sábado, 13 de abril de 2013

La nueva Constitución



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Al nuevo cónsul Napoleón Bonaparte en realidad estas cosas no le importaban más que en la medida en que podían afectar o no a la consolidación de su poder. La experiencia de la Revolución había curado a todos los políticos en activo de la experiencia democrática y el ex-abate Sieyès puso en juego toda su capacidad de manipulación de la legalidad para crear lo que sería su obra maestra: la nueva Constitución en la que se establecería un falso sistema representativo que facilitaría el ejercicio del poder absoluto y desde la más alta jerarquización.

Sieyès suprime las asambleas y sustituye la elección directa por el establecimiento de una lista de notables, aprobada por el pueblo, de entre los que serían elegidos los miembros de los consejos. Y en la cima de esta pirámide, un gran elector, que designaría a dos cónsules y que residiría en el Palacio de Versalles. A Napoleón no le gustaba nada la denominación de gran elector. "Prefiero no ser nada antes que un cerdo para cebar o un rey holgazán", había dicho con crudeza. Así pues, la solución final fue la de crear un primer cónsul con carácter ejecutivo y que sería renovado cada diez años, puesto que recaería evidentemente sobre el general corso Napoleón.