martes, 26 de febrero de 2013

La boda de Napoleón Bonaparte



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El astuto Barras se entera de sus propósitos y de las reticencias de Josefina y se propone unirlos definitivamente. Considera a Napoleón un hombre demasiado peligroso para tenerlo cerca y además piensa que a través de Josefina siempre podrá controlarlo. Para conseguir el asentimiento de ella le promete que destinará a su general como jefe del Ejército de Italia. Es el sueño supremo de Napoleón, que piensa en aplicar a su proyecto, lo que a ella le permitirá tener una vida más libre de los agobios de un marido posesivo. Josefina claudica y se decide finalmente a dar el sí.

A Napoleón no necesita estimularle lo más mínimo y para acabar de vencer la previsible resistencia de su familia, le asegura que su matrimonio le acabará de afrancesar definitivamente y que, además, ella está ligada tanto al Antiguo Régimen como al nuevo. El nueve de febrero leen finalmente las amonestaciones y tres semanas después el directorio nombre a Bonaparte general en jefe del Ejército en Italia.

El notario de Josefina establece un contrato por el que mantiene a salvo de toda comunidad de bienes pues aún desconfía de esa especie de soldado de fortuna que cree ver en Napoleón. Ella, que realmente no posee nada, se inventa una serie de propiedades en Martinica y aprovecha la lejanía de la isla para falsificar su edad. Se pone cuatro años menos y la galantería de Napoleón le lleva a añadirle un año más. Su regalo es muy sencillo: un simple anillo con un zafiro y una inscripción grabada: "Al Destino".

La noche del nueve de marzo de 1796, el 19 Ventoso del año IV, en la sala de actos del antiguo hotel Mondragon que ahora sirve de sala de casamientos, Josefina y los testigos Barras y Tallien esperan a Napoleón que se retrasa. Los preparativos de su marcha a Italia le mantienen continuamente ocupado y poco después de las diez llega jadeante y sudoroso con su ayudante de campo, Marois. Apenas se excusa cuando conmina al alcalde Leclerc: "Vamos, señor alcalde, despáchenos. Cásenos". La ceremonia es breve e intensa. Los síes, firme el del general y tembloroso el de Josefina, apenas resuenan en la vacía y mal iluminada sala. Firman los esposos y los testigos y Napoleón parte con su mujer en una calesa de las caballerizas reales que usa Josefina por deseo de Barras desde que se apropiaron de la de su difunto marido.