viernes, 12 de abril de 2013

Napoleón Bonaparte en Luxemburgo



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Napoleón no perdió el tiempo. Al día siguiente de los acontecimientos de Saint-Cloud decidió trasladarse a Luxemburgo, donde hasta entonces se había centrado el poder de la Revolución. La ciudad había acogido la noticia del nombramiento de los tres cónsules con alegría y se abandonó durante unos días a la celebración de los acontecimientos. La situación caótica en que se habían vivido durante los últimos años de la Revolución conducía a los ciudadanos a aceptar cualquier cambio que les proporcionase algún tipo de esperanza. Y el victorioso general Napoleón, que se había revelado como un genio de la propaganda, tenía todo el aspecto de ser el líder necesario para un momento como el actual.

En el fondo estas masas sólo pedían que se respetasen, en política interior, algunas de las conquistas sociales de la Revolución, en especial la abolición de los derechos feudales, y que se respetasen, en política exterior, tanto las fronteras naturales del país, como una paz duradera. Por su parte, los regicidas acomodados sólo pensaban en la impunidad de sus actos y los emigrados sólo ansiaban volver.