domingo, 3 de marzo de 2013

Un pulso a la Convención



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Los éxitos de Napoleón Bonaparte han hecho desconfiar a los políticos de París. Napoleón se ha permitido negociar él personalmente con el rey de Cerdeña el despojamiento de su reino y estas atribuciones en un general sobrepasan las expectativas del Directorio. Entonces piensan en enviarle a otro general que comparta con él el mando. Su reacción no se hace esperar y con los labios crispados redacta una carta al Directorio:

"Si me imponéis trabas de toda especie, si tengo que consultar todos mis actos a los comisarios del gobierno, no esperéis nada bueno. Es indispensable que tengáis un general que goce por entero de vuestra confianza. Si yo no lo fuese, no me quejaría, sino, antes bien, procuraría redoblar mi celo para merecer vuestra estimación en el puesto en que me confiasteis. Cada uno tiene su manera de hacer la guerra. El general Kellerman tiene más experiencia y la hará mejor que yo; pero unidos los dos, la haremos muy mal. Yo no puedo prestar a la patria servicios esenciales sino investido entera y absolutamente de vuestra confianza. [...] No puedo servir gustoso con un hombre que se cree el primer general de Europa, y, por otra parte, creo que más valdría un mal general que dos buenos. La guerra, como el gobierno, es cuestión de tacto".

El órdago de Napoleón asusta al Directorio que teme que regrese inmediatamente a París y sea capaz incluso de derribarlo. La orden queda anulada y Napoleón se siente entonces imbuido de todos los poderes. En el fondo obra a partir de entonces como un generalísimo de los ejércitos que a nadie ni a nada debe rendir cuentas de sus acciones.