 5 de noviembre caída en desgracia de Luciano. El 3 de diciembre Moreau obtiene la brillante victoria de Hohenlinden. El 24 de diciembre (3 nivoso), atentado en la calle de Saint-Nicaise. Todas estas fechas están ligadas entre sí. Anuncian y determinan el porvenir.

En Bonaparte se desarrolla el gusto de la autoridad. Llevado por el favor popular, resuelto a seguir siendo amo, nada dijo cuando, poco antes, un tribuno le llamó "ídolo de quince días". Ahora la oposición del Tribunado, que toma en serio el derecho de crítica y la libertad de palabra, le parece injuriosa, contraria sobre todo a la disciplina, sin la cual el país no puede levantarse. Ya no se cree obligado a la prudencia. Se le escapan palabras, quizá calculadas, contra los anarquistas, los terroristas, los septembrinos. En cuanto a los monárquicos, pretende servirse de ellos y trabajar por ellos menos que nunca. El convencional Baudot, orgulloso republicano, uno de los muy contados que no aceptarán nada del Imperio, le acusa de haber acogido con preferencia, entre los emigrados, a los absolutistas y a los ultras, a los que aceptarían mejor que nada un Poder despótico, mientras que apartaba a los monárquicos constitucionales y liberales. Es verdad que puso mala cara a La Fayette; que dejaba a Josefina –para quien no valía nada la corte de Versalles, en la que, por otra parte, no había sido recibida jamás– frecuentar lo que podía haber en París de más contrarrevolucionario entre los emigrados de regreso. Así es esparció el rumor de que el primer Cónsul se proponía restaurar la Monarquía, mediante la cual consolidaría su propia situación, ya fuese por un cargo de condestable, ya por una soberanía en Italia. Dejó que se pensara y se dijera. Luis XVIII se había dirigido dos veces directamente a él para rogarle que le entregara su trono. El primer Cónsul había dejado sin respuesta estos mensajes reales. Tres meses después del segundo, como si hubiera esperado la consagración de Marengo para hablar alto al heredero de la antigua Monarquía francesa, llegó la réplica. Era sonora y orgullosa: "No debéis desear vuestra vuelta a Francia; tendríais que marchar sobre cien mil cadáveres". Al mismo tiempo replica cortés, que dejaba una puerta abierta a las conversaciones: "No soy insensible a las desdichas de vuestra familia. Contribuiría con placer a la dulzura y a la tranquilidad de vuestro retiro". Luis XVIII había sondeado las disposiciones de Bonaparte, el cual a su vez sondeaba las del pretendiente, en la idea, tal vez, de que el Jefe de la Casa de Francia renunciaría a sus derechos no poniendo obstáculos a un "cambio de dinastía". Pero Bonaparte se equivocaba sobre Luis XVIII, por lo menos tanto como Luis XVIII pudo equivocarse sobre Bonaparte.

Sólo que, a partir de aquel día, los monárquicos se convirtieron en enemigos mortales del primer Cónsul. Sus últimas ilusiones se derrumbaban. Su pérdida fue jurada por hombres de una audacia y de una perseverancia extraordinarias, adquiridas en las luchas vindicativas de la chuanería. No lo sospechaba. Si por alguien se sentía amenazado, era por los jacobinos. ¿No intentaban asesinarle por quinta vez? El complot de Arena (que había sido adversario suyo en Córcega), de Caracchi y de Topino-Lebrun, complot por otra parte oscuro y que se dice inventado por la policía, corroboró en él la convicción de que era preciso librarse de aquella ralea.

Pero todo atentado reaviva en él, en su familia, entre los brumarianos, en el público, la idea que ya existió en el fondo de las conspiraciones de Marengo. Si un puñal, una pistola lograran su objeto, ¿quién sucedería al general Bonaparte? En ese punto la Constitución, por casualidad o a propósito, es muda. Y este silencio, "este vacío en el pacto social", estimula a los asesinos, ya que la muerte de aquel hombre lo pondría todo en revisión. Entonces el pensamiento que empieza a nacer, es que el sucesor eventual debe ser designado de antemano, designado por Bonaparte mismo, para desanimar a los asesinos. Y esta idea, que crecerá, que ascenderá, que llevará muy de prisa al sistema hereditario, dista mucho de ser agradable a Bonaparte. La corona de Carlomagno, si es que ya la ha entrevisto; la fundación de una cuarta dinastía, si es que ya ha pensado en ella, no le tientan en absoluto. Se puede decir que en aquel momento, y aún será así durante meses, a nadie repugna más que a él el restablecimiento a su favor de una forma cualquiera de realeza, sobre todo porque no quiere que se hable de su sucesión. ¿Legar su poder? ¿A quién? ¿Y qué le importa la sucesión hereditaria? No tiene hijos. Josefina tiene bien pocas probabilidades de dárselos, a pesar de los consejos del médico Corvisart y de las aguas de Plombières. ¿Va él a poner, siguiéndole los pasos y a su sombra, un sustituto y un rival, ahora que ha tenido ya que eliminar a Sieyès? ¿Por el solo anuncio de haber un nombre que elegir, va a reanimar esas competencias que tanto teme, y todo ello para proporcionar un arma a sus adversarios, capaces de amotinar todavía mucha gente apelando a la ambición y a la Monarquía? Y sus hermanos querrían forzarle la mano, empujados a su vez por los brumarianos, a quienes inquieta el porvenir. He aquí que Luciano se entrega a una de sus desdichadas actuaciones de costumbre. Ministro del Interior desde que se ha hecho necesario enviar a Laplace otra vez con la mecánica celeste, Luciano, sin consultar al primer Cónsul, y hasta guardándose bien de hacerlo, esparce a través de Francia oficialmente y por conducto de los prefectos, un folleto, Paralelo entre César, Cromwell y Bonaparte, que plantea con brutalidad la pregunta: "¿Dónde están sus herederos?" Esto, en relación con la política, no es sólo una imprudencia: es un desafío personal al primer Cónsul. Los hermanos no piensan en él, no piensan más que en ellos mismos. Codician la herencia, que no está abierta, que apenas se ha formado; y su codicia misma, su avidez, su prisa, que ponen a Bonaparte en guardia, amenazan por otro lado con echarlo todo a perder, sembrando la alarma entre los republicanos. Es preciso cortar por lo sano. Se desautoriza a Luciano, que cae públicamente en desgracia, y del Ministerio del Interior se le envía a la Embajada de Madrid. Por algún tiempo se libra Bonaparte de esta pesadilla del sucesor. De todos modos, no ha terminado con estos hermanos, con esta familia tornadiza, exigente, por la que no hace nunca bastante, en la que nunca encuentra miembro de quien estar completamente seguro; uno porque es celoso y colérico, el otro indolente, el tercero enfermo, nervioso e inquieto. Es en éste, sin embargo, es en Luis, su pequeño protegido, en quien, para sucederle, tal vez pensaría Napoleón más que en ningún otro, si llegase a ser incapaz de resistir la presión que ejercen, desde fuera, los atormentados por la incertidumbre del mañana. Secreto que Josefina ha penetrado; proyecto al que, sin que lo parezca, ella le anima, para mejor descartar a José y Luciano, sus enemigos, y, sobre todo, para alejar la amenaza del divorcio si se apodera de Napoleón el deseo de tener un heredero de su sangre. Josefina creerá triunfar por el casamiento de su joven cuñado con su hija Hortensia, matrimonio que, en su espíritu, deberá conjurar su propia repudiación. No posee aún el César la corona, y ya las intrigas domésticas y las querellas palaciegas le asedian y se estrechan en torno de él.

Mientras tanto la guerra continúa, y Moreau, el enigmático Moreau, cosecha en Alemania grandes laureles, que valen tanto como los del mismo Bonaparte. ¿Es que el vencedor de Hohenlinden no tiene derecho a pretender ser su igual y a decir el "por qué no yo"? Todo el que odio al primer Cónsul repite: "¿Por qué no ese?". Moreau es cercado, atraído, halagado en sus celos y su orgullo. Los conspiradores tienen un General que oponer a otro General, una gran figura que enfrentar a una gran figura, para un golpe de Estado de izquierda o de derecha. Sin embargo, va a ser Bonaparte quien recoja el fruto de la victoria de Moreau. Austria se resuelve a tratar. Ya Cobenzl llega a París, y al mismo tiempo que el enviado del Emperador, el enviado del Papa, Monseñor Spina. La hora de la paz se acerca; la paz general, del interior y el exterior, el gran sueño, el triunfo del Consulado. Los que no desean este triunfo, cuyo digno broche será el Concordato que se prepara, tienen que darse prisa. Tienen que suprimir a Bonaparte lo antes posible y a cualquier precio. Tres semanas después de Hohenlinden escapa por casualidad a la explosión de una máquina infernal que una noche se coloca en su camino.

Si hubiera tenido éxito –y por unos segundos no lo tuvo– el atentado del 3 nivoso hubiera cambiado el curso de la historia. Fracasado, no dejó de tener influencia en el desarrollo de los acontecimientos. Las conspiraciones dirigidas contra el primer Cónsul se convertían en elementos de su política. O le abatían a la vuelta de una esquina o le llevarían al Imperio.

Las felicitaciones que recibió de todas partes por haber escapado a la explosión de la calle Saint-Nicaise, su misma forma, los mensajes de los cuerpos constituidos, la alegría de la multitud, todo hacía ver que su vida se consideraba preciosa; todo lo autorizaba a adoptar providencias que en otro tiempo se hubieran calificado de liberticidas.

Sincero o no, su primer pensamiento fue que los criminales no podían ser más que terroristas, y así lo expresó con violencia. Un atentado monárquico trastornaba su política de fusión. Se negaba a creerlo, y le convenía que el atentado fuese jacobino, lo cual era más conforme a su sistema del momento. Encontraba así ocasión de terminar con los irreductibles de izquierda, lo que permitiría acabar con las últimas instituciones de la República. El pretexto era bueno para asestar golpes a la cabeza y para aniquilar los últimos restos de las facciones violentas por una "depuración" semejante a las de Robespierre cuando envió a los "exagerados" a la guillotina; a la de la Convención cuando condenó a los complicados en el 1.º prairial; a la del Directorio cuando ejecutó a Babeuf. En el fondo, era la supresión progresiva de los republicanos de acción lo que hizo posible la vuelta al orden; y también en esto era Bonaparte un continuador más que un innovador. No subsistía ya en Francia sino un pequeño número de revolucionarios ardientes. El primer Cónsul había hecho una lista de ellos. Desaparecidos, no sería ya de temer en adelante ningún retorno ofensivo de aquellos jacobinos "exclusivos" contra los cuales había chocado en brumario. En efecto, habrá todavía, y en cantidad, conspiraciones monárquicas, conspiraciones militares, conspiraciones palaciegas. No habrá, por decirlo así, más conspiraciones republicanas. Para las insurrecciones, para las "jornadas", hará falta otra generación, que no se levantará hasta 1830.

Ciento treinta sospechosos, de los cuales casi ninguno reapareció, fueron el rescate de la máquina infernal. Cuando Fouché consiguió tener en su mano a los verdaderos culpables, Saint-Rejant y Carbon, cuando se supo que el atentado del 3 nivoso era obra de los chuanes, era ya demasiado tarde. No hubo perdón para los jacobinos proscritos, porque se había querido efectivamente proscribirlos. Por una sutil precaución no habían sido condenados por la cuestión de la calle Saint-Nicaise. Todo era venturoso para el primer Cónsul: la indignación del público, el aniquilamiento de los revolucionarios inquietantes, la advertencia de que tenía entre los monárquicos enemigos implacables. Ni era esto todo. La misma dificultad de hacer una ley de circunstancias ponía en sus manos un instrumento de gobierno de incomparable comodidad.

Si la deportación de los "restos de Robespierre", como se les llamaba, podía encontrar resistencia, era en las dos asambleas de quienes dependía la confección de las leyes. El Tribunado era hostil, el Cuerpo legislativo estaba mal dispuesto. Talleyrand sugirió la idea de dirigirse al Senado conservador, asamblea poco numerosa, dócil, manejable, cuyas deliberaciones ofrecían la ventaja de no ser públicas. Bastaba con pensarlo, y el azar, tanto como la necesidad, encaminada a descubrirlo. El "senado-consulto" inventado aquel día y que permitía prescindir de las leyes, vino a ser un medio de gobierno de una flexibilidad sin par. Va a servir para todo como una fórmula mágica. Con motivo de que el Senado debe "conservar" la Constitución, se le pide que la modifique. El sistema de Sieyès era tan perfecto que podía llegar hasta a aniquilarse a sí mismo. Contenía en sí todo lo que hacía falta para pasar, por "insensibles gradaciones", de la República a la Monarquía absoluta. Así será hasta el día en que, desleído y disuelto por completo este Senado, que se ha hecho indispensable por los servicios que, sin darse cuenta, ha prestado, se encuentre solo en pie entre las ruinas del resto. Entonces un senadoconsulto supremo pronunciará la caducidad del amo que sus complacencias han creado.

Algunos días después de estas medidas de rigor contra los republicanos terroristas y contra la "compañía de los tiranicidas" que debía suscitar un "Bruto francés", el Ministro de Policía facilitó la prueba de que los verdaderos autores del atentado del 3 nivoso eran chuanes. Sin duda, Fouché lo sabía desde el principio. Pero el golpe se ha dado ya contra los conspiradores de izquierda, mientras que el primer Cónsul aparece cercado de invisibles enemigos que renacen siempre, amenazada su persona a cada minuto, y, por consiguiente, su gobierno "a merced de un pistoletazo", en el momento mismo en que este gobierno reparador parece dar a Francia más aún de lo que ha prometido. Entonces Bonaparte se hace tanto más inestimable cuanto su existencia se hace más frágil. Y así es cómo, habiendo adquirido el prestigio por sus victorias y el poder por circunstancias felices, las inquietudes que se sienten por su vida maduran entre sus manos una autoridad que no habrá de compartir con nadie. Por otra parte, el secreto resorte de su increíble ascensión hacia el trono se contiene en esta frase, en este temor que se esparce por Francia y que la máquina infernal de la calle de Saint-Nicaise no hace imaginario: "Acabarán por asesinarlo". Los emigrados que regresan en buen número, que pueden temerlo todo de una recaída en el jacobinismo, si desapareciese su protector; los revolucionarios comprometidos que tienen miedo a la vuelta de los Borbones; la masa intermedia que no quiere ni reacción ni revolución...: "por todos lados se sentía espanto ante la idea de ver perecer al primer Cónsul". Como un viento favorable, esta alarma le empuja hacia el poder supremo, y todo lo que se intenta contra él, le acerca a aquél. Napoleón prospera por obra de sus mismos enemigos.

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- Una historia de Napoleón


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+ Una historia de Napoleón (IV): luz y tinieblas

+ Una historia de Napoleón (V): primer encuentro con la fortuna

+ Una historia de Napoleón (VI): esta hermosa Italia

+ Una historia de Napoleón (VII): señor de la paz

+ Una historia de Napoleón (VIII): itinerario de las Pirámides al Luxemburgo

+ Una historia de Napoleón (IX): cómo pudo frustrarse un golpe de Estado

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 168 - 186.