miércoles, 8 de mayo de 2013

La batalla de Marengo



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Napoleón comete un error vital. Ha dividido a sus tropas en tres cuerpos y esa debilidad, tantas veces evitada por él, le hace caer en una trampa tendida por el astuto y viejo general austríaco Melas. Éste, sabedor de la situación de las tropas napoleónicas, ha decidido presentarle batalla. Y la va ganando ya que los refuerzos que debe traer el general Desaix se retrasan y los franceses comienzan a retroceder.

Marengo


A mediodía se ven perdidos y Napoleón debe apelar intensamente a sus hombres: "¡Esperad! Las reservas van a llegar. ¡Esperad una hora todavía!" La fortuna se pone de nuevo de su parte. Desaix llega a las cinco de la tarde y sus tropas derrotan a los austriacos. Pero el propio Desaix fallece en la contienda y a Napoleón, pesaroso, no deja de serle útil este lamentable hecho, pues le evita tener que compartir la victoria con nadie.
Pero, a estas alturas Napoleón es ya más que un general victorioso. Es un hombre de estado y no ha dejado de conferenciar con los austríacos ni un instante en la búsqueda de una paz imposible. Él piensa que "para precipitar la paz es preciso llevar a un tiempo la guerra y las negociaciones". Y, desde el mismo campo de batalla, escribe una carta al emperador Francisco:

"La astucia de los ingleses ha impedido el efecto que debía producir naturalmente en el corazón de Vuestra Majestad el paso que he dado, a la vez sencillo y franco. La guerra ha tenido lugar. Millares de franceses y austriacos han dejado de existir. [...] Desde el campo de batalla de Marengo, en medio de los sufrimientos y rodeado de quince mil cadáveres, conjuro a Vuestra Majestad a que escuche el grito de la humanidad. [...] Demos el reposo y la tranquilidad a la generación actual. Si las generaciones futuras son lo bastante locas para batirse, después de algunos años de guerra aprenderán a ser prudentes y a vivir en paz."