jueves, 21 de noviembre de 2013

La coronación de Napoleón



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El solemne momento ya ha llegado. El dos de diciembre de 1804 todo está preparado en Notre-Dame. Varias toneladas de flores se reparten por todos los rincones de la catedral y las piedras, fuentes y estatuas de París han sido frotadas enérgicamente con cerdas de jabalí. El marqués de Ségur ha recogido todos los detalles protocolarios de un acto como éste y viejos pergaminos de tiempo del Rey Sol han sido consultados para que no haya duda sobre la legitimidad del acto.

Coronacion Napoleon Bonaparte

- Napoleón, de excelente humor


Napoleón está de excelente humor y por la mañana ha probado la corona imperial sobre la cabeza de Josefina, quien se ha retirado llorando emocionada. Por fin, se pone en marcha el cortejo hacia la catedral rodeado por una muchedumbre mitad entusiasmada, mitad divertida, pues no en vano las gentes se están acostumbrando a vivir en libertad sin las pompas religiosas y, cuando ven el cortejo del Papa precedido por un monje en una mula con una gran cruz, ríen alborotados. Los soberanos montan en una carroza de espejos y de oro, acolchada de terciopelo blanco y coronada de águilas coronadas.

Vestido con un manto imperial a la antigua usanza, con púrpuras y armiños, avanza lentamente hacia el altar mayor conduciendo a una Josefina que con sus hábiles afeites logra dotar de una cierta gracia al acto. En un momento se ha dirigido inclinándose hacia su hermano José y le ha susurrado: "¡Ah, si nos viera nuestro padre!", con una satisfacción infantil.

- Napoleón Bonaparte se corona a sí mismo


El papa está sentado, rodeado de sus cardenales. Suena el órgano y el rumor de los rezos inunda el templo. Entonces, en el preciso momento en que todos esperan que Napoleón se arrodille ante el Papa y sea coronado, el hombre al que aún nadie ha visto inclinar su cabeza ante nadie toma en sus manos la corona del altar y se corona a sí mismo. Luego, corona a Josefina arrodillada frente a él. Sólo el Papa ha sido informado a última hora de este cambio formal y no ha tenido el valor de impedirlo, aunque siempre guardará esta afrenta en su corazón. La delgada diadema de laureles de oro que el Emperador ha usado en la ceremonia no le parece, por otra parte, que se asemeja en nada a una corona católica, pero haciendo de tripas corazón procede a ungir y bendecir a la pareja imperial y legitima el acto.