sábado, 25 de enero de 2014

Talleyrand y Fouché



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Una carta de su madre le ha puesto sobreaviso. Talleyrand y Fouché, a quienes tan bien había manejado Napoleón Bonaparte haciéndose servir de su enemistad recíproca, se han puesto de acuerdo con Murat para designarle heredero en el caso de un fallecimiento en batalla del emperador.

Talleyrand

Es cierto que Napoleón Bonaparte no se cuida demasiado de mantenerse fuera del alcance de las balas y en estos días de España se le ha visto como en sus primeros tiempos caminar sobre la nieve cruzando la sierra de Guadarrama y combatiendo a los ingleses. Pero esta conspiración, de la que desconoce su alcance real, le parece insoportable.

Inmediatamente ordena el levantamiento de su cuartel general y parte para París. Al día siguiente a su llegada convoca al Consejo de Estado en presencia de Talleyrand y Fouché. El emperador comienza por atacar sin misericordia a Talleyrand:
"Es usted un ladrón, un cobarde, un hombre sin fe; no cree en Dios y ha engañado y traicionado a todo el mundo; para usted no hay nada sagrado; vendería usted a su propio padre. Yo le he colmado de bienes y, sin embargo, no hay nada que no fuera usted capaz de hacer contra mí. Después de diez años tiene usted el impudor, porque supone caprichosamente que mis asuntos van mal en España, de decir a quien quiera oirlo que siempre ha criticado usted mi empresa en aquel reino, siendo así que usted fue quien me dio la primera idea y quien sin cesar me ha empujado a ella. [...] Merecería usted que le hiciera pedazos como a un vidrio; tengo poder suficiente para ello, pero le desprecio a usted demasiado para tomarme la molestia en hacerlo".
No contento con esto, Napoleón le lanza para terminar una última pulla intencionada:
"¡No me habías dicho, por cierto, que el duque de San Carlos era el amante de vuestra mujer!".
La flema de Talleyrand, mientras susurra para sí "¡qué lástima que un hombre tan grande sea tan mal educado!", fue de manual de diplomacia:
"En efecto, sire; no creí que este informe pudiera interesar ni a la gloria de Vuestra Majestad ni a la mía".

Acto seguido, cuando Talleyrand abandona la sala, Napoleón la emprende con Fouché. Le acusa de haber orientado a la opinión pública en su contra y de haber sostenido a sus enemigos en vez de perseguirlos. Fouché aguanta el chaparrón en silencio y permanece de pie ante el emperador. Sin embargo, ninguno de los dos es arrestado ni despedido, sino que continúan en sus puestos, ya que Napoleón no puede prescindir de estas personas que tienen en su cabeza los más importantes secretos del Estado.