sábado, 1 de febrero de 2014

Josefina Beauharnais, emperatriz coronada



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En un primer momento Josefina Beauharnais piensa en resistirse a conceder el divorcio a Napoleón Bonaparte, pero aconsejada por Fouché y por su hijo Eugène, que acaba de llegar de Italia, acepta divorciarse.

Josefina emperatriz coronada

El quince de diciembre las Tullerías se visten de gala. Van a asistir a una reunión familiar muy especial. Varios reyes, reinas y princesas, vestidos de la más deslumbrante manera con sus uniformes, van a asistir a un acto que llevaban mucho tiempo esperando. Ellos son Leticia, Luis, Jerónimo, Murat, Eugène, Julia, Hortensia, Catalina, Paulina y Carolina que van a lograr finalmente echar de su familia y de su casa, el palacio de Versalles, a la advenediza y vieja criolla que ha hechizado a su hermano durante tantos años.

Josefina está sentada junto a Napoleón tras una gran mesa cubierta de terciopelo rojo y grandes águilas bordadas en oro. La emperatriz viste un sencillo vestido blanco sin adornos y sin joyas. Napoleón Bonaparte, aún más pálido que ella, se levanta y lee con voz suave y emocionada el discurso que él mismo ha elaborado:

"¡Dios sabe cuánto ha costado a mi corazón una resolución semejante! Pero no hay sacrificio que exceda a mi valor, cuando se me demuestra que es útil para el bien de Francia. [...] No tengo más que alabanzas para la adhesión y la ternura de mi bienamada esposa. [...] Quiero que se conserve el rango y el título de emperatriz coronada, pero sobre todo, que nunca dude de mis sentimientos y que me tenga siempre por su mejor y más querido amigo.".

La delicadeza que Josefina había llegado a alcanzar en su empleo de emperatriz y el afecto que al final Napoleón le inspiraba le hicieron redactar unas palabras que la emoción le impidió terminar de leer:
"Con permiso de nuestro augusto y querido esposo, debo declarar que, no teniendo ya esperanzas de darle hijos para satisfacer las necesidades de su política y del interés de Francia, me complazco en darle la mayor prueba de adhesión y devoción que jamás haya podido darse en esta tierra. [...] Todo lo que tengo lo debo a sus bondades; sus manos me coronaron, y desde lo alto de este trono no he recibido más que testimonios de afecto y de amor del pueblo francés. [...] La disolución de mi matrimonio no cambiará para nada los sentimientos de mi corazón; el emperador tendrá siempre en mí a su mejor amiga. Uno y otro nos enorgullecemos del sacrificio que hacemos por el bien de la patria.".
La separación le resulta muy triste al emperador quien se decide a pasar estos primeros días en el Trianón. A la mañana siguiente se encuentra muy fatigado y enfermo y anula las audiencias de la mañana que pasa sentado en un confidente con la cabeza apoyada en su mano. Se decide a despedirse de su esposa y pasa a sus habitaciones antes de abandonar el palacio. Josefina le echa los brazos al cuello y permanecen largo rato unidos mientras ella llora dulcemente en su hombro. Por fin, con toda suavidad, Napoleón se desprende sus brazos y la lleva lentamente hasta un sofá. Acompañado de Duroc, atraviesa los salones de la planta baja y se mete en el coche para alejarse de su Josefina.