viernes, 15 de marzo de 2013

Desembarco en Egipto de Napoleón



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El dos de Julio, tras seis semanas de navegación en las que Napoleón Bonaparte pasa la mayor parte del tiempo en su litera a causa de sus mareos, llegan a las playas de Alejandría. Ese mismo día se apodera de la ciudad y emprende la marcha hacia El Cairo. Durante el camino se encuentra con que los mamelucos han cegado los pocos pozos que hay en el desértico paisaje. El calor es asfixiante y sus soldados comienzan a protestar; están al borde de la extenuación y completamente deshidratados.

Pero, de pronto, justo cuando hasta los oficiales comienzan a flaquear, aparecen a lo lejos las siluetas blancas de las pirámides de Gizeh. Napoleón Bonaparte reúne a sus tropas frente a los ocho mil mamelucos que forman filas bajo la Esfinge y exclama su frase tal vez más famosa:

"¡Soldados! ¡cuarenta siglos os contemplan!
¡Al ataque!"

En una sola jornada se deshace de la escasa resistencia que representan los mamelucos frente a la artillería francesa. Napoleón Bonaparte se establece en El Cairo como si fuera un Sultán y, al igual que ya hiciera el Italia, comienza a organizar y a gobernar. Se ha traído también de Francia casi un ejército de astrónomos, geómetras, químicos, ingenieros, mineralogistas, economistas, pintores y poetas. Está dispuesto a crear una colonia francesa estable allá donde gobierne y sabe que este tipo de empresa sólo es posible si se deja uno absorber en parte por las costumbres del país que se conquista. Así, trata con nobleza a los jeques y respeta sus costumbres, sus fiestas, su religión. Incluso en más de una ocasión para hacerse obedecer les cita el Corán como fuente de poder.