domingo, 7 de abril de 2013

El regreso de Napoleón



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La suerte, esa vieja aliada de Napoleón Bonaparte que aún sigue siendo, le es favorable otra vez. La fragata en la que se embarca a la desesperada consigue atravesar las líneas enemigas y en octubre de 1799 llega al puerto de su querido Ajaccio. Será la última vez en su vida que pise su tierra y allí es recibido con júbilo por sus paisanos entre los que se encuentra su vieja nodriza Camila.

Sin embargo, Napoleón no está para entretenimientos. No ha cruzado el Mediterráneo arrastrando todo tipo de peligros para verse detenido en la vida tranquila y reposada de su isla querida. Al día siguiente, tras alojarse en su casa familiar, se embarca de nuevo y se dirige a Tolón. Un navío británico patrulla la costa y el Muiron, pues así ha bautizado la vieja fragata veneciana en la que ha viajado desde Egipto, no tiene más remedio que adentrarse en los arrecifes de Fréjus.

A su llegada a tierra francesa se entera de que la situación no es tan mala como él había deducido por las noticias recibidas en El Cairo. Así pues, la necesidad de un salvador no es tan urgente, pero la mayoría del país se encuentra sumamente descontento con la política que sigue el Directorio. De hecho, éstos ya han perdido parte del control de la situación y nadie les sostiene. Su hermano José, que viene a su encuentro, le asegura que esta joven República "está atracada de consunción senil. Nadie hace un esfuerzo para derribarla, pero parece que ya no tiene fuerzas para mantenerse en pie".

Demora su llegada a París. Antes quieres tener toda la información disponible y, además, prefiere enviar primero una carta que le prepare convenientemente el terreno:

"Egipto, al abrigo de las invasiones, nos pertenece por completo. [...] En cuanto supe el trance que atravesábais, me puse en camino. No he creído deber pensar en los peligros, sino en mi deber de estar allí donde mi presencia pudiera ser más útil. [...] He dejado a Egipto bien organizado y bajo las órdenes del general Kebler. Ya estaba todo el territorio cubierto por las aguas, y el Nilo, más hermoso de lo que se había visto desde hace cincuenta años".

Cuanto por fin llega a París todos reconocen en él al triunfador de Egipto, el invencible Napoleón Bonaparte. Las calles de la capital están cubiertas por una muchedumbre compuesta por gentes de todas las clases sociales: burgueses y artesanos, campesinos y veteranos de guerra, mujeres y niños. A su alrededor resuena como el bravío oleaje del mar tempestuoso golpeando los acantilados de su Córcega, una profunda aclamación:

"¡Viva Bonaparte! ¡Viva el pequeño Cabo!
¡Viva Egipto! ¡Ha vuelto para salvarnos!".