lunes, 3 de diciembre de 2012

El adiós a su Patria



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Desde la cubierta del pequeño velero que le lleva a tierras francesas, en la mente de ese joven capitán de artillería de veinticuatro años se mezclan sus recuerdos de infancia y sus sueños de liberación de esa tierra que le vio nacer y a la que debe ese carácter rebelde, salvaje y apasionado, lo que hasta el momento sólo le ha acarreado sinsabores y la ruina de su familia. Se aleja para siempre de sus queridas y abruptas montañas, de sus torrentes armoniosos, de sus acantilados rocosos, de ese maquis dorado que asistió a la gestación en aquellos tiempos ya míticos de la Guerra de Independencia. Hasta ahora sólo se había considerado corso, pero el rencor y la confusa admiración que siente por el pueblo francés, le impulsan a aceptar su nueva situación de pertenecer, aún a la fuerza, a otro país. Ya se siente francés y las victorias que llegarán un día en Francia le harán fuerte y ese día Córcega será suya.

Los odios casi tribales de su isla, las luchas intestinas le llevan a comprender y apreciar mejor a un pueblo que acaba de sacudirse el yugo de los Borbones, que declara sin ambajes su libertad y que, a pesar de la desorganización que se vive en la nueva y débil sociedad, se permite el lujo de desafiar a Europa, alzada en armas contra la temida Revolución, con la loca certeza de ganar.

Y, en cualquier caso, su ambición no tiene límites y no existe mejor sociedad para un conspirador que aquella que se encuentra convulsa y sacudida por una revolución. El futuro, piensa Napoleón, es todo suyo.

Fuente:
Napoleón Bonaparte, Grandes biografías (Juan Van den Eynde)