jueves, 7 de marzo de 2013

Las traiciones de Josefina



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Pero, no todo era trabajo y éxitos militares y desactivar conspiraciones. Napoleón estaba atormentado por algo que no podía controlar. Estaba enamorado de una mujer, Josefina, que en realidad nunca lo había amado y que con su boda sólo había pretendido mejorar una existencia que hasta entonces estaba basada en la aventura. Realmente, Josefina estaba tremendamente sorprendida por los incuestionables éxitos de su marido que en París resultaban amplificados. Nunca hubiera sospechado que aquel generalito podía llegar tan alto. Jamás se había encontrado en una situación tan favorable en París y prefería disfrutar de ella antes que verse sometida a las incomodidades de una larga campaña militar. De hecho, nunca había pensado en cumplir su promesa de reunirse con él en cuento hubiera organizado su Ejército, y pronto comenzó a inventar excusas para dilatar el encuentro.

La popularidad de Napoleón es tal que cuando pasa por las calles es aclamada por el pueblo que la llama Nuestra Señora de la Victoria. Acude sin cesar a las fiestas y bailes de Barras y ella misma ofrece escandalosas recepciones en su casa. Ha tenido una breve relación con Murat, ese musculoso y varonil soldado, pero ahora su último capricho es el joven teniente Hipólito Charles, un guapo delfinés, charlatán y alegre, un poco parecido a un petimetre con sus elegantes y ajustadas vestimentas, que no se separa de ella ni un instante y la divierte con su voz gangosa y sus gestos bufonescos. Pero algo ensombrece su existencia y son las continuas cartas de su fastidioso marido que no dejan de atosigarla intentando que abandone la vida muelle que lleva y le acompañe en su carrera:

"Si me quisieras me escribirías dos veces al día, pero tienes que charlar con los señoritos que empiezan a visitarte desde las diez de la mañana, y luego escuchar las chilindradas y las tonterías de cien petimetres hasta la una de la noche.

En los países donde hay decencia, a las diez de la noche ya está todo el mundo en sus casas; en esos países se escribe al marido, se piensa en él, se vive para él. Adiós, Josefina, eres un monstruo que yo no puedo explicar."