sábado, 24 de agosto de 2013

El atentado de Saint-Nicaise



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En París los amigos de Napoleón Bonaparte habían pretendido hacerle un recibimiento de héroe, pero él se negó afirmando, ante la pretensión de erigirle un monumento, que "dejemos al próximo siglo el cuidado de construirlo", y tan pronto como regresa comienza a asegurar la paz conseguida en el campo de batalla. En esto es tan rápido como con la fuerza y en poco tiempo consigue que Austria, Prusia, Baviera, Nápoles, España y Portugal firmen la paz en Luneville. Posteriormente, fallecerá Pitt y los ingleses, encabezados por Fox, también accederán a firmar el acuerdo al que llevaban tanto tiempo resistiéndose.

Sin embargo, durante el tiempo que ha permanecido en Italia, los jacobinos han comenzado a ver en él a un traidor y han intentado asesinarlo durante una representación de ópera, siendo ejecutados los encargados de la acción. Y los realistas no se quedan atrás. Han sentido que la moderación imperante en el régimen les beneficia y no desesperan de volver a ver a un Borbón en el trono de Francia. El propio conde de Provenza, hermano del rey decapitado en la guillotina y futuro Luis XVIII, escribe pidiéndole la restitución de la corona a cambio de una espléndida recompensa y títulos de nobleza. La respuesta de Napoleón es concluyente y deja traslucir un cierto desdén por las pretensiones de un miembro de la familia real expulsada, encubierta por una falta preocupación por su situación económica:

"Señor, he recibido su carta; le doy las gracias por las amables cosas que en ella me dice. No debe usted desear su regreso a Francia; le sería preciso marchar sobre cien mil cadáveres. Sacrifique su interés al reposo y a la felicidad de Francia, y la historia se lo tendrá en cuenta. No soy insensible a las desdichas de su familia. Contribuiré con mucho gusto a hacerle grato y tranquilo su retiro".

Los realistas, desesperados, intentan un sangriento atentado. Napoleón va a asistir este noche del 3 Nivoso a un concierto donde se escuchará el oratorio La Creación de Haydn. En la calle Saint-Nicaise el piquete que precede al carruaje del primer cónsul se encuentra con un carro que tiene un gran tonel encima. Los soldados apartan a un lado el estorbo y Napoleón pasa a toda velocidad por el lugar. Aún no ha circulado apenas doscientos metros cuando una violenta explosión rompe los cristales de su carruaje y está a punto de volcar. Más atrás se ha producido una masacre. La pólvora y la metralla que contiene el barril producen veinte muertos y más de setenta heridos.

La reacción de Napoleón no se hace esperar y manda detener y desterrar a cuantos jacobinos le parecen sospechosos de conspiración. Le da lo mismo, en realidad, quiénes han sido los autores, pero está dispuesto a convertir el atentado en una ventaja política. A quienes le sugieren que debe nombrar un sucesor ya que su matrimonio con Josefina se está revelando estéril, les hace caso omiso. Ni su hermano José, al que cree conspirador; ni Luciano, violento; ni Luis, casado por obligación con Hortensia Beauharnais; ni siquiera el joven Jerónimo, le parecen adecuados para sucederle. Así pues, continúa creyendo en su buena suerte y prefiere mantener las cosas como están y no alterar demasiado la aún inestable situación.