martes, 12 de marzo de 2013

¡París!



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El eficaz e inteligente Talleyrand ha preparado una recepción triunfal al hombre de moda en París. Cuando entra en los salones, con el traje de palmas verdes del Instituto, con Josefina vestida a la griega y adornada con valiosos camafeos de su brazo, un espeso silencio respetuoso y emocionante le acoge a su paso. Napoleón está como ausente y no parece reconocer a nadie de los que le saludan con admiración y temor. Pero allí están todos. Pendientes hasta de su menor gesto, de satisfacer su más ínfimo deseo.

Por el momento Napoleón permanece en París apartado de toda actividad política. Vive con Josefina en su casa de la ahora llamada calle de la Victoria, viste de paisano con mucha frecuencia y lleva una vida bastante discreta. El Directorio que quiere quitárselo de encima le ofrece el mando de un ejército inexistente, el de Inglaterra. Napoleón después de recorrer los puertos occidentales de Francia y estudiar un posible desembarco en Inglaterra, llega a la conclusión de que la Armada Inglesa es lo suficientemente importante como para derrotarle y desestima el encargo. Sin embargo, sugiere la posibilidad de conquistar Egipto para quitar así a los ingleses sus suministros de las Indias.

Esta empresa le parece al Directorio lo bastante descabellada y lejana como para que les interese enviar al molesto y popular general a Oriente. Además, tal vez una victoria allí conseguiría hacer aceptar a los ingleses la paz europea. Napoleón acepta. Él siente y sigue la estela de Alejandro el Magno y César. Ya se imagina gigantescas empresas en ese Oriente de leyenda, tan rico y sugerente.