lunes, 29 de octubre de 2012

La Huella de Paoli



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Este teniencillo de dieciséis años se crece en su soledad y comienza a elaborar diversos trabajos originales en los que se permite filosofar sobre el suicidio, corregir a Rousseau en su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, sobre el poder de los reyes y sobre la desigualdad de los hombres, en especial de su Córcega natal.

En uno de sus ensayos, preso de un intenso fervor independentista y revolucionario, escribe:
"¿Concebís el absurdo de ese veto general de las leyes divinas a sacudir el yugo del usurpador?... Así, el asesino de un monarca legítimo se ve inmediatamente protegido por las leyes divinas, en tanto que, de no haberlo conseguido, se habría visto condenado a perder en el cadalso su cabeza criminal... ¿Con cuánta más razón, entonces, no podrá un pueblo sacudirse al usurpador? ¿Y no tiene esa razón en apoyo particular de los corsos?... Lo mismo que pudimos sacudir el yugo de los genoveses, podremos sacudir el yugo de Francia. Amén".
No obstante, no olvida su profesión y dedica una gran parte de su tiempo a estudios sobre balística y artillería, dibuja imaginarios campos de batalla en los que se ejercita disponiendo la artillería pesada y planeando sitios imposibles. La vida en la guarnición es agradable aunque monótona pero él guardará un buen recuerdo de estos días de estudio y trabajo recién estrenada su carrera militar:
"El servicio era completamente familiar, los jefes extremadamente paternales y además eran los hombres más valientes y dignos del mundo, puros como el oro, demasiado viejos porque había habido una larga paz. Los oficiales jóvenes se reían de ellos porque el sarcasmo y la ironía estaban de moda en aquel tiempo; pero les adoraban, con lo cual no hacían más que hacerles justicia".
Fuente:
Napoleón Bonaparte, Grandes biografías (Juan Van den Eynde)