domingo, 3 de agosto de 2014

La Revolución francesa (I): la revuelta de los privilegiados



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Al aceptar la división histórica tradicional que hace partir la Edad llamada Contemporánea, del estallido de la Revolución francesa, hemos truncado la trayectoria del movimiento revolucionario, que es un fenómeno general cuyas manifestaciones internas se inician en la ideología de la Ilustración y se desarrollan históricamente primero en América del Norte, luego en Europa y, por último, en la América Central y Meridional. El movimiento de independencia de las colonias británicas de América constituye, por lo tanto, la primera manifestación histórica del hecho revolucionario, y con su estudio inician actualmente numerosos tratadistas la exposición de la última etapa del proceso histórico que, por desarrollarse en los tiempos que inmediatamente nos precedieron y alcanzar hasta la hora actual, llamamos Contemporánea.

Revolucion francesa y revuelta de los privilegiados

Emprendemos pues, el relato de la Historia Contemporánea en pleno desarrollo de la Era revolucionaria, contando con que el lector sabrá comprender que el seccionamiento de la trayectoria histórica de la realidad, es puramente convencional y arbitrario, como todas las divisiones históricas. La Historia, como la vida, no avanza por saltos o etapas netamente recortadas, sino a través de una línea seguida, en la cual, cuando se esfuman los rasgos que predominaron en una época y la caracterizaron, se dibujan ya los de otra, llamada a sucederla. Por esto, el historiador vacila siempre cuando, por razón de método, se ve precisado a establecer una solución de continuidad en esta trayectoria ininterrumpida, y por doquiera que la corte, se encuentra con una herencia del pasado que sobrevive en la nueva época, y al revés, rasgos de ésta que son la resultante de una lenta elaboración de ideas, actitudes y formas de vida que germinaron en la precedente.

En nuestro caso concreto, si partimos de la idea de que el fenómeno general revolucionario señala el principio de la Edad Contemporánea, no hay mayor razón para iniciarlo desde la revolución americana que para recogerlo desde que, a principio del siglo XVIII, la ideología de la Ilustración empieza a prepararlo, y aun de ésta sabemos que es hija de las corrientes racionalistas y positivistas planteadas en el siglo anterior, y que todo ello, en conjunto, es el resultado del desarrollo de los factores antitradicionales que aparecen con el Renacimiento.

- Factores históricos inmediatos a la Revolución francesa


Volviendo a los factores históricos inmediatos que hemos hallado en la base de la Revolución francesa, recordemos tan sólo que son: en primer lugar, el elemento intelectual básico, proporcionado por la difusión de las ideas enciclopedistas entre la sociedad de la época; en segundo término, el impulso romántico-revolucionario que aportó la ideología de Rousseau. Ya sabemos que la obra del primer movimiento filosófico había consistido en demoler los fundamentos espirituales de la sociedad y preparar los espíritus para un nuevo orden de cosas; pero el advenimiento de éste se produjo bajo la influencia de Rousseau, que proporcionó a los hombres el dinamismo necesario de una convicción y de un entusiasmo proselitista. La Revolución francesa, más que una revuelta contra un mal gobierno o contra la opresión, fue, como observa Dawson, una tentativa para restaurar la unidad de Europa sobre nuevas ideas, y ello explica su entusiasmo proselitista, servido por una acción bélica que, de una actitud defensiva, pasó a un empuje expansivo. Los revolucionarios no se contentaron con implantar unas reformas políticas tales como una constitución y un código, sino que, trataron de construir la sociedad desde sus fundamentos y aspiraron a extender por Europa y por el mundo entero la oleada revolucionaria que había transformado a Francia.

Antes de desencadenarse como fenómeno histórico, la Revolución francesa había ganado los espíritus. La comprobación de este hecho es una base necesaria para comprender el ambiente que precedió, de un modo inmediato, al movimiento revolucionario y fue su preparación. Carente en absoluto de conciencia del momento histórico, una parte de la nobleza francesa se había entregado a una existencia licenciosa e indolente. Otro sector de ella se había dejado ganar por las ideas enciclopedistas y esperaba de la instauración de un gobierno aristocrático que limitara el poder real, el remedio de todos los males que aquejaban al Estado, mientras el núcleo formado por los Lafayette o los Mirabeau comulgaba simplemente con los principios revolucionarios. La burguesía, desde hacía tiempo, bebía en las fuentes de la Ilustración y hallaba en sus doctrinas políticas y sociales la expresión de sus anhelos de libertad civil e igualdad económica. En las mismas filas de la Iglesia, la infiltración del enciclopedismo y la separación social entre el alto y el bajo clero atentaban a la solidez del cuerpo eclesiástico de Francia y malograban la acción orientadora y pacificadora que los hombres de la Iglesia estaban llamados a ejercer. En cuanto al pueblo de trabajadores y a los campesinos, carecían del sentimiento preciso que les habría permitido darse cuenta de que eran algo distinto del Tercer Estado. Los primeros se hallaban todavía engranados en la organización gremial, y como la industria en pequeño o domiciliaria era aún la forma normal de la producción industrial, tenían la esperanza y la posibilidad de llegar un día a ser patronos. Un número más reducido de ellos empezaba a ser empleado en las fábricas, pero éstos eran casi todos campesinos que consideraban su salario fabril como ayuda o complemento de sus recursos agrícolas. Más dura era aún la suerte de las gentes del campo propiamente dichas, sobre las cuales pesaban todas las cargas. Los hidalgos campesinos, excluídos de todo poder político y administrativo por el absolutismo monárquico, se vieron empujados, para poder vivir, a aumentar sus exigencias para con los agricultores establecidos en sus tierras. Como último vestigio de su antiguo poder, les quedaba la administración de justicia en asuntos de pequeña importancia, y convirtieron este derecho en un odioso instrumento fiscal. Al lado de estas exacciones, subsistían los viejos diezmos, los censos, las prestaciones personales, los impuestos reales, el servicio militar, etc. Sólo que de estas gentes y, en general, de los trabajadores no puede decirse que la revolución francesa hubiese ganado su espíritu antes de producirse. Desprovistas, como hemos dicho, de la conciencia de clase, llegadas tan sólo, por el camino de la cultura, a la etapa de aprender a leer, eran incapaces de discernir los medios de subvertir el orden social.

- La Revuelta de los privilegiados


La revolución sólo podía llegar desde arriba y, como resultado de la conciencia de este fenómeno, la iniciación del movimiento revolucionario, que antes se hacía arrancar de la reunión de los Estados Generales y su transformación en la Asamblea Constituyente (1789), se hace partir actualmente de un período de dos años (1787-1789), que abarca la llamada Revuelta de los privilegiados.

Ellos fueron, en efecto, quienes abrieron la primera brecha en el edificio político del Antiguo Régimen. De los círculos aristocráticos partió, en primer lugar, la corriente de murmuraciones y burlas de que fueron blanco las personas reales, y contribuyeron en gran parte a minar el prestigio de la institución monárquica. Precisamente desde los círculos aristocráticos fue desde los que llegaron a la burguesía y al pueblo los epigramas burlescos, las críticas mordaces, las habladurías, que revelaron con más o menos veracidad, pero siempre con mala intención, las irregularidades de la Corte. El malparado prestigio de las personas reales hizo abrigar a los príncipes de la sangre esperanzas de escalar el trono, y de aquí la serie de intrigas de los hermanos del Rey y del duque de Orleans, su primo, que contribuyeron a desacreditar a los Soberanos en los mismos medios cortesanos.

Por otra parte, la rapidez de la reforma, ordenada en edictos, publicada en los púlpitos, pero que después no pasaba del papel, sembraba desde los Ministerios la desilusión y el descontento entre los humildes, y como al sector de los privilegiados reformadores que imprudentemente la habían lanzado se sobreponía seguidamente el de los nobles recalcitrantes y timoratos que desvirtuaban tales decretos liberales con disposiciones reaccionarias, el país pasaba de la ilusión al desencanto, e iba en aumento la desconfianza general en la capacidad y eficacia del poder real y de sus intentos de reforma para remediar el malestar reinante. Por último, cuando la Corona, agobiada por el peso de la enorme deuda nacional, que arrancaba ya de la Guerra de la Independencia americana, y al borde de la bancarrota, acudió, en febrero de 1787, por iniciativa del ministro Calonne, a una Asamblea de notables para que apoyara un vasto plan de reformas que atajara los abusos y reorganizara sobre bases sólidas la Hacienda, no sólo halló la negativa más cerrada a toda cooperación, sino que chocó con una nueva oleada de censuras y sarcasmos.

- Los nobles se dividieron en dos grupos: los aristócratas y los nacionales o patriotas


La agitación, entretanto, cundía por toda Francia, dirigida siempre por la aristocracia y por la burguesía a remolque de la nobleza. Unidos aparentemente para oponerse a los designios del despotismo ministerial, los nobles se dividían en dos grupos. Uno, el de la aristocracia, sólo concebía la reforma del reino como un retorno a las prácticas del feudalismo, una reconquista de los privilegios que Richelieu, Mazarino y Luis XIV les habían arrebatado; en su mezquina concepción del momento histórico, estos nobles soñaban en reinstaurar los tiempos de la Fronda y del cardenal de Retz. Otros, en cambio, los patriotas o nacionales, en cuyas filas se contaban Lafayette y Mirabeau, y otros miembros de la rancia nobleza y la alta burguesía, con la mirada puesta en Inglaterra y América, aspiraban a transformar a Francia en una monarquía constitucional y representativa.

- La idea de la convocatoria de los Estados Generales


La idea de convocar los Estados Generales, no reunidos desde 1614, cuya iniciativa se había abierto camino desde la Asamblea de notables, significaba para todos el intento de poner término al absolutismo monárquico traducido, por debilidad de los reyes, en despotismo ministerial, pero con miras a restablecer la oligarquía nobiliaria en los primeros, y para implantar el gobierno representativo, en los segundos.

Necker, llamado de nuevo al poder en 1788, impuso a la Monarquía la reunión de los Estados Generales, pero ante el peligro de la lucha que iba a producirse, vacilaba sobre el modo de convocarlos. Los privilegiados propugnaban la forma antigua y tradicional: cada bailía, es decir, lo que podríamos llamar "circunscripción electoral", enviaría sólo un diputado de cada Orden; la nobleza y el clero discutirían aparte; ninguna resolución sería valedera sin el acuerdo unánime de los tres Órdenes. Los patriotas rechazaban este procedimiento arcaico, que en la práctica imposibilitaría las reformas y perpetuaría los abusos. La resistencia de los privilegiados dio tal ímpetu al movimiento patriota, que Necker se sintió bastante fuerte para obtener del Rey una resolución contraria a los deseos de los aristócratas. Al Tercer Estado se le concedía un número de diputados igual que el de los otros Órdenes reunidos; las bailías tendrían un número de representantes proporcionado a su importancia, y los simples sacerdotes podrían tomar parte en las asambleas electorales del clero. Un punto capital quedó sin regular, precisamente porque su misma gravedad aconsejaba no tocarlo: el voto por orden o por cabeza, por la brecha del cual había de abrirse paso la corriente renovadora.

La consulta a la nación se llevó a cabo en medio de una gran efervescencia. Miles de folletos, debidos a la pluma de publicistas y también de sacerdotes, criticaban duramente el régimen social existente. Pero, en general, del estudio de los cahiers o cuadernos de instrucciones que, siguiendo la costumbre tradicional, las asambleas electorales de los Estados confiaron a sus representantes, se deduce que el clamor general se pronunciaba por la supresión de los privilegios dentro de la más estricta fidelidad a la Monarquía.

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- La revolución francesa


+ La revolución francesa (II): la revolución burguesa

+ La revolución francesa (III): el jacobinismo triunfante

+ La revolución francesa (IV): el Directorio

+ La revolución francesa (V): el Consulado