martes, 30 de agosto de 2016

Una historia de Napoleón (XIV): Austerlitz... pero Trafalgar



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Contra la consagración del usurpador había protestado enérgicamente Luis XVIII. José de Maistre, en San Petersburgo, hablaba de la "horrorosa apostasía" de Pío VII. El futuro autor del "Papa" se enfurecía hasta escribir: "Una vez que un hombre de su rango y de su carácter olvida hasta ese punto uno y otro, lo que debe desearse enseguida es que termine degradarse hasta convertirse en un polichinela inconsecuente". El Pontífice se reivindicará bien pronto de este juicio apasionado y de estos votos formulados en plena cólera. Se había engañado sobre el bien que podía seguirse para la Iglesia de una alianza con el nuevo Carlomagno. El Emperador no abrigaba tampoco menos ilusiones cuando se creía inviolable en su consagrada persona. Pero, de momento, ¿para qué servían las protestas, solemnes o vehementes? Para nada más, contra Napoleón, que para lo que más tarde habían de servirle al propio Bonaparte la unción y su entrada en el Olimpo de los Reyes. Soberanos de antigua estirpe le habían reconocido enseguida y le llamaban su hermano. Otros le reconocerían más adelante, le estrecharían en sus brazos, le recibirían en su familia, sin que nada esencial se cambiara, sin que nada se hiciera. Porque no se conseguiría nada en tanto que Inglaterra no aceptase, no solamente al Imperio, sino todo cuanto el Imperio representaba y lo que el Emperador tenía la misión de conservar a Francia. Y esto, jamás lo aceptaría Inglaterra.

Trafalgar y Napoleon Bonaparte

Las ideas se sucedían en la mente de Napoleón. Las admitía y las abandonaba con una rapidez que con frecuencia desconcierta. Se le creería tan pronto bribón como ebrio de orgullo cuando se debate en una situación inextricable cuyo autor no es él. Pero lo cierto es que tiene la obligación de sacar a Francia de ella, y en eso va a emplearse, por el crédito ilimitado que su país le otorga a fondo, hasta el absurdo, de tal modo que él mismo no podrá salir felizmente adelante.

¿Por qué no suponerle sincero, por qué no creerle engañado acerca del valor de las palabras y de la consagración, cuando un mes después de su coronación lanza a los Soberanos, sus iguales –al Rey de Inglaterra el primero–, el conjuro "de no negarse a la dicha de dar la paz al mundo"? Este llamamiento lo había dirigido ya al archiduque Carlos antes de Léoben y en términos casi idénticos. A Jorge III se le declara "acusado en su propia conciencia por tanta sangre inútilmente derramada". Es que entonces, como en 1797, la paz es su interés más cierto. Si la guerra le hace indispensable a los franceses, conoce bien los riesgos que ello entraña. La paz afirmaría su trono más aún que la consagración, y se entrega por ello a la busca de todas las consolidaciones. Que tras el fracaso de sus gestiones tome a Francia y a Europa por testigos de su abnegación y de su moderación, constituye su papel. Ni siquiera lo inventa. Antes que él, la República se creyó moderada en su derecho, amiga de la paz, cuando conquistó a Holanda, se anexionó Bélgica o invadió Suiza; cuando se instaló en la orilla derecha del Rin y retuvo a título de moneda de cambio la Lombardía.

Y, ¿es menos natural ahora que Napoleón se haga Rey de Italia? Si el primer Cónsul ha recibido la corona de Carlomagno, el Presidente de la República cisalpina debe recoger la corona de hierro de los Reyes lombardos. Sin duda, la razón está en que un título republicano no debe ir unido, por más tiempo, a un título imperial. Pero esta realeza es un homenaje a Italia, liberada de Austria, y una promesa para la unidad italiana. Por otra parte, Napoleón hace saber que no ha dependido de él que las dos coronas estuvieran sobre dos cabezas. Esta la ha ofrecido a su hermano mayor. José, siempre desconfiado, la ha rechazado, porque ha creído que era un medio de despojarle, de excluirle para siempre de la herencia imperial. Igual negativa de Luis, que ha encontrado injurioso que se propusiera Italia para su primogénito, hasta cuya mayoría de edad él mismo sería el regente. Siempre escenas de familia. Cosa cómica: Napoleón tendrá que enfadarse para que sus hermanos se dignen a sentarse en tronos, ya que sólo juzgan digno de ellos al de Francia. Eugenio de Beauharnais, modelo de hijastros, dócil y lleno de buena voluntad, será el virrey de este reino de Italia, castillo de naipes que caerá con el resto cuando Inglaterra venza. Porque ésta ha dejado sin respuesta el mensaje de paz que el Emperador la ha enviado. Los dados están echados desde la ruptura de la paz de Amiens. En este mismo momento pone Pitt en pie una coalición: la tercera. Desde hace tres meses está negociando con los rusos un tratado que no es sólo de alianza. Aquí es preciso cambiar el punto de vista habitual; no mirar más al Imperio desde dentro, sino desde fuera. Dejamos en París a Napoleón en una cima inigualada de éxito y triunfo. En Londres se hacen cálculos, se dispone todo para el momento de su caída. A nueve años de distancia –porque no faltan más que nueve años, y el corto plazo que le concede el destino se ha achicado ya desde que el Senado y el pueblo le han dado el Imperio–, no sólo se prevé su derrota, no sólo se establecen las condiciones que se impondrán a Francia, sino que el proceso mismo, la maniobra de acorralamiento progresivo, por la cual Napoleón se verá obligado a abdicar, toda esa política, en fin, se decreta anticipadamente hasta el punto de que, de 1813 a 1814, el propósito no tendrá más que realizarse.

El tratado anglorruso va a conocer vicisitudes antes de dar su fruto. De momento, el Imperio hereditario ha producido, no menos que la represión de los complots contra el primer Cónsul, el efecto que esperaban los republicanos, conservadores de la Revolución. Inglaterra renuncia a la idea de deshacerse de Bonaparte por el asesinato. Hubiera sido el medio más sencillo. Este plan no tuvo éxito. Por otra parte, desde la muerte de Cadoudal, carece ya de instrumento, y las amenazas a la persona del primer Cónsul no han servido más que para elevarlo al trono. Por tanto, renunciando a suprimirlo, se trata de inducir a Francia a eliminarlo ella misma a través de la guerra y por la guerra.

Inglaterra llegará a ello poniendo por delante este principio, una breve base que habrá de ser fecunda: y es que los aliados hacen la guerra a Napoleón, no a Francia. ¿Por qué? ¿Por odio a "su Majestad corsa"? ¿Para vengar al duque en Enghien? Los reyes no se proponían ahora más que se propusieron en 1793 venga a Luis XVI. Pero es cierto, es evidente –y si hacía falta prueba, el juramento de la consagración lo era–, que Napoleón no podrá jamás firmar una paz que abandone las conquistas territoriales de la República, puesto que su razón de ser es el conservarlas. En fin; lo que los aliados persiguen es la reducción de Francia a sus antiguos límites. Sólo que éste no es su programa ostensible. Empiezan a comprender mejor a los franceses. El manifiesto de Brünswick, amenazando a París con una subversión total, había despertado el patriotismo revolucionario. A este fuego, todavía tan lejos de ser extinguido, se le proporcionaría nuevo alimento si se anunciara que los aliados harían la guerra hasta que Francia volviera a las fronteras que la Revolución había franqueado. Lo que se acusa públicamente no es más que "el exceso" de las conquistas, frase vaga, elástica y que ya parece no poner en litigio más que la "ambición" del Emperador. Se puede entender que se trata de Holanda, de Suiza, del Piamonte como de anexiones ulteriores, y no de la orilla izquierda del Rin y de Bélgica. Sin embargo, a esto es a lo que Inglaterra quiere llegar. Los artículos secretos del 11 de abril de 1805 definen exactamente los antiguos límites, expresión cuyo sentido es riguroso. Pero no se hablará de ello seguidamente. Es la exigencia que se reserva para el final, después de una serie de ofrecimientos pregonados a campana herida, que se retira después en la discusión y que serán siempre reducidos a medida que Francia se agote y que la suerte de las armas sea más favorable a sus adversarios. Entonces, proponiendo a Napoleón aquellas cosas que no puede humanamente aceptar, se le hará aparecer como enemigo del género humano, se le separará de Francia, con la que, por otra parte, se declarará estar dispuesto a tratar, pero sin él.

En germen, 1813 y 1814 están allí. No es esto todo. Se diría que la sagacidad de Pitt ha previsto, ha abarcado el conjunto de ese porvenir. Lejos de desdeñar a su adversario, presiente que vencerle será una tarea larga, difícil; que Napoleón, antes de ser derrotado, alcanzará bastantes victorias, pondrá fuera de combate a más de uno de los coaligados, formará con ellos tratados de paz, puede ser que alianzas. Por adelantado es preciso que todo eso sea inútil. Inglaterra, que no está segura de los otros, lo está de sí misma. Estipula, por tanto, que no habrá paz reconocida, paz verdadera, más que por unanimidad, por consentimiento de todos los de la Liga, es decir, por el suyo, cuando un congreso haya fijado las prescripciones del derecho de gentes y establecido en Europa un sistema federativo para evitar la vuelta a las guerras. Un congreso. He aquí el de Viena en perspectiva. Un sistema federativo, será después del pacto de Chaumont para arrojarle de Europa, la Santa Alianza para deportarlo y vigilarlo en Santa Elena. Desde entonces, el plan está hecho, la partida entablada. Napoleón deberá ahogar a Inglaterra, vencerla, domarla, o si no, haga lo que haga, no conseguirá más que retrasar el final. Está perdido.

Su fama de hombre extraordinario estaría injustificada, existiría una inmensa laguna en su genio, si no lo hubiera comprendido así. Y menguado honor se hace a su inteligencia cuando se supone que el campo de Boulogne, el proyecto de desembarco en Inglaterra, la reconstrucción de toda una flota de transportes para el paso de la Mancha no han sido más que simulacro y diversión. Fue él, por el contrario, quien, prolongando su estancia en Italia tras la coronación en Milán, se propuso dar a los ingleses la impresión de que sus designios acerca de ellos no eran más que ficción.

Puede parecer más justo el reproche de que, en aquel momento, se atrajera enemigos, provocando él mismo la coalición, esta anexión de Génova, que se hizo, por otra parte, a petición de los propios genoveses, en forma de una consulta popular y por plebiscito, era una de esas consecuencias que no cesaban de surgir encadenadamente desde que la Revolución rebasó las antiguas fronteras. Thiers explica bastante bien que las razones, que venían ya desde más lejos, que habían determinado la anexión del Piamonte, determinaban la anexión de Génova. Enclavada en el Imperio francés, sin salidas ni desembocaduras del lado de tierra, bloqueada del lado del mar por los ingleses, Génova se asfixiaba, languidecía, y votó la anexión con júbilo, mientras que, por otra parte, la posesión completa de este puerto era útil para sostener en el Mediterráneo la lucha contra Inglaterra. Del mismo modo, la pequeña república de Lucques se ofrecía a Francia. Napoleón se negó a incorporarla, porque no le era útil; pero no pudiendo dejarla vacante, a discreción del primero que llegase, la erigió en principado a beneficio de su hermana Elisa, ya duquesa de Piombino, a la que se encajaría en aquel feudo con su marido, aquel molesto Baciocchi, con el cual no se sabía qué hacer.

Ni Génova ni Luca importaba nada a Rusia ni a Austria, para quienes la cuestión de Italia se presentaba como parte de un conjunto de otra manera vasto. Tal fue, sin embargo, el motivo que alegó Rusia para su virada, aceptando desde luego que Inglaterra se quedara con Malta y el que recogió Austria para adherirse al tratado angloruso y entrar en una guerra de la que esperaba su revancha y la anulación del tratado de Lunéville. Estas dos Potencias se amparaban en un pretexto y si el de Génova no se hubiera presentado, no hubieran dejado de encontrar algún otro. La diplomacia y los subsidios de Pitt hacían el resto. Desde hacía doce años se sucedían las coaliciones para que Francia renunciara a sus conquistas. Las coaliciones seguirían renaciendo siempre.

Así, lejos de que Napoleón simule un ataque a fondo contra Inglaterra para volverse por sorpresa contra los austriacos y los rusos, es Inglaterra la que organiza una diversión, porque teme en extremo verse invadida. Si el paso de la Mancha, tantas veces intentado, tuviera éxito, si un ejército francés desembarcase, sobrevendría su fin tan seguramente como el día en que Guillermo el Conquistador puso pie en la isla. Es una partida decisiva la que se juega.

Para ella y para Napoleón. La actividad de su correspondencia; la multiplicidad de las combinaciones que elabora y de las hipótesis que forma, todo atestigua que tiene conciencia de que en ello empeña su destino. En ello pensaba desde el fondo de Italia. Pensaba en lo mismo, incluso en las fiestas, no desperdiciando el menor informe, preparando con todo detalle el éxito de aquella operación marítima igual que preparaba sus campañas terrestres. Es el hombre que cada noche lee su estado de situación, antes de dormirse, para tenerlos y conservarlos presentes en su espíritu, lo mismo que en la guerra conoce siempre su posición. Es hacia sus escuadras adonde ahora orienta su estudio; hacia ellas adonde convierte su mente, aunque tenga aquí que contar con el elemento caprichoso e inestable que estorba demasiados cálculos. Y su plan lo traza en proporción con los recursos marítimos de que dispone; si éste es el punto débil, es por lo menos de una debilidad razonada.

Se le reprocha algunas veces no haber aplicado aquí su principio esencial de la guerra, que era el de destruir la principal fuerza enemiga. Una gran victoria naval le proporcionaría con plena seguridad para el porvenir lo que precisaba, es decir, el libre paso de la Mancha. Esta idea, la primera que saltaba a la mente, era demasiado natural para que no se le hubiera ocurrido. Pero si sus escuadras hubieran sido capaces de vencer a las de los ingleses, todo marcharía por sí sólo, el problema quedaría resuelto y no habría necesidad de invadir Inglaterra para hacerla ceder. Napoleón conocía tan bien la inferioridad de su flota, que la consigna esencial de los almirantes era sacrificarlo todo, sacrificarse ellos mismos con tal de que lo que quedara de sus barcos se reuniera en la Mancha para dominar en ella, siquiera fuese por espacio de un día. Todo descansaba en combinaciones destinadas a dejar libre el paso al magnífico ejército de 132.000 hombres que esperaba con impaciencia el momento de cortar en Londres "el nudo de las coaliciones" y de "vengar seis siglos de insultos y de vergüenzas".

Porque no tuvo éxito este plan, se ha dicho, se ha creído que era imposible, y que siendo imposible, Napoleón no se había consagrado nunca a él seriamente. Abundan, por el contrario, las pruebas de que dedicó a él su mente con pasión. El libro de su destino estaba cerrado para él como para los demás mortales. No se veía en la historia con figura de titán fulminado, de Prometeo castigado por los dioses, de héroe mártir. La gloria que ambicionaba era la de conseguir lo que había escapado a sus predecesores, lo que la Convención no había obtenido. El sería quien, más grande que Luis XIV, dictase a los ingleses la ley de Francia, quien concluiría la obra nacional; quien ganaría, el primero, sobre las ruinas de Albión, el gran pleito hereditario. Lo que él veía, puesto que la paz de Amiens había sido rota, era una paz más gloriosa, una paz cierta, definitiva, subyugado o destruido que fuera el adversario principal. Porque no ponía en duda que una vez desembarco en la otra orilla no emulara a Julio César y a Guillermo el Conquistador y no fiera al traste con la resistencia que pudiera encontrar. Es probable, en efecto. Inglaterra no tenía soldados que oponer a una invasión. En cuanto a la flota británica, desprovista de sus puertos de base y aprovisionamiento, bien pronto hubiera quedado fuera de combate. Ni el propio Nelson podría salvarla.

Después de requerir a sus almirantes para que le asegurasen cuatro días, después tres, luego dos, de libre paso, Napoleón no les pide más que veinticuatro horas. Todo está calculado para que en dos mareas el Ejército quede transportado a Dover. Sobre la arena de Boulogne, el emperador, en el mes de agosto de 1805, espera que sus escuadras hayan efectuado la diversión que ha concebido. Pero todo se junta, elementos y hombres, para decepcionarle. Jamás se quejó tanto Napoleón de ser tan mal comprendido, tan mal servido. Desde el mes de marzo los contratiempos se suceden. Villeneuve ha conseguido salir de Tolón, ha escapado a Nelson que vigila el Mediterráneo, se ha reunido con los navíos españoles que se juntarán con los franceses, porque entonces Holanda y España eran aliados contra Inglaterra. En resumen: el plan consiste en dar cita a las escuadras en el mar de las Antillas para atraer allí a los ingleses y después, reunidas sus fuerzas, regresar velozmente a la Mancha. Pero en la Martinica, Villeneuve no encuentra ya al almirante Missiessy que ha regresado sin haber cumplido más que una parte de su misión y no encuentra a Ganteaume. Falta de viento –lo que en aquella estación no ocurre jamás–, ha quedado la escuadra de Ganteaume inmóvil en la rada de Brest, donde los ingleses han acudido a bloquearla. Villeneuve, viéndose solo, hace velas hacia Europa. Ninguno de los almirantes ha cumplido sus instrucciones, y por tanto el primitivo plan queda abandonado. Queda el recurso de presentar batalla, no importa a qué precio, para que Ganteaume pueda salir de Brest y entrar en la Mancha con todos los barcos que queden. Pero a pesar de las excitaciones, como a pesar de las órdenes imperiales que recibe, Villeneuve no se decide a dirigirse hacia el Norte para arriesgar una batalla, y su timidez hará que todo se pierda.

Entre Napoleón y sus lugartenientes el desacuerdo se hace habitual. El querría que fuesen como él mismo. El esfuerzo necesario habrá que hacerlo con los medios de que se dispone. Es el sentido de su célebre aforismo: "La palabra imposible no es francesa". Pero los hombres que emplea se parecen a la mayoría de los hombres. Ellos consideran primero los medios de que disponen y miden las posibilidades de estos medios. Villeneuve y el ministro Decrés conocían demasiado bien el oficio de la mar. Veían, sobre todo, las dificultades y los obstáculos y no tenían confianza en sus medios. ¡Con navíos defectuosos; con dotaciones apenas instruidas; con auxiliares españoles que no tienen ni galleta que dar a sus marineros, exige Napoleón tan vastas operaciones! Cuando Villeneuve compara la Marina francesa, desorganizada por la Revolución, resentida aún del golpe de Aboukir, con lo que era bajo Luis XVI, en tiempos de la guerra de la independencia americana, se siente anonadado. La visión de su inferioridad le paraliza y la idea de medirse con Nelson le inspira terrores que ni el temor al amo logra conjurar. Al final se dejará acorralar por Nelson para lanzarse contra él a la desesperada, ofrece la batalla cuando sea ya inútil, perderla y acabar con lo que quedaba a Francia de fuerzas navales.

Llegamos aquí, en la historia de Napoleón, al centro mismo, al punto en que se ligan lo que la precede y lo que ha de seguir. La herencia de la Revolución no la ha recibido a beneficio de inventario, sino con todas sus cargas, con sus vicios ocultos. Este legatario universal tiene por mandato hacer capitular a la mayor Potencia naval del mundo y no ha encontrado en los recursos de Francia lo que no puede improvisarse: una Marina. La mar le ha sido, le será siempre fatal. Su primera salida, en la Maddalena, fue ya un fracaso, una especie de advertencia del destino, por culpa de los navíos y de los marinos de la República. La expedición de Egipto no tenía salida después del desastre de Aboukir. Por las mismas causas, que actúan en el orden psicológico y que matan en los almirantes la confianza y la audacia, la invasión, medio de acabar con Inglaterra, no será, como la conquista del Oriente, más que un proyecto abortado.

No fue sino después de haber puesto todavía su esperanza en un nuevo plan, en otra combinación de movimientos de sus escuadras, cuando Napoleón se resignó a levantar el campo de Boulogne, y no fue tampoco plenamente de buen grado. Desde hacía algunas semanas, graves noticias requerían su atención en otra parte. Pronto no estará en libertad de elegir entre la mar y la tierra. En algunas jornadas capitales en las que no va a ser dueño ni de los acontecimientos ni del porvenir, su fortuna cambia realmente de semblante. Miraba hacia Londres. Deberá volverse hacia el continente; del lado de Viena, de Berlín, de San Petersburgo.

Porque el tiempo pasa, la estación avanza. Bonaparte, llegado hace diez días a Boulogne, en donde todo está listo para el embarque, se impacienta al borde de la Mancha. Villeneuve, el Grouchy de los mares, no aparece. Entretanto, Austria, que tras algunos fingimientos ha entrado en la coalición, amenaza la frontera del Imperio. Rusia se apresura a unirse a ella. Se piden explicaciones a los austriacas, cuyas respuestas son evasivas. Napoleón empieza a ver la necesidad de hacer frente a esta diversión, de meditar el plan que habrá de terminar en Ulm. Si no está en Londres antes de quince días, es preciso que esté en Viena "antes del mes de noviembre". En tres ocasiones escribe a Talleyrand que su decisión está tomada. No tiene ya, pues, más que una ligera esperanza de pasar a Inglaterra. De todos modos, aún no ha renunciado definitivamente, cuando después de días de incertidumbre más crueles que el anuncio de una desgracia, el emperador se entera de que Villeneuve, que ha entrado en El Ferrol, no ha salido de allí. Fue una de sus más violentas cóleras, uno de aquellos arrebatos que todo lo hacían temblar. Se le vio "furioso", metido el sombrero hasta los ojos, con la mirada fulgurante y gritando: "¡Qué Marina! ¡ Qué almirante!" Y enseguida vuelve a ser, cambiando la escena, el hombre de la realidad y de la acción, al que nada obsesiona nunca y que tiene el don de desechar una idea a voluntad y de reemplazarla por otra. Dicta a Daru, como si la idea de la campaña de Austria que ya tiene meditado. Sin embargo, está tan poco seguro de la decisión que habrá de tomar, que reserva como suprema contingencia el caso de que Villeneuve, no habiendo hecho más que tocar en El Ferrol, ose por fin dirigirse a Brest. Napoleón no sabe que Villeneuve, "el infame Villeneuve", no encontrando bastante seguro el refugio, está ya frente a Cádiz, cuando diez días después, en el límite de la espera, empieza a poner al Ejército en movimiento para que volviendo la espalda al mar se dirija al corazón de Alemania. Ordenes dadas "con aquel discernimiento sin igual de lo que corría más o menos prisa en las disposiciones que tomar"; con una lucidez serena. Se diría que nunca vaciló, que ha previsto y querido aquellas cosas por las cuales se resuelve. Es lo que hace que todavía hoy se dude si habría pensado seriamente en pasar el Estrecho. Se cree en la mirada de águila, en la inspiración súbita del genio. Es lo que arrastra a los hombres hiriendo las imaginaciones y las inteligencias. Jamás ha sido seguido Napoleón por la tropa, nunca ha sido tanto su ídolo como en el momento en que, levantando sus campos del Océano, deja una victoria moral, anunciadora de otra victoria, a Inglaterra, presa desde entonces de mortal inquietud. Pero la razón de Bonaparte, siempre firme tras un telón de ilusiones voluntarias, seguía diciéndole que nada terminaría mientras Inglaterra estuviera fuera de alcance. No abandona su gran proyecto de la Mancha. Lo difiere. Se propone reanudarlo después de batir a los austriacos y a los rusos. El no quiere sino "toucher barre", llegar a la meta en Viena. Lo esencial –bien lo sabía– no estaba allí. "Pacificado el Continente –escribe– volveré al Océano a trabajar por la paz marítima". Nunca habría de volver, sin embargo.

Es preciso ahora, con los ojos del espíritu, abarcar las dos partes de este drama de sombra y de luz. Las antorchas alegres, el resplandeciente sol de Austerlitz, deslumbran todavía, como deslumbraron a los contemporáneos. Lo que ocurre en las llanuras de Europa, éxitos más asombrosos, más milagrosos que los de la primera campaña de Italia, hace olvidar el desastre sin nombre de que la llanura líquida es testigo. El 30 de septiembre, el día en que Nelson cruza ya delante de Cádiz, la Grande Armée ha recibido su nombre y acaba de franquear el Rin. El emperador, desde Estrasburgo, lanza una proclama, en la que promete disolver "la nueva liga que han tejido el odio y el oro de Inglaterra", confundir a los "injustos agresores" y no volver a hacer "una paz sin garantía". Esta guerra la designa por su número de orden en la serie que se abrió en 1792. Es la guerra de la coalición: la tercera. Tal es el círculo en que se gira desde hace doce años.

Cada vez que esta vieja guerra recomienza, cada vez que Napoleón se ve nuevamente envuelto en el torbellino que la Revolución creó, es también a la Revolución hacia donde se vuelve para empaparse en ella de nuevo y, como hacia su madre, para tomar de ella nuevas fuerzas. En esta proclama a los soldados de la Grande Armée,  "vanguardia de un gran pueblo", se presenta también como emperador popular. La consagración, el trono, la etiqueta, la evocación de la Monarquía, lo que gusta y se impone en los tiempos de calma y prosperidad, no se sostiene por sí sólo en los días tormentosos. Bonaparte lo sabe, lo ha sabido siempre. No sale nunca de Francia sin jugarse su poder, como en Marengo. En 1805, como en 1800, en el público que no tiene las razones de esperanza y de entusiasmo del militar, siente las dudas, la inquietud, el cansancio de la guerra a perpetuidad y, sobre todo, esta pregunta, siempre la misma: "¿Qué pasará si por azar le matasen?" Se teme por Napoleón, previniendo aun así que sólo con su caída se encontrará la tranquilidad. Porque lo que ha hecho su fortuna política es el encuentro en él de dos ideas: la paz con el orden, para los sentimientos y los intereses conservadores; la grandeza nacional, las conquistas, para la Francia revolucionaria. La conciliación de estas ideas contrarias será lo que acabe por agotarle.

Al partir para Alemania, deja, a causa de los preparativos de la expedición naval y de la nueva guerra, un agobio de dinero agravado por los desafueros de los proveedores y los especuladores, un malestar que será pronto una crisis, casi un pánico, amenazados los billetes de Banco con caer otra vez en los asignados. Al volver de Boulogne ha encontrado a París frío, sin aclamaciones, y en las calles un matiz de censura que pronuncian el comercio, que no marcha; la hacienda, muy quebrantada; las gentes de negocios, prontas a acusarle de haber provocado la coalición por sus anexiones de Italia. Entonces, la fuerza, que no está en la raíz de su monarquía, no la obtiene sino de sus propios orígenes, y cuando se trata de pedir a Francia un esfuerzo militar, de obtener una leva de hombres –éste es el caso, pues se llama a filas a 80.000 del reemplazo de 1806– Napoleón no es ya el soberano que en cualquier escrito, por insignificante que sea, pone la fórmula que irrita a más de uno de sus generales: "Con esto, pido a Dios que os tenga en su santa y digna guarda". Reanima las pasiones revolucionarias, habla su lenguaje. En su Consejo de Estado, antes de dirigirse a Estrasburgo, ha prometido, como un girondino o uno de la montaña, "destrozar a esa odiosa casa de Austria". Su mismo trono lo ofrece en homenaje a la nación: "No estoy en él más que por su voluntad. Yo soy su obra. Es a ella a quien toca mantenerlo". Y no es vana literatura este refrito de estilo republicano. Menos violenta que antes de Marengo, aunque perceptible, sin embargo, ha retoñado la oposición, no sólo entre los últimos amigos de Moreau, no sólo en el faubourg Saint-Germain que conspira, que murmura, entre los adheridos prontos a emanciparse, sino entre las guerrillas que despiertan y constituyen focos de insurrección, señalados en el Oeste y en el Mediodía. En gracia otra vez, nuevamente Ministro de Policía, Fouché, por suerte, está allí: aventa los complots nacientes, fusila a algunos agentes monárquicos y tiende él mismo hilos tan complicados, que consigue pasar por hombre del que Luis XVIII podría sacar partido, como si sembrase ya con miras a 1815, mientras se hace a un tiempo sospechoso e indispensable para el emperador. En la misma cúspide del poder y de la gloria, la necesidad que el Emperador tiene de Fouché es la confesión de una fragilidad secreta. ¡Y si los hombres que, con el riesgo de las batallas, sopesan su caída posible, vieran, supieran, comprendieran todo!

En los anales militares de todos los tiempos, no existe página más brillante que la campaña que en quince días tiene por resultado la capitulación del adversario. Como inflamado por el fracaso del gran proyecto de Inglaterra, el genio de Napoleón produce la impresión de una fuerza más irresistible que la de las armas: la del espíritu. Apenas unos combates, los precisos para la ejecución segura e irreprochable del plan, para reparar también los errores del impetuoso Murat. Así gana Ney en Elchingen su título de Duque. Por la combinación de maniobras, el cálculo de las marchas, la disposición de los ejércitos, un completo dominio del mapa en que se registran los movimientos, hora por hora, con precisión, Alemania, donde el soldado francés está asombrado de "vencer con sus piernas", no es más que un tablero de ajedrez. El general Mack ha pasado ya sobre el cuerpo de la Baviera, se dirige hacia el Rin, haciendo templar a los príncipes alemanes ante este retorno ofensivo de Austria, cuando en Ulm se da cuenta de que está rodeado, envuelto, cercado, y que no tiene más remedio que rendirse.

En el momento en que el general Mack tendía su espada a Napoleón, en que la guarnición de Ulm tiraba ante él sus armas y sus banderas, en que el Emperador anunciaba a sus soldados que, sin haber arriesgado una gran batalla, con pérdidas ligeras, había aniquilado a un ejército austriaco de 100.000 hombres; en este mismo momento, Nelson había bloqueado a las escuadras francesas y española en Cádiz, y Villeneuve, tomando partido demasiado tarde, como todos los irresolutos, salía para presentarle batalla.

Villeneuve es tal vez el hombre que cambió la historia de Bonaparte, historia que es en sí prueba permanente de la acción personal de los individuos en el curso de los acontecimientos. El fracaso de uno de los más grandes proyectos del emperador –y, por consiguiente, la desviación fatal de una guerra en la que Inglaterra quedaba como principal enemigo– ha dependido de un marido cuyo corazón era una pura contradicción. Lo que las instrucciones más precisas, las órdenes reiteradas, los ánimos, las mismas felicitaciones no habían podido lograr, los reproches y las afrentas lo hacían ahora, pero para llevarle al desastre. Cuando el emperador había sabido que Villeneuve, volviendo la espalda a la Mancha, se había dirigido a Cádiz, le había dedicado en su furor las más crueles injurias. Sus cartas a Decrés son terribles. "Villeneuve es un miserable al que es preciso expulsar ignominiosamente. Sin combinaciones, sin valor, sin interés general, todo lo sacrificaría con tal de salvar su piel". Todo había fracasado por su "conducta infame". Villeneuve, al que no faltaba valor, pero sí confianza, no quiso ser tachado de cobarde. Para que su escuadra no permaneciese inútil, debía (y la orden le llegó de Saint-Cloud" el 14 de septiembre) entregarse a una "diversión potente" en el Mediterráneo. Se trataba de aparecer ante Nápoles, aliado del enemigo, pero, sobre todo, de mantener fuerzas navales en el mar interior para no entregarlo al enemigo. Villeneuve perdió aún en la duda unos cuantos días. ¿Iba a afrontar, en las peores condiciones, el combate que siempre había temido? Pero tenía que lavar su honor. El desgraciado terminó su carrera jugándose la suerte de la marina francesa, en un día, en un rapto de desesperación, contra la flota inglesa mandada por su más grande hombre de guerra.

Tenemos que ver aquí el doble cuadro: Napoleón, en Ulm, en un triunfo apenas cruento, y la Grande Armée penetrándose del sentimiento de que es invencible, mientras que delante del cabo de Trafalgar se libra una violenta y funesta batalla, terrible choque en el que naufraga la esperanza de disputar el mar a los ingleses. Nelson muere antes de poder ver el final de su victoria. Villeneuve sobrevive, cae prisionero y pronto se suicidará desesperado. La marina francesa es aniquilada con sus auxiliares españoles. No volverá a levantarse. El mismo Napoleón, después de esperanzas abortadas, de tentativas que le han de costar caras dejará de interesarse por ella. Le faltará sobre todo tiempo para reconstituir una flota y sus dotaciones. Pero cuenta con que el nombre de Austerlitz hará olvidar el de Trafalgar. Querrá incluso olvidar que en Boulogne su visión era acertada, que no es lo mismo entrar en Viena que entrar en Londres y que si era verdaderamente imposible atravesar la Mancha para imponer a Inglaterra la paz de las fronteras naturales todavía más imposible es imponérsela mientras se mantenga señora indiscutida de los mares. En Francia, el público, siempre presto, después de un fracaso, a aburrirse del esfuerzo prolongado que exige la potencia naval, no piensa más en ella, no habiendo por otra parte comprendido el alcance de este desastre de Trafalgar, cuyas lúgubres sílabas no tomarán su sentido verdadero hasta después del toque de agonía de Waterloo. En cuanto al emperador, que no se entretiene en lamentaciones, se persuade de que allí donde él no manda en persona, debe esperar siempre lo peor. Y como en la mar no puede ejercer el mando, su atención se desvía de ella tanto más cuanto que en apariencia nada ha cambiado y que, vencedor en el continente, parece incluso más poderoso que la víspera. Inglaterra, por su parte, no se da cuenta ni de la extensión ni de las consecuencias de su victoria naval, que solamente se descubrirán a la larga. Entregada primero a la alegría de haber escapado al peligro de la invasión, los golpes dados a sus aliados del continente la dejan después consternada. ¡Cuán difícil es a los más grandes hombres ver un poco lejos ante ellos, y cuán escondido está el porvenir a los que actúan! ¿Por qué no habría de equivocarse Napoleón? Pitt enferma de tristeza cuando se entera de Ulm y de Austerlitz que, para él, borran a Trafalgar, cuando en realidad Trafalgar, que es definitivo, anula a Ulm y a Austerlitz, que habrá que repetir una vez y otra.

Napoleón marchaba hacia Viena cuando le alcanzó la noticia de la catástrofe. No pareció afectarse, ni mostró más disgusto que tristeza o cólera; no pidió más que silencio sobre el acontecimiento. No quiso ni recompensar a los que en el combate se habían portado valerosamente, ni castigar a los que no habían cumplido con su deber. El mismo Villeneuve fue como olvidado, y por este mudo reproche sintió más fuertemente que no le quedaba sino desaparecer. Sin embargo, no es dudoso (lo contrario no sería posible) que los cálculos del emperador fueran modificados por este acontecimiento. El fracaso de Boulogne y de Trafalgar le hicieron desear aún más las alianzas en el continente y le determinaron a conseguirlas.

Si la campaña rápida que se había terminado por la capitulación de Ulm le abría el camino de Viena; si experimentaba la satisfacción, que no había conseguido el gran Federico, de entrar como vencedor en la capital austriaca; si se alojaba en el Palacio Schoeumbrunn, con todo, aquella guerra no había terminado. Austria tenía todavía fuerzas que oponerle; las rusas estaban aún intactas. Prusia, cuyo rey estaba ligado por la amistad con el zar y estaba influido por él, podía de un momento a otro sumarse a la coalición. Napoleón era demasiado hombre del dieciocho para no admirar la Prusia de Federico el Grande; para no buscar, como los mismos revolucionarios, su amistad. La había colmado de favores, por otra parte, en los repartos de Alemania, a fin de que reconociera los ensanchamientos de Francia, y esperaba habérsela atraído. Pero esperaba aún algo mejor, y si a la amistad de Federico-Guillermo pudiese añadir la del Emperador Alejandro, le parecía que el fin perseguido quedaría muy cerca de ser alcanzado, que las victorias navales de Inglaterra resultarían estériles, que el Imperio francés no volvería a ser discutido en sus límites. Y tal vez no fuera absurdo pensar que el mismo Tralfalgar, que hacía aún más necesarias a Francia las alianzas continentales, podía servir para formarlas, y que Rusia vería con temor a Inglaterra dueña de los mares por la victoria de Nelson. Es por lo que, antes de presentarle batalla, Napoleón intentó negociar con Alejandro.

No había llegado aún el momento en que los emperadores se abrazaran y se repartieran el mundo. La víspera de Austerlitz, Rusia pedía lo que, de acuerdo con los aliados, impondría en 1814. Las condiciones de paz que llevó Dolgorouki eran las del pacto anglo-ruso: evacuación de Italia, restitución de la orilla derecha del Rin y abandonó de Bélgica, que sería unida a Holanda. "¡Qué! ¿Bruselas también?, respondió el Emperador. Pero si estamos en Moravia, y habíais de estar en los altos de Montmartre! Singular frase, no sólo porque predice exactamente un porvenir ya próximo, sino porque revela en Bonaparte lo que quizá haya él escondido mejor, lo que no ha dejado entrever más que en fugaces destellos y para los más penetrantes observadores: es decir, el exacto sentido de una situación precaria y de un caminar por la cuerda floja.

Este sentimiento explica muchas cosas que de otro modo permanecen oscuras. El emperador espera; espera siempre la paz. No se bate más que por obtenerla. Cuando se le niega o cuando se le rompe, asesta un gran golpe, siempre creyendo que será el último. Vemos Austerlitz bajo los cándidos colores de una imagen de Epinal, aclamando los soldados, la víspera por la noche, al "petit caporal" que pasa a través de los vivaques; improvisando iluminaciones para el aniversario del 2 de diciembre, día de la coronación, y después, por la mañana, al gran capitán, nimbado por los rayos de un sol de invierno que anuncia una de sus hermosas victorias. En realidad, Napoleón hubiera querido que los rusos, viendo a Austria vencida, se estuvieran quietos. Puesto que querían batirse, más valía que fuera enseguida, ya que el tiempo no trabajaba a su favor y que estaba muy adentrado en Moravia, a cuarenta leguas de Viena, gran ciudad difícil de conservar si ocurría el menor descalabro, mientras que los archiduques podían aún traer de Hungría refuerzos y Prusia se armaba. Los rusos, atacando demasiado pronto, sacaron a Napoleón de su situación embarazosa. Le atacaban por lo demás sobre un terreno que había estudiado cuidadosamente, de suerte que pudo decir con segura confianza a los primeros movimientos del enemigo: "Ese ejército es mío".

Eran su cuadragésima batalla, y por primera vez se medía con los soldados de Souvarof y de Koutousof, en presencia de Alejandro y de Francisco. Batalla de los tres emperadores; triunfo resonante; la Guardia rusa aniquilada, cien mil hombres dispersados en menos de cuatro horas. "Lo que ha escapado a vuestro hierro se ha ahogado en los lagos", decía después de la victoria con el famoso: "Soldados, estoy contento de vosotros"; proclama que termina con el apóstrofe: "Os bastará decir: estuve en la batalla de Austerlitz, para que se os responda: He ahí un valiente".

Estilo enfático, bueno para impresionar a los espíritus con ese romanticismo burgués y popular, ese género que orna de motivos cursis las paredes de las casas provincianas y del cual Bonaparte encontró el secreto. El mismo se ufana menos del golpe de vista, de la seguridad y de la decisión que le han dado la victoria, que de la feliz circunstancia que le ha salvado de un peligro cuando ha tenido, en defensa propia, que aventurarse tan lejos. La tercera coalición está vencida. Es necesario disolverla. Hace falta enseguida la paz, acuerdos duraderos con Austria, ciertamente, cuya última esperanza, la que ponía en Alejandro, acaba de desaparecer; con Prusia, también espantada de los riesgos que habría corrido si se hubiera embarcado en aquella aventura. Pero sobre todo también la paz con Rusia. Porque Napoleón quiere granjear de Alejandro la amistad que había encontrado en Pablo. Trata de seducirle por procedimientos caballerescos, los mismos que había empleado con el padre, devolviéndole los prisioneros de su Guardia y por llamamientos a su sensibilidad, porque cree que este joven autócrata es un hombre de novela y teatro. Adquirir influencia sobre Alejandro viene a ser una de sus ambiciones. El Boletín 30 hace el elogio del Zar, le pone en guardia contra "los freluquets que Inglaterra suelda con arte y cuyas impertinencias oscurecen sus intenciones". ¡Ah! ¡Si Alejandro le escuchara! ¡Qué grandes cosas harían juntos! Dos héroes de la misma talla pueden ya, de lejos, unirse en un mismo pensamiento, llorar juntos el horror tan vano de los campos de batalla. Napoleón ha debido saber con qué angustia, incapaz de soportar la visión de los muertos y de oír el clamor de los heridos, Alejandro ha huido del campo en que su ejército se pudría. Entonces, recoge la cantinela humanitaria, que redacta tan bien como la heroica, alternándola con la ironía o la invectiva: "¡El corazón sangra! ¡Que tanta sangre vertida, que tantas desdichas caigan, por fin, sobre los pérfidos insulares que las motivan!". Queda, pues, el federar a Europa contra ellos, y si no se federa de buen grado, tendrá que hacerlo a la fuerza. Desde entonces, la idea fija de Napoleón es la de Tilsit: la unión y la paz del continente por la alianza rusa, para terminar con Inglaterra.

Talleyrand le aconseja que empiece por Austria. Pero la alianza austriaca tiene mala fama para la Francia de la Revolución. Es la que trajo mala suerte a Luis XVI. "No es del agrado de mi nación y por eso lo estoy pensando más de lo que se cree". Napoleón no sueña todavía con llegar a ser el yerno del César germánico. Sin embargo, hasta cierto punto, le perdona. No se priva de la satisfacción de haber recibido en su vivac, al día siguiente de Austerlitz, a este Habsburgo, obligado a solicitar la paz del corso advenedizo. Accede a esta paz, que será firmada en Presburgo; no destruye la vieja monarquía, ya que exigiría todavía un gran esfuerzo militar y tiene prisa de que la coalición se disuelva. Entonces la dificultad es siempre la misma. Acabar con Austria, es continuar una guerra cuyo principal objeto está en otra parte. No quitarla nada es dejarla demasiado poderosa y, sobre todo, hay cosas de que Napoleón debe desposeerla. Es necesario que renuncia por completo a Italia, por la que, desde hace tanto tiempo, el Imperio germánico domina a Europa y amenaza a Francia. Es preciso que renuncie también a la otra orilla del Adriático, y esto constituye, además, una parte de la política que Napoleón inaugura, la política que sigue a Trafalgar, que consiste en tomar posesión de las costas europeas para cerrarlas a Inglaterra. No siendo el paso de La Mancha más que un recuerdo, se esboza el otro sistema, el del bloque continental. Es preciso, por otra parte, que Austria acepte un vasto reajuste de Alemania con la abolición del antiguo Sacro Imperio que la daba su prestigio. Es necesario, por último, y hay candidez en la exigencia, que prometa no volver a aliarse nunca con los enemigos de Francia. Juramento que no podrá ser más sincero que después de Campo-Formio y Luneville, porque se le quita demasiado para que se resigne, y no lo bastante para que quede reducida a la impotencia. Austerlitz es una victoria que nada deja más arreglado que las otras.

He aquí, no obstante, el nuevo sistema de la lucha contra Inglaterra tomando cuerpo y figura. Lo que Napoleón pone en marcha "con la rapidez del pensamiento", no son solamente sus ejércitos, sino los diplomáticos, las cancillerías, las dinastías. En siete semanas cambia la fisonomía de Europa con una tal abundancia de negociaciones, de convenios, de escrituras, que harían falta páginas y páginas para resumirlos, un volumen para contar al detalle. Han pasado los hermosos días del Consulado, que fueron casi días de descanso. En adelante, el reinado correrá como un torrente en un perpetuo atropellarse.

Todo esto, por otra parte, razonado, ligado a una idea central. Un breve contacto con Alejandro, por intervención de Savary, confirma a Napoleón en la hipótesis de que si la alianza rusa no está aún madura, no es imposible. La calcula para un futuro de dos o tres años, y guardándose de herir el orgullo del zar, deja a los restos del ejército vencido alejarse en paz de Austria. Los militares se encogen de hombres, no comprendiendo que la victoria no sea mejor explotada. Se tienen consideraciones para el austriaco, para el ruso. Vandamme gruñe: "Es querer que estén en París dentro de seis años". Pero, precisamente, Napoleón mira hacia París, donde se aspira a la paz, donde el espíritu no es bueno, adonde tiene prisa en volver. Y, además, hay una cosa urgente que hacer: asegurarse a Prusia. Si la batalla de Austerlitz se hubiera vuelto en contra, los prusianos hubieran entrado en línea, cortando la retirada a los franceses. Configurado este peligro –que será el de 1813– se trata de algo mucho mejor; no sólo de separar a Prusia de la coalición, sino de obtener su alianza. Napoleón se esfuerza por atraérselo con amenazas y con promesas. Se le dará Hannover, dominio del rey de Inglaterra. Que cierre, tan sólo, sus puertas a los ingleses. Es la condición necesaria, porque ya, salvo el nombre, el bloqueo continental se precisa, y reemplaza al gran proyecto del paso de la Mancha. Prusia cede, pero ante el miedo; el Hohenzollern no es más seguro que el Habsburgo y se apresura a anular su tratado con Napoleón por una contranota a Alejandro.

Napoleón duda, desconfía. No importa. Hay que ir de prisa, construir una Alemania que no amenace al Imperio de Occidente, sino que lo conserve y lo prolongue. Con ideas de Richelieu y de Mazarino, de la Convención y del Directorio, improvisa la refundición y reparto del cuerpo germánico; una Confederación del Rin, como la monarquía había formado la Liga del Rin; reinos y principados, como la Revolución había improvisado repúblicas clientes. Sobre la marcha hace un rey del elector de Baviera, le obliga a dar su hija en matrimonio a Eugenio de Beauharnais, mientras que el príncipe de Baden, prometido de esta princesa, se casará con la prima de Eugenio, Estefanía. Es la política nupcial y dinástica. Murat el cuñado será príncipe, Gran Duque de Berg. Para Jerónimo, separado a la fuerza de su americana, otro matrimonio preparado con Catalina de Wurtemberg, a cuyo padre se hace rey también. El Imperio napoleónico siembra como sembraba la República con frecuencia, en los mismos lugares, sobre superficies un poco más extensas, pero según el mismo método. La República, a la zaga de sus generales, exportaba representantes del pueblo y sus principios. El Emperador, jefe de la dinastía que nació de la Revolución y que la consagra, expide sus hermanos, sus cuñados, su hijastro, su hijastra con su Código y sus administradores. ¿Es acaso su propósito colocar a la familia, alimentar el clan? Está lejos de él. La familia está ahí para servirle, o mejor dicho, para servir. El Emperador no tolera ya que le resista y no le consulta sus gustos. Ejemplo. Los Borbones de Nápoles son incorregibles. Han conspirado todavía con el enemigo. Sus puertos deben cerrarse a los ingleses. Se les destronará. Sólo que en el sitio en que Championnet, algunos años antes, proclamaba la República partenopense, José, delegado de autoridad, reinará, le plazca o no esta corona. En cuanto a Luis, está destinado a seguir la suerte de la República bátava. Tendrá, por orden también, que reinar en Holanda.

Habiendo derrocado y entronizado reyes, casado príncipes y princesas, suprimido a rajatabla el viejo Sacro-Imperio germánico, elegido su jefe y sus electores, removido los asuntos germánicos, "simplificando aquel caos", según las recetas revolucionarias, lo que le hubiera valido los aplausos de Brissot si la cabeza de este girondino no hubiera sido cortada. Napoleón, siempre presuroso, recoge de Munich la etiqueta de la corte bávara, que le ha impresionado, le ha parecido capaz de inspirar respeto a los franceses, más aún a los extranjeros y, sobre todo, que encuentra apta para aumentar la distancia entre él y sus antiguos camaradas del ejército. Este ceremonial le aburrirá, le hará bostezar. Pero había leído en Montesquieu: "Cuando Alejandro quiso imitar a los reyes de Asia hacía algo que entraba en el plan de su conquista".

El 26 de enero de 1806 está en las Tullerías, cuatro meses después de su partida. Ciento veinta días en los que ha amasado a Europa, sin haber adelantado un minuto la hora de la paz definitiva.

Lo mismo que había tenido prisa por desatar la coalición, tenía prisa por entrar en París, por volver a asumir el gobierno, desconfiando siempre de las intrigas y traiciones de los unos, desconfiando siempre de las intrigas y traiciones de los unos, de las debilidades y la incapacidad de los otros, obligado sin cesar a ausentarse, sabiendo que en su ausencia todo iba mal, que siempre se especulaba sobre su derrota o su muerte. Vuelve también victorioso. Pero no quiere un regreso triunfal, porque sabe que Austerlitz mismo no ha acabado nada. Enseguida se entrega a los asuntos serios, a lo que ha estado a punto de producir un desastre financiero y la bancarrota del Banco de Francia. Responsable de las faltas cometidas, Barbé-Marbois, Ministro del Tesoro, viene a "ofrecer su cabeza" al amo, humildemente: "¿Qué quieres que haga, grandísimo bestia?", le responde el emperador.

Extraña mezcla de lo heroico y de lo familiar; de solemnidad forzada y de naturalidad, que tanto contribuyó a su popularidad y a su leyenda. Al ministro que tiembla como ante un déspota del Asia, el vencedor de Austerlitz le responde con una broma de teatro de feria, mientras que el día que la delegación bátava llegó a ofrecer a Luis el trono de Holanda, se sigue el ceremonial de la sucesión de España, el de Luis XIV para el duque de Anjou. El nuevo soberano se anuncia a la corte con todas las puertas de palacio abiertas. Sin embargo, lo serio de la cosa está en otra parte. Holanda no es una conquista de Bonaparte. Le viene de la República y de Pichegru, el estrangulado, y debe ser un "puesto aduanero" contra los ingleses, lo mismo que el reino de Nápoles, conferido autoritariamente a José, debe ser contra ellos un puesto avanzado mediterráneo. La distribución de coronas a la familia procede de un sistema y de necesidades que se engendran y se engendrarán las unas de las otras. Pero la víspera de la ceremonia ante la nueva reina, Napoleón hace recitar al niño de Hortensia y de Luis Las ranas pidiendo Rey. "¿Qué decís a esto, Hortensia?".

Es como si hubiera en él dos hombres, de los cuales el uno –por veces, en raros momentos de expansión–, se divirtiera contemplando al otro.

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- Una historia de Napoleón


+ Una historia de Napoleón (I): becario del Rey

+ Una historia de Napoleón (II): el uniforme de artillero

+ Una historia de Napoleón (III): ingrata patria

+ Una historia de Napoleón (IV): luz y tinieblas

+ Una historia de Napoleón (V): primer encuentro con la fortuna

+ Una historia de Napoleón (VI): esta hermosa Italia

+ Una historia de Napoleón (VII): señor de la paz

+ Una historia de Napoleón (VIII): itinerario de las Pirámides al Luxemburgo

+ Una historia de Napoleón (IX): cómo pudo frustrarse un golpe de Estado

+ Una historia de Napoleón (X): el primero de los tres cónsules

+ Una historia de Napoleón (XI): un gobierno a merced de un pistoletazo

+ Una historia de Napoleón (XII): la ilusión de Amiens

+ Una historia de Napoleón (XIII): el foso sangriento

+ Una historia de Napoleón (XV): la espada de Federico

+ Una historia de Napoleón (XVI): la obra de Tilsit

+ Una historia de Napoleón (XVII): la primera nube viene de España

+ Una historia de Napoleón (XVIII): la rectificación de Wagram

+ Una historia de Napoleón (XIX): yerno de Césares

+ Una historia de Napoleón (XX): el Rey de Roma

+ Una historia de Napoleón (XXI): el Boletín número 29

+ Una historia de Napoleón (XXII): el reflujo y el desastre

+ Una historia de Napoleón (XXIII): las botas de 1793 y la insurrección de los generales

+ Una historia de Napoleón (XXIV): emperador y aventurero

+ Una historia de Napoleón (XXV): Waterloo, triste llanura

+ Una historia de Napoleón (XXVI): Santa Elena, el martirio

+ Una historia de Napoleón (XXVII): la transfiguración

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Fuente:
Napoleón, Jacques Bainville, páginas 247 - 273.