lunes, 25 de febrero de 2013

La ciudadana Beauharnais



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Josefina Rosa Tascher de la Pagerie, nacida criolla en la Martinica, se casó joven con Alejandro de Beauharnais, general en jefe del Ejército del Rhin, pero su marido fue guillotinado bajo el mandato del Terror. Su amistad con Teresa Tallien la salvó de seguir la misma suerte y compartió durante un tiempo a su amante Barras. Se trata de una coqueta de más de treinta años que sabe muy bien cómo manejar sus encantos para atrapar a los hombres y conseguir de esta forma sobrevivir con brillantez en medio de la Revolución. El señor de Ségur, uno de los aristócratas que frecuenta la casa que tiene alquilada en la Chaussée d'Antin, le hace fijar su atención en el general victorioso: "Este generalito podría ser que resultara un gran hombre".

Esto la hizo meditar ya que necesita un protector que le saque finalmente de la vida de aventurera en que está metida y se pone con intención a conquistarlo. El futuro de sus hijos Eugenio y Hortensia le preocupan, hora es de ocuparse de su bienestar. Le invita con frecuencia a su casa y le colma de atenciones, le reclama y le halaga preguntándole por su profesión. Josefina es una experta seductora y logra que Napoleón ronde sin cesar alrededor suyo y hasta perdone con una sonrisa un mordisco del perrillo faldero que acompaña constantemente a la cocotte. Napoleón tiene veintisiete años, y muy breves y desalentadoras experiencias sexuales, y es una presa fácil en manos de una cortesana tan hábil. Sus caricias, sus vestidos etéreos que dejan entrever unos pechos aún firmes y menudos, enloquecen por completo al joven general que ya no piensa más que en ella.

Una noche, finalmente, el deseo volcánico del joven general puede ser satisfecho. Han cenado solos en la mansión de Josefina. Se besan largamente, y el abrazo de la voluptuosa hembra lo absorbe por completo. El general victorioso claudica, loco de pasión. Al día siguiente escribe a Josefina:

"He despertado lleno de ti. Tu retrato y el recuerdo de la embriagadora velada de anoche no han dejado punto de reposo a mis sentidos. ¡Dulce Josefina, si tú supieras el extraño efecto que causas en mi corazón! Basta que estés enfadada, que te vea triste, para que ya tu amigo no tenga tranquilidad. Pero ¿acaso la tengo mayor cuando entregándome al sentimiento profundo que me domina, encuentro en tus labios, en tu corazón, el fuego que me quema. ¡Ay! Esta noche me he dado cuenta de que tu retrato no eres tú. Te vas a mediodía. Voy a verte a las tres. Mientras tanto, te mando mil besos; ¡pero no me los devuelvas, porque me queman la sangre!".

Y pronto no duda en proponerle matrimonio. Sin embargo, a Josefina este delirio le parece peligroso y duda en comprometerse con Napoleón. Su notario le desaconseja este paso pues piensa que en estos tiempos nada haya tan poco seguro como un general que asciende velozmente. Josefina escribe a una amiga:

"Usted ha visto en mi casa al general Bonaparte. Pues bien, él es quien se empeña en servir de padre a los huérfanos de Alejandro Beauharnais y de esposo a su viuda. Yo adivino el valor del general y su gran cultura... Pero me asusta, lo confieso, el imperio que parece querer ejercer sobre cuanto le rodea. Su mirada escrutadora tiene algo de singular que no se explica, pero se impone hasta a nuestros directores... Lo que debería complacerme, la fuerza de una pasión de la que habla con una energía que no permite poner en duda su sinceridad, es precisamente lo que detiene mi asentimiento que muchas veces me siento dispuesta a dar".