martes, 5 de marzo de 2013

El ejército de la libertad



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Si los franceses han decidido ir más allá de sus fronteras en una lucha de conquista ha sido obligados por la agresión de los demás reyes europeos que quieren socavar la Revolución antes de que llegue a sus estados. No es en realidad el impulso de salvar a la nefasta dinastía borbónica, ellos lo que pretenden es salvarse a sí mismos. Los franceses, sin embargo luchan por su libertad. Y cuando un país se torna de esta manera en conquistador, bien puede apropiarse del calificativo de Campeón de la Libertad. Este factor, que inflama a sus hombres, es hábilmente utilizado por él como propaganda hacia todos los pueblos conquistados. Pero para conseguir esto, lo primero que tiene que hacer es disciplinar a un ejército harapiento que en una primera instancia se dedica con pasión a apoderarse de cuanto botín s encuentra a su alcance. En sus informes a París escribe:

"El pillaje es cada vez menos intenso. Esta primera sed de un ejército carente de todo se va aplacando. Los infelices son excusables; después de haber padecido tres años en las cimas de los Alpes, llegan a la tierra prometida y quieren gozar de ella. [...] El soldado sin pan se entrega a accesos de furor que le avergüenzan a uno de ser hombre. [...] Restableceré el orden o dejaré de mandar a estos bandidos. [...] Mañana serán fusilados unos soldados y un cabo que han robado los vasos sagrados de una iglesia. En el término de tres días la disciplina será restablecida severamente e Italia, asombrada, admirará tanto el comportamiento de nuestro ejército como su valor. Todo esto me cuesta un enorme trabajo y me hace pasar muy malos momentos: se han cometido horrores que me hacen estremecer.
Afortunadamente, el Ejército piamontés, al batirse en retirada, los ha cometido peores."

En sus primeros manifiestos a los italianos conquistados procura insuflarles el mismo espíritu revolucionario que él sabe que es su principal potencial. Él es en el fondo más italiano que francés y domina su lengua y sus costumbres. Además, en todas partes hay tiranos que se merecen perder sus privilegios. Así, no deja pasar la oportunidad de llamar a los pueblos italianos a sumarse a los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad:

"Pueblos de Italia, el Ejército francés viene a romper vuestras cadenas; el pueblo francés es amigo de todos los pueblos. Venid con confianza a su encuentro y vuestras propiedades, religión y costumbres serán respetadas".

Sin embargo no tiene más remedio que sofocar diversas rebeliones que se producen en los vastos territorios conquistados y represaliar a los resistentes. Pero sabe emplear la palabra y convencer a sus soldados de que la victoria es para ellos, que les pertenece, y a los países conquistados de que son libres. Tras la toma de Milán su arenga se llena de resonancias clásicas:

"¡Soldados" Como un torrente os habéis precipitado desde lo alto del Apenino. [...] Milán es vuestro. Somos amigos de todos los pueblos, y más en particular de los descendientes de Bruto de los Escipiones y de los grandes hombres que hemos tomado como modelos. Levantar de nuevo el Capitolio y colocar en él con honor las estatuas de los héroes que lo hicieron célebre; despertar al pueblo romano, entumecido por varios siglos de esclavitud, tal es el fruto de vuestras victorias; ellas harán época en la posteridad, y vosotros tendréis la gloria inmortal de haber cambiado la faz de la hermosa región de Europa. [...] Regresaréis entonces a vuestros hogares, y vuestros conciudadanos os dirán señalándoos: "Sirvió en el Ejército de Italia"".

Napoleón sabía cómo completar una victoria haciéndola más importante incluso de lo que era y logrando que entrara en la Historia universal como algo absolutamente decisivo. Sus informes a París eran exactos, nunca mintió en ellos, pero estaban escritos de tal forma que hasta la menor escaramuza parecía una proeza. Apelando más a la imaginación que a la más dura obediencia había logrado convertir a aquellas bandas que parecían formar un ejército, en un ejército de verdad y, además, victorioso.

Ha entrado en Milán como un triunfador romano. Los prisioneros marchan en cabeza, seguidos por quinientos jinetes. Cuando en la puerta de la ciudad el viejo arzobispo, rodeado de los nobles lombardos, le da la bienvenida, Napoleón desciende lentamente de su caballo, pero no se aproxima a ellos y con su pequeña figura erguida y distante se limita a escuchar con atención. Luego pronuncia una sola frase: "Francia se halla muy bien dispuesta con respecto a la Lombardía". Y montando de nuevo en su caballo, continúa su camino.