sábado, 10 de mayo de 2014

Moscú, en llamas



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La entrada en Moscú de Napoleón Bonaparte no se parece en nada a lo que había imaginado. No hay gente en las calles vitoreándole, ninguna autoridad ha venido a recibirle. ¿Y dónde están las llaves de la ciudad?, ¿es que acaso no conocen estos bárbaros rusos las tradiciones?

Napoleon se retiro al castillo de Petrofsky
Bonaparte, tras arder Moscú, se trasladó al castillo de Petrofsky.

Nadie acude a recibir a Napoleón, porque nadie está. Si se afinara un poco el oído aún se podría escuchar el rumor que el Ejército ruso produce al retirarse cuidadosamente. Por unas horas no han llegado a encontrarse la vanguardia francesa con su retaguardia. Los rusos, simplemente, han abandonado la ciudad.

El emperador entra con su Estado Mayor en un Kremlin abandonado en el que han tenido el detalle de enfundar el trono para que no coja polvo. Napoleón está terriblemente frustrado. No ha logrado la paz, porque tampoco ha logrado la victoria ya que sus enemigos se empeñan en no acudir a su cita con el destino. Esa noche, intranquilo e incapaz de conciliar el sueño, está dispuesto a trabajar hasta altas horas. De repente una voz en el exterior grita: "¡Fuego!" Napoleón no presta demasiada atención hasta que entran correos y generales para anunciarle que el fuego ha prendido en las cuatro esquinas de la ciudad.

- Moscú, un infierno


Unos instantes después Moscú parece el mismo infierno. Las llamas han alcanzado hasta el mismo Kremlin y Bonaparte se ve obligado a abandonar el palacio para trasladarse, con mucho riesgo, al castillo de Petrofsky situado en las afueras. Cuatro días dura el incendio de la ciudad y, cuando al fin puede regresar al Kremlin, que ha sido bastante respetado por las llamas, piensa que de nuevo es el momento de negociar una vez más la paz. Escribe una extraña carta al zar:

"Hermano mío, la hermosa y soberbia ciudad de Moscú no existe ya. Este proceder es atroz y sin objeto. ¿Se intenta privarme así de algunos recursos? ¡Pero si estos recursos se hallaban en bodegas que el fuego no ha podido alcanzar! Además, ¡cómo destruir una de las ciudades más hermosas del mundo, obra de siglos, para alcanzar tan mísero objetivo? [...] La humanidad, los intereses de Vuestra Majestad y los de esta gran ciudad pedían que me fuere confiada en depósito, ya que el ejército ruso la abandonaba. Se han debido dejar en ella administradores, magistrados y policías. [...] He hecho la guerra a Vuestra Majestad sin odio; una nota de Vuestra Majestad, antes o después de la última batalla, habría detenido la marcha, y ojalá me hubiese hallado en situación de sacrificarle mi ventaja en la toma de Moscú. Si Vuestra Majestad conserva por mí alguna estima, sabrá recibir de buen grado esta carta".

En San Petersburgo, la mayoría de la corte y de la familia imperial son partidarios de arreglar la paz. Sólo el zar permanece firme en su resolución de no conceder ninguna ventaja a Napoleón. Cuenta para ello con el apoyo de Bernadotte, el rey de Suecia, que le ha asegurado intervenir contra los franceses, pues el propio zar le ha prometido el trono de Francia.