viernes, 26 de agosto de 2016

Una historia de Napoleón (XIII): el foso sangriento



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De lejos, por la sola razón de que así ocurrió y como todas las cosas que han ocurrido, nada parece más fácil, más natural que el establecimiento del Imperio. Un fruto maduro dijérase caer en la mano de Napoleón. Sin embargo, lo mismo que el 18 brumario, ha sido preciso provocar el acontecimiento. Ha sido necesario, además traerlo por el hierro y que se derramara sangre.

Napoleon Bonaparte y Josefina en la coronacion

En la guerra, era uno de los principios más sostenidos por Bonaparte, el de que "toda operación debe llevarse a cabo por un sistema, porque el azar no hace triunfar nada". Así, pues, preferiría renunciar a un éxito inseguro, que confiarse a la suerte. En política no se comportaba de otro modo. Hemos visto que hasta aquí no ha cometido faltas mayores; que ha aprovechado las ocasiones sin apresurarse. Es esto lo que da la medida de sus éxitos, lo que explica su continua ascensión. En los momentos en que la cuestión de la herencia le valió altercados ridículos e irritantes con sus hermanos, con José sobre todo, exclamó ante algunos confidentes: "El Poder es como si fuera mi querida. He hecho demasiado por conquistarla, para dejármela arrebatar, o sufrir que se la codicie. Aunque digáis que el poder ha venido a mí por sí mismo, yo sé cuánto me ha costado de dolores, de insomnios, de combinaciones". La ruptura del Tratado de Amiens, la guerra renaciente con Inglaterra, iban a crear la circunstancias por las que sube aún más alto que donde ya estaba. Sin embargo, no ha de alcanzar la corona más que después de haber formado nuevas combinaciones y por intervención de sus cálculos. Tendrá para ello secretos, y bien profundos. Ya como el Augusto de Corneille, su héroe, habla de "este ilustre rango que me ha costado tanta pena"... Pronto redondeará el verso del poeta trágico. Añadirá la sangre.

Se necesitaba primero la ocasión. Se la proporcionaron sus adversarios. Sin los ingleses, sin los conspiradores republicanos y monárquicos, no hubiera existido ni Imperio ni Emperador. Porque se exagera mucho cuando se presenta al pueblo francés como completamente dispuesto a volver a otra forma de Monarquía. Lo estaba en la medida en que aquel Consulado vitalicio, acrecentado por la facultad del primer Cónsul de designar sus sucesor, no era ya republicano, sin ser aún enteramente monárquico. Régimen híbrido. ¿Cómo salir de él? Corregidos y ablandados, ingresados en masa en las asambleas y las administraciones del Consulado, los jacobinos repugnaban toda Monarquía, aunque no fuera más que por amor propio. Y la masa, aunque dispuesta a querer lo que Bonaparte quisiera, también se sentía humillada por la imagen de un trono, cuando recordaba tantos juramentos de "odio a la realeza", tantas execraciones contra los tiranos y la tiranía. Sin duda, se estaba aún muy cerca del antiguo régimen. Una testa coronada era el aspecto bajo el que, durante siglos, los franceses habían visto y concebido el Poder. ¿Pero no eran más recientes los recuerdos de la Revolución, no vibraban todavía? "Se siente vergüenza de desaprobar lo que se ha hecho y dicho contra la realeza y de abjurar la adhesión que se ha profesado, tan fuertemente y con tanta buena fe, por la República", escribía Roederer después de sondear las disposiciones del país. Los informes de muchos prefectos daban la misma nota. Sólo nuevos hechos darían al traste con los sentimientos y los prejuicios.

La ruptura de la paz de Amiens data del 16 de mayo de 1803. El senadoconsulto que confiere al primer Cónsul la corona imperial es del 18 de mayo de 1804. ¿Qué existe, pues, en el espacio de estos doce meses? ¿De qué están rellenos? ¿De victorias? De ningún modo. Todavía no se ha luchado. La creación de una Monarquía hereditaria a favor de Napoleón Bonaparte no será una recompensa. El destino de esta Monarquía será servir de "escudo".

El estado de guerra vuelve, y, sin embargo, Bonaparte no ha librado batallas ni recogido nuevos laureles. Es que, sobre el continente, Inglaterra no ha reclutado todavía aliados, no ha conseguido aún reanudar una coalición. De una a otra orilla de La Mancha, ¿cómo iban a poder medir sus fuerzas entre ambos adversarios? El inglés, al abrigo, en su isla, busca con sus escuadras a los navíos franceses, que se escabullen. De cuando en cuando, en las costas francesas es bombardeado algún puerto. El primer Cónsul responde con las represalias ordinarias de la prohibición comercial, con la detención de todos los ingleses que residen en Francia. Estas hostilidades, en cierto modo teóricas, tan desgastadoras como lánguidas, podrían eternizarse sin resultado. Entonces Bonaparte vuelve a la vieja idea de la invasión: pasar al estrecho, desembarcar, dictar la paz a Londres. Mientras, Guillermo Pitt, ascendido de nuevo al Poder, trabaja en coaligar a Europa. Durante estos doce meses, el porvenir se prepara, se bosqueja, mientras que el pasado recomienza. Se vuelve a la situación de 1798, y ya se entrevé la de 1814. Francia vuelve a la lucha sin entusiasmo, con resignación, como ante una fatalidad. ¡Se había llegado a creer de tal modo que todo había acabado, que se gozaría por fin de un reposo bien ganado! Bonaparte mismo, con aquella rapidez y aquella movilidad de espíritu que le hacían ver las cosas bajo sus diversos aspectos, hubiera querido conservar aquella paz cuyo beneficio le había valido tanta popularidad y reconocimiento, mientras que la razón le decía que la guerra era inevitable. Ya en el mes de marzo, en su gran escena con Lord Whitworth, y más aún al día siguiente de esta explosión, había mostrado la fluctuación de su pensamiento, enojado, colérico, amenazador, cuando aquél le hacía ver lo que no podía ser en los ingleses más que el producto de una voluntad flexible, volviendo después a la esperanza de evitar la ruptura. Era demasiado inteligente para no comprender que esta guerra sería un duelo a muerte. La aceptó como una ley del destino contra la que era inútil usar de astucias. Así la aceptó Francia. Se comprendía que era siempre la misma guerra que venía durando desde 1792. ¿Y con quién podía contarse para terminarla, sino con el primer Cónsul? Si hubiese dejado de ser el hombre indispensable –y casi no hay quienes lo sean en la prosperidad y el descanso–, hubiera vuelto a serlo por la ruptura de la paz de Amiens.

Entre tanto, el mismo enemigo le designaba, y, amenazándola, hacía su cabeza más preciosa. Bonaparte había dado a Francia un Gobierno. La había restituido el orden y la fuerza por el mando de uno solo. La había hecho más temible. En tanto que continuara en ella, sería imposible arrancarle Bélgica y volver a sus antiguos límites. Así, todo lo que hacía a los franceses querer conservarle, hacía también que el enemigo quisiera derribarlo. Había que vencer a Bonaparte o había que matarle, lo cual era más corto. Fríamente, el Gabinete de Londres hizo el cálculo: la desaparición de este hombre para abreviar una guerra ineludible, para ahorrar, tal vez, millones de vidas.

Inglaterra no tendrá necesidad de buscar asesinos a sueldo, de recurrir a sicarios. Los agentes ejecutores se ofrecen, prestos: los mismos, los del "golpe esencial", monárquicos desinteresados hasta el fanatismo, a los cuales la apoteosis del Consulado ha desanimado, pero en quienes el retorno de la guerra reanima la esperanza de acabar con el emperador. De una rara audacia, de una energía templada en las luchas vandeanas, es a la chuanería misma a la que ellos llevarán hasta el campo de Boulogne o de la Malmaison, hasta las puertas de las Tullerías, sin sospechar que si el "golpe" falla, será al propio corso al que ellos harán "esencial".

El verdadero estado de guerra se encuentra entonces en el interior. El 23 de agosto de 1803, Jorge Cadoudal, conducido por un buque inglés, ha escalado el acantilado de Biville. Helo ya en París para la caza del hombre. Prepara el asesinato o, con preferencia, el rapto del primer Cónsul. Vuelven los días en que el gobierno está a merced de un pistoletazo. Caído en desgracia desde que se opuso al Consulado vitalicio, Fouché no es ya Ministro de Policía, pero aún maneja sus hilos. Desde su retiro advirtió: "El aire está lleno de puñales". Es más que un complot. Es una conspiración, en el sentido más verdadero y más fuerte del vocable, porque reúne en sí a los hombres más diversos de la Revolución animados del mismo odio contra Bonaparte y queriendo todos la misma cosa: que desaparezca. Hay monárquicos, claro. Y hay algunos jacobinos irreductibles. Hay, todavía, los que se conocen por los "amigos de Inglaterra", y a quienes irrita la ruptura de la paz, porque les perturba en sus intereses y en sus gustos. El número de aquellos a quienes exasperará el interminable estado de guerra, irá por otra parte creciendo hasta la caída del Imperio. Pero están, sobre todo, los militares. El ejército cuenta con más republicanos que el Tribunado, con más irreconciliables que el faubourg Saint-Germain. Para decirlo con la palabra que Napoleón no tragaba, que repitió hasta su muerte, contaba con "traidores". ¿Quién lo sabía mejor que el primer Cónsul? ¿No tenía sus razones para alejar a Lannes y Brune, nombrados el uno embajador en Lisboa y el otro en Constantinopla, mientras que Macdonald era destinado a Dinamarca? Estaba bien advertido sobre Massena, Saint-Cyr, Lacuée y tantos otros, sin hablar de Bernadotte ni de aquellos que aún no se habían revelado, los más allegados a su persona, y que, en la hora decisiva, le traicionarán. El viejo ejército de la Revolución, el oficial de fructidor, el general al que estima tanto como a Bonaparte, que salió antes que él de las filas inferiores, que bajo el Directorio ha hecho, como él, política: he ahí los peores enemigos del primer Cónsul. Hasta Pichegru, que le hace, como Dumouriez, defección, pasándose a Luis XVIII y que mantiene, sin embargo, contactos y amistades en los Estados Mayores. El 16 de enero de 1804, Pichegru ha regresado a Francia por la misma vía que Cadoudal, acompañado de los dos Polignac, de Rivièré y de una treintena de hombres decididos. Es él quien se puso al habla con Cadoudal y el vencedor de Hohenlinden, ídolo del ejército republicano, a quien los halagos, las excitaciones de los viejos oficiales de la Revolución han exaltado aún más que los celos que tiene de su rival de gloria. Sin duda, conjurados tan diversos sólo están de acuerdo en suprimir al hombre. Es lo suficiente para unirlos.

En las atenciones que el primer Cónsul tuvo para Moreau, en el destierro que le otorgó como gracia tras el proceso, no osando mantenerlo en presidio, se percibe lo que está conspiración tuvo de embarazoso, no menos que de temible. Casi tanto como dejarle crecer, se temía que se descubrieran todos los afiliados, tener que revelar y hasta tener que confesar la calidad y el número. Entre los cómplices de Moreau, y, cerca de ellos, entre los "simpatizantes", se hubiera encontrado a dos Generales en Jefe: Lecourbe, pasado de oficio a la reserva, al que se prohibió vivir en París, y, probablemente, Macdonald. Se hubiera encontrado, entre los militares, a Suchet, Dessoles, Souham, Liébert, Delmas, Lahorie; entre los civiles, veintitrés senadores, se decía, y al propio Sièyes, que, un poco tarde, lamentaba haber dado un amo a la República. Se llegaba hasta a murmurar que Réal, el jefe de Policía, no era seguro. Y tal era la desconfianza, que continuamente se cambiaba a los oficiales de la guardia para que no llegaran a ganar una influencia peligrosa sobre sus hombres.

Lo que la conspiración tenía de múltiple y extensa, la diversidad misma de sus elementos, fue probablemente lo que salvó a Bonaparte. Se pregunta uno cómo un conspirador tan resuelto como Jorge Cadoudal, después de haber organizado el rapto del primer Cónsul y previsto todo en sus detalles, perdió tres o cuatro meses, dejó enfriarse tantas adhesiones, traslucirse secretos, sin pasar a la ejecución. Pero monárquicos y republicanos no estaban unidos más que para derribar al usurpador, y Jorge, el único capaz de realizar con éxito la empresa, no quería trabajar para otro General de la República. Esperaba que uno de los príncipes llegara secretamente a París, de tal suerte que, dado el golpe, quedase al instante proclamaba la restauración de los Borbones, siendo Moreau la víctima de la operación. El plan, si reflexionamos, era a la vez demasiado complicado y demasiado sencillo. Y además, las semanas pasaron sin que apareciera el príncipe. El tiempo perdido por los conjurados, lo ganaba Bonaparte para la defensa y para la respuesta, mientras que sus adversarios, no teniendo ni las mismas convicciones ni el mismo objetivo, no dudarían en traicionarse los unos a los otros.

Amenazado, batido, "punto de mira" de enemigos encarnizados e invisibles, convertido en el "perro que puede ser matado en la calle", Bonaparte conoció, ciertamente, días de enervamiento. Meditaba una venganza, un "golpe" para responder, parándole, al que debía abatirle, y para aterrorizar al mismo tiempo. Pero en un cerebro como el suyo, la idea de vendetta cedía pronto a pensamiento menos sumarios. Veía más lejos, más allá del talión. En un desarrollo fecundo en consecuencias, un acto terrible y atrevido le parecía como traído por aquella coyuntura para hacer rebotar la acción, según las reglas de aquel teatro mágico que le había nutrido y en el cual no se cansaba de oír a Talma.

¿Para qué intentar la disculpa de la muerte del Duque de Enghien? Pechó con todo. No echó la culpa a nadie. Ante Dios y ante los hombres, ante su hijo y en el acta de su última voluntad en Longwood, no dejó de declararse responsable. Tan impenetrable en aquel momento como insensible a ruegos y reproches, no ocultó más tarde lo que no hubiera podido decir al día siguiente del suceso, llevado a cabo tal como él lo quiso. Bonaparte reveló la razón que, haciéndole admitir la idea de este crimen, le había empujado y decidido a cometerlo. "Era un sacrificio necesario a mi seguridad y grandeza". Todo está comprendido en la última palabra.

Pocos crímenes políticos habrán sido calculados más fríamente. Sin embargo, la idea de hacer víctima de él al Duque de Enghien, no fue sólo de Bonaparte. Le fue inspirada por las circunstancias y si, como hay lugar a creer, Talleyrand se la sugirió y fue el Yago de este drama, la sugestión brotaba sola de los hechos. No es una excusa para Bonaparte. Por lo menos hay que ver cómo la tentación nació y creció en él.

Sabemos por qué Jorge difería el rapto del primer Cónsul. Esperaba que uno de los príncipes fuera a París, y este detalle era conocido de la policía, ya sobre la pista de los conspiradores. Desde entonces, el proyecto de apoderarse de aquel príncipe, quienquiera que fuese, de condenarlo y fusilarlo, se presentaba al espíritu con las vastas consecuencias de un ejemplo tan ruidoso. Palabras irritadas se le escapaban a Bonaparte, como de alma que no puede ya contenerse: "¡Mi sangre bien vale la suya!", decía de los Borbones. Ardía en deseos de tener en su poder a alguno. ¿Cuál? Ninguno venía. ¿Sería el Conde de Artois, el Duque de Berry, el Duque de Enghien? Este residía en Ettenheim, en el país de Baden, muy cerca de la frontera, al alcance de la mano. De la sangre de Condé, era valiente, decidido, de bizarro aspecto. Representaba la emigración activa y militante. Se había hablado con frecuencia de él para hacerle rey, y algunos se complacían en oponerlo a Bonaparte, cuya edad tenía aproximadamente. Y puesto que Jorge Cadoudal esperaba un príncipe, ¿no podía ocurrir que éste fuera el Duque de Enghien? Era, de toda la familia, el más capaz de esta audacia. Se le puso vigilancia, y las sospechas que sobre él se abrigaban empezaron a tomar cuerpo cuando el nombre de una persona de su séquito, mal pronunciado a la alemana, hizo creer que se trataba de Dumouriez.

Ahora es fácil reconstituir lo que siguió. Como en un relámpago, Bonaparte ha visto el partido que se puede sacar de la ejecución sumaria de un príncipe de sangre real. El cadáver de un Borbón será la primera grada del trono. Le hace falta un Borbón a toda costa. Existen presunciones contra el Duque de Enghien. Es bastante. Poco importa que no exista ninguna prueba, que sea imposible establecer la participación en el complot del joven príncipe, ocupado en otras cosas y viviendo una novela de amor con Carlota de Rohan. Poco importa igualmente que, soldado, y no concibiendo la lucha más que a cara descubierta, Enghien condene la emboscada de Cadoudal. El plan del primer Cónsul está trazado. Es tal vez Talleyrand quien le ha hablado al oído. Es también el "genio de la Revolución". El hombre que antaño condenó la ejecución de Luis XVI, que suprimía la celebración del 21 de enero como una ceremonia sanguinaria y desagradable, comprende ahora el sentido, el alcance, la autoridad simbólica del regicidio. "Cruel necesidad", fue la frase de Cromwell ante el cadáver del Rey Carlos, después del golpe de hacha del verdugo. Esta frase la volvió a decir mentalmente Bonaparte mientras veía en el foso de Vincennes el Duque de Enghien.

Cuando consideramos un poco atentamente este asunto, no se puede dudar de que todo se cumpliera según los deseos del primer Cónsul. El 10 de marzo, consejo al que asisten Cambacérès, Lebrún, el gran juez Regnier, Touché y Talleyrand. La detención en territorio extranjero queda decidida, sin preocuparse del derecho de gentes, o tal vez con la certeza de que el Margrave de Baden se inclinaría ante el hecho. Cambacérès arriesga una frase. Bonaparte hace enmudecer al antiguo presidente del Comité de Salud Pública: "Os habéis vuelto bien avaro de la sangre de los Borbones". Tomada la resolución, Berthier, Ministro de la Guerra, queda encargado de ejecutarla, con M. de Caulaincourt. En el asunto se mezcla el nombre de este gentilhombre, cuya familia, antaño, ha estado ligada a la casa de Condé. Caulaincourt es la nobleza adherida al nuevo régimen, que ha de juzgar también su papel en la tragedia, para comprometerse en ella.

Debemos creer a madame de Rémusat en esta parte de su relato, porque todo lleva el sello de lo que no se inventa. Dama de palacio, informada por Josefina de lo que se preparaba, observaba al primer Cónsul. Le ve en la velada que precede a la noche de Vincennes, resuelto, impenetrable, esquivando toda alusión, afectando después alegría y zumba, cantando entre dientes, y de pronto, según su costumbre, diciendo versos a media voz. ¿Es para despistar, o es que se trasluce la lucha que se libra en su interior? Son versos de su poeta preferido, del que hubiera querido hacer príncipe, en los que existe la palabra clemencia. Podría del mismo modo repetirse, según la propia tragedia corneliana: "Y estos crímenes de Estado que se hacen por la corona...".

Cuando Bonaparte decía: "Mi política", nadie a su alrededor se permitía ni un pensamiento ni un sentimiento más. El asunto del Duque de Enghien, es la política del primer Cónsul, su "golpe esencial". Nada deja al azar. Se busca la muerte de un Borbón. Se desea implacablemente que muera aquel de ellos que se tiene en la mano.

En la noche del 14 al 15 de marzo, gendarmes franceses, penetrando en tierra de Baden, se apoderan de Ettenheim, de la persona del príncipe y de sus papeles. Antes de conocer siquiera los cargos que estos documentos puedan contener, ni los detalles de la detención, Bonaparte da órdenes, Vincennes será el lugar de la prisión. El General Hulin, un jacobino, un puro, uno de los "vencedores de la Bastilla", cuya carrera había comenzado el 14 de julio de 1789, es el designado para presidir el Tribunal. En la noche del 17, Bonaparte recibe de Estrasburgo el expediente. Ninguna prueba de complicidad con Cadoudal. En cuanto a Dumouriez, lo que hay es desprecio. Sin embargo, al día siguiente, Harel, que manda el fuerte de Vincennes, recibe la orden de preparar alojamiento para un prisionero y de hacer cavar una fosa. El mismo día, en dos ocasiones, Josefina implora en vano a su marido. Este responde que las mujeres no tienen por qué mezclarse en tales asuntos; que "su política" exige este golpe de Estado, que los monárquicos le han comprometido demasiado y que esta acción le desembaraza de ellos. El 19 se envía a Réal el legajo de papeles, con recomendación de no decir palabra de "los más o menos cargos que contiene", mientras que Hulin, Murat, Gobernador de París, y Savary, Coronel de la Gendarmería selecta, convocados en la Malmaison, reciben discretamente las instrucciones del primer Cónsul. Al día siguiente Bonaparte acude a las Tullerías. Dicta por sí mismo los términos del decreto nombrando el Consejo que ha de juzgar los motivos de acusación que llevan consigo la pena capital. Réal recibe la orden de personarse en Vincennes para "dirigir" el interrogatorio y la requisitoria y dar "una rápida prosecución" al procedimiento. Así quedan tomadas las precauciones. Hulin y Savary, por una parte, son informados de los deseos del primer Cónsul, como por otra lo es Réal. Murat, no sin repugnancia, pero obedeciendo a su imperioso cuñado, nombra los miembros del Tribunal encargado de juzgar al acusado sans desemparer. De regreso a la Malmaison, Bonaparte se niega todavía a escuchar a Josefina y a su hermano José que se dice pedían gracia. Un correo de Estrasburgo le trae los últimos papeles de Ettenheim con la protesta del prisionero, que niega solemnemente toda participación en los complots de Cadoudal. La llegada de aquel correo no podía anticiparse mucho a la del príncipe. En seguida, el primer Cónsul hace volver a Savary a la Malmaison, le reitera sus instrucciones y le dicta para Murat una carta que contiene la orden formal de "acabarlo todo en aquella noche". Entrando en casa de Murat, Savary se cruza con Talleyrand y se entera de que el Duque de Enghien está a punto de llegar a Vincennes. Será poco después de las cinco de la tarde. Desde las tres y media, la tumba está cavada, por disposición de Harel, en el foso del fuerte. Réal no tiene que intervenir más. Todo está perfectamente arreglado.

A las nueve de la noche, los comisarios nombrados por Murat, que acaba de recibirlos en aquel momento, se reúnen en Vincennes. Savary –que ha visto a Bonaparte aquella misma mañana– se concierta con ellos. A las once, el Comandante de gendarmería Dautancourt interroga al príncipe, sin apartarse del cuestionario establecido de antemano. El príncipe protestas una vez más y pide una audiencia con el primer Cónsul. Dautancourt comunica la declaración al Consejo, que, en sesión ya, hace comparecer al acusado sans desemparer, como está previsto. Savary permanece detrás del sillón del Presidente Hulin, que comienza el interrogatorio. El príncipe hace protestas de no haberse mezclado en ningún complot, de no haber hecho más que combatir a la Revolución, ya que un Condé no podía volver a Francia más que con "las armas en la mano". El Tribunal recoge estas palabras: ya tiene el crimen. Sin más, se pronuncia por la muerte, no sin que la sentencia deje en blanco el texto de una ley que los jueces ignoran –pues era la única cosa que no se había previsto– y en la cual fundamentan su juicio.

Laguna extraña, insólita, que parece haber inspirado un escrúpulo a los jueces. Se inclinan a conceder al condenado lo que solicita, es decir, una entrevista con el primer Cónsul. Aquí, por otra parte, se oscurecen de nuevo los hechos. Cada uno trata de disculparse. Según las explicaciones que ha dejado Hulin y contra las que ha protestado Savary, éste había cortado a rajatabla, arrancando la pluma de manos del presidente. En la sentencia se dice bien claro que la ejecución debe tener lugar "en seguida". Esto basta. Savary no necesita ya de los comisarios. "Señores, vuestra cuestión está ya terminada. El resto me incumbe a mí". Son las dos y media de la madrugada. Antes de amanecer, el príncipe es conducido al borde de la fosa y fusilado por el pelotón que Savary ha traído por la tarde. Para no perder tiempo, se ha denegado al condenado un sacerdote. Tal es la sucesión de los hechos, en que predomina la orden formal de ir de prisa. El colmo del arte ha sido el dejar subsistir una duda, de suerte que haya podido decirse que se había fusilado al Duque de Enghien contra la voluntad de Bonaparte. El director de la Policía se había metido en la cama, y habiendo prohibido que se le despertara, no había recibido un mensaje del primer Cónsul que le ordenaba que interrogase por sí mismo al príncipe sobreseyendo la ejecución. Bonaparte se escudó algunas veces tras esta fábula, que sus partidarios y defensores admitieron. Sin embargo, todo ha sido querido y arreglado desde arriba, y el ministro ha echado sobre sí la culpa. Por lo demás, ¿mostró rigor Bonaparte contra Réal que sabía dormir tan a tiempo cuando hacía falta? Ni más ni menos que con Savary, terriblemente despierto. Savary será duque de Rovigo. Réal será hecho conde. Es mucho para gentes que no hubiesen comprendido la idea del amo, que hubieran sido culpables de negligencia, o de exceso de celo, que le hubieran forzado la mano.

A no ser que, si bien la idea del sobreseimiento y de hacer gracia de la vida del reo, pasara en los últimos momentos por su espíritu, Bonaparte comprendiera luego que su primer propósito era acertado, que aquel sueño de Réal había sido una culpa feliz y que la precipitación de sus agentes le había prestado un servicio que sobrepujaba a las más halagüeñas esperanzas. Se han pintado las expresiones de acusación, de tristeza, que Bonaparte leyó en los semblantes al día siguiente de la noche trágica. Chateaubriand ha trazado un cuadro insuperable en unas líneas que lo dicen todo: "Esta muerte, en el primer momento, heló de estremecimiento todos los corazones. Se temió un retorno de Robespierre. París creyó volver a ver uno de esos días que no se ven más que una vez, el día de la ejecución de Luis XVI. Los servidores, los amigos, los parientes de Bonaparte, estaban consternados". Es cierto que muchos, "en los primeros momentos", desaprobaban el hecho, ya porque no comprendían –puesto que desde hacía tres o cuatro años no había más que consideraciones para los adhesionistas y los emigrados–, ya porque se sintieran inquietos por las consecuencias. Chateaubriand presentó su dimisión de ministro de Francia en el Valais. Esta protesta hubiera tal vez impresionado a Bonaparte si no hubiera sido aislada. Espiaba y hacía espiar todos los signos. He aquí lo que retuvo.

Había en el Tribunal un hombre hasta entonces poco señalado, que se llamaba Curée, el cual temía que Bonaparte trabajase por el restablecimiento de los Borbones. Había sido en la Convención, con Cambacèrés, representante del Herault. En el proceso de Luis XVI declaró a "Luis Capeto culpable de conspiraciones contra la libertad de la nación y de atentados contra la seguridad general del Estado". Contestó que no a la proposición de apelar al pueblo, y estos dos votos suponían la muerte, si bien por lo que se refiere a la pena hubiera pedido la reclusión con deportación. Curée era en cierto modo un regicida moderado, un semirregicida. No obstante, era solidario de los votantes. Al día siguiente del drama de Vincennes, al llegar al Tribunado, encontró a sus colegas, que en su mayoría "gemían por tan trágico acontecimiento". Se acercó a ellos y, "frotándose las manos", exclamó: "Estoy encantado; Bonaparte se ha hecho de la Convención". Y Miot de Mélito, que nos relata esto, añade: "Esta frase llegó a oídos del primer Cónsul que, como era lógico, tenía en el Tribunado sus espías y que juzgó hábilmente que un hombre que se había pronunciado tan energéticamente contra los Borbones era el más indicado para elevarlo al Imperio. Un emperador surgido de la Convención debía, en efecto, ser a los ojos de Curée lo que más podía asegurar contra la vuelta de la antigua dinastía".

Designado por una frase sencilla, pero de singular elocuencia ("Bonaparte se ha hecho de la Convención"), Curée era uno entre mil. Era la voz del pueblo que había hecho la revolución, la de los regicidas que la tenían en depósito. Habiendo hecho correr la misma sangre, Bonaparte venía a ser uno de ellos. Firmaba el mismo pacto. Desde 1793, era preciso, para gobernar, haber votado la muerte de Luis XVI. Era esta la ley no escrita de las constituciones republicanas. "Quienquiera que hubiese cooperado a este gran acto", decía Thuriot, quienquiera que haya corrido sus riesgos, tiene derecho al Poder. Deben ser excluidos de él, "los que nada han expuesto". Sieyès, votante, había sido el fiador del 18 brumario. Para ir más allá, para salir de la República, pero por la puerta de la Revolución ¿no sería necesario que esta ley de sangre fuera también obedecida? Bonaparte, para este último acto, no podía cubrirse con nadie. El mismo debía trazar la línea fronteriza entre la antigua nobleza y la nueva Monarquía. El compromiso sin salida que le dejaría fuera de toda sospecha no quedaría firmado más que por un acto tan terrible como el del 21 de enero.

¿Era aquello necesario? ¿Tenía necesidad Bonaparte de aquel foso sangriento para convertirse en Emperador? Al suponer que el crimen fue obra de sus dos genios maléficos, no se responde a esta pregunta. Calculadores profundos, funestos consejeros, Talleyrand y Fouché, a quienes el primer Cónsul no les parecía, según la expresión vigorosa de Balzag, "tan casado con la Revolución como ellos mismos", le habrían "ligado a ella para la propia seguridad de entre ambos, por medio del asunto del Duque de Enghien". En este caso, Bonaparte había comprendido su idea. Había visto el inmenso alcance de la cuestión, y la hipótesis que tiende a disculparlo atestigua el designio político que ha presidido el drama de Vincennes. Porque esta seguridad de Fouché y de Talleyrand, que era también la de mil otros, ocasionaba el efecto deseado. Hortensia observaba muy bien el resultado tal como podía desearlo y como lo buscaba el principal interesado. "Por lo demás, desde aquel momento, todos cuantos habían concurrido a la Revolución, se unieron francamente al Cónsul. No será nunca un Monk, se dijeron: he aquí la garantía; se puede contar con él". ¿Qué importaban al caso unas cuantas caras largas; unas cuantas condenas; que se refunfuñara un poco? ¿Qué importaba asimismo una mancha en el nombre de Bonaparte, si era el rescate de una más alta fortuna y el precio para inscribir el nombre de Napoleón en la historia?

Hortensia, eco de la Malmaison, escribe además con ingenuidad lo que es la verdad misma: "Todas estas circunstancias trajeron un gran acontecimiento". La ejecución del Duque de Enghien, la descarga de Vincennes, son el "gran acto" que trae el Imperio, que pone fin a las objeciones de los republicanos, que arrastra, que decide y –he aquí toda la gran explicación– que todo lo excusa para la Francia de la Revolución. Todo, hasta la consagración. Pronto llegará la unción de la mano que bendice y perdona. Este es el otro aspecto del drama, lo que le completa: la absolución en la apoteosis.

Poco tiempo después de la noche de Vincennes, el primer Cónsul, durante una conversación, decía como pensando en voz alta: "Yo he impuesto silencio para siempre, lo mismo a monárquicos que a jacobinos". Y a José, que había intercedido por el príncipe: "En fin, es preciso consolarse de todo". Consuelo fácil. El golpe había tenido éxito. Aterraba a unos; a otros regocijaba. Ya los que se habían asustado, Bonaparte enseguida les tranquilizaba. En el mundo de la derecha, que se le había adherido porque representaba el orden, se temía que este homicidio, escasamente jurídico, fuera señal de una vuelta al terrorismo. Se respiró, renació la confianza, cuando se vio que no solamente no había otras víctimas, sino que –por una clemencia tan fecunda como la ferocidad de la víspera– Bonaparte hacía gracia de la vida a los aristócratas comprometidos en el complot de Cadoudal: Armando de Polignac y M. de Rivière.

Y cuando se consulta el calendario, cuando se confrontan las fechas ¿cómo no reconocer que el asunto de Vincennes fue un éxito? Enghien cae el 21 de marzo, de madrugada. El 27, primera manifestación oficial para el restablecimiento de la Monarquía en la persona de Napoleón Bonaparte. El Senado, el mismo Senado que antes, como recompensa nacional, no concedió al primer Cónsul más que una prolongación de diez años en su mandato, toma la iniciativa de ofrecerle la Corona.

¿Por qué esta prisa, sino porque el Senado comprende que no hay ya obstáculo, que el camino está libre? Después de haber invocado todas las razones que se alegan cuando se quiere que algo sea como conviene, ¿en qué motivo principal funda el Senado su deliberación? Denuncia los complots, muestra con horror la vida de Bonaparte amenazada. El gobierno de Francia depende de un hombre. Desaparecido él, todo desaparece. Para que los conspiraciones no se vean tentados de recurrir al puñal, el hombre debe ser reemplazado por una institución. La moción del Senado al primer Cónsul es un requerimiento, una súplica. Se le conjura a tomar la Corona. Así se cierra el circuito político que comenzó en 1789. La Monarquía es el puerto (esta frase tan exacta es de Thiers) al que la Revolución viene a refugiarse.

Y las semanas en que se decide el Imperio son las en que se instruye el gran proceso de Jorge, de Pichegru, de Moreau. Un chuan irreductible; un General de la Revolución, pasado a Luis XVIII; otro General, ídolo de los oficiales republicanos. Lo extraño de este conjunto sirve también a Bonaparte, situándole por otro camino por encima de los partidos, puesto que queda expuesto al odio de tantos contrarios. Pero sobre todo habiéndose llegado a la evidencia de que los conspiradores iban tras su persona, se hace más vivo el deseo de desanimar a los asesinos. "Dejar las cosas como están compromete esta cabeza, de la que depende la conservación de las nuestras", decía Roederer, tan activo para la Monarquía napoleónica como ya lo fue en brumario por el Consulado de Bonaparte. En una carta citada por Meneval, José indica también que su hermano comprende por fin que la hermana es "protectora", que se "la ha tomado como escudo". Cosa curiosa, mal vista: el 21 de enero, el acto terrible, todavía tan presente en los espíritus, sirve para levantar un trono. ¿No sigue aún habiendo Borbones y monárquicos, a pesar del regicidio? Se puede matar a un hombre. No se mata a una dinastía. Por eso hay que hacer una. Fauchet lo había dicho en la Convención, hablando de Luis XVI. "¿Morirá también su familia del mismo golpe que a él le hiera? Según el sistema hereditario, ¿a un Rey, no le sucede otro inmediatamente?". La muerte de un dictador lo termina todo. La de un Rey, nada. Este será desde ahora el "escudo" de Bonaparte.

Pero este nombre de Rey suena mal a los oídos. Se adoptará el de Emperador, que sigue al de Cónsul, como en avance natural. Para una generación nutrida de Historia romana, el Imperio, que no es la realeza, sucede normalmente a la República. ¿No es, acaso, cosa más grande que la realeza? Emperador es el título que los Reyes de Francia han deseado algunas veces, que ha escapado a los franceses desde Carlomagno, que conviene a una Galia extendida hasta más allá de sus límites. Por eso las imaginaciones –y la de Bonaparte es la más potente– vuelan sobre todas las alas del tiempo. El viejo enemigo, el César germánico, está vencido. La dignidad imperial, usurpada desde hace siglos, va a serle arrancada. No será ya más el Emperador por excelencia que todavía conserva reflejos de Roma. Habrá de limitarse a ser Emperador de Austria, ya que el Emperador de Occidente no admite parigual. Y no más que a los franceses intimidan a Bonaparte evocación ni comparación alguna. Esta cerebral, diríamos también, este libresco, concibe naturalmente lo grandioso. Se encuentra cómodo bajo la corona de Carlomagno. Entonces pasa sin transición de una idea autoritaria de la herencia protectora, del "escudo", a la gran idea imperial.

Lo que el espíritu de Bonaparte tiene de reflexivo y de repentizador, de continuo y de discontinuo; lo que hace que adapte a los golpes de teatro de su vida, que calcule los acontecimientos con precisión, adelantándose a ellos con frecuencia, obrando como si ya acaecieran y apurando todas las etapas; en fin, aquella especie de exaltación fría, todo cuanto ha de desarrollarse y tomar cuerpo en él, se acusa ya en estos días en los que se cumple uno de los destinos más extraordinarios que haya conocido mortal alguno. Como le ocurre en los días de batalla, no siente ahora fiebre alguna. Todos los elementos de la operación están presentes en su pensamiento. Ora majestuoso, como si estuviera ya identificado con su dignidad de soberano, ora brutal, porque así se maneja a los hombres; ya afable y adulador, porque sabe que aún hay escollos que sortear, por ejemplo, el amor propio de Cambacérès, que va a descender del rango de Cónsul (Lebrún lo acepta todo); ya, en fin –y así es como más se le quiere, porque es cuando su inteligencia brilla–, considera al caballero cadete, al Pulgarcito corso en su encarnación prodigiosa, y se vuelve cínico, se entrega por instantes a la contemplación de sí mismo. A sus hermanas, que reclaman algo más que honores (un puesto para sus hijos en las líneas sucesorias), les lanza la admirable burla; "¡Verdaderamente, he frustrado a mi familia en la herencia del Rey nuestro padre!". No es ya un soldado de fortuna, no es tampoco un político profundo que se eleva a un trono, es un filósofo amargo, y aquí le encontramos en su diversidad, casi tan asombrosa como sus grandezas. Dirá sucesivamente, con desprecio, que ha encontrado la Corona de Francia por los suelos y que la ha recogido; con magnificencia, que desde Clovis hasta el Comité de Salud Pública, no se separa de sus predecesores y se hace solidario de todo. Después, un día, en el Consejo de Estado, tiene esta salida: "Antes de la Revolución, la autoridad había caído en desprestigio; teníamos un Rey imbécil, se le ahorcó, se echó a su familia. Nosotros levantamos de nuevo el Trono y fundamos el Imperio. Yo tengo una fuerza y unas ventajas que mis sucesores no podrán conservar. Es preciso que saque de ellas provecho para establecer un buen gobierno, un buen sistema de administración". El fundador de la cuarta dinastía no abriga muchas ilusiones sobre lo que ha de suceder y sobre el fin. Tiene, y la conservará rechazándola hasta el final, la sensación de vivir en la inestabilidad y en precario. Quiere, sin tardanza, "aprovechar" su omnipotencia para tratar de construir.

Es, sin embargo, la necesidad de estabilidad, que en este momento es la que sienten con más fuerza los franceses, la que no cesa de actuar en favor de Bonaparte, haciendo avanzar el Trono hasta él. Lo que se pide son garantías para el porvenir. Cuando el Senado, el Tribunado y el Cuerpo legislativo proponen el título de Emperador para Napoleón Bonaparte, la idea, con expresiones diversas, es siempre la misma: conservar los resultados de la Revolución, mantener sobre todo aquella igualdad al lado de la cual la libertad es despreciable. El "carácter fuerte" de Napoleón se conoce ya. El número de gentes a quienes alarma es infinitamente menor que el de aquellas a quienes inspira confianza. Porque las semanas en que la creación del Imperio se decide, son las mismas en que el estado de guerra con los ingleses se agrava, en que la conspiración contra el Cónsul y la República consular aparece a la luz pública, en que se advierte el sentimiento de que de nuevo la Revolución está en peligro. Todo ello está claramente entremezclado. El 6 de abril, tres días después de que el tribuno Curée, el convertido de Vincennes, propone a sus colegas hacer un Emperador, Pichegru es hallado estrangulado en su prisión. Si es un suicidio, es una confesión, y pocas personas creen en la supresión del acusado, en un crimen político que no había de redundar en provecho del Poder. El 18 de abril, el senadoconsulto que confiere a Bonaparte la majestad Imperial, llega tres días después de hacerse pública el acta de acusación contra Jorge, Moreau y sus cómplices. Todas estas cosas van juntas; las unas explican y precipitan las otras. Entretanto los ingleses se tornan más emprendedores; los combates navales se libran a la vista de las costas francesas; uno, serio, el 5 de mayo, ante el puerto de Lorient. Si Inglaterra vence, la Revolución será vencida.

Ahora ya existe un Emperador, ratificado por el plebiscito; existen dignatarios, mariscales, una corte y chambelanes; hay una dinastía nueva, fundada por la nación "para quitar toda esperanza a los despreciables restos de aquella que la nación derrocó", como dicen, en términos más o menos parecidos a éstos, los innumerables testimonios que Bonaparte recibe por su advenimiento. En fin, la Monarquía napoleónica cuenta con la aprobación de la masa, con la garantía del principio hereditario, con la legitimidad, cuando el 25 de junio es ejecutado en la plaza de Grève Jorge Cadoudal, heroico y tenaz rezagado de la chuanería que bajo la cuchilla afirma todavía una solitaria fidelidad y lanza a pleno pulmón el grito de: "¡Viva el Rey!".

Diez años más tarde, menos de diez años más tarde, allí estará Luis XVIII. Napoleón en Fontainebleau se habrá visto tan solo como Jorge en la plaza de Grève con sus últimos vandeanos. Habrá visto lo que valen los senadoconsultos, las aclamaciones, plebiscito y juramentos. "Napoleón –ha dicho Balzac– no convenció jamás enteramente de su soberanía a los que había tenido por superiores o por iguales, ni a los que se atenían al derecho: nadie se creyó obligado por el juramento hacia él". Y él se daba cuenta. En lo más alto de su gloria, ésta fue su inquietud. Se lamentaba de no haber podido encontrar la adhesión de un Cadoudal. Había oído las aclamaciones con que los oficiales republicanos saludaron a Moreau. Las seguirá oyendo, pensará en ellas siempre, porque su memoria todo lo retenía.

Diez años, cuando hace diez apenas que comenzó a salir de la oscuridad; nada más que diez años y todo habrá terminado; el vertiginoso ritmo de su fortuna así lo quiere. Oficial subalterno a los veinticinco años, hele aquí –fenómeno maravilloso– Emperador a los treinta y cinco. El tiempo le ha cogido por la espalda y le empuja. Sus días están contados. Fluirán con la rapidez de un sueño, tan prodigiosamente colmados, cortados por tan escasos altos y treguas en una especie de impaciencia por llegar más aprisa a la catástrofe, cargados, en fin, de tantos acontecimientos grandiosos, que este reinado, en verdad tan corto, parece haber durado un siglo.

Uno de los rangos más notables de Bonaparte, y lo debe al hecho de que en él domina la inteligencia, es su facultad de desdoblamiento. De todo lo que de increíble le acontece, nada le sorprende jamás. La masa admira en ocasiones, y se asombra rara vez y poco. Su destino y él se acompañan y emparejan. Reinar le es tan natural como cualquier otra cosa. Es un capítulo de la novela en que ha entrado. No es que olvide de dónde ha salido, de dónde partió, lo que ha sido necesario para llegar allí, lo que hay de frágil en su Monarquía. Todo esto lo sabe él mejor que nadie, sin que jamás le turbe. No es que la grandeza altere su espíritu ni aun su lenguaje. Majestuoso en su aparato, sigue siendo para la intimidad y el contacto humano lo que era antes: brusco, irónico, ya distante, ya familiar, acariciador o brutal, grosero si llega el caso. Para él nada que le constriña, en tanto que impone a los que le rodean las leyes de una severa etiqueta, renuevo de la antigua corte o imitada de las cortes extranjeras, de suerte que nada se parece menos que la suya a un campamento.

En su trono, Napoleón se encuentra más a sus anchas que si hubiera nacido en él, porque las mismas tradiciones que resucita son calculadas y deseadas. Y, desde luego, su Monarquía no es –es preciso que no lo sea– una Monarquía militar. En su palacio, sólo el visto como soldado, como para recordar que manda a todos los demás; pero adopta un uniforme sobrio, semicivil, el traje verde de los Cazadores de la guardia. En la guerra, lleva la levita gris, cuya sencillez única designa mejor al jefe que los dorados y las plumas, que quedan para los actores, para los "danzantes". En la Corte, sable, galones e insignias son proscritos. La casaca bordada, el chaleco y el pantalón de satén blanco, son de rigor, y con este traje, que con frecuencia le ridiculiza, se ven "viejos mostachos" republicanos, como Augereau. La etiqueta no estaba solamente destinada a realzar la majestad del soberano. Subordina a sus antiguos compañeros de armas, hace de ellos cortesanos, como Luis XIV había hecho con los últimos feudales. Borra los recuerdos, más peligrosos que molestos, de la antigua igualdad de los campos y del tuteo de los vivaques. No es la igualdad civil, es esta otra la que Napoleón rechaza. Crea mariscales, nombra generales. Dispensador de grados y de dotes, actúa sobre los militares por las recompensas, por la esperanza y por el temor, no estando seguro de contenerlos más que si todo ese mundo depende de él, y lo mantiene visiblemente domesticado: chambelanes en palacio, meros ejecutantes en el campo de batalla. La Legión de Honor sirve ya como principio de emulación al mismo tiempo que, por una mezcla de lo civil y de lo militar, ahoga a los militares entre los civiles. Napoleón medita la fundación de una nueva nobleza, una nobleza imperial, que saldrá de la misma idea. Será todavía un instrumento de reinar, otro medio de destruir la casta de los oficiales que se ha formado bajo la Revolución, de la cual el propio Bonaparte ha surgido. Explota la vanidad humana. "Se dejarán matar por ser príncipes". Sin embargo, para el amo, Augereau, Masséna, sus antiguos, no serán más que el duque de Castiglione y el príncipe de Essling, como Fouché será el duque de Otranto, Talleyrand príncipe de Bénevento, y Maret, escribiente y secretario, el duque de Bassano. Esta nobleza sirve para desmilitarizar a los grandes jefes, a esos hombres a quienes el Emperador tiene más razones para temer. Ella les confunde con los diplomáticos y los legistas, entre las filas de los dignatarios. La colación de los títulos recompensa y estimula. Distingue, y al mismo tiempo nivela.

Todo esto se dibuja, se ordena en la cabeza de Bonaparte por su idea dominante, que es la de dar solidez a la base de su extraordinaria aventura, sentarla sobre realidades sociales, sobre la naturaleza de los hombres, sobre las condiciones mismas en que se ha hecho cargo de Francia al salir de la Revolución. "Si hubo algún defecto en mi persona y en mi ascensión, decía en Santa Elena, fue el haber salido de golpe de la masa. Sentía mi aislamiento. Así que eché anclas de refuerzo por todas partes al fondo del mar". Esta frase luminosa explicaba gran número de cosas que parecen dictadas por el orgullo. Así Bonaparte explicaba a Las Cases que distribuyendo tronos a sus hermanos, echaba también anclas para fijar su dinastía, demasiado nueva. Sus hermanos no habían comprendido, se habían creído de repente "Reyes por la gracia de Dios". ¡Y cuántos otros cálculos del Emperador habían de volverse contra él! Pero nadie ha visto más claramente el anverso y los frágiles interiores de su propia potencia, ni nadie sintió mejor la necesidad de fortalecerla.

Hay incluso algo de trágico en esta rebusca de la solidez, en esta inquietud inconfesada, en esta puesta en acción de todos los recursos. Si nace en él un alma de soberano, no es solamente por aquella gracia de estado que hace que el hombre se acomode a su papel. Piensa en la condición, en los deberes de un Monarca, en las faltas que una Monarquía no debe cometer. Ha visto caer a los Borbones. Ha visto cómo la impopularidad les había atacado, cómo sus enemigos habían estado acecho del escándalo. Tiene presente en su memoria el asunto del collar. Todavía Josefina, impunemente, prodiga el dinero, y el estuche de alhajas de María Antonieta es demasiado pequeño para la mujer de Napoleón. ¿Pero quién sabe si un día no murmurará el pueblo? Es preciso que la familia imperial permanezca limpia, honorable, por encima de toda sospecha. Cuanto de más abajo surge, tanto más le es necesaria la circunspección. De ahí severidad respecto a los casamientos de Luciano y de Jerónimo. El ha impuesto a su mujer, la ha hecho pasar, pero es él. Sus hermanos, sus parientes no tienen derecho a rebajarle ni a comprometerle. "¡Cómo! ¡Quiero restablecer las costumbres y se me trae una tal mujer a mi familia! Demasiado tiempo ha sido Francia gobernada por grandes que todo se lo creían permitido. Seré inexorable". No perdona que Luciano prefiera el destierro antes que separarse de su compañera. Jerónimo deberá romper su matrimonio americano que hubiera sido, algunos años antes, un matrimonio inesperado para un Bonaparte. Se verá obligado a repudiar a Mlle. Patterson, a casarse con una verdadera princesa. Prohibición de descender. Es preciso elevarse. Precisa también aparecer moral, no dar ocasión a la malicia pública; es menester que toda la familia comprenda, como su jefe, que será duramente retrogradaba a sus orígenes si los olvida.

La consagración no es tampoco idea de megalómano romántico. Sin duda, reviviendo a Carlomagno, Bonaparte trata de herir la imaginación de los pueblos. Apunta otra cosa. Es una nueva "ancla de refuerzo" que lanza al fondo del mar. Tal vez tenga la ilusión de que la unción garantizará su poder, dándole un carácter legítimo y sagrado. Tal vez también, sin engañarse, se sirve de este medio como de todos los demás. Si el foso de Vincennes, que le ha hecho quedar fuera de toda sospecha para los revolucionarios más puros, hace a éstos pasar por la consagración, ésta, a su vez, le procura la absolución, lava la sangre de Enghien, liga a la Iglesia y a los católicos al Imperio.

Ni para siempre ni por mucho tiempo. En esta especie de gran zarandeo que va a ser su reinado, empujado por mil necesidades contradictorias, Bonaparte deshará lo que ya ha hecho, y día vendrá en que se ajenará al catolicismo, maltratando al Soberano Pontífice. Pero en este momento, todo lo concilia y todo le sale bien. "República francesa, Napoleón Emperador": la leyenda estampada sobre las monedas no es una hipocresía. Es imagen del feliz juego que Bonaparte gana en todos los tableros. El Papa bendice al elegido de la Revolución. El plebiscito ha sido otra forma de consagración. Napoleón tiene por él a la voz del pueblo y a la voz de Dios. ¿Quién, pues, ha de escuchar la protesta que Luis XVIII lanza desde Varsovia? La Francia católica ve el restablecimiento del culto confirmado, la autoridad de la Iglesia reconocida por aquel que, desde entonces, no es ya enteramente un usurpador. Y la Francia de la Revolución aplica aquello de: "París bien vale una misa". A ella no le importa ya "mascarada" más o menos, puesto que ha querido el Imperio para que sus conquistas, todas sus conquistas, civiles y militares, le sean "conservadas", como Napoleón lo ha prometido y lo va a jurar en Notre-Dame, consagrando sobre el Evangelio, al mismo tiempo que su corona, la propiedad de los bienes nacionales.

Pero en su vasto y rápido pensamiento, la consagración se encadena además a otro plan y reviste un sentido placentero a la Francia llena de gloria. El Sacro Imperio romanogermánico, el viejo Sacro Imperio dejará de existir por voto de la Revolución, voto confundido con los rencores históricos de Francia. Y no es esto todo. Es preciso que por mano del Papa, a los ojos del mundo, Napoleón se convierta en el verdadero Emperador. No quedará ya más que echar hacia atrás, hacia su Austria, al otro, al viejo, al de Alemania. Y para los franceses, esto bien vale una misa. En el mes de septiembre, cuando las negociaciones de Roma terminan, cuando Pío VII promete ir a París, el nuevo Carlomagno marcha a Aix-la-Chapelle, se muestra en el Rin, recibe el homenaje de los príncipes alemanes, de los electores, de los duques, de los margraves, que se vuelven hacia el astro occidental.

Un nuevo Carlomagno, más grande que el otro, ya que será consagrado, pero no coronado por el Papa, y porque en lugar de recibir el óleo sacro en Roma es él quien hace venir a París al Jefe de la Iglesia. Invitación tan imperiosa, con tantas amenazas encubiertas, que se parece a una orden: "Se hizo, dice el cardenal Consalvi, galopar al Santo Padre de Roma a París como a un capellán al que su amo llama para que diga la misa". Era así. ¡Y si sólo hubiera sido así!

Para el fundador de una cuarta dinastía, no era mediano el éxito de obtener la consagración que tuvo Pipino, fundador de la segunda y de haber dejado en la sombra a los Borbones como lo habían quedado los Merovingios. Bonaparte se complacía siempre en estas evocaciones de la historia, que, por otra parte, no le embriagaban lo más mínimo. Se Childerico no era sólo Luis XVIII, era también el duque de Enghien. Así, pues, para los católicos, Pío VII venía a lavarle y perdonarle. Para los otros, el Papa, absolviendo el crimen, condenaba a la tercera raza y se inclinaba ante la omnipotencia del jefe electo de los franceses.

Además, en esta circunstancia, aureolada y poetizada por el tiempo, hay que apreciar las precauciones que toma el Emperador, cuán cuidadosamente halaga los sentimientos de la Francia revolucionaria, sentimientos que llamaríamos laicos y anticlericales. Que, en su más grande manifestación de acuerdo con al Santa Sede, siga el ejemplo de los Reyes que le han precedido, de los que se declara "solidario" y que de San Luis a Luis XIV han acompañado su fidelidad al Soberano Pontífice con una firme voluntad de mantener su independencia ante el Papado, nada más natural. Pero es que hay pequeñas vejaciones, mezquinas humillaciones que inflige a Pío VII como para hacer excusar la audacia que tiene de llevarle a ese París en el que, aún no hace diez años, las iglesias fueron cerradas al culto y la "superstición" infamada. No hay astucia que no se invente para negar las consideraciones del protocolo a este Papa a quien se ha hecho ya "galopar" desde Roma para que la consagración pudiera tener lugar el primer domingo después del 18 brumario. El Emperador marcha a su encuentro, en el bosque de Fontainebleau, vestido y calzado como si no hubiera ido más que a una partida de caza y rodeado de una jauría de perros. El ayudante de campo que abre la portezuela, primer semblante que ve Pío VII, es Savary, y el hombre del drama de Vincennes se complace en hacer andar por el barro al encanecido anciano y en componérselas para que suba al coche a la izquierda, quedando el Emperador a la derecha. En la primera escolta que se da al Pontífice, caracolean mamelucos de turbante, con intención, que los espíritus fuertes pueden comprender, de asociar la Meca y Mahoma a Roma en una especie de revista y mascarada de las religiones que complacerá a M. Dupuis, autor del Origen de todos los cultos, al partido filosófico, a los militares chistosos y al Instituto.

Y esto no es nada. Por su dulzura y su bondad y su bendición paternal, el Papa en las calles parisinas impone silencio a los burlones. Pero hay otra cosa. Napoleón ha descuidado informar a Pío VII de un detalle cuya importancia difícilmente se hubiera desconocido. En Roma se le cree casado con la Iglesia. ¿No ha hecho bendecir el matrimonio de sus hermanas y de sus generales; no ha obligado a su cuñado Murat, que no es precisamente devoto, a pasar a posteriori, por la capilla; no ha exigido el bautismo para los hijos de su familia? ¿Cómo suponer que se haya, a sí mismo, dispensado de la regla que él impone, contentándose con el matrimonio civil del que Barrás fue testigo? La segunda intención que se le atribuye, la de permanecer en libertad de divorciarse, sin duda la tiene, si bien en su omnipotencia, la bendición debe importarle poco para obtener, cuando quiera, que su unión sea rota. Más sencillamente: tal vez le causara enojo la idea de multiplicar las genuflexiones ante los altares, y como consiguió quedar exento de la comunión solemne antes de la consagración, quisiera evitar el ligero ridículo de una bendición que llegaba a su concubinato con nueve años de retraso.

Ya ha surgido en él la idea de repudiar a Josefina. Sus hermanos, que la odian –tontamente, puesto que su esterilidad es garantía de que la sucesión imperial quedará abierta–, le instan desde hace tiempo a que se deshaga de ella, usando argumentos peregrinos, ya que José llega hasta decirle: "Si ella muriese, se te acusará de haberla envenenado". Por un momento, Napoleón se había preguntado si él pondría en el trono a su lado a una mujer de quien mejor que nadie sabía él dónde la había encontrado y cuál había sido su vida. Versátil en esto, como en todo lo demás, le hacía un día una escena, pronto a reconciliarse con ella al día siguiente. No hacía mucho tiempo que habían dejado de dormir en el mismo lecho. Guardaba cierto afecto a su mujer. Ella seguía siendo su confidente, su refugio. Cuando veía a los embajadores apresurarse a atenderla; a las autoridades, durante sus viajes, a sus pies, como ante una soberana, se decía que no había razón para que no hiciera de ella una emperatriz. Y bien sabía que no había hijo que esperar de Josefina. Pero, ?es que estaba seguro él de procrear? Nada podía asegurárselo. Si se casara con otra mujer, digna ésta de su nuevo rango, y no tuviera hijos tampoco, se reirían de él.

Estos pensamientos, estos cálculos, los ocultaba a Josefina, que en parte los adivinaba. Tenía miedo, por ella misma, del Imperio, de todas aquellas peligrosas grandezas. Ser asociada al coronamiento, como su marido quería, no la tranquilizaba más que a medias. ¿Y si, por ella, simple concubina a los ojos de la Iglesia, no fuera a ser válida la consagración? Entonces se advirtió un escrúpulo religioso, un escrúpulo de conciencia. A Pío VII en persona, bajo secreto de confesión, reveló ella lo que faltaba a su matrimonio, lo que iba a hacer sacrílega la ceremonia de Notre-Dame. La jugada estaba hecha; la última, pero la mejor de las estratagemas que habría de emplear con su pequeño Bonaparte. El Papa se negó a consagrar a Josefina al mismo tiempo que a su esposo, si previamente no se ponían en regla. Napoleón, furioso, hubo de pasar por ello. En la noche que precedió a la coronación, con gran secreto, en la capilla de las Tullerías, el tío Fesch, ante Talleyrand y Berthier, unió a los dos morosos. Josefina fue radiante a Notre-Dame. Esta vez, debidamente casada, coronada además, se creía segura del porvenir.

La víspera de esta cosa fabulosa –la consagración que les hace Augustos y Reyes–, no se les imagine, ni a él ni a ella, escudriñando en su pasado y meditando sobre un destino que de tal modo se sale de la órbita común de los mortales. Grandes o pequeños advenedizos, nadie se entretiene en estos retornos al pasado. En los días que preceden a la consagración, Napoleón y Josefina están en sus asuntos, en sus intereses, dedicados al ceremonial y a sus atavíos, al ensayo del cortejo de la entrada, de los movimientos y de los gestos que han de hacer, a todo lo que habrá de teatro en Notre-Dame y que se estudia sobre un plano con ayuda de muñecos vestidos por Isabey, en tanto que, hasta los últimos instantes –sin contar el cuarto de hora reservado, en la noche, para el matrimonio secreto–, es preciso negociar con el legado los detalles del día grande.

Había una condición en la que la Santa Sede hacía hincapié, porque era de rigor, y que Napoleón no quería en modo alguno soportar. Era que la corona descendería sobre su frente de manos del Papa. Pío VII no se había decidido a venir a París sino después de haber recibido la seguridad de que nada se innovaría en el rito tradicional que fuera contrario al honor de la dignidad del Soberano Pontífice. El cardenal Consalvi había añadido: "Esto no sería decente". Napoleón lo había prometido todo al encontrar al Papa inflexible en este punto, reservándose el resolver la dificultad sobre la marcha. Y fue actor asombroso, movido, como siempre, por un sentido artístico de la gloria. El gesto "a la vez imperioso y calmo", tan estudiado que parecía espontáneo; inspirado por una especie de genio interior –el de la República, tal vez–, por el cual, adelantándose al Pontífice, cogió la corona para colocarla por sí mismo sobre su cabeza, fue gesto al que supo dar tal nobleza y grandeza, que todos los asistentes se dieron cuenta de que había de pasar a la historia.

Pertenecía positivamente a la política napoleónica. En él se manifestaba una vez más aquel sistema de conciliación de contrarios sobre el que había descansado el Consulado y descansaba la nueva Monarquía. El elegido de la voluntad popular se convertía en elegido de Dios, llamaba a sí a las fuerzas espirituales del catolicismo sin renegar de las de la Revolución. Napoleón poseía la unción, el óleo santo, una consagración cuya importancia se exageraba si se considera el caso que las majestades católicas y apostólicas, los fieles, la misma Iglesia le van a hacer, menos de diez años más tarde; pero que, por el momento, imponía silencio a todos los que decía que la bendición del cielo faltaba al usurpador. Sin embargo, Napoleón, que obtenía del pueblo aquella corona bendita, la habría defendido, según los republicanos, contra otra usurpación, tal que en Tolentino, cuando, después de haber hablado amablemente con los cardenales, informaba al Directorio de sus negociaciones con la "clerigalla". Esta doble maniobra, obligada por las circunstancias, se le había hecho habitual. El Emperador, al invitar a Pío VII, había escrito: "Ruego a Vuestra Santidad que venga a dar, en el más eminente grado, el carácter de la Religión a la ceremonia de la consagración y coronación". El Papa, burlado, no pudo más que devorar la afrenta. Al salir de Notre-Dame hizo saber que se vería obligado a protestar, a citar las promesas que había recibido, si el rapto de la corona era mencionado en el relato oficial de la ceremonia. Se salvó el hecho no publicando en el Moniteur ninguna información. ¿Qué le importaba a Napoleón? Todos los efectos que esperaba de la consagración los había conseguido sin comprometer la otra característica de su soberanía.

Porque el juramento de la consagración no es tampoco más que un juramento de fidelidad a la Revolución francesa. El Emperador ha jurado, sobre el Evangelio, mantener la igualdad y aun la libertad y también la propiedad de los adquirentes de bienes nacionales; pero sobre todo, y en primer lugar, la "integridad del territorio de la República". Es para esto, es para proteger todas estas conquistas para lo que la República se ha entregado a un hombre, para lo que le ha confiado el Poder supremo. Y este juramento lo mantendrá Napoleón, porque él es la razón de ser de su Monarquía.

En esta jornada del 2 de diciembre de 1804, en Notre-Dame, en traje de gran sala, con el cetro en la mano, dispuesto ya a la inmortalidad, tuvo esta frase humana: "¡José! ¡Si nuestro padre nos viera!" Minuto de emoción sin desabrimiento, con ribetes de ironía: de la misma ironía que tiene aquí la historia. ¡Qué de acontecimientos habían sido precisos en los veinte años que hacía que murió el pobre padre, infatigable pedigüeño de pensiones y de becas, para que sus hijos llegaran a aquello! ¡Qué encadenamiento de causas y de efectos, de cálculos bien madurados, de ocasiones cogidas por los pelos, había hecho falta! Pero las causas, como las Parcas que tejen sin cesar, no dejarían de actuar y de arrastrar a Napoleón, a su corona y a su familia con movimiento tan rápido como imperioso.

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- Una historia de Napoleón


+ Una historia de Napoleón (I): becario del Rey

+ Una historia de Napoleón (II): el uniforme de artillero

+ Una historia de Napoleón (III): ingrata patria

+ Una historia de Napoleón (IV): luz y tinieblas

+ Una historia de Napoleón (V): primer encuentro con la fortuna

+ Una historia de Napoleón (VI): esta hermosa Italia

+ Una historia de Napoleón (VII): señor de la paz

+ Una historia de Napoleón (VIII): itinerario de las Pirámides al Luxemburgo

+ Una historia de Napoleón (IX): cómo pudo frustrarse un golpe de Estado

+ Una historia de Napoleón (X): el primero de los tres cónsules

+ Una historia de Napoleón (XI): un gobierno a merced de un pistoletazo

+ Una historia de Napoleón (XII): la ilusión de Amiens

+ Una historia de Napoleón (XIV): Austerlitz... pero Trafalgar

+ Una historia de Napoleón (XV): la espada de Federico

+ Una historia de Napoleón (XVI): la obra de Tilsit

+ Una historia de Napoleón (XVII): la primera nube viene de España

+ Una historia de Napoleón (XVIII): la rectificación de Wagram

+ Una historia de Napoleón (XIX): yerno de Césares

+ Una historia de Napoleón (XX): el Rey de Roma

+ Una historia de Napoleón (XXI): el Boletín número 29

+ Una historia de Napoleón (XXII): el reflujo y el desastre

+ Una historia de Napoleón (XXIII): las botas de 1793 y la insurrección de los generales

+ Una historia de Napoleón (XXIV): emperador y aventurero

+ Una historia de Napoleón (XXV): Waterloo, triste llanura

+ Una historia de Napoleón (XXVI): Santa Elena, el martirio

+ Una historia de Napoleón (XXVII): la transfiguración

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 214 - 247.