lunes, 27 de junio de 2016

La Revolución francesa (II): la revolución burguesa



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La brecha abierta por los privilegiados fue ensanchada por la burguesía. La etapa revolucionaria entre 1789 y 1792, que en la división tradicional de la Revolución francesa ocupan la Asamblea Constituyente (1789-1791) y la Asamblea Legislativa (1791-1792), forman lo que hoy llaman los tratadistas la Revolución burguesa, porque en ella, la burguesía se abrogó la soberanía nacional, derribó el Antigua Régimen e instituyó en Francia una monarquía constitucional, basada en los principios enciclopedistas en boga.

Toma de la Bastilla y revolucion burguesa

- La revolución "legal", en Versalles


Los Estados Generales se habían convocado sin haberse precisado la cuestión capital del voto por cabeza. Inaugurados en Versalles el día 5 de mayo de 1789, ni el Rey, ni el ministro de Justicia, ni Necker aludieron para nada en sus discursos a las reformas políticas. La Corte y el Gobierno pretendían seguir el mecanismo tradicional, y, en particular, el voto Órdenes; la burguesía, por su, reclamaba la Asamblea única y el voto por cabeza. Era ésta una cuestión esencial, porque si se votaba por Órdenes, el Estado Llano, a pesar de tener él sólo tantos diputados como los otros dos Órdenes reunidos, no dispondría más que de un voto contra los dos de los estamentos privilegiados, nobleza y clero. Después de cinco semanas de vacilaciones, el Tercer Estado arrolló, en forma revolucionaria, todos los obstáculos. Considerando que representaba, por lo menos, el noventa y seis por ciento de la nación, se declaró constituido en Asamblea Nacional, y ante la amenaza de una reacción de la Corte, sus representantes se reunieron tres días más tarde en un salón inmediato al palacio –llamado del Juego de Pelota–, y juraron no separarse hasta haber dado una Constitución al país. En vano intentó la Monarquía imponerse en la sesión conjunta celebrada el 23 de junio, en la que el Rey dio taxativamente a los diputados del Tercer Estado la orden de disolverse. Los representantes de la burguesía se enfrentaron con el Rey y se negaron a acatar sus órdenes. El 27, el conflicto entre la burguesía y el Soberano acabó con el triunfo de la primera, y el Monarca ordenó a los tres estados reintegrarse en una sola Asamblea, que el 9 de julio tomó el nombre de Asamblea Nacional Constituyente.

- La otra revolución: en París -> ataque y toma de la Bastilla


Mientras en Versalles se consumaba la que podríamos llamar revolución legal, la agitación electoral y las propagandas de los demagogos habían creado en París y en toda Francia un ambiente de agitación y revuelta. En París, la clase media y el pueblo empezaron pronto a desempeñar un papel decisivo en el desarrollo de la revolución. El clima histórico creado era especialmente sensible a toda suerte de rumores más o menos fundados. Se estimaba que la Corte preparaba un golpe contrarrevolucionario, y cuando el 12 de julio se propagó la noticia de que el Rey había destituido al ministro Necker, partidario de las reformas, se promovieron una serie de disturbios que culminaron el día 14 con el ataque y toma de la Bastilla, vieja ciudadela medieval que Luis XIV había transformado en prisión de Estado. El Rey, aceptando el hecho, dejó de pensar en desembarazarse de la Asamblea, llamó de nuevo al poder a Necker, y el 17 de julio se presentó en el Ayuntamiento de París recibiendo de manos de Lafayette –el héroe de la independencia, erigido ahora en jefe de la milicia parisiense llamada Guardia Nacional– la escarapela azul, blanca y roja, formada con los colores de París y del Soberano, símbolo de la Francia transformada. Y así fue como la Monarquía absoluta claudicó en toda la línea.

Desde aquel momento, la oleada revolucionaria se desbordó desde París a las provincias, sin que nadie consiguiera atajarla o encauzarla. En Lyón, Burdeos, Dijón, Montpeller, Besançon y, en general, en todas las ciudades, las municipalidades históricas fueron sustituidas por comités revolucionarios y se organizó la Guardia Nacional. Mientras la burguesía asaltaba de este modo el poder, una turbulenta exaltación conmovía a las capas bajas de las clases populares. La rebelión campesina, que estalló en la isla de Francia, fue extendiéndose progresivamente y con rapidez hasta llegar a los últimos confines del reino. En las bandas de amotinados se confundían los labriegos levantados contra sus señores y los artesanos sublevados contra los funcionarios y acaparadores, con los malhechores y vagabundos, que se entregaban al saqueo y al asesinato. Los rumores públicos abultaron los excesos de los amotinados, y una oleada de pánico, la Grande peur de 1789, estremeció todo el país. La aristocracia, ya para escapar de los peligros que la amenazaban, ya movida por la esperanza de hallar en los territorios contiguos el medio de luchar contra la revolución triunfante, se lanzó desde aquel momento a la emigración. Iniciaron el movimiento los grandes príncipes de la sangre, que fue pronto seguido por numerosos aristócratas, y se planteó de este modo el problema de los emigrados, llamado, desde entonces, a envenenar las relaciones exteriores de los gobiernos revolucionarios y a influir poderosamente en la evolución extremista de la política interior.

En tal atmósfera, la Asamblea, rebasada por los acontecimientos, votó una serie de disposiciones que venían a ratificar los hechos revolucionarios. La noche del 4 de agosto, en medio de un entusiasmo patriótico que impulsó a los nobles, a los eclesiásticos y a los representantes de las ciudades a desprenderse de sus privilegios y prerrogativas tradicionales, acordó la supresión de los derechos feudales, de la justicia señorial, la redención de los diezmos y tributos y la abolición de todos los privilegios. En esta abjuración apoteótica del pasado desapareció en una noche toda la Francia tradicional, para dar paso a la igualdad civil y a la unidad política de los franceses.

Hecha tabla rasa del pasado, la Asamblea procedió a reconstruir la sociedad sobre nuevas bases. Igual que habían hecho los americanos, colocó a la cabeza de la Constitución una exposición de los principios generales en los cuales se fundaría el nuevo orden: esto es, la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. En ella se proclaman como derechos naturales e imprescindibles, la libertad, igualdad, propiedad, seguridad, participación directa del ciudadano o por medio de sus representantes, en la elaboración de las leyes, etc.

Mientras elaboraba la Constitución, la Asamblea vivía presionada, de un lado, por los temores de una posible resistencia de la Corte, y, de otro, por la creciente agitación del pueblo de París, soliviantado por las propagandas de demagogos como Camilo Desmoulins y Marat, y la desconfianza que le inspiraba la nueva Asamblea municipal, que, fiscalizada todavía por elementos moderados, podía convertirse, y así sucedió, en peligroso instrumento de subversión. Las jornadas de octubre marcaron una nueva y decisiva etapa de este proceso revolucionario de la calle. Con motivo de haberse propagado el rumor de que la escarapela tricolor había sido pisoteada durante un banquete de los guardias de "corps" en Versalles, y que habían sido concentradas tropas en la Corte para un movimiento de reacción, un tumulto de mujeres originado por la escasez de pan, en París, se convirtió, el 5 de octubre, en un alud popular arrollador que marchó sobre Versalles y obligó a los Reyes a trasladarse a la capital e instalarse en el palacio de las Tullerías. Pocos días después, la Asamblea seguía en la Corte, y una y otra quedaban en lo sucesivo como posibles rehenes del motín, el día que los más violentos fuesen dueños de la capital y de su municipalidad. En adelante, París había de señorear toda la obra revolucionaria e imponer sus turbas sobre la voluntad de la nación.

Aparte la Asamblea, la vida política se polarizó desde aquel momento en los clubs y en las secciones. El núcleo inicial de estas sociedades políticas extraparlamentarias fueron las academias, los salones y las logias masónicas, que durante tanto tiempo constituyeron los centros de las discusiones políticas y filosóficas. Después, las mismas necesidades de las tareas parlamentarias impusieron el contacto entre personas de ideología similar, y de este modo brotaron el Club de los jacobinos –así llamado porque celebraba sus sesiones en la biblioteca del Convento de los jacobinos–, que representaba en un principio el espíritu liberal y antiaristocrático de la alta y media burguesía; el Club de 1789, en el que imperaba Lafayette, y en el que se congregaba la aristocracia liberal y también parte de la alta burguesía, y el de los Cordeliers, en el que se alineaba el estado mayor de la revolución demagógica y radical, con Danton, Desmoulins, Marat, Herbert, etc. A través de la red de sociedades filiales que se extendía por toda Francia, los jacobinos se erigieron en una verdadera potencia en todo el país.

La Constitución que la Asamblea elaboraba había de ocupar el lugar de las costumbres, de los derechos tradicionales, de las leyes fundamentales de la viaje estructuración del reino y había de asegurar, dentro del nuevo orden, el papel y el porvenir de la Monarquía, cuyo principio nadie discutía siquiera. Pero, además, si tenemos en cuenta que el poder ejecutivo se hallaba en realidad suspendido y que los ministros ya nada significaban, le incumbía asimismo a la Asamblea, mientras levantaba los pisos de la Constitución, la difícil misión de gobernar en medio de las ambiciones personales, de las rivalidades de partido, de las apetencias de poder. Ambos papeles estaban íntimamente trabados, porque mientras la Asamblea legislaba sin reposo y recomponía el mapa de Francia, borrando las provincias históricas y marcando los departamentos de corte uniforme y cartesiano, chocaba con la penuria del Tesoro, agravada por las innovaciones que exigían incesantemente nuevos dispendios. Las viejas recetas financieras de Necker eran ya inoperantes, y se echó mano a un nuevo recurso: poner a disposición de la nación los considerables bienes raíces que poseía el clero. En cuanto la Asamblea pudo disponer de aquel enorme capital, sintió la tentación de amonedarlo para salir de apuros financieros, y los bienes del clero, puestos a la venta, fueron la garantía de un papel moneda que llamaron asignados. El procedimiento era tentador, y como las necesidades del Tesoro iban aumentando, fue acrecentándose de modo vertiginoso el número de emisiones, por lo que la enfermedad de la inflación siguió su curso fatal. El asignado, que condujo en pocos años a la quiebra monetaria, provocó la vida cara, la especulación y el pánico, factores todos que contribuyeron a mantener, en París y en las provincias, un estado insurreccional, que aprovecharon los agitadores. Por otra parte, fue un instrumento eficaz de la transformación de la propiedad. La poca confianza que inspiraba estimuló la operación de venta de los bienes nacionales, que, en asignados que se depreciaban cada día en día, los campesinos se apresuraron a adquirir. La operación, en cambio, fue desastrosa para los rentistas, los habitantes de las ciudades y, en último término, para el Tesoro público. Francia se convirtió de este modo en un país de pequeños propietarios, vinculados naturalmente a la conservación de las instituciones revolucionarias.

Desposeído el clero, la Asamblea creyó que debía borrarlo como cuerpo político, tal como había hecho con la nobleza, la otra fuerza que podía servir de instrumento a la contrarrevolución. A esta idea responde la Constitución civil del clero, votada en julio de 1790, que pretendió colocar a los eclesiásticos bajo la dependencia del poder civil. La Iglesia de Francia quedaba organizada en Iglesia nacional, con un espíritu y una organización de acuerdo con los principios revolucionarios de la Asamblea Constituyente. El pontífice Pío VI condenó como cismática esta Constitución, que vulneraba el espíritu jerárquico de la Iglesia y la autoridad del Pontífice, y una gran parte del clero francés se negó rotundamente a prestar el juramento que se le exigía. Estos clérigos refractarios continuaron siendo los verdaderos sacerdotes para la mayoría de los fieles, mientras los clérigos juramentados fueron repudiados por el catolicismo francés. De este modo, atentando contra las conciencias, la Revolución encendió de nuevo la guerra religiosa en Francia enajenándose buena parte de la masa católica en la ciudad y en el campo.

Las leyes antirreligiosas acabaron de ahondar el profundo abismo que la revolución había abierto entre la Asamblea y la Corte. Violentado en su conciencia religiosa, el Rey aceptó, tardíamente y con repugnancia, la Constitución civil del clero, y, sintiéndose amenazado por la agitación democrática de París y el rumbo que tomaban las decisiones de la Asamblea, cedió a las instancias de los monarcas extranjeros y buscó en la huida el medio de liberarse de la revolución y poder volver a restaurar su autoridad. Con su familia, abandonó las Tullerías la noche del 20 de junio de 1791, para reunirse con el ejército de Brouillé, en Montmédy. Reconocido en Varennes, fue detenido y conducido nuevamente a París.

El episodio de Varennes produjo un doble y contradictorio efecto. Por un lado, acercó los constitucionales al Rey, porque, sin Monarca, la Constitución que estaban acabando de redactar caía por su base; por otro, aumentó la audacia de los extremistas, que pedían el destronamiento de Luis XVI. Los moderados se separaron del Club de los jacobinos, una parte del cual se había pronunciado por la destitución, y crearon la Sociedad de los fuldenses.

La Asamblea se apresuró a revisar la obra constitucional, y ésta fue aceptada por el Monarca en septiembre. La Constitución de 1791 era el precio de la concordia del Rey con la burguesía moderada. Descansaba sobre el principio de la soberanía de la nación, la cual delegaba el poder ejecutivo en el Rey; el legislativo, en los diputados elegidos, y el judicial, en los jueces, también de elección. El Rey era inviolable e irresponsable, sancionaba las leyes y gozaba sobre ellas del veto suspensivo, esto es, podía durante cuatro años suspender su sanción. Transcurrido este plazo, si la ley era votada de nuevo, ya no era necesaria la sanción real. La Asamblea legislativa, formada por 745 diputados elegidos por dos años, votaba las leyes y contribuciones y decidía la paz y la guerra. Tenían derecho al sufragio los ciudadanos que pagaban una contribución igual al valor de tres días de trabajo. Los burgueses contribuyentes desconfiaban del pueblo y no se atrevían a conceder el voto a la clase pobre. En cuanto a los tribunales, formados por jueces elegidos, la nación ejercía en ellos su poder mediante el jurado formado por ciudadanos elegidos por suerte, que en los procesos criminales proclamaban la inocencia o la culpabilidad del acusado. Administrativamente, Francia quedó dividida en 83 departamentos.

La burguesía creyó que la revolución había terminado. Es famosa la frase que el presidente Thouret dirigió al Rey en la última sesión de la Constituyente: "Señor, Vuestra Majestad ha terminado la Revolución". Bainville la calificó de "monumento de las ilusiones humanas". Y, en efecto, lo que había terminado era tan sólo el primer acto.

La Constituyente, antes de separarse, había abierto el camino por el cual la revolución se deslizaría hacia un campo más vasto. Decidió que sus miembros no serían reelegibles.

Los elegidos para la nueva Asamblea fueron, pues, hombres nuevos, muy jóvenes en su mayoría, casi todos oscuros. Los que la víspera componían la izquierda –los constitucionales o fuldenses–, integraban ahora la derecha. El centro estaba constituido por los diputados que se llamaron girondinos, por pertenecer, los más destacados de ellos, al departamento de la Gironda, y representaba a la burguesía media, beneficiada con la compra de los bienes nacionales y adscrita a la revolución. Formaban la izquierda los montañeses, llamados así porque ocupaban en la Asamblea los asientos más elevados (la Montaña), cuya fuerza principal residía en el Club de los jacobinos.

Si la Constituyente había sido pacífica, la Legislativa fue una Asamblea belicosa que lanzó a Francia a la guerra con el extranjero.

Múltiples y complejos factores coincidieron en empujar a la Francia revolucionaria hacia esta pendiente: los constitucionalistas, porque creían que los triunfos militares consolidarían en el pueblo la fidelidad a la Constitución de 1791; los radicales, porque opinaban que la guerra desbarataría por completo la monarquía liberal y traería la república; la Corte, porque cifraba en ella la esperanza de una intervención extranjera que hiciera posible el restablecimiento del poder real. Pero el impulso bélico decisivo vino de las fuerzas girondinas que predominaban en la Asamblea legislativa, gente nueva y ambiciosa que creía llegado el momento de estabilizar la revolución en su propio provecho y buscaba en un conflicto con Austria un medio de desacreditar a la Monarquía, de acabar de "romper su hechizo secular".

La labor interna de la Legislativa fue casi nula; estaba subordinada a la cuestión de la guerra exterior. Los girondinos, dueños del Gobierno, exigieron al Emperador que retirase de la frontera las tropas austríacas y expulsara de sus territorios a los emigrados; y la pasividad del soberano austríaco les sirvió de pretexto para arrancar de la Asamblea la declaración de guerra a Austria (abril de 1792). La guerra con Austria implicaba la guerra con Prusia, puesto que el Emperador y el rey Federico Guillermo se habían puesto de acuerdo para una acción coligada en el caso de una guerra con la Francia revolucionaria (Declaración de Pilnitz, agosto de 1791). La campaña que empezó el verano de 1792 fue la primera fase de un conflicto de gran alcance, destinado a conmover toda Europa durante los veintitrés años siguientes. Abrió la contienda entre las fuerzas de la Revolución y el Antiguo Régimen.

Con el país desorganizado por la agitación demagógica, Francia se lanzó a la lucha, contando con muy pocos recursos que no fueran el entusiasmo de su pueblo. La crónica heroica de la Revolución nos describe acciones de la época, como la llegada a París de las tropas de Marsella entonando un himno nuevo de libertad, que Rouget de Lisle acababa de componer en Estrasburgo: La Marsellesa. Pero los ejércitos estaban mal instruidos y peor disciplinados, fallaba el avituallamiento y las armas de que disponían eran escasas y malas. La guerra empezó, por lo tanto, con una serie de derrotas francesas. Los ejércitos aliados, al mando del duque de Brunswick, atravesaron la frontera del Este y se abrieron sin dificultad el camino hacia París. El 25 de julio, su jefe lanzó una proclama al pueblo francés manifestando los propósitos de los aliados de restablecer el orden legal y devolver al Rey la plenitud de sus poderes, al mismo tiempo que declaraba rebelde a cualquier francés que hiciese resistencia a los invasores y amenazaba con una terrible venganza a la ciudad de París en el caso de que los Monarcas fueran objeto de cualquier violencia o ultraje.

La respuesta francesa fue la insurrección del 9-10 de agosto de aquel año de 1792. La idea de que la Monarquía había traicionado a la nación iba difundiéndose con una fuerza irresistible. En aquellas jornadas, soldados llegados de las fronteras se unieron a las turbas de París, invadieron las Tullerías y obligaron al Rey y a la familia real a refugiarse en la Asamblea. Al mismo tiempo, un golpe de mano daba a la radicales la municipalidad de París, y la Commune legal era sustituida por otra revolucionaria, de la que Danton era la figura principal. Acto seguido, los diputados que quedaban en la Asamblea legislativa, presionados por el miedo, votaron la suspensión del Rey y autorizaron la elección inmediata, por sufragio universal, de una Convención Nacional que preparase una nueva Constitución.

La minoría radical había triunfado sobre la nobleza liberal y la burguesía. La revolución burguesa había terminado y cedía el paso a la demagogia y al terror.

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- La revolución francesa


+ La revolución francesa (I): la revuelta de los privilegiados

+ La revolución francesa (III): el jacobinismo triunfante

+ La revolución francesa (IV): el Directorio

+ La revolución francesa (V): el Consulado