lunes, 8 de agosto de 2016

Una historia de Napoleón (I): becario del Rey



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Cuando Luis XV, en 1768, unió Córcega a su reino, ¿cómo hubiera podido figurarse que en su nueva adquisición había de nacer al año siguiente el fundador de una cuarta dinastía? ¿Y si la anexión no hubiera tenido lugar? Eran numerosos en Francia los que no la querían, estimándola inútil y embarazosa. Si hubiera prevalecido el consejo de aquéllos, la isla habría caído en manos de los ingleses. O, quizá, se habría visto, con Paoli, una Córcega independiente. ¿Y cuál hubiera sido, entonces, la suerte de Napoleón?

Napoleon Bonaparte, de uniforme

Una vida oscura, entre rivalidades de clanes, con algunos olivos y algunas cepas por toda fortuna, y puede ser que en el desempeño de funciones mediocres y honorables, a ejemplo del abuelo Ramolino, inspector de puentes y caminos por cuenta de la República genovesa. ¿Y con los ingleses? No es probable que hubieran dado un uniforme al joven indígena. Y para poner su espada al servicio de un país extranjero, habría necesitado también de una educación militar. ¿Dónde la hubiera recibido Napoleón? Sin Francia, su genio no hubiera podido revelarse. La anexión fue para él la gran fortuna, ya que Córcega quedaba unida a una nación bastante liberal, confiada y generosa, para abrir sus mejores escuelas a los franceses de nuevo cuño. Y, además, aquel país habría de verse agitado en la fecha en que el joven de Ajaccio cumpliera los veinte años, de modo que aquel vasto desorden abriría inauditas posibilidades de fortuna a los individuos bien dotados.

Aquel hombre extraordinario entendió no solamente lo que su destino tuvo de prodigioso, sino el concurso de acontecimientos que había sido necesario para elevarle al Imperio, convirtiéndole en sobrino del Rey, cuya caída había presenciado, siendo oscuro teniendo, en la jornada del 10 de agosto. "¡Qué novela la de mi vida!", exclamaba en el momento del epílogo. Y en otra ocasión, en Santa Elena, decía que habrían de transcurrir mil años antes de que las circunstancias que se habían acumulado sobre su cabeza volvieran a encontrar otra entre la masa para elevarla a tanta altura.

No había olvidado sus comienzos. La nobleza de su familia no le engreía en modo alguno, si bien era bastante auténtica y más tarde se envanecería de ella defenderse al ser motejado de advenedizo. Veamos. Carlos María Bonaparte, su padre, un tanto hombre de leyes, es un pobre gentilhombre cargado de hijos. Napoleón será el pequeño pulgarcito de esta familia numerosa. De algunas tierras, y de esperanzas en una plantación de moreras, se vive, avaramente, en Ajaccio. Se cuenta con los regalos y la herencia del tío Luciano, el arcediano, que posee algunos ahorros. En 1776, Carlos Bonaparte solicita un certificado de pobreza atestiguando que no posee medios para educar a sus hijos. Para su penúltimo viaje al continente, pedirá prestados al gobernador Beaumanoir veinticinco luises, que no serán devueltos sino por el Primer Cónsul. He aquí el punto de partida.

Napoleón se reía de los genealogistas aduladores, según los cuales sus antepasados habían sido soberanos en Treaviso y en Bolonia. Pero él se enlazaba a los Bonaparte o Buonaparte, más ricos en armaduras que en escudos, conocidos desde hacía tiempo en Toscana, y entre los cuales, en general, el gusto por las letras fue notorio. Uno de ellos, a comienzos del siglo XVI, sin duda extrañado de Florencia por las discordancias de entonces, había venido a establecerse en Ajaccio. Los Bonaparte fueron notarios, escribanos, en lo que puedan estos términos tener aplicación a las profesiones que ejercieron. En todo caso, eran oficios de escritorio. En ellos adquirieron consideración, pero poca fortuna. Ni palurdos, ni burgueses, ni señores, ignorantes o casi ignorando el feudalismo, los corsos se consideraban como iguales entre sí, porque lo eran en la mediocridad de sus riquezas, y ésta es la razón por la que tanto placían a Juan Jacobo Rousseau. Abogado atareado, cargado de hijos, Carlos Bonaparte no hizo valer su nacimiento hasta después de la anexión, cuando la nobleza se convirtió en un medio de obtener favores. Lo cierto es que las relaciones entre la rama de la familia que permaneció toscana y la rama convertida en corsa, se mantenían todavía a fines del siglo XVIII.

Carlos Bonaparte era hombre de casta. Larga paciencia, inteligencia despierta, valor, arte de agradar; era alguien. A los dieciocho años se había casado con Leticia Ramolino, que tenía unos catorce. Bella, apenas instruida, mujer fuerte y hasta un poco varonil, era Córcega misma: la Córcega occidental, tan mezclada de musulmanes, griegos y fenicios. ¿Quién sabe si no tenía por ella Napoleón más de Cartago que de Florencia por su padre, y en la sangre algunas gotas de la de Aníbal? ¿Hay algo más indefinible, más incierto que las transmisiones hereditarias?

Leticia era hija de un corso que servía a la República de Génova, de la que era funcionario. Su madre, al enviudar, se había casado en segundas nupcias con un Capitán de la marina genovesa, llamado Fesch, oriundo de Basilea, padre del futuro cardenal. La familia había servido a los conquistadores genoveses. Carlos no opondrá más dificultades a adherirse a los nuevos ocupantes y a servir a Francia.

Más tarde, cuando Leticia sea la madre de un Emperador, se burlarán tanto de su avaricia como de su francés chapurreado. La apasionaba "tirar de la cuerda". Y es que había conocido los tiempos de escasez de dinero; de los hijos criados con una sirviente; de los zapatos remendados; de la frugalidad. Córcega no es una tierra de abundancia. Uno de sus proverbios dice que allí se come como se puede: "Todo lo que no mata, engorda". Leticia habría de repetir este proverbio a menudo. ¿No había conservado la costumbre de levantarse de la mesa con alguno de hambre? ¡Le había sido preciso durante tanto tiempo alimentar a aquellos ocho jóvenes voraces: José, Napoleón, Luciano, Elisa, Luis, Paulina, Carolina y Jerónimo! Dotada de un millón de renta, la señora madre pensará aún en ello en su palacio de París al decir de tan extraño modo, para excusarse de ser tan mirada: "Tengo seis o siete soberanos que volverán a caer un día en mis brazos".

Hijo de padres jóvenes y prolíficos, Napoleón nace el 15 de agosto de 1769, después de José; el cuarto en realidad, puesto que otros dos hijos han muerto ya a corta edad. Y nace en medio de cálculos y política, tras haber sido engendrado en los combates y la aventura. Más aún: el tiempo que su madre le llevó en su seno es como la imagen de su historia.

Carlos Bonaparte había luchado por la libertad de Córcega. Con Paoli, del que era ayudante de campo cuando la victoria de Borgo, había combatido a los franceses. Napoleón fue concebido en el mes que siguió a esta gloriosa jornada de la independencia. Pronto las tropas noveles de Paoli debieron ceder ante los soldados del Conde de Vaux. En mayo de 1769, en Ponte Novo, sobrevino el desastre. Aunque encinta, Leticia había seguido a su marido. Para huir de los vencedores, todo el mundo, hasta las mujeres, se habían retirado, indómitamente, al monte Rotondo. Carlos Bonaparte, que había lanzado a la juventud corsa, para la leva en masa, una proclama inflamada, hubiera querido que se resistiese todavía. La causa estaba bien perdida. Paoli había embarcado, abandonando la isla. El Conde de Vaux concedía a los refugiados de la montaña olvido, perdón y salvoconductos. Regresaron a Ajaccio, donde Leticia trajo al mundo al nuevo hijo.

Más tarde contaba que durante aquella dramática gestación, aquellas cabalgadas nocturnas y aquellas alternativas de triunfo y de derrota, ella le sentía moverse en su seno furiosamente. Así conoció Napoleón los azares de la guerra y fue en Austerlitz a un Waterloo antes de ver la luz.

Entretanto, Carlos Bonaparte había reflexionado. La causa de la libertad corsa perdía toda esperanza. La epopeya en los matorrales de la isla no era ya más que un recuerdo. Francia ofrecía la reconciliación. Había que vivir, conservar la casa de Ajaccio, la plantonera, la viña y los olivares. Prestó su adhesión.

Con sinceridad, porque en adelante los Bonaparte serán siempre del partido francés; pero decidido firmemente a no dejar que su adhesión quede sin fruto. El ayudante de campo de Paoli rinde pleitesía al comandante en jefe, y M. de Marbeuf acoge con gusto el acercamiento de este notable indígena que presta favorable testimonio a su administración. Entretanto, Carlos, cuya familia no para de crecer, cuyos recursos disminuyen, se ve obligado a sacar partido de la situación. Se convierte en un solicitante infatigable, hábil y con buena suerte. Así es como, gracias a la benévola protección de M. de Marbeuf, Carlos Bonaparte fue diputado de la nobleza en los nuevos "Estados de Córcega" y como obtuvo becas para sus hijos. Napoleón debió a Marbeuf el ingresar en Brienne. Otro golpe de fortuna en su vida. No lo ignoró, y más tarde pagó su deuda con toda clase de bondades para la viuda y los hijos de su protector. Tampoco olvidaba la derrota de Ponte Novo, que le había hecho francés.

Confesamos que la infancia de Napoleón no constituyó una serie de prodigios. Era un muchachuelo turbulento y voluntarioso, que gustaba de jugar a los soldados y que tenía facilidad para el cálculo. Un corso pequeño como los demás, labrador a medias, de vivir ardiente, meditabundo, borracho de su isla embriagadora. Los relatos del tiempo en que se sostenía la rebeldía en los matorrales corsos, la política local y las querellas de las facciones de Ajaccio; la parte que en ello tomó su padre, hombre influyente en las dos aldeas vecinas, donde tenía algunas propiedades; las preocupaciones de dinero; la famosa plantonera de moreras, fértil sobre todo en decepciones; todo ello, actuando sobre una imaginación ardiente, no es ajeno a una primera formación, si se tiene en cuenta, además, el rasgo tal vez más notable de Napoleón, después del innato don de mando: la memoria, una memoria casi infalible al servicio de una inteligencia que de todo sacaba provecho.

Era, sin embargo, un niño muy salvaje, comparado con los muchachos franceses de quienes habría de ser muy pronto compañero. A los nueve años, no hablaba más que su dialecto corso; era un extranjero cuando se le llevó al Continente. Carlos Bonaparte había alcanzado sus fines. Gracias a M. de Marbeuf, las becas fueron concedidas. Napoleón había de ser oficial; José, sacerdote. Embarcaron el 15 de diciembre de 1778. Camino de Versalles, adonde se dirigía como diputado de la nobleza de la isla cerca del Rey, el padre dejó a los dos en el colegio de Autun.

Francia hacía muy bien las cosas. Se encargaba de educar gratuitamente, con los hijos de los hidalgos pobres, a los del antiguo ayudante de campo de Paoli, y más tarde, a su vez, Elisa será damita de Saint Cyr. Así, entre los nueve y los diecisiete años, el joven Napoleón perderá contacto con su isla natal, a donde no volverá hasta septiembre de 1786. "Educando del rey", recibirá en ambiente francés una educación francesa, con gente de buena condición procedente de todas las provincias del reino. Será educado en establecimientos oficiales dirigidos, el primero por religiosos, el segundo por militares. Habrá de conocer, pues, las tradiciones de la vieja Francia.

Pero no hay casa tan bien guardaba en que no entre el aire de los tiempos, y en Brienne, como en la escuela militar de París, Napoleón respirará el del siglo XVIII. ¿No lo respiraban también, ajenos a ello, los mismos Padres Mínimos? No harán de su alumno en católico muy practicante; su religión resultará bastante mundana. De un hombre que no había hecho su primera comunión, dirá el emperador: "Faltaba algo a su educación". Su primera comunión la había él hecho como niño bien educado. Y conservará una cierta predilección por el catolicismo. Pero las manifestaciones de la fe le asombrarán siempre y le arrancarán esta observación: "Creía a los hombres realmente más avanzados". En resumen: los Padres le habrán dejado ideas que meditar cuando el Concordato; pero no mucho más. Se asombra uno menos de la tibieza de su alumno cuando se ve al Padre Patrault hacer desistir a Pichegru, joven ayudante de matemáticas en Brienne, de tomar el hábito, diciéndole que el profesar no era ya de aquel siglo. Más que a un sacerdote, el P. Patrault preparaba a un soldado de la Revolución, un vencedor en Holanda y un conspirador contra el primer Cónsul. Cuando apareció Pichegru estrangulado en su prisión, Bonaparte se acordaba todavía del maestro de barrio que le había enseñado las cuatro reglas de la aritmética y que hubiera sin duda tenido mejor fin de haber encontrado religiosos menos desprovistos de espíritu de proselitismo.

El isleño, trasplantado, desnaturalizado, absorberá, pues, a pesar suyo, todas las ideas francesas, al mismo tiempo que reaccionará contra ellas. Así, en la naturaleza "volcánica" que advertía en él uno de sus profesores (el que definía ya su estilo como "granito calentado en un volcán"), se prepara una potente mezcla que explica el porvenir; una mezcla que por otra parte no se repite, puesto que, sobre la blanda naturaleza de su hermano José, las mismas circunstancias no llegan a producir nada.

Carlos Bonaparte dejaba a sus hijos en el colegio de Autun: a José, para cursar allí humanidades, al otro para aprender el francés. Pasados apenas cuatro meses, Napoleón era capaz de entrar en la Real Escuela Militar de Brienne. Se dice que al separarse de José, que era todo llanto, él no derramó más que una lagrima. Y aun se esforzó en disimularla. Uno de sus maestros, el abate Simón, afirma que esta lágrima solitaria traslucía más dolor que un ostensible pesar. El abate Simon era perspicaz. Este niño capaz de contenerse anunciaba un carácter y una voluntad.

En Brienne, Napoleón recibió, "a expensas del rey", una educación muy cuidada, una instrucción seria. El ministro de la guerra, Saint Germain, que tanto admiraba a Federico II y que quería reformar el ejército francés según el modelo prusiano, había trazado el programa por sí mismo. Se trataba de preparar oficiales instruidos, capaces de presentarse en el mundo y, en cualquier caso, de hacer honor al uniforme. A los religiosos que dirigían el establecimiento, se unieron profesores civiles, y para las matemáticas, ayudantes de profesores. Se daba un poco de latín. Se aprendía el alemán, idioma considerado como indispensable para los militares y en el que Napoleón no fue nunca más versado que en el de Cicerón. Las artes de adorno, la música y el baile, no se descuidaban. En suma: una enseñanza bastante completa, que si tenía puntos débiles, no eran en mayor número que en los sistemas inventados después, que no difieren mucho de aquél.

Importa notar que esta enseñanza, destinada a formar a los oficiales franceses, Napoleón la recibió desde los diez años con otros muchachos, bretones, loreneses, provenzales, cuyos padres habían, como los suyos, probado sus títulos de nobleza. El hecho debió de dejar en él huella indeleble, capacitándole, ante todo, para comprender a Francia y poder hablar de ella. "Yo soy más champañés que corso, porque desde los nueve años me eduqué en Brienne", decía a Gourgaud cuando, en Santa Elena, meditaba sobre su pasado. Sin negar el influjo de la herencia, puede decirse que la educación la corrige o la orienta. Explicarlo todo en Napoleón por sus orígenes italianos, como Taine, tras Stendhal, lo ha intentado, es demasiado sencillo. Es, mejor dicho, insuficiente. ¿Qué apariencias existen de que en la aurora del siglo XIX un condottiero del Quattrocento, un Castruccio Castracani hubiera conquistado el corazón del pueblo francés? Porque la "magia del nombre de Napoleón" es uno de los fenómenos más sorprendentes de su historia y nunca se ha visto a los franceses entregarse a ningún hombre que, al menos por algún lado, no haya sido de su país.

Es cierto que el niño Bonaparte, en Brienne, se mostró fogosamente corso, y republicano. Paoli, al que igualaba a los grandes hombres de Plutarco, era su héroe. ¿Cómo se daría cuenta el alumno de la flexible política que su padre desplegó para que sus hijos fueran becarios del rey? Entregado a un medio desconocido, es un solitario, víctima de la despiadada chiquillería que se burla de su nombre, de su acento, de su extravagancia: que le llama la paille au nez, no solamente porque pronuncia "Napollione", sino por el doble juego de palabras que le aplica el apodo de los soñadores extravagantes, de los visionarios ridículos. Entonces, este jovenzuelo orgulloso arrecia en su orgullo. Se le echa en cara que es corso y él se afirma en su origen corso. Y además, cualesquiera que fuesen su orgullo y su energía, no se podía pedir demasiado a sus nueve años. Quienquiera que haya conocido los rigores de un internado, comprenderá cuánto debió de sufrir. Lejos de su familia, arrancado de su país, era, en realidad, un desterrado. Hasta el clima le hostilizaba. Por sí sola es cruel para los meridionales la privación del sol y de la luz. Si el colegio es escuela de la vida, los años de Brienne debieron de ser duros para Napoleón.

Se conservan, en uno de sus escritos juveniles, algunas líneas conmovedoras inspiradas por el pasaje del poema, entonces famoso, de Los Jardines, en que un tahitiano encuentra, con transportes de alegría, un árbol de su tierra natal. Napoleón se reconocía en este humilde salvaje. Se refugiaba en la visión de su isla, en la que el naranjo embalsama la primavera. Y se sentía todavía más corso que lo hubiera sido en Ajaccio. Cuando decía a su camarada Bourrienne, más tarde su secretario: "Yo haré a tus franceses todo el mal que pueda", no profería más que una frase de niño irritado por las bromas. Es, sin duda, cierto que en Brienne adquirió un amor apasionado por su isla, amor que por otra parte se le disipó bien pronto. Pero, en el fondo, no conservó del colegio muy mal recuerdo. ¿Por qué, si no, más tarde colmará de favores a sus antiguos profesores y camaradas, hasta al portero, que fue colocado en la Malmaison? Su memoria exacta no olvidó a nadie. No tenía tampoco rencor contra nadie. Y, como todo el mundo, acabó por pensar que los años de colegio fueron, a pesar de todo, los buenos tiempos. En 1805, ya emperador, atravesando Brienne, se detendrá en la vieja mansión, evocando el pasado. Y a ella tornará en 1814 para batirse, un poco antes del fin.

Como los demás, tuvo también, durante sus cursos, sus horas de esparcimiento y sus afectos. Tal vez no fue tan amigo de Bourrienne como éste ha pretendido. Pero, en fin, cuando tuvo necesidad de un secretario, el Primer Cónsul eligió a Bourrienne, al que conoció en el colegio. Y tuvo otras camaraderías. La malquerencia que sintió al principio, se desvaneció. Al encerrársele, pasaba el corso por estrafalario y arisco. En seguida se hizo aprecio de su carácter. Fue tan estimado de los alumnos como de los maestros. La escuela le aclamó el invierno en que dirigió, según las reglas del arte de la guerra, una batalla, que se hizo célebre, de bolas de nieve. Tuvo también el placer de ver sus bastiones y sus rampas admirados por os habitantes de Brienne. Sin embargo, no había seguido, como los otros, más que un curso elemental de fortificación. Pero todo le aprovechaba.

Todo lo que no rechazaba. Porque no fue "fuerte en temas". Como la mayoría de colegiales que en la vida han descollado más tarde, se desentendía con gusto del programa. Aprendía para sí, no para el examen. Rebelde al latín y a la gramática, que le parecían inútiles, leía ávidamente durante sus horas de libertad, con preferencia por la geografía y por la historia. Puede decirse que su juventud fue una larga lectura. De ella conservó una abundancia extraordinaria de nociones y de ideas. Su imaginación se enriqueció. Su espíritu se abrió a miles de cosas. Encontró también en su mocedad facultades de expresión. Todo esto habrá de aparecer más tarde. Y veremos que hasta más allá de sus veinte años, será tan hombre de letras, por lo menos, como militar.

Hacía cinco años que Napoleón estaba en Brienne sin haber vuelto a ver a los suyos, cuando su padre le hizo llamar al locutorio. Carlos Bonaparte, que conducía a Elisa a Saint-Cyr, seguía teniendo preocupaciones de dinero a las cuales se añadía ahora la de su salud. Además, sus hijos se hacían mayores. José no demostraba el menor gusto por el estado eclesiástico y pretendía ingresar en el ejército, lo que desolaba a la familia. El mismo Napoleón tomaba cartas en el asunto, se hacía oír, juzgando al mayor, al que no reconocía aptitudes para la profesión militar. Este capricho alteraba, por lo demás, los cálculos de los padres, que contaban con las ventajas concernientes al sacerdocio, con el "beneficio" prometido de antemano a José, al que estaba reservado el papel de tío arcediano, tal vez incluso obispo, providencia de los futuros sobrinos. Y, después de José, era preciso ocuparse de Luciano, al que había llegado la hora de ir al colegio; se le internaría en Brienne como alumno de pago, porque el ministro le había negado una beca, ya que era contrario al reglamento que dos hermanos fueran becarios a la vez. La esperanza del padre, atormentada por el presentimiento de su próximo fin, descansaba en Napoleón, en el que adivinaba energía, inteligencia, precoz buen sentido, naciente autoridad. El sostén de la familia sería él.

Entre tanto, aunque buen alumno, Napoleón no había sido aún designado para la Escuela de París. Hasta se había producido un contratiempo que habría de traerle buena suerte, porque existen en el destino de las gentes pequeños acontecimientos fortuitos que todo lo cambian. El inspector general de las Escuelas militares, el caballero De Keralie, habiéndose fijado en el alumno Bonaparte, le destinaba a la marina. El joven corso amaba el mar. Y la profesión de marino, en boga tras los éxitos de Suffren y de Grasse, le tentaba. ¿Se imagina uno a Napoleón, capitán de fragata, sobre las cubiertas de los desarbolados barcos de la Revolución? Toda su carrera se hubiera malogrado. Pero su madre, asustada de los peligros de la navegación, le hizo desistir de este proyecto. Y sobre todo, ocurrió que Keralio fue reemplazado por Reynaud de Monts, que en el examen de salida "no juzgó que Napoleón pudiera ser colocado en la marina".

Todavía hubo que esperar un año. No es seguro que el alumno de Brienne tuviera una idea formada acerca del arma a la que se dedicaría, cuando Reynaud de Monts le designó con la calificación de "artillero" para pasar al cuerpo de cadetes gentilhombres en la gran Escuela Militar de París. Sus buenas notas en matemáticas le valieron esta elección. Su calidad de corso no lo impidió. El inspector no se había parado a considerar más que las aptitudes y el mérito.

Cada generación cree que el mundo empieza con ella, y sin embargo, cuando nos asomamos al pasado, vemos cuántas cosas se asemejan a como son hoy día. Bajo el reinado de Luis XVI, la artillería era, desde hacía varios siglos, el arma sabia. ¿No lo era ya antes de la invención de la pólvora? Los "cataphractes" formaban ya un cuerpo de combatientes científicos entre los romanos.

En vísperas de la Revolución, la artillería francesa era, en opinión general, la mejor de Europa. Bajo la dirección de Gribeauval, había conseguido progresar aún más. Napoleón tendría excelentes maestros en la profesión de artillero. No olvidemos, como tampoco lo olvidó él, que en definitiva procedía del ejército real, y que a él debía cuanto sabía. Fue el mariscal de Ségur, ministro de la guerra, quien, el 22 de octubre de 1784, firmó su título de caballero-cadete. Dieciséis años más tarde, el primer Cónsul concedía una pensión al viejo soldado de la monarquía, y al recibirle en las Tullerías, le hacía rendir honores por la guardia consular. Era como un saludo al antiguo ejército.

De la escuela en que ingresaba el nuevo caballero-cadete se había querido (bajo Luis XVI) hacer un establecimiento modelo. Los mismos edificios, dibujados por Gabriel, figuran todavía entre los más hermosos de París. Todo tenía un aire grande, y Bonaparte, al salir de un colegio de provincias, que le había hecho perder poco de la sencillez corsa, se asombró de esta magnificencia. Hasta se dice que encontró el gasto excesivo. Cierto es que habituado desde pequeño a gastar poco, seguirá siendo siempre económico. Pero esta Escuela Militar, en la que se hacían demasiado bien las cosas, le dio, quizás por primera vez, la impresión de que Francia era un gran país.

Allí tuvo también por camaradas a muchachos de buena familia, de los cuales algunos se llamaban Montmorency-Laval, Fleury, Juigné, sobrino éste del arzobispo de París, que, sorprendido por el nombre del cadete Bonaparte y diciéndole que no encontraba ningún Napoleón inscrito en el calendario, se oyó responder: "No hay más que trescientos sesenta y cinco días en el año y ¡tantos santos!" En su mayoría, los jóvenes que estaban entonces en la Escuela Real Militar de París, emigrarán. Muchos se negarán hasta el final a servir al usurpador que, sin embargo, les abrirá de nuevo las puertas de Francia y del ejército. Pero, en fin, mejor aún que en Brienne, Bonaparte se acercó en París a la aristocracia francesa. Por contraste, y de momento, el frecuentarla había tal vez desarrollado los sentimientos republicanos del pobre cadete corso. Tal vez su contacto se los impusiera. Quizá le sugirieron la idea de fundar a su vez una nobleza. Tenía un cierto orgullo de haberse rozado en su juventud con hijos de duques, y comparándose a Hoche, que no había pasado por las escuelas del rey, no se vanagloriaba sólo de haber tenido sobre este rival, cuyo recuerdo le irritaba, la superioridad de la instrucción, sino la "ventaja de una educación distinguida".

En la Escuela Militar tuvo un amigo, el joven Des Mazis, que, sin embargo, emigrará, y un enemigo, Phélipeaux. Con este vandeano cambiaba puntapiés por debajo de la mesa en el estudio. Le encontrará de nuevo frente a él en el sitio de San Juan de Acre. Por lo demás, su paso por la Escuela Militar fue apenas advertido. Sus maestros le reconocieron fogosidad, inteligencia; algunos se jactaron, andando el tiempo, de haber adivinado su genio. Su reputación de alumno brillante estaba tan poco consolidada, que el profesor de alemán se asombró de que aquel a quien tomaba por asno fuera aventajado en matemáticas.

Durante el año de la Escuela Militar, en febrero de 1785, murió Carlos Bonaparte. Un cáncer de estómago, o como entonces se decía, un tumor, que también se llevará a la otra vida al prisionero de Santa Elena. Carlos Bonaparte no tenía aún treinta y nueve años. Fue a Montpellier para consultar a los médicos de una afamada Facultad. José y el seminarista Fesch estaban junto a él. Si hemos de creerles, el agonizante profetizó que Napoleón vencería a Europa. Entre tanto, contaba con su segundo hijo como verdadero primogénito para dirigir la familia arruinada, y con el sueldo del futuro oficial para librar de la miseria a todo el pequeño mundo que el padre dejaba tras él. Había hecho lo posible por sus hijos. ¡Con tal de que siempre tuviesen qué comer!

Napoleón no asistió a los últimos momentos, ni a las exequias. Escribió a su madre una carte, en estilo de cierta hermosura, que los profesores de la Escuela revisaron, ya que se enseñaba a los oficiales del rey a expresarse noblemente. Lo que brilla en aquellas líneas un tanto enfáticas, es el sentido, nuevo, pero exaltador para un muchacho joven, de una gran responsabilidad. Y más tarde, rara vez habló de su padre, al que había conocido tan poco. Pero un día, en Santa Elena, repasando su vida, y admirándose, como siempre que pensaba en ella, del maravilloso encadenamiento de las circunstancias que la había tejido, decía que nada de todo aquello habría sucedido si su padre no hubiese desaparecido antes de la Revolución. En efecto; Carlos Bonaparte no hubiera dejado de ser diputado de la nobleza de Córcega en los Estados Generales. Hubiera asistido a ellos con su clase. Todo lo más habría pertenecido a la minoría de la nobleza liberal. Entonces, en la Constituyente, sus opiniones le habrían acercado a los moderados. Habría seguido la suerte de los Lafayette y de los Lameth, con la elección entre la guillotina y la emigración. El hijo, cualesquiera que fuesen sus opiniones personales, se habría visto ligado, comprometido por las del padre. El emperador, considerando esos azares de que toda vida pende, añadía: "Y he ahí mi carrera enteramente desviada y perdida".

Entre tanto, la muerte de su padre le apremia a ser admitido al concurso. Es preciso, lo antes posible, conseguir el título y el sueldo de oficial. En septiembre de 1785, examinado por el ilustre Laplace, se le admite: el cuarenta y dos de cincuenta y ocho. Brillante éxito si se piensa que no tiene más que un año de preparación y que por lo general, los que obtienen mejor puesto provienen de la sabia escuela de artillería de Metz. De golpe, se le recibe como teniente sin haber sido antes oficial alumno. De todos modos, a pesar de sus dieciséis años, no es siquiera el más joven de su promoción y su enemigo Phélipeaux le lleva un puesto. Pero, si constituye un éxito haber sido en estas condiciones el cuarenta y dos, es lo cierto que no ha sido ni el primero ni el segundo. Y el ilustre Laplace, que será un día su ministro del Interior, no tuvo exclamaciones de admiración para Bonaparte ante el encerado.

"He sido oficial a la edad de dieciséis años y quince días". Consignada en un recordatorio de su juventud que lleva por título Épocas de mi vida, esta frase atestigua una justa satisfacción de sí mismo. Allá abajo, en Ajaccio, se sentirían orgullosos. Y además, el porvenir estaba asegurado. El joven tenía ya una situación y, aunque escaso, un suelo. Ya era hora. La viña de Milelli, las cabras de Bocagnano, la plantonera de moreras, desastrosa especulación, no serían suficientes a la subsistencia de tantos hermanos y hermanas. Uno de los muchachos, al menos, había salido adelante y Leticia se sentía aliviada.

----------

Imagen: The Huffington Post

----------

- Una historia de Napoleón


+ Una historia de Napoleón (II): el uniforme de artillero

+ Una historia de Napoleón (III): ingrata patria

+ Una historia de Napoleón (IV): luz y tinieblas

+ Una historia de Napoleón (V): primer encuentro con la fortuna

+ Una historia de Napoleón (VI): esta hermosa Italia

+ Una historia de Napoleón (VII): señor de la paz

+ Una historia de Napoleón (VIII): itinerario de las Pirámides al Luxemburgo

+ Una historia de Napoleón (IX): cómo pudo frustrarse un golpe de Estado

+ Una historia de Napoleón (X): el primero de los tres cónsules

+ Una historia de Napoleón (XI): un gobierno a merced de un pistoletazo

+ Una historia de Napoleón (XII): la ilusión de Amiens

+ Una historia de Napoleón (XIII): el foso sangriento

+ Una historia de Napoleón (XIV): Austerlitz... pero Trafalgar

+ Una historia de Napoleón (XV): la espada de Federico

+ Una historia de Napoleón (XVI): la obra de Tilsit

+ Una historia de Napoleón (XVII): la primera nube viene de España

+ Una historia de Napoleón (XVIII): la rectificación de Wagram

+ Una historia de Napoleón (XIX): yerno de Césares

+ Una historia de Napoleón (XX): el Rey de Roma

+ Una historia de Napoleón (XXI): el Boletín número 29

+ Una historia de Napoleón (XXII): el reflujo y el desastre

+ Una historia de Napoleón (XXIII): las botas de 1793 y la insurrección de los generales

+ Una historia de Napoleón (XXIV): emperador y aventurero

+ Una historia de Napoleón (XXV): Waterloo, triste llanura

+ Una historia de Napoleón (XXVI): Santa Elena, el martirio

+ Una historia de Napoleón (XXVII): la transfiguración

----------

Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 9 - 24.